Señores y emires: familias aristocráticas y soberanía omeya en al-Andalus, Eduardo Manzano Moreno.

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CT]ADERI\OS DE

MADix驴r AL-zAHRlt

voL.

3

c贸nooBA

L99T


CIJADERNTOS DE

MADINAT AL_ZAHRÁ'


SUMARIO .

ACTAS DE LAS II JORNADAS DE MADINAT AL-ZAHRA

AL-ANDALUS ANTES DE MADiNAT AL-ZAHRA S. GUTIERREZ LLORET L;r fornuciín de Tucltnlr dade la pu'iferia del Estado

Islámico

Pág. 9

A. MALPICA CUELLO - A. GOMEZ BECERRA "Donde n//n.¿/ dnÍe.t h¿bía entr¿da tn ejírcito..., E/ pob/arniento de la costa de Granac/a en el rnarco de la fornución del Estado lslátnico

Pá9. 23

V. SALVATIERRA CUENCA _J. C. CASTILLO ARMENTEROS E/ poblaniento ntral: ¿Histórico o internporal?

El

caso del arrol,o del Salado,

Jaín

M. ACIEN ALMANSA 'Utnar lb¡t Haf:ttn. Un problema

Pág. 47

bistariográfico

E. MANZANO MORENO 1 ernires: Fantilias ari¡locráticas

Señore¡

1,

A. CANTO GARCIA De la Ceca Al-Andalu a la de A[adtnat

soberanía

ltltejtl

Pá9.71

en

Al-Andalu¡

al-Zabra'

Pág. 97

Pág. 111

CHRISTIAN E\)rERT Precarsares de A'Iadlnat

a/-Zahra'.

de oriente 1' sa ceremonial

attlico

PATRICE CRESSIER Renacin¡iento de la esutlttu'a

El

entre occidente 1

Los Pa/acir¡¡ 0melas )t 'abbásie¡

de capiteles en

oriente

ALFONSO JIMENEZ La Qibla extrauiada

Pág.

la

I23

ípoca entiral:

Pág. 161

Pás.189

. CRONICA DEL CONJUNTO A. VALLEJO TRIANO Crí¡uca, aña 1991

Pás.213


ACTAS DE LAS DE

II JORI{ADAS

MADIxar nr-znunÁ'

AL-ANDALIJS ANTES DE MADIXAT AL-ZAFIRA


Y EMIRES: FAMILIAS ARISTOCRATICAS Y SOBERANIA OMEYA EN AL-ANDALUS SENORES

E,

X,{ANZANO MORENO

T T nu Jr los rrros mjs imporrirnrcs qur rienr U plunr.o.los en la actualiclad la investigación histórica sobre a1-Andalus consiste en revisar, y

juicio, el discurso idealista clue ha consagrado Lrna tortuos¿t tradición historiográfica poner en tela de

una "España Musulman¿r"; una "España Musulmana)> en la clue las aportaciones .orientales, habrían quedado diluídas en el marco cle un slrpllesto carácter hispánico capaz de neutraliz¿r unos componentes totalmente extraños a slr esen-

ml:

cia.

concretos. La necesidacl cle desembarazarse de tal

La reacción contr¿1 estas tesis se l-ra venido procluciendo durante los últimos años. Se trat¿r, evi-

1.reocLr1.ad¿ en desrnrreñ¿r sttl.ttrsras rscnt iits históricas que en comprender y analizar procesos

discurso se hace ¡odavía más evidenre cuando sc la perspectiva c1r-Le de él resulta tiencle

const¿rta que

a plantear unos problemas genéricos de

muy difí-

dentemente, cle una reacción muy salr-rdable,

clzrclo

la propia idea contenida en 1a expresión Musulmana, es un pluo dislate sin pies "Espzrña

qr-Le

ci1 solución que, en e1 fondo, responden a unos

ni

planteamientos del más pllro corte idealista. Un claro ejemplo de estos "seudo-problemas" lo constituye e1 célebre clel¡¿rte sobre e1 c¿rrácter

concepción no se ha llevado a cabo cuestionando las bases epistemológicas sobre las que se fundamenta tan peregrin¿l interpretación, sino más bien trasiadanclo el acento hacia los denominados componentes <orientales". De esta forma está comenzando a prevalecer la idea cliametralmente opuesta, esto es, clue la conquista clel año 7 1 1 supuso en

n ¡tccidenttt/ de la formación que emerge como consecuencia cle la concluista del 711. Se trata de una cliscusión c1r-re ha marcado en un sentido r-r otro lzr interpretación histó¡ica sobre a1Andalus durante más cle un siglo y que aírn hoy rtrient¿/

sigue suscitando apasionaclas polémicas. Ya c'lesde los tests s'.rnguíneos practicados en

e1

siglo pasado por J. Ribera, quien trató de clemostr¿rr fehacientemente el mínimo porcentaje de sangre árabe qr:e corría por las venas de los Omeyas andalusíes, pasanclo por las conociclas tesis de Simonet, hasta llegar a las argr,rment¿rciones teñiclas cle un inaceptable r¿rcismo por p¿1rte cle Sánchez Alborr-roz, toda un¿r tr¿rclición l-ristoriográfica ha veniclo clefendiendo la idea cle la existencia de

cabeza. Sin embargo,

la respuesta a

semel'ante

total ruptura qlre consa.formación gra la aparición de una sociai islámila

Penínsr-rla Ibérica una

ca" sin apenas víncr-rlos con el pasado. E1 mayor problema que, en mi opinión, plantea esta interpretación es slr necesicl¿rcl cie hacer del año 711 la fecha de r¡na ruptllra total, algo que, sin embargo, choca con eviclencias históricas bien conocidas, y en concreto con el hecho de que 1tr población indígena (y sobre todo la aristocracia f-eudal visigocla) hizo pactos con ios conquistaclores (1). Este escollo se ha intentado soslayar argu-

9l


mentanclo que l¿r sociedad de los conquistadores poseía un¿r se rie de e lementos (fuerte carácter agr-rático, intensa endogamitr, preeminencia clebida a 1¿r conquista militar, etc.) qr-re le conferían un mayor ciinamismo y Llna mayor fuerza asimilaclora que la de los conquistarclos, de tal forma qr,re ésta acabó siencrlo subsumida en acluélla. El proceso así descrito es unívoco y, en buena medida, súl¡ito: unívoco porclLLe descarta que l-raya pocliclo existir una compenetración entre la sociedad de los conquistadores y la cle los conquisra-

dos, y súbito, porqLre presupone, más que demuestra, que el entramadcl de relaciones feudales dominante en la sociedad visigoda se h¿rbrí¿r venido abajo con la misma facilidad con la clLre se produjo e1 desmoronamiento político del reino. Aparte cle 1o escasamente dialéctico que puede

llegar a resultar este planteamiento, su formr-rlación pienso que sigue acloleciendo de los mismos postulackrs idealist¿rs a los c1r-re ya me he referido ante¡iormente: Lrn¿1 "formación soci¿r1, previamente delinida sr-iplanta a la ante¡ior de fbrma muy rápida y sin que este proceso llegue a ser definido con clariclad. Al hilo de estas obsen'¿rciones p¿lrece, pues, que es preciso abandonar de r-rna vez por toclas e1 clilema continuiclad-rlrptura, ¿r todas luces inservible, y c1r-re resulta necesario sustitr-rirlo por Lrna concepción más dialéctica y, en el fondo, dinámica de la histr¡ria c1e la Penínsr,rla Ibérica a partir del 711. No se trataría, pues, de ser <continuistao o .tupturista" -dos epítetos que rienen muy poco sentido desde un¿r concepción materialista-, sino

de tener en cuenta por una parte e1 profunclcr impacto de la conquista (cosa qlre a estas alturas sería absurclo negar), y, por otra, trat¿rr de vincularla con los procesos históricos que habían venido clesarrollándose desde el fin del mundo antiguo y qlre no es posible suprimir de un plumazo (2). Bien entendiclo, claro está, que no se rrata de rea-

brir el "debate genético" que trata de encontr¿rr

en c¿rda institución o rasgo social andalusí su precedente visigoclo, sino más bien de llegar a entender cómo se conjugan elementos de muy diversa proceclencia en la compleja síntesis andalusí. Así-

mismo, tampoco se pretende negar las evidencias y conclusiones a 1as que han llegado los importantes traburjos de diversos investigadores que en los últimos años han demostraclo 1zr import'.rncia que tienen los aportes orientales y norteafricanos en la 98

confi¡¡uración de al-Andalus. Más bien, lo que aquí me interesa es plantear la posibiliclad de que hayan existido elementos contradictorios y comple jos que e sc¿rpan al mode 1o cle .formación social" a1 que antes he alr-rclido.

A pzrrtir de estas premisas, pienso que es le¡¡ítimo pre¡¡untarse en qué medicla la sociedad feudai que encontraron los concluistaclores árabes y bereberes pudo ser un elemento decisivo en 1a configr-Lración cle la sociedacl and¿rlusí y en qué medida también clicha sociedad pudo verse inf'luida por la llegada de nuevos elementos humanos y -sobre todo zr partir cle ia instauración cle la dinastízr omeya-, por Ia implantación de r-rn poder con aspiraciones hegemónicas.

Una cle las formas de aproximación a este complejo problemtr que desde luego no pretendo agotar, ni mucho menos solucionar acluí-, es el de estudiar determinados linajes arisrocráticos y analiz¿rr sus relaciones con el poder represenrado por los Omeyzrs en Córdoba. He elegiclo para ello a varios de estos linajes teniendo en cuenta dos criterios: por un¿l p¿rrte su dive rso origen étn.ico: indígena, árabe y bereber, y, por otra, su cliverso origen geográfico distinguiendo así los linajes que operan en las zonas fronterizas de aquellos clue los hacen en zonas clel interior de al-Andalus. Asímismo, y teniendo en cuenta las limitaciones de las fuentes cronísticas de que disponemos -fuentes en su mayor parte generadas en época relativamente

t¿rrclí¿r en r-rn medio historiográfico cordobés que gira obsesivamente en torno a la dinastía omeya-, es preciso subrayar que tendremos que

circunscribirnos a1 estudio de las relaciones de poder, dado que , ptrra 1a época emiral cuando menos, carecemos de unos muy deseables d¿rtos sobre otros aspectos que confi¿¡r-Lran el ent¡amaclo social.

LINAJES DE LA FRONTERA

El primero

cle 1os linzrjes qr-re aquí se van a el de los archiconocidos B¿rnu Qasi, la familia de origen indígena que juc¡;a irn papel cruci¿rl en la Frontera Superior dnrante toda 1a an¿rlizar es

época del emirato. Como es obvio, no voy a trazar

aquí la enreves¿rda y compleja historia de este linaje durante todo este períoclo conocida ya suficientemente por otros estudios-, pero si que querríir aplrntar una serie de consideraciones que


me parece

importante tener en cuenta a propósito

cle estos caudillos fronterizos (3).

En st. Lt¡¡¡httrtr,Ibn Hazm señala que los Banh Qtrsr eran 1os descenclie ntes de C¿rsius quien, según señala explícitamente este autor, era .conde

godos'. Como es eviclente, este dato clebe se¡ interpretaclo en e1 de la frontera en tiempos de 1os

senticlo de que C¿rsius era ttn c/¡tx establecido en el

littn: qve los monarcas visigodos habí'.rn dispuesto norte de la Península Ibérica para hacer frente a las ilcometidas de los pueblos vascones y que ha srdo ya bien estr-Ldi¿do en trabajos previos (4). Hay razones para pensar que 1os dominios sobre los que Ctrsius, o cuando menos sus hi jos, ejercían sr-r autoridad eran Arnedo, Olite, Viguera y Calahorra (i). Todos estos lugares, que se encllentr¿rn bien documentados para la época visigoda como en el

que formaban parte de1 citado /ine.¡ en el curso med io-alro del Ebro, perm:rnecieron fortalez¿rs

siempre en m¿1nos cle los miembros de la f¿rnrili¿, a clespecho de los sucesivos vaivenes políticos y militares qr-re tuv.ieron por escenario lir región. Su

conquista no vino de manos de ningún ejército corclobés, sino de los esfr-ierzos expansivos del monarca n¿lvarro Sancho Garcés en el primer cuarto del siglo X. Desgrtrciaclamente, tan sólo podemos demostrar las bases territoriales del poder de los Banu

regio de man¡ener una cierta cohesión de su autorid¿rd era mediante la potenciación cle los vínculos de fidelidad política que unían a estos jefes militares y a otros altos dignatarios del reino con la persona del monarc¿r (6). Después de 1a conquista árabe , y al igual c1r-re h¿rbían hecho otros miembros cle 1a aristocr¿ci¿

visigoda, Casius pactó con los conquistaclores. Según el testimonio del mencionado Ibn Hazm, el r./ztx visigoclo marchó a Siria, clonde se convirtió al Islam de la mano del califa al-\7ahd, pasando a convertirse en su mawlá. Eviclentemente, es imposible contrastar este d¿rto aislado que ofrece Ibn Hazm en época tan tardía con respecto al sucescr que narra. Sin embargo, lo que sí parece significativo es qlre este autor y probablemente los cro-

nistas del .medio cordobés" en que se baszrba , consideraran que el ancestro de los Banü Qasi h¿rbía est¿rblecido

vínculos d.e u'ali'con uno de los

califas on-reyas.

No contamos toclavía con Lln sr-rficiente nírrncro cle estuclios sobre este tipo de r'ínculos, sobre todo en al-Andalus. Basáncrlome en el estado de cuestión sobre este temr y en mis propios es¡udios sobre 1a expasión árabe en el Próximo Oriente quisierzr adelantar aquí algunas icieas preliminares sobre este tem¿1 que va a tener un papel destacado en el resto de la exposición (7).

Qasi. Las fuentes se revelan completamente inírtiles a la hora cle est¿rblecer qué tipo de relaciones

Básicamente,Ia tL'a/d'era Llna relación que unía a un señor con un individuo, el cual quedaba

o de producción imperaban en el interior

en situación de depenclencia con respecto a aquéI, y era llamado tnatul) (plural, natcal|). Tal dependencia se juscificaba por la protección que brindaba e1 señor a su mawlá. A cambio, éste debía prestar en determinados casos diversos servicios a su señor: pago regular de ciertas sumas de dinero, entrega cle regalos, prestaciones de trabajo, e incluso cesión de derechos sucesorios. Estas condiciones se cumplían especialmente en aquellos casos en que el Tttau'/¿ era un antiguo esclavo. En rales circunstacias el señor manumitía

soci¿rles

de sus dominios. Es evidente que hay que descar-

tar cualquier tipo cle tribalismo como factor clominante ¿r la hora de explicar el predominio de esta familia. Quedémonos, en cambio, con un dato clue pienso es significativo: tanto las crónicas latin¿rs, como las árabes se ¡efieren eventualmente a los Ban[r QasT como reÉaes o, e n árabe, muluk, lo que da una idea de la fuerte autoridad que osten-

t¡b¡n Jcnt¡o dc sus Jominior. Para describir la situación en que se encontraba Casius en el momento en que se produce 1a conquista de1 7 1 1 es preciso recurri¡ a los estudios de A. Barbero y M. Vigil, quienes ya en su día ¿rn¿rlizaron 1a feudalización de la organización militar visigoda. Tai féudaiización tiene su base en l¿r asunción de funciones militares y fiscales por parte de jefes clel ejército como el citado Casius, los cuales mantenían una situación de independenci¿r virtr,ral. L¿r úrnica lorma clue tenía el poder

a1 esclavo otorgándo1e

Ia libertad, pero ligándole

estrechamente a su persona mediante estos vínculos. Estos casos debieron de ser muy numerosos en

la época posterior a las conquist¿s. yx clue nos consta que en el curso de las campañas militares los árabes hicieron buen número de prisioneros de Éauerra que zrcabaron siendo convertidos en

xtau,ih. Como muy bien ha plresto de manifiesto un reciente estudio de P. Crone, este tipo de r'ín99


culos son una perduración del antiÉluo patronato romano, tal y como éste se expresaba en e1 dere-

cho provincial que encontraron los árabes en los territorios recién conquistados. Ahor¿r bien, se sabe que Ia tt'a/¿' no sólo se utilizaba p¿1ra manumiti¡ a esclavos. Los árabes también establecieron este tipo de vínculos con personas iibres cle las poblaciones conquistadas.

Hay que tener en cuenta que cn este primera época los árabes habían pasado a convertirse en 1os

dueños absolutos de un imperio, y que justificaban su preeminencia por ser recipendiarios de una religión que les dife renciaba del resto de la humanidacl. ¿Qué ocurría entonces cuando un no-árabe cleseaba convertirse a la nueva religióni' La propia 1ógica de una sociedad organizada en términos de sumisióniprotección acabó imponiéndose: el converso ¡.asaba a ser .adoptado" por un árabe de1 cual pasaba a ser su nau.'/) o cliente. De esta forma, el converso podía inte¡¡rarse en l¿r sociedacl cle los conquistaclores, allnque qr-redaba en Llna situLación trlgo inferior. Como es lógico, en estos casos las condiciones en que se fijaba el vínculo de u'a/a' dtferían mucho de las clue se establecían

cuando el mawli era un antigLlo esclavo. De hecho, era frecuente qlle miembros de l¿rs cl¿rses pas¿1ran a ser nnua/t de un determinado personaje que "patrocinabao su conversión al Islam (!). Así pues, en todos estos casos funcionaba una idea de depenciencia aparentemente similar: cuando se trataba de i-rn esclavo manumitido, el objetivo era ligarle a slr antigllo amo; cuando se trataba de un tribre cuya población había quedaclo sometida, el objetivo era integrarle en 1a sociedad de los conqr-ristadores, pero con un rtdt/./! en cierta forma subsidiario. Ahora bien, la posición soci¿rl cle un esclavo manumiticlo .v de un converso perteneciente a 1a arisrocracia indígena en los primeros tiempos de la expansión ár¿rbe no poclía ser nunca la misma, por mucho que ambos fueran llamados ntatú/t. El primero quedaba en una situación de clependencia personal, mientras que el segundo accedía a 1a élite de los conquistadores en la cual pronto se integraba. Esto último clebió de ser, sin duda, lo que ocLlrrió con Casius y sr-Ls descendien-

dirigentes indígenas

das-, ayuda a entencler que este tipo de relaciones tenÉaan una importancia tan acentuad¿r durante 1os años posteriores a la conquista árabe. Es, pr-res,

legítimo preguntarse en

medicla los vínculos de aa/d' qr-re los conquistadores árabes establecieron con los miembros cle la aristocr¿rcia indígena sirvieron para articular durante la época del emirato ¡elaciones políticas de fidelidad: 1a insistenci¡ que ponen los cronistas cercanos a ios círculos de la dinastí¿r omeya en poner de relieve el hecho de que el ancestro clel linaje había establecido tales vínculos nada menos que con e1 propio califá de Damasco apunta ya a la imporrancia qlre se concedía a tales vínculos. qr-ré

El propio desenvolvimiento de la familia

de

los Banr¡ QzrsT en época emiral nos pr-rede dar también algunas claves a este respecto. La compleja y enrevesada historia de est¿r familia gira en torno a dos ejes fi-rndamentales: por r-rn lado, sus relaciones con el resto de poderes locales existentes en la zona (y entre los cuales se incluyen los núcleos precllrsores de los reinos cristianos) y, por el otro, sus relaciones con e1 poder Omeya. Con respecto al primero de estos ejes, fue cle especial relevancia la alianza que los Banfr Qasr establecieron a mediados clel siglo IX con la familia vascona de los Arista qr-re clominó en el re ino de Navarra hasta el ano c)01 , fecha en 1a que fr-re desplazada por la dinastía Jimena. No cleja de ser muy significativo qlre los descendientes del dux

visigodo encargado de combatir a los vascones llegaran a establecer una duradera altanza con los miembros de un linaje surgido de dich¿rs poblaciones. Igualmente interesante es el hecho de que la alianza se estableciera a través de una común ascenclencia materna: la m¿rdre del soberano navarro, Iñigo Arista, fue también la madre de un biznieto de Casius: el famoso Mus) b. Musi (m. 862 después de una agitada carreÍa cle más de veinte años). Esta manifestación de pervivencias matriarcales en la sociedad vascona fue con toda probabi-

lidad lo que dio a 1a alianza un carácter especialmente fuerte y duradero (i 0). Es evidel-rte que clicha altanza creó irna sitr-ra-

tes.

ción muy ambigua con respecto al segundo de los ejes en torno al cual gravitaban las re1¿rciones políticas de la familia muladí. En época del men-

Ei carácter tan versátil de la tt,alí -sirve para manumitir a esclavos y también para establecer relaciones poiíticas con las pobiaciones someti-

cionado Mlrse b. Musá es cuando adquieren especial relevancia el rosario de rebeliones que van a jalonar la historia cle esta familia hast¿r bien entra-

100


do el siglo X. La primera de las sublevaciones (descritas en las fuentes como "salidas de la obe-

diencia") sobre la que tenemos suficiente número de cl¿rtos tiene lugar en el año 8'12: durante una expedición omeya Musá perrticipa en calidacl de lefe de la vanguardia (:¿hib al-nutcladdinta),lc' cual debe ser entendido en el sentido de que el caudi1lo fronterizo prestó sus obligaciones militares al poder cordobés. En esta expedición, sin embargo, surgen problemas con uno de los integrantes de

dicho ejército y Musá inicia un distanciamiento con el emir omeya. No llega a romper del toclo con éste,1o que da una idea de la fuerza de las relaciones de fidelidad. Sin embargo, al año siguiente una nueva expedición omeya sale contra tierras de Pamplona, y esta vez Musi deja de cum-

plir

sus obligaciones militares enviando, en cam-

bio, a su hijo Furtün al frente de su caballería. El general que manda 1a expedición, a la sazón uno cle los hijos clel propio emir'Abd al-Rahmán II, se irrita ¿rnte esto y despide a Furtun sin recibirie siquiera. Puede deducirse, pues, que ei hiio del emir no aceptó que Mls) enviara a un slrstituto p¿1ra clrmplir con las obligaciones militares que debía prestar. En estas circunstancias, Mus) debió de considerar roto el vínculo de fidelidad que le unía con los Omeyas y ello fue la señal para el inicio de su rebelión (1 1).

Esta subievación, apoyacla por 1os Arista,

se

mantiene durante Lrn par de años o tres, al cabo de los cuales Mus) capitula ante el emir omeya, Abd al-Rahm¿n II. Poco después, hacia el 846, octrce .,n interesante inciclente que sólo recoge al-'Udrl: dos gobernadores omeyas que etercen en Zaragoza y Tudela se dedican a destruir los molinos de Musá, tala¡ sus cosechas, saquear sus bienes y desjarre tar sus caballos. En consecuencia Mus) se retrae cle su obediencia e inicia una nueva rebelión (.12).

Realizar comparaciones pr,rede sef a veces muy aventurado, pero este episodio no deja de recordar disposiciones existentes en el vecino reino carolingio en las que se señala que la apropiación de los bienes de un vasallo daba lugar a la ruptura de los vínculos entre éste y su señor (13). Thl vez, la eviclencia es mlry tenue y la comparación algo arriesgada, pero creo qLre merece la pena explorar la posibilidad de que nos estemos moviendo en un munclo donde las relaciones políticas se articulan en torno al juramento de fidelidacl de forma simi-

lar a lo que ocurría en los cercanos territorlos carolingios.

Tal ltipótesis puede adquirir miryor fuerza ti se tienen en cuenta algunos datos más. En el año

8i0, después de una sumisión previa y algo sospechosa, Musá se encuentra de nuevo sublevado frente a Córdoba. lJna nueva expedición le obliga a someterse y, según el testimonio de lbn Hayyln, esta vez el emir Abd ul-Rut-t t-tán II le obliga a que preste juramento de fidelidad (bay'a) y garantías, así como la entrega de rehenes (14). Este dato es importante y creo que encaja bien en el entramado de relaciones de poder que se han dibuiado aquí: después de la ruptura del vínculo de fideliclad y de una rebelión que es sofocada, el propio emir obliga al caudillo muladí a que renueve su juramento, lo que en laprácttca slrpone una renovación del vínculo roto. Las consecuencias de esto no se cle jan esperar: en el 852 Mus) aparece luchando junto a 1os .musuimanes> en la batalla de Albelda, en el 8i4 envía apoyos militares al emir Muh¿rmmacl en su campaña contra la rebelde ciuclad de Toleclo, en el 855-8i 6 pattrcipa en una expedición omeya contra Alava, etc... Todo esto quiere decir, por tanto, que después de prestar juramento de lidelidad Musá volvió a clrmplir con sus obligaciones militares en los ejércitos omeyas. De hecho, en los territorios fronterizos el control omeya no podía realmente competir con la autoriciad de los señores de Ia frontera, como mLly

bien pone de manifiesto la historia subsigr'riente de los Banu Qasl y de la propia región (11). Es precisamente en esta i ncapacidad del pode r Omeya de imponer su dominio en la frontera en la que hay que entender el surgimiento dei siguiente linaje al que quie ro referirme en esta intervención. Se trata en este caso de un linaie árabe, y quiero en este caso subrayar la palabra linaje: a través de los datos que a continuación se van a exponer podrá comprenderse que se trata de trna familia aristocrática q:ue afianza desde la segr-rnda mitad del siglo IX su pocler en la .Frontera Superiorr, en detrimento, precisamente, de los Banu Qas1.

Los Banü Muháiir, o Tuflbíes como generalmente se les conoce, descendían de un personaje árabe venido a al-Andalus en la époczr de la conquista. Parece ser que este Personaje llegó a ser gobernador de Barcelona en esta época, pero sus descendientes se oscurecieron durante algo más de

I0t


un siglo. Casi nada sabemos a ciencia cierta sobre esta familia hasta la segunda mitad del siglo IX, cuanclo en una fecha indeterminada el emir de Córdoba Muhammad confió a uno de sus miembros, llamaclo'Abd al-Rahmán b. 'Abcl aI-'Aziz,l.a fortaleza de Calatayucl, el tiempo que e nrregaba a sus hermanos las fortalezas de Sumit, Daroca y Furti5 con 1a misión expresa de hostigar desde ellas a los Banu QasT. El emir asignó además a los

Tuyibíes Lrn estipendio (nu'arif) cle cien dinares por cada campaña que llevaran a cabo (16). Pero aún hay más: Ibn Hayyán en su Aluqtabi.r nos habla taml¡ién clel establecimiento de esras condiciones para con los miembros del lina je Tuyibí y añade que el emir Muhammad fue el primero que les .be nefició .. Ei verbo irabe quc

dicho texto

ttiliza para describir esra acción de

.beneficiar" es istana'a (17). Este verbo es muy interesante y bien'merece que nos detengamos un momento para analizarlo. La raíz de esta palabra árabe tiene un signficado general que expresa

.hacerr, <entrenar>, .educar, o <cfiar>. La forma del verbo urilizada por Ibn Hayyán en esre pasaje es traducicla por el "Vocabulisra in Arabico> con el sentido "beneficere" que es la t¡aduc-

VIII

ción clue me aparece más acertada en este contexto (18).

relación muy estrecha. Sin embargo, también se daban casos en que esre ripo de lazos se establecían entre dos personas de similar condición que contr¿1ían una serie de obligaciones mutuas (20). Este úrltimo puede haber sido el caso de los Tuylbíes y del vínculo que creó con el1os el emir Muhammad. La entrega de un beneficio consistente en una serie de fortalezas y Lln esripendio adicional por las campañas que realizaran conrra los irreductibles Banu QasT pudo haber jugado un papel decisivo en la creación de un ripo de relaciones de fidelidad basadas fundamentalmenre en la entrega del mencionado "beneficio, y que, como ya hemos visto, en este caso concreto al

menos, son descritas mediante el verbo árabe istana'a.

Si esta interpretación es correcra, la historia de ias relaciones de los TuiTbíes con 1os Omeyas puede ser analizada rambién a la luz de unos vínculos de fidelidad qlre en esre caso se articulan en torno al beneficio concedido y que rienen, una vez más, su manifestación más clara en la presración de obligaciones militares. Es posible que hubiera otros elementos vinculados con dicha relación, pero éstos son mucho menos aparentes con los datos de que disponemos.

La historia de los Tuf rbíes pone bien de

Creo muy probable el hecho de que como consecuencia de esta acción de "beneficiar" o i.rf ana'd cada uno de los miembros del linaje Tuilbí así beneficiaclos se convirrier¡ en sanl a de

manifiesto esto: en un primer momento se centra en Ia lucha contra los Banu Qasr, 1o que permirió un perfecto entendimienro enrre los caudillos árabes y los emires de Córdoba que se hizo patente

los Omeyas. Las fuentes árabes, que no son precisamente un dechado cle exactitud rerminológica, só1o permiten comprobar este exrremo a través de una mención aislada en 1a que se señala qlre un hijo del citado 'Abd al-Rahmán al-Tuiibí llamado 'Abd al-'Azr z era san7, áel emir ¡rl-Mun.Lr (el

sobre todo en 890 cuando el emir Abd Ailah conceclió a Muhammad b. Abd al-Rahman al-TufrbI

slrcesor de Muhammacl) a quien acompañó en varias expedicilnes en la Frontera Suferior y Pamplona, así como conrra Bobastro (19). De nuevo, ante la figura clel sanl'a nos vemos abocados a una palabra que parece tener un senrido ambivalente. Es bien conociclo cllre en Oriente 1os califas 'abbásíes recurrieron a esre tipo de vín-

la ciudad ,ie Zurap4ctzu i2 J ). La rel¿ción entre TuyIbíes y Omeyas siguió funcionando en tiempos de 'Abd al-Rahmán IIL En e1 año 924 u.na expedición del todavía emir se dirigió conrra Pamplona y los distintos caudillos TufTbíes que gobernaban Calatayud, Daroca y Zaragoza se unieron a ella.

este úrltimo había eclucado, manrenido e inregrado

A medida que pasan los años el recién autoproclamado califa va aumentando su pocler, y en el año 93 1, tras haber acabado con rodas las rebeliones internas, se decide a d¿rr un paso importante: convoca en Córdoba a los Tuyrbíes y a orros miembros de linajes fronterizos, y consigue que accedan a enviarle 1as sumas de dinero procedentes de 1a recaudación de impuesros. Resulta imposible dilucidar si esra exigencia era un aspecro

en su propia familia a aquéI, 1o cual generaba una

más incluido en las relaciones entre Omeyas y

culos para integrar a los elementos turcos qlle pasaron a engrosar sus ejérciros a partjr de la pri-

mera mitad del siglo IX. La vinculación de un sanJ'a con su señor se justificaba por cuanro que

102


Tufrbíes que había caíclo en desuso durante los años de la crisis interna del emirato, o si bien fi-re Lrna práctica nLreva introd ucida ¡or Abd alRahmán III en un momento cle particular ptjanza

política. Sea como fuere , al-'Udri nos info¡m¿ de que durante los dos años siguientes se enviaron regularmente las contribuciones a Córdoba, lo que da una idea de lo excepcional de tal práctica antes y después cle esas fechas (22). Ahor¿r bien, es más que probable que tal imposición fuera muy ma1 recibida por unos cau-

diilos fronterizos que durante todo el períoclo anterior habían venido consolidando una situación independencia virtual. Sin entrar en un reclrento exhaustivo cle los aconrecimientos posreriores, señalemos que este episodio marca el inicio de una serie cle revueltas tuiTbíes que, sobre toclo en el caso del señor d,e Zaragoza, Muhammad b.

cle

Há5im al-TuiibT, opusieron una feroz resistencia frente a las pretensiones hegemónicas omeytrs. Nuevamenre es preciso significar qr-re 1a ruptura de las relaciones con el poder central se consuma cu¿rndo e1 rebelde se niega a

cumplir con las pres-

taciones militares. Esto es lo que ocurre en el año 93i, fecha en la que Muhammad b. HáSim rehusa

partiti¡ar en l.r rxpecliciórr qur el ,a1ifu dirig. contra el norte. Tras un¿r efímera sumisión, qlre se concretó, evidentemente, en la prestación de ias obligaciones militares por parte de Muhammad b. Ha5im, éste volvió a rebelarse contra el poder omeya en el año 935. Poco tiempo después los miembros del linaje Tuyibí estableciclos en Daroca y Calzrtayucl se unieron t¿rmbién a su pzrriente (23).

regulan la rendición de Muhammad b. Ha5im, y otras en las que se est"blec. .l¡ fr-,rma en qr,re e1 señor de Zaragoza habrá de clominar a partir de entonces la ciudad. Entre estas írltimas hay algunas que ponen bien de manifiesto e1 contenido de las relaciones de fidelidad. Así, por ejemplo, el compromiso a renovar el juramento de fidelidad al califa (.ba1'a) va unido a la obligación a participar en las campañas militares de aquéI, a enviar las contribuciones a Córcloba. a no mantener relaciones y combatir a los reyes cristianos, y, en fin, a no dar amparo a ningún libre o s.iervo que fuera

tránsfuga del c¿rlifa. A cambio de todo esto, Muhammad seguía manteniendo la ciudad du¡ante toda su vida sin que se le pudiera destituir de ella y pudiendo legar su gobierno a quien le sucecliera (24). Er-r

mi opinión creo qlre el pacto que recoge la

"capitulación" de Zaragoza puede ser entendido como Lrn pacto que consagra unas relaciones de tipo político en las que el juramento de fidelidad lleva aparejad¿rs unas obli¡¡aciones mutuas a las que se atienen ambas partes: por parte del califá existe el compromiso a reconocer de por vida la posesión de Muhammad y sr-rs clescendientes sobre Zaragoza, mientras que los Tuilbíes aceptan cum1o que se espera de ellos y que es, ni más ni menos, realizar prestaciones milit¿rres y remirir las contribuciones principalmente (2i). E1 pacto

plir con

fue confirmado con in¡-rmerables juramentos por los dos lzrdos y de Muhammad b. Ha5im se nos dicc tlur se comprom.rió a abr,rz,trlo como si fuera su propia religión". Desde |-re¡¡o, de lo <1ue no cabe duda es que los Tuilbíes se tomaron tan en serio su papel como señores de la .Frontera

Tras diversas vicisitucles cuya narrzrción haría demasiado larga esta exposición, el califa consiguió nuevamente acaba¡ con la sublevación de los Tr,riTbríes en el año 931 , fecha en la clue se produce la capitulación de Zaragc:za ante los eiércitos c¿rlifales. Su victori¿r fue total entonces, pero no

Sr,rperior" que acabaron fundando en ella un reino de taifas después de la disolución de1 califato.

quiso o, probablemente, no pr-rdo acabar de una

clos en

vez por todas con el poder de los Tuilbíes: por el contrario concertó un pacto con el seño¡ de Zaragoza en el cual se intentaban regularizar las rela-

Lrnos avances espectaculares,

ciones de éste con el poder cordobés.

El texto

cie

este pacto ha sido conservado en el tomo V del lltrr¡tttbi.r de Ibn Hayyán y su interés es enorme . El pacto contiene dos tipos de cl¿rúsulas: unas de carácter temporal, clue son disposiciones que

El tercer linaje que quiero

me

ncionar aquí es,

a diferencia de los dos anteriores, de origen bereber. No cabe duda de que en los últimos años la investi¡¡ación sobre grr,rpos norteafricanos asenta-

la Península Ibérica ha experimentado fruto de unos traba-

jos que han demostrado -de forma creo clue indis-

cutibie-, la importancia, distribución geográfica e inicial encuadramiento en estructuras de tipo cribal cle algunos cle estos grupos bereberes que pasan a la Penínsu1a Ibérica después de la conquista (26). Partiendo de estos datos, creo que es importante poner de relieve dos aspectos, a mi

10i


juicio, fundamentales: la adscripción de algunos

do un diploma sobre su territorio al riempo

cle estos grupos a los séquitos militares de la ar.is-

tomaba a uno de sus hijos como rehén (28).

tocracia árabe (algo que se pone de manifiesro en ias menciones a contingentes bereberes en las filas de los ejércitos de los Fihríes, Omeyas, Tuflbíes, etc.) y, por otra parte , el hecho cle que, al menos en ciertas zonas, se produjo un asentamienro de

Evidentemente, se puede dar un valor muy relativo a esta historia del sirviente enfermo y de la hospitalidad del jefe bereber. No obsranre, lo

grllpos bereberes sobre los que en un primer momento los datos son más llue osclrros, pero de los que ac¿rban emergiendo linajes aristocráticos surgidos cle un medio tribal, pero que claramente acaban trascend iéndo.Lo. Santaver es Lrna cle 1as regiones doncle mejor puecle comprobarse este proceso. Situado en la zona central de ¿r1-Andalus, esre exrenso territorio fue escenario del asentamiento de diversos Élrupos bereberes: los Banü Gazlr,u'r, pertenecienres a una

fracción de la tribu de Nafza, establecidos en

que más interesa de este relato es que muestra

ramente que en

cluc

c1a-

determinado momento, los Banü D fl-Nnn establecieron relaciones con e1 poder omeya y que este hecho supuso ei reconocir-Ln

miento de su autoridacl. Sin embargo, dicha autoridacl ya no se va a e1'ercer sobre un grupo tribal, sino clue es una ¿rutoridad que ahora se asienr¿r sobre bases plrramente territoriales. Ibn Hayyán es en este sentido muy claro cuando señala que e1 emir Muhammad concedió a Sulaymán b. D flNun un .liplome sobre ,, ,.rri,orio 1 , ¿,¡o/., /tD// Lzld ndD/)af /-/)/

).

Este leve m¿rtiz me parece fundamental. A

partir de ahora,la antiÉlua jefatura tribal deja paso a una auto¡idad c1r-re se basa en un dominio territorial. H¿r pasado e1 momento de los grupos triba-

Teruel y Villel, unos Awsaia que dejaron incluso su nombre zr r-rna región conocida con el nombre de bil¿cl Awsai'a, miembros de l¿r tribu de Saddrna, de la tribu de Ulhasa, de la tribti de Malzr,rza y de Madyünzr, así como elementos perrenecientes a la tribu cle Hawwára que van a ser los que acabarán teniendo un papel más significado. En efecto, en la segunda mitad del siglo IX el <panorama tribal" cle Santaver va a experimentar

les, e incluso taI vez clánicos, y nos encontramos ahora ante un linaje aristocrático que cada vez se perfila con más claridad sobre unas bases terriro-

unos caml¡ios muy profundos (21 ). Es en esra época cuando irrumpen en escena 1os hawwáríes Banü Zannu-r, los cuales se nos presentan en un primer momento como un grupo indiferenciado, que por estas fechas arabtza su nombre convirtiéndolo en Banü Di l-Nun y al que es legítimo tal vez definir en esta fase como una familia extensa o un clan que desciende de un personaje que había entrado en al-Andalus en época de la conquista

poder y que podía reunir un considerable ejército que las fi-rentes cifran en veinte mi1 hombres. Dentro cle sus territorios se incluían también Huete y Uclés. Cuando muere Müsi' en 908 sus dominios se reparten entre sus hijos, lo que da una idea de hasta c1ué punto se ha consolidado ya

estableciéndose en

1a

qarlta de Aqáqala.

En algún momento de su gobierno, el emir Muhammad entró en contacto con estos Banu Dfl-N¡n, y más en concrero con uno cle sus miembros, llamado Sulaymán b. Dtl-Nnn. Segírn e1 relato de Ibn Hayyán, esto se habría producido en el camino de vuelta de una expedición de1 emir en la que uno de los criados de éste se habría puesto enfermo: como la expedición se encontral¡a de paso por Santaver, se decidió que el enfermo quedarzr en casa de Sulaymán b. Drl-N¡n, el cual le habría ¿rtendido hasta su recuperación. Agradecido por: este servicio, el emir Muhammad habría colmado a Sulaymán cle regelos, le Labría concecli-

t04

riales que pasan a ser las hegemónicas en Santaver. De esta forma, no puede extrañar clue el hospitalario Sulaymán sea suceclido por slrs hi1os, de uno cle los cuales, llamado Müsi, sabemos que

tenía en e1 castillo de Huélamo el centro de su

el linaje. Para enronces, en efecro, los Banü D l1-N¡n se comportan como señores territoriales con amplias prerrogativas: según el testimonio de Ibn Hayyán, impiden la entrada en sus dominios a los ejércitos del emir o de sus enemigos, levantan en é1 castillos y fortalezas (basin uu-nta'aqil), crean alquerías y asentam tentos \qtrra u,a-ntattazil) y, en fin, oprimen violentamente a 1as gentes (2!;. El testimonio dei autor cordobés da una idea del largo camino que para enronces han recorrido los Banh D rl-N¡n: de ser un grupo más en un difuso conjunto de grupos bereberes esrableciclos en Santaver, pasan a convertirse siglo y meclio después de la conquista en un linaje asenrado sobre bases territoriales muy sólidas. Cabe pre-


guntarse si Ia alianza con la autoridad omeya fue decisiva en este proceso. Hay que volver a insistir en qlle los datos de que disponemos son mlly escasos para contestaf a esta Pregunta, pero, como mera hipótesis, pienso que la respuesta debe ser afirmativa. El problema reside en que, pese a Llue se puede considerar que existieron unos vínculos que ligaron a los Omeyas con estos caudillos bereberes -como muy bien se pone de manifiesto en al¿¡unas precisiones sobre el no cumplimiento de obligaciones militares que en ocasiones señalan las crónicas-, lo cierto es clue en estos cirsos es imposible precisar la nat¡rr¿rleza concreta de dichos vínculos. Lo qlre , en cambio, sí que está claro es que en al-Andalus los Hawwára Banr,r Dl l-Nün acabaron convirtiéndose en un linaje aristocrático cuyo papel clave en e1 territorio que ocupaban es reseñado en el célebre pasaje de Ibn Hayyán que narra el cambio de política de Abcl al-Rahmán III des-

|t¡és Jcl drs,rsr rc dr

A

lhind.¡,.r ( J0l

LINAJES DEL INTERIOR DE

AL-ANDALUS

de quien se nos dice que era nno cle los homl¡¡es principales del imd de Palestina, aunque ya por entonces no contaba con mando a1¿¡uno debido a que había sido suplantado por otros hombres de sLr grupo (qau,xi) (31). Este dato es muy interesante ya que es posible constatar que, en efecto, los 'Ubayd habían teniantecesores de este Ta'laba b. do a su mando las tropas del iand de Palestina en Oriente (32). Tal vez, la circunstancia de contar con pocos apoyos dentro de su propio fttnd fuese decisiva para que al-Andalus nlrestro personaje decidiera convertirse en Llno de los apoyos más sólidos con los clue contó el primer emir omeya. Diversas noticias nos presentan a Ta'laba, en efecto, avisando o ab¿ al-Rahmán I de una conspira-

ción de elementos yemeníes urdida contra é1, aconsejándole sobre el canclidato más adecuado p¿lr¿l convertirse en mariclo cle Sara la Goda, e incluso comanclanclo una expedición contra la rebelde ciudad de Zaragoza en el curso de la cual y enviado posteriormente a Carlomagno; rescatado más tarde, acabó sus días en Córdoba ya en época del emir Hi5ám I (J3). Los descendientes de Ta'laba continlraron al servicio de los Omeyas cordobeses clesempeñando cargos en la administración cordobesa y ejerciendo como jefes militares y gobernadores de provincias (34). Un aspecto, sin embargo, llama poderosamente la atención sobre ellos: Ta'laba b. 'Ubayd es apresado

Con los datos que hasta aqr-rí se han examinacio, es posible concluir que los Omeyas de Córdoba se vieron obiigados a establecer unas relaciones

políticas muy especiales con los linajes fronterizos que se han citado. Estas relaciones parecen haber tenido en el vínculo de fideiidad su principal componente. En este sentido, e1 que un grupo determinado tuviera orígenes étnicos distintos acabó siendo a la larga irrelevante, dado que partiendo de circr-rnstancias muy distintas su situación en la práctica acabó siendo muy similar mercecl a unas bases territoriales muy bien definidas y

a una relación con el poder cordobés que estaba siempre mediatizada por la capacidad de este último para oponerse a las veleidades independentistas que siempre conservaron estos linajes.

Ahora bien,

Un caso significativo es e1 de la familia clue qrocede de Ta'laba b. 'Ubayd b. MubaSSir alVud-a-r, contemporáneo de'Abd al-Rahmán I, y

¿es esto todo? Ciertamente, no.

Existen otros casos de linajes aristocráticos cuya hegemonía territorial no l-ra sido tan acentuada como 1a que muestran los fronterizos o que, al menos, dan la impresión cie haber sido más asequibles al poder político omeya. De especial interés puede ser en este sentido ¿rnalizar algunos de 1os linajes cle los que nos const¿ ,r ciencia cierta que pertenecieron al fand árabe con el fin de examinar su traryectoria.

era sin duda un árabe perteneciente a la tribu yemení de Yudám, como bien pone de relieve su ya citada adscripción aI iund y la mención expresa que a é1 hace Ibn Hazm en su Yanthara (35). En cambio, algunos de sus descendientes son designados como ruaaah omeyas. Así, un bisnieto del 'Amr fundador del linaje en al-Andalus liamado

b. 'Amr b. Kulayb b. Ja'laba es descrito por Ibn Hayyán como uno de los principales "maaa/i" del

ejército dei emir Muhammad (36). Otro descendiente de ese linaje, Muhammad b. Abd al-Salám tb. 'Abd Alláhl b. Kulayb b. Ja'laba, aparece en el grupo de rtau'a/I qLre testifican en el ya citado pacto de la rendición de Zaragoza del año 937

Q]). Aunque, evidentemente, estos datos no son muy esclarecedores cabe deducir de ellos aigunas conclusiones. Si se acepta, como parecen apuntar 10t


las fuentes, que la falta de apoyos con que conraba

Ta'laba b. 'Ubayd dentro de su propio itmd fu,e Ia causa de que éste pasara a engrosar la lista de partidarios del primer emir omeya, tendríamos un caso en que el poder político de esta dinastía consi¡¡ue atraer a un miembro destacado de la aristocracia árabe convirtiendo a sus descendientes en elementos adscritos a la administración cordobcsa. El hecho de que, al menos dos descendientes de este Ta'laba sean designaclos como rnatta/7, tal vez pueda tener alguna relevanci¿r en una fase final de este pfoceso, pero desgraciad¿rmente los escasos datos con qlre contamos impiden 1leva¡ demasiado lejos 1as conclusiones a este respecto (38). Un caso algo distinto, y a todas luces más complejo, lo proporciona el linaje de al-Husayn b.

al-Dain al-'Uqayh, otro árabe en esre ceso qaysíperteneciente al iunr/ de QinnasrTn establecido en Jaén. Los datos más interesantes que poseemos sobre este personaje 1e señalan como jefe de su

tribu en dicho fund, ¡ivalizando con el poder adquirido por ai-Sumayl b. Hatim. Es segr-rro que esta riv¿rliclad es también la clave que explica que al-Husayn decidiera prestar su apoyo a Abd a1Rahman b. Mu'awiya en su lucha por asegurarse el gobierno de a1-Andalus frente a Yusuf al-FihrT y al-Sumayl (39). El haber sido uno de los escasos apoyos qaysíes con que contó el pretendiente omeya fue con toda seguridad lo qr-re valió a al-Hr-rsayn el nombramiento sobre su kn'a y su ittnc/ después de 1a derrota del ejército de Yüsuf a las puertas de Córdoba. En efecto, poco tiempo después la inrentona del ex-gobernador de al-Andalus de combatir al nuevo emir omeya se dirigió inicialmente contra Jaén y forzó a al-Husayn a encastillarse en Mentesa (nadTnat A'Iant7ía) (,10). Puede sr-rponerse,

por lo

que como en el ya citado caso de Ta'laba a1Yudáml, nos encontramos anre un ¡ersonaje que afianza su autoridad ¡¡racias a su colaboración con el primer emir omeya -como pone de relieve en t^¿1nto,

su nombramiento como lefe del frnd de QinnasrJn y de la kn'a de Jaén-, y que se encuenrra, además, plenamente establecido en rorno a Lrn núcleo ter¡itorial centrado en Mentesa. Nada sabemos sobre este linaje durante algo más de un siglo, pero ya en época de la fitna deI emirato una noticia de Ibn Hayyán nos habla de un Ishacl b. Ibráhim b. Arráf b. al-Husayn alUqayh, descendiente clirecto del caudillo qaysí, y

i06

de quien se nos dice que había formado parre de las personas que tenían derecho a sentarse en el consejo del emir Muhammad, dirigiendo arengas en 1as reuniones y ante las expediciones militares (,11). No obstante, este mismo cronista añzrde que

al producirse la firna, Isháq se retiró ¿rl casrillo (/citn) de Mentesa fortificándolo y defendiéndose .teide ¿l contra'Umar b. Hafsün. Apoyado por los 'ununa/ de la zona, la obediencia que prestaba al poder central parece haberse ido ciiluyendo a medida que trvanzaba la disgregación del poder central. Resulta, plres, muy si¡¡nificativo que más de un siglo más tarde un descencliente de a1-Husayn

al-'UqaylT aparezca e ncastillándose en el -irrno lugar que había ocupado su ancestro. Con los escasos datos con que contamos no es mucho lo que puede declucirse de esto, pero también es muy tentador pensar que Mentesa l-rubiera estado a lo largo de todo este período en manos de este linaje. Sea como fuere, Io que parece haberse mantenido sin ninguna duda a lo largo del período previo es la sumisión al poder corclobés: hasta 1a época de la fitna no hay noticias cle rebeliones y sí, en cambio, de contingenres milirares de esta kard integraclos en ejércitos emirales y, probablemente

,

de contribuciones fiscales enviadas a Córdoba (42). A todo ello se añade la mencionada noticia que l-iabla de Ishaq b. Ibráhlm formando parte de los círculos palatinos del emir Muhammad.

La época de la prime ra firna cambió esra situación. Como se acaba de ver Isháq b. Ibrahrm al-'Uqaylf se encasrilló en Menres" desligíndose de la obediencia al poder central. M. Acién ha demostrado que el caso de Menresa es muy significativo en lo que este autor denomina .la creación de un país de bus.an". El paso de lo que en un principio es c'lenominado como wadTna a un bisn ejemplifica un proceso cle reorganización .lel teiritorio que va unido a 1a aparición cle "linajes árabes aristocratizados> qr-re basan su poder en Llna acción depredatoria sobre las poblaciones vecinas

(43) Es muy posibie que este proceso se vier¿ acompañado de un cambio de lealtades por pame del linaje. Sabemos, en efecto, que la amenaza de

'Umar b. Hafsün y la incapacidad cada vez más

eviclente por parte de la dinastía omeya de hacerla

f¡ente favorecieron la aparición de caudillos loc¿rles enfrentados contra el jefe muladí. Uno de estos


caudillos fue el bien conocido S¿rwwár b. Hamclun, quien en el año 888-889127t H. asu-

central, pero que llegada la época de Ia fitna aflojan sus lazos con éste. Tal ruptura va acompañada

mió la jefatr-rra de los

Elvira. Pues bien,

cle una ocupación de hastTn, fortalezas que les per-

una inapreciable referencia recogidzr por Ibn a1JatTb precisa que fue este Sawwár b. Hamdun quien construyó Mentesa para los Banu 'Attaf (44;. Este daro concuerda muy bien con lu .roriiiu

miten un mejor control del territorio y sus poblaciones como mr-ry bien ha señalado M. Acién. Ahora bien, la recuperación de la autoridad central llevada a cabo po. Abd al-Rahmán III tuvo para estos linajes unas conseclrencias muy

árabes de

'' Isá ¿l-Rázr qr,rien señala que Sawwár se atralo a de 1os linajes (btqltat) árabes de Elvira, Jaén y Rayyo (.i5). PLrede, pues, slrponerse que ante la falta de un pocler central suficientemente fuerte estos linajes optaron por aglutinarse en torno a un caudillo árabe carismático que supo allnar en un momento de profunda c¡isis a 1os principales elementos del

¡ rutd

.

En esre sentido, nuesrros Uqaylíes de QinnasrTn parecen haber actuado de forma muy simi-

lar a otros linajes como los Hamdáníes Banu Adha establecidos en Elvira y, probablemente, u.lscriiás il. imd de Hims (46). De nuevo, en este caso estamos ante una familia establecida con el iund sirio de la que sabemos que apoyó a Abd al-Rahm;n b.

Mu'áwiya a su llega<1a a ¿l-Andalus y de Ia cua1, allnque no consta que nin¡¡uno de sus miembros ocLrp¿rra cargo alguno en la corte cordobesa, podemos suponer qlre se mantuvo también dentro de la "obediencia omeya, (41). En época de la fitna sí que es seÉiuro qlle este linaje también se sumó a Sawwár b. Fhmd¡n y también parece haber aflojapocler cordobés (48). núcleo territorial sobre el qlre se asental¡a

do sus vínculos con

El

e1

familia se dibuja también con cierta claridad. Algunas filentes nos hablan, en efecto, de que este linaje procedía de la Tclt'1ta¡ ¡7urrrr, que es identiesta

ficada con Alhendín, al sur de Granada (49). d.e la fitna este linaje no se mantuvo en dicha qary,a sino que, por el contrario, las referencias que poseemos sobre los Banu

Ahora bien, en la época

Adha en esta época nos los muestran en dos hn¡7n'. Lrn lado el hisn B¿lti, cuyos habitantes se nos dice que llamaron a Muhammad b. Adha para que

por

1os defendiera y, por otra parte, en el hisn d/Hdmna donde este personaje se encuentr¿ ya cuando Abd ol-Ruhrnán III le somete (50). Puede verse, por lo tanto, que también los

datos que poseemos sobre los Banü Adha concuer-

dan con la trayectoria de los 'Uqaylíás a los .1,-r. ¿1ntes nos referíamos: en ambos casos se trata de dos linajes árabes que durante buena parte del emirato se encuentran sometidos a la autoridad

distintas a las clue habíamos visto en e1 caso de ios fronterizos. Ishaq b. Ibráhlm al- UqaylT fue reducido en 9131300 H. y conducido a Córdoba mientras en su fortaleza y en las de otros rebeldes el emir omeya estableció como "caícles a hombres de su confianza" (t1). A partir de ese momento el linaje desaparece de nuestras fuentes y casi nada más volvemos a saber sobre elios. Es imposible precisar si sus miembros continuaron viviendo en Córdoba o bien regresaron a Mentesa. Sus nombres no vuelven a aparecer ligados a actividad

militar alguna y, significativamente, tan sólo es posible aportar noticias sobre un il.faqú oriundo también de Jaén que murió en dicha ciuclad en t146-rt47 ti4r H. (52). Po¡ sr-r parte, 1os Banü Adha también fueron reducidos por ,tbd al-Rahmán iII en 9:l /lu9 H. En este caso, sin emburgo, sabemos que el sobera-

no omeya optó por encomendar a uno de

sus

miembros -concretamente a Ahmad Muhammacl b. Adha-, la jefatura dei ¡ttrnd DoÁusco e incluso'pu..."

b. rle haberle permiticlo rete-

ner la fortaleza de a/-Hautnta. Más tarde. sin embargo, nuestr¿1 fr-rente añade que ei mencionado

Ahmad fue mandado veni¡ a Córdoba donde deiempeñó pLrestos en la administ¡ación y gobiernos de provincias (j3). También a partir de este momento nuestras noticias sobre estos Hamdáníes se hacen más escasas. Significativamente, ya no les volveremos a ver ocupando una fortaleza y desafiando a la autoridad central. Cuando teaparezcan miembros de es¡a familia en nuestras fuentes 1o harán dedicándose a tareas muy distintas: así, un 'Umar b. MuSrif l¡. Muhammad b Ac]lp aparece en Granada en época

de los reinos de taifas como visir y alfaquí, mientras qlre un primo suyo ejercía también como alfa-

quí en Almería (14). Por su parte, un Ah

b.

'Umar b. Adha al-Hamdánl (nacido en Almería en 492 H.) fue' cadí de esta ciudad y fueron las turbulentas circunstancias del periodo de desintegración del poder almorávide las que 1e llevaron a desempeñar un papel político en esa época (55). 107


Haciendo una recapitulación de los datos que hasta aquí se han presentado se puede concluir que durante el siglo X/IV H. se produce una reintegración de los linajes de 1a aristocracia militar árabe dentro de las estructuras de la ar-rtoridad corclobesa. En este sentido, la reacción protagonizada por'Abd al-Rahmán III tlrvo pleno éxito en la sumisión de los señores clue habían consolidado jefatr,rras locales durante la época de la fitna. El problema reside en que no sabemos exactamente cómo se produjo este proceso. ¿Perdieron estos linajes árabes sus antiguos dominios territoriales en favor de un renovado pocler centrai como parecen indicar cie rto número de indicios? Desde luego, ésta parece ser la hipótesis más plausible,

pero ello no explica del todo en qué situación quedaron los miembros de unos linajes que tan sólo unos años ¿rntes se habían mostrado capaces de movilizar recursos milirares propios y de controlar clominios territori¿rles más o menos extensos. Se¿r como se¿1, lo que sí que es preciso subrayar es qLre este Proceso de asimilación al poder

central contrasta vivamente con 1a trayectoria que hemos visto que siguieron los linajes fronterizos. Tai contraste tiene una plasmación tan evidente como que estos últimos lograron sobrevivir en muchos casos a la propia dinastía omeya conservando sus bases territoriales intactas y, en cambio, los ya mencionados linajes árabes aparentemente no. Más trúrn, después de su sumisión a La autoridad califal cordobesa las familias que descendían de la trntigua aristocracia del 1t und parecen haber ido perdiendu progresivamente su pr(emrnenci¿

militar. A este respecto conviene recordar qlle Ia política militar cle 1os califas cordobeses estuvo marcada por una tendencia cada vez mayor a favo-

recer la entrada en el ejército de contingentes foráneos venidos sobre todo del norte de Africa; una tendencia ésta que tiene su culminación en la

reforma militar de Almanzor. Esto tuvo importantes consecuencias para las familias de la antigua aristocracta áral:¡e que fueron perdiendo su antiÉaua función milita¡ en favor de estos nuevos elementos. En pleno siglo XI este proceso es ya más que notorio: para entonces, un miembro de los citados BanuAdha, descendiente de un caudi-

l\o

del.

iund que dos siglos antes

se había encasti-

llado en una fortaleza granadina, no figura en

108

las

fuentes como Lrn señor con un dominio territorial, sino como un alfaquí que lle¡5a a ostentar el visi-

rato al servicio, precisamente, de 1os bereberes Sinháya, señores de la taifa granaclina. Como se ha visto, este caso no es único y marcJ LrnJ lreutJ que siguen otros lina,es árabes. Los ejemplos que aquí se han dado podrían multiplicarse y en todos ellos se constataría que la tendencia es la misma.

En este artículo se han anahzado algunos linajes aristocráticos en su relación con los Omeyas. Se ha hecho especial l-rincapié en la época del emirato, pero se ha trascendido este marco tem-

poral para analizar determinadas trayectorias dignas de ser mencionadas. En este sentido, ha quedado bien perfilada la diferencia entre los lin.rjes fronterizos que articulan sus relaciones con el poder omeya sobre unos vínculos de fidelidacl y los linajes árabes de1 interior cuyos vínculos con el poder central parecen haber sido más só1idos durante el emirato. Estos víncuios se quebraron en la época de la primera.f itna coinciclienclo, preciszrmente, con una incapacidad de dicho poder central para hacer frente a amenazas tan graves como la de 'Umar b. Hafsun y, sus aliados. La 'Abd al-Rahmln recuperación llevada a cabo por III afectó también de una manera muy distinta a unos linajes y a otros: mientras que en el caso de 1os fronterizos se consolidaron los vínculos que ya existían previamente sin que ello afectara a sus bases cerritoriales, en el caso de los linajes áral¡es descendientes del iund dicha recuperación marcó su integración en las estructuras del poder central, algo qr-ie, probablemente, fue acompañado de un desarraigo con respecto a sus dominios territoriales. La dife¡encia entre unos casos y otros tendió a acentuarse con el paso del tiempo. Los lin¿jes fronterizos sobrevivieron a 1a propia dinastía omeya manteniendo intacta su capacidad miiitar, mientras que los descendientes de los linajes del iuncl árabe se vieron progresivamente desplazados de su función militar por la política del poder central que tendía a apoyarse en contingentes foráneos. La consecuencia más clara de este proceso fue que los miembros de estos linajes clejaron de ser protagonistas de los sucesos de las crónicas

y pasafon a engrosar las poco excitantes listas los

ditt ionarros biográficos.

de


NOTAS

2.

l. 'i.

5. 6.

t.

b¿s¿ en las conclusiones cle la obra clásica de

El calificativo de "leuclal" para Ia sociedad visigo<1a se A. Barbcro y

19. al Lldri, e<1. cit., p. 5i. 20. R. N{<rttaheclch, Lolal4

NI. Vigil, It fortutiítt dt/ JtrJdli.rnn et /¿ Penhutt/a lhíri,¡, pp. 2l y ss., Barcclona, 197fi. Soy consciente cle qtte en

2L

los úrltinros ¿ños ha haL¡ido algttnas críticas ¿1 esta caracteriz¿ción. Sin embargo, y cle monrento, tales crític¿s sólo se ¡esuelven cn Lr¡eves notas a pie de página, en aclietivaciones gencrricas clue se clcslizan en el contexttl cle a1gún párrafir suelto o en blrrclas clcsc¿lificacioncs carentes del nírs nínimo rigor. Sería cle desear que, en el caso cle que hal'a quc cllestionilr talcs concLusioncs, los autorcs que de eLlo sc ocupen Io hicieran con los propios textos en la rnano )'con alguna closis de rigor cicntífico. El clebatc entre .traclicionalistas" ¡ "¡npttLrist¿rs" relerido a l¿ invasión á¡al¡e clel l1 L ¡ecuercla mucho ¿ Ia célebre polémica e ntre .roman jstils' v (germanistas, .lue donr i nó clurante Iargos años los estuclios sobre cl derecho nreclieval y clLLc csi en su planteamiento y contenido. Lrn típico clebate clecimonónico. EI estuclio más completo en estc sentido es cl c1e M. J Vigncra, r\ragítt ttlstr/rl,í1, 2a, Zaragoza, l!88. Ibn Hazm, \',nul:ar,t/ ,/itr¡l) nl Ltr¿/ú, c<l. A. S. IIamn, p. i0l, El (.¿iro, 1961. Sobre el limcs contra los vascones A. Barbero y Nl. Vigil, Sthre /o: orlgares .totia/t: tlc /t Retonqt)sl,r. pp. 51 1 ss., Blrcelona, l!71. E. Nlanzano Morcno, La.frunlert fu ¿/ Andaltt tt í¡ota t/t lo.; ()ue1rrs. pp. 1L0 r' ss., Nl¿dricl, 199 I. A. Barbcro y Nf . VigiL, Solre lo.r u'ígerus stic)ale.r. , pp. lO1 E. Nlanz¿rrro N{o¡eno.

10.

11.

tante su utiljzacirin para .socieclacles islámicas. provoca por Io clLLe tal vez hat'a que esltcrar a Llna

26.

21

.i0

ss.

mayor clepuración cle los conceptos,v términos pirra ttsarla, algo quc da una iclca del largo camino que quecla por recofrer cn este campo de estuclios. QrLiero agraclecer mtLv A, i.r''rt. prr, i'iolrc. J r\tr r(\P((1,'. 'jn,cr..n rntr ¡ V. Cfr. sobre todo la obra clásica cle P. GrLich¿rd, ¡l-And¿ltt¡ E¡fr//Ltt/ra autrQolígict ¿le tnt sociu|¿J i.¡/'i¡tiu et O¡¡idcnl, Barcelona.1976. Sobre esta evoltrción cfl-. E. Manzano Moreno, "Bereberes de al-Anclalus: los factores clc untr evolución histórica", al-Qaatara, XI, pp. 39r-.i28, 1990. Ibn l{ayyán, i\Irqtdhi:, ed. M. Anturla, p. 18. lbidurt, p. La Ibn Hayyan, Alrytab)s f, ed. y tracl. cits pp. 2!6 291 .Las repercusiones cle Ia clerrota de Alhándega h¿rn sido ¿n¡rlizadas por P. Ch¿lme¡a, .Siu¿ncas y Alhánc1ega", fllr¡azl¿, XXXVI, pp. 396-398, 1916. Ajbir llairú a, ecl. v ¡racl. E. Lafucnte AIcántara, pp. !l .

E. Lévi Provengal y E. García Gómez, "Textos inéclitos del MLLcltrbis cle Ibn Hayl'an sobrc los orígenes clel ¡eino cle Pamplona,, tr I - A th / r r.t, XIX, pp. 29 6 -29c), I t) i 1t. ¿l tJdri, Ttr:1 al-ajbr7r, ed. al-Ahrrani, p. 2!, Madricl,

3L a2

P. Crone, S/L/l.ar ril horses. The etnlntioil rtl the p. l0O, Cambridge , 1lti0.

L!65. Scguimos la cronología proprlcsta para estos hechos ¡',r' \1..1. Vilrr, r... U¡. t /.. l'. xr'. t\l01tt//titt, (;{t)t./ilitt H i¡tori¿tt. Capittldria Regtn F rdtttturtt, I. p. ll5. Hav quc recordar allre otras causas que se

ll.

Ajbrtr '\Idinl a. ed. y tracl. cits. pp. $r y !1. Ibn a1Qutiyva, T,z'rf1 iftith al-Atdalu, ec1. y tracl. cits. I y 6;

t

"FtonteLa Superior".

11. "T exros clcl N,fucitabis...", lrp. .10.i-10i. Li. E.ltfanzano l{oreno. It fruttlera d.e al Anda/n..., p 116 }

y 87,I{acbd. 1867.

)1

ls/tút

polit1.

at-'Udr; ed. cit. p. 25. lJna rclaci<in bast¿nte complcta de estc linaje puede

verse

.Not¿s, de M. Makki a su eclición cle Ibn Hayván, al-llttqttb).r t¡in ¿trb,t' alL/ ,t/-r\ula/tts, pp. 10(r-'107, El en ias

i\ 16. .17. 38.

Cairo.1393/1973. ll.n H,'zm. Y.,.. /..,t !..,1. , ir.. ¡'. ,-.. Ibn Hayyan, Alrqtahi:. ed. M. l\{akki, p 157. Ibn Ha1'yan, lltr¡taúts \', ed. ) trad. cits. p. 278. Un nietr¡ cle Ta lal¡a llam¿do 'Abc'l Allah b Kulayb aparece mencion¿clo en los textos epigráficos de la constnLcción

t,t r|j riitil ¿/ An¿Ltltts, ecl M Anturia, p. 20, París, l!.ir. \'oc¡btt/i¡¡t ir Ar,tbictt. cc1. C. Schiaparelli, p. Lii, Floreu.i¡

1¿ alcaz¿ba cle lvfer¡ida en 8lii220 Il. E. Lévi-Provengtl, lnscrip)tril: L/rctber de I'Esptgue, pp. 5O i3, París, 19.1 L. Pese a l¿r exactitud cie cste tipo clc textos en la definición del ¡lalls ¿e los personaies qrLc citan, eL mencion¿do'Abd All¿h cs nombraclo stilo como'ánil clel .rnir 'AL¡d al-R¿l¡min ll en clicha ciuLcl¿d. Cabc Pensar, Por

tsTl.

tantoJ clLlc si se est¿rbleció una relacicin de urtl¡l'entre esta

SS.

l(r. al- Lidri, ecl. cit. p. '11. Ir. Ibn Hayvan, dl t\hrJttl:is fl -N{ar¡íne z

8.

te, pp. 2li-279,Zartrgoza, I)81. La palabra clue picnso que criadra mejor para clefinir este tipo de rclaciones políticas es lt c)e ta:a//aja, un concepto

gran<Jes recelos,

2r)

y

tracl. .J. Ribera, pp. l ll 1f i v 97, M¿cl¡icl, 181¡8 c Il¡n Hayyán, ltrytahi.r, ec1. M. Antuña, p. 86. al- Udrl, ecl. cit., pp. 44.68 y 69. Sobre esta rebelión v sus alternativas cfr' E N{anz¿rno Morcno, Lafrnttera dta/-Atdah.;..., pp. 351 v ss Ibn Flayvan, t\lrqtabis !', ecl. P. Ch¿lmeta, F. Corricnte y trI. Sobh, Maclricl, 1979t t¡¿cl. M. J. Viguera.v F. Corrien

con Llna definición bien clara 1'c1tte permite, además, com¡rrenclet mcjor a clrLé nos est¿mos refirietlclo. No obs-

28

contcnrplan en las capitularias carolingias como motivos para la ruptrLra clcl vínculo clc fideLiclacl incluyen, entre otros, el intentar cometer adultcrio con la mujer del v¿sallo, golpearle o inten¡¿L m¿tarle. lJn¿ lectura ¿r¡enta de la ,'br., ,1. .rl- I Jn mrlr.tr.r .ltlr r\l.r.. ir.tllr.l.Ln,.J\ ' r,ni ll rren en algrLnos episociios qlle est¿ fucnte narra pata la

1

2t

de /¿s sqtitd¿le¡ tttst/¡¡¡atta.t

ftrot

t

12.

24

itttitr/ ¿ud L¡l¡tn¡ir /¿u. Th" urigias uf ()(), Cambriclgc, l!87. fLte !.\lLlt)ti. Ptltrlildfe, p. ( .. r nt.rrr 1.,. P. r,,il., L. L ), A. B¿rbero I' M. Vigi1, Lt .fintt;ttirh t/e/ .ftila/isttto.... 1>p. P. Crone, Rorttttr,

lll Li.

')1.

1992.

eu

8

IIi:torit

/¡ Ec/¡l lIeJi'2, -N{aclrid,

22.

atttl Lndu:hip in at Earl1 Irlattic .lar;af'. pp. 82 r'ss., Prince¡on, 1980. Solrre esta entle:l¿ \' las ultelts.Ltttcs (jrLullst]nejJ\ clLtc concurren en ella cti'. las versiones conrraclictorias clue ofiecen Ibn al QLrtiyva, '1 a'rt1 iJriill: t/-Atfu1t;, ed. y

de

109


familia y los emires omeyas, tal relación hubo de c<¡n( lurr\r, orl 1'o.r.ri,,riJ¡J ., .1,.1'¡ le.h¡. Ajú,tr \lainut a, ed. y tracl. cits. pp. 65-68,7ó y ti3 de la ed.69-71,77 y ill cle la rr¿d. Ibn al-Qutiyya, ZaizT ift)tth a/-Ant/a/n, ed. y trad. cits. pp. 22 y 11 , donde se puntuaLiza qrLe al-Husayn b. al,Dain no conró para ello

)r)

,i0.

11

42

otro jefe qaysí perteneciente aI itnd cle Damasco y nieto -la simili¡ucl en las tral'ectorias cle todos estos linajes es digna

con el apoyo de su tribLL queJ en su m¿voría, se inclinaba por al-Sumayl. AjbtTr Xlainr a, ed. y trac1. cits. pp. 92 y 88; Mentesa era Lrn anti:juo oppidum romano. Sobre esto v su idenrificación con Ia actual Laguarclia, cfr. F-. J. Aguirre Sáclaba y M. C. Jinénez NLata, Ittroclrctiín al Jaín isl¡h¡¡)co (Estilio gutgr,ífin-bi.;ttírit?), pp. 10, ll y .i0, Jaén, 1979. Ibn Hayyan, NIrqtdbi.;, ed. M. Antuña, p. 2!. Para ia expresión "Ldna l¡)u ah/ a/ nu'a.qid" sigo el sentido sugericlo por R. Dozl' enSQpl. Di¡, Ar,,II, p. 151. Así lo denuestra la célebre lista de contingentes militares aportados por cacla Lira en época del emir MrLhammad y ent¡e los cuales se incluyen los de Jaén, Ibn Idd'I, r/ tsa1,in dl-Iltgriú, ed. G. S. Colin y E. Lévi Provencal, II,

Anclalrrs. La firrmación de un país de Ifusun", Atta.¡ tle/ Cortgre.ro

fu Arqrtologít )[alitul E.;laíio/a, pp. 1.1J y

Ovieclo. 1990. Ibn al .fatTb, tl Ih.rr,t

i1

/+9

i0

t8

cono Nau,a/i.í, ¿un

lIl

ss.,

Honda.a cn

srL clescrip-

cLranclo en el manuscrito aparece como

IIaylán, ,\Iuqtubis V, cd. I' tracl. cits. pp. 1 11 1 15. Ibn Hay'yán, t\ln¡tab)s [, ccl. y tracl. cits. p. 10. lbn ld¿r], tl Bal,art al-t\|ryrib, ed. cit. II, p. 126.

A. Inan, IV,

Recogiclo por Ibn Hayyán en lfutltabis, ccl.

M. Antuña,

52

Ibn al Abbar, Tatttila, ed. Husayni, El Cairo, I, p. 53,

ai-Kalbl, iorrLroro, ecl. Caskel, II, p. l,l. Cfr. también Ibn Hazrn, Yantbara, ecl. crt.,

t3

Ibn Hayyán, Altqtabi: V, ed.y trad. cits. pp. 11,1 115.

Ct¡o,

li

d1b'tr Gart¡Lz. ecl.

-Nf

l9111-19,17.

1956. Según este c¡onista tales mercedes les fueron concediclas a

j97

los Banu Aclha después de que el citado Ahmad realiza¡a un encendido discurso de apoyo al soberano omcya; dis

Ibn al-Qutiyy¿, Td't4 iftiAhal-Andalus, ed. y trad. pp. 22 r I-: ¡i ) r,¡i ,lon.l*e , ir¡ cl numbrc Je Adllr b. Al¡J ¡l-L.rrrr ror¡o urr Iuribir , ¡ntliJ¡ro prr- ,""-1'¡ar.,r., ,'n secretario cristiano ¿l servicio de 1 emir Muhamnad. A'i l,,Jrnrrr¡rr¡ ilrrJ rcleren(i- ¡ A,llr.t b. AbJ ¡l-Lruf en l-,¡rr. '- Jc.it.' enrre Io' l'-rr idrriu. Je 5.,rsrr,1u. '. encontraban sitiaclos en Elvira, Ibn Ha1'yán, llrytabi:, ed. Antuñ¿, p. 61. No es nuesrra inrención entrar aquí en un recuento de los complejos sucesos de Ia fina en Elvira. Baste señalar que tras la súbita muer¡e de Sawrvár lajefatrrr¡ J. lo. ir.rbe' r., r1 o rn S¡ iJ b. sulrl mJn h. YuJi.

curso éste que es reproducicio por Ibn Hayyan y por orros autores posteriores.

i4

Ibn al Zubayr, Si/et a/-..\ild, ed. E. Lévi-Provengal, p.62, n. 10! y 1 10, Rabat, 1918. Es muy probable qrLe el primero de ellos sea el vrsir Ibn Adha citaclo por el monarca zirí 'Abcl Atlth .b. Buluggin en sus <memorias", cfr. Tib1a1t, trad. A. T. Tibi, pp. 81-tl2 y n. 212, Leiclen,

55

Ib¡ al-Abb¡r, Hill¿,

1

T 110

iqlnt

Bau'ilii. Pienso, sin embargo, que es más ¿ce¡r¿do leer Bilrri quc Jp.r(' c ( irrLJu ¡ur ¡l- UJrr rJ. , it. ¡. ,ttr ,o6¡ un iq/m de Elvira y por Ibn ai-Jatib como hisn cf¡. M. Sánchez Ma¡tínez, "La cora cle Elvira en 1os sigios X v XI segírn al- Uclri", Cta¿/.ernos de IIis¡r.ia de/ ls/atn, VII, pp. i6, n. ll0,1975-1976. Sobre a/-H¿n¡na. cfr. Ibn

Sobre esta adscripción cfr. Ibn

.

recoge un

ción de Elvrra, ed. cit., p. 9l). Ibn Hayyan, lltqtah).;, ed. Nf. Antuña, p. 31. El primero de clichos topónimos aparcce corregido en csra edición

.

P.

1l

Adha pasó a ser ¡econocido como c¿rudillo de los árabes, Iúidun, p.3Ll Cfr. también. Ibn al-Al¡l¡ar, ¿/-ÍLt/la a/Sryara',etl.IJ. Mu-nis, I.pp.228-229, El Cai¡o, 1963. Ibn al Jatib, al-Iháta f7 djbdr Gdnla.id, ed. cit. i, p. 156; al MarrakuSi, a/-Da1,/ ua /-T¿Lni/¿, ed. NL Bensherifn, I,

p.403, al-'Udri

pp. 5J-55. 46

1.2J.

51

p. 2r0, El

It

un antiguo lefe de Ia .ítrta cot.

cmir al,Hakam, lbiclett, p.

Con este nuevo caudillo los Banü Aclha manrrLvieron relaciones hostiles y a slr muerte Almacl b. Muhammacl b.

p. 10!, Leyde, 19.18'-I9tl. M. Acién, "Poblemiento y fortilicación en el sur cle al-

43

cle ser reseñada-, de

dobcsa en tiempos del

986. etl.

cit. II, pp. 2Il

-211

.


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