Cada vez son más los autores que comparten la opinión de que la delincuencia,
especialmente aquella de naturaleza grave o crónica, no es sino una manifestación
más -si se quiere, la más perturbadora- de un estilo de vida incompetente. Estos
sujetos, entonces, no sólo son delincuentes, sino que resultan fracasados sociales
en términos de su ajuste personal, laboral y familiar.