Chagall sueña la Biblia

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Imagen de contracubierta: Gouache Moisés salvado de las aguas

Impulsado por la necesidad de trascender y de ser reconocido por sus contemporáneos, la pregunta de la cual extrajo fuerzas en repetidas ocasiones fue: «¿Qué vale un hombre si no vale nada; si no se le puede apreciar?». Estimulado por el visionario marchante y galerista de arte Ambroise Vollard (para quien en 1927 pintaría las Fábulas de La Fontaine), inició en 1931 el monumental trabajo de ilustrar los pasajes del Antiguo Testamento de la Biblia. Eligió comenzar su representación con la creación de Adán, ya que su idea primordial del arte siempre estuvo ligada a la imagen del hombre. En sus propias palabras queda delineada su posición artística: «“¡Místico!” ¡Cuántas veces me echaron en cara esa palabra, así como antes me reprochaban ser “literario”! Pero sin mística ¿existiría en el mundo un solo cuadro, una sola poesía? Acaso cada organismo —individual o social— privado de la fuerza de la mística, del sentimiento, de la razón, ¿no se marchita, no muere?». «No me llaméis fantasioso. Al contrario, soy realista. Amo la tierra». En ese sentido, el trabajo con la Biblia fue su manera de regresar a los rumores primigenios de su tierra natal, de homenajear su cultura y su pueblo. Acerca de los judíos perseguidos dijo: «Tenía ganas de meterlos en mis telas para protegerlos». Chagall, que en un momento de su vida solo pintaba con el color violeta —y que en sus primeros años en París recibió la visita de su antiguo maestro, Bakst, quien le dedicó estas últimas palabras: «ahora sus colores cantan»—, resignificó en la Biblia todas esas marcas de su historia sobre los textos sacros con el arte deslumbrante de la variedad de técnicas y colores y la autenticidad de quien dijo «No aprendo nada que no sea por instinto». En el Mensaje Bíblico, Chagall soñó su propia historia. Exclamó: «Que Dios me ayude a verter lágrimas auténticas en mis telas. En ellas permanecerán mis arrugas, mi tez pálida, en ellas quedará marcada para siempre mi alma fluida».

«Desde mi primera juventud, me cautivó la Biblia. Siempre me pareció, y todavía me parece, que es la fuente más grande de poesía de todos los tiempos.» Marc Chagall «¿De qué Biblia se trata? ¿Es la de la infancia evocada por la voz de la madre que despierta el recuerdo de la salmodia de la oración o la del rumoroso canto de la sinagoga? La emoción surge de la música de las palabras, de su sonoridad enterrada en la memoria y que renace en el seno de la imagen. La Biblia viva de la infancia, esta Biblia soñada cuyas palabras cantan como un poema.» S y lv i e F o r e s t i e r

C H A G A L L sueña la Biblia

Imagen de cubierta: Boceto preliminar para el grabado Cántico fúnebre de David sobre la muerte de Saúl y Jonatán

Forestier Hazan-Brunet Kuzmina

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MARC CHAGALL Vítebsk, 1887 – Saint-Paul-de-Vence, 1985

C HAGALL sueña la Biblia

B O C E T O S I N É D I T O S y G O UA C H E S

S. Forestier N. Hazan-Brunet E. Kuzmina

En el cuadro de su infancia hay trazos de fuerza indeleble: su madre —para él, la lengua, la tierra: ella cantaba las canciones de rabinos las tardes del Sabbat—; su padre —el texto sagrado, la Biblia: él marcaba los libros sagrados para su esposa con indicaciones como «llora», «escucha al cantor»—; la enseñanza religiosa —«Los rabinos examinaban mi cuerpo con una rama de abedul como si yo fuera una Biblia». «Bajo el zumbido de los rezos, el cielo me parecía más azul»—; y su amada Vítebsk —«Prefiero mi ciudad natal a ser ministro»—. Elementos que marcaron para siempre su arte, hacia el cual orientó sus esfuerzos y sus pasos. A los veinte años abandonó Vítebsk («Una palabra literaria, como llegada de otro mundo, la palabra artista, en mi ciudad nadie la había pronunciado jamás») y a sus familiares («A mi tío le da miedo darme la mano. Dicen que soy pintor»), quienes creían que sus telas eran para secarse los pies antes de pisar el parquet, cosa que hacían («Si mis obras no desempeñaban ningún papel en la vida de mis parientes, en cambio sus vidas ejercieron gran influencia sobre mi arte»), y se mudó a San Petersburgo, buscando nuevos horizontes artísticos. Chagall —que en ruso significa ¡camina!, ¡marcha!— siguió el destino de esa marca: sorteando el hambre, el frío, las guerras, los pogromos, en 1923, en medio de un clima que anticipaba el horror de la Segunda Guerra Mundial, logró trasladarse a París. Allí se sobrepuso a numerosas dificultades en un mundo en el que ni siquiera el dinero tenía valor puesto que «no había nada que comprar», y en el que, durante años, sus únicos asideros fueron su esposa, Bella, y el Museo del Louvre. Chagall eligió el arte como su alimento: «Ya no hay pan. Puedo pasar varios días sin comer, […] siendo artista me convertiré en un hombre». (Continúa en solapa siguiente)


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