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Introducción Todo comenzó con una carta inesperada… Fue una mañana de junio de 2009, muy temprano. Alice y Carmen, las dos niñas que habían ganado el Primer Certamen de Recitado de Poesías de la Comunidad de Madrid, estaban citadas junto al resto de ganadores en la sede de la Puerta del Sol. Yo me sentía tan orgullosa de que hubieran llegado hasta allí, que en realidad mi día no necesitaba emociones aún más fuertes. Pero quién me iba a decir lo que me esperaba… Cuando llegué al colegio, pasadas las nueve, varias profesoras estaban leyendo una fotocopia de una carta al director del periódico El País. Al verme Juana, la compañera que había hecho las copias, me dijo: «Mira, Julia, esta carta habla de ti». Yo creía que estaba de broma. Empecé a leerla, pero apenas me enteraba. Estaba tan nerviosa pensando en el recibimiento que nos haría Esperanza Aguirre y en cómo recitarían las niñas su poesía, que no podía centrarme en nada que no fuera eso. Ni siquiera pude asumir entonces que, efectivamente, aquella carta iba dirigida a mí y que aquella Julia era yo misma. Por supuesto, tampoco imaginaba que estaba a punto de recibir una de las mayores muestras de cariño que le pueden llegar a una persona y uno de los grandes premios de mi vida. Fui a Madrid con las niñas. Venían con nosotras la madre de Alice y la abuela de Carmen. Dejamos a las pequeñas en el edificio de la Comunidad para que ensayaran el acto e hicieran las pruebas de sonido y nosotras nos fuimos a dar un paseo para intentar calmar los nervios. Pero no lo conseguí. Empecé a recibir cada vez más llamadas para felicitarme por la carta, esa que yo apenas había podido leer siquiera. Creo que yo no era consciente de nada de lo que estaba pasándome hasta que recibí aquel mensaje de mis hijos: «Hoy el periódico puede estar orgulloso de mostrar a una heroína desconocida que vale más que todos los personajillos juntos que lo llenan todos los días… La gente te quiere por haber sido tu alumno unos años, nosotros tenemos la suerte de seguir aprendiendo de ti día a día. ¡¡¡Esto demuestra lo que vales, mami, puedes estar orgullosa porque nosotros lo estamos más. Te queremos!!!». Entonces fue cuando empecé a darme cuenta de que aquello me estaba pasando de verdad, que era yo la protagonista de la carta. Al instante me llamó mi marido para contarme cómo, al llegar al instituto, sus compañeros se la enseñaron cuando ya todos la habían leído. Después fueron mis hermanos, mis amigos, el resto de mi familia… Ante tanto ajetreo decidí por fin leerla. Me senté en aquel patio con sillas donde se iba a celebrar el acto y con cada línea mi vida entera como maestra fue pasando delante de mí. Primero mis años en el pueblo ayudando a mi padre en la fragua, luego mi llegada al colegio en el que estudié, mi beca, mi novio, mi primera clase en Cataluña, mis amigas y todos los alumnos que he tenido y que han hecho de mí lo que soy. Va por ti, Maestra Hace muchos años tropecé con esta frase: «Profesor es el que enseña, maestro del que se aprende». Pensé que algún día esta frase habría que dedicársela a Julia. Hoy es ese día. Porque, para disgusto de este país, Julia se jubila, algo insignificante para los casi 47 millones de españoles que somos, pero muy significativo para un sistema educativo en el que cada vez hay más profesores y menos maestros. Por eso queríamos aprovechar este espacio. Para homenajear a Julia. Para incitar a los profesores a que se «maestricen». A que enseñen a sus alumnos, pero también que les motiven. Si a todos los profesores les brillaran los ojos como le brillan a Julia cuando habla con uno de sus alumnos, esto sería otra cosa. Y así conseguirían que desde el más pasota a la más macarra, pasando por el más empollón y la más charlatana, se abalancen sobre ella si se la cruzan por la calle o la inviten a sus bodas, bautizos y comuniones veinte años después de pasar por sus manos. Julia, gracias por habernos educado tan bien.


Tus alumnos del Machado Alejandra Martínez Portero, Majadahonda, Madrid (El País, miércoles 17 de junio de 2009) Me emocioné tanto que no pude evitar llamar enseguida a Alejandra, la autora, para darle las gracias. «¡La que has armado!», le dije. Me contestó que eso era lo que sentían todos y que ella sólo había firmado porque alguien debía hacerlo. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Conocí a Alejandra cuando tenía seis años. Hoy, con treinta, es periodista en Radio Nacional de España. Pertenece a un grupo de jóvenes que constituyen una promoción de alumnos estrechamente unidos desde el colegio. Yo les di clases y fui su tutora hasta quinto de EGB. Más tarde, mi marido fue su tutor y profesor de Lengua hasta octavo. Nunca hemos perdido la amistad. Desde que dejaron el colegio para irse al instituto, cada año han organizado cenas por Navidad y siempre nos han invitado. Además, la relación con sus padres fue y sigue siendo muy buena. Incluso hoy seguimos estando en contacto a través de Facebook y el correo electrónico. Me siguen contando en qué trabajan, dónde van de viaje, si tienen hijos… y hasta me invitan a sus bodas. La última fue la de Miguel, en agosto, uno de los niños más tranquilitos del grupo y, hoy, uno de los adultos más solidarios que conozco. De aquel grupo todavía recuerdo las trastadas de Sara, Arantxa o Mónica. Una de ellas trabaja en un banco, otra es directora de una revista y otra psicóloga. Nunca se me olvidará cuando Arantxa se metió entre dos lavabos del colegio y hubo que enjabonarla para sacarla de allí. No hace mucho tiempo, me escribió Sara una carta en la que me agradecía la ayuda que le había dado cuando sus padres se separaron. Y es que éramos, y aún lo seguimos siendo, como una gran familia. Después de aquel día, y tras el torbellino de comentarios de los compañeros y algunos padres de antiguos alumnos que también me felicitaron, yo seguí preparando el final de curso. Me iba a jubilar y quería despedirme de cada niño escribiéndole una carta personal, transmitirles lo que yo sentía y aconsejarles que aprovecharan el tiempo de estudio para poder estar satisfechos en el futuro. Había cosas privadas que no podía decirles en voz alta en la clase. Cada uno tenía unas características vitales diferentes y yo sentía la necesidad de darles un consejo a su medida. Me dolía mucho dejar a alumnos como Melisa, una niña rebelde pero muy cariñosa, Hamed, Celia, Fernando, tan tímido... Llevaba muchos años trabajando en el colegio Antonio Machado y lo sentía ya como mi casa. Empecé en el curso 1981-1982, y entonces era un centro casi de élite en Majadahonda. Entonces en el pueblo había dos colegios, el Santa Catalina y el San Pío, y cuando hicieron el Machado —como todo el mundo lo conoce— empezó a llenarse de alumnos que venían de las urbanizaciones nuevas, gente de clase media-alta. Durante dos años funcionó en locales del ayuntamiento y poco a poco, ya con en el edificio nuevo, empezaron a llegar muchos hijos de inmigrantes que trabajaban en la zona. Eso no importó a la mayoría de los padres, que dejaron allí a sus pequeños; fue el caso, por ejemplo, de mi querida Vega, hija del ex ministro Javier Solana. … y continuó con una de las mayores sorpresas de mi vida Pero las sorpresas no habían acabado. Cuatro días después de la publicación de la carta en el periódico, el domingo 21 de junio, mi marido se empeñó en que saliéramos a dar una vuelta. Eran las siete de la tarde y hacía un sol de justicia. José María insistió; quería que tomáramos una rosca de jamón en un bar, como tantas veces. De paso, podríamos ir a ver unos cojines que estábamos buscando para la casa desde hacía tiempo y que estaban en el escaparate de una tienda. Malhumorada por su insistencia y porque aún no había terminado las cartas para los niños, decidí salir. Él estaba dispuesto a no dejarme trabajar. Íbamos buscando la sombra y al encontrarla noté que tenía un interés demasiado grande en que fuéramos primero a ver los cojines y luego a comer la rosca. Por ese orden.


Caminábamos tranquilamente cuando llegamos a la placita en la que estaba la tienda. Mi marido se quedó un poco atrás, con disimulo, intentando que yo entrara sola a la plaza. Noté que algo extraño estaba ocurriendo. Fui avanzando y, de repente, vi a mi hijo. En principio aquello no me sorprendió demasiado. Luego me di cuenta de que estaba rodeado de mucha gente a la que empecé a reconocer. Todos me miraban y yo no reaccionaba. No sé qué cara puse, pero estaba totalmente emocionada: unas cincuenta personas, entre antiguos alumnos de diferentes generaciones, padres y hermanos, se habían reunido allí para darme una sorpresa. También mis dos compañeras y amigas, Laly y Concha, que habían participado en la organización de todo ello. Al principio ni me daba cuenta de lo que estaba pasando, pero cuando leí la pancarta que habían puesto en una pared, ya no me quedó duda: «Gracias por tantos años a nuestro lado». Empezaron a aplaudirme, me regalaron ramos de flores, libros y una cámara de fotos. Yo estaba en auténtico shock. Había jóvenes que ahora van al instituto y hasta hermanos de antiguos alumnos que no habían podido venir. Jamás olvidaré ese momento. Fue todo tan emotivo… ¡Y sólo por cumplir con mi trabajo! Habían organizado una merendola con pinchos, tortillas y empanadillas en el bar Luna, y allí estuvimos hasta el anochecer. ¡Cuánto cariño había en todos ellos! Mucho más, teniendo en cuenta que se habían reunido para despedir a su maestra en una de las tardes más calurosas del año. En realidad, aquella semana fue maravillosa. Recibía muestras de cariño por todos lados, empezando por los profesores y los alumnos del colegio, que nos despidieron a Isabel, a Asunción y a mí —las tres compañeras que nos jubilábamos— con unas palabras de agradecimiento y flores. Bueno, y hasta con un baile de unas compañeras más jóvenes que nosotras y con las que habíamos contactado muy bien, que no dudaron en sacrificar algún día de fiesta para ensayar. Los profesores organizaron también una cena y me regalaron el primer ordenador de mi vida, parece que adivinando que lo iba a necesitar para escribir este libro. El martes 23, sólo dos días después de la sorpresa en la plaza, era el último de clase con los niños. Les estaba entregando sus cuadernos, sus fichas, las notas y la carta personal que les había escrito, cuando entró Paloma, la secretaria del colegio, para decirme que me habían llamado del programa La ventana de la Cadena Ser. Habían leído la carta en El País y querían entrevistarme esa misma tarde a las cuatro. Yo no daba crédito. No consideraba que hubiera hecho nada para recibir tanta atención. Cuando me llamaron de nuevo, algunos niños se estaban despidiendo de mí. Aquello era un valle de lágrimas y yo tenía un nudo en la garganta que a duras penas me dejaba hablar, pero acepté ir a la emisora. Ya me habían contado que iban a entrevistar también a Lucas, un niño que prácticamente acababa de empezar en el colegio, como los dos extremos de un hilo educativo. Querían contrastar sus inicios con mi despedida de la profesión. Recuerdo que cogí caramelos para él y así poder camelármelo. Charlé mucho con sus padres antes de empezar la entrevista. No estaba nerviosa, pero sí especialmente emocionada. Al entrar en los estudios me dijeron que Alejandra, la persona que había firmado la carta, también charlaría con nosotros por teléfono desde su emisora. Todo fue precioso. Lucas empezó a hablar —era muy parlanchín— y recuerdo que yo pensaba: «Cuántos años de pupitre te quedan aún…». En realidad, no me creía lo que me estaba pasando y Gemma Nierga, mi entrevistadora, tampoco podía creerse que después de veinte años hubiera tantos alumnos que se acordaran de mí. Al salir, con los nervios, me dejé el bolso en el estudio y hasta que no terminaron de entrevistar a Edurne Pasabán, la escaladora, no pudieron dármelo. Pero mis emociones no acabaron aquí, no. El día 25 por la tarde me llamaron a casa de la editorial La Esfera de los Libros. Habían leído la carta y escuchado la entrevista y me proponían plasmar mis experiencias en este libro. La verdad es que yo creía que era una broma que me gastaba algún amigo; no podían juntarse tantas cosas en tan poco tiempo. Pero era verdad. Y aquí estoy, haciendo memoria de mis recuerdos y de todos mis alumnos a lo largo de los


treinta y nueve años dedicados a esta hermosa y apasionante profesión. Creo que los recuerdo a todos y que de todos podría contar algo, aunque sólo fuera un pequeño detalle de su personalidad, de sus destrezas o de sus inquietudes. Porque me he entregado a esta profesión poniéndole todo mi amor. Realmente, lo que a mí me ha ocurrido le puede pasar a cualquier otra persona, pero me siento feliz de que me haya pasado a mí. No creo en los reconocimientos, pero sí me siento orgullosa de que mi paso por la vida de muchos niños — no recuerdo cuántos— les haya servido para algo. Al fin y al cabo, para eso trabajamos. Es cierto lo que me decía Esperanza Aguirre en su carta de agradecimiento y despedida a los maestros que se jubilan en su comunidad: «El trabajo del maestro permanece toda la vida en el alumno». Por eso he luchado a lo largo de mi vida.


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