Introducción El idioma es el depositario de un inmenso caudal de conocimientos. Toda la experiencia de siglos se halla codificada en ese conjunto de voces que definen, matizan, acercan y separan los conceptos y los elementos, las herramientas y las obras. Los cambios técnicos que la construcción ha experimentado en este siglo han inutilizado gran parte de nuestro vocabulario tradicional, pero esa merma de su potencial no justifica el increíble desprecio que los profesionales de nuestro sector muestran por la precisión en la expresión técnica. Otros sabrán explicar las razones de esta evolución; pero es evidente que sin un vocabulario preciso no existe realmente el conocimiento técnico; que únicamente las voces conocidas y aceptadas por todos permiten la transmisión de algo que debe ser imaginado por unos, dibujado por otros, contratado por unos terceros, ejecutado por unos cuartos y usado por otros de más allá. Alguien que no distinga la driza de la escota nunca podría participar en las labores de una embarcación; sin embargo, entre nosotros, hasta los autores de la normativa confunden cercha con cuchillo, mamperlán con bocel, o librillo con persiana. Es cierto que en todos los campos el lenguaje está sufriendo un serio deterioro, pero creo que en el nuestro el problema es más grave aún que en muchos otros. Tenemos un vocabulario preciso que distingue el pernio de la bisagra, la fayanca de la peana y el sofito del lacunario. Que es poético cuando llama lucero a la ventana alta, es irónico cuando amplía el sentido de emparrado a un desesperado peinado masculino que oculta la calva bajo los pámpanos de una sien, y es dramático cuando llama verdugada al cardenón rojo sobre la piel gris de un muro de piedra. El amor a nuestro trabajo debería animarnos a utilizar mejor una herramienta tan indispensable y a buscar el apoyo que nos brinda, siempre tan sugerente.
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