M.C. Martínez Bautista
L UCIO
Acto I Ex abyssum irent1
En una noche de tormenta en el año de nuestro Señor de 1795,
tras la cena, Juan dice a su mujer que sale a comprobar que las cuerdas que atan los sacos de paja están fuertes y María asiente recogiendo un par de vasos de madera y queda secándolos con el trapo que lleva colgando de la cintura. Cuando pasa hacia el armario en el que los dejará colocados, echa una mirada a los camastros donde los pequeños duermen y ve que solo Martín todavía se mueve un poco. Espera quieta junto a la puerta a que el chico se dé la vuelta, se miran un segundo y ella sigue su camino. Mientras coloca las pocas cosas que tiene fuera de lugar piensa en su marido, es un hombre de pocas palabras y hasta cierto punto sombrío, pero es aún aquel con el que hace ya quince años se casó y nunca le ha faltado. Hace unas semanas empezó a notar que estaba 1
Ex abyssum irent: Desde el abismo 3
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más callado, pero tampoco es algo preocupante por cómo siempre ha sido desde hace ya años, un ser huraño, serio pero bueno. Lo que ha cambiado, lo que es extraño, es lo que pasa algunas noches, cuando más aire corría y se oía el viento silbar. Juan empezó a sentarse en la cama y mirar fijamente a través de la ventana que tienen frente a ella. No habla, no se mueve, está sentado. La primera vez que se dio cuenta, ella solo abrió un poco los ojos para darse la vuelta y seguir durmiendo, tras preguntar sin respuesta si todo estaba bien, pero después se hizo costumbre. Una mañana, al poco, repitió si pasaba algo y sin despegar la vista de la ventana contestó negándolo con un gesto. Así que ella, cuando las noches anunciaban viento, hacía que dormía y simplemente, esperaba. No pasando mucho, se sentaba sin siquiera apoyar la espalda en la almohada, solo eso, María ni se movía, pero desde el viejo espejo que tenía a su izquierda lo vislumbraba a oscuras, quieto, con el ojo que el perfil le permitía ver abierto, juraría que esforzándose en no pestañear siquiera, no era dentro, su marido veía algo fuera. Últimamente llega muy cansado de la cantera, podría ser simplemente exceso de trabajo, tal vez… Hace ya muchos años que no recordaba esa sequedad en él. Hoy se espera tormenta, queda algo menos de dos meses para Navidad y las Cabañuelas anunciaron año de lluvias, pero su vecino Germán les dijo que sería un año frío y como siempre, es cierto porque hay noches en las que ya empezó a helar, lo escucha entrar y al poco se acuestan, ella no se considera curiosa pero hoy es distinto, se siente inquieta cuando se oyen truenos lejanos y pronto empieza a caer agua, es la primera vez que pasa desde que Juan empezó a comportarse de otra forma. Cuando se escucha la lluvia, esta golpea ligeramente la ventana, desde su posición ve los árboles moverse balanceándose, prácticamente no hay luz, son sombras y 4
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es hasta relajante, siente como se deja llevar por el sonido que por momentos intuye como con cadencia, siguiendo un ritmo. Desde que se casaron, su marido cogió el lado derecho porque la puerta está al otro lado y ella sería quien se levantara cuando tuviesen descendencia, realmente el tiempo le ha pasado rápido. Tras el correr de los años y sus tres hijos parece que fue buena idea. La primera tardó poco más de un año tras la boda, Mercedes fue toda una alegría para la casa, el único nieto para las dos familias, no importó que fuese niña, tampoco tardó en llegar Martín, después de él pasaron unos años en los que llegó a creer que ya no tendrían más hijos, pero Juan tuvo que ir a la cantera durante días seguidos por una obra, así durante un par de meses, fue una época en la que estuvieron más separados que nunca, faltando incluso algunas noches, esos fueron los días en los que él estuvo muy apartado de ella, ofuscado por su trabajo, no le iba bien, hasta le dijo que igual debían marchar lejos y comenzar de nuevo. Ella sabía que decir eso le costó mucho porque era un hombre que no gustaba de cambios. Pero un buen día, esa época terminó, Juan volvió tras una jornada cuando oscurecía, con un trabajo más continuo y dando seguridad a su hogar; era el jefe de cantera y el regreso renovó su matrimonio, de algún modo se recuperó algo de aquello que los unió y finalmente también trajo a Eva, su pequeña. Su padre nunca ha sido de demostrar sentimientos, pero podría asegurar que desde que la cogió en brazos en su nacimiento se convirtió en su debilidad, además que la niña salió en junio, como él también, no sabe el motivo, pero desde entonces percibía continuamente que la mira con más, no puede explicarlo realmente, quizá con más cariño que a los mayores, y no, no es cariño, atención, no sabe explicarlo, admiración… Su pequeña, rubia y preciosa, con unos hermosos ojos verdes, que aprendió a andar antes del año y hablaba por los codos antes que ninguno. 5
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Sus recuerdos la han sumido en un descanso del que no quiere despertar porque son sus seres más queridos. Y en medio de la noche, con todo el silencio, aun sabiendo que duermes, lo escuchas… —Abre los ojos, María, querida, fuérzate a dejar ese sueño profundo que no te deja despertar porque sabes que oyes algo que no es la noche. Realmente es como si la llamasen desde algún lugar, por eso intenta regresar, recuperar la consciencia. —Sí, no es un susurro y no es fuera, lo tienes al lado justo a tu espalda, escucha, escúchalo bien. ¿Ya sabes qué es? —repite esa voz en su cabeza. A ella le cuesta identificar lo que oye, todo está oscuro. «Es la respiración de Juan» piensa, pero tras unos momentos se da cuenta de que es como sonido gutural, sale de su garganta, está segura, intermitente y con cierto ritmo, es … como si entonase algo, pero gruñe, no vocaliza y cada vez suena ligeramente más fuerte. Si se concentra cree sentir aire en su pelo, en la nuca, así que no está sentado, intentando moverse en medio del despertar se da la vuelta con los ojos medio cerrados. —Mujer, cuando los abras, solo un poco, verás que gruñe, sí, pero mirándote sin mover su cuerpo, es como una canción para ti, María, no te va a gustar y sentirás un escalofrío, el mundo nos cambia en un momento, oyes la lluvia fuera y seguro hubieses preferido que se sentase como últimamente, pero esta vez, le llamarás por su nombre y Juan cerrará los ojos y te dará la espalda muy rápidamente. Tu mundo ha cambiado, lo sabes. Descansa, si puedes. —¡Tomad el pan y la leche pronto y dejad de enredar, que hay mucho que hacer! —María regaña a sus hijos que se despertaron 6
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ese sábado bien temprano, aunque lleva más tiempo en pie y no sabe dónde para su pareja. Después de la noche de ayer está muy cansada, no fue capaz de dormir y no fue por el sonido. «Solo la muerte de mis padres y suegros ha roto mi vida durante un tiempo —piensa—, pero estaban él y Marta para ayudarme. Ahora estoy sola». Debe preguntar, teme que esté enfermo, algo pasa y ya no es el que ella conoce. Su vida está cambiando, convirtiéndose en algo incómodo. —A veces no lo conozco. —Vuelve a mirar la puerta de entrada, pero no hay nadie. No es persona de lloros, nunca lo ha sido y tampoco quiere preocupar a sus hijos por lo que continúa dando instrucciones y aparentando normalidad. —Cuando hayáis terminado aquí, acordaos de que hay tarea fuera esperando. Mercedes, cuida de la pequeña, y tú, Martín, pronto arregla a las gallinas y haz por encontrar a tu padre. Pasa gran parte de la mañana recogiendo y barriendo, ya está muy arriba el sol cuando sale a lavar las sábanas, está fresco pero hay una bonita luz mientras cuelga ropa muy blanca en las cuerdas, todo lo que tiene a la vista está tranquilo, hay mucho verde todavía y se ve el camino que lleva a la ciudad, está tras los chopos que se alinean a su izquierda; pasado un rato debe entrar, oye a la pequeña y sabe que su Mercedes está empezando a cansarse de la niña, deja la cesta de la ropa y antes de marchar respira profundamente el olor a limpio que cuelga de las cuerdas. Las horas van corriendo lentamente a su pesar, cuando deja atrás sus pensamientos, ver a su familia moverse por casa la relaja por mucho ruido que den. Hoy no es igual por lo que sucedió en la noche, todavía no se ha cruzado con su marido, no deja de darle vueltas a la idea de que no puede justificar la mirada que tenía, esos ojos tan abiertos, forzados sobre ella. 7
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—No era su mirada —se lo ha estado repitiendo mentalmente desde que pasó, pero tampoco puede entender la velocidad con la que se giró al verla. María no sabe leer, nadie le enseñó, puesto que al ser hija única debía ayudar a su madre en casa y pronto enfermó la pobre. No es mujer de grandes expectativas, sencilla en costumbres, aprendió siendo niña a hacer las cosas del hogar, su familia la preparó bien y ella es feliz así. No es como su vecina o las otras niñas con las que jugaba, ni siquiera como su amiga Marta, que iban donde un vecino que les enseñaba a conocer las letras y querían ser algo más en la vida. Ella tenía todo en su familia y su hogar, desde muy chica supo que sería Juan y no otro con quien quería pasar los años, era su vecino y jamás se fijó en ningún otro joven. «Es que nunca he tenido que preocuparme, siempre ha sido fácil estar juntos» piensa. No le gusta estar asustada y recuerda que hasta hace poco no hubo nada distinto. Intenta buscar el momento, la primera noche que se sentó en la cama, sabe que fue los primeros días de junio porque recuerda una noche en la que hablaron de que la niña cumplió seis años ya, y a Juan le quedaban unos días, hacía mucho calor, con un aire que movía la tierra seca y formaba remolinos en el campo, lo comentaron mientras recogían y encerraban a los animales. —Ve dentro, yo me acerco al leñero que la puerta se atasca —le dijo y ella se metió en el hogar. Si hace memoria puede recordar que quizá tardó un poco, más de lo habitual, pero no debió ser tanto porque no lo echó de menos hasta que llegó. Después se acostaron, parecía contento, mucho, lo miró y vio algo en sus ojos, estaba excitado por algún motivo y esa noche tuvieron sexo. No olvida que, siendo un hombre muy poco pasional, fue distinto, con fuerza, con rabia, casi como cuando aquellos días en los que engendraron a su pequeña. 8
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Ella, pese a la temperatura, se durmió pronto; al poco recuerda que lo vio removerse intranquilo, tuvo que levantarse a vomitar, no se encontraba bien, pero a su vuelta ella se abrazó a él y pareció relajarse, fue desde esa noche que comenzaron sus problemas. María no olvida. Cuando entró Martín, venía de la parte de atrás de la casa, donde tenían unas pocas gallinas y unos conejos comprados en septiembre tras una visita a la hermana de Juan. Los domingos solían poner unos puestos en la entrada de la ciudad y era rara la ocasión que no volvían con algo. Cada día estaba más grande, salía a su familia donde los hombres eran de altura. Tenía el pelo alborotado de un color tierra muy bonito, pero lo llevaba muy largo, a ella no le gustaba así, pero su chico con casi diez años empezaba a ignorar sus peticiones, le pasó la mano por la cabeza buscando poner algo de ese desorden en su sitio mientras lo acariciaba con cariño. La miraba con el entrecejo fruncido, pero no estaba enfadado, era muy tranquilo y esa, su forma de bromear. —Padre está en el cobertizo, cortando leña —le dice mientras se zafa de su abrazo y se acerca a la jarra de agua que puso encima de la mesa. Mientras lo ve echársela en un vaso, como siempre le caen unas gotas fuera por la brusquedad, suspira y se dispone a salir. La temperatura es baja para ser finales de octubre, coge el camino de las losas blancas que Juan trajo de su cantera, en varios días hace ya años. —Hay que limpiar entre ellas, están saliendo malas hierbas. —En eso va distraída girando la casa. Ya puede ver el cobertizo con la puerta pintada de azul desde el año pasado. Está cerrada prácticamente, vienen a su memoria los días que costó hacerlo, vinieron varios vecinos y compañeros de su marido 9
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desde Malagón, todos ayudamos mucho y fue costoso por lo que llovió esos días. Recuerda que Germán repetía continuamente que no era normal que cayese tanta agua. Tito, el pobre ya murió, era un carpintero muy amable, vivía un poco más arriba con su madre, se ocupó de hacer puertas y ventanas, también hizo lo mismo con las de su casa. Buen hombre, tuvo mala suerte tras fallecer su madre porque se cortó con una sierra en su taller y le costó mucho seguir con su trabajo. Ahora ve cómo las gallinas corretean buscando grano. Deja a la pequeña con ellas y a la vista de su niña mayor. «Tampoco es tan niña ya» piensa. Aun sin ser tan alta como su hermano, Mercedes ha crecido mucho, está tranquila sentada en un bordillo que rodea su casita, todavía se entretiene con cualquier mosca que pasa y no pierde vista a la pequeña. —Cada día se parece más a su tía Marta. —Piensa en su amiga. Desde que recuerda, Juan y ella vivieron en la casa más cercana a la suya, cuando fueron creciendo se convirtió en la hermana que nunca tuvo, su confidente, la primera a la que le dijo que le gustaba un chico, Juan, por supuesto, nunca hubo otro. Las dos hacían por estar en el camino cuando llegaba de trabajar, así fue más fácil que la mirase de otra forma. Le gustaba creer que estarían cerca una de la otra, de hecho, la casa que se hicieron estaba próxima a las suyas, aunque un poco más cerca de la ciudad. Se siguieron viendo a diario hasta que cinco años después su amiga le dijo que quería vestir los votos, es verdad que nunca bailó con nadie en verbenas y que jamás le contó si un chico le atraía. Todos se alegraron en su familia y ella tenía que reconocer que en cierto modo le dio pena y unos inconfesables celos de que Dios la apartase de su lado, la tenía muy cerca. Ahora también, pero ya no estaban una para la otra. Prometieron verse como poco un día a la semana y desde entonces lo habían hecho. Lo habitual 10
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era acercarse donde Marta residía con el resto de las hermanas de su congregación, trabajando en el hospicio de la Casa de la Misericordia. El día que le contó que los franciscanos que llevaban el hospicio les habían pedido ayuda fue un descanso puesto que, en cierto modo, aseguraban la cercanía. Al llegar a la puerta se da cuenta que no está cerrada del todo y oye ruido dentro. Empuja un poco y se dispone a pasar, pero Juan se planta delante, no la ha asustado, no, pero da un paso atrás. Lo ve, tiene la mirada de siempre y le sonríe levemente, pero, aunque no le importaría entrar se da cuenta que de alguna forma, se lo impide. Se inclina un poco y ve que hay un montón de leña apilada en montones separados, tres para ser exactos, aunque María no lee, sí sabe contar. Detrás de los montones hay un montículo de tierra, alto y encima una pequeña base de madera y mira las manos de Juan, están manchadas, estaba ocupado haciendo eso que realmente no sabe lo que es. —¿Qué haces? No sabía de ti —pregunta, mientras inclina la cabeza ligeramente más para observar y le coge las manos—. Anda, ven conmigo, que te limpie un poco —le dice y no puede evitar sonreírle, sigue pareciéndole tan guapo como desde niña. Con su delantal le va quitando tierra. Él se le acerca un poco más, tanto, que salen los dos del lugar, ella ve cómo cierra la puerta, pero realmente tampoco la atranca, lo hace de forma suave. —¿Pasó algo? ¿Estás bien? Ayer en la cama estabas como ausente, yo te miré… —Nada —le contesta—. Estate tranquila, llego cansado y me cuesta coger el sueño, pero descansé bien y hoy tenía que arreglar el lugar, mira, ¿ves? Por este lado se está agrietando la pared, María, echaré un rato y lo cubriré. 11
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—¿Y… eso? —pregunta señalando a la puerta a la vez que hace intención de entrar. Le aguanta la mirada mientras espera una respuesta, un segundo, dos… juraría que sus ojos estaban durante un momento tan abiertos como en la noche. Pero ya no, la mira como siempre, de hecho, se acerca a ella pasándole el brazo por su espalda, la va acompañando hacia la casa, llega a la esquina y mirándola como a ella le gusta, se marcha. Escucha a su pequeña reír y olvida cualquier problema. Bien, esperará a la próxima noche que pase algo y no se callará, le preguntará qué ve. Se da la vuelta y lo deja atrás mientras regresa. Escucha el crujir de la madera, ha entrado otra vez, pero ella tiene que poner la comida, ya oye a sus hijos. Se va desatando el delantal porque las manchas de tierra lo ensuciaron. Se acerca a una pila pequeña cerca de la puerta y lava sus manos con un agua limpia y helada que cae por un pequeño caño, deja en una esquina lo sucio y se ajusta el que saca del arcón de la entrada. La ven llegar y la llaman, entra a la cocina y se olvida de sus problemas y dudas. Ríe para dentro porque hay ocasiones que le recuerdan los pollitos que esperan nerviosos a la madre en el nido. Cuando se sientan a la mesa lo ve acercarse andando por una ventana y durante un momento muy corto cuando entra le parece que le tiemblan las manos, se sientan y no puede evitar observarlo, hablan un poco y cuando terminan le duele la cabeza porque cree que se vuelve loca, ella juraría que él fuerza algo, no le parece natural. —Te aseguro que no es normal, lleva un tiempo haciendo cosas que nunca hizo, después es cierto que se comporta como siempre, pero no me dice nada sobre las noches en las que no parece mi Juan y me mira en ocasiones con los ojos muy fijos y abiertos. Marta, yo no quiero hablar mal de mi marido, pero no me responde nunca y cada vez tarda más en el cobertizo. Le 13
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dijo a su hijo que no entrásemos, que está preparando leña para invierno. Todos sabemos que cortaba fuera la madera y la apilaba en el leñero, no allí. No sé, me gustaría que lo vieses, pero como te digo, está muy ocupado. —Se gira, mirando a sus hijos—. ¡Por favor, pequeña, un poco más bajito! ¡Martín, no la enfades! —Tranquila, pueden moverse, no molestan, de verdad. María, ven, acércate un poco aquí, que ellos no nos escuchen. No sé qué le pueda pasar, quizá cansancio, sabes que lleva trabajando duro desde muy joven o tal vez alguna enfermedad que no lo deje dormir. Hablaré con el doctor mañana, viene todos los lunes a visitarnos y algún domingo, intentaremos que coincidan, así que seguro que tendrá alguna respuesta. De todos modos, no estés preocupada por lo que dices, Juan tampoco hace nada malo. Deja que haga lo que quiera que sea atrás, la próxima vez que te acerques aquí ya tendremos alguna posible explicación y si viene contigo, igual podremos hacer que lo vean un poco, aunque es muy terco, pero bueno… Anda, ve a casa, pronto nos volveremos a ver y espero que ya no haya nada extraño, es un hombre bueno. Marta finalmente despide a su familia a las puertas del hospicio, debe preparar comida para los necesitados que allí asisten. Los ve alejarse mientras su compañera, la hermana Catalina, la coge del brazo y entran juntas. Tarda poco en pensar en otras cosas, pero se hace la firme intención de no olvidarse de hablar con el doctor cuando venga a ver a alguno de sus necesitados. No puede evitar pensar en su familia, es su único hermano y siempre estuvieron unidos. Se niega a pensar que pueda suponer un riesgo. «No puede ser» piensa, también le preocupa ella, niega con la cabeza. Mira su hábito, tiene una pequeña mancha en la falda, su sobrina pequeña la abrazó con las manitas llenas de un poco de chocolate, sonríe y se dedica a sus quehaceres.
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María ha tardado más de una hora en regresar porque los hijos iban distrayéndose continuamente por el camino, no llega a tres kilómetros y llegaron muy temprano, ahora tuvo que ir tirando de ellos porque se paraban en todos los puestos de la entrada, pero, aunque su vecino más cercano Germán se ofreció a esperarles, ella quería tiempo para decirle a su cuñada lo preocupada que estaba y en el hospicio donde trabajaba, nunca sabía si estaría muy ocupada. Carga con un capazo donde le han dado un poco de comida como siempre y a lo lejos ya ve los chopos de entrada a su casa, sopla un poquito, no quiere que nada cambie. Durante la cena parece que todo era normal, los pequeños contaron al padre lo que habían visto por el camino, cómo estaba su hermana, incluso la pequeña le ofreció un trozo de un pastel que la tía Marta les había dado, hecho por las monjas, como era costumbre. Al padre le brillaban los ojos cuando la miró, siempre era así, especial con ella. Era una noche tranquila, así que María daba por hecho que no habría ninguna distracción extraña, esperó a acostarse para hablar con él. Salió a dar una última vista a su casa, pero tardó mucho, sabía dónde estaba, así que se relajó, creyó percibir cuando se acostó, pero la noche transcurrió sin sobresalto alguno. Los días fueron pasando y aunque hubo viento durmió como siempre, ya no hubo movimientos extraños, solo que cada vez parecía más nervioso, pasaba más tiempo en el cobertizo, todos los días y ya nunca dejaba la puerta abierta. Una vez se acercó cuando no estaba, pero no pudo entrar, vio una cadena que nunca había estado allí. Por lo demás, su comportamiento no era distinto. Incluso llegó a ir con ellos a ver a su hermana, ella había hablado con un doctor, el hombre se acercó como había quedado y estuvo preguntándole algunas cosas, en un momento que estaban aparte les habló 15
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de algo llamado sonambulismo, pero como ya dejó de hacerlo no lo consideraron. El comportamiento que tuvo fue muy tranquilo, de hecho, le contestó al médico lo que preguntaba y aceptó que quizá hubo una época en la que le contó que tuvo problemas con parte de su equipo, que la cantera tenía muchos encargos, estuvo más cansado en su trabajo, quizá debilidad, pero que se empezaba a encontrar mejor. Cuando regresaron, mientras los chicos corrían delante, ella le dijo que no quiso importunarlo hablando de él a su hermana, pero que estuvo preocupada, Juan no pareció dar importancia y cogió su mano. No se la apretaba, aunque permaneció así durante el camino. Parecía feliz. Ella no lo parecía, lo era. La última vez que fueron, Marta dijo que podría pasar la Navidad en casa, que le dieron el permiso, todavía quedaban tres semanas, pero era algo bueno. Prometió a los sobrinos llevar unos pasteles de los que les gustaban y que les enseñaría a hacer comidas de las que hacía la abuela. La vida se iba pareciendo a la que tenían, la que ella quería. —Letanía. Abro los ojos en medio de la oscuridad, fijo la vista en el techo, hay algo que me hace regresar como empujada a despertar y en mi cabeza es la primera palabra que me recibe. Intentando hacer vista por la poca luz que entra por la ventana, oigo la oración repetitiva, como un susurro. Escucho mi respiración y miro al lado, toco la sábana palpando a golpecitos el colchón y sé que estoy sola. Al respirar, mi aliento se hace humo porque esta noche es muy fría, me levanto todo lo rápido que puedo poniéndome las zapatillas medio rotas y salgo fuera. «Mis hijos» pienso, allí voy y es allí donde se hace un poco más sonora la oración. Desde la puerta veo que como es habitual mi hija no ha cerrado la contraventana como le digo que haga. Mercedes, al contrario que yo, prefiere que le entre luz, no es por miedos, es porque a ella le gusta ver 16
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a sus hermanos y no tener que encender velas. Comparte cama con su hermana pequeña y un poco más cerca de la ventana está la de Martín, a él no le noto nada raro desde la puerta. Ella sí, está sentada en la cama mirando hacia delante, a los pies, se tapa con la ropa hasta encima de la barbilla y tiene un brazo estirado fuera, apoyado sobre la niña con la mano muy abierta, como protegiéndola, aunque debió notar que yo estaba allí, no ha hecho ni un atisbo de cambiar la postura. La otra duerme, no veo más que el pequeño bulto quieto a su lado. Repitiendo en voz muy suave una especie de petición está Juan, asomando la cabeza a la altura de sus ojos al final de su cama. Por la situación, la ventana da enfrente de donde yo estoy, veo bien su contorno. Agachado, casi a cuatro patas, pero no, permanece en cuclillas con la cabeza pegada a la cama, separado por muy poco de tocar las mantas y sus dos manos agarrando el piecero de madera. Yo estoy segura de que se dio cuenta de que entré allí, muy cerca de él, pero no parece importarle, porque sigue con su oración mirando fijamente la cama de las chicas. Tampoco hace ademán de terminar de ponerse en pie o agacharse más, es así como debe estar. Cierro los ojos un segundo apretándolos. —No sé qué está pasando en mi casa, no tiene sentido alguno —pienso, pero incluso alguien tan pausado como yo hubiese reaccionado. Da lo mismo quien sea, simplemente son mis hijos y él no debería estar así. —Juan, oye Juan, dime qué haces —mi voz tiembla un poco y entre el vaho que sube cuando hablo sigo escuchándolo susurrar, no puede entender nada, parece que mis sienes respiren solas, siento presión en la cabeza—. ¡Basta, deja de rezar, asustas a tu hija! —Esta vez no he podido controlar el volumen mientras doy un paso adelante y ha sonado más fuerte en la habitación, tanto, que el chico se remueve. Es extraño porque lo estoy viviendo como si fuese muy lento, como si fuese la espectadora de alguna obra que otros hacen, pero 17
«Cuenta la historia, pero cuéntala bien». Desde más allá del tiempo escrito continúa creciendo en poder y esperando regresar. El mundo cambia para María y ha de cuidar de los suyos una vez comienza el juego. Generación tras otra, han de protegerse de lo que no se ve, pero observa escondido. Llegado el momento, viene a por lo que es suyo. Cuídate de elegir bien el camino
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ISBN 978-84-19228-28-4
correcto. Es el tiempo de Lucio.
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