ELURCUYAYA
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En la provincia de Cañar existe un cerro llamado Narrio. Según la creencia de los campesinos, en su interior existe un valle secreto que esconde un templo inimaginable, sembríos maravillosos donde crecen mazorcas de oro y jardines con plantas medicinales que curan todo tipo de enfermedades. Dicen que con la primera luz del día se puede ver al pie de una peña una cueva que conduce al valle. Sin embargo, no cualquiera puede encontrar el acceso pues está guardado por el Urcuyaya que ofrece estas riquezas solo a personas de buen corazón. El urcuyaya es un ser benigno y enamoradizo.
Melchor Pumancay era un humilde peón en quien puso sus ojos la hija de su patrón. El
joven, generoso y honrado, atrajo a la muchacha por esas cualidades, contrarias a las de su padre, que era ruin y miserable. Un día los jóvenes escaparon y se casaron en una comunidad vecina. La pareja tuvo que vivir en la absoluta pobreza, pero aun así el padre de ella se negaba a ayudarlos. Pronto vinieron los hijos y con ellos las penurias del hambre, cuando nació el tercer niño, Melchor en la desesperación no le quedó otro remedio que acudir a su suegro, a pedir ayuda, sin embargo, este se burló de él.
Melchor tuvo que regresar a su casa con las manos vacías, a medio camino, al pie de una peña, se encontró con un hombre viejo; indígena, bajo de estatura y vestido con un poncho rojo, el joven saludó con respeto al anciano y le preguntó si necesitaba ayuda. El viejo, que no era otro que el Urcuyaya se complació por la bondad del joven. Dijo que sabía que su suegro lo había insultado y
prometió castigarlo por su mezquindad: le haría perder sus cosechas y sus animales, y las tierras serían para Melchor. El joven agradeció al viejo por querer ayudarlo, pero dijo que no podía aceptar su bien a costa del mal de su suegro. El urcuyaya estaba aún más complacido c on la nobleza de aquel joven y quiso f avorecerlo. Le ordenó acudir a ese mismo sitio, el viernes al amanecer, y prometió enseñarle los secretos de las plantas del páramo; así podría curar a la gente y ganaría dinero. Pero, le advirtió, nunca debía contar a nadie que había recibido su ayuda, ni siquiera a su mujer, si lo hacía, perdería el don de curar, el joven prometió guardar el secreto y se marchó.
A las cinco y media de la
mañana Melchor acudió a la cita. Esperó allí y al rato vio que la peña empezaba a brillar con los primeros rayos del sol. De pronto, observó una cueva como si se hubiese abierto una puerta en medio del cerro. Surgió de allí la figura del viejo que lo invitó a pasar. La cueva era profunda y se adentraba en la peña. Una vez que terminaron de cruzarla, Melchor se quedó maravillado al ver que existía una especie de valle en el c e ntro del cer ro. Allí se l evantaba un templo de b e l l e z a y b r i l l o deslumbrantes. Al frente del templo crecían árboles con variados frutos y maizales que parecían de oro. En la parte de atrás se veía un jardín poblado por una infinidad de plantas. El urcuyaya condujo al joven boquiabierto hasta el jardín y
recogió unas flores y unas hojas de aroma penetrante. Le recordó que debía guardar el secreto y se las dio para que las frotara y aspirara su olor. Melchor lo hizo así y al instante se encontró fuera del valle, frente a la peña.
De la noche a la mañana Melchor Pumancay adquirió el don de curar a la gente. Reconocía en seguida las dolencias y enfermedades de sus vecinos; parecía conocer los secretos curativos de todas las plantas del páramo. A los pocos meses se volvió un curandero de renombre, al principio acudían pacientes de comunidades vecinas, pero luego empezaron a venir personas de las ciudades. Con el renombre llegó también la prosperidad. El curandero se compró tierras, construyó una casa grande y progresó con rapidez.
Su don para curar cualquier dolencia o enfermedad, incluso las de pacientes desahuciados por médicos de la ciudad,
causaba admiración. Pero fue también motivo de envidia de algunos que comentaban que había hecho pacto. Una vez, durante la celebración de un bautizo del que era padrino, Melchor, un poco tomado, contó que no tenía ningún pacto con nadie, sino que había sido favorecido por el Urcuyaya.
Melchor perdió su don de curar a partir de aquel día. Realizaba sus limpias usando plantas que todavía le resultaban conocidas pero los pacientes no sanaban. Cuando pasó el tiempo y ya nadie lo buscaba ni siquiera para limpiarse un mal aire, las necesidades empezaron a apremiar de nuevo. Tuvo que vender parte de las tierras para mantener a su familia; comprendió que, si no hacía algo, otra vez volvería a la pobreza. Un viernes madrugó al cerro, se paró frente a la peña y suplicó con fervor e insistencia el perdón del Urcuyaya. Por un momento creyó ver que el
padre del cerro se le aparecía y le sonreía, pero la imagen duró solo un instante y desapareció. El hombre regresó a su casa resignado y decidido a empezar una nueva vida. Se cuenta que Melchor Pumancay volvió a dedicarse a la agricultura y que la suerte le favorecía, pues siempre trabajaba duro para obtener buenas cosechas con las que mantenía a su familia, no obstante, cuando sus hijos enfermaban, subía al cerro y bajaba con hierbas medicinales. Se dice que por esta razón los curanderos acuden a los cerros y páramos, en busca de las plantas curativas del Urcuyaya.