Revista Adventista Junio 2013 | revista.adventistas.es
Mensaje del Presidente: "¿Soy un hijo de Dios...?" “Vosotros sois la sal de la tierra: pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres" (Mateo 5: 13). El pasaje que vamos a considerar me hace pensar en mi como creyente. Para ser más exacto, mi pensamiento se enfoca en la siguiente pregunta: ¿Cómo debería ser un hijo de Dios? Sin duda que todos tenemos una idea bastante acertada de aquello que un hijo de Dios debería tener para ser considerado como tal. Sin embargo, ¿cuántos hemos alcanzado ese mínimo que nos hace ser lo que decimos ser? Analicemos este tema porque al hacerlo, siempre se puede descubrir algo que sea de utilidad. Me gustaría considerar esa parte del ser humano que conocemos como estado de ánimo. Todos sabemos que lo que cada persona lleva dentro, no es ni evidente ni fácil de descubrir. El estado de ánimo, por el contrario, sí. Basta con observar a alguien para saber si está ¿alegre o triste? ¿agradecido o quejoso? ¿feliz o infeliz?... Así que la pregunta del inicio quedaría mucho mejor si dijese: Un hijo de Dios ¿qué ánimo debería tener? ¿Debe ser algo concreto o puede ser una mezcla de todo? Como puedes ver este es un planteamiento que en alguna ocasión debemos hacernos, ya que estamos hablando de algo que
nos atañe de forma particular. Consideremos el pasaje recogido por Mateo: “Vosotros sois la sal de la tierra.” Dos cosas llaman mi atención: 1) Jesús al hablar del creyente hace una afirmación interesante: “Vosotros sois”. Ser algo, consiste en dejar claro lo que eres y lo que no eres. Por oposición tendríamos el término “parecer”. Cuando alguien “parece…” lo que estamos indicando es que los límites no están claros. Cuando uno mezcla los opuestos, lo que hace es desdibujar lo que es, para llegar a parecer. 2) El Señor usa una imagen muy curiosa, la sal. Ésta llama la atención por dos motivos: su sencillez y su especificidad. La sal es sal, no es otra cosa, dejando bien claro: cómo es, qué hace y para qué sirve. ¿Qué mensaje intenta darnos Jesús? La sal nos representaría a nosotros, la comida al mundo. Y lo que pretende decirnos es que de la misma manera que la sal da sabor a la comida, nosotros los creyentes, deberíamos dar sabor al mundo que nos rodea. Una mirada a nuestro alrededor pareciera indicarnos que nuestro mundo tiene de todo y no le falta de nada. Pero esto no es más que una impresión, porque analizándolo bien, descubriremos en él una carencia muy significativa: la falta de sal. INGREDIENTES QUE TRANSFORMAN
Revista Adventista – Junio 2013 – 1