SÓCRATES Y PLATÓN SOBRE EL ÚLTIMO DESTINO DEL ALMA, Rafael Gómez Pérez
Sócrates, fue un filósofo griego. Fue hijo de una comadrona, Faenarete, y de un escultor, Sofronisco, emparentado con Arístides el Justo. Pocas cosas se conocen con certeza de su vida, aparte de que participó como soldado de infantería en las batallas de Samos (440), Potidea (432), Delio (424) y Anfípolis (422). Fue amigo de Aritias y de Alcibíades, al que salvó la vida. La mayor parte de cuanto se sabe sobre él procede de tres contemporáneos suyos: el historiador Jenofonte, el comediógrafo Aristófanes y el filósofo Platón. El primero lo retrató como un sabio absorbido por la idea de identificar el conocimiento y la virtud. Aristófanes lo hizo objeto de sus sátiras en una comedia, Las nubes (423), donde se le identifica con los demás sofistas y es caricaturizado como engañoso artista del discurso. Estos dos testimonios matizan la imagen de Sócrates ofrecida por Platón en sus Diálogos, en los que aparece como figura principal, una imagen que no deja de ser en ocasiones excesivamente idealizada, aun cuando se considera que posiblemente sea la más justa. Se tiene por cierto que se casó, a una edad algo avanzada, con Xantipa, quien le dio dos hijas y un hijo. Sócrates deambulaba por las plazas y los mercados de Atenas, donde tomaba a gentes corrientes (mercaderes, campesinos o artesanos) como interlocutores para someterlas a largos interrogatorios. Este comportamiento correspondía, a la esencia de su sistema de enseñanza, la mayéutica, que él comparaba al arte que ejerció su madre: se trataba de llevar a un interlocutor a alumbrar la verdad, a descubrirla por sí mismo como alojada ya en su alma, por medio de un diálogo en el que el filósofo proponía una serie de preguntas y oponía sus reparos a las respuestas recibidas, de modo que al final fuera posible reconocer si las opiniones iniciales de su interlocutor eran una apariencia engañosa o un verdadero conocimiento. La cuestión moral del conocimiento del bien estuvo en el centro de sus enseñanzas, con lo que imprimió un giro fundamental en la historia de la filosofía griega, al prescindir de las preocupaciones cosmológicas de sus predecesores. El primer paso para alcanzar el conocimiento, y por ende la virtud (pues conocer el bien y practicarlo era, para Sócrates, una misma cosa), consistía en la aceptación de la propia ignorancia (“sólo sé que no sé nada”). Sin embargo, en los Diálogos de Platón resulta difícil distinguir cuál es la parte que corresponde al Sócrates histórico y cuál pertenece ya a la filosofía de su discípulo. Desenmascaró a los abundantes sofistas de Atenas, los cuales utilizaban la retórica no tanto como el arte de persuadir de la verdad, sino de persuadir tanto de una cosa como de su contraria, por lo que sembraron el escepticismo radical. La retórica, casi en el mismo momento de nacer como disciplina de la razón, se convertía en fuente de zozobra para los ingenuos y de pingües beneficios para los sofistas. Sócrates, con su aguda y sincera dialéctica se granjeó enemigos que, en el contexto de inestabilidad en que se hallaba Atenas tras las guerras del Peloponeso, acabaron por considerar que su amistad era peligrosa tanto para aristócratas como para sus discípulos, entre los que se contaban Alcibíades y Critias. Oficialmente acusado de impiedad y de corromper a la juventud, fue condenado a beber cicuta después de que, en su defensa, hubiera demostrado la inconsistencia de los cargos que se le imputaban. Según relata Platón en la apología que dejó de su maestro, éste pudo haber eludido la condena, gracias a los amigos que aún conservaba, pero prefirió acatarla y morir, pues como ciudadano se sentía obligado a cumplir la ley de la ciudad, aunque en algún caso, como el suyo, fuera injusta. Peor habría sido la ausencia de ley.
Platón (siglo IV A.C) dio con una interpretación del hombre que, por su perpetuidad, bajo distintas formas, hasta el mismo día de hoy, parece una posibilidad "natural". Si no hubiera sido Platón, otro genio semejante la habría descubierto tarde o temprano. En esencia es esto: la vida del hombre es la vida de un alma que, prisionera en el cuerpo, desea ardientemente volver a su verdadera, eterna, perfecta patria. Así que lo que se ve y se experimenta aquí abajo es sólo reflejo y copia de las realidades verdaderas de allá arriba. Y, como ya se estuvo en ese mundo de las verdades perfectas, conocer es recordar; y amar es ir, como por grados, ascendiendo a la Belleza en sí, que coincide con el Bien en sí. Esta visión del hombre es espiritual, teológica, divina, como le gustaría decir al mismo Platón. Y contra ella han ido quienes prefieren una visión material, empírica y exclusivamente humana. En la filosofía platónica es esencial la inmortalidad del alma, que es el tema del dialogo Fedón.