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Esas Pequeñas Iluminaciones por Ricardo Tello Tovar
from Nudo Gordiano #10
por Ricardo Tello Tovar.
Sería su primera navidad trabajando en el hotel. Hacía mucho tiempo que no pasaba las fiestas así, solo. La soledad le resultaba ajena, como si perteneciera a esa juventud recia y desapegada, ahora tan distante: donde hubo desarraigo había domesticación, donde hubo melancolía, amor. Durante la mañana y la mayor parte de la tarde estuvo pendiente de la recepción del Contralmirante Romero, un alto mando de la armada que había viajado a Bahía Solano como parte de la delegación del Gobierno para una reunión extraordinaria de seguridad, pues era un secreto a voces que había una guerra entre bandas que buscaban hacerse con el control del puerto para el expendio de drogas. Desde temprano Miguel Ángel mandó a colgar las arañas finas de cristal, ordenó servir las mesas largas del salón de eventos con empanadas de jaiba y toda clase de pasabocas de mariscos, y avisó en el bar que los de uniforme tenían derecho a barra libre. El día transcurrió sin novedades, y cuando el sol se fue, los chimbilás comenzaron a revolotear de un lado al otro del lobby, atraídos por los insectos que volaban alrededor de las luces eléctricas, silbando como balazos sin nunca impactar en nada, asustando a las mujeres y despertando las risas en el Contralmirante y sus acompañantes.
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Miguel Ángel se sentía incómodo entre la música y el corrinche, con la humedad del aire pegada al cuerpo, hundida en sus pliegues. Para su alivio, los marineros eran gente cerrada: cálida con sus colegas, pero indiferente con los demás. No recibió más que algunos saludos y el elogio casual por la comida y las instalaciones. Era su intención pasar desapercibido, no tener que darle explicaciones a nada ni a nadie, ser discreto en sus trabajos. Tenía miedo de que los marineros le preguntaran cómo se sostenía un hotel con tan pocos turistas en esa zona. Era una pregunta inevitable, no existía una carretera hacia Bahía Solano; para llegar había que hacerlo por agua desde Buenaventura o en avión, desde Medellín o Quibdó.
Lo que se escuchaba en las cocinas y pasillos del hotel era que el asunto iba más allá de las bandas locales, pues al parecer estaban siendo controladas por grupos armados importantes, aportando la carne de cañón. La reunión y la presencia de un oficial de tan alto rango en el hotel reafirmó aún más las sospechas de Miguel Ángel respecto al peligro latente. Subió a su habitación. La había escogido porque la ventana estaba de espaldas al mar, casi anulando por completo su rumor agresivo, y además le permitía ver el pueblo y las montañas que lo rodeaban, lo que lo hacía sentir más como en casa.
Había llegado al hotel hacía poco menos de un año, encontrándolo casi en las ruinas, y poco a poco se había dedicado a restaurarlo, a veces con sus propias manos, casi siempre con dinero de su bolsillo, y lo había devuelto a una especie de gloria antigua que jamás existió. Le era inevitable no pensar en cosas antiguas, en España y sus colonias, cuando veía ese edificio ancho de tres pisos y un pent-house, pintado de amarillo quemado y blanco: blancos eran los arcos curvos de las amplias puertas y las ventanas, y los bordes de las cornisas. A Miguel le parecía que esos edificios construidos para españoles despertaban lo peor de los mestizos, como también veía (y sentía gratitud y satisfacción por esa certeza), el carácter templado de los solaneños, que constituían la mayor parte de sus empleados. Había en ellos una majestuosidad secreta, una vibración de tambores africanos habitando en sus venas. Muchos de los hijos de los trabajadores correteaban, invisibles, por los amplios pasillos del primer piso, tratando de ganarse algún billete haciendo cualquier cosa, ayudando en lo que fuera. El ciclo se repetiría; serían la siguiente generación de hombres de confianza de algún patrón, nunca patrones; serían el reemplazo del reemplazo de los esclavos, nunca con ese nombre, y los tambores sonarían cada vez más bajo. Toda espalda orgullosa, toda rodilla siempre terminaba doblegada. Miguel se preguntaba si el orgullo podía desaparecer por completo, y se extrañaba de esos pensamientos, como si no fueran un asunto al que valiera la pena dedicarle el escaso tiempo de la vida.
Debía de ser pasada la media noche cuando cesó el ruido de las botas militares contra el piso de madera. Cuando todas las luces se apagaron, el hotel entró en un silencio aterrador. Miguel Ángel alcanzaba a escuchar el tic, tic, tic, de las patas de una cucaracha contra el techo, también de madera. Se quedó acostado, con la oscuridad aplastándole los ojos, tratando de seguir el movimiento del enorme insecto a partir del ruido de sus pasos.
Estuvo atento, concentrado en su percepción auditiva, en los conductos del interior de su cabeza; siguió a la cucaracha hasta que se alejó, el ruido se fue haciendo cada vez más débil hasta desaparecer. Cuando estuvo seguro de que no había nadie ni nada más en la habitación, Miguel Ángel se sentó en la cama, desnudo, y sintió el aire recargado del Chocó, lamiéndole las axilas y metiéndose bajo sus párpados. Un leve olor a podredumbre, casi agradable, ocupó la habitación, desencadenando recuerdos de noches peores, sacando a Miguel del ensimismamiento. Reconoció su cuerpo, sus extremidades, en ellas su fuerza, y se apropió de la situación. Encendió las luces y se metió a la ducha, y bajo el chorro fuerte y helado pensó en la última van. Había recibido la mitad del pago, pero si había algún inconveniente o daño durante el viaje en barco a Buenaventura, él tendría que hacerse cargo de cualquier gasto. Pensó que los clientes podrían aprovechar la distancia para exagerar los daños y estafarlo; es lo que él haría en su lugar. Era la tercera van que enviaba, pero no confiaba en las personas ni en la furia impredecible de los elementos. A su mente volvía el miedo de que los marineros se enteraran de los envíos. Recordó, con el cuello y la espalda endurecidos, la pésima idea que había tenido durante el almuerzo, cuando pensó en acercarse al Contralmirante Romero para proponerle una alianza. Había obtenido el cargo de gerente del hotel por pura casualidad, como parte del pago de una deuda de hacía muchos años, de la época en la que movía mercancía china de contrabando desde Cartagena hasta los almacenes del centro de Bogotá.
Nunca esperó recuperar nada de ese trato, y después de tanto tiempo pensó que se trataba de una buena oportunidad para intentar salir de la crisis. Un antiguo socio le había ofrecido la oportunidad de recibir furgonetas en Bahía, desde Panamá, y reenviarlas a Buenaventura. Para guardarlas se utilizaba el espacio del hotel. El negocio era redondo. Cachimbó era un joven muy alto, con la piel oscurecida por ese tono acanelado, rojizo, que forja el sol del pacífico. Él se encargaba de revisar y hacer las modificaciones necesarias en las furgonetas antes de enviarlas a Buenaventura. Miguel Ángel nunca estaba presente, pero no le costaba trabajo imaginar en qué consistían los trabajos. Por fortuna el Contralmirante y su delegación saldrían al día siguiente al amanecer, se irían lejos de Bahía Solano, de Miguel y la sospecha. Al salir de la ducha helada, Miguel Ángel sintió una vez más el aire viscoso de la ciénaga. Pensó en Sonia y en el niño. Aunque los primeros días se había sentido aliviado sin su presencia, animado por las escasas turistas y el sexo reconfortante de las empleadas negras, con el tiempo se había dado cuenta de que extrañaba a su mujer, y en especial a su hijo Ricardo, de seis años. A veces sentía que se estaba perdiendo la mejor etapa del pequeño, pero le reconfortaba la certeza de estar trabajando duro y proveyendo lo necesario para su familia, aun cuando él mismo no tuviera una idea clara de en qué consistía su labor.
No era la primera vez que trabajaba bajo la presión de la incertidumbre. Miguel Ángel era un hombre maduro, tallado por el ejercicio, que aparentaba menos edad de la que tenía. Había trabajado desde niño, y su juventud repleta de excesos le había dejado como herencia un profundo sentido de la disciplina y la responsabilidad. A los treinta años, mientras trabajaba como inspector en la Federación de Cafeteros, supo de una operación que implicaba aduanas y ejecutivos importantes. Estuvo de acuerdo con la eliminación de algunos cargamentos de los registros e inventarios, pero nunca se había atrevido a dar el salto, a entrar al negocio de manera directa. Un sólido sustrato moral creaba en él un temor paralizante.
Ahora, con sesenta y cinco años, Miguel Ángel se reconfortaba con el trinar de los zarapitos que picoteaban la arena; trataba de enterrar sus miedos, de dejarlos atrás, lavarlos con alcohol y sal, o con esa lluvia furiosa que por esa época del año venía desde el mar y hundía sus dedos en la selva casi a toda hora. Esa noche no llovió. Miguel Ángel miró las estrellas limpias y cercanas, y el pueblo estático, bañado por la luz de la luna que flotaba sobre el hotel, oculta detrás de los muros de su habitación, haciendo imposible el alcanzar a verla. Sintió ganas de un trago. Se puso una bata de toalla y bajó hasta el primer piso, al bar. Enterró una botella de sello negro ya empezada en un balde con hielo, agarró un vaso y subió a su habitación. Así estuvo durante más de una hora, bebiendo con ansiedad, escuchando el muy leve arrullo de las olas, alguna conversación lejana, su propio pulso templándole las sienes.
Cuando le faltaba poco para terminar la botella, se asomó al balcón para fumar un cigarrillo y, antes de encender el fuego, las vio: luces amarillas titilando en las montañas. No se atrevió a fumar. Recordó que alguien había dicho que los guerrilleros se comunicaban en la noche por medio de linternas. Miguel Ángel se dio cuenta de que los marineros eran un objetivo valioso para los insurgentes, y que era muy probable que ya los tuvieran identificados. Por primera vez se permitió aceptar la sensación de miedo que lo había acechado durante el día. Se apuró la botella en dos tragos largos, que lo llenaron de furor. Miguel pensó en robar una de las lanchas del hotel y escapar en silencio, antes de la inminente toma armada. Volvió al balcón con la esperanza de que las luces hubieran cesado, pero ahí estaban: tenues, perdidas entre las ramas de los árboles, titilando como en código morse. Sacó una maleta grande del armario y la arrojó sobre la cama. Mientras embutía en ella manotadas de ropa se imaginaba las explosiones, la sangre, las ruinas llameantes del Balboa Plaza. Recordó el ruido de los fusiles. Recordó que le costaría mucho trabajo operar la lancha por su cuenta y que le convenía un ayudante. Se vistió y se puso unas botas gruesas de cuero, y fue caminando hasta la habitación de Lulo, su hombre de confianza, en el primer piso, con la precaución de no despertar a nadie ni encender ninguna luz. le abrió la puerta. El hombre estaba despierto, viendo a la televisión. Miguel Ángel le explicó la situación y Lulo palideció tanto como su piel oscura se lo permitía, y en su rostro ajado se tensó una mueca nada esperanzadora.
—¿Les avisamos a los soldados? —preguntó.
—¿Y entonces qué pasaría? ¿Se atrincheran en el hotel?
—Es lo más seguro.
—No nos vamos a quedar en medio de la balacera —respondió Miguel. Lulo pareció pensar su respuesta por unos minutos:
—No nos van a dejar ir. Alguien les avisó a los guerrilleros que el coronel ese se iba a quedar acá. —Contralmirante.
—La misma mondá.
—No podemos quedarnos; yo no puedo quedarme.
—Por lo de los carros, ¿no?
—¿Cachimbó te ha dicho algo?
—Ese no habla con nadie, no. Pero no vaya a creer que yo no tengo el ojo vivo. —Pilas con eso, ¿no?
—¿Qué es?
—La verdad... no sé. —Mejor así. —Mejor así.
Miguel Ángel trató de convencer a Lulo de que se fuera con él, pero el hombre era solaneño y no iba a dejar a su familia ni a su tierra. Le dijo a Miguel que lo acompañaría hasta la lancha y le ayudaría a cargar las maletas. La única opción que veía Miguel era huir hacia Buenaventura, y de allí tomar una ruta hasta Ibagué, donde su familia lo esperaba. En el fondo de su pecho se fortalecía la intención de dejarlo todo atrás, tomar el dinero de la caja fuerte del hotel y, junto con sus ahorros, comprar tiquetes de avión y salir del país. Llevarse a su familia lejos del acecho de ese pasado de pesadilla.
Se dio cuenta de que no podría cargar el dinero con Lulo a su lado. Pensó en mandarlo a dormir, en decirle que la situación estaba bajo control, pero luego recordaba la gran cantidad de lucecitas que brillaban en el monte, y pensaba en la cantidad de milicianos que aceleraban su marcha hacia el pueblo con la única intención de secuestrar o masacrar al Contralmirante Romero. Miguel Ángel y Lulo fueron hacia el bar, y mientras Miguel cargaba la maleta con botellas de agua y enlatados, Lulo salió hacia la piscina y algo en el cielo le llamó la atención, dejándolo con la mirada en alto, ensimismado, convirtiéndose en no sólo un estorbo para empacar el dinero sino en un estorbo total, pues ni siquiera ayudaba a buscar la comida ni a cargar las bolsas.
Miguel empacaba las latas al fondo de la maleta con violencia nerviosa. Más de una vez se vio tentado de engañar a Lulo para deshacerse de él, diciéndole que se asegurara de que su familia estuviera bien, que fuera a su casa y los recogiera, y se fueran todos a Buenaventura, que más valía dejar el terruño que morir, que el fuego cruzado comenzaría pronto, porque los guerrilleros no tardarían en llegar. Sin embargo, le pareció una vileza involucrar a la familia de un hombre que solo le había servido con lealtad y respeto, por lo que calló. Cuando hubo terminado de empacar los víveres, le dijo a Lulo que le hiciera el favor de subir a su habitación para bajarle la maleta de la ropa. Lulo asintió con la cabeza y subió las escaleras. Miguel Ángel corrió a su oficina del primer piso, abrió la caja fuerte en segundos e inició a empacar los fajos de billetes en la maleta de la comida. Mientras lo hacía pensó en la posible reacción de Lulo al verlo así; pues ese era el dinero de todos los empleados, su dinero, y una cosa era que Miguel Ángel huyera en medio de la madrugada, pero otra muy diferente es que lo hiciera después de atracar el hotel.
Fue entonces cuando una ruidosa carcajada sacudió al Balboa Plaza. Era, sin duda, la voz de Lulo. Miguel sintió la espina dorsal atravesada por una varilla de hielo. Vació el contenido de la maleta dentro de la caja fuerte, la cerró, salió de la oficina y se quedó plantado en el lobby, incapaz de tomar una decisión. Las carcajadas ridículas de Lulo sonaban cada vez con más potencia, y sin duda alguna ya habían despertado al Contralmirante Romero y a su delegación.
Entonces un grito bajó desde el tercer piso y chocó con el suelo como el contenido de un baldado de barro:
—¡Don Miguel! ¡Tiene que venir a ver esto!
Miguel Ángel maldecía en silencio: Lulo lo había condenado. Pensó que se trataba de una venganza por no haberle dado parte en el negocio de las furgonetas. Todo terminaría pronto, con la prisión o la muerte; nunca más volvería a ver a Sonia ni a Ricardo. Los guerrilleros ya tenían que haber llegado a la entrada del pueblo. Balas y barrotes: si sobrevivían, los marineros harían investigaciones, levantamientos, preguntas. Corrió por las escaleras hasta llegar al tercer piso, decidido a llevar a cabo un último acto de justicia: arrojaría a Lulo por el balcón. No le permitiría salirse con la suya. Entró a la suite dando zancadas y se acercó a Lulo por la espalda, quien seguía riéndose mientras veía las luces en la montaña. Cuando Miguel Ángel estaba removiendo de su mente los residuos de la duda, Lulo se dio la vuelta y lo miró a los ojos con una expresión límpida, inocente; casi infantil. Lo tomó del brazo y lo acercó a la baranda del balcón. Miguel Ángel se dejó llevar, algo se había apoderado de ese espacio y de ese instante; una fuerza que no debía ser perturbada. Fijó la mirada en las luces que seguían brillando en la montaña. Lulo estiró el brazo y sacudió la mano, y las luces desaparecieron.
—Solo son cocuyos, patrón... —dijo Lulo, sin parar de reír— Luciérnagas.
Miguel Ángel se dejó contagiar por la alegría. Se desahogó riendo como jamás lo había hecho en toda su vida, y en medio de la risa sintió un alivio lunar. Se carcajeaba de tal forma que se le escurrían las lágrimas. Lulo aprovechó la escasa distancia que los separaba para observar a su patrón durante sus largos minutos de histeria. Le costó trabajo distinguir hasta dónde se extendía la risa y en dónde comenzaba el llanto, y ni siquiera así pudo estar seguro. El empleado se retiró sin despedirse. Miguel Ángel se quedó en el balcón, limpiándose el rostro con el viento silbante de la madrugada. Los marineros tardarían unas horas en levantarse y salir; tenía tiempo de devolver las latas de conservas a la alacena del bar