La ley electoral que ellos querían 19 feb 2014 El sistema electoral español fue diseñado para favorecer a los partidos mayoritarios y, entre ellos, a los conservadores. Lo reconocen sus creadores y lo refrendan los números. Más de tres décadas después, el argumento de la estabilidad lograda no basta para acallar las voces, cada vez más numerosas, que reclaman un cambio. Lo que sigue no es una apuesta por uno u otro modelo; pretende servir de explicación para que la próxima vez no decidan por nosotros. Texto: Juan Luis Gallego. Infografía: Marcos Jiménez. No es casualidad. Es difícil aplicar a un sistema electoral términos absolutos como ‘mejor’ o ‘peor’, pero lo que está claro es que el actualmente vigente en España no está ahí por azar. Fue un diseño concienzudamente ideado en su día por la Unión de Centro Democrático (UCD), el partido de Adolfo Suárez, buscando un doble sesgo: mayoritario, para permitir a los ganadores una sobrerrepresentación en el Parlamento en detrimento de los partidos pequeños, y conservador, para dar más poder de elección a los territorios de derechas. No es una afirmación basada en especulaciones, ni siquiera en el análisis de los resultados. Es un hecho reconocido por uno de los protagonistas del diseño electoral, el entonces diputado de la UCD Óscar Alzaga, cuya frase reproducen los profesores Ignacio Lago y José Ramón Montero en un estudio sobre “la manipulación política del sistema electoral español”. “Puesto que los sondeos preelectorales (previos a las generales de 1977) concedían a la futura UCD un 36-37% de los votos –contó Alzaga a finales de los años 80-, se buscó hacer una ley en la que la mayoría absoluta pudiese conseguirse con alrededor del 36-37%. Y con un mecanismo que, en parte, favorecía a las zonas rurales, donde (…) UCD era predominante frente a las zonas industriales, en las que era mayor la incidencia del voto favorable al PSOE”. Y funcionó. UCD, con el 34,4% de los votos, fue la más beneficiada del sistema, pues logró el 47,4% de los escaños. Y el otro gran partido, el PSOE, también logró la sobrerrepresentación buscada: un 33,7% de los escaños con el 29,3% de los votos. Las principales víctimas, por el contrario, el Partido Comunista (PCE), que ya entonces tuvo que conformarse con la mitad de escaños que de votos, en términos porcentuales, y la entonces Alianza Popular (AP) de Manuel Fraga, que sufrió efectos parecidos.Y ha seguido funcionando en las 11 elecciones generales celebradas desde el fin de la dictadura. Quizás los cambios sociales han diluido la tradición que supone a las zonas rurales un voto más conservador, pero ese sesgo mayoritario, es decir, la capacidad del sistema electoral de premiar a los grandes partidos en detrimento de los pequeños, se ha manifestado con absoluta eficacia cita tras cita con las urnas. Los partidos ganadores han logrado una representación en el Congreso hasta 10 puntos porcentuales por encima de los votos obtenidos y las formaciones representadas en la Cámara nunca han sido más de 13, de hecho, las actuales. Las últimas elecciones generales son una muestra clara de los nocivos efectos sobre la proporcionalidad del sistema electoral elegido (ver gráfico 1). El PP logró una amplia mayoría absoluta, más del 53% de los escaños, a pesar de no llegar al 45% de los votos. Izquierda Unida y Unión Progreso y Democracia fueron los más perjudicados. La formación de Cayo Lara, con casi el 7% de los votos, se quedó con el 3% de los escaños; es la tercera fuerza con más apoyo, pero la cuarta en el Congreso. El partido de Rosa Díez, por su parte, rozó el 4,7% de los votos, para conseguir solo el 1,4% de los diputados. En su caso, la comparación, por ejemplo, con CiU resalta las contradicciones del modelo: UPyD tiene ciento y pico mil votos más, pero 11 diputados menos.