Ella no quería despertar. Y no era por la noche densa. Sufrió tanto su premio de periodismo del año pasado, que aún no lo recibía cuando ya tenía el plan listo: salir del país. Irse y vivir sus presurosos años de vida con los montones de recuerdos empolvados y una medalla con el rostro de Joseph Pulitzer. Había estudiado derecho, pero cansada de perseguir el éxito con el estómago vacío, un día tomó una cámara, aprendió a utilizarla y encontró trabajo en un diario.