La princesa y la leona

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La

princesa Ilustrado por Nora

y la

Marisa Collazo Meléndez

leona


Gea era la selva más grande de la región. En ella vivían manadas de elefantes, jirafas, leopardos, aves exóticas, pirañas y hasta colonias de ciempiés. Los monos se divertían de árbol en árbol, los osos dormían al sol y los hipopótamos se bañaban todo el día en el río. Era una preciosa mañana de primavera, en abril las hojas de los árboles eran de un verde brillante y las flores lucían cada una su color; el sol de esa mañana era especialmente brillante, dándole los buenos días a la selva de Gea. Todos vivían tranquilos y en paz. Bía, la leona, se encargaba de asegurarse de que cada uno se mantuviera en su sitio.



Ella tenía una larga melena, la única leona que lucía un pelo largo y rubio, unas afiladas uñas y unos dientes poderosos. Nadie se atrevió jamás a cuestionar si las leonas debían tener el pelo largo o corto, o si debía tener las uñas afiladas o no. A la vista del resto de animales, Bía era la leona con más fuerza de todas las selvas que se conocían. Nadie se atrevía jamás a entrar en su selva sin su permiso. Pisaba fuerte en sus paseos, decidida, sin miedo, y ante cualquier ruido, no dudaba en sacar su enorme rugido, atrapando de un zarpazo a todo aquel que pudiera quitarle su territorio. Jamás dudó en comerse al débil, jamás se pensó dos veces el aplastar a cualquiera que se atreviera a retarla.



Una mañana, Bía salió a buscar comida. Era de los días que necesitaba devorar todo lo que se cruzase en su camino. El resto de los animales se escondían a su paso: los monos dejaron de saltar, las pirañas se sumergían en el río, los elefantes se escondieron tras las ramas…, incluso las jirafas se fueron tras las montañas. Bía tenía hambre, y podría ser un día fatal para quien se cruzase en su camino.


Al adentrarse en el bosque, los pájaros se callaron, y ella, hundiendo sus garras en la tierra, avanzaba despacio, atenta, segura, fuerte… Asomó su cabeza por detrás de unos matorrales, y cuál fue su sorpresa, cuando vio a una princesa sentada en una piedra. «Maravilloso manjar el de hoy», pensó Bía. «Voy a comérmela de un zarpazo, no sé qué hace una princesa en mi selva, ¿cómo se atreve a estar aquí?».


El equilibro de Morfeo i

ISBN 978-84-19339-15-7

9

88419

339157


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