El colegio

Page 1

EL

La Lobita Solitaria

COLEGIO Podrías haber sido tú....


1 8 de noviembre, 07:40 horas

Hola, soy Hope, y voy a morir. Mis fuerzas están fallando, y las provisiones están ya bajo mínimos. Desde hace seis meses que el mundo cambió, me encuentro en la habitación de mi colegio, esperando que alguien se acuerde de que aún existo. No quiero que se me entienda mal, el colegio me encanta, es elitista, elegante, un edificio de color blanco, enorme, para acoger a los alumnos distinguidos que acuden a él, pero desearía volver con mis padres que, aunque 9


La Lobita Solitaria

prefirieron que me quedara aquí, en la soledad más absoluta, quisiera darles el beso final. Quien me encuentre, leerá estas notas que he ido escribiendo desde que aquella semana del 2020 el mundo dio un giro de 360 grados y se fue todo al garete: clases, compañeros y correrías. Lo que para mí fue una experiencia personal, acabó siendo una desesperanza total. No tengo acceso a las instalaciones del colegio, la luz viene y va, las tormentas son algo usual en Town of Marion, Massachusetts, y debo racionar los momentos para poder escribir. Por eso, cada lunes iré narrando el porqué me encuentro en esta situación, hasta que el de arriba me llame. He aquí mi historia, que comienza cuando...

10


2 15 de noviembre, 07:00 horas

La orden vino dada por la más alta institución educa-

tiva. Había que cerrar. Sin preguntas. Ni protestas. El colegio ya no era seguro ni para alumnos ni para el resto de la comunidad educativa. Un virus, potencialmente peligroso, dejaba de acechar para directamente atacar los pulmones de los ciudadanos, fueran de la edad que fueran. Un enemigo pequeño, destructivo, del cual se sabía su devastador resultado, pero al que yo era incapaz de poner el nombre de manera correcta; aun hoy, 11


La Lobita Solitaria

mi cabeza intenta procesar todo lo ocurrido después de seis meses. La dirección llamó esa mañana a los padres para que recogieran a todos sus hijos, y lo cierto es que se produjo una tensión, una angustia y un ruido poco usual en aquellas elegantes y elitistas paredes de mi colegio. Casi todos los padres mandaron recoger a sus retoños en sus caros automóviles esa misma jornada. Digo casi, porque los míos se negaron a que regresara a casa. Me dijeron que no sabían lo que podía traer de Town of Marion, Massachusetts, así que me conminaron a que, simplemente, me apañara. No sería una de esas niñas que prepara con ímpetu la maleta o el baúl con nerviosismo o expectación, sino que la soledad sería mi compañera más inmediata en los próximos tres meses. La directora y la jefa de estudios, al escuchar aquello, salieron del paso lo mejor que supieron hacer, echando la vista atrás. Así que, sin pérdida de tiempo, prácticamente instalaron una mini cocina eléctrica encontrada en un sótano del que ignoraba la existencia, paquetes de pasta suficientes para tres meses, tres bidones de agua, un cazo, un tenedor, leche y Kellogs, que según la jefa de estudios, todo ello sería el alimento más que suficiente para la situación tan anómala en la que me veía a mis trece años. Más no me podían dejar, había que pensar en mis compañeros, cuando regresaran, tres meses después. A media tarde, se bajaron 12


El colegio

las persianas de todo el colegio, las puertas de clases y zonas comunes se cerraron, siendo el silencio lo más apabullante. El último cierre resultó ser mi habitación; me dijeron que, por mi seguridad, además no estaría totalmente sola, el ordenador y el teléfono móvil serían mi contacto con un mundo exterior en confinamiento. A las siete ya me encontraba totalmente en soledad. Desde mi ventana, en un tercer piso, veía cómo el último coche salía de la institución escolar. Por la noche, producto de la tensión y de la sensación de orfandad que emergió en mí, me acosté sin probar bocado. Me arrebujé en las mantas y comencé a llorar. Y mucho. Al mismo tiempo que las lágrimas surcaban mis mejillas, la lluvia y los truenos tan comunes en esta parte del mundo de Nueva Inglaterra, decidieron hacerme la noche más triste y angustiosa de mi vida. Al querer hacer valer mi nombre, con toda la positividad posible, me hice la fuerte como aquel Robinson Crusoe o como aquellos niños de El señor de las moscas. Sí, sacaría partido de aquellas lecturas, y actuaría y viviría con valentía. Ya de madrugada, un dolor intensísimo de barriga me despertó, aunque ni de broma me iba a levantar, apreté mis manos en la zona dolorida, volviéndome a quedar profundamente dormida. A la mañana siguiente, primero de confinamiento, vi espantada que... ¡Ooooooooh, no! 13



3 22 de noviembre, 07:00 horas

Tooooda una jornada preparándome para mi obli-

gado y solitario confinamiento, y me olvido de algo esencial, que en determinadas ocasiones ocurre a las jovencitas de mis recientes doce años, y de lo cual me advirtieron mis amigas: «Mi cuerpo cambiará, no será agradable, no será indoloro», según me dijeron, es más, no sabré cuándo se producirá ese cambio, la mutación de niña a mujer, como dice el tema de un cantante español que perennemente escucha mi madre; y ese mo15


La Lobita Solitaria

mento llegó, justo ahora, en la soledad más aterradora, con un batiburrillo de preguntas en cascada, un dolor que va y viene, y que soy incapaz de atajar. Tengo que improvisar, algo habrá en mi gran habitación que me ayude, y entonces doy con ello: Unos tissues «acuden» en mi agónica existencia. Colocados estratégicamente, me dan cierto respiro. No sé qué haré cuando se terminen, espero que antes esta fase haya acabado, porque si no... Decido abrir la ventana, hace un día fantástico, las gaviotas disfrutan de una libertad que empieza a resultarme envidiable. Silencio sepulcral. Se me hace raro no oír voces, risas, jaleos, gritos de profesores para que vayamos despacio, sin correr. Aquí en Town of Marion, Massachusetts, también el mundo se paró; desde el tercer piso de mi habitación, solo tendré durante tres meses, a gaviotas y al mar como «amigos». A mediodía, decido comprobar si la pequeña cocina eléctrica funciona correctamente, así que la cojo y aunque el cable no es muy largo, me sirve para mis inmediatas necesidades. Al enchufar, siento una descarga que recorre mi brazo izquierdo. «Aaaaaah, Dios mío, menudo día llevo, cómo duele». Mi extremidad parece no obedecerme, me quedo sin fuerzas, blanda como un chicle, pero necesito saber qué ha pasado. No ha hecho falta mirar más, el extremo está roído, no quiero imaginar por quién, pero indirectamente me ha fastidiado la jornada. 16


El colegio

Tengo hambre, mi brazo está dolorido como nunca, mi cuerpo se resiste a darme una pequeña tregua, y noto que los kleenex, aun siendo una buena idea, pronto habrá que cambiarlos. No me atrevo a intentarlo otra vez, me preocupa una siguiente descarga, así que haciendo acopio de una entereza que por momentos me falla, teniendo por bandera mi nombre, busco una solución. Y la hay cerca de mí, en mi escritorio, cojo un fixo, que tanto me ayuda a envolver los regalos, y lo rodeo en el cable «traidor». Lo que dure, bienvenido sea. Ahora sí, puedo intentar la misión, calentar un poquito de agua en el breve cazo y hacerme mis primeros deliciosos macarrones. Despacito lo hago y ¡¡¡voilà!!!, ejercitando mi único brazo disponible, me sacio totalmente. Tras la comida, me acuesto un poquito. Estoy agotada, ha sido una mañana agotadora y llena de incidencias y necesito retomar las fuerzas necesarias para encauzar mi confinamiento. Así quedo hasta la noche, despertándome un fuerte dolor en mi brazo izquierdo, mi mano se niega a abrirse totalmente, no tengo nada que calme el dolor, busco nuevos kleenex salvadores y vuelvo a realizar la misma operación de la mañana. La lluvia vuelve a azotar la ventana furiosamente, el viento es todavía peor, así que decido arrebujarme bien bajo las mantas. Mañana será otro día, sí, seguro que irá todo mejor, sí, pensemos solo en la mañana siguiente. 17



4 29 de noviembre, 07:00 horas

He perdido la noción del tiempo, no sé cuánto ha

pasado desde AQUEL DÍA. Al principio lo veía como una nueva experiencia, innovador y atrayente, pero ahora que los días han transcurrido, me doy cuenta de la inmensa soledad en la que me encuentro. Por las mañanas parezco un autómata: Ejercicios de brazo, todavía no me responde del todo, aseo personal en ducha fría, sí, algo ha pasado porque el agua calentita que tanto necesito, no me llega. Si pudiera salir y darle el golpecito 19


La Lobita Solitaria

necesario para que funcionara... pero no debo ni puedo arriesgarme a intentar siquiera salir por una ventana, además, con todo cerrado, ¿cómo haría para volver a mi habitación-prisión? No, mejor quedarme donde estoy, siguiendo la rutina de cada día. Esa es la clave para no volverme majara del todo. Solamente tengo pasta para la comida, me encanta, pero empiezo a cansarme. ¡¡¡Tengo doce años y no puedo tomarme una simple hamburguesa con queso!!! Dios sabe hasta cuándo durará esto, y si se acordarán de mí. Creo que he perdido peso, la tensión y la infelicidad no son buenas compañeras de estancia, y preveo que mi cuerpo y mente lo va a pagar con creces. Mis relaciones con el exterior son mínimas. La cobertura es una fatalidad y los receptores parecen estar a otras cosas. Mis padres parecen haberse olvidado de mí, a veces, solo a veces, me dan ánimos para que siga aguantando, lloro, me vengo abajo, y me llaman... ¡¡¡blandengue!!! ¡¡¡Por Dios, qué clase de psicópatas tengo de progenitores que no muestran un poquito de empatía!!! Doy vueltas por la habitación, la mantengo arreglada, sigo leyendo algunos libros que me traje a Town of Marion, Massachusetts, pero me acabo aburriendo. Una tarde, de las malas, de desesperación, intenté abrir la puerta, golpeé el pomo de malas maneras y formas barriobajeras, casi me lo cargo. Mentalmente, 20


El colegio

no sé si resistiré, un brazo colgando, la boca seca, mi cuerpo va pareciendo aquel protagonista de la novela de Stephen King que adelgaza sin parar por una maldición, mi mente se desarma entre cuatro paredes. Mi nombre, Hope, parece una broma de mal gusto, y me dicen que tengo que aguantar ¡Ja! Cuando escribo estas letras se va haciendo de noche, caliento en mi mini cazo una clase de pasta llamada gnocchi, me siento en el suelo, me pongo una manta por mi cuerpo, y espero a que hierva, porque es eso lo que hago, esperar, esperar y vuelta a lo mismo... Mañana, mañana será todo distinto, cenaré y... ¡¡vaya!!

21



La pandemia afectó a todo el planeta. En el ambiente estudiantil, los colegios cerraron, los estudiantes fueron a sus casas... ¿Todos?, Hope, nuestra protagonista, no puede de-

339225 788419 9

ISBN 978-84-19339-22-5

cir lo mismo.

mirahadas.com


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Issuu converts static files into: digital portfolios, online yearbooks, online catalogs, digital photo albums and more. Sign up and create your flipbook.