Conéctate, marzo de 2025: Andar con Jesús

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LA PIEDRA ANGULAR DE LA FE

Poner a Jesús primero

La parábola del sembrador

Recibir la Palabra de Dios

No es inaudito; ¡es Dios bendito!

¡Qué sesudo jefe es Dios!

Año 26, número 3

A NUESTROS AMIGOS

ir al paso con dios

Hace poco, durante una visita familiar, salí a dar un paseo por el barrio con mi nieto. Me dio la valiosa oportunidad de escuchar sus más profundos anhelos y pensamientos. Lo llegué a conocer mejor y disfrutamos de un inigualable momento de cercanía y compañerismo. Lo mismo sucede cuando caminamos con Dios: Descubrimos Su voluntad —lo que quiere para cada uno de nosotros— y gozamos de Su presencia, intimidad y seguridad, lo que nos brinda un conocimiento más profundo de Él.

En la revista de este mes exploramos lo que significa llevar el paso con Dios y caminar cerca de Él, no siguiéndolo de lejos (Mateo 26:58), sino codo a codo, comulgando y conversando con Él. Quizá implique hacer planes con Él o simplemente gozar de Su compañía. Para ir al paso con Dios es necesario sostener un diálogo continuo con Él en nuestro andar cotidiano, como lo detallan los artículos del presente número.

Cuando la Biblia habla de «andar» o «caminar», muchas veces se refiere a una manera de ser. Si deseamos incorporar principios cristianos a nuestra vida es preciso andar con Jesús, seguirlo y vivir en Su presencia. Caminar con Dios es necesariamente un ejercicio que hay que practicar todos los días si queremos mantener un estrecho contacto con Él. En el artículo de la página 3, Marie Alvero lo compara con entrenar regularmente en los aparatos del gimnasio. También significa glorificar diariamente a Dios, concepto muy bien expresado en nuestro artículo de fondo (págs. 4-6).

Andar con Dios quiere decir que estamos de acuerdo, que caminamos en la misma dirección (Amos 3:3) Y si hemos de gozar de todos sus beneficios, debemos hacerlo humildemente (Miqueas 6:8).

El término bíblico también evoca la imagen del viaje o peregrinaje. O sea, implica mucho más que decir: «Me voy a pasear al parque; ya vuelvo». Significa que interiormente estamos en peregrinaje (Salmo 84:6 blph), que caminamos al lado de Jesús, cobrando fuerzas hasta encontrarnos cara a cara con Él en el Cielo.

Puede que tanto «andar», tanto «caminar», nos parezca agotador; pero paradójicamente, andar con Dios deriva en descanso y renovación conforme el Pastor nos conduce a aguas de reposo (Salmo 23:1,2 lbla). Resulta ser una aventura fascinante. Es cierto no es coser y cantar; tiene sus avatares. Mas Dios promete darnos las fuerzas, la orientación y el buen tino para ayudarnos a sortear obstáculos.

Que los artículos de este número te sean de ayuda en tu diario caminar con Jesús.

Gabriel y Sally García Redacción

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CUESTIÓN DE EMPEZAR

Hace poco mi marido y yo empezamos a ir al gimnasio con regularidad. Durante años hice ejercicio en casa, donde tenía una modesta colección de aparatos. Esta es mi primera experiencia en el gimnasio y me causa cierto miedo. No obstante, en las últimas semanas noto una mejora en mi estado físico, esos avances que se logran a punta de esfuerzo y persistencia.

Aunque hay algunas técnicas de gimnasia que me propongo dominar, creo que me va a llevar bastante tiempo adquirir la fuerza y habilidad que pretendo. Ni siquiera he tocado aún algunas de las máquinas del gimnasio. Será, pues, un largo camino. Una sesión de entrenamiento a la vez.

¿Cómo se relaciona esto con mi fe? Es lo que tiene que ver con la perseverancia, presentarme cuando tenga que estar ahí. Una de las cosas que creo que todos los que amamos a Jesús debemos procurar con ahínco es la intimidad con Él, conocerlo de verdad. Y la única manera de hacerlo es habituarnos a comulgar con Él todos los días.

Tal vez cuando te acercas a Jesús te sientes como yo en el gimnasio, un poco fuera de lugar. A lo mejor tomas la Biblia y te parece un libro gordo que no entiendes. Conoces a algunas personas que por lo visto saben orar y entienden mejor la Biblia, y te parece que tienen una

Yo amo a los que me aman, y me hallan los que con diligencia me buscan. Proverbios 8:17

relación mucho más íntima con el Señor, ¡pero sí que demanda esfuerzo!

Lo que te puedo aconsejar es que simplemente des el primer paso.

Algunos de los entrenadores personales más reputados dicen que lo mejor que puedes hacer por ti mismo en el gimnasio es dominar cinco o seis ejercicios básicos y aprender progresivamente a hacer esos movimientos bien y con mayor resistencia. No hagas caso de todas las modas y tendencias; céntrate más bien en dominar lo elemental. Así también, no podría haber un consejo más eficaz para tu camino de fe.

Mi método es sencillo. Todas las mañanas salgo con mi taza de café y me siento en mi jardín, aunque no sea tan bonito. Dejo a un lado el teléfono y leo la Biblia o un devocionario. Rezo unos minutos y guardo silencio. A veces no llego a pasar más de 10 minutos allí; otros días me tomo más tiempo. Comienzo el día intimando con Jesús, conociéndolo un poco mejor, entregándole mis pensamientos, a veces todos revueltos. En esa quietud se estrecha nuestra relación.

Marie Alvero ha sido misionera en África y México. Lleva una vida plena y activa en compañía de su esposo y sus hijos en la región central de Texas, EE.UU. ■

Marie Alvero

GLORIFICAR A DIOS EN NUESTRA VIDA COTIDIANA

La Biblia nos exhorta a entrar en Su presencia con alabanza y acción de gracias (Salmo 100:2–4).

Los términos hebreo y griego que se tradujeron como alabanza, en esencia nos indican que concedamos a Dios la alabanza que exigen Sus cualidades, hechos y atributos; que lo bendigamos y adoremos, que le expresemos nuestra gratitud, aprecio y elogio. Podemos manifestar regularmente nuestra admiración, agradecimiento, respeto reverencial, reconocimiento y amor al presentarnos delante de Él con humildad y con conciencia de que estamos ante un Dios sublime, magnífico y amoroso. Podemos contemplar lo que Dios nos habló por medio de Su Palabra acerca de Sí mismo y Su naturaleza. Nos dijo que es Padre, Hijo y Espíritu Santo: un Dios trino. Nos explicó cómo es Él, qué ha hecho, cómo podemos reconciliarnos con Él y cómo hacer para que Su Espíritu more en nosotros. Por medio de Su Palabra nos enseñó a conocerlo y amarlo, a confiar en Él, y nos reveló lo que le agrada. Nos manifestó Su amor, Su fidelidad y Su desvelo

por nosotros. Por ende, podemos conocerlo, amarlo, depender de Él y dar crédito a Su Palabra, confiando en ella y obedeciéndola.

En nuestro fuero interno, en nuestro espíritu, podemos glorificar a Dios recordando en todo momento quién es: el Creador del Universo, que nos concibió, que sabe todo sobre nosotros y que a pesar de lo majestuoso que es, nos ama a cada uno particularmente. En el libro del Apocalipsis, Jesús nos invita a cada uno a entablar una relación personal con Él cuando dice: «Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos» (Apocalipsis 3:20 ntv).

Podemos reaccionar al amor que Dios nos manifiesta amándolo y glorificándolo en nuestro fuero interno, con todo el corazón, alma y mente racional, con todo nuestro ser (Marcos 12:30).

La Biblia nos enseña: «Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes» (Santiago 4:8). Todos los días podemos esmerarnos por morar en Su presencia, por vivir con

Peter Amsterdam

conciencia de Dios y de todo lo que representa y ha realizado. Podemos hacer memoria de Sus atributos, Su poder y Su amor; contemplar Su creación con fascinación y reflexionar sobre la belleza y magnificencia de esta; apreciar la bondad que ha demostrado a toda la gente y maravillarnos del amor que abriga por cada persona; vivir con asombro por la gracia y misericordia que nos otorgó a través de la salvación; regocijarnos de que nos adoptó en Su familia gracias a la pasión y muerte de Jesús en la cruz, y aceptar con profunda humildad que el Espíritu Santo mora en nuestro interior (1 Corintios 3:16).

Entendemos que Dios es un ser personal y que Él también nos creó como seres personales a fin de que sostuviéramos una relación con Él. Podemos esforzarnos constantemente por nutrir y fortalecer esa relación; procurar morar en Su presencia; amarlo; expresarle nuestra gratitud; comunicarnos con Él en oración, y escucharlo al tiempo que leemos la Biblia y estamos atentos al susurro apacible y delicado con el que se comunica con nosotros. Podemos hacer eco de las palabras del salmista: «Una cosa he pedido al Señor; esta buscaré: que more yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para inquirir en su templo» (Salmo 27:4).

En nuestra vida exterior podemos glorificar a Dios por medio de nuestros actos. Lo glorificamos cuando observamos lo que nos manda Su Palabra, cuando vivimos con arreglo a ella y llevamos a efecto los preceptos bíblicos en nuestras acciones cotidianas ( Juan 14:15). Dado que somos seres personales que mantienen una relación con Dios, también podemos seguirlo pidiéndole en oración que nos guíe, tomando decisiones acordes con lo que Él quiere y cumpliendo con lo que nos indique. Cada uno de nosotros es diferente y el Señor es capaz de darnos a cada uno instrucciones personalizadas (Proverbios 3:5,6). Lo honramos al pedirle que nos guíe y al seguir Sus indicaciones por fe.

Adoramos a Dios llevando una vida que refleje Su amor y los preceptos de Su Palabra. La Biblia nos señala que nuestra luz debe brillar delante de los demás para que vean lo que hacemos y cómo vivimos, y puedan sentir Su amor y glorificarlo por ello (Mateo 5:16). La luz del amor y la verdad de Dios irradia y atrae a otros a Él cuando observan las relaciones sanas que mantenemos y la vida que llevamos en consonancia con los preceptos de Su Palabra.

También glorificamos a Dios ante los demás cuando anunciamos las buenas nuevas del evangelio y narramos nuestro testimonio personal de cómo llegamos a abrazar la fe en Cristo. Cuando repartimos publicaciones cristianas o informamos a la gente por cualquier medio sobre Dios y el amor que alberga por cada persona, cumplimos con la Gran Misión que Él encargó a Sus seguidores (Mateo 28:19,20). Lo adoramos cuando ayudamos a quienes padecen necesidad, a las viudas y los huérfanos, a los carenciados, a los pobres; cuando damos de nosotros

mismos de manera que se refleje el amor e interés que tiene Dios por los demás (Santiago 1:27).

También honramos y glorificamos a Dios cuando rezamos y le pedimos ayuda —ya sea para nosotros mismos o para otras personas— y cuando le pedimos que nos guíe. Con ello reconocemos que Él se preocupa y vela por nosotros y damos fe de la verdad de Su Palabra y la confiabilidad de Sus promesas. Reconocemos nuestra necesidad y declaramos por medio de nuestras oraciones que confiamos en que las escuchará y las responderá (1 Juan 5:14,15). Lo honramos al confesarle nuestros pecados y admitir que hemos obrado mal y que necesitamos que nos perdone.

Glorificamos a Dios cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos; cuando tratamos a los demás como querríamos que nos trataran a nosotros (Lucas 6:31); cuando amamos de hecho y en verdad (1 Juan 3:18), y cuando amamos, obedecemos y rendimos culto a Dios y hacemos lo que nos manda, pues eso es el todo del hombre (Eclesiastés 12:13). El teólogo J. I. Packer lo expresó de esta manera: «Todas las actividades de la vida también deben realizarse con el objeto de tributar a Dios reverencia y honra y proporcionarle placer, que equivale a glorificarlo en el terreno de lo práctico».

Vivir con conciencia de que Dios nos creó a Su imagen debiera impulsarnos a hacer todo lo posible por modelar nuestra vida según el ejemplo que nos dio Jesús y seguir una trayectoria que lo glorifique. Sin embargo, vivir una vida que glorifique a Dios no es un ejercicio que favorece solo a una de las partes; no significa que todos los beneficios le tocan a Él. Hay bendiciones que recibirán tanto en esta vida como en la otra quienes vivan para amarlo y

enaltecerlo. Así se lee en los Salmos: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por días sin fin» (Salmo 23:6).

El Señor desea que llevemos una vida que cuente con Su bendición y que a su vez otorgue bendición a los demás. Comprendiendo eso, los cristianos tenemos ocasión de cumplir los designios de nuestro Creador en esta vida y habitar en Su presencia eternamente con plenitud y felicidad, siempre profesándole la gloria que se merece.

Peter Amsterdam dirige juntamente con su esposa, María Fontaine, el movimiento cristiano La Familia Internacional. Esta es una adaptación del artículo original. ■

Señor, digno eres de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas. Apocalipsis 4:11

Si aún no has entablado una relación personal con Jesús, puedes invitarlo a formar parte de tu vida rezando esta sencilla oración:

Jesús, creo de verdad que eres el Hijo de Dios. Te agradezco que hayas muerto en la cruz para que por medio de Tu sacrificio pueda vivir eternamente contigo en el Cielo. Te pido que me perdones mis pecados y te abro la puerta de mi corazón. Lléname de Tu Espíritu Santo y ayúdame a llevar una vida que te glorifique. Amén.

EL ÁLGEBRA Y LA ORACIÓN

Por la mañana hazme saber de tu gran amor, porque en ti he puesto mi confianza.

Señálame el camino que debo seguir, porque a ti elevo mi alma. Salmo 143:8 nvi

Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna. Santiago 1:4 rvr1960

Joyce Suttin que aborrezco. Siempre he dependido de la oración. Es el aire que respiro. Forma parte de mí. Imagino que mi último aliento será una oración.

Las últimas semanas tuve la impresión de que Dios insistentemente me decía que no. Es como si mis oraciones se quedaran cortas. No veo resultados, o si los veo, no son los que esperaba. Ha sido una prueba de fe para mí.

Llevo tiempo rezando, pero las respuestas del Señor a mis oraciones me parecen poco claras. Me siento como si estuviera en clase de álgebra, escuchando al profesor, y no lo entendiera. Me da la sensación de que los demás niños de la clase tienen las respuestas correctas y entienden la lección. En cambio, yo estoy confundida y defraudada. Me considero un fracaso.

Me siento como una niña que dominaba a placer las matemáticas hasta encontrarse con un enigma monumental que no acierto a entender. Me socava la confianza. Me identifico con el chiquillo que levanta las manos en señal de hartazgo y exclama: «¡Odio las matemáticas!»

No son las matemáticas o el álgebra lo que detesto. O en esta analogía de la vida real, ciertamente no es rezar lo

La frustración viene de no entender por qué debo lidiar con ese compás de espera, mientras a mi entender los demás siguen adelante con sus planes. Tal vez sea como estar frente a un semáforo en rojo y tener que esperar a que pasen los autos hasta que sea seguro reemprender la marcha. Sin embargo, muchas veces en mi vida miré hacia atrás y me alegré de que Dios no respondiera enseguida a mi oración. En retrospectiva, logré ver Su plan con más claridad y entonces comprendí el camino que debía seguir.

Todo se reduce a la gratitud y la confianza: gratitud porque el Señor siempre me mostró el camino, y confianza en que todo se aclarará en el momento perfecto que Él disponga. Mientras tanto, espero. Le doy gracias por los incontables favores que me ha concedido en la vida, y confío en que todo está bajo Su control.

Joyce Suttin es docente jubilada y escritora. Vive en San Antonio, EE.UU.   ■

G.L. Ellens

LA PIEDRA ANGULAR DE LA FE

La piedra angular de nuestra fe cristiana es cultivar una profunda relación personal con Jesús. Podemos fomentar hábitos que nos mantengan conectados a Jesús, accediendo a que Su presencia impregne todos los aspectos de nuestra vida. He aquí algunos ejercicios diarios que me han ayudado a fortalecer mi relación con el Señor.

Empiezo cada día dando prioridad a Jesús. Antes de revisar mi teléfono o mi correo electrónico, paso un rato con Jesús. Canto una canción de alabanza y expreso mi gratitud. Este simple acto de adoración y agradecimiento desplaza mi atención hacia Dios y me ayuda a llenarme de Su paz y alegría. Es un claro recordatorio de que Él es

digno de todo honor y gloria, independientemente de mis circunstancias.

La gratitud transforma nuestra perspectiva y abre nuestro corazón a la bondad divina. Cada día escribo en mi diario de gratitud al menos cinco cosas por las que estoy agradecida. Ya sea un hermoso amanecer, una palabra amable de un amigo o una oración respondida, reconocer todas las cosas de las que disfruto me evoca la fidelidad de Dios. Este hábito me ayuda a centrarme en los aspectos positivos de la vida, reforzando mi confianza en Jesús y en Su provisión.

Antes de ponerme a trabajar me tomo un momento para orar acerca de mi lista de tareas. Le pido al Señor que

me guíe, me dé buen criterio y fuerzas para llevar a cabo lo que tengo que hacer. Esta costumbre no solo me ayuda a priorizar mis tareas, sino que también me recuerda que no estoy sola en mis empeños. Al buscar Su orientación, puedo afrontar el día con confianza, sabiendo que Él está conmigo cada palmo del camino.

Estoy decidida a permanecer cerca de Jesús a lo largo del día, acudiendo a Él para que me guíe y agradeciéndole cuando las cosas salen bien. Ese diálogo continuo con Jesús me mantiene en sintonía con Su presencia y me ayuda a sortear los obstáculos, confiando y apoyándome plenamente en Él. Trátese de una oración rápida para pedir paciencia o de un momento de gratitud por una pequeña bendición, esas pausas intencionales mantienen vibrante y vigente mi relación con Jesús.

Jesús nos llama a amar y servir a los demás, reflejando Su amor en nuestras acciones. Trato de tener gestos de bondad todos los días, sean grandes o pequeños. Puede tratarse de ayudar a un vecino, ofrecerme como voluntaria en una entidad benéfica de la ciudad o simplemente prestar oídos a alguien que lo necesite. Servir a los demás mantiene mi corazón palpitando en armonía con el corazón de Jesús y me ayuda a vivir Su precepto de amarnos los unos a los otros como Él nos amó ( Juan 15:12).

Concluir la jornada en compañía de Jesús es tan importante como empezarla con Él. Cada noche reflexiono sobre el acontecer del día, agradezco al Señor Sus bendiciones y confieso los pecados cometidos. Le pido perdón y orientación para el día siguiente. Este ejercicio me ayuda a terminar la jornada con el corazón en paz, descansando en Su gracia y preparándome para un nuevo comienzo a la mañana siguiente.

Cultivar estos hábitos diarios me ayudó a profundizar mi relación con Jesús. Me mantienen anclada en Su Palabra, en sintonía con Su voz y consciente de Su presencia. Al dar preferencia a los momentos que paso con Jesús cada día, recuerdo Su amor, Su gracia y la razón de ser que Él tiene para mí, lo cual no solo robustece mi fe, sino también me ayuda a ser un recipiente de Su amor y luz para los demás.

G.L. Ellens fue misionera y docente en el sureste asiático durante más de 25 años. Pese a que se jubiló, aún realiza labores voluntarias, además de dedicarse a escribir. ■

JESÚS Y JIM

Se cuenta que un clérigo se empezó a preocupar porque todos los días, a las doce del mediodía, un anciano mal vestido entraba a la iglesia y a los pocos minutos volvía a salir. ¿Qué intenciones tendría? Decidió informar al sacristán y le pidió que la próxima vez lo interrogara. Al fin y al cabo, la iglesia contenía bastantes objetos de valor.

—Vengo a rezar —respondió el anciano al sacristán cuando este lo interpeló.

—No me tome el pelo. Usted nunca se queda en la iglesia el tiempo suficiente para rezar.

—Vea usted, lo que pasa —continuó el anciano— es que no sé hacer una oración larga. Por eso todos los días a las doce vengo y digo: «Hola, Jesús; soy Jim». Espero un minuto y luego me voy. Rezo cortito, pero yo creo que Él me escucha.

Poco tiempo después, cuando Jim sufrió un accidente y fue hospitalizado, ejerció una estupenda influencia en los enfermos que compartían la sala con él. Los pacientes quejumbrosos pusieron cara risueña y con frecuencia resonaban risas en el pabellón.

—Jim —le dijo un día la enfermera que lo atendía—, todos dicen que el ánimo ha mejorado mucho en la sala gracias a usted. Comentan que usted siempre está contento.

—Sí,  ¡eso es cierto! ¿Cómo no voy a estarlo? Es por el visitante que todos los días me viene a alegrar la vida.

—¿Qué visitante? —preguntó la enfermera extrañada. En las horas de visita ella siempre notaba que no había nadie en la silla del pobre Jim, pues no tenía familiares.

—Esa visita, ¿a qué hora viene? —reiteró ella. —Todos los días —respondió Jim, con ojos alegres—. Todos los días a las doce del mediodía viene y se pone a los pies de mi cama. Lo miro, y Él me mira sonriente y me dice: —Hola, Jim; soy Jesús.

SIN BARRERAS

Tengo amigos que a menudo me piden que rece por ellos cuando se trata de asuntos relacionados con su vida personal. ¡Un amigo hasta me para por la calle cuando me ve y me pide que rece por él ahí mismo! Me gusta orar por la gente, ya que eso libera el poder de Dios para que actúe en su vida y situaciones. La oración de intercesión también me beneficia a mí, toda vez que ejercita mi fe en Dios y me ayuda a mantenerme conectado con Él. Jesús dijo: «Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:19,20).

Aunque es bueno pedir oración a los demás, todo cristiano debe tener también una vibrante conexión personal con el Señor. Tenemos un mediador, Jesucristo, que intercede ante el Padre en nuestro favor (1 Timoteo 2:5). Como hijos de Dios, cada uno de nosotros puede acercarse al trono de Dios con confianza y alcanzar misericordia y gracia para socorrernos en nuestros momentos de apuro (Hebreos 4:16).

Gracias al sacrificio de Jesús tenemos el privilegio de acceder a la presencia misma de Dios. En el momento de la muerte de Jesús en la cruz el velo que separaba el lugar santo del santuario interior del templo se rasgó en dos (Mateo 27:51). Cuando todavía regía la Antigua Alianza, solo el sumo sacerdote podía entrar en el santuario interior; estaba prohibida la entrada a los demás. Ahora, por medio de Jesús, el sumo sacerdote del Nuevo Pacto —es decir, cualquiera que crea en Él— tiene acceso al santuario interior —el recinto más sagrado— del verdadero templo de Dios en el Cielo. Todos los creyentes en conjunto «llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo» (1 Pedro 2:5 nvi ). Por eso, si bien aseguro a mis amigos que rezaré por ellos, también les recomiendo que se acerquen ellos mismos al trono de Dios por la vía de la oración. Jesús dijo que los grandes milagros son posibles si se tiene una fe del tamaño de una semillita de mostaza (Mateo 17:20), y todas las cosas son posibles para los que creen (Marcos 9:23). La Biblia también dice: «Me buscarán y me hallarán, porque me buscarán con todo su corazón» ( Jeremías 29:13). Cuando nos conmovemos y desahogamos el corazón ante Dios, Él nos escucha y responde a nuestras oraciones como a Él le parezca mejor.

Uday Paul es escritor independiente, profesor y voluntario. Vive en la India. ■

NO ES INAUDITO; ¡ES DIOS BENDITO!

Mi amigo Michael tiene un dicho que saca siempre que Dios hace algo inexplicable en respuesta a la oración: No es inaudito; es Dios bendito.

Desde hace unos meses Michael, otros y yo venimos fraguando un importante emprendimiento. Uno de los primeros pasos que tomaron Michael y otro compañero fue trazar un plano de todo el proyecto. En papel se veía magnífico, muy simple, asequible y seguro. No tardamos, eso sí, en darnos cuenta de que Dios tenía un plan y un cronograma un poco distintos. Según parece, parte de ese plan consistía en enseñarnos a depender más de Él, nuestro máximo directivo, siempre enterado de todo.

Cada persona aporta algo a la empresa. Cuando ninguno de nosotros posee los conocimientos necesarios en algún aspecto, nos toca encontrar a alguien que sí los tenga. O para ser más exacto, tenemos que rogar a Dios que nos envíe la persona indicada para llenar el vacío. Eso justamente hizo Él en los últimos meses: Nos puso en situaciones inesperadas con el objeto de que conociéramos personas que nunca habíamos visto antes, pero que sabíamos que eran las mejor capacitadas para ayudarnos a salvar el siguiente obstáculo.

Esos momentos que no tenían nada de raro —era Dios obrando— marcaron una tónica distinta para toda nuestra empresa: andábamos más en oración, éramos más pacientes y teníamos una actitud más positiva y de confianza en Dios. Cuando llegamos a un punto muerto, cuando hacemos todo lo posible y aun así nos quedamos cortos, cuando no podemos hacer otra cosa que esperar a que Dios obre, ahora es más probable que en vez de tener un bajón nos lo tomemos con emoción, a sabiendas de que Dios debe de tener pensado algo mejor de lo que podría ocurrírsenos a nosotros o de lo que podríamos lograr a pulso.

Además de los beneficios que reportó para nuestra empresa, me sorprendió que esta actitud se haya extendido a otros aspectos de mi vida. Se me hace más fácil confiar en Dios cuando surgen problemas, lo que me ayuda a mantener la calma, ser más positivo y pensar con mayor claridad. Los designios divinos —estoy aprendiendo— son mucho más amplios y superiores que los míos. ¡Qué sesudo jefe es Dios!

Keith Phillips fue jefe de redacción de la revista Activated, la versión en inglés de Conéctate, entre 1999 y 2013. Hoy él y su esposa Caryn ayudan a personas sin hogar en los EE.UU. ■

Cuando estás angustiado y te duele el alma, tus planes se frustran y tu mundo estalla, recuerda que Dios está presto a ayudarte, a llevar esa carga que puede quebrarte. Abandónate a Dios, encomiéndate a Él.

Apacible andarás, no hay mejor timonel.

Helen Steiner Rice

LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

Con frecuencia, al dirigirse a las multitudes, Jesús les hablaba en parábolas, relatos aparentemente sencillos acerca de cuestiones cotidianas, de circunstancias y situaciones con las que Sus oyentes pudiesen identificarse. Muchas veces la parábola iba seguida de una explicación para aclarar su significado, destinada, ya fuera a la muchedumbre o exclusivamente a Sus discípulos. Si bien las parábolas se basaban en conceptos de fácil comprensión, los oyentes no siempre captaban la enseñanza transmitida.

La Parábola del sembrador es una de las pocas que aparece en tres de los de los cuatro Evangelios: en el capítulo 13 de Mateo, en el 4 de Marcos y en el 8 de Lucas. Revela las cuatro reacciones que puede tener la gente cuando oye el mensaje del evangelio.

«Un agricultor salió a esparcir sus semillas. Mientras lo hacía, (1) algunas cayeron junto al camino, y vinieron las aves y se las comieron. (2) Otras cayeron en pedregales,

donde no había mucho sustrato. Brotaron pronto, pues no había profundidad de tierra. Pero cuando salió el sol las plantas se calcinaron y como no tenían raíces profundas se secaron. (3) Otras más cayeron entre espinos, que crecieron junto a ellas y ahogaron las plantas, de manera que no produjeron grano. (4) Así y todo, otras cayeron en buena tierra. Brotaron, crecieron y dieron abundante cosecha: unas treinta granos por semilla sembrada, otras sesenta y otras cien.»

Jesús concluye diciendo: «El que tenga oídos para oír, que oiga» (Marcos 4:2-9 nvi).

Luego de referirle esta parábola a la multitud, Jesús se la interpreta a Sus discípulos, que no la habían comprendido: «Este es el significado de la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son los que oyen, pero luego viene el diablo y les quita la palabra del corazón, no sea que crean y se salven» (Lucas 8:11,12 nvi).

¿Qué sucede cuando la semilla vivificante de la Palabra de Dios se siembra en ese primer tipo de tierra endurecida y poco receptiva? Viene Satanás y la arrebata antes que la entiendan y antes que pueda echar raíz en ellos. La Biblia dice que «la fe nace al oír […] la palabra de Cristo» (Romanos 10:17); empero, «el dios de este mundo les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:3,4).

En cuanto a la segunda clase de tierra descrita por Jesús, Él dice: «Los que están sobre las piedras son los que reciben la palabra con alegría cuando la oyen, pero no tienen raíz. Estos creen por algún tiempo, pero se apartan cuando llega la prueba» (Lucas 8:13 nvi).

Los que se enmarcan dentro de la segunda categoría reciben inicialmente la Palabra con alegría y empiezan a crecer, pero cuando llega el momento de prueba o de contrariedad, merma su entusiasmo y su fe se marchita.

Simplemente «no tienen raíz». No crecen nunca ni llegan a dar fruto. Van desfalleciendo espiritualmente hasta morir. Sucumben a la hora de la prueba, pues no responden al evangelio con fe y convicción arraigadas. En verdad no han recibido la Palabra de Dios ni han dejado que Su verdad les cale hondo en el corazón y eche raíz.

Veamos ahora la explicación que ofrece Jesús acerca del tercer tipo de tierra: «Otros son como lo sembrado entre espinos: oyen la palabra, pero las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos entran hasta ahogar la palabra, de modo que esta no llega a dar fruto» (Marcos 4:18,19 nvi).

El terreno lleno de espinos representa a los que reciben la Palabra, pero permiten que los afanes y preocupaciones, las riquezas y deseos de este mundo temporal la asfixien. Las cosas y los asuntos de este mundo les quitan tiempo y atención de la Palabra de Dios, lo que acaba atrofiando gravemente su crecimiento espiritual. Las espinas terrenales sofocan su capacidad de dar fruto.

Por último, el cuarto tipo de tierra que describe Jesús propicia un crecimiento perdurable y una verdadera fecundidad: «Las semillas que cayeron en la buena tierra representan a los que de verdad oyen y entienden la palabra de Dios, ¡y producen una cosecha treinta, sesenta y hasta cien veces más numerosa de lo que se había sembrado» (Mateo 13:23 ntv).

A diferencia de las demás tierras infructuosas, esta cuarta clase de tierra recibe la Palabra y la entiende. Las personas simbolizadas por esa tierra fértil, perseveran pacientemente hasta que su fe crezca y fructifique para la gloria de Dios. Los cristianos fructíferos son los que oyen y entienden la Palabra de Dios y dan lugar a que esta les transforme el pensamiento, el corazón y la existencia. Como consecuencia, la Palabra da fruto en su vida y en la de los demás, cumpliendo la voluntad y los designios divinos (Isaías 55:11).

Que nuestra vida sea ejemplo vivo de esa buena tierra descrita en la Parábola del sembrador.

Adaptación de un artículo de «Tesoros» publicado por la Familia Internacional. ■

DEJA QUE EL AGUA HAGA EL TRABAJO

De niño, mi madre me pedía que la ayudara con las tareas domésticas. A veces me resistía, decidido a terminar mi torre de bloques. Así y todo, intentaba poner todo mi empeño. Al fin y al cabo sabía que mi madre estaba muy ocupada. Se la veía sobrecargada, cuidando de una bulliciosa familia de seis hijos.

Mi trabajo preferido era limpiar las ventanas. Deslizaba mi escobilla de goma una y otra vez hasta que podía admirar los reflejos en el cristal. Me aseguraba de que nada se interpusiera entre la hermosa vista del cielo y yo.

Pero un día mi madre me encomendó la tarea de limpiar el suelo de la cocina. ¿Qué! ¿Agacharme hasta el suelo! ¡Nada de qué gloriarse! ¡Ningún reflejo! Además, tan pronto como se limpiaba, se volvía a ensuciar.

La cuestión es que yo quería ayudar a mi madre. Así pues, con un trapeador más grande que yo me esforcé por quitar todas aquellas manchas de suciedad. ¡Menudo trabajo! Eso sí, me enorgullecí, porque estaba prestando un servicio y era una tarea ardua que mi madre no tendría que hacer.

Cuando ella vino a verme notó el esfuerzo que estaba haciendo.

—Daniel —me dijo—, ¡deja que el agua haga el trabajo!

Para mostrármelo, pasó un trapeador bien húmedo por todo el suelo. Quedó empapado.

—Ahora aguarda —me dijo.

Al cabo de unos minutos me aconsejó que escurriera bien el trapeador y volviera a pasarlo por el suelo. Me aseguró:

—El agua aflojó la suciedad. Ahora se recoge sin esfuerzo.

¡Parecía un milagro! Las manchas salieron como por arte de magia. Hasta los puntos donde había harina, huevos y chocolate de nuestra memorable fiesta de panqueques del día anterior quedaron limpios al instante. De eso hace ya muchos años. Ahora a veces me siento en silencio a leer la Biblia. Aunque tengo un nuevo Padre y una nueva vida, ¡ay, mi corazón está lejos del Hijo de Dios! Parece que la suciedad del pecado se le pegó con tenacidad. ¿Cómo puedo limpiarlo? Entonces oí la voz queda del Señor que decía:

«¡Deja que el agua haga el trabajo! Llena tu corazón y tu mente con el agua viva de Mi Palabra. Deja que fluya por todos los rincones. Luego espera. No te preocupes por tantas cosas; quédate tranquilo a Mi lado. Ya está. Ahora puedes limpiarlo sin esfuerzo. Mi Palabra hizo el trabajo, y la suciedad de tu pecado se va borrando».

«Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» ( Juan 17:17).

Daniel Olender fue misionero en Europa muchos años. Hoy en día se dedica a crear juegos de mesa didácticos con contenido cristiano para que el aprendizaje de la Biblia sea fácil y entretenido. ■

Daniel Olender

El gorrión que se enredó

Mi mujer y yo paseábamos por un pastizal en Australia. Al pasar por un potrero cercado donde unos caballos pastaban tranquilamente, de repente oímos un ruido lastimero. Un gorrioncito se había enredado en una cuerda. De algún modo su patita había quedado atrapada en una cuerda que colgaba del alambrado, y el gorrión aleteaba y daba vueltas, haciendo todo lo posible por liberarse, pero sin éxito.

Intentamos acercarnos para liberarlo, pero el indefenso animal no quería saber nada de eso. Cuanto más nos acercábamos, más graznaba y aleteaba con frenética desesperación. Mi mujer y yo buscamos en los bolsillos algo con que cortar la cuerda. Ella encontró una llave y cortó la cuerda sin problemas. El gorrión levantó vuelo a toda velocidad sin mirar atrás para darnos las gracias.

Puede que a veces nos sintamos como ese gorrión. Nos vemos atrapados en circunstancias y condiciones difíciles. Parece que los problemas nos acechan cuando menos preparados estamos. A lo mejor nos despidieron del trabajo, nos enfermamos o discutimos con un ser querido. Quizá nos asaltan la depresión, los apremios en el trabajo o los apuros económicos.

Tal vez, si recordáramos la situación de este pequeño gorrión, nos daríamos cuenta de que Dios siempre se hace presente para auxiliarnos, como lo hace con el pajarillo más pequeño. «Ni un solo gorrión puede caer a tierra

sin que el Padre lo sepa» (Mateo 10:29 ntv). Él siempre trata de ayudarnos si se lo permitimos. Confiar en Dios significa que nuestro espíritu se libera de preocupaciones y puede estar tranquilo, sabiendo que Él resolverá las cosas. Lo único que tenemos que hacer es creer y recibir Su ayuda desde el Cielo. Así como ocurrió con aquel gorrión, nuestros problemas pueden tener un desenlace feliz.

Curtis Peter van Gorder es guionista y mimo Dedicó 47 años de su vida a actividades misioneras en 10 países. Él y su esposa Pauline viven actualmente en Alemania.   ■

Si atraviesas una tormenta en este momento, presta atención a este mensaje de aliento: No estás solo. Dios está contigo en la tormenta. Busca en Él lo que necesitas. Clama a Él; pídele ayuda como enseña el Salmo 50:15: «Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me glorificarás» Nuestro Padre celestial es un liberador fiel y digno de confianza. Incluso en los días de tormenta, Él obra a nuestro favor con ánimo de resguardarnos, sostenernos y rescatarnos. Crystal Paine

Curtis Peter van Gorder

MORAR EN SU PRESENCIA

Tu trabajo y tu vida en la Tierra no son más que un momento en comparación con la amplitud infinita de la eternidad. Tu tránsito por la Tierra es una oportunidad para crecer espiritualmente y tomar decisiones que te acerquen a Mí. Tu vida es una ruta de evolución espiritual, que obra para transformarte a Mi imagen con un esplendor cada vez mayor (2 Corintios 3:18 nvi).

Aprovecha tu tiempo en la Tierra para contemplar Mi gloria y convertirte en la persona que Yo dispuse que fueras por la eternidad. Permanece en Mí y en Mi Palabra ( Juan 15:7), esmérate por morar en Mi presencia tomando momentos de oración y comunión conmigo, y mantente alerta para que las cosas de este mundo no te impidan caminar conmigo (1 Juan 2:15,16). A medida que te vas proyectando hacia lo eterno y cultivas la conciencia de que tus acciones y decisiones tienen consecuencias eternas, evitarás conformarte a lo mundano. Te transformarás por la acción de Mi Espíritu y podrás discernir Mi voluntad agradable y perfecta (Romanos 12:2).

Tu amor por Mí te inspirará a acercarte a Mí, dando lugar a que Mi Palabra habite en ti con mayor abundancia (Colosenses 3:16). Cuando todo lo demás haya pasado Mi Palabra aún permanecerá (Mateo 24:35). Aunque este mundo se desvanezca con todos sus deseos, todo aquel que busque hacer Mi voluntad permanecerá para siempre (1 Juan 2:17).

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