Xavier Senent
El libro de la imaginación Ilustrado por Gree
Lo que voy a contar es algo que sucedió hace un par de semanas, pero lo recuerdo como si estuviera pasando en este momento. Bueno, primero me presentaré. Me llamo Pier, tengo 11 años, soy alto para mi edad, y me paso todo el tiempo que me dejan jugando por la calle. Vivo en un pueblo pequeño cercano a Génova, Italia. Mi pueblo no es muy conocido, pero me gusta mucho y siempre digo que es el mejor del mundo. Mi casa está en la parte más alta del pueblo, y desde mi ventana se puede ver el mar y oír las olas sobre la playa, especialmente si hay tormenta. Vivo con mis padres y con mi hermana pequeña Bianca, a la que quiero mucho, pero a veces es muy pesada porque es pequeña y llora sin parar. Mi padre se llama Fabrizio, aunque mamá solo le llama así cuando está enfadada. Normalmente le llamo Fabio. Tiene una tienda de pesca, donde vende cañas, cebos y montones de cosas que se utilizan para pescar. Mi madre se llama Roberta, es maestra de la escuela, y es una lata, porque como solo somos trece niños en el pueblo, estamos todos juntos en la misma clase y mi madre es nuestra maestra, por lo que siempre sabe si tengo deberes, y me obliga a hacerlos antes de irme a jugar con Paolo, que es mi mejor amigo. Tiene 11 años como yo, y está un poco gordo porque come mucho, pero es normal, porque la mamá de Paolo es una cocinera buenísima, y me encanta quedarme en su casa a cenar.
Ahora que ya sabéis quién soy y dónde vivo, os contaré lo que ocurrió hace dos semanas. Era viernes por la tarde y volvía del colegio corriendo a casa porque había quedado con Paolo para ir a pescar al muelle. Nos encanta ir allí, pero no vamos mucho porque solemos hacer bastante ruido, y dicen los pescadores que espantamos a los peces y que así es imposible hacer nada. Además, luego se lo cuentan a mi padre cuando van a la tienda. Así que cogí mi caña de pescar, y justo cuando ya estaba saliendo por la puerta, me encontré a mi madre que entraba en ese momento. —¿A dónde vas? —dijo ella, aunque estaba claro que me iba a pescar. —Voy a pescar con Paolo, volveremos para la cena —le contesté mientras intentaba llegar a la puerta. —¡Ah, no! No hasta que hagas los deberes que os he mandado hoy. —Pero si solo mandaste leer un libro. Puedo ir a comprarlo mañana o el domingo —dije yo, que ya me temía que me quedaba sin pesca. —Bueno, pero si vas a comprarlo ahora, puedes empezar a leer un poco y así avanzas, además, «no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
Me esperaba algo así, a mi madre le encantaban los refranes, siempre que podía usaba uno, y normalmente nunca me gustaba lo que significaban. Di un gran suspiro, puse mala cara, dejé la caña en mi cuarto y llamé por teléfono a Paolo para decirle que no podía ir. Cogí el dinero que mi madre me había preparado encima de la mesa y me fui hacia la librería. Solo tenemos una librería en el pueblo, el dueño es amigo de mi madre, se llama don Vittorio, y es un anciano bastante simpático. Llegué a la librería, y para mi sorpresa no estaba don Vittorio. El dependiente era un hombre joven con un bigote bastante divertido, no pregunté, entré y empecé a buscar un libro en los estantes del final. No me decidía, pues había dos que me gustaban. Uno de piratas y otro de unos niños detectives que resolvían misterios, cuando ya me había decidido por el de los piratas e iba a dejar el otro en su sitio, vi un libro que no había visto nunca. Los dibujos de la tapa eran geniales y con letras doradas estaba el título: El Libro de la Imaginación. Me encantó, ni lo abrí para verlo por dentro, le pagué el libro al nuevo tendero y fui corriendo hacia mi casa. Llegué, le enseñé el libro a mi madre y me dio permiso para ir a pescar con Paolo, así que lo dejé en mi cuarto y fui corriendo hacia casa de mi amigo.
Cuando volví a casa después de una tarde de pesca, mi padre ya había vuelto y ayudaba a mi madre a acabar de preparar la cena. —Pier, ven un momento —me llamó mi madre desde la cocina. —¿Qué pasa? ¿Qué hay de cenar? —dije yo mientras entraba por la puerta de la cocina. —Carne empanada con patatas, pero aún falta un poquito para la cena, tu padre acaba de subir a bañar a Bianca. ¿Por qué no empiezas a leer el libro nuevo y así ves de qué trata? En fin, tampoco tenía nada mejor que hacer, porque los viernes no ponen ni fútbol ni dibujos, ni esa serie de risa que trata de un hombre que viaja por el tiempo, así que fui a mi cuarto, cogí el libro y bajé con él al salón. Me senté en un sillón, y cuando lo abrí… ¡ESTABA EN BLANCO!, no había nada escrito, miré página por página y todas las hojas del libro estaban en blanco. Se lo enseñé a mi madre, que quedó bastante sorprendida al verlo. —¿Este libro te lo ha dado don Vittorio? —preguntó extrañada. —Bueno…, don Vittorio no estaba hoy en la librería, pero sí que lo he comprado en su tienda. —¿No estaba en su tienda? ¡Qué raro! Bueno, mañana por la mañana iremos a cambiarlo, lo habrá puesto a la venta por equivocación.
Al día siguiente era sábado. Me desperté a las 10 de la mañana, desayuné y después me fui con mi madre a la tienda de don Vittorio. —Buenos días, don Vittorio —le saludó mi madre al llegar. —Buenos días, Roberta, hacía bastante que no veníais por aquí ¿Buscáis un libro nuevo? —No, es que ayer por la tarde Pier compró este libro aquí, y dentro del libro no hay nada escrito. Todo está en blanco. —¿El libro de la Imaginación? Es la primera vez que lo veo, Roberta. ¿Dices que Pier se lo compró ayer a mi sobrino? —ojeó varias veces el libro, y mientras decía esto, parecía más sorprendido que nosotros. —Sí, ayer por la tarde antes de merendar —afirmé yo. —Me pregunto de dónde sacaría este libro mi sobrino, porque yo no lo había visto antes. Ojalá pudiera preguntárselo, pero se marchó ayer por la noche hacia Roma. Mmm…, bueno, quédatelo, pagaste por él. Coge otro, el que quieras —me dijo don Vittorio después de mirar el libro muchas veces y descartar que tuviera algún valor. Los demás niños se habían llevado los libros buenos: el de piratas, el de los investigadores… No quedaba nada más que me gustara, y tuve que elegir un libro de un señor que se pasaba la vida regando sus geranios y que decía que eran mejores que las rosas..
El equilibro de Morfeo i
Una hoja en blanco y un lápiz podrían ser el inicio de una gran aventura.
ISBN 978-84-19339-38-6
9
788419
339386