Ilustraciones de Los Cantos de Maldoror, por Miguel テ]gel Martテュn
Ediciテウn de Dilatando Mentes Editorial
«Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, a menos que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual igual al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma como el agua al azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; solo unos pocos saborearán este fruto amargo sin peligro. Por consiguiente, alma tímida, antes de adentrarte más por semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia delante.»
«Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh! Cuán dulce resulta entonces arrancar brutalmente de su lecho a un niño que nada tiene todavía sobre el labio superior, y, con los ojos muy abiertos, simular que se pasa suavemente la mano por su frente, ¡inclinando hacia atrás sus hermosos cabellos! Después, inmediatamente, cuando menos se lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, evitando que muera; pues, si muriese, no contaríamos más tarde el espectáculo de sus miserias.»
«¡No encontrado lo que yo buscaba, levanté mis párpados aturdidos más arriba, aún más arriba, hasta que percibí un trono formado de excrementos humanos y de oro, sobre el que presumía, con orgullo idiota, el cuerpo recubierto por un sudario hecho con sábanas sin lavar de hospital, de aquel que se denominaba a sí mismo el Creador!»
«Con el espíritu descontento, se vuelve a vestir precipitadamente, lanza una mirada de prudencia al camino polvoriento, por donde nadie transita, y ordena al bulldog que estrangule, con la presión de sus mandíbulas a la niña ensangrentada.»
«Una horca se levantaba sobre el suelo; a un metro de éste, estaba suspendido por los cabellos un hombre, con los brazos atados a la espalda. Sus piernas habían sido dejadas en libertad, para acrecentar sus sufrimientos, y para hacerle desear cualquier cosa que fuera lo opuesto a la atadura de los brazos. La piel de la frente estaba tan tensa por el peso del colgado, que su rostro, condenado por las circunstancias y la ausencia de expresividad natural, se parecía a la concreción pétrea de una estalactita.»
«Yo, que hago retroceder al sueño y a las pesadillas, siento que se me paraliza la totalidad del cuerpo, cuando ella trepa por los pedestales de ébano de mi lecho de satén. Me aprieta la garganta con las patas, y me chupa la sangre con su vientre.»
«Dirigíos al lugar donde se encuentra el lago de los cisnes; y, os diré más tarde por qué hallaréis uno completamente negro entre la manada, uno cuyo cuerpo, sosteniendo un yunque, sobre el que está el cadáver en putrefacción de un paguro ermitaño, inspira con todo derecho la desconfianza de los otros camaradas acuáticos.»