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Esta edición recupera el exquisito trabajo de ilustración de John Austen de 1922, que orla Hamlet con estampas de un fuerte carácter esteticista. La traducción de Ángel-Luis Pujante —referencia indiscutida del teatro shakespeariano— rubrica una distinguida labor sobre uno de los libros más leídos y representados de la historia de occidente.
H AMLET
Hijo de un carpintero, fue instruido desde pequeño en el oficio familiar. En 1906 se trasladó junto con su familia a Londres. Allí, su admiración por el trabajo de Aubrey Beardsley impulsó su carrera artística. En 1919 contrajo matrimonio con Ruby Thomson, quien además sería musa y modelo de muchas de sus creaciones. Ese mismo año ingresó en la Royal Society of British Illustrators y comenzó a trabajar como ilustrador en el periódico Penny Illustrated News. Su primer libro ilustrado —The Little Ape and Other Stories de Ralph Holbrook Keen— apareció en 1921. Hamlet se publicó al año siguiente y sus estampas le otorgaron un amplio reconocimiento. De un marcado estilo esteticista, estas recogen la influencia de su contemporáneo, Harry Clarke, junto a quien exhibiría su trabajo, en 1925, en la St George’s Gallery. A mediados de los años veinte experimentó una profunda necesidad de cambio. Cansado de la gran urbe, volvió a su región natal para seguir dibujando en un entorno más bucólico. En sus propias palabras: «De vuelta al campo, me encontré incapaz de proceder con mi trabajo. Beardsley parecía fuera de lugar en estos campos llenos de árboles, y cada cuervo que posaba su mirada en mí parecía estar riéndose de mi estilo de vida. Entonces decidí empezar de nuevo». Así fue como asumió las influencias del incipiente Modernismo, que supo plasmar como dibujante y cartelista. Entre las obras literarias que ilustró cabe mencionar Don Juan de Lord Byron, Los dioses tienen sed de Anatole France, Madame Bovary de Gustave Flaubert y David Copperfield de Charles Dickens. Murió en su casa a los sesenta y dos años.
JOHN AUSTEN
JOHN AUSTEN Dover, 1886 – West Hythe, 1948
La pieza más extensa de Shakespeare es una obra de venganza. Pero, sobre todo, es una obra que traspasa límites: los juegos de palabras de Hamlet suponen trazos de comedia en una atmósfera esencialmente trágica donde los límites entre representación dramática y vida real quedan difuminados; la venganza finalmente se consuma en una escena en que, como exhibición lúdica, se actúa un combate. Las palabras de Hamlet «Dormir, morir, tal vez soñar» dan cuenta de este fino celaje, inherente a la obra, en el que queda incluido el propio Shakespeare, cuyo padre había fallecido recientemente.
WILLIAM SHAKESPEARE
«Dormir, morir, tal vez soñar.»
Re t r a t o C o b b e , c a . 1 6 1 0
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WILLIAM SHAKESPEARE Stratford-upon-Avon, 1564 – 1616 Tal vez sea William Shakespeare el autor más leído, citado, traducido, adaptado y representado de todos los tiempos. Su obra —reflexiones en torno al poder, la ambición, el dolor, la culpa o el amor— renueva la lengua inglesa y forja un modelo literario de influencia universal. Nacido durante el reinado de Isabel I, en una familia católica, su vida transcurrió en paralelo al nacimiento de la Inglaterra moderna. Durante su formación se familiarizó con autores latinos como Ovidio y Virgilio. A los dieciocho años contrajo matrimonio con Anne Hathaway, con quien concibió tres hijos. En 1592 se instaló en Londres, donde trabajó como dramaturgo y actor para la compañía Lord Chamberlain’s Men, que ganó popularidad en esos años. Su éxito como autor literario se agigantó con la coronación del rey Jacobo I, a quien dedicó Macbeth hacia 1606. La gloria cosechada en vida le permitió retirarse en 1611 a su pueblo natal, si bien la compra de una propiedad en Londres, tan solo tres años antes de su muerte, supuso la intención de no abandonar completamente la dramaturgia. Sus obras teatrales fueron publicadas siete años después de su fallecimiento, en un volumen (The First Folio) titulado Mr. William Shakespeare’s Comedies, Histories and Tragedies. Se estima que se imprimieron mil ejemplares de esta edición, de la que solo quedan poco más de doscientos. Aunque la autoría de las obras del Bardo de Avon está hoy plenamente documentada, mucho se ha escrito y especulado acerca de la verdad de su pluma. Su epitafio, común en las sepulturas de la época, parece cobrar en él su pleno significado: «Maldito aquel que remueva mis huesos».
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