Soacha
Cultura Rupestre en Cundinamarca
UNIMINUTO CORPORACIÓN UNIVERSITARIA MINUTO DE DIOS
Rector General Padre Camilo Bernal Hadad Rector Cundinamarca Meta Santiago Vélez Álvarez La Casona Centro de Arte y Cultura Laboratorio de Producción Gráfica Concepto Gráfico Enrique Hernández R. Diseño y Diagramación Enrique Hernández R. Mayerly Albino Fotografía Jonathan Vásquez / Heimy Shayuri Garnica Información y Textos Manual de Arte Rupestre de Cundinamarca http//www.alcaldiasibate.gov.co Soacha Colombia 2008
UNIMINUTO CORPORACIÓN UNIVERSITARIA MINUTO DE DIOS
Soacha
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oacha es un municipio privilegiado en cuanto al arte rupestre se refiere, ya que en este territorio se hallan pictogramas precolombinos que son considerados como patrimonio cultural de la humanidad, convirtiéndolo así, en un destino turístico. El territorio de lo que hoy es Colombia ha venido siendo habitado, desde hace mas de 16,500 años por diversos pueblos que han dejado como prueba de su paso una gran cantidad de evidencias el conocimiento que tenemos de estos grupos humanos del pasado ha sido posible, en gran parte, gracias
al reconocimiento y estudio de las modificaciones que realizaron a su entorno y de los objetos materiales que se elaboraron. Así las huellas de las antiguas zonas de cultivo, lugares de vivienda, caminos, sitios sagrados, enterramientos y tumbas herramientas y monumentos de piedra, restos humanos y animales, piezas de oro y cerámica, arte rupestre etc. Contribuyen a lo que hoy reconocemos como parte de nuestro patrimonio cultural. El arte rupestre o las pinturas o grabados que nuestros antepasados indígenas dejaron plasmados en piedras por todo el país, ha permanecido durante siglos en el mismo lugar en el que fue realizado. Por tal razón el entorno en el que se encuentra se puede considerar como un verdadero museo al aire libre.
introducción Una de las formas más recurrentes para asociar el arte rupestre de una zona con contextos arqueológicos es enmarcar este tipo de manifestaciones a partir de la relación de cercanía espacial. Dicha asociación ha sido facilitada por la construcción que los arqueólogos han hecho de las llamadas áreas culturales, las cuales permiten la clara delimitación y diferenciación de culturas arqueológicas con base en un cúmulo de elementos característicos, generalmente la cerámica. Para el caso colombiano una de estas diferenciaciones clásicas es el área ocupada por las llamadas tribus Panches y Muescas y su relación con la distinción entre petroglifos y pinturas; en términos generales, se acepta que los petroglifos corresponden a los Panches y las pinturas a los Muiscas (Triana 1922; 1924; Silva 1961; Arango 1974). Esta asociación, nunca comprobada, se ha hecho conforme a la premisa según la cual los petroglifos se encuentran en el área etnohistoricamente definida para los Panches y las pinturas en el área ocupada por los Muiscas en el siglo XVI. Aunque en general se observa una distribución preferencial de los petroglifos hacia la vertiente occidental de la cordillera Oriental en el departamento de Cundinamarca y de las pinturas en el altiplano cundiboyacense, la complejidad del registro arqueológico no permite trazar fácilmente líneas divisorias. Así mismo, la premisa anteriormente mencionada olvida el proceso mismo de ocupación del área en cuestión, proceso histórico que la arqueología ha explicado según ciertos criterios clásicos como son la delimitación de areas culturales y los postulados difusionistas. Una revisión de estos criterios y de sus implicaciones asi como de los datos en los que se sustenta la asignación de petroglifos y pinturas a grupos Panches y Muiscas es el objetivo del presente escrito. Con ello se busca mostrar que la diferenciación técnica no debe ser tomada indiscriminadamente como criterio de diferenciación cultural en el arte rupestre.
introduction One in the most recurrent ways to associate the art rupestre of an area with archaeological contexts is to frame this type of manifestations starting from the relationship of space proximity. This association has been facilitated by the construction that the archaeologists have made of the calls cultural areas, which allow the clear delimitation and differentiation of archaeological cultures with base in a heap of characteristic elements, generally the ceramic. For the Colombian case one of these classic differentiations is the area occupied by the calls tribes Panches and Notches and their relationship with the distinction between petroglifos and paintings; in general terms, it is accepted that the petroglifos corresponds to the Panches and the paintings to the Muiscas (Triana 1922; 1924; Silva 1961; Arango 1974). This association, never proven, it has become according to the premise according to which the petroglifos is in the area defined etnohistoricamente for the Panches and the paintings in the area occupied by the Muiscas in the XVI century. Although in general a preferential distribution of the petroglifos is observed toward the western slope of the Oriental mountain range in the department of Cundinamarca and of the paintings in the highland cundiboyacense, the complexity of the archaeological registration doesn't allow to trace dividing lines easily. Likewise, the previously mentioned premise forgets the same process of occupation of the area in question, historical process that the archaeology has explained according to certain classic approaches as they are the delimitation of cultural areas and the postulates difusionistas. A revision of these approaches and of their implications as well as of the data in those that it is sustained the petroglifos assignment and paintings to groups Panches and Muiscas is the objective of the written present. With it is looked for it to show that the technical differentiation should not be taken indiscriminately as approach of cultural differentiation in the art rupestre.
marco arqueológico
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esde las primeras síntesis de la historia prehispánica colombiana se ha enfatizado el papel de la difusión como elemento desencadenador del cambio cultural (Uricoechea 1854; Restrepo 1895; Triana 1922). Esta idea, como se sabe, implica la existencia de un foco de difusión, unas vías de migración y una invención que se difunde. A partir de allí, la arqueología ha podido construir el concepto de una cultura enmarcada dentro de un área específica y un periodo de tiempo específico; los criterios, generalmente tecnológicos, permiten de esta manera establecer comparaciones diferenciales que generan, en términos espaciales, áreas culturales y, en términos cronológicos, horizontes, resultando en la formación de unidades homogéneas (Rouse 1986). La más importante síntesis de la arqueología colombiana, la llevada a cabo por ReichelDolmatoff, enfatiza precisamente éstos puntos. Metodológicamente Reichel-Dolmatoff muestra la sucesión de los llamados horizontes incisos y los horizontes pintados para presentar la sucesión cronológica y la ruptura presente entre el llamado período formativo y los desarrollos locales y posteriores cacicazgos (Reichel-Dolmatoff 1986). Aunque ReichelDolmatoff no delimita culturas arqueológicas es evidente que la colonización por él propuesta implica la delimitación de áreas claramente definidas tipológicamente, lo cual permite la definición de unidades según criterios ambientales y tecnoeconómicos para explicar el cambio y la relación entre invención y difusión. Este marco general por medio del cual se explica la colonización de las tierras altas es utilizado para mostrar el proceso histórico propio de la cordillera Oriental.
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La sucesión topológica de las tradiciones cerámicas incisa y pintada aparentemente mostraban la sucesión de dos grandes grupos. La migración del primero de ellos proveniente del valle del Magdalena traía muy probablemente la cerámica, incisa, y la agricultura; y el segundo, con cerámica pintada, desencadenaría el surgimiento de las sociedades complejas (Boada 1987; Cardale 1987; Lleras 1989). La completa diferencia tipológicas de la cerámica Muisca con la encontrada por Sylvia Broadbent en 1970 mostraba la sucesión de dos grupos distintos el primero de los cuales se denominó Herrera. Así mismo, por medio de la llamada migración de los grupos Caribe se explica la aparición de los grupos que se asentaron en el occidente de la cordillera oriental, entre ellos los Panches (Rivet 1943; Burcher 1987). No obstante, la construcción tipológica diferencial, que permite la tajante disimilitud de los grupos Herrera y Muisca, parte de criterios rígidos que no se compadecen con el carácter de los datos. Según algunos investigadores como Castillo (1984) y Peña (1988) la forma en que se da la sucesión estratigráfica de dichos tipos explica un cambio gradual que no necesariamente se relaciona con la idea de la migración. Por otra parte, los
7 estudios genéticos comparativos de las osamentas de algunos individuos pertenecientes a grupos de cazadores recolectores de hace 11.000 años y los de osamentas de individuos Muiscas no muestran ninguna variación importante que permita suponer que se trata de grupos distintos (Rodríguez 1992; 1998). La tradicional seguridad en la sucesión de grupos a partir de la migración es puesta en duda para el caso de la cordillera Oriental y ello se suma a las nuevas investigaciones que para otras áreas de país muestran que el cambio cultural no necesariamente responde a la llegada de nuevas poblaciones (Langebaek 1995; Drennan y Quattrin 1996). No menos problemática es la situación de los llamados grupos panches. Casi la totalidad de información que sobre ellos existe proviene de la utilización acrítica de la fuente etnohistórica y en general, lo que sobre ellos se ha postulado es incomprobable arqueológicamente (Burcher 1987). Las contadas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en su aparente área de asentamiento son confusas en cuanto a la definición de los tipos cerámicos y en la mayoría de los casos no se tiene en cuenta la posible existencia de otros grupos bien sea contemporáneos o anteriores; en términos generales la definición de la cerámica Panche se basa en la constatación etnohistórica de que ellos habitaron en dicho lugar (Herrera 1972; Arango 1974; Perdomo 1975). De igual manera, otros rasgos diferenciadores de los Panches, como lo es la deformación
craneana, también han sido comprobados para los Muiscas (Boada 1995). Por tal razón, mientras no se tenga claridad acerca de qué elementos indican la presencia en un lugar de los grupos panches no se puede establecer un área de ocupación y mucho menos una frontera. El análisis de la cerámica, elemento diferenciador por excelencia, debe ser abordado con precaución ya querecientes investigaciones en el municipio de Tibacuy han mostrado importantes sincretismos estilísticos en los cuales confluyen tradiciones cerámicas distintas (Salaz y Tapias: Comunicación personal, 1999). El panorama general que se puede esbozar para el área en cuestión muestra una ocupación humana que se inicia hace 12.000 años; estos primeros grupos de cazadores-recolectores mantenían contacto con el Valle del Magdalena que se manifiesta en la adquisición de materia prima para la elaboración del utillaje lítico, aunque no se sabe si por constantes desplazamientos o por intercambio (Correal & Van Der Hammen 1977). Se ha comprobado arqueológicamente el paulatino cambio en la dieta de estos cazadores-recolectores; cambio que concluiría con la adopción de la agricultura y con el uso de la cerámica, así como con la posible constitución de aldeas y aumento de la población hace 3.000 años (Correal y Pinto 1983; Cardale 1987; Correal 1990; Langebaek 1995). No son claras las relaciones entre el altiplano Cundiboyacense y el flanco occidental de la cordillera Oriental en el período comprendido entre el año 3.000 y el 1.000 A.P; las excavaciones realizadas por Peña únicamente muestran que efectivamente los grupos Herrera habitaban tierras templadas sobre éste flanco (Peña 1988; 1991). Esto es importante porque durante el periodo siguiente denominado Muisca-Panche, muchas de las áreas Herrera serían aparentemente des-
colonizadas o ocupadas por grupos panches, mientras que el altiplano fue ocupado por los muiscas. En los libros de arqueología se ha enfatizado el carácter bélico de la relación entre los muiscas y panches aunque no se aclara plenamente la razón (Arango 1974; Burcher 1987). Esta permanente confrontación bélica, que proviene únicamente de la crónica, se relaciona con el carácter sanguinario y guerrero de los panches en contraste con el alto grado de civilización de los muiscas (Duque 1967). Pero hoy día se sabe que la presentación negativa de algunos grupos guardaba para los conquistadores españoles un carácter político y no necesariamente es cierta (Burcher 1987; Caillavet 1996). Dicha relación bélica, que obviamente debía impedir el intercambio de artículos, entra en contradicción con dos formas de acceso a recursos propias de los muiscas; se sabe que estos grupos accedían a productos tales como el algodón y el oro por medio del intercambio con grupos del occidente y que muy posiblemente utilizaban el manejo microvertical como forma de adquisición de alimentos de distintos medioambientes (Langebaek 1987; 1996). De ser así, cómo podían sobrevivir los Muiscas puesto que estaban rodeados al occidente por un cinturón de grupos enemigos que ocupaban el territorio a partir de los 2.000 metros de altura? Es por medio de las fuentes de archivo que se ha delimitado la frontera entre grupos panches y muiscas, pero ella no ha sido comprobada de ninguna manera por la arqueología. Incluso aunque se definan claramente los tipos cerámicos de un grupo y otro, esto no implica que ellos funcionen como marcador territorial (Cardenas-Arroyo 1995; 1996). Pueden existir varias razones por las cuales una vasija se encuentre por fuera del territorio del grupo al cual pertenece. La búsqueda de líneas divisorias intergrupales, además de corresponder a un criterio homogenizador de las culturas no tiene en cuenta la perspectiva histórica, ya que no incluye el criterio de variación espacial en el tiempo, y olvida que la elaboración de marcadores territoriales en forma de línea es un criterio netamente occidental
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que raramente se presenta en el mundo real (Caillavet 1996). Hasta aquí se tiene, pues, un espacio geográfico dividido arqueológicamente según criterios espaciales y temporales rígidos que busca mostrar la sucesión de distin-
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tos grupos como forma de explicación del cambio cultural. Sin embargo, la articulación de estas áreas culturales y horizontes cronológicos no se compadece con el carácter del registro arqueológico; por un lado, el dato utilizado
para constatar dichas premisas no contiene la posibilidad explicativa que requieren, por ejemplo área cerámica-área cultural y, por otro, los datos utilizados presentan serios problemas de clasificación y son ínfimos en contraste a la idea que demuestran.
arte rupestre
En 1924 Miguel Triana formuló la teoría según la cual la ubicación de los petroglifos y las pinturas rupestres obedece a una diferenciación étnica. Según éste autor, las pinturas, atribuidas a los chibchas tienen como función la demarcación territorial y por ende las rocas con pintura se ubican en un corredor en sentido norte sur aproximadamente sobre la cota de los 2.000 m.s.n.m. y se aglomeran en los lugares de entrada al territorio Chibcha. La asignación cultural que del arte rupestre hace Triana es completamente entendible por una razón: en aquella época no se conocía la profundidad temporal de la ocupación humana en éste territorio y por tanto no se concebía la posible existencia de otros grupos humanos que pudiesen haber elaborado dicho arte. Aunque la investigación arqueológica se desarrollo mostrando tal profundidad cronológica y la existencia de diversos grupos humanos en el área en cuestión, la premisa de Triana nunca fue reconsiderada y
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por el contrario, siguió siendo utilizada hasta su petrificación (Silva 1961; Arango 1974). La relación étnica basada en criterios tecnológicos, entendidos ellos como el proceso de elaboración del arte rupestre, se convirtió entonces en una explicación de facto, incluso circular, que nunca fue objeto de comprobación real. Debe quedar claro que hasta la fecha no existe ninguna obra rupestre en todo el territorio colombiano que haya podido ser datada o asociada a contextos arqueológicos con algún grado de seguridad. Todas las asignaciones se basan bien sea en criterios de cercanía, no de asociación, y en identificación temática o estilística las cuales no solo son problemáticas en su concepción sino que carecen de argumentos probatorios. No obstante, es posible citar algunos elementos de conexión, siempre problemáticos, que no buscan llevar a cabo asignaciones culturales sino plantear la posible presencia del arte rupestre en distintos períodos de ocupación del área. En primer lugar, en los abrigos rocosos del Tequendama, con evidencia de ocupación precerámica, se han encontrado cráneos pintados con ocre rojo, el mismo utilizado en la elaboración de pinturas rupestres presentes en un alero próximo al abrigo. De tales cráneos se sabe que por lo menos uno de ellos presenta una fecha anterior al año 7.000 (Correal & Van Der Hammen 1977).
La presencia de ocre en los ajuares funerarios de los grupos de cazadores recolectores asegura por tanto su conocimiento y significación ritual, posibilitando la existencia del arte rupestre dentro de dichos grupos. Un segundo ejemplo que se relaciona con el llamado período Formativo, es la posible representación de una urna funeraria en un petroglifo en el municipio de Sasaima. Esta tradición de enterramiento, que según Reichel Dolmatoff (1986) es muy antigua, se caracteriza por la presencia de ollas con tapa rematadas con una figura antropomorfa.
El petroglifo en cuestión, posee una posible representación humana en la parte interna de la supuesta olla y se caracteriza por estar rematada con una figura en forma de rana, similar a algunos tipos descritos por Alicia y Gerardo Reichel-Dolmatoff (1943). El tercer caso se encuentra en el municipio de Santandercito, es la probable representación de una nariguera cuya forma y contexto representativo recuerda a
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algunas encontradas en la orfebrería de distintas regiones del país. El trabajo de búsqueda y registro de estaciones rupestre llevado a cabo por diversos investigadores (Arguello, Botiva, Marriner, Martinez, Muñoz/Trujillo/Rodríguez, etc.) ha permitido obtener un ma
13 pa preliminar de la distribución de los petroglifos y las pinturas en el occidente de Cundinamarca. Los petroglifos, se han encontrado en los municipios de Tibacu Viota, El Colegio, San Antonio del Tequendama, Cachipay, Alban, Sasaima y San Francisco. Las pinturas, se han hallado en
Pandi, Tibacuy, Soacha, Sibaté, Tena, Bojacá, Zipaquirá y Tabio. En el altiplano Cundiboyacense se encuentra petroglifos en Sílbate, Bojacá, Subachoque, Gámeza, Choachí, Une, Buenavista y Guasca. El ejemplo clásico de las pinturas en zonas bajas es Pandi, a lo cual se añaden otros sitios como Nilo. Distribución de pictografías y petroglifos en relación con el territorio Muisca y Panche según fuentes etnohistóricas. Si al mapa de la distribución de las pinturas y petroglifos se superpone el de los hallazgos arqueológicos, haciendo la salvedad de los problemas de definición mencionados anteriormente, se observa que no existe correspondencia entre los territorios Muisca y Panche con los territorios de las pinturas y los petroglifos. En efecto, los hallazgos de la cerámica Muisca se internan bastante dentro de las áreas con petroglifos como son los casos de Apulo y Cachipay (según las excavaciones de Germán Peña 1988; 1991), El Colegio (según las investigaciones de Muñoz, Arguello, Rodriguez & Roncancio, 1996-1998) y Tibacuy (según las informaciones de Salaz y Tapias, comunicación personal). Tampoco existe relación con la distribución de la cerámica del período Herrera que se encuentra en un área igualmente amplia dentro del área de los petroglifos. En resumen la distribución de tipos cerámicos como elemento de distinción de grupos étnicos no se acomoda fácilmente a la distribución diferencial del arte rupestre. Las características formales del arte rupestre tampoco apoyan la diferenciación tecnológica a la que se hace referencia. En efecto, tanto en las pinturas como en los petroglifos se reúne un sinnúmero de elementos representados que son comunes y que además se encuentran en otros artefactos arqueológicos desdibujando al final la idea de culturas en términos distintivos. Al respecto podría ser utilizada la explicación postulada por Reichel-Dolmatoff (1985; 1997) para explicar la universalidad de algunas formas rupestres con base en su origen neurofisiológico, pero no es a dichas formas fosfénicas a las cuales se hace referencia cuando se alude a similitudes estéticas. Al respecto se den
ben citar algunos ejemplos. ReichelDolmatoff (1988) en un estudio sobre algunas piezas de orfebrería identificó, entre de las figuras con mayor frecuencia, lo que él llama la representación del vuelo del chaman; no es momento aquí de discutir acerca de la validez de su explicación, lo que interesa desatacar es por un lado la amplia distribución de esta figura específica, y por otro, su presencia preferencial en sociedades de carácter jerarquizado (entre ellos los muiscas, no los Panches cuya forma organizativa es de tipo segmentario) en donde la institución sacerdotal es un componente fundamental en términos representacionales. Esta representación de los vuelos se ha encontrado en por lo menos tres rocas con petroglifos en el municipio de El Colegio con una impresionante similitud a las piezas de orfebrería Muisca. En una pequeña roca, también en el municipio de El Colegio, se halló una figura con forma similar a las mantas usadas por los muiscas y guanes. La figura en cuestión presenta una forma rectangular ataviada hacia afuera con espirales y simetría lateral. Carl Langebaek (1987; 1996) ha mencionado el intercambio de algodón proveniente del valle del Magdalena y de mantas en sentido inverso; lo que no e s c o m- prensible es cómo dos pueblos en conflicto no solo mantienen éste tipo de intercambio
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sino que uno de ellos copia los rasgos iconográficos de su enemigo, cuando lo m‡s lógico sería pensar en la sobrevaloración de los propios. Esta misma similitud entre figuras rupestres y figuras en mantas se ha constatado también con una manta que reposa en el museo de Pasca y una roca con pinturas en Sáchica, Boyacá. Una de las figuras características de las pinturas rupestres del altiplano son las llamadas custodias, figuras compuestas de dos triángulos unidos por sus vértices. Estas custodias aparecen representadas de forma diversa bien sea rellenas de pintura, con su contorno radiado o con ojos y boca en el triángulo superior. Dichas custodias, con las variaciones citadas, se presentan también en los petroglifos en gran cantidad de rocas. Un posible elemento relacionado con ellas, las caras triangulares, son asi mismo comunes tanto en las pinturas como en los petroglifos. Los anteriores ejemplos problematizan aún más el panorama presentado por la arqueología ya que el ámbito de las elaboraciones mentales de las comunidades fácilmente sobrepasa cualquier límite cultural. Las similitudes iconográficas no contribuyen en lo absoluto a remarcar las diferencias constatables en la tecnología de elaboración del arte rupestre. Por el contrario, si se sigue completamente el carácter de las similitudes estéticas, el análisis llevaría a pensar en una estructura simbólica compartida que pondría en serios aprietos cualquier intento de agrupación diferencial.
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as manifestaciones rupestres en Cundinamarca son quizás las más conocidas del país, este territorio ha sido objeto de investigación desde el siglo XIX y se tienen noticias escritas de la existencia de arte rupestre desde la misma llegada de los españoles en el siglo XVI. Tal vez debido a la cercanía de la capital y al avance de la frontera urbana, el departamento ha sido ampliamente explorado, lo que se evidencia con grana cantidad de sitios rupestres que se tienen registrados en muchos de los municipios. Las piedras pintadas y grabadas suelen encontrarse formando grupos más o menos diferenciados, por lo que la presencia de una roca aislada suele ser un caso extraño. Podría decirse que donde haya una roca con arte rupestre deben existir más. La primera referencia de esta pic-
tografía la realizo Miguel Triana, miembro de la Academia Colombiana de Historia, en 1924 - 1970, en la plancha VII del libro el Jeroglífico Chibcha; se denomina en Dios Suacha mirando al valle de Fusungá; que considero como un Jeroglifo mitológico. Fue copiada inicialmente por Triana y presenta una figura totalmente extraña, casi diríamos excepcional no solo por su forma, significación, si no que es realmente tosca y hasta grotesca, parece ser la figura de un búho gigante o de un demonio". Las dos piedras de El Vínculo aún existen. Paradójicamente a pesar de las condiciones ambientales sobre las pictografías y del entorno, se encuentran por el momento en buen estado de conservación. Esta figura se ha publicado recientemente en postales de carácter comercial como un "espíritu solar de la cultura Chibcha". En la actualidad el motivo gráfico de este pictograma se utiliza como emblema de la alcaldía del municipio de Soacha. Curiosamente las autoridades de la región no han hecho el intento de conservar y proteger esta pintura ni ninguna otra piedra con arte rupestre del municipio.
Localización
Se localizan 6Kms al sur de Soacha, en el predio El Pedregal, propiedades de INVIAS, vereda canoas, sobre la margen derecha oeste de la carretera Mondoñedo -El Muña. A una altura de 2.610 mtrs sobre el nivel del mar.
temperatura: 12º C. topografía: Base de inicio
de la ladera oriental cerros de Canoas, sobre la margen derecha de río Bogotá.
coordenandas geográficas: 4º33/ 483latitud norte74º15"6.19 longitud oeste. Coordenadas planas: 994726.793 este- 981045.103 norte
Estas rocas se encuentran en línea recta (este-oeste). frente a las pictografías de El Vinculo, la del infinito y la del Dios Varón, a una distancia aproximada de 3 y 4 Kms respectivamente.
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