El mundo es ancho y ajeno fascículo 2

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Fascículo 2 CAPITULO 5 EL MAÍZ Y EL TRIGO Rosendo Maqui se fue considerando las palabras del bandolero. ¿No habría callado algo esta vez también? Eran duras sus palabras y, viniendo de él, había que pensarlas dos veces, o cuatro veces. Más bien cinco: llamaría a consejo esa noche. Los regidores ayudarían a la suya con sus cuatro cabezas y compartiría con ellos una responsabilidad capaz de agobiar sus viejas espaldas. Comió masticando el trigo y la cancha junto con graves pensamientos. Juanacha trató en vano de conversar un poco, haciendo tal o cual pregunta con su voz metálica. Rosendo respondía sí o no y volvía a su mutismo. Anselmo callaba respetando la evidente preocupación y el marido de Juanacha, llamado Sebastián Poma, callaba como de costumbre. Este, después de la comida, fue a tocar la campana por orden del alcalde. Candela, entre tanto, se hartaba de abundantes sobras. Lan... lan... lan... lan... Los cuatro toques, enérgicos y precisos, bien separados para que se pudiera advertir su número claramente, colmaron la hoyada y repercutieron en los cerros. La noche quedó llena de su inquieto zumbido. Brotaban los comentarios por todo el caserío. «Llaman a consejo». «Será pa acordar la cosecha». «No, si va pa malo el juicio de linderos». «No será». «Así dicen». «Poray pasa el regidor Medrano». «¿Y pa qué meteríamos onde ése? No es de aquí». Como para que no quedara ninguna duda, las cuatro campanas volvieron a infiltrarse nítidamente en la noche. Y llegaron a la casa del alcalde, primero Porfirio Medrano, después Goyo Auca, luego Clemente Yacu y por último Artidoro Oteíza. 142 Medrano era aquel montonero azul que se avecindó en Rumi al enredarse con una viuda. Ella le curó con delicada solicitud la grave herida que recibiera en una pierna y el postrado supo perdonarle su cuerpo marchito en aras de la bondad. El marido tenía mucha más edad que Medrano y había muerto ya. Él pasó a la ofensiva entonces y logró convencer de las ventajas de ser guiado por la experiencia, a una mocita de veinte años. Le había dado varios hijos. Como se ve, Medrano echó en Rumi hondas raíces. Dejó enmohecer el mellado sable y usaba su viejo rifle Pivode para cazar venados. No obstante su apellido, describía a sus padres como indios y él mismo, sin tener que afirmarlo, era un indio. Su cara cetrina de rasgos duros y su amor por la tierra convencían de ello. Sólo que, a veces, sorprendía con súbitos estallidos de humor y entonces Maqui, que lo había estudiado mucho, sospechaba una sangre cruzada. Le hacía recordar a su querido hijo Benito Castro. En cuanto a Goyo Auca, a quien vimos un tanto en reciente viaje, poco habría que decir. Era pequeño y duro como un guijarro. Disparado por la diestra mano de Rosendo, podía resultar inclusive contundente. Muy adicto al alcalde, aquel «cierto, taita», que le escuchamos en ocasión pasada, surgía siempre como expresión obligada de su reverencia y acatamiento cada vez que Maqui le participaba sus convicciones. Su fuerza no estaba en relación con su pequeñez y siempre iba adelante en las faenas agrarias, resoplando y pujando para hacerse notar. Era su modo de ser vanidoso. Clemente Yacu tenía arrogancia y buen sentido. Con el sombrero de paja a la pedrada y el poncho terciado sobre el hombro, caminaba erguida y calmosamente y decíase de él que sin duda sería alcalde andando el tiempo. De cierto, en ese caserío lento, su caminar personal y el del tiempo no se apresuraban mucho para darle el cargo. Yacu se distinguía por su conocimiento de las tierras. «Güena pa trigo» o «güena pa maíz» o «güena pa papas», decía con seriedad mirando en la palma de la mano un puñado de tierra cuando se trataba de la rotación de cultivos. Y su dicho resultaba verdad. Artidoro Oteíza era blanco y su apellido tanto como su color denunciaban ascendencia hispánica. Sin embargo, sus padres y los padres de sus padres fueron comuneros y no había noticias próximas de


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