Felices para siempre

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Ella no sabía qué hacer. Nunca lo supo. Nunca lo sabía, pero eso jamás le impidió amarlos a cada uno de manera diferente e intensa. Entregarse a ciegas y sin medidas. Decía no tener memoria. Y era verdad. Ella no tenía memoria. Eso le permitía arriesgarse de nuevo. Nunca recordaba las cosas malas. Los malos momentos, los malos tratos. En la distancia sólo recordaba lo placentero. Olvidaba rápidamente el dolor de los anhelos rotos, los sueños ahogados, las expectativas violadas. Esta vez era diferente. Por primera vez tuvo miedo. Dudaba. Tal vez eran los años o el tiempo que no dejaba de avanzar o el cúmulo de errores y sufrimiento almacenado en su alma o todas las razones juntas. Con tantos tropiezos acumulados ya no necesitaba recordar, porque éstos ya no eran una memoria que viene y va según se le llama, ahora eran una huella. Una mancha de vino tinto derramado una y otra vez sobre el sillón de su vida. El mismo sillón en donde todos se sentaron, durmieron, comieron, cogieron, bebieron. Una mancha que no se puede limpiar. Puede ocultarse si le pones un adorno encima, pero debajo sigue creciendo. Era quizás por eso que esta vez dudaba. Esta vez quería hacerlo bien. Como si existiera una cosa tal. Como si todo dependiera de ella. Pero no tenía tiempo que perder. Se aproximaba el inicio de la primavera, pero el frio no parecía estar enterado de ello. Eso la hacía dudar aún más. Necesitaba sentir el calor en su piel, en su cuerpo. Un calor que no proviniera de un ser terrestre. Un calor que no tuviera precio. Un calor sin compromisos. A lo largo de los años se había cansado de que le cobraran factura de todo lo que le habían dado. Fueran cosas materiales o no. Todo mundo al final esperaba recuperar su inversión y con intereses, algunos más pronto que otros, todos querían algo a cambio. Así que decía que por eso era pobre. Porque al final de cuentas, ella lo dio todo. Dinero, cosas, juventud, amor, tiempo, energía. Ahora sentía que ya no tenía mucho que dar, ni mucho que perder. Sin embargo, esta vez todo parecía diferente. Ahora que ya no tenía nada, parecía encontrar el verdadero amor.


Con su mano temblorosa y arrugada terminó de abotonarse el vestido blanco. El mismo que había portado para sus anteriores cinco matrimonios. Todos terminados en divorcios por diversas razones. Ni mil dudas impedirían que hiciera una vez más lo único que sabía hacer en su vida. Echó una última mirada al espejo que ya no le devolvía la imagen que alguna vez le dio. Quedaba poco de ella. La vida se lo había ido quitando poco a poco. Ni siquiera podía decir que tuviera un alma joven, porque también eso se había ido. Sólo quedaba la inercia que la llevaba a ponerse una vez más ese vestido con la esperanza de esta vez sí poder ser felices para siempre.

*Paloma Coatlicue. Guadalajara Jalisco, 1976. Arquitecta y Licenciada en docencia de francés. Mtra. en Lingüistica Aplicada. Pasante de la maestría en lenguas y culturas inglesas. Especializada en Náhuatl. 13 años de experiencia en la enseñanza de idiomas. Profesora en el CUCSH de la U de G. Ha publicado artículos en el área de lingüística.


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