Elcuervo mira el cuervo maquetado2

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EL CUERVO MIRA EL CUERVO Poemas. Alejandro Rebollo Roldán Ilustraciones. Carmen Gutiérrez Somavilla



I Sé que caminaré hacia la tarde O de la tarde nacerá la noche O la mañana despertará el hielo


II El cuervo mira el cuervo Hay una cornisa donde se arrojan al vacĂ­o Los servidores del otro lado. El cuervo mira el cuervo ÂĄMira el cuervo! El cuervo Cuervo Bate alas en un yo que no es



III Pequeña silva. Ya bajaba la tarde Por su camisa desabrochada, Sus luces encendidas Y en un adoquín, reflejos tardíos Pálidos como un fantasma de agosto Hudiéndose en una calle sin gente Ya bajaba la tarde Escuchándote cantar Por tus muslos, tu tripa, Tus ojos breves de resistencia. Ya provocabas a la lluvia, al sol Un delicioso trueno en su boca. Estallaba la vida Frágil como una flor seca en un libro Signo al cristal la parte De la otra parte tuya. Y me dices que a esa altura del tiempo Te sientes inspirada Que ves como un río suena en un bosque, Que oyes a las piedras vivir hablando Un idioma oculto en la sed de un siglo.



IV “Yo, que todo lo prostituí, aún Puedo prostituir mi muerte Y hacer de mi cadáver el último poema” Leopodo María Panero

Aquí, El deber de ser ancla, Ropaje y caracola. Verso Hierro y agua. La muerte extiende Su vestido de noche A lo largo de habitaciones. No desesperes El sol pega y arde en la playa Un sueño en cada mejilla Y trafican almas Alrededor del cementerio.


Se estremece la sombra, AllĂ­, Yo dentro, Nada en medio. Alcanzo la palabra Y solo veo gente desnuda, Gente mutilada que pide a gritos Una flor en Diciembre. Correr, Se mezclan palabras, Se ha roto el mundo Al otro lado del lenguaje.


No veo a nadie: ¿Quién apagó la luzo? Levantar la esperanza Y servirse frío. Olvida mi nombre Ojalá no hubiese cuerpos. No habría nada de por medio.




V Resulta tan triste Como el idioma de las plazas. Las violentas palomas Erquidas ante rostros ancianos. Era el hombre, el destino Absurdo Dios que canta Un vals en maitines. Aún recuerdo aquella hora Recién llegada y con prisa; Cubierta en sedas y ojos Pesando la abultada existencia. Tengo miedo, oía el susurro de la gallina colérica y el tenedor en su vientre. Tenían prisa las rupturas rojas En frente del estanco Al lado del mar, del nombre, Una tabla que arrastraba, Hacia ninguna parte. Y siempre algún vigilante, De esos de cuadrícula y cerebro Hablaba de encauzar Con su brillo a todos los peces.


VI El octavo mediodía silencia Un ave aislada en los huesos, respira Angustiada bajo piel. Sus movimientos, quebraderos torpes De hogares y orillas. Angustiada, recela del no nombre, De un violeta, aquí ausente Palpitando de frío. Aún llevaba hoy el pálido reflejo De un volatinero gris moribundo Que cayó por no verse, Contrario a Narciso Con miedo a las alturas subió al cielo Lo encontró bajo las aguas del río, Bajo la propia vida. Un ave pequeña vuela enjaulada Preguntando por mí, dentro del cuerpo. Mas, ¿Qué había?¿Fluídos? ¿Sangre?¿Dónde volabas pajarillo? Cerca del yo enjaulado Donde te oía cantar muy a lo lejos Como desde un sueño.



VII Echo de menos el oleaje, La espuma blanca sobre los corales Y las tormentas, lejos, en el horizonte. Echo de menos la llovizna sobre la ciudad, Los semรกforos en rojo, Las sierenas de ambulancias.


Echo de menos las sombras Que caen con la noche Que pasean por los parques. Los cristales con gotas de agua. Echo de menos el silencio de madrugada, El caminar sobre los charcos. Echo de menos el perfume de aurora blanca Y el ta単er de las campanas Sobre el mar inocente. Echo de menos los pescadores Que caen en la locura



Las noches que pisan tierra. Los vagones de barcos mercantes. Las desafinadas redes de lugares concurridos. Echo de menos la soledad del alma Y la angustia del griterĂ­o. Echo de menos el canto de las gaviotas Volar por la maĂąana en el puerto Y el fango acariciar Unas botas de goma.


VIII “Qué ruido tan triste el que hacen los cuerpos Cuando se aman” Luis Cernuda

Cine. Cosido remendado Hilos de seda Y telas suaves. Mar, olas, salitre Sol bañando la piel. Y en mis ojos Se guarda la tarde.


Olor a mar, Y caracolas en la playa. Recojamos las conchas. Suben mareas, Y se duermen las horas Parecido, despistado, Loco, atontado. Los barcos entran al puerto, Y el navegante sin sombra Se queda de pie, aguardando La noche. Perfecto, solitario, Lugar, acompa単ado. Juega con la arena. Hagamos castillos, Y hundamos la pala.



Lluvia, claridad, Agua, calma, El sol arde naranja Y esconde sus rayos. Carretera, coche, recuerdos Vuelta a casa. Atardecer, lejos Queda la playa. Royo que se acaba. CrĂŠditos, agradecidos, Y una Ăşltima palabra, Comunico.


IX Subrayo la puesta en marcha El ataĂşd inhumano Canto misal del otoĂąo Que ya la vereda canta. No te conozco fantasma No te conozco. Sobre el quicio de agosto Me miran brujas lloviendo Ocultas tras la ventana. La ladera ha hecho su cama. La vertiente de algĂşn claro Bailes, almas, instrumentos.


El Cristo de mi almohada Ya habló con el ladrón De su derecha, lozano; Lemira y enmudece solo, Solo un rostro de lluvia Penitente sobre la cama. Y ya al cerrar el crepúsculo Un rayo de sol penetra En el interior de mi alba, Cálida como gotitas Frías de rocío infantil, Jugando al juguete roto Que el mal ladrón me guardaba.



S贸lo un silencio, solo uno, Dej贸la puerta en mi nombre Y desde entonces ya no hablo, Con nadie que venga muerto. -Ni que tu estuvieses vivo, Dice uno de los ladrones; Y huyo en soledad de un bosque Vestida de harapos, nada.


X Que maduraría hacia el absurdo Como otras ramas crecieron hacia los cúmulos. No entendía las palabras de los que hablaban. Solo el traje perturbado que la última lluvia había traído. Aunque la lluvia no vea Y hacia abajo seres, los cristales negros No hiciesen más que poner nombre y hablar muy Alto Palabras y palabras, algo oculto permanecía Imperturbable, Una gota hacia arriba que solo contempla Y que suele bajar hacia dentro. No comprendo el nombre Fui yo quién creí Que el creador fuese creado por lo creado Y no al revés. No es tristeza. No encuentro la definición del vacío que lloras, El que te hayas ido de esa forma, No lo encuentro Tienes que volver a existir en alguna parte.



XI OĂ­as el sonido indirecto de los pĂĄjaros en su ausencia. Conozco un temblor especial en los labios cuando Sientes una mano Encima de otra mano, Las pieles y las arrugas; Una mano en la mejilla Paseando el dedo despacio sobre el lomo de una hormiga.



XII En los álamos a la orilla del río La brisa oplaba las hojas. Era un cñalido día de primavera Y yo estaba sentado siendo niño Y mirando aquellas almas Que bailaban ligeras al lado del agua. Era pequeño y veía el agua chocar Contra los cantos del riachuelo Y las alondras venían y se apoyaban en las ramas. Se respiraba el aire inocente y puro Como una gota de rocío cayendo por la ventana O un baile de sentidos aún sin marchitarse. Al caer la tarde, entre las hierbas altas Una tumba se erguía ante mí, Misteriosa como una cadena caída del cielo O una imagen negra en la orilla de la cama; Y yo caminaba hacia el altar de noche, Salían estrellas con colores extraños Como pintadas de lluvia o tiniebla, Y un silenciio de fondo se apoderaba de los gritos, De aullidos sobrecogedores que inundaban los Campos. Y me di cuenta de que ya no veía De que crecía el miedo a la oscuridad dentro de mí.




XIII En casas frías de niebla Siempre resbalaba el suelo Y los silenciosde la noche Despertaban hasta el más sutil fantasma. Escondían sus manos bajo el hielo de las pieles, Allí donde nunca hubo nada.



XIV Yo solo, Si, allĂ­, en el cerrar de los pĂĄrpados, Donde acecha la oscuridad. Yo solo.



XV Perduraban los dolientes Enjuagando sus pies tristes Solicitando una estrella. Naufragando su Jonás Engullido con el mundo Pereciendo en la ballena. Yo, que a veces abandonaba Tus átomos y tus células Quería arrojar metafísicas. Repartían mis maldades. Y en la cama un Cristo herido Enjuagaba sus pies tristes. Preguntó: ¿puedo arrojarme? En otro cuerpo, en otro, en otro, Tengo miedo viernes solo.


XVI Hoy me he acercado al mar. He viajado por algunas grietas, Por algunos párpados, Por ciertos pájaros de angustia Y he caído en sus manos. Huyo de cualquier día, Del paso violento de una tarde De lo que se escapa entre mis dedos. Me miro y no veo nada, Un cuerpo sí, pero nada. Voy borrándome en un espejo Van tiñendo viejos amigos De otros dos miles, En un ápice de mi boca. Ayer, anoche, soñé mi muerte Que me disparaban Y lo grababan en video. Voy a acercarme al mar A mirarme en su espuma blanca En su arbolito en el acantilado, En su tarde roja, en su gema.



XVII En acordeón su estirpe, huida mano Invocando el genoma, la voz griega, Lo anterior lo que el nombre esconde, el canon, Lo que fui quizás, el raptor de Helena, La sombra gris en el trigo, el otro lado, Sepultado en un vórtice de niebla. Bajando Orfeo a los infiernos, raspando El arpa oscura que durmió a la bestia. Sol verde en el horizonte mirando Aquel último instante antes de verla. Acariciando el aire; caída en vano Hacia la noche, belleza muerta De un rostro inmortal, el secreto largo Con que me adentré en la eterna tristeza.




XVIII Cada mota de polvo en silencio. Los ascensores subiendo al ático. Alrededor solo hay un grupo de personas Haciendo fotos desde la azotea. Una mosca se posa en mitad de la autopista. El vendedor de rosas se ha ido. El corredor de apuestas preside el espectáculo. El oficio de ultramarinos no entiende estos tiempos. Alguien no conoce a quien saluda. La estampa de algodón en las esquinas del escaparate, Focos rojos y verdes de navidad. Una planta acaricia por la luz que parpadea. Palabras cotidianas, una habitación en penumbra Y la persiana a medio bajar. Entra un rayo de luz. El granizo golpeando la ventana de la buhardilla. Muebles apilados alrededor de un cubo de basura Ropa tendida, sábanas blancas. De lejos se ven las montañas inundadas de nubes Estoy en mi habitación, no sé si hace frío. El sábado por la noche el tejado estaba lleno No había más que fotógrafos chinos.


El tren llegando a las estaciones Y las lámparas parpadean en el vagón. Un hombre de negocios hablando por teléfono Va perdido dentro de su vida. Hay un portal y dentro los azulejos empañados. El suelo está frío. Un atasco en mitad de la autopista, Una caída al aire libre de un paracaidista.


Los anuncios de publicidad pintados de grafiti, El temblor de baja intensidad de un terremoto, Anoche dicen que pudo haber llegado a sentirse. Un titular de noticias en la tele, A las dos empiezan los Simpson Y el kétchup está guardado en la nevera, ¡Sácalo! Quieta, posada vigila un águila desde el poste de la luz Al lado los coches en la autopista viajan a gran velocidad. La lonja con pescado y trabajadores del puerto, Un chaval con gorra y pantalones demarca Mueve los hombros con intensa superioridad



La ciudad vista desde arriba en un plano a la salida de la estación. Una pareja de turistas acaban de llegar felices Y quieren visitar todo. Es lunes por la mañana. Las tiendas de ropa venden la nueva temporada otoño-invierno. El centro comercial abrió ayer domingo. La red social guarda palabras de toda clase y nada. Se ha levantado ventisca, es imposible ver el otro lado Ya las nubes tapan las montañas. Es probable que mañana llueva. El bosque replantado después de un incendio. Los caminos de las afueras por donde se levanta polvo. El kilogramo para emitir el precio en la frutería. La luz del sol entre dos nubes. Suena la radio en la calle desde una ventana abierta. Es un programa extranjero. Las chimeneas ardiendo deuna fábrica, El aire golpeando a una hoja y moviéndola en el vacío.



XIX Quiero penetrar en la voz, Ver la luz tenue Que se disipa en la memoria. La causa de su no yo. Buscar al viajero huye de mi piel. Ser la sombra De Orfeo girรกndose Hacia el lado opuesto que conocemos



XX Hay ascensores humanos Y la piedad confusa de un perro guía. Cualquier retrato insano Y el olor de una lluvia Se derrite en un nocturno tranvía. El señor se hizo anciano Y un trágico bufón de lejos venía. Arrojando un pantano En la flor que se abría. La cortina cerrada al mediodía. Encuentro cotidiano: La luna feminista y un policía. El gris amor mundano Cubrió las noticias. Nicolás irrumpió en la sacristía. Tan triste quedó el llano Cuando la escarcha olvidó que allá había Un hombre con dos manos Que regaba y sentía; Construyó un muro de cables un día. Silenció el viejo órgano. Esta noche de palacio, el vigía Oía al samaritano Tocar melancolía. La música lentamente moría.



Santander, 2015


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