DRAKE
Peter McLean
Dilatando Mentes Editorial
DRAKE
Peter McLean
Prólogo de Alfonso Merelo Portada e ilustraciones de Daniel Medina Ensayo de José Ángel de Dios
Dilatando Mentes Editorial
Drake Primera edición, abril 2017 Dilatando Mentes Editorial dilatandomenteseditorial.blogspot.com.es facebook/dilatandomenteseditorial dilatandomenteseditorial@gmail.com C/ Rey Jaime I, 7, Ondara (Alicante) Editora: María Teresa Aranda Morata Coordinación editorial: José Ángel de Dios García © de Drake (publicado originalmente por Angry Robot) Peter McLean 2016 © de la portada e ilustraciones interiores Daniel Medina Ramos © del prólogo Alfonso Merelo © del ensayo “Entre alambiques y homúnculos” José Ángel de Dios © de la traducción José Ángel de Dios © de la maquetación, la corrección y la edición Dilatando Mentes Editorial © fotografía de la página cuatro: Peter McLean Tipografía empleada: “Caslon Antique”, obra Freeware de Alan Carr. Imprime Byprint Las ilustraciones e imágenes del apartado “Miscelánea”, son propiedad de sus respectivos dueños y autores, utilizádose tan solo como acompañamiento al texto, como referencia visual a las citas. Al final de dicha sección, están escritos los © de cada una de las imágenes. ISBN: 978-84-945203-6-5 Depósito Legal: A 88-2017 Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta edición sin permiso previo y por escrito de la editorial y los autores.
índice
- Prólogo por Alfonso Merelo . . . . . . . . . . 13 - Drake de Peter McLean -I - II - III - IV -V - VI - VII - VIII - IX -X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI
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- XVII - XVIII - XIX - XX - XXI
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- Agradecimientos . . . . . . . . . . 333 - Entre alambiques y homúnculos por José Ángel de Dios . . . . . . . . . . 333 -Miscelánea . . . . . . . . . . 347
- Ilustraciones por Daniel Medina . . . . . . . . . . 6-7, 11, 64, 164, 313
MĂşsica recomendada para ambientar la lectura de este libro:
Un hombre que está haciendo su verdadera voluntad tiene la inercia del universo para asistirlo. El primer principio de éxito en la evolución es que el individuo sea fiel a su propia naturaleza, y al mismo tiempo se adapte a su medio ambiente.
–Aleister Crowley
La fantasía urbana goza de una excelente salud en la actualidad. La
fantasía, y en su vertiente más terrorífica, se solía desarrollar en parajes aislados, en caserones tétricos o en lugares más o menos solitarios. Hasta que a alguien, y puedo aseverar que no sé quién fue el primero, se le ocurrió situar esas aventuras, las más de la veces tomadas de las más clásicas posiciones del terror, en ambientes urbanos que se asemejaban normales. La afluencia masiva de personas a las grandes ciudades, hacen que esas antiguas historias, construidas a base de mitos muy rurales, se trasladaran de espacio para ser desarrolladas en las ciudades, que son el hábitat actual para más de 2/3 de la humanidad. ¿Cómo narrar un suceso fantástico en ambientes que le son casi desconocidos para la mayoría? ¿Quién conoce un bosque de manera precisa? ¿Quién es el que asume como propios escenarios en pequeños pueblos costeros, o del interior profundo? Casi nadie, porque nos hemos vuelto urbanitas y por tanto nuestro ambiente, sea sano o insano, es el de las grandes avenidas, calles con tráfico y bares y garitos que se encuentran al lado de nuestras casas. La novela negra no tuvo razón de ser en los pueblos de la Norteamérica profunda, salvo alguna excepción notable. Sólo pudo desarrollarse plenamente en los ambientes constreñidos a la ciudad. Pero mientras que este género comienza su auge en la gran depresión del año 1927 y tiene razón de ser casi exclusivamente en las grandes ciudades USA, Chicago y New York en este caso son paradigmáticas, la fantasía urbana, pese a algunos antecedentes, no se desarrolla plenamente en la
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literatura hasta las años 80. En la televisión aparecería unos años después. La fantasía urbana recoge muchos de los tics del género negro. Sus protagonistas son casi sosias de los detectives y policías tipificados en las novelas de Hammet, Chandler, Highsmith o Himes, entre otros. En este caso se trata de magos, nigromantes, cazavampiros, cazadores de brujas, e incluso personajes de la literatura gótica como la criatura de Frankenstein o el vampiro mayor Drácula. Las aventuras de Anita Blake, una cazadora de vampiros que parece inspirada directamente en Buffy the Vampire Slayer (la película de Joss Whedon data de 1992). En el desarrollo de estas fantasías urbanas Buffy Cazavampiros constituye un hito en la difusión de este género. Buffy se desarrolla en un pequeño pueblo con sus costumbres, su high school, su “bar” y su pequeña Universidad. Lo que resulta más relevante es que ese mundo ficticio es aceptado por los habitantes normales de Sunnydale. Este es el rasgo más característico de esta fantasía urbana, la convivencia normal con la magia y los seres extrahumanos. En realidad esto no sería nuevo ya que el entorno de los superhéroes había dado ya esta visión, la incorporación de los superhumanos en entornos normales, sobre todo desde la irrupción de Marvel en los años 60. La novela que se disponen a leer supone el debut como escritor de Peter McLean, un tipo curioso que imaginaba historias desde pequeño cuando estudiaba en la escuela. Compaginó estudios de kung-fu “taoista” con un trabajo de actor alternativo en garitos de Norwich. Actualmente trabaja en una multinacional y según su propia auto-biografía estudió también “magia práctica”. Con estos antecedentes no es de extrañar que su primera novela se integre en ese mundo místico y de la magia oscura en un Londres alternativo, en el que las barreras entre las dimensiones oscuras y nuestro mundo no están claras. Drake es el protagonista de una historia que contiene elementos de múltiples géneros. La novela tiene unos grandes rasgos cómicos, de
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hecho, nuestro protagonista en sus diálogos internos suele hacer chanza de todo y de todos. Drake es una especie de sicario que vive de hacer pequeños trabajos a seres del inframundo. Es un perdedor, como en la buena literatura de género negro, tendente al alcoholismo, con una novia que está más que harta de él pero que le ayuda en lo que puede, y con un compañero de lo más extraño. El universo creado por McLean es curioso en sí mismo. En realidad estamos en un escenario en el que todo es cercano, muy normal. Los demonios y seres supernaturales viven en perfecta armonía con los humanos, o casi, y se comportan como si de un vecino pesado, muy pesado y malvado eso sí, estuviéramos hablando. Este antropomorfismo es el que ancla al lector en la historia, porque pese a que los personajes son raros, y mucho, conservan un parecido razonable con nosotros. Por tanto no estamos ante un horror cósmico ininteligible, sino ante una historia de aventuras que podría desarrollarse en cualquier gran ciudad del mundo, aunque es verdad que Londres tiene un encanto especial. Drake no es el único personaje con garra en esta historia. El mismo “Hombre en Llamas” es un ejemplo de lo que es un colaborador necesario para que el protagonista pueda ejercer su profesión. Y por supuesto, si tenemos demonios humaniformes, no podrían faltar aquí sus oponentes clásicos en la mitología judeo-cristiana, que hacen su aparición en forma de bella guerrera. El autor no prescinde de ningún mito que pueda utilizar para envolver su relato, y lo hace con gran habilidad. Pasen y lean las maravillas de este Londres oscuro y con muchos secretos arcanos. Alfonso Merelo Huelva 14 de febrero de 2017
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Una novela de El Hombre en Llamas
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Para Diane, Hasta el final, y vuelta a empezar.
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Vio mi piedra de poder y me enseñó un Cráneo de Ángel, y no hubo manera alguna de que yo pudiera hacer frente a aquel envite. Tenía un Rey de Corazones y una Torre, lo cual era una muy buena mano para el juego de las Parcas, pero aquella piedra de poder era todo cuanto me quedaba por entonces. Mis manos se mostraban tan ansiosas como una pareja de tejones en celo. Eché un vistazo a mis cartas y la cara del Rey de Copas me
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devolvió la mirada. Parecía borracho y feliz en su ilustrado mundo de naipes. Yo tan solo estaba borracho, y en Londres. Alguien rompió a reír, a lo lejos, al otro lado de aquel local atestado de humo. Oí el tintineo de los vasos al chocar entre sí y el sonido de los dados de otra de las mesas de juego. Desde el otro extremo del velador, Ajenjo comenzaba a mostrar síntomas de impaciencia. Jugueteaba con otro cigarrillo entre sus finos labios grises y lo encendió con la colilla del anterior. Sin tan siquiera mirar, aplastó el inservible en el cenicero a punto de desbordarse que tenía a su lado y expulsó una serpentina de humo agrio en el ya de por sí denso ambiente. Tenía un mechón de su largo pelo pegado a la barba de tres días que cubría sus mejillas. Puso su mano libre en la parte superior de la calavera y la acarició con unos dedos manchados de nicotina que habían adquirido la oscura tonalidad de la caoba. –Y bien, ¿Drake? –dijo–. No tengo toda la maldita noche. Me aclaré la garganta, la camarera llegó hasta mí con una botella y sirvió otra generosa cantidad de whisky en mi vaso. Uno de malta muy caro y añejado. Hice un movimiento con la cabeza en señal de agradecimiento. Es guapa, pensé. Una cola bonita. Otra noche tal vez podría haber intentado algo con ella, pero en aquellos momentos estaba en medio de algo muy serio y necesitaba concentrarme en la partida. Me tomé el whisky de un trago y dejé el vaso sobre la mesa. De nuevo, la Torre. Aquella era la tercera mano que yo había creído como ganadora esa noche, lo que era una clara señal de que no sabía lo que hacía. Eché una mirada a los dos mazos de cartas que descansaban sobre la mesa, el más grueso para los turnos y el más delgado para los arcanos mayores, que eran los que te hacían ganar la partida. Me pregunté si Ajenjo, de algún modo, estaría haPeter McLean -20-
ciendo trampas, pero aquel era una clase de pensamiento demasiado peligroso como para dejarlo vagar libremente. Levanté la mano para aflojarme un poco la corbata y estiré mi cuello dolorido hasta que este emitió un crujido. Ajenjo tamborileaba con sus dedos sobre la calavera, y su enorme y astado guardaespaldas me estaba lanzando una mirada con la que quería decir que sería mejor que no estuviera tomándole el pelo. Me encontré a mí mismo preguntándome dónde podrías comprar un esmoquin que le sirviera a un demonio de casi tres metros de altura, y qué tipo de sastre llegaría a encontrarlo normal. Me di cuenta de que mi atención volvía a dispersarse y me obligué a centrar la mirada en mis cartas. –Está bien, mira –dije, tratando de alejar al descomunal guardaespaldas de mis pensamientos–. Creo que podría estar dispuesto a igualar la apuesta, pero, hummm... –Pero estás sin blanca –concluyó Ajenjo por mí–. ¿Verdad? Me lanzó una sonrisa. Ajenjo tenía una de las sonrisas más repulsivas que he visto en toda mi vida, y apestaba en grado sumo. Podía olerla desde donde me encontraba sentado, separados como estábamos por un metro de tabla y rodeados de una cantidad de humo de cigarrillos tal, que bien podría causar la muerte de un perro pachón. No se trataba del típico olor corporal de no haberse duchado que caracteriza a los mendigos, era peor que eso. Ajenjo, en cierto modo, olía a podredumbre, a enfermedad y a la miseria de los demás. Y a cigarrillos baratos, pensé. Sobre todo, olía a montones y montones de cigarrillos baratos. –Sí –admití–. Me temo que me has dejado limpio. –Gilipollas –dijo, y sus ojos mezquinos brillaron cuando me miró–. Es posible que –prosiguió–, pueda hacer algo respecto a eso. Aquello provocó un tic en mi alma de jugador. Hice un gesto para coger mi vaso, pero recordé que estaba vacío. En su lugar, eché Drake -21-
un vistazo al club con aire de superioridad. Habría unos veinte jugadores apostando aquella noche, en una mezcla de ellos y nosotros. Sobre todo de ellos. El club de Ajenjo era privado, por descontado, y obviamente no era accesible para el gran público. Diablos, ni siquiera era visible para la gente de a pie. Te lo pasarías de largo si no supieras el punto exacto del callejón en el que debías detenerte, y mucho menos qué húmeda pared de ladrillos repleta de graffitis escondía el glamour1 de la puerta principal. Y aunque lo supieras, tan solo se podía acceder al interior con invitación. –¡Oh! –dije–. ¿Cómo es eso? –Podría concederte algo de crédito –respondió–. Lo suficiente al menos como para que finalices esta partida. –¿Por qué harías algo así? –pregunté. Se encogió de hombros–. Sé que me lo pagarás –apuntó–. De todos modos, me caes bien, Drake. No me lo creo, pensé. A ti no te cae bien nadie. Tenía el Rey de corazones y la Torre, y yo, de verdad, de verdad de la buena, quería el Cráneo. Había infinidad de cosas que podía hacer con el Cráneo de un Ángel. Nuestras miradas se cruzaron, y traté de adivinar qué era lo que estaba tramando. Si me retiraba del juego ahora, perdería mi piedra de poder. Si me lanzaba a por ello, si ganaba, me marcharía con los dos objetos y, además, con una gran cantidad de dinero en el bolsillo. ¿Qué tienes, pequeño bastardo? La camarera me estaba llenando el vaso de nuevo. Realmente, tenía una colita preciosa, pensé mientras se alejaba. Los demonios no eran en absoluto mi tipo, pero en su caso, estaría más que agradecido de hacer una excepción. Idiota. Como si ella fuese a querer. Me tomé 1 Originalmente, este término hacía referencia a un hechizo mágico que influía en la alterada percepción visual que los demás tenían de una persona o cosa.
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la bebida y tosí, sintiendo el golpe del whisky añejo quemándome en el trayecto que comprendía desde mi garganta hasta las tripas. Me percaté de que había unas cuantas personas mirándonos. Bueno digo eso, pero puede que estuviera exagerando un poco. Aquél, después de todo, era el club de Ajenjo. Miré de nuevo lo que había detrás de mí, tomándome mi tiempo en ello. La multitud había cambiado, y los únicos “nosotros” que podía ver en aquellos momentos eran un anciano hombre vudú que conocía de vista, con su rostro negro brillando por el sudor bajo el ala de su sombrero de copa fabricado de seda, y una mujer que rondaba los cincuenta años, dándose aire con un abanico de plumas de pavo real, lentamente, de arriba abajo, sobre a su rostro. En verdad, no conocía al hombre vudú, pero me había cruzado con él en muchas ocasiones y siempre me había llamado la atención su apariencia. Era un anciano muy interesante, ¿sabes? A la mujer no la conocía en absoluto. Luego estaban todos los “otros”, astados, con escamas, emplumados, o repletos de púas y espinas, o alguna desagradable combinación entre cualesquiera de ellos. Todos estaban muy bien vestidos pero cada uno estaba borracho en un grado diferente, aunque con ese tipo de comportamiento respetable que solo las personas con elegancia parecen ser capaces de manejar. Ellos también precisaban de invitación para acceder al club, y Ajenjo no dejaba que entrase en él cualquier demonio. En la planta baja, había un bar para la plebe. Mi mirada viajó hasta el hombre vudú de corbata blanca, frac y sombrero de copa. Tenía un vaso de ron en una mano y, por lo que vi, su otro brazo se encontraba alrededor de la camarera con cola. Me hubiera gustado sentirme irritado por aquello, pero por alguna razón no pude. Que tengas suerte, amigo, pensé por el contrario. Él estaba acariciando sus caderas con unos dedos relucientes por sus diamantes. Me guiñó un ojo, y me encontré a Drake -23-
mí mismo respondiéndole con una sonrisa. ¡Oh! Si mi padre se hubiese parecido un poco más a usted, pensé. ¡Oh! ¡Rayos! ¿Por qué no? –De acuerdo –dije al fin–. Finánciame y voy. Ajenjo asintió–. Trato hecho –replicó. Dejé mis cartas sobre la mesa. Ajenjo echó una larga y meticulosa mirada a mis naipes y, poco a poco, sacudió su cabeza. Mostró las suyas dejando al descubierto un full y la carta del Juicio. Bastardo. –No es tu noche de suerte, Drake –dijo. Empujé mi silla hacia atrás, separándome de la mesa, y tambaleándome cuando me puse de pie, sintiendo la punzada caliente del whisky golpeándome de nuevo. Me temblaban las rodillas, y me agarré al borde de la mesa para mantenerme erguido. –Despacio –apuntó el guardaespaldas de Ajenjo. Respiré hondo, con mis tripas retorciéndose en una arcada, como si me desvaneciera. Había perdido la partida, había perdido mi piedra de poder, y había contraído una gran deuda con Ajenjo. –Estoy bien –murmuré–. Tan solo necesito algo de aire. –Tienes razón –dijo el esbirro, con una amabilidad mayor de lo que cabría esperar de un monstruo de casi tres metros de altura con cuernos. –Vete a casa Drake –dijo Ajenjo mientras se encendía otro cigarrillo–. Estaremos en contacto. Como dije antes, ya me lo pagarás. *** Por descontado, no se podía confiar en mí. No desde hacía mucho. Era tan mal pagador que, de hecho, tuve que ir caminando hasta casa desde el club. Es muy triste cuando no te puedes permitir un Peter McLean -24-
jodido taxi. Y yo odio caminar. Después de todo, estoy a punto de llegar a los cuarenta y, en mi opinión, ese debería ser suficiente ejercicio para cualquiera. El sur de Londres es jodidamente desapacible a las tres de la mañana cuando llueve y hace frío pero, al menos, esta parte de la ciudad es lo suficientemente desagradable como para que ni los atracadores se atrevan a rondarla pasada la medianoche. Los Velos son tan finos aquí que todo tipo de cosas pueden escaparse desde el otro lado hasta este, como sucede con cierta frecuencia. Después de todo, el club de Ajenjo no estaba situado allí porque sí. Maldición, después de la agradable calidez del local, el exterior resultaba helador. Al menos, tenía la calle para mí solo. Recorría mi camino zigzagueando, con mis manos enterradas en los bolsillos de mi abrigo, el cuello del mismo subido, y mi pelo húmedo pegado a la frente. La fría lluvia estaba comenzando a despejarme, y eso era lo último que quería en aquel momento. –Jodidas Parcas –dije para mí mismo–. Jodido Ajenjo. Capullo. Me metí en un callejón a hacer pis, resguardándome de la lluvia tras unos grandes contenedores de basura de tamaño industrial. Por alguna razón, no soy capaz de orinar con facilidad cuando he estado bebiendo whisky, y debí permanecer allí más tiempo del que sería razonable. Me di cuenta de que todo se había vuelto de repente muy oscuro. Algo carraspeó detrás de mí. –Márchate –dije. Las tinieblas cayeron sobre mí, y las sentí tan densas como la miel al tiempo que me subía la cremallera y me volvía para enfrentarme a quien había gargajeado. Fui incapaz de ver algo, pero sabía, más o menos, dónde podía encontrarse, del mismo modo que estaba completamente seguro de que me estaba mirando. –¿Vas a mantener nuestro trato, o vamos a pelear? –pregunté. Drake -25-
La penumbra se agitó una vez más, ondulante, y comenzó a desvanecerse hasta que, de nuevo, quedó al descubierto la pared que tenía frente a mí. Vi cómo el borrón de oscuridad se arrastraba calle abajo, si es que las sombras podían hacer tal cosa. Por supuesto, se trataba tan solo de un truco barato, pero era preferible eso a tener que ver aquello que se escondía en su interior. Era algo que sabía por propia experiencia. Llegué a un acuerdo con las criaturas de la noche de aquella parte del sur de Londres cuando llegué a esta ciudad, y los términos de aquel trato eran muy simples. Si ellos no me molestaban, yo tampoco lo haría. Sabían bien que, si lo rompían, las consecuencias no les iban a gustar en absoluto, y se habían mostrado más que agradecidos de aceptar mi propuesta. Algunas veces, me veía obligado a recordarles quién estaba al mando, eso era todo. En caso de que haya alguna sombra de duda, ese soy yo. Sacudí la cabeza y regresé a la calle principal, golpeándome en el hombro con la pared cuando lo hice. Tal vez, después de todo, no se me había pasado la borrachera. Finalmente, llegué a mi casa. Mi hogar era mi oficina, que estaba por encima de los locales comerciales de los nativos de Bangladesh que pululaban por la calle mayor. Clásico, lo sé. Por lo menos, tenía mi propia puerta principal al nivel de la calle, con mi propia placa y todo. En ella se podía leer, en grandes y bonitas letras doradas, “Don Drake, Hieromante”. Bueno, así había sido hasta que algún bromista había tachado con spray la palabra “Hieromante” y la había escrito debajo “gilipollas”. Tenía intención de hacer algo al respecto, pero seguía sin ponerme a ello. Apoyé mi frente contra la puerta mientras buscaba las llaves en los bolsillos de mi abrigo. Conseguí acertar con la cerradura al tercer intento, tropecé en la entrada y casi tuve que subir a rastras Peter McLean -26-
las escaleras de madera virgen que conducían hasta mi despacho, dejando tras de mí un reguero de agua. Tenía un par de habitaciones en la parte de atrás, una en la que hacía la vida diaria, y otra en la que trabajaba, pero guardaba el alcohol en la oficina. Arrojé mi empapado abrigo sobre el sofá, me dejé caer en la silla giratoria de cuero desgastado y abrí el último cajón de mi escritorio. En su interior, había una botella de whisky a medio beber y un par de vasos relativamente limpios. El whisky era mucho más barato que el que servía Ajenjo, pero era millones de veces mejor que nada. Hice caso omiso de los vasos y bebí directamente de la botella que, si lo piensas detenidamente, también era de cristal, por lo que, ¿qué diferencia había? Tampoco es que tuviese a alguien con quien compartirlo. Me lo acabé y dejé que mis ojos se cerrasen. ¡A la mierda! *** El teléfono me despertó con una dolorosa sacudida. Me dejé caer hacia delante sobre mi escritorio, mis dedos estaban todavía cerrados alrededor de la botella vacía. Busqué a tientas sobre la mesa con mi mano derecha, y entonces me di cuenta de que era esa la mano con la que sujetaba la botella, e hice una mueca de dolor mientras el cristal rodaba y se hacía añicos al estrellarse contra el robusto suelo de madera. Lancé un gemido y dejé que se activara el contestador automático. Se escuchó un pitido y un ligero chasquido, así como el traqueteo característico del mecanismo de la vieja cinta de casete que volvía a la vida. –Buenos días, Señor Drake –dijo una voz femenina. Sonaba muy profesional y un tanto irritada, como si llamar a gente como yo estuviera, por así decirlo, por debajo de su categoría. Para ser justos, era muy probable que fuera así–. Soy Selina, de la oficina Drake -27-
del Señor Ajenjo. El Señor Ajenjo le estaría muy agradecido si usted le devolviera esta llamada esta misma mañana para definir las condiciones del pago de su deuda. Que tenga buen día. Fruncí el ceño. ¿Ajenjo? ¿Qué demonios querría...? ¡Oh! No... Mi memoria ebria se perdía en las confusas punzadas de mi cabeza, y me entraron ganas de llorar. Mi piedra de poder. Había apostado mi piedra de poder, ahora lo recordaba, y no solo eso, también le debía a Ajenjo una cantidad equivalente al valor de un Cráneo de Ángel. Me horrorizaba si quiera pensar a cuánto podría ascender, y en que si habíamos acordado un precio la noche anterior, yo estaba demasiado borracho en aquellos momentos como para recordarlo. La piedra de poder había sido el último artefacto de energía que me quedaba. El resto... bueno. Digamos que siempre se me ha dado mejor beber que jugar con las Parcas. Con ritmo pausado, me obligué a mí mismo a sentarme, y tuve que apretarme el estómago con la mano cuando un reflujo ácido de whisky a medio digerir me abrasó desde donde se encontraba, alcanzando la garganta y casi la parte posterior de la boca. Me vi en serios apuros para no vomitar antes de que, con una mueca de dolor, lo devolviera a donde le correspondía. Tal vez, ahora que pienso en ello, puede que tampoco se me haya dado bien beber. Por descontado, la piedra de poder no era para nada el último objeto que me quedaba, pero si me planteara apostar cualquiera de los otros, tenéis mi permiso para pegarme un tiro en la cabeza sin dudarlo. Hice un gran esfuerzo por levantarme y me arrastré a través de la oficina para echar una ojeada. Por supuesto, el letrero de la planta baja no era del todo honesto. Bueno, supongo que la parte que dice gilipollas sí que podría serlo, pero no la de hieromante. Por si lo desconoces, la hieromancia es la técnica de adivinación a través de la lectura de las Peter McLean -28-
entrañas en un sacrificio, y aunque sé hacerlo, esa no era mi ocupación principal. Después de todo, incluso un hombre con un talento como el mío para esas tonterías, tendría problemas para ganarse la vida con las tripas de una paloma. No, el dinero de verdad llega de los maleficios. Conjurar y lanzar un maleficio es la disciplina más antigua de la magia, y siempre ha sido la más peligrosa y la más vetada. Debería ser evidente, además, que es la más lucrativa. Eso es lo que pagaba realmente el alquiler y me permitía emborracharme. Abrí la puerta de mi despacho y miré al Hombre en Llamas. –Buenos días –dije. –Tienes la misma pinta que un zurullo caliente –apuntó–. ¿Qué pasa? El Hombre en Llamas era un amuleto de veintitrés centímetros de altura que tenía sobre un altar en el extremo más alejado de mi oficina. Diminutas esposas metálicas rodeaban sus muñecas y tobillos, ligadas a cadenas que estaban firmemente ancladas a la parte superior del tabernáculo de roble macizo. Por cierto, era el objeto más poderoso que yo había tenido jamás, o incluso que yo hubiera visto. En el suelo de la estancia, había sido grabado a conciencia un gran círculo de invocación extraído del maravilloso grimorio Lemegeton Clavicula Salomonis, La Llave Menor de Salomón2, del que podía hacer uso por medio del Hombre en Llamas con el fin de invocar demonios y hacer que cumpliesen mis órdenes. Algunas personas, no exactamente del tipo de gente con la que te reunirías para tomar el té, pagarían una vergonzosa 2 También conocido como Lemegeton, es un popular grimorio de autoría anónima del siglo XVII, aunque muchos de los textos que contiene datan del siglo anterior. El libro en cuestión recoge conjuros para invocar diferentes espíritus, y obligarles a cumplir la voluntad de quien les ha llamado. También se explica el proceso para fabricar amuletos y elementos indispensables para el ritual.
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cantidad de dinero con tal de que le envíes un demonio a alguien. –Estoy de mierda hasta el cuello –admití. El Hombre en Llamas, soltó una risa burlona–. Entonces, como siempre. Me pasé las manos por la cabeza y suspiré. El único problema con todo aquello era que el Hombre en Llamas no estaba tan ligado a mí como yo hubiera querido. Por descontado, hacía lo que yo le pedía, tenía que hacerlo, pero, incluso así, mostraba una actitud inadecuada. Por no hablar de su boca insolente. Dejé caer la arrugada chaqueta de mis hombros con la que me había quedado dormido la noche anterior y la arrojé contra una esquina, bastante lejos del círculo. Me percaté de que tenía manchas de sudor resecas en mi camisa blanca. Muy elegante. Me deshice también de la corbata, arrugada como la vieja cinta de una máquina de escribir después de haber pasado toda la noche boca abajo sobre el escritorio, y la dejé caer al suelo. Mis manos buscaban los botones de mi camisa sucia. –¿Cuál es el problema esta vez? –me preguntó el Hombre en Llamas. Lo miraba mientras me despojaba de la camisa. Como he dicho, era pequeñito, pero era horrorosamente realista. Cada milímetro de su diminuto cuerpo desnudo estaba carbonizado y repleto de ampollas, su piel se agrietaba y abría en distintas zonas para dejar al descubierto furiosas, rojizas y dolorosas quemaduras que se ocultaban bajo su piel. Era absolutamente repugnante, y aquella maldita cosa estaba siempre hambrienta. –Ajenjo –respondí–. He contraído una deuda con él y no puedo pagarla. Me acerqué hasta el altar, y me agaché, ofreciéndole al Hombre en Llamas mi pecho lleno de cicatrices. Peter McLean -30-
–De nuevo, has estado jugando a las Parcas, ¿no es así, estúpido? –dijo–. Por casualidad, ¿no estarías también bebiendo más de la cuenta? Gruñí mientras se abalanzaba sobre mí y clavaba sus minúsculos dientes, afilados como agujas, en mi carne, justo por debajo de mi pezón izquierdo. Comenzó a mamar, con la sangre derramándose por su barbilla desde la herida abierta. –¿Se trata de alguna reprimenda católica? –musité, gesticulando con dolor–. Necesito que te encargues de solucionar mi problema. El Hombre en Llamas se apartó de mi pecho y me miró. –¿Con Ajenjo? –preguntó–. ¿Ese Ajenjo? ¿Ajenjo el Archidemonio? ¿Estás mal de la cabeza? –¿Qué cuántos Ajenjos conoces? –espeté– Sí, es ese. –¡Oh, querido! –dijo–. ¡Dios mío! ¡Oh, Cielos! ¡Madre mía! Deberías prestar atención en el futuro a con quién juegas a las cartas. Volvió a inclinarse hacia delante y, de nuevo, mordió mi torso, un poco más fuerte de lo que era necesario según mi parecer. Cosa horrible. –Tienes que hacerlo –le recordé–. Me perteneces, Hombre en Llamas. Te lo ordeno. Una vez más, echó su cabeza hacia atrás sin abrir la boca, llevándose con rencor una pequeña trozo de sangrante carne de mi pecho. Aullé de dolor y medio levanté la mano para golpearlo antes de recordar que, hacerlo, habría sido la mayor estupidez que podría haber cometido. Tuve que recordarme a mí mismo que aquello no era más que la réplica de un demonio, pero no el verdadero demonio. El real era algo en lo que prefería no pensar. Bajé mi brazo y lo fulminé con la mirada. –Vete a la mierda –dijo con la boca llena de carne. Drake -31-
–Te lo ordeno –repetí–. Necesito un Cráneo de Ángel. Pero ya. El Hombre en Llamas se burló de mí–. Si pudiera hacer aparecer cosas no estarías sin blanca, ¿verdad? –se mofó–. No puedes obligarme a realizar cosas que soy incapaz de hacer, no funciona de ese modo. Suspiré. Por supuesto, aquel abominable ser tenía toda la razón; no funcionaba así en absoluto. Me puse de pie y, con un quejido, me froté los ojos con los puños. Podía sentir la sangre caliente manando de donde había recibido el bocado, derramándose por mi torso. La cabeza me latía con fuerza, y comenzaba a reconsiderar muy seriamente vomitar todo lo que tenía en el estómago. –Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer? –pregunté. Se encogió de hombros, haciendo resonar sus finas cadenas de hierro. –No hay nada que puedas hacer –respondió–. No puedes pagarle y ya está. Tan solo tienes que decírselo y esperar a ver qué ocurre. –¿Cuál –pregunté muy despacio, temiendo la respuesta– es el valor exacto de un Cráneo de Ángel? Tras escuchar su respuesta, vomité sobre mis zapatos. *** Cuando me hube duchado y arreglado un poco, me vestí con ropa limpia y acabé de barrer los cristales de la botella rota, ya era mediodía. Mi cabeza todavía parecía tener una banda de música atrapada en su interior pero, al menos, habían desaparecido las arcadas. Salí del baño y miré hacia la puerta cerrada de mi oficina. Había tenido que dejar allí dentro al Hombre en Llamas, puesto que no podía aguantar su risita por más tiempo. Cogí el teléfono y llamé a la oficina de Ajenjo. Peter McLean -32-
–Hola Selina –dije cuando ella contestó desde el otro lado, tratando de utilizar el encanto como táctica–. Don Drake al aparato, ¿cómo va todo? –Señor Drake –respondió–. Confío en que se haya recuperado de lo de anoche. –Ah, ya sabes, un ligero dolor de cabeza pero, por lo demás, todo perfecto –mentí, y forcé una risa–. Ya sabes lo que es. –En verdad, me temo que no –replicó, y casi pude escuchar la expresión agridulce de su rostro–. El Señor Ajenjo está reunido en estos momentos. Le diré que ha llamado. –Sí, hablando de eso –dije–. Estaba pensando, bueno, que tal vez sería mejor si me dejaba caer por su oficina y me encontraba con él en persona. Tenemos algunos asuntos que atender, ya sabes, y tal vez hablarlo cara a cara sea lo mejor. Selina aspiró aire con desaprobación. Tenía la extraña sensación de que ella sabía exactamente lo que yo quería decirle a Ajenjo. –Es un hombre ocupado –replicó, y escuché el clic de un teclado mientras revisaba la agenda–. Puedo conseguirle un cuarto de hora esta tarde, a las cuatro. En el club, no en la oficina de Londres. –Las cuatro me parece perfecto –respondí. –Lo dudo mucho –dijo antes de colgar. Miré el teléfono como un estúpido durante un buen rato, y luego lo dejé en su sitio. Adiós a mi encanto. Tenía tres maravillosas horas que consumir antes de dar un paseo hasta el club. No soportaba la idea de comer, y estuve tentado de tomar una copa para calmar mis nervios, pero no creía que mi estómago pudiera soportarlo todavía. Por un momento, pensé en hacerle una visita a Debbie, pero nuestra relación intermitente llevaba ya una larga temporada en modo off. Además, si Drake -33-
ella decidiera sorprenderme y retomar nuestro noviazgo de nuevo, no creo que yo pudiera estar a la altura. –¡Rayos! –murmuré, y cogí el abrigo de recambio que tenía colgado en la puerta del dormitorio–. Siempre me queda el Gran Dave. Salí de casa. Había una cafetería más adelante, en la calle principal, cerca de los puestos de los comerciantes de Bangladesh. Un café como es debido, no uno de esos que adquieres en una de esas cadenas de café norteamericanas que pensaban que lo correcto era cobrarte cuatro jodidas libras por un tarro de espuma. Me detuve a cerrar con llave la puerta que tenía a mis espaldas, y me di cuenta de que algún capullo había grabado bajo mi placa la palabra “borracho” por delante de la de “gilipollas”. Alguien debía haberme visto llegar a casa la noche anterior. Creo que, realmente, debería hacer algo con aquella chapa, pensé. Sí, debo hacerlo, pero será en otra ocasión. Entré en la cafetería para ser recibido por el omnipresente olor a beicon y grasa quemada. –¿Todo bien, Rosie? –preguntó el Gran Dave desde su asiento detrás del mostrador. –Ponme un café, Dave –dije–. Bien cargado, sé bueno. Me senté junto a la ventana y cogí el periódico que alguien había dejado sobre el hule. “Rosie Lee” es el término cockney3 que se utiliza para referirse a una “taza de té”, y por si no lo sabes, yo odio el té. Ni siquiera lo he probado. Estrictamente, soy un hombre de café, es por eso por lo que el Gran Dave me llama Rosie. Humor británico, ¿sabes? Acabas acostumbrándote. En el caso de que te lo estés preguntando, el verdadero nombre de Dave es Dave, 3 Un cockney es un habitante de lo bajos fondos del East End Londinense. Se les reconoce por un dialecto y acento distintivo.
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y sí, él es un tipo grande. Para que te hagas una idea del nivel que tienen las bromas de por aquí. El Gran Dave me trajo una taza un tanto picada aunque casi limpia de espeso café negro, y le di una libra. Esto es lo que el café debería ser, nada de lo que vende esa industria del café aguado4, muchas gracias. Lo saboreé y pasé las hojas de un periódico abandonado, matando el tiempo. Por el momento, tenía aquel lugar para mí solo, pero sabía que podía atestarse de gente con ganas de almorzar a no mucho tardar. El persistente olor del beicon del desayuno era bastante malo, y pensaba que mi estómago no podría quedarse impasible ante la visión de la gente dando buena cuenta de sus bocadillos. Y sabía qué sería eso lo que comerían, porque era prácticamente la única cosa del menú. Me entretuve con el diario y traté de no pensar en ello. –¡Eh, Rosie! –dijo el Gran Dave después de unos veinte minutos–. ¡Echa un ojo ahí!5 –¡Cielo santo! –respondí. Era increíblemente hermosa, no había otra palabra para describirla. Me refiero a que no había palabras para plasmar cuánta era su belleza. Era alta y rubia, embutida en un ajustado abrigo de cuero negro, y su cabello reluciente estaba recogido en una larga trenza que caía hacia delante sobre su hombro, para descansar sobre una curva perfecta. Estaba de pie en el exterior, en frente del café, al lado de los quioscos de prensa y miraba fijamente a través de la carretera en dirección a los puestos de comida. 4 En el original, “crapachino”, que es el término coloquial que se utiliza para referirse a un café de mala calidad pero que, por el contrario, es monetariamente caro, siempre por encima de las cuatro libras. 5 En el original, “Have a butchers at that!”. “Have a bucther’s” es una frase cockney que se emplea para decir “echa un ojo”.
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–Lo que daría por un pedazo de eso –musitó el Gran Dave para sí mismo pero, en verdad, yo no lo estaba escuchando. Yo la miraba a ella. Ahora bien, ya que es hora de confesiones, te diré que a pesar de todas las habladurías, yo no soy realmente tan bueno con la magia como se piensa. Quiero decir, sí, puedo hacer adivinaciones, destierros y algunas otras cosas de pequeña envergadura, pero todas las cosas realmente importantes que hago, vienen dadas a través del Hombre en Llamas, no de mí. Mis disculpas, pero así es como son las cosas. Algo que puedo hacer por mí mismo es ver el glamour y las auras, y fueron esas dos cosas las que realmente me dejaron tocado al ver a aquella rubia impresionante. Lo primero fue su aura. Hoy en día, las auras tienen poco sentido a no ser que seas un mago y sepas qué hacer con ellas; todo el mundo tiene una, pero por norma general son como una especie de pelusa azulada y sin brillo pegada alrededor de la gente. La mayoría de las veces, no me molesto ni en mirarlas. La suya, por otra parte, era de un blanco brillante tan luminoso, que podía verla con toda claridad desde donde estaba sentado sin necesidad de esforzarme en ello. Eso, por decirlo de alguna manera, era jodidamente extraño. El otro elemento que llamó mi atención, fue el glamour, más bien el hecho de darme cuenta de que era algo de lo que carecía por completo; realmente, era tan encantadora… –¿La conoces? –preguntó Dave. –¿Qué? No, no la había visto en mi vida –dije. Lo cual era una lástima. Tengo que admitir que tengo debilidad por las rubias. –Bueno, pues está mirando hacia tu choza6 –apuntó. Y me di cuenta que tenía razón. No eran las tiendas de comestibles lo que ella estaba observando tan fijamente, era la ventana que había sobre 6 En el original, “gaff”, que es un vocablo irlandés que se utiliza para referirse a un tugurio, un cuchitril, una casa en absoluto lujosa.
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ellos. La ventana de mi oficina. Cuando me puse en marcha para tratar de descubrir qué sucedía, un autobús de dos pisos pasó por delante, y cuando el vehículo desapareció de mi vista, ella también se había esfumado. –Si parpadeas, te lo pierdes –dijo el Gran Dave acertadamente–. Deberías haber salido y haber hablado con ella mientras tuviste tu oportunidad, ¿no? –Hummm –dije. Para ser honestos, no estaba seguro de eso. Podría parecer una preciosidad, pero había algo en ese aura blanquecina que me molestaba horrores. Me di cuenta de que mi café estaba casi frío y que, de todos modos, la hora acordada con Ajenjo se acercaba. Por el lado positivo, pensé que mi resaca parecía haberse disipado durante el tiempo que estuve allí sentado. –Prepárame un bocata de beicon, amigo –le dije. El Gran Dave estuvo ocupado por un par de minutos y me marché comiendo de una bolsa de papel llena de pan y grasa caliente, sintiéndome mejor de lo que me había sentido en días. En determinadas ocasiones, el buen café puede obrar milagros. *** Faltaban diez minutos para las cuatro cuando me introduje en el callejón que llevaba hasta el club de Ajenjo. Había estado allí tantas veces, que conocía el lugar exacto en el que detenerme sin necesidad de pararme a buscar el glamour. Moví mi mano sobre la pieza exacta de ladrillo cubierta de graffiti y recité en voz baja las palabras que me permitirían la entrada, antes de caminar hacia el interior del muro. Cuando lo atravesabas, te daba la impresión de estar traspasando una fría y pegajosa tela de araña gigantesca, pero eso era Drake -37-
todo. Había un lujoso bar al otro lado, en el que la plebe que no había sido invitada al club en sí, tendía a pasar la noche. En esos momentos, las luces principales estaban encendidas, confiriéndole un aspecto sucio y sórdido. Por alguna razón, los locales nocturnos siempre se ven asquerosos durante el día. No sé el motivo, pero es así. Alguien debería hacer un estudio sobre eso, conseguir una beca para ello. El bar estaba vacío, a excepción del guardaespaldas de Ajenjo. Había cambiado el traje de la otra noche por unos vaqueros gastados apretados sobre sus enormes muslos, y el jersey negro de punto más grande que jamás había visto. Sea como fuere, parecía más gigantesco de lo que recordaba. Era calvo como una bola de billar, y dos enormes cuernos sobresalían de su frente. Las mangas del suéter estaban recogidas sobre unos antebrazos que parecían tan anchos como las piernas. Le hice un gesto con la cabeza. –Buenas tardes –dije–. Tengo una cita con tu jefe. –Eres Drake –respondió–. Sí, Selina me ha enviado un mensaje diciéndome que ibas a venir. –Sacó el móvil del bolsillo de sus pantalones y me lo enseñó, por si yo no entendía lo que quería decir. Parecía orgulloso–. Vamos arriba. Me condujo hasta la escalera de gruesa moqueta roja y, desde allí, al club que había en la planta superior. También allí estaban encendidas las luces, arruinando por completo la atmósfera habitual. Eché un vistazo alrededor, preguntándome cómo diablos conseguía ese lugar parecer tan elegante por las noches. Os diré que hay unas inminentes tesis doctorales que estudian la falta de encanto de los clubs nocturnos por el día. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí mientras todavía era estudiante. Algo demasiado alto y demasiado delgado estaba de pie tras un mostrador de cristal pulido. El propio Ajenjo estaba sentado en Peter McLean -38-
un sillón cerca de los ventanales, fumando y leyendo el Financial Times. Tenía la ceniza de un cigarrillo sobre la solapa de su vistoso y caro traje negro, y todavía no se había afeitado ni lavado el pelo. Llegados a este punto, te diré que pienso que nunca lo hacía. Levantó la vista y me vio. –Drake –dijo Ajenjo con un movimiento de cabeza–. No quisiera ser grosero, pero no dispongo de mucho tiempo. ¿Qué es lo que me has traído? Carraspeé. Podía sentir el bocadillo de beicon del Gran Dave dando vueltas en mi estómago, como si de repente se hubiera llenado de gusanos. Sabía que aquello no iba a salir bien. Durante todo el trayecto hasta allí, había estado dándole vueltas a lo que le iba a decir, pero mis pensamientos volvían una y otra vez a aquella mujer rubia. No tenía ni la menor idea de lo que iba a contarle. De nuevo, me aclaré la garganta. –Oh, querido –dijo Ajenjo, entrecerrando los ojos hasta que adoptó la apariencia de alguna especie de escurridizo roedor–. No me has traído una mierda, ¿verdad? –Yo, eh –dije–. Hummm… –Por el amor de Dios –espetó Ajenjo–. Golpéale Connie. No sé cómo algo tan grande podía moverse tan rápido, pero el caso es que lo hizo. El descomunal puño del guardaespaldas golpeó en mis tripas con una fuerza idéntica a la de un tren, y después de eso, no sé cómo, yo estaba en el suelo a cuatro patas, luchando por respirar, a unos dos metros del lugar en el que había estado de pie. El bocadillo de beicon regresó al mundo de los vivos sobre la alfombra de Ajenjo. –Asqueroso –dijo el esbirro, cuyo nombre, entre otras cosas, parecía ser Connie. Hablaba en serio. Me limpié los mocos y el vómito de la boca Drake -39-
con el reverso de la mano y me atraganté una vez más. –Mira, Ajenjo –jadeé–, dame unos días y encontraré el modo de... –No –me cortó Ajenjo–, no lo harás. ¿Tú que crees, Connie? –Lo dudo mucho, Señor Ajenjo –respondió Connie. –Lo que vas a hacer –prosiguió Ajenjo–, es exactamente lo que yo te diga que hagas. ¿Lo entiendes, Drake? Asentí con la cabeza, tratando de recuperar el aliento. No lo entendía; no del todo, pero eso no viene al caso. Lo único que sabía es que no quería que Connie me golpeara de nuevo. –Buen chico –dijo–. Ahora, los dos sabemos que no tengo ni una maldita posibilidad de que me pagues lo que me debes, por lo que vamos a discutir el modo de condonar la deuda. ¿Te parece justo? Estando de rodillas frente a él, inmerso en el charco de mi propio vómito, no era exactamente la posición más ventajosa para negociar, así que tan solo me limité a asentir de nuevo. –Levántalo –ordenó Ajenjo. El gigantesco sicario me cogió del pescuezo, con una sola mano, y me dejó caer en el sillón que estaba frente a Ajenjo. Lancé un quejido. –Gracias, Connie –murmuré. –En verdad, mi nombre es Constantinos –dijo–, pero no te preocupes por ello. Connie está bien. –Bien –comenzó Ajenjo–, tengo un problema. Y tú vas a encargarte de solucionarlo por mí. –¿Qué clase de problema? –pregunté. –De los que tú sueles ocuparte –replicó–. Necesito eliminar a algunas personas. –¿Personas? –repetí. Peter McLean -40-
–Sí, humanos –respondió–. Quiero decir, si se tratara de los de mi propia especia, me ocuparía yo mismo, pero mis chicos son un poco… Le hizo un gesto con las manos a Connie, que se mostraba amenazante tras su sillón, con sus cuernos casi rozando el techo del club. –¿Conspicuos? –sugerí. –Sí, conspicuos. Esa sería una buena palabra para definirlos –dijo–. Ellos son conspicuos, pero tú no. Así que te vas a encargar de esto por mí. Invoca y envía algo, o ve allí y dispárales en la jodida cabeza, me tiene sin cuidado. No me importa cómo lo hagas, pero vas a hacerlo, Drake. Me lo debes. –¿Exactamente, de quién estamos hablando? –pregunté. Entonces, me lo dijo, y comencé a sentirme mal otra vez.
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En la página anterior: Pentáculo de “La llave de Salomón”, también conocido como Lemegeton. Es un popular grimorio de autoría anónima del siglo XVII, aunque muchos de los textos que contiene datan del siglo anterior. El libro en cuestión recoge conjuros para invocar diferentes espíritus, y obligarles a cumplir la voluntad de quien les ha llamado. También se explica el proceso para fabricar amuletos y elementos indispensables para el ritual. En esta página (arriba): Cuadro de Dante Gabriel Rossetti titulado “How they met themselves” (1860) y que plasma el concepto de doppelgänger al que se hace alusión en la novela. Palabra de origen alemán que sirve para referirse al doble fantasmagórico de una persona viva. 1796 es la fecha en la que se cree que se registró por primera vez este vocablo, y fue gracias al novelista Jean Paul. El término se atribuye para referirse a un gemelo malvado, para explicar el fenómeno de la bilocación y es un augurio de mala suerte o de muerte.
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En esta pรกgina (al lado): Diagrama de Heinrico Khunrath. En esta pรกgina (abajo): Grabado que representa el laboratorio de un alquimista.
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Cuadro de William-Adolphe Bouguereau “The Remorse of Orestes” (1862), que representa a las Furias, también conocidas como Erinas (en la mitología griega). Eran divinidades del averno, aladas y con serpientes por cabellos; diosas del tormento y la venganza que perseguían a quien quebrantara un mandato moral, principalmente cuando eran de carácter familiar. Surgieron de la sangre de Urano cuando fue mutilado por Saturno, su hijo. Eran tres: Alecto, la inquieta, que castigaba los delitos morales; Tisífone, la castigadora de los homicidios; Megera, la odiosa, que vengaba las infidelidades.
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NUESTROS TÍTULOS
Línea General -Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont (Edición limitada y numerada) -El que se esconde, de Tony Jiménez -Babilonia, de Richard Calder -La leyenda de Kell, de Andy Remic -Los que murieron te saludan, de Hernán Migoya -Drake, de Peter McLean
**** Línea Pensamiento Nómada -Juguetes Rotos, de José A. Bonilla
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Próximamente Línea General -En el lago, de Javier Martos y Jesús Gordillo (mayo 2017) -Un lugar mejor, de Michael Wehunt (Septiembre 2017) -Al final del bosque, de Tony Jiménez (Octubre 2017) -No hay Santos, de Gabino Iglesias (Diciembre 2017) -La oscuridad innombrable, de Ted E. Grau (Enero 2018) -Contemplad el abismo, de Philip Fracassi (Noviembre 2018) **** Próximamente Línea Pensamiento Nómada -Preventorio, de Carlos Samper (Junio 2017)
Este libro fue enviado a imprenta en marzo de 2017, mismo mes en el que, 220 años atrás, fallecía Horace Walpole, célebre escritor británico autor de la novela capital “El castillo de Otranto”.