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Carlos Valcárcel Síso

In Memoriam de Antonio Sánchez Carrillo, Mi Compadre.

Carlos Valcárcel Síso

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deza. Pasados unos días desde tu muerte, retorno a la realidad que muestra toda su cru-

Nunca me había planteado que tendría que escribir tu obituario, probablemente porque nuestros vínculos de amistad se elevaron, hace mucho tiempo ,sobre ciertas miserias humanas y otras circunstancias de la vida, transformando aquella - la amistad- en utopía. La muerte nunca estuvo en nuestros planes presentes -y si me aprietas, ni siquiera en los futuros- aunque , en un momento dado, supimos y sufrimos que la muerte civil nos era buscada por los sicarios que tú y yo conocemos y que ahora callan, enmudecidos por el peso de su canalla infamia . Fuimos, desde muy jóvenes ,los amigos perfectos e inseparables y así nos mantuvimos siempre , al menos entre tú y yo, a pesar de las interferencias que, con mejor o peor intención, crearon algunos y en las que, sin duda , tú y yo , aportamos también , quizás sin pretenderlo, algún granito de arena. Ahora que te has ido , aunque aún no termino de asumirlo -simplemente porque todavía no me lo creo- me queda el recuerdo de todo lo vívido, que fue mucho; de lo disfrutado, que fue todo; también de lo sufrido juntos , que juntos superamos. Recuerdo el inicio de nuestra amistad , allá en los años 70. En el Grupo de Coros y Danzas Nuestra Señora de La Fuensanta, de la Obra Sindical de Educación y Descanso, conocimos a Loli y Patricia, más tarde nuestras respectivas esposas. Viajamos juntos por toda España y medio mundo, llevando siempre un mensaje de paz y de murcianía, con el acento de las parrandas, boleros y malagueñas. Os casasteis vestido de huertanos en el Santuario de la Patrona y yo asistí a vuestra boda vestido con chaleco, zaraguel y, por supuesto, con corbata. Y a los sones de guitarras, bandurrias , violines y laudes, Loli y tú , bailasteis la malagueña del amor, teniendo por telón de fondo

todas las huertas del sur de la ciudad, descoloridas por la calima y boria propia del estío, pues un tres de agosto celebrasteis vuestra boda.

Y ahora , de madrugada , cuando te escribo , cae sobre la Torre de nuestra Catedral, que tengo frente a mí, una lluvia de tierra que oculta el parpadeo de las estrellas, antesala del Cielo desde el que nos contemplas .

Más tarde llegaron vuestras hijas, a quienes he visto nacer y crecer. Al igual que tú a los nuestros. Fuiste el padrino de mi hijo Carlos, por eso nos llamábamos Compadres y nos tratábamos de usted, a la usanza huertana. Y fuiste, por extensión, el padrino de todos mis hijos. Fundamos juntos, la Peña de la Panocha, la Decana de las Peñas huertanas. Fundamos también el Grupo de Cabezudos del Entierro de la Sardina, junto con nuestro Compadre Pepe Marín, ¡y nadie más! Compartimos túnica y devoción en la Cofradía del Cristo de la Sangre, afición por nuestro Real Murcia y fuimos Hermanos de Tarja de muchas de nuestras Campanas de Auroros, a los que hemos acompañado, tú y yo, al alba , por los carriles y senderos de la huerta, iluminados por la tenue luz de un farol , escuchando las viejas salves de aurora, bajo el sonido de broce de la campana que marca el ritmo o compas de unos de los tesoros más preciados de cuantos tiene Murcia. Hemos disfrutado y compartido el gozo y la alegría, con las bodas de nuestros hijos y con los bautizos de nuestros nietos. Hemos asistido, reconfortándonos recíprocamente en el dolor, a la muerte de nuestros abuelos y a padres. Durante muchísimos años, después del trabajo, nos veíamos todos los días, sin excepción . Toda una vida plena de vivencias y mutuo aprendizaje. Nos hemos divertido lo que no está escrito. Y sin escribir permanecerá .

Podría decirte muchas cosas más. Pero las resumo en una : fuiste el hermano que se elige. ¡Contigo tuve la gran suerte de tener cinco maravillosos hermanos! Y hoy me siento huérfano del mayor de todos ellos. Nos volveremos a ver, Compadre. Sin prisas.

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