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LA LEYENDA DE KELL Libro I de la trilogía de “Las Crónicas de los Mecavampiros”
Dilatando Mentes Editorial
LA LEYENDA DE KELL Libro I de la trilogía de “Las Crónicas de los Mecavampiros” Andy Remic Portada e ilustraciones interiores de Daniel Medina Ramos Ensayo de José Ángel de Dios
Dilatando Mentes Editorial
La leyenda de Kell. Primera edición, Diciembre 2016 Dilatando Mentes Editorial dilatandomenteseditorial.blogspot.com.es facebook/dilatandomenteseditorial dilatandomenteseditorial@gmail.com C/ Rey Jaime I, 7, Ondara (Alicante) Editora Maite Aranda Morata Coordinación editorial José Ángel de Dios García © de Kell’s Legend Andy Remic 2009 © de la presentación Andy Remic 2016 © de la portada e ilustraciones interiores Daniel Medina Ramos © del artículo El viaje no acaba aquí... (sobre fantasía y épica) José Ángel de Dios © de la traducción José Ángel de Dios © de la maquetación, la corrección y la edición Dilatando Mentes Editorial © fotografía de la página cuatro: Andy Remic Tipografía empleada: “Caslon Antique”, obra Freeware de Alan Carr. Imprime Byprint Las ilustraciones e imágenes del apartado “Miscelánea”, son propiedad de sus respectivos dueños y autores, utilizádose tan solo como acompañamiento al texto, como referencia visual a las citas. Al final de dicha sección, están escritos los © de cada una de las imágenes. ISBN: 978-84-945203-4-1 Depósito Legal: A 598-2016 Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta edición sin permiso previo y por escrito de la editorial y los autores.
índice - Presentación -por Andy Remic- . . . . . . . . . . 11 - La Leyenda de Kell - Prólogo: Sacrificio - I: Hielo Mortal - II: Cae un oscuro manto - III: Una muestra de precisión - IV: Chancro - V: La Iglesia de los Ingenieros Santificados - VI: Sangre tóxica - VII: Los Relojeros - VIII: El Bosque del León de Piedra - IX: El Ejército del Norte - X: Cae Jajor - XI: La rabia oculta - XII: Los Carceleros
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- XIII: El Motor Insano . . . . . . . . . . 285 - XIV: Sanctasanctórum . . . . . . . . . . 305 - XV: Partida final . . . . . . . . . . 319 El viaje no acaba aquí... (sobre fantasía y épica) -por José Ángel de Dios- . . . . . . . . . . 353 -Miscelánea . . . . . . . . . . 360 -Ilustraciones -por Daniel Medina Ramos- . . . . . . . . . . 14, 75, 162, 163, 283, 351, y 359 .......... - Prólogo . (Por Andy Remic) . . . . . . . . . . -La Leyenda de Kell . . . . . . . . . . -I - II - III - IV -Miscelánea
MĂşsica recomendada para ambientar la lectura de este libro:
Presentación
a Leyenda de Kell es una historia de aventuras y fantasía épica, de ritmo rápido, que transcurre en la hermosa y noble tierra de Falanor, la cual es invadida por una raza de criaturas llegadas de más allá de las Montañas de Puntas Negras, conocidas como mecavampiros (o, como sería más adecuado decir, vampiros con mecanismo de relojería). Son seres de carne y hueso, sí, pero tienen integrado en su seno un avanzado sistema tecnológico de relojería que les obliga a alimentarse de Aceite de sangre; alimento que obtienen refinando la sangre previamente extraída a un cadáver humano. Cuando sus recursos se agotan, los mecavampiros envían al Ejército de Hierro de los albinos que tiene bajo su yugo, junto con unas criaturas altas y de mortales dedos huesudos llamadas Segadores, en busca de nuevas reservas de sangre... A medida que el norte del país va cayendo en cuestión de días, Kell, un viejo soldado ahora retirado, su nieta Nienna, Kat, una amiga de esta y Saark, un dandy presumido, Presentación -11-
se unen y se ponen en marcha para alertar a su Rey. Pero Nienna, Kat y Saark pronto descubrirán que ese viejo y maltrecho soldado está lejos de ser el héroe que su épica leyenda dice que es... La historia de La Leyenda de Kell se encuentra enmarcada en el típico entorno de la fantasía, con vastas zonas de montañas y bosques; vamos, en gran medida como lo estaba El Señor de los Anillos. Sin embargo, más allá de las norteñas Montañas de Puntas Negras, existe una raza de vampiros mutados que dependen tanto de los avances en cuanto a tecnología de relojería se refiere, como a lo narcótico de ese Aceite de sangre que refinan a partir de la sangre ordinaria, y que se ha convertido para ellos en una especie de “droga” sin la que les es imposible vivir. Mi gran inspiración fue el maestro David Gemmell, mucho más que J. R. R. Tolkien, Michael Moorcock, Raymond Feist,... Siempre me ha gustado la áspera fantasía heroica de Gemmell, y, en gran medida, escribí este libro teniendo en cuenta ese mismo patrón, pero añadiéndole algunas dosis de “terror” así como distintos frentes de “acción”. Las Crónicas de los Mecavampiros surgieron de mi deseo de hacer algo con vampiros, pero dándole un giro a la ecuación, lo que acabó derivando en esta fusión entre la fantasía y las técnicas empleadas en la elaboración de relojes. Durante mucho tiempo quise escribir una historia sobre las criaturas de la noche, pero cada idea que tenía, era desechada al instante porque se trataba de algo que ya existía. Yo, quería algo completamente diferente. Cuando escribí los libros de la serie Combat K, manejé algunas criaturas del tipo cyborg y, un día, me pregunté a mí mismo: ¿Y si los vampiros lo fuesen porque eran en parte máquinas que los hacían ser así? Pero, no puedes utilizar cyborgs en una novela de fantasía. Fue por eso por lo que le di vueltas a qué tecnología podía ser la adecuada para ello, y pensé en los relojes, porque la técnica que utilizaban para su funcionamiento podía ser fácilmente extrapolable a un entorno de fantasía. Al poco, una revista llamada Visionary Tongue, me encargó escribir una historia corta, así que la utilicé como banco de pruebas para la idea de los mecavampiros. Empleé para ello a Pippa, uno de mis personajes principales de la serie Combat K, y aquello dio como fruto una historia Andy Remic -12-
que me satisfizo plenamente. Pensé: debo expandir este universo. Lo cual, nos lleva hasta este libro, La Leyenda de Kell. Ahora, gracias a esta nueva traducción, estoy emocionado de ver mis creaciones y mi mundo de Mecavampiros imbuidos en una nueva existencia, con nuevas ilustraciones y nuevas perspectivas. Espero y deseo, querido lector, que disfrutes de este libro y de esta nueva edición. Por favor, te lo pido, ponte en contacto conmigo y hazme saber tus impresiones al respecto de esta historia.
Andy Remic Septiembre de 2016
Presentación -13-
Andy Remic
LA LEYENDA DE KELL
Este libro está dedicado al hombre que me inspiró más que nadie para escribir fantasía: el último de los grandes, David Gemmell. Descanse en paz en el Pabellón de los Héroes. (Andy Remic)
Prólogo Sacrificio
–Sé que piensas que soy un sádico. Te equivocas. Cuando castigo, castigo sin sentir placer alguno. Cuando torturo, torturo en pos del conocimiento, del progreso y de la verdad. Y cuando mato... –El general Graal colocó sus manos sobre las heladas almenas, contemplando, como en un sueño, las brumas de la lejana cordillera de Puntas Negras, brillante e irreal a consecuencia de la niebla: enorme, desafiante, orgullosa, inconquistable. Sonrió con una expresión propia de una calavera–. Entonces, lo hago para alimentarme. Graal se giró y miró al hombre arrodillado. El coronel Yax-kulkain tenía cuarenta y ocho años, era un experimentado guerrero y el líder del Regimiento de la
guarnición de Jalder, la más importante ciudad del norte de Falanor, puesto comercial que conectaba las rutas de abastecimiento militar del este, del sur y del oeste, y que también era conocida como T-Norte. Yax-kulkain se agachó, abriendo y cerrando sus puños, y fijó su mirada en las azules cuencas oculares de Graal. La dilatación de las pupilas le confirmó a Graal que, a pesar de su parálisis, el alto mando todavía podía entender las cosas. Graal volvió a sonreír, con una mueca fina proveniente de unos labios blanquecinos que se perdían de manera siniestra en la piel albina de su suave, casi femenino dirían algunos, rostro. Mesándose sus alabastrinos cabellos, Graal emitió un siseo e inclinó la cabeza de manera brusca y pendular–. Veo que me entiende, coronel. Yax-kulkain murmuró algo, un profundo sonido animal surgiendo de su garganta. Temblaba, en su posición congelada, de rodillas, y con el hielo crepitando en su barba; poco a poco, con una increíble fuerza de voluntad, levantó su azulado rostro y le lanzó un gruñido al general conquistador. Hizo patente un comentario a la par que se esforzaba por mover su mandíbula petrificada. El tintineante hielo se soltó de su barba. Encolerizado, el congelado guerrero escupió–: Te… pudrirás… ¡en el infierno! El General Graal se dio la vuelta, mirando casi con nostalgia más allá de las esmeriladas almenas. Giró sobre sus talones, con un rápido y fluido movimiento, separando con su fina espada la cabeza del coronel de su cuello. La testa rodó, repiqueteando en el empedrado y agrietando un charco de hielo. Tras un golpe, se detuvo, con los ojos en blanco mirando fijamente hacia el sombrío cielo colmado de nieve. –No lo creo –respondió Graal, contemplando la larga hilera de hombres arrodillados, de rígidos e impertérritos soldados que se extendían más allá de la longitud total de las murallas cubiertas de escarcha–. Por lo que parece, ya estoy en él. –Su voz se elevó hasta convertirse en un bramido–. ¡Soldados del Ejército de Hierro! –Hizo una pausa, su voz decayendo a un nivel gutural–. ¡Matadlos a todos! Como autómatas, los despreciables y albinos soldados dieron un sincronizado paso hacia delante tras las líneas de la relente infantería de la guarnición principal de Falanor, con sus blancas melenas azotadas por el viento, y su negra armadura ofreciendo un salvaje contraste con su pálida piel similar a la cera. Las oscuras espadas fueron desenvainadas en ochocientos susurros de preciso acero Andy Remic -18-
engrasado, y el general Graal, mientras se alejaba, hizo un gesto con su mano que parecía casual. Las espadas descendieron, cortando a través de la carne, la grasa y el hueso, y ochocientas cabezas abandonaron su lugar natural, para caer con un ruido sordo y rodar. La carne, a consecuencia de estar congelada, no dejó rastro alguno de sangre. Fue una masacre inmaculada. El humo helado se agitaba, aglutinándose, fluyendo por el aire de la resplandeciente e incauta ciudad, más allá de la quebrantada protección del feudo de la guarnición. Los edificios se extendían con gracia y coherencia ladera arriba desde la vasta y medio congelada orilla del Río Selenau; y por el modo en que los peculiares ojos azules de Graal se entrecerraban formando una fina línea, quedaba patente que ese humo podía ser cualquier cosa menos natural: allí, había funestos factores en danza. Graal atravesó la hilera de cadáveres, deteniéndose de forma ocasional para apretar con su dedo el muñón helado que era el cuello de un soldado cualquiera. El remolino de humo se espesó. A través de la carnicería, por encima de los estrechos pasos hacia las murallas, se deslizaban… Los Segadores. Eran altos, una altura imposible para un hombre, y portaban blancas túnicas bordadas con fino hilo de oro, cubriendo su huesuda y estirada figura. Sus rostros eran planos, ovalados, carentes de pelo, con pequeños ojos negros, su nariz no era más que un par de ranuras verticales que siseaban con una acelerada y palpitante cadencia. Sus manos, ocultas bajo unas mangas que revoloteaban, y avanzaban sin prisa; sus cabezas, se balanceaban cuando se detenían a examinar la escena. La tropa de los, hasta entonces, inmóviles soldados albinos, dio un reverencial paso atrás, y con sus semblantes mostrando cualquier cosa menos temor, los guerreros del ejército de Graal brindaron un sólido gesto de respeto. Nadie se cruzaba en el camino de los Segadores. No si uno valoraba su alma. El primero de ellos se detuvo, mirando hacia abajo de forma miope a Graal, quien se cruzó de brazos y sonrió sin atisbo alguno de humor–. Llegas tarde, Hestalt. Hestalt asintió y, cuando habló, sus palabras fueron como el perezoso suspiro del viento–. Estábamos preparando el humo helado para la ciudad. Debíamos contactar con Nonterrazake. De todas formas, ya ha llegado el momento. ¿Están tus hombres provistos con sus primitivas armas de hierro? –Mis soldados siempre están preparados –respondió, imperturbable, desLa Leyenda de Kell -19-
envainando su propia espada. El Segador no se inmutó; en cambio, una mano apareció por entre los pliegues de la túnica blanca. Cada dedo tenía de veinticinco a treinta centímetros de longitud, y culminaba en una afilada punta de resplandeciente marfil. El Segador se giró, se agachó, y hundió sus cinco huesudos dedos en el cadáver del coronel Yax-kulkain. Se hizo patente un ligero sonido de succión, y Graal observó, con los labios apretados, cómo el cuerpo del hombre comenzaba a encogerse, a marchitarse, a arrugarse la piel alrededor de sus huesos e incluso de su cercenado cráneo, hasta que quedaron al descubierto en este unos dientes que mostraban la prominente sonrisa de la muerte. Hestalt retiró sus esqueléticos dedos, y dejando atrás un pequeño y arrugado cascarón, se dirigió hacia el siguiente soldado muerto de Falanor. Una vez más, sus dedos se introdujeron en el pecho, profundizando hasta su corazón, y el Segador cosechó sus mieses. Incapaz de permanecer impasible ante esa profanación carnal, el General Graal dio una orden que resonó por toda la muralla cubierta de niebla. Entonces, el humo helado se arremolinaba alrededor de sus rodillas, expandiéndose y ondulando en exageradas ráfagas mientras se dirigía hacia los escalones que conducían al patio empedrado. Su regimiento de albinos lo siguió en silencio, con sus espadas desenvainadas y dispuestas, como una ola, con Graal en cabeza, en dirección a las colosales puertas de roble que daban acceso a la adoquinada vía principal, que a su vez discurría por la empinada ladera de la ciudad hasta el corazón de Jalder. Dos albinos se lanzaron a la carrera, siluetas delgadas, proporcionadas y atléticas, gráciles y moviéndose con precaución sobre el pavimento cargado de escarcha. Los portones de roble fueron abiertos, con sus bisagras de hierro gimiendo, y Graal girándose para observar las difusas figuras agachadas que se movían metódicamente a lo largo de la muralla, drenando la energía vital de la fallecida guarnición de Falanor. Como insectos, pensó, y entabló contacto visual desde la lejanía con Hestalt. El Segador hizo un simple gesto: una orden. Señaló hacia la ciudad... y su mandato fue claro. Preparar el camino. El humo helado se acumuló en el patio, una enorme esfera latente que giraba y originaba danzarines destellos plateados; de repente, salió por entre las puertas, filtrándose hacia la urbe como mercurio flotante, expandiéndose, haciendo crecer una oleada de inquietante silencio con forma de letal bola de Andy Remic -20-
algodรณn, una peste de errante humo helado desplazรกndose para cubrir la desprotegida metrรณpoli con un mortal manto de Aceite de sangre Mรกgico.
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I Hielo Mortal
Kell estaba frente a la ventana de su habitación de techo bajo del segundo piso y, con una punzada de melancolía, miraba fijamente hacia las distantes montañas. Tras él, el fuego crepitaba en el hogar, las llamas consumiendo las ramas de pino a la par que calentaban una cazuela de acero fundido de tres patas, repleta de burbujeante y espeso caldo de verduras. Kell se llevó una achatada jarra hasta los labios y sorbió el estupendo licor en un suspiro, sintiendo cómo la resina del alcohol resbalaba por su garganta hasta su vientre, calentándolo por completo. A pesar de la bebida, se estremeció, y pensó en la nieve y el hielo, y en los indiscutiblemente inhóspitos parajes de las montañas; los vastos cañones, los desolados salientes de las alturas, las laderas que conducen hasta desfiladeros
rocosos y una muerte instantánea. Gélidos recuerdos invernales atravesaron su alma más que su cuerpo. Algunas veces, pensaba que no sería capaz de desterrar el hielo de su pasado… y de aquellos oscuros días de caza en las tierras de Puntas Negras. El hielo yacía en su corazón. Atrapado, como un diamante. Afuera, la nieve se había convertido en una suave brisa, arremolinándose por las calles enlosadas y configurando acrobáticas formas en el aire. Desde donde estaba, Kell podía ver a los comerciantes junto al río Selenau; y a la derecha, construidas con bloques de ladrillo negro, las grandes estructuras de las curtidurías, los almacenes y los mataderos. Kell recordó con un escalofrío cómo los residuos infestaban el cielo en la época estival, es por eso que había conseguido esa habitación a tan buen precio. Pero ahora... ahora las garras del invierno se habían cerrado, manteniendo aquel hedor bajo control. Kell tembló de nuevo ante la visión de la inquieta nieve que le enfriaba sus viejos huesos. Depositó de nuevo toda su atención en su sopa y en el fuego, y removió el contenido de la cazuela, golpeando con su mano la robusta madera de la repisa de la chimenea, antes de inclinarse hacia delante. Del exterior, desde las escaleras, llegaba el sonido de unas botas y rápidamente colocó su taza sobre un elevado estante que había junto a un antiguo reloj, bajo su mortífera hacha Ilanna. Pudo ver el zumbante movimiento de los componentes del mecanismo del interior del reloj; tan delicados y complejos, la cumbre de la ingeniería en miniatura. La sólida puerta de madera se estremeció al abrirse y se hizo visible la silueta de Nienna, radiante, dando patadas en el suelo para eliminar la nieve de sus botas. –¡Hola Abuelo! –Nienna. –Fue hasta ella y esta le abrazó, con la nieve de su largo cabello castaño humedeciendo su barba grisácea. Dio un paso atrás, sujetándola con su brazo estirado–. ¡Querida, juraría que te haces más alta cada día que pasa! –Todo es por ese delicado brebaje que preparas. –Miró por encima del hombro, con curiosidad–. Me mantiene en forma y me da fuerzas. ¿Qué has cocinado hoy? –Vamos, quítate el abrigo y puede que te de un tazón. Es de verduras; la carne de vacuno sigue siendo demasiado cara a causa de la plaga del pasado verano, aunque puedo asegurarte una porción en dos o tres semanas. Del amigo de un amigo, ¿sabes? –Guiñó el ojo con rudeza. La Leyenda de Kell -23-
Despojándose del abrigo, Nienna alcanzó la mesa de roble y, pasando una pierna por encima del banco, se sentó a horcajadas sobre el mismo. Kell colocó un cuenco de madera tallada a mano ante ella, que agarró ansiosa la cuchara mientras el hombre cortaba una rebanada de oscuro pan de nueces con su largo y curvado cuchillo. –¡Está bueno! –No le vendría mal algo más de sal. –¡No! ¡Está delicioso! –Daba cucharadas con avidez, devorando su caldo con el ansia de un hambriento. –Bueno –dijo Kell, sentándose frente a su nieta con una sonrisa que dividía en dos su cara arrugada y barbuda, haciéndole parecer más joven que sus sesenta y dos años–. No deberías sorprenderte, soy el mejor cocinero de Jalder. –Mmm, puede ser, pero pienso que necesita algo de carne –dijo Nienna, haciendo una pausa, con la cuchara a medio camino entre el plato y su ceño fruncido. Kell sonrió–. Oh, pero soy tan solo un viejo y pobre soldado. No podría permitirme tal lujo. –¿Pobre? ¿Con una fortuna oculta bajo los tablones del suelo? –dijo Nienna, agachando la cabeza, mirándole con malicia a la par que entornaba los ojos hacia arriba–. Eso es lo que madre dice. Madre piensa que eres un avaro y un tacaño, y que ocultas dinero dentro de un par de calcetines apestosos en un escondite secreto bajo el entarimado. Kell esbozó una sonrisa forzada, con algunas gotas de su humor evaporándose–. Tu madre siempre ha sido única para los cumplidos. –Se reanimó–. De todos modos, mi niña, ¡te estás comportando como un mono travieso! ¡Con tus artimañas y tus insolentes palabras! –Ya soy un poco mayor para que continúes llamándome así, abuelo. –No, señorita, todavía eres una niña. –Se inclinó hacia delante y le revolvió el pelo. Ella, arrugó su frente con disgusto. –¡Abuelo! ¡Ya no soy una niña! ¡Ya tengo casi diecisiete años! –Para mí, tú siempre serás una niña. Ahora, tómate el caldo. Comieron en silencio, con el único sonido del chisporroteo del fuego a través de los troncos y del viento en el exterior creciendo en ferocidad, levantando remolinos de nieve y aullando con melancolía a lo largo de las empañadas calles. Nienna terminó su caldo y rebañó su cuenco con su último trozo de Andy Remic -24-
pan negro. Se recostó, suspirando–. ¡Excelente! Le faltaba sal, pero igualmente delicioso. –Como te he dicho, soy el mejor cocinero de Jalder. –¿Has visto alguna vez un mono? ¿Uno de verdad? –preguntó de repente, haciendo patente su juventud. –Sí. En las selvas profundas del sur. Aquí hace demasiado frío para los monos; supongo que ellos prefieren sus plátanos. –¿Qué es un plátano? –Una fruta amarilla y dulce. –¿De verdad me parezco? –¿A la fruta o al mono? Ella le dio un golpe en el brazo–. ¡Sabes lo que quiero decir! –Un poco –dijo Kell, acabando con su propio caldo y masticando pensativamente. Su dentadura volvía a dolerle–. Hay cierta semejanza: la cara peluda, las pulgas, el culo gordo. –¡Abuelo! ¡No deberías hablar de ese modo de una señorita! Está eso que aprendimos en la escuela, eso llamado et… etiq… –Etiqueta –revolvió de nuevo su pelo–. Y cuando hayas crecido lo suficiente, Nienna, te trataré como a una adulta. –Su risa era contagiosa. Nienna le ayudó a limpiar los tazones. Se detuvo en la ventana durante unos instantes, mirando fijamente hacia fuera, hacia las lejanas fábricas y hacia el mercado. –Abuelo, ¿tú luchaste en las selvas del sur, verdad? Kell sintió que su estado de ánimo decaía al instante, y se mordió la lengua para no dejar escapar una enfurecida réplica. La chica no se da cuenta, se dijo para sí. Respiró profundamente–. Sí. Eso fue hace mucho tiempo. Yo era una persona diferente por aquel entonces. –¿Cómo fue? ¿Luchaste en el ejército con el Rey Searlan? Debió ser algo tan… ¡fantástico! Kell resopló–. ¿Fantástico? ¿Llenan tu cabeza con estiércol en el colegio? No hay nada fantástico en ver a tus amigos siendo masacrados. Nada heroico en ver a los cuervos disputarse los ojos de un cadáver en un campo de batalla. No. –Su voz se convirtió en un susurro–. Las batallas son para los necios. –Pero, aún así –persistió Nienna–, creo que me gustaría formar parte del ejército. Mi amiga Kat dice que ahora aceptan mujeres; o puedes unirte como enfermera, para ayudar a las víctimas del campo de batalla. Te garantizan La Leyenda de Kell -25-
un buen entrenamiento. Recibimos la visita de un Sargento, vino a la escuela tratando de que nos alistáramos. Kat quería firmar, pero yo pensé que debía hablarlo primero contigo. Kell se movía de un lado a otro de la estancia, tan rápido que era una imagen borrosa. Nienna se sorprendió. Se meneaba expeditivo, demasiado para un hombre tan grande, para un anciano; era increíble. La agarró de los hombros con sus manos de oso con sorprendente refinamiento. Y la sacudió–. Ahora, escúchame, Nienna, tienes un don, un talento poco común, uno como no he visto en mucho tiempo. Llevas la música en la sangre, niña, y estoy convencido de que cuando los ángeles te escuchan cantar les corroe la envidia. –Respiró profundamente, con un amor incondicional atisbándose en sus ojos–. Escucha bien, Nienna, y haz caso a este anciano. Un desconocido mecenas ha pagado tus tasas universitarias. Esa persona te ha librado de una vida en las curtidurías, o en las fábricas de tejer en las que la maquinaria es tan traicionera que podría cortarte los malditos dedos; y esos bastardos van a dejar que eso ocurra antes de detener la producción. Por lo que vas a ir a la universidad, niña, y vas a esforzarte como no lo has hecho antes, o voy a pegarte una patada en el culo tan fuerte que mi bota va a llegar hasta tu boca. Nienna agachó la cabeza–. Sí, abuelo. Lo siento. Yo solo… –¿Qué? –Sus ojos brillaban como el carbón encendido. –Es solo que...¡me aburro! ¡Quiero algo de emoción, algo de aventura! Lo único que veo es mi casa, esto y la escuela. Y ya sé que puedo cantar, lo sé, pero eso no me va a deparar un futuro repleto de emociones, ¿verdad? ¡No es algo que vaya a hacer que mi sangre se altere! –La emoción está sobrevalorada –gruñó Kell, dándose la vuelta y encaminándose hacia su pequeña silla de cuero con una mueca en el rostro. Se dejó caer, con un gesto que reflejaba el dolor de la parte inferior de su espalda, más frecuente en los últimos días, a pesar del denso y apestoso ungüento verde aplicado por la anciana señora Graham–. La emoción es lo que obtiene una persona muerta. –¡Eres un gruñón! –Nienna cruzó la habitación y agarró sus botas–. Tengo que marcharme. Tenemos que hacer un recorrido por la universidad esta tarde. Es una pena que la nieve haya alcanzado tanto espesor; dicen que los jardines son extraordinariamente hermosos. –Sí, el invierno ha llegado pronto. Ese es el legado de las Montañas de Andy Remic -26-
Puntas Negras. –Miró al exterior, a través de la pequeña pero amplia ventana, hacia la distante neblina de dientes blancos y negros. Puntas Negras es su nombre. Y lo sería por siempre. Y tenían una esquirla de su alma. –Algunos de mis amigos van a ir a explorar Puntas Negras este verano; cuando finalicen sus estudios, por supuesto. –Necios –espetó Kell–-. Las Puntas son más peligrosas de lo que nadie pueda imaginar. –¿Has estado allí? –Tres veces. Y las tres veces creí que no saldría jamás de ellas. –Su voz adquirió un matiz de calma, errante, perdida–. Estaba convencido que moriría allí arriba. En esas oscuras pendientes rocosas. Es un milagro que aún continúe con vida, niña. –¿Fue cuando estuviste en el ejército? –De nuevo, ella se lanzaba en busca de anécdotas, y él la despidió con un gesto. –¡Venga! ¡Vete con tus amigos!; ve y disfruta del paseo por la universidad. ¡Y asegúrate de cantar para ellos! ¡Muéstrales tu voz angelical! ¡Nunca habrán escuchado nada igual! –¡Lo haré, abuelo! –Nienna agarró su abrigo, y se cepilló su pelo largo y castaño–. ¿Abuelo? –Sí, monito. –Yo... casi se lo cuento a madre esta mañana. Lo de venir aquí, quiero decir. Quería decírselo... Odio ocultarle cosas. Kell negó con la cabeza, con cara de desaprobación–. Si se lo cuentas, niña, se asegurará por todos los medios posibles de que no vuelvas a verme de nuevo. Me odia. ¿Lo entiendes? Nienna asintió, pero Kell pudo ver en sus ojos que no tenía la experiencia vital necesaria para comprender del todo el odio que le profesaba su hija, como si tuviera un huevo podrido en sus entrañas. Pero algún día, pensó cruelmente, algún día lo entenderá. Todos lo haremos. –Sí, abuelo. Lo intentaré. –Abrió la puerta, y un intenso frío recorrió la estancia con una ola de helada y errática nieve. Dio un paso adelante, se detuvo, y se giró para que él no pudiera verle la cara–. ¿Kell? –¿Sí, nieta? –Se asombró, desacostumbrado como estaba de llamarla así. –Gracias por el pago de las tasas universitarias. –Se echó hacia atrás, le besó en la mejilla, y se marchó en un torbellino de abrigo y bufanda dejándolo La Leyenda de Kell -27-
ruborizado y plantado en la parte superior de las escaleras. Negó con la cabeza, siguiendo sus crujientes pisadas a través de la nieve caída hasta la ligera niebla que surgía de los márgenes del Río Selenau. ¿Cómo lo habrá adivinado?, pensó. Cerró la puerta, que se resistió a encajar en su marco. La selló de un puñetazo con su mano de oso y, abstraídamente, deslizó el pesado tablón que hacía las veces de cerrojo hasta su lugar. Se dirigió de nuevo a la chimenea, recuperando su abandonado licor de resina y tomando un gran trago. El alcohol se coló en sus venas como un viejo amigo, y envolvió su cerebro con una capa de miel. Kell respiró profundamente, regresando a la amplia ventana y se sentó en un taburete para observar a los comerciantes en sus agitados tenderetes. La niebla se desplazaba por el mercado, enroscándose en las botas y en los puntales de madera. Kell dirigió su mirada hacia las Montañas de Puntas Negras, con la mente perdida, recordando la cacería allí acontecida; tal y como lo hacía varias veces al día. –Unirse al ejército... ¡Ja! –murmuró, con el ceño fruncido, y volvió a rellenar su taza con el contenido de la jarra de arcilla. * Kell se despertó, sus sentidos hormigueando, la boca amarga, la mente borrosa, y se preguntó no solo qué era lo que le había despertado, sino cómo diablos era posible que se hubiese quedado dormido–. Maldito Grog. –murmuró, perjurando por su edad y por su flaqueza, y prometiendo que tenía que dejar el licor; a pesar de saber, en lo más profundo de su corazón, que era una promesa que nunca cumpliría. Kell se apartó de la ventana, frotándose los ojos y bostezando. Miró hacia la derecha, pero lo único que vio a lo amplio de la larga y baja ventana fue la niebla, espesa y blanca, envolviendo y recorriendo las calles. Pudo distinguir algunos muros de piedra derruidos y adoquines cubiertos de nieve, pero eso era todo. Un inmenso manto blanco se extendía para envolver el mundo. Se trasladó hasta su tonel de agua y bebió tres jarras, con arroyos deslizándose por su espesa barba manchando su camisa de algodón. De nuevo, se frotó los ojos, dándole vueltas la cabeza, y girándose para ver la niebla arrastrándose por debajo de su puerta. Extraño, pensó. Fijó su mirada en Ilanna, su hacha, que colgaba sobre la chimenea. Brillaba con un negro grisáceo que reflejaba las llamas. Kell se volvió nuevamente, y una grieta en la ventana, que ocupa casi la Andy Remic -28-
totalidad del ancho de la estancia, resonó como un crujido metálico, como si hubiese sido sometida a una gran presión. La niebla flotaba por la habitación. En un acto reflejo, agarró una toalla, la empapó en el barril de agua, y se la envolvió alrededor de la boca y la nariz, atándola detrás de su cabeza.¿Qué estás haciendo, viejo tonto? gritó su mente. ¡Esto no es el humo de un fuego! ¡No te hará ningún daño! Pero un instinto surgiendo de su interior, alguna intuición primordial, lo guió y lo llevó a arrancar de sus débiles sujeciones el hacha de combate, asiéndola por su largo mango. Los pernos se rompieron, y los soportes chisporrotearon en el fuego... El humo helado se arremolinaba por entre sus botas, se desplazaba por toda la habitación y sofocaba el fuego. Este crujió violentamente, para después desaparecer. En el exterior, una mujer soltó un grito ahogado; el lamento concluyó en un gorgoteo. Los ojos de Kell se entrecerraron, y se aproximó a la puerta, afuera, los pasos se sucedían a toda velocidad por la resbaladiza pendiente. Kell se echó a un lado. La puerta se sacudió y, sigilosamente, descorrió la barra de seguridad. La puerta se abrió de una patada y dos soldados armados con negras espadas se colaron en su departamento; sus rostros eran pálidos y blancos, su pelo largo y trenzado, tan blanco como el humo helado que había extinguido el fuego de Kell. Lanzó una sonrisa a los dos hombres, quienes avanzaban por separado, a la par que retrocedía unos pasos. El primero de ellos se abalanzó sobre él, con su espada rozándole la garganta, pero Kell, se retorció, rodando, con su hacha tronando en un revés que alcanzó la cabeza del albino provocándole en su testa desprotegida un tajo de unos cinco centímetros. El hombre se tambaleó hacia atrás, mientras la blanquecina sangre se escapaba por entre sus dedos apretados, al tiempo que el segundo soldado saltó hacia Kell. Pero estaba preparado, y su bota, enganchada a la parte inferior de la mesa, levantó a esta con ímpetu y rapidez y la arrojó hacia su atacante. El soldado tropezó con el mueble de roble y, a dos manos, Kell levantó su hacha por encima de su cabeza y golpeó con ella la espalda del hombre caído, dejándolo clavado a la banqueta. Se retorció, balbuceó unos instantes, sufrió un espasmo y se quedó tumbado. Un gran charco de sangre blanca comenzó a formarse bajo él. Kell, frunciendo el ceño, puso su pie sobre la armadura del hombre y tiró de su hacha para liberarla. ¿Sangre blanca? Miró a su derecha, donde el soldado herido, al que le faltaba La Leyenda de Kell -29-
una cuarta parte de su cabeza, yacía sobre una pila de alfombras, respirando a toda velocidad. Kell se dirigió a él–. ¿Qué pasa, muchacho? –Vete al infierno –gruñó el soldado, con anillos de sangre y saliva pendiendo de sus dientes. –Dime, ¿a qué viene este ataque? –Kell levantó con cuidado su hacha. Entonces, su cara palideció, y su mano se dirigió hasta la toalla empapada de agua–. ¿Qué magia oscura es esta? ¿Quién te envía, chico? Dímelo y te perdonaré la vida. –Aquello era mentira, y dejó un regusto amargo en su lengua. No tenía intención alguna de dejar con vida al soldado. –¡Mierda, prefiero morir, viejo! –Que así sea. El hacha separó la cabeza del albino de sus hombros, y Kell le dio la espalda al espasmódico cadáver que mostraba un corte transversal que dejaba al descubierto cartílago y espina dorsal, con su ánimo avinagrándose, con su humor precipitándose a toda velocidad en un inquietante pozo de amargura. Se suponía que su vida no debería ser así. ¡No más muertes! Él era un soldado retirado. Un viejo guerrero. Él ya no patrullaba las montañas, hacha en mano, cubierto de la sangre de los caídos. Meneó su cabeza, con un mohín sombrío asomando en su boca. Pero entonces, ¿acaso se burlaban de él los dioses? ¿Era eso? Los dioses eran caprichosos; se encargarían de que cualquier intención de retiro que tuviera en mente fuera desmantelada con sufrimiento. ¡Nienna! –Malditos sean. –Kell avanzó unos pasos, asomándose al exterior entre el humo helado. Asintió para sí mismo. Tenía que ser el Aceite de sangre Mágico. Ninguna niebla de origen natural se movía de ese modo: orgánica, como serpientes enroscadas en el interior de un cubo. Temblando, Kell bajó las escaleras con premura y el humo helado mordió sus manos, haciéndole aullar. Corrió de vuelta a su habitación y se cubrió con pesadas capas de ropa, un grueso sombrero con orejeras y forrado de piel, y un voluminoso chaleco de piel de oso que hizo más amplio si cabe su ya de por sí gran torso. Finalmente, se enfundó unos guantes de cuero de gran calidad y regresó a la niebla. Bajó las escaleras de madera y se detuvo sobre una mezcolanza de nieve y adoquines, con la cara hormigueándole. A su alrededor, la niebla lo cubría silenciosa; era como un mundo almohadillado. Reducido. Contraído. Kell se dirigió hasta una pared Andy Remic -30-
próxima, y se tranquilizó ante la áspera realidad de la piedra negra. ¡Entonces, pensó, después de todo, no soy víctima de una salvaje y etílica pesadilla! Se echó a reír. En verdad lo parecía. Con la cabeza martillándole, avanzó con cautela por la calle del mercado. El camino empedrado bajaba hasta el Río Selenau, luego giraba hacia el este en una gran curva y finalizaba en la colina cerca de aquellas onerosas casas, más allá de la Universidad de Jalder. Kell alcanzó los límites del mercado y se detuvo. Había un cuerpo sobre el suelo, con la niebla plegándose a su alrededor, marchitando sus viejas extremidades. Con el ceño fruncido, Kell se apoyó sobre una rodilla y alargó la mano. Tocó la carne seca, quebradiza, y gritó, consternado... De entre la nieve, llegó el sonido de unos pasos sordos, y una espada atacó su cabeza. Su hacha surgió en el último momento, y se produjo un choque entre ambos aceros. Kell estrelló su puño contra el estómago del soldado, escuchó el silbido del aire expulsado cuando el hombre se dobló. Kell se puso de pie, y estampó su pesada bota sobre la cabeza del hombre, aplastando el cráneo del albino tan pronto como surgió de la niebla y golpeando a cuanto estaba a su alrededor, reconoció que lo superaban en número y, enfadado, su mente se nubló con oscuros pensamientos, azotando su cerebro, y la sangre comenzó a circular a toda velocidad, atacándole con ritmo intermitente; él no había deseado nada de lo que estaba sucediendo, nada de lo que había dejado atrás y de lo que estaba aconteciendo de nuevo, atrayéndolo, llevándolo hasta el filo del cuchillo de un asesino. Otra espada se dirigía hacia su cabeza, y Kell se encogió de hombros y, girando hacia su izquierda, lanzó su hacha hasta que encontró carne sobre la que clavarse. Su codo derecho se estrelló en la cara de un soldado y los demás le rodearon, con sus espadas y cuchillos fulgurando y haciendo las cosas más sencillas. Sonrió. Ellos eran el enemigo. La mente de Kell se calmó y, con un chasquido, devolvió su percepción a su estado natural. Los años quedaron atrás como si de pedazos de confeti se tratara. Sentía la vieja y oscura magia fluyendo a través de su sangre como si de un narcótico licor de miel se tratase. La había combatido. Pero ahora había regresado. Y le daba la bienvenida. Con sencillez, Kell giraba sobre sí mismo y su hacha tronaba dejando un rastro de blanquecinas gotas de sangre. Decapitó a un soldado albino, su hacha continuaba con su labor y, de manera inesperada, cambió de rumbo para La Leyenda de Kell -31-
abrirse camino a través del pecho de otro guerrero, hasta quebrar su esternón y perforar su palpitante y níveo corazón. Kell tiró al suelo a uno de un puñetazo; esquivó el ataque de una espada, que pasó rozando su oreja, e Ilanna golpeó a otro albino justo entre sus ojos, partiendo en dos su cabeza como si se tratara de una fruta madura. Los dedos de Kell, se cerraron alrededor del cuello de otro, y levantó al blanco ser con facilidad, con sus piernas balanceándose, y lo acercó hasta su sereno y mortal rostro. Le propinó un cabezazo, aplastando su nariz por debajo de la pálida piel, y arrojó al hombre contra el suelo, como si se tratara de un despojo. A continuación, Kell echó a correr a través del mercado, esquivando las drenadas carcasas que eran los cuerpos sin vida, su boca también estaba seca, no por miedo, sino por la terrible y ancestral certeza de que la carnicería se cernía sobre él. No se trataba del ataque de unos bandidos al uso. ¡Aquello era una incursión a gran escala! Y el enemigo, al igual que su equipamiento, era profesional, implacable, diestro y disciplinado. En ningún momento de la reciente lucha contra ellos, Kell sintió que de alguno emanase pánico o cobardía. Era un pueblo que vivía por y para la guerra. Y sin embargo, a pesar de todo, Kell sospechaba que tan solo se había topado con inexpertos, la carne de cañón, los nuevos reclutas. Lo prescindible. Con amargura, continuó su carrera, y se detuvo a recuperar el resuello en el borde mismo del mercado, apoyándose en la parada de Brask el panadero. El aroma del pan recién hecho crispó su nariz e, inspeccionándolo, descubrió que los estantes de pan se habían congelado. Al igual que Brask, de rodillas, con las manos sobre una esquina de su puesto, la carne rígida y añil. –Bastardos –gruñó Kell, y recobró el aliento. Poco habituado a correr, y sufriendo los efectos de los excesos del licor y de fumar en pipa, una década fuera del ejército, diez años sentado observando las montañas y la nieve, bueno, habían hecho de Kell alguien que estaba lejos de encontrarse en forma para una batalla. Esperó a que remitiese el dolor, e ignoró los ardientes tajos de su espalda, rodillas, tobillos y hombros, así como un dolor de huesos devenido de pasar décadas armado con su pesada hacha de guerra, cercenando trozos de carne y quebrando huesos con sus golpes. Los Días de Sangre, susurró un rincón de su mente, para después reírse de él. ¡Vete al Infierno! Andy Remic -32-
Levantó la vista hacia la niebla. No, se corrigió a sí mismo. Hacia el humo. El humo helado. No estaba muy lejos de la Universidad de Jalder. Pero el camino era ascendente, y estaba sobre una condenada y empinada colina. Apretando los dientes, el sudor corriéndole por la cara y bajo su pesada y gruesa ropa, Kell comenzó a caminar deprisa, apretándose las costillas mientras rezaba con fervor a cualquiera que fuese el dios dispuesto a escuchar, que Nienna estuviera todavía en la Universidad… y que estuviera viva. * Saark centró su atención en ella, en su piel suave irradiando tranquilidad bajo la brillante nieve del alféizar. Alzó su mano y la pasó por su pelo, largo, negro, rizado, revitalizado por aceites aromáticos, y la mujer sonrió, con ternura en sus ojos, su boca entreabriéndose, la lengua humedeciendo sus labios. Saark bajó su cabeza, incapaz de contenerse por más tiempo, incapaz de aplacar el poderoso y ardiente deseo, y la besó con pasión, saboreando su dulce néctar, hundiéndose en sus cálidas profundidades, disfrutando de la ofrenda, inhalando su esencia, embebiendo su perfume, dejándose adormecer por lo hechizante de su beso, su mecimiento, su vínculo, su unión. Su mano se deslizó por el lateral del cuerpo de ella, y la mujer se apretó contra él con impaciencia, emitiendo desde el fondo de su garganta, de su pecho, un primitivo sonido animal de anhelo. Saark la besó con más intensidad, con más ferocidad, sintiendo a su propia bestia recorriendo su interior, desde la boca del estómago hasta la garganta, colmando su mente y ahogando toda la razón en una sucesión de fuertes pulsaciones, lujuria y la desesperada necesidad de follar. Ella se deshizo de su vestido, así como de su sedosa y brillante ropa interior. Saark la observaba como si de una ensoñación se tratara. Se despojó de su chaqueta con precaución de que las joyas, recientemente sustraídas del joyero de la bella dama, no tintineasen, y la dejó sobre una silla bordada en oro. –Después de todo, eres un hombre –gimió ella con voz ronca, y Saark besó sus pechos, saboreando sus pezones, jugando con su lengua, hasta que su voz se disipó y su mente se dispersó; ¿cómo podría alguien mantener encerrada en la fría almena de una torre a una criatura tan magnífica? Pero eso significaba que su marido era anciano, y esa mujer era su premio, una hermosa campesina comprada y convertida en un objeto codiciable más de la villa de un noble. La Leyenda de Kell -33-
La mantenía allí oculta, una mujer a la que se le había negado la libertad y la sexualidad. Saark besó su cuello, su garganta y unos senos que acudieron a su encuentro mientras palpitaban de deseo. Mordisqueó sus pezones y ella gimió, empujando su cuerpo desnudo hacia él–. ¿Por qué te mantiene encerrada, preciosa? –murmuró Saark mientras los dedos se adentraban en la entrepierna de ella, la cual se apretó contra su mano, sintiéndola caliente, resbaladiza, firme, invitándolo a poseerla... con pasión... Sus manos se deslizaron a lo largo del largo y rizado pelo negro de Saark–. Porque –dijo entre dientes–, sabe que al igual que una gata ¡me vuelvo salvaje si me dejan salir a jugar! –Arrojó a Saark al suelo y se dejó caer sobre él a horcajadas. Saark vio cómo se alzaba sobre él, agresiva, poderosa, dominante, absolutamente al mando, con sus enjoyadas manos sobres sus bamboleantes y desnudas caderas, con la típica sonrisa de un carcelero grabada en su rostro, como si fuese en verdad un gato que observaba a un ratón acorralado. La mirada de Saark se desplazó lentamente, de su húmeda y palpitante vagina, hacia los descomunales rubíes de los anillos que adornaban sus dedos. Se humedeció los labios, resecos ahora por la excitación que le producían las gemas y el oro–. Creo –dijo, con toda honestidad, y sin rastro alguno del sutil cinismo que le caracterizaba y del que se enorgullecía–, creo que es mi día de suerte. * Sucedió más tarde. Mucho más tarde. La débil luz descendiendo a través de la ventana cubierta de hielo. Saark se apoyó sobre un codo y miró al sensual animal que yacía detrás de él. Ella respiraba profundamente, perdida en sus sueños y completamente satisfecha. Dioses, pensó Saark, con una sonrisa mordaz, soy jodidamente bueno. De hecho, debo ser el mejor. Recorrió con sus dedos la garganta de ella, su delicada hendidura, bajando hasta su esternón, pasando por encima de su rítmicamente jadeante escote, y más abajo todavía, enroscándose en el fértil montículo de su pubis. Ella gimió, alzando sus caderas como en una respuesta inconsciente, y Saark relajó de nuevo su mano. No. Ahora no. Otra vez no. Después de todo, tenía un negocio que atender. No podía permitirse el lujo de despertar de nuevo su deseo; aunque, dioses, era más que tentador. Como fuere. El negocio era el negocio. El oro era oro. Y Saark se tomaba sus negocios muy en serio. Se levantó, y poco a poco, tranquilamente, se vistió en silencio. FinalmenAndy Remic -34-
te, se puso sus largas botas de cuero de montar a caballo, y contempló con añoranza a la hermosa mujer con la cabeza echada hacia atrás sobre la cama. ¡Ay si hubiera podido quedarse todo el día y toda la noche! ¡Podrían haber disfrutado juntos de tantas correrías sexuales! Pero... no. Saark se dirigió hacia el aparador de caoba y abrió el cajón superior. Había dinero, un pequeño saco de gruesas monedas de oro que se vio tentado de guardar en su bolsillo. El segundo cajón no contenía más que ropa interior de seda; consideró quedársela, pero la codicia por conseguir trofeos más valiosos, sacó lo mejor de él; no quería ser también un pervertido. El tercer cajón contenía papeles atados con un cordel. Saark los escudriñó, en busca de bonos, acciones o contratos; tan solo encontró cartas, y se maldijo. Sobre la consola encontró una larga y enjoyada daga, que era utilizada, suponía, para abrir la correspondencia. Tenía incrustadas hermosas esmeraldas en su empuñadura de oro macizo. Se la guardó y se encaminó hacia el armario, abriendo la puerta con un gesto tan cauteloso como lento, tratando de evitar el quejido de la madera envejecida y las bisagras oxidadas. Registró con rapidez su contenido, y encontró un morral en la parte posterior. Estaba cerrado con llave. Dejándose caer de rodillas, sacó la daga enjoyada y cortó las correas de cuero con presteza. En su interior, había un sobre de bonos y Saark lanzó un silbido para sus adentros. Sostenía una pequeña fortuna. Su sonrisa se ensanchó, porque eran de Secken y Jalberg; podría cobrarlos en cualquier ciudad de Falanor. En ese momento, se dio cuenta de que no solo era un buen día. Con probabilidad, sería el primero de un nuevo retiro. –Tú... bastardo. –Las palabras eran graves, poco más que un gruñido. Poco a poco, y todavía de rodillas, Saark se giró para ver la vacilante y afilada punta de su propio estoque. –Oye, cariño, no te pongas así. –Quiso haberla llamado por su nombre, pero por todos los santos, no lo recordaba. ¿Era Mary-Anne? ¿Karyanne? ¡Maldita sea! –No me llames cariño, ladrón montón de estiércol. –¡Eh, no soy un ladrón! –Y un violador –replicó, sus ojos centelleando, sus labios humedecidos por el odio, del mismo modo en que lo habían estado hace no mucho por la lujuria. –¡Espera! –Saark alzó las manos, y tiró a levantarse. El estoque se le La Leyenda de Kell -35-
clavó, ensartando casi su ojo–. ¿Qué diablos insinúas, Darienne? –¡Es Marianne, idiota! ¿Y sabes lo que la Guardia Real le hace a los violadores cuando los capturan? –Dirigió su mirada hacia la ingle, e hizo el gesto de un corte horizontal con su mano libre. –¡Marianne! ¡Hemos disfrutado tanto del sexo! ¿Cómo puedes hacerme esto? ¡Es despreciable! –¿Despreciable? –bramó–. Te has aprovechado de mí, ¡y luego tratas de despojarme de cada uno de los centavos que he conseguido sisarle a ese viejo y avinagrado bastardo que llamo marido! ¿Sabes lo que he tenido que aguantar, casándome con ese apestoso y desdentado chivo? ¡Su amargo y ácido aliento! ¡Sus sobonas y peludas manos sobre mis pechos! ¡Sus jodidos y rancios pies faltos de higiene! Saark consiguió ponerse de pie sin perder ojo alguno, y con sus manos transformadas en el símbolo de una súplica, su voz se transformó en una balsámica nana, tratando, de manera desesperada, de buscar una vía de escape–. Ahora, escúchame, Marianne, todavía podemos salir de esta de rositas... –No –escupió entre dientes–. Yo puedo salir de esta satisfecha y oliendo a perfume caro, pero tú no. –Le clavó de nuevo el estoque, dejando el rastro de una ligera línea de sangre sobre su mejilla–. Tú vas a salir de esta sin pelotas. Con un rápido movimiento, Saark dejó al descubierto la daga enjoyada, alzó su brazo y se quedó congelado. La puerta que había tras Marianne se había abierto, revelando tras ella la figura de un alto y esbelto guerrero, con el pelo blanco y largo hasta los hombros, y los ojos carmesí. El albino dio un paso hacia delante con un repentino y violento movimiento, y la punta de su espada atravesó el cuerpo de Marianne, entrando por la espalda y saliendo por su esternón, formando una flor de borbotones de sangre. Los ojos de Marianne se encontraron con los de Saark. Reflejaban confusión y dolor y, por un momento, se produjo una conexión entre ellos, una simbiosis más profunda que las palabras, más profunda que el espíritu... abrió su boca e intentó hablar, pero un oscuro coágulo de sangre arterial la inundaba, y comenzó a resbalar por su pecho, manchando su tonificado y plano vientre, y goteando en una desigual y deformada lluvia hasta el suelo. Marianne se derrumbó, y se llevó la espada del albino con ella. La mano de Saark salió disparada hacia delante, y la daga enjoyada penetró en el ojo del soldado. El albino se tambaleó hacia atrás, desplomándose Andy Remic -36-
en el suelo pesadamente. De manera increíble, levantó la mano y liberó la hoja con un ruido sordo, dejándola caer sobre los tablones de madera con, ahora sí, un ruido ensordecedor. Saark saltó hacia el soldado, golpeándole la cara y tomando su espada de las manos inertes de Marianne. El guerrero lidiaba por hacerse con la suya propia, con una sangre blanca como la leche manando de la herida ocular; Saark asestó un fuerte golpe con su espada al cuello del soldado, cercenándole casi la cabeza. Dio unos pasos hacia atrás, observando cómo manaba la sangre nívea del cuerpo caído, y se tropezó con el cuerpo de Marianne, resbalándose con su sangre, y dándose un batacazo contra el duro suelo. Sus ojos se encontraron de nuevo con sus orbes vidriosos. Su cara todavía conservaba su asombrosa belleza, como si de porcelana congelada se tratara–. ¡Maldición! Saark se puso en pie, embadurnado de la sangre caliente de Marianne, cruzó la habitación y, como un ladrón, recuperó la daga que le había salvado la vida. Con el estoque firmemente apresado en su puño, recorrió el camino hasta las escaleras y observó la parte inferior, aquella en la que el humo helado flotaba como a cámara lenta. Frunciendo el ceño, Saark descendió unos escalones y sintió el frío salvaje mordiendo sus piernas. Dio media vuelta y rebuscó en el interior del armario, en busca de gruesas prendas de cuero y de pieles. Envolviéndose, Saark se dispuso a bajar de nuevo por las escaleras, y avanzó con cautela en dirección a la calle adoquinada. Allí, las propiedades mostraban su opulencia con marcada vulgaridad, las casas, las villas y torres lucían riqueza y sensación de privilegio, como si de joyas se tratase. La calle estaba desierta. Saark podía sentir el punzante frío atacando su cuerpo, a pesar de los gruesos ropajes que portaba, y recorrió la calle a toda velocidad en dirección al río, deteniéndose tan solo para observar a un niño que yacía, boca abajo, sobre el empedrado. Se arrodilló con cautela junto al crío. Lo zarandeó, lo volteó, concretó que tendría cuatro o cinco años de edad y se tiró hacia atrás con un gemido. La cara y sus extremidades estaban marchitadas, encogidas, la camisa abierta alrededor de su corazón, dejando al descubierto punzantes heridas profundas que relucían bajo el humo helado que flotaba sobre él. Saark se inclinó y contó hasta cinco agujeros con su mano puesta sobre las heridas–. ¿Quién te ha hecho esto, hijo? –susurró, el horror inundando su mente. A continuación, con los dientes apretados, los ojos endurecidos por la furia, se puso en pie, blandiendo su espada–. Quienquiera que La Leyenda de Kell -37-
haya sido, lo encontraré y lo mataré. –La rabia fluía por su sangre. La cólera abrasó su cerebro. El odio se convirtió en el motor que lo impulsaba, y la muerte en su compañera. Saark, el marginado. ¡Saark, el ladrón de joyas! Una vez orgulloso, una vez honorable. ¡No! Él había caído demasiado bajo. El había canjeado su dignidad, su orgullo y su hombría por un puñado de baratijas. Saark se rio, su risa quebradiza y hueca... como su autoestima. Sí, él era musculoso y asombrosamente apuesto. Las mujeres caían rendidas a sus pies por acostarse con él. Pero, en el fondo... en el fondo Saark era consciente de que se despreciaba a sí mismo. –¿Matarme? No tendrás que buscar demasiado, hombrecillo –dijo una voz suave y ululante proveniente del interior del humo helado. Saark se giró, y allí, alzándose frente a él, con el humo serpenteando a su alrededor, estaba parada la blanquecina figura del Segador. Los diminutos ojos negros de la criatura brillaron, y dejó que su manga se deslizara hacia atrás, quedando al descubierto cinco dedos largos y huesudos... que apuntaban hacia Saark, haciendo con ellos un gesto dirigido al pecho desprotegido del hombre, y a su corazón, en pos de la dulce sangre que este bombeaba... De manera involuntaria, Saark retrocedió unos pasos. Un repentino terror devorándolo. –Ven, hombrecillo –sonrió el Segador, con sus negros ojos fulgurando–. Ven y obtén tu recompensa.
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«El hacha brilló en las alturas, y bajó para cortar al albino como si de un tronco se tratara, atravesándolo desde la coronilla hasta sus posaderas. El cuerpo se separó en dos, desprendiéndose con facilidad como un filete de cerdo, dejando al descubierto su cerebro, su calavera, su grasa, su carne, y se desparramaron sus órganos internos y sus tripas. Un hedor inundó el claro, y Kell se giró, su cara transformada en una máscara de sangre, su pecho agitándose violentamente, la rabia campando sin control por sus ojos y sus facciones.»
El viaje no acaba aquí... (sobre fantasía y épica) por José Ángel de Dios
«¿Estaba acaso condenado, a través de mil encarnaciones, a no conocer otra cosa que la tristeza y la lucha, la soledad y el remordimiento, siendo eternamente el campeón de alguna causa desconocida?» (Elric de Melniboné, de Michael Moorcock)
Con esta obra, Andy Remic rinde un merecido y portentoso tributo a su admirado David Gemmell, autor británico que ha sido siempre considerado por el mundo literario como uno de los máximos exponentes en lo que a fantasía épica contemporánea se refiere, destacándose la crudeza y la adrenalina que destilan sus historias y que imprime a sus personajes. Pero... ¿tenemos claro qué es la fantasía épica? No es peregrino aseverar que alguien que es ajeno al género que nos ocupa, tiende a meter a la fantasía épica en el mismo saco que a la fantasía como concepto general, lo cual es un grave error (y esto también es aplicable a cualquiera de las diversas variantes que la fantasía alberga en su seno, como puedan ser, por citar algunas de ellas, la espada y brujería, la alta fantasía, la espada y planeta, o la fantasía urbana). La fantasía como tal, como concepto global, acerca al lector hasta una historia que suele tener tres elementos claves que la caracterizan y que le sirven como eje sobre el que orquestar y desarrollar sus tramas y subtramas; a saber: El viaje no acaba aquí... (sobre fantasía y épica) -353-
la magia, la presencia de mundos alternativos y diferentes al nuestro y una casi total ausencia de avances tecnológicos en la sociedad que se describe (y si, por lo que fuese, existieran tales avances técnicos, estos tienden a ser inferiores en cuanto a capacidades y alcance a lo que lo es la magia). Empero, eso sí, no todas las historias de fantasía son épicas, señoras y señores, porque acaso, ¿es lo mismo lo que se nos narra y describe en las diferentes historias de Conan el Cimmerio que escribió Robert E. Howard, que lo que Tim Powers evoca en La fuerza de su mirada? La respuesta no tiene lugar a dudas: ambas obras son de fantasía, sí, pero convendrán conmigo en que ninguna de las dos transitan (ni podría hacerlo) por los mismos caminos que la otra. Hay, por supuesto, una serie de singularidades inherentes a la fantasía épica que la definen a la perfección y sientan sus bases; hagamos un repaso de ellas: a) Héroe: «Usted es Kell. He leído todo sobre usted, señor, sus historias, sus hazañas… ¡sus aventuras! ¡Es usted un héroe! ¡El héroe de La Leyenda de Kell!», dice Katrina emocionada cuando se encuentra por primera vez con el bueno de Kell. Como queda patente en este fragmento, el personaje principal, aunque ahora sea una persona normal, un ciudadano de a pie cualquiera, otrora fue un héroe que, en el presente, por obra y gracia de una concatenación de infortunios y/o planes malvados por parte de un enemigo concreto, se ve en la tesitura a ejercer de nuevo como héroe salvador; ahora bien, dejemos dos cosas claras a este respecto: primero, el enemigo ha de ser superior en poder y recursos al héroe, de lo contrario, la historia no tendría consistencia y ese juego del gato y el ratón en el que están inmersos, carecería de todo sentido; segundo, la decisión de volver a ser lo que una vez fue, de dar un paso al frente y tratar de acabar con ese mal que inestabiliza la cotidianidad, es tomada de manera libre y voluntaria por nuestro protagonista de turno; Kell1 no está obligado a ejercer de héroe por mandado de nadie, ni siquiera divnio, sino que es algo a lo que 1 Kell, al igual que los personajes de las novelas de Gemmell, al que hacía alusión al comienzo de este texto, comparte con aquellos tanto unas connotaciones mitológicas constitutivas de su persona (aun siendo mortales son seres por encima de los humanos normales), como ese aire trágico propio del romanticismo, puesto que, al igual que aquellos, Kell está inmerso en un tormentoso camino de redención y expiación tanto personal, como espiritual.
José Ángel de Dios -354-
sus valores y convicciones lo conducen una y otra vez. La otra posibilidad de personaje central que podemos encontrarnos, es la de que se trate de un individuo anónimo que se verá arrastrado a adoptar el rol de héroe. En este caso, ese papel lo suele ejercer un joven o un niño que ha de madurar antes de tiempo para tratar de frenar la maldad que pone en peligro no solo su vida, sino la de cuantos lo rodean, los conozca o no. Estos sujetos, que tienen el destino de todo un mundo en sus manos, y al que todos los demás personajes del libro están supeditados, escribirán su leyenda basándose en su fuerza, su coraje, su capacidad de auto-sacrificio, su honestidad, y unos principios morales que, erróneos o no, son inamovibles. b) Viaje: «Pero un hombre necesita tanta ayuda como pueda conseguir. Debemos advertir a Leanoric» dice Saark en un momento dado. Y es ese, como ha ocurrido desde tiempos de las arcaicas epopeyas griegas, el pistoletazo de salida definitivo para su aventura, lo cual nos conduce al segundo componente de la épica que quiero destacar: el héroe, o los héroes (puesto que durante su travesía, el personaje principal irá rodeándose de nuevos y variopintos compañeros), se ven voluntariamente conducidos hacia una peligrosa y majestuosa aventura que siempre, siempre, siempre, se antepondrá a sus propios intereses personales; viaje este que, pese a que tal vez sea de no retorno para alguno de sus componentes, los conducirá a un éxodo que, de manera inexorable, cambiará para siempre su yo interior y su forma de ver el mundo. Como si de un viaje iniciático se tratase, los personajes que comienzan el periplo no serán los mismos (espiritualmente hablando) que aquellos que consigan llegar al final del mismo. c) Criaturas: «Eran altos, de una altura imposible para un hombre, y portaban blancas túnicas bordadas con fino hilo de oro, cubriendo su huesuda y estirada figura. Sus rostros eran planos, ovalados, carentes de pelo, con pequeños ojos negros, su nariz no era más que un par de ranuras verticales que siseaban con una acelerada y palpitante cadencia.» Esta es la descripción de los Segadores, unos de los muchos entes que pueblan esta historia; y es que, la presencia de seres fantásticos y/o mitológicos, es algo fundamental para la trama; criaturas a las que nuestros protagonistas tendrán que enfrentarse una y otra vez para lograr El viaje no acaba aquí... (sobre fantasía y épica) -355-
En esta pรกgina y en la anterior: Bocetos de Daniel Medina para la portada y algunas ilustraciones interiores.
Miscelรกnea -365-
Los vampiros que ha ideado Andy Remic, tienen su organismo en hibridación con un complejo mecanismo de relojería, con el que está fusionado, lo cual hace que el mecavampiro dependa de dicha maquinaria para subsistir. Toda la maquinaria del interior de un reloj, que responde al nombre de calibre, es diseñada por un relojero. Si tratáramos de simplificar las partes que componen un reloj, podríamos decir que estas son: motor, rodaje y órgano regulador unido al rodaje; y es que, para que un reloj funcione, todas sus piezas deben estar conectadas. Los relojes mecánicos son el resultado de la evolución de los relojes de resortes que aparecieron en la Europa del siglo XV. Hoy en día, pese a que todavía se fabrican, los relojes mecánicos han sido casi desbancados por los de cuarzo.
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Miscelánea -366-
ANDY REMIC Escritor británico autor de numerosas obras de fantasia, cienciaficción y ciencia-ficción militar, como son: Spiral, Quake, Warhead, War Machine, Biohell, Hardcore, SIM, Serial Killers Incorporated, Kell’s Legend, Soul Stealers, Vampire Warlords, Cloneworld, Theme Planet, Toxicity and the anthology, The Clockwork Vampire Chronicles, The Iron Wolves, The White Towers, The Dragon Engine, o Twilight of the Dragons, todas publicadas por Angry Robot Books. Fuera de ese sello, y publicadas por TOR US, ha escrito A Song for No Man’s Land, Return of Souls y The Iron Beast. Entre sus aficiones están montar en bici por la montaña, la escalada, el kick boxing; siente una devoción especial por las motosierras y está contento de que a algunas personas le gusten sus libros. Para más información, podéis visitar su página web: http://www.andyremic.com/ **** DANIEL MEDINA Gran aficionado a los cómics, los videojuegos, el terror y, sobre todo, al dibujo, Nació en Madrid el 27 de Marzo de 1988. Comenzó su formación cursando Bachillerato de Artes en el Instituto Antonio Machado de Alcalá de Henares. Posteriormente, completó su formación en la escuela Arteneo, donde realizó una Diplomatura en Ilustración Digital y Tradicional. En 2012 empezó a colaborar como ilustrador en ESMATER (Escritores Madrileños de Terror) y, al mismo tiempo, en FanZine Zombie. También ha trabajado en diferentes proyectos en editoriales como Palabras de agua, Dolmen, Santillana y Editorial Base realizando tanto ilustraciones interiores como de portada. En 2013 colaboró haciendo
“concepts” para el cortometraje «El cómic» de José Luis Arjona. A partir de ese mismo año, Daniel ha realizado diversos diseños de discos a grupos de rock del panorama nacional, así como ilustraciones de publicidad para empresas como Buenamanera o Kite Team. Para ver sus trabajos podéis seguirle en: Facebook: https://www.facebook.com/danielmedinailustracion.blogspot.com.es Instagram: @danielmedinailustracion
NUESTROS TÍTULOS Línea General -Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont. -El que se esconde, de Tony Jiménez. -Babilonia, de Richard Calder. -La leyenda de Kell, de Andy Remic. **** Próximamente -Los que están muertos os saludan, de Hernán Migoya (Febrero 2017) -Drake, de Peter McLean (Abril 2017) -Un lugar mejor, de Michael Wehunt (Septiembre 2017) -No hay Santos, de Gabino Iglesias (Diciembre 2017) -La oscuridad innombrable, de Ted E. Grau (Enero 2017) ****
Línea Pensamiento Nómada -Juguetes Rotos, de José A. Bonilla. ****
Este libro fue enviado a imprenta en octubre de 2016, mismo mes en el que, 96 años atrás (concretamente el 8 de octubre), nacería Frank Herbert, escritor norteamericano autor de la saga “Dune”.