Sumario 01
Editorial
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Apologías
21 Por Fernando Acosta
#03 A Eugenia * ni siquiera eso: ni siquiera viento, ni siquiera voz, ni siquiera, miro la calle como una infinita madrugada
El rastreador
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Allegro non molto
05
Segundo Fernandes
* afuera veo a los perros que ladran perros me llamo fuerte encallar en una esquina como en una isla desierta en medio del océano
Preludios
Gustavo Romero Borri
06
Discado Directo Internacional
Un puntano en Amsterdam
Por Fernando Rodríguez Luis
A vuelta de correo
Un libro
07
Una carta para Yasmín
08
Apostillas
Fragmento de un discurso bailantero
Postales de un sábado con cena baile
09
Música
Retazos
10
Noches de San Luis
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Relatos
13
La vida en un día
Crónicas de una noche salvaje A diario Los últimos días de las luces de la ciudad
14
Papeles Salvajes
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Breviarios
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Memorias de un desobediente Postales en frascos El último día de verano Vuelos
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Cierre de telón
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Silvio Rodríguez Pablo Milanes en vivo en Argentina
El laberinto de la soledad (1950) Octavio Paz Este es uno de los ensayos que mejor muestran la (compleja) idiosincrasia latinoamericana. Lo destaco de entre otros porque escapa a ese tono admonitorio que suelen recorrer los textos latinoamericanistas.
Este disco que registra el recital de 1984 en Obras Sanitarias, tiene un profundo significado político y cultural. Pero también es una pieza de una riqueza musical exquisita. En nuestra generación, marcó toda una época, y probablemente haya sido uno de los que más sonaron en los estéreos de los autos por mucho tiempo después.
Casa de Citas
Una película The Men (1950) Fred Zinnemann En esta película, Marlon Brando tuvo su primer protagónico, en el que interpreta a un soldado inválido, por lo que está sentado durante toda la película. Cuando la vi, sin saber que era Brando, quedé impresionado por la actuación. Creo que con ella se puede hacer un decálogo del buen actor.
“Hallábame en 1838 en la sierra de San Luis, en casa de un estanciero, cuyas dos ocupaciones favoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que, los domingos por la tarde, rezaba él mismo el rosario, para suplir al sacerdote y al oficio divino de que por años habían carecido.” Facundo, D. F. Sarmiento
Poesía
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Un disco
Diario de la gota Sallenave en la rutina de olvidarse vivo Fisura Tour
Efectos especiales Fisura Tour
Trip
“—Trescientos cincuenta y seis— cantó una voz en cordobés. —¡Buen número!— la voz del Turco había opinado. —¿Cuántos somos aquí?— quería calcular Pipo. —Dicen que diez mil. —Diez mil… ¡no pueden matarnos a todos! —No, a todos no, ¡a la mayoría!— dijo Rubione. —Videla dicen que mató a quince mil— dijo uno, el puntano.” Los pichiciegos, Fowgill
* sólo dos líneas: el frio es blanco como los ojos de mi madre que viene a visitarme de vez en cuando en un sueño * y quien era yo sino el que silbaba ente las guayabas a la noche siempre de noche, mis hijos corrían despavoridos bajo la pollera primaveral de mi hermana y la tocaban, y sus risas chocaban los arboles como el viento y yo silbaba, para que no vuelvan a salir de ahí, de donde siempre quise estar de alguna forma. * la felicidad no tiene estación no tiene color no tiene clima no tiene edad no tiene sueño no tiene infancia no tiene enfermedad no tiene sexo no tiene distancia no tiene años no tiene muerte no tiene tiempo no tiene imagen no tiene ojos no tiene sol no tiene nieve no tiene rutas no tiene altura no tiene aire no tiene noche no tiene hambre no tiene * Hay imágenes que no cesan: Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla * Vos tenés la culpa de todo (gracias:) * Nos soñé desnudos casi comiéndonos en una habitación de una casa de mi infancia
todo era distinto menos vos y yo y fue como una larga y placentera pesadilla compartida * vos eras el río. yo un pequeño duende caminando el mural del puerto, pateando la basura, columpiándose con el viento en los rincones. Toda la siesta como brazos abiertos, todo el viento desenredaba los pasos, barría los puentes, empujaba las canoas. quién sabrá desde cuando se esta soñando este sueño Te miro sentada en las escaleritas de la rivera hipnotizada por el movimiento marrón del agua, el viento no te deja fumar tranquila pero no te importa, el viento te estira del pelo, sonreís, sos toda una infancia, recuperada, la mía también esta ahí por eso te dejo, te veo, desde atrás del muro de viento, del otro lado del rio de concreto paralelo al rio. * mi karma es la lluvia * Tus pezones todavía se encienden de rojo en la oscuridad del sueño hay imágenes que no cesan * es necesario empezar un diario: bahía, julio 2008. esa fecha parece el futuro pero todo sigue tan igual como siempre. Anoche he bebido hasta el hartazgo y en el bamboleo de la borrachera me rompí la cabeza contra un adoquín. Un muchacho me levantó, me llevo a su departamento, me limpió la herida de la cabeza mientras miraba sus libros, editoriales conocidas, autores que conocía pero que no leeré nunca. Como te llamas le pregunté y me dijo Fernando, que nombre de mierda le dije y se rió. Desapareció por un instante y se volvió con una bata roja de seda, su cuerpo era esbelto y tenía una erección que se marcaba en la bata.
Sin decir mucho me invito una botella de vino que estaba hasta la mitad, cuando la levanté sobre mi boca se apresuró a desprenderme el pantalón y a chupármela, no aguante la risa y escupí el vino mientras el muchacho seguía en lo suyo, esta historia es conocida le dije y me mostró la dentadura con mi miembro rígido separándola. Le apreté la cabeza hacia adentro en el final y luego le dí una soberana golpiza hasta destrozarme las manos en su cara simétricamente perfecta. Con la botella un poco cargada y el miembro aun afuera, mire su cuerpo inconsciente tendido sobre las baldosas blancas, su sangre ganaba espacio lentamente o era su bata que se iba derritiendo, no estoy muy seguro, pero lo que si le dije: yo también soy un ladrón de bukowski, di la vuelta y me fui dando tragos, chocando las paredes de lado a lado por el largo pasillo * Extraviados estábamos en el suelo adormecido por las hormigas, en el grito ahogado de los árboles, tenía los tendones tan tiesos que cada caricia tuya me sacaba una melodía. Te dolía el cielo tan limpio en las venas celestes de los ojos, se retrataba todo ese cielo como un abrazo que desde ese día me atrevo a mirar cada mañana. * La carretera de los incendios Veo la noche desde una botella, es negra brillante, es una serpiente. Veo la noche, un canto como un aullido. Respirar tan hondo hasta que la inmensidad resquebraje los pulmones y luego dejarla salir libre entre el pasto hasta que corte filosa el asfalto gris como a una cinta de ceniza. Nuestras voces seguirán rectas hasta que ellas mismas decidan desvanecerse. Hemos disparado una canción hacia el universo.
STAFF Consejo Editorial: Lic. Jorge Martínez, Matías Caruso, Luciano Achervi, Matías Lucero y Marcos Freites. Diseño: Javier Saboredo. IFDC SAN LUIS Rectora: Mag. Nancy Tourn. Directora Académica: Esp. Flavia Morales. Director de Extensión: Esp. Fernando Rodríguez Luiz. Colaboran en este número: Fernando Acosta, Gabriela Coleman, Luciana Garamondi, Rodrigo Heredia, Ariel Mardone, Enzo Mottura, Alejandro Neira, Expósito Pereyra, Alejandro Polvorini, Alfredo Recarte, Eugenia Segura, Carlos Villareal y Cristina Cambareri. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del Consejo Editorial de profesores y alumnos del IFDC San Luis. Queda expresamente autorizada la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación, siempre y cuando sea utilizada con fines educativos y de investigación, respetando los derechos de autor y citando la fuente. Inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual en trámite.
Editorial
Me acuerdo que cuando iba a segundo grado, mi profesor de matemáticas, al ver que en la división en lugar de restar, sumaba, me dijo: Nunca vas a llegar a ningún lado si sos tan burro. Este no es un tratado de pedagogía, ni de psicoanálisis sobre el pasado como una cárcel, esta es la tercera entrega de la Revista Hiperbórea y todavía seguimos sin saber adónde podemos llegar. Esta entrega quiere ser una fotografía movida, un thin line, unas cuantas anécdotas arrojadas en algunos papeles abrochados por el lado más fino. Es octubre y San Luis parece despertar luego del largo letargo de un invierno abarrotado de cigarrillos en la soledad de las calles. Se entremezclan escritos que nos llegan como la bolsa de hielo en medio de una fiebre alocada, y parecemos naufragar en un barco mercante con Freites con sus manos temblorosas, Achervi siempre montado en una hidratación cimbreante, haciendo un análisis enfermizo de Segundo Fernández. Entendemos la Literatura como un bunker que creamos para no morir aplastados por unas estrellas destinadas a caer. Y Enzo Mottura grita, y Garamondi grita, y Alejandro Polvorini grita, y las muchachas corren derrapando hacia una luna que pende del único farol de la noche. Sallenave pone el fin, San Luis termina con un libro destinado a brillar, EL Club de las Acacias y un Satanás que destila placeres. El Fisura Tour es una nueva sección donde se arremeterán textos de escritores jóvenes que se desparramaron por la Argentina jugando a tantearse cuando las luces ya se habían apagado. Este Número no quiere ser una mecánica wikipédica, no encontrará dónde queda la Terminal de San Luis, o un catalogo de Hoteles que alojan amores primaverales. En este número no encontrará absolutamente nada de importancia. Cuando lea este número, tal vez recuerde a esa muchacha que se sacaba los pechos para arrojarlos por la ventana en la habitación de un hotel roñoso, o a ese muchacho que se quedó llorando cuando se escapaba a tomar el último tren del invierno. Están todos invitados. Buena muerte.
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Apologías
En un viaje que surge de improviso de entre un montón de niebla y algunas notas lastimeras en la guitarra, un narrador enterrado en la propia miseria, emprende nuevamente un viaje épico al lado del héroe de burdeles y vasos llenos de vino. Como una premonición de lo que tal vez vendrá, El Perseguidor puntano. Alguien que juega a ser Cortázar o Cesar Aira sin poder sacar la mirada de la ventana de una habitación desvencijada. Por Marcos Gabriel Freites
M
e dice Dominique que Brayan Reynoso ha vuelto. Espera que deje de mirar la televisión y salga corriendo a reunirme con él. Pero permanezco indiferente ante su noticia, y ella, mientras se desabrocha la blusa, me cuenta que lo encontró en el colectivo cuando volvía de su trabajo. Iba medio dormido, abrazado a su guitarra, agrega y busca en mi cara alguna reacción. Parece decirme: ya Rodrigo, vete, deja la casa para mí, piérdete con tu amigo varios días, el tiempo suficiente para que Gaspar se instale en este lugar, y ya sabes lindo, podamos hacer nuestras cosas. Miro su pelo oscuro, desmelenándose desprolijo por la espalda desnuda, el vaivén de sus cadera, el swing con el que se mueve, mastico su acento dominicano y comprendo que estoy acabado, qué todo ocurrirá como ella desea, y dios, estaré una semana fuera de casa, rondando por pueblos donde la única retribución a nuestra música serán interminables vasos de vinos, sorbidos con desesperación, y maldita sea, nos acostaremos con mujeres desvergonzadas que fornican como suicidas, mientras al lado de su cama llora un recién nacido, y volveré un lunes a casa vencido con ganas de golpear a Dominique por todo lo que pudo hacer en mi ausencia o lo que es peor, iré muy borracho hasta la casa de Gaspar dispuesto a matarlo, a sacarle las tripas, pero como siempre usará su astucia para convencerme que son puros rollos los que me paso, qué jamás va a casa
cuando salgo de caravana. Y nos sentaremos a tomar, hasta quedar lo suficientemente ebrios como para despotricar contra todas las putas mujeres que pisan el suelo, convencido que mientras haya una damajuana de vino a medio tomar los malos tiempos no han llegado aún. Cuando Dominique harta de invitarme a hacer el amor se da por derrotada y sube maldiciendo a la habitación, apago la tele, busco algo de dinero en el alhajero, cargo la guitarra y me subo a un taxi hasta la lomitería donde arrancan todas nuestras giras, y cómo equivocarme: ahí está Brayan Reynoso tomando un vino, tratando de tocar su guitarra como si se tratara de un tostador, sin dejar de mirar el culo de la mesera. Nos observamos a una prudente distancia, para luego confundirnos en un abrazo que apesta a alcohol, y Brayan me parece más flaco aún, como si abrazara una sombra, como si se fuera a desintegrar entre mis brazos. Esta vez no ha extraviado la guitarra en el colectivo ni se ha enfrentado a puñetazos con los guardias de seguridad. Se ha pasado la tarde naufragando por la ciudad, intentando escribir la letra de una canción, subiendo a autos de desconocidos que lo invitan a beber, arrastrando un cuerpo que soporta con hidalguía los excesos. Me siento a su lado, tomo con calma el vaso, y le cuento que Dominique se ha enojado definitivamente con él, que no quiere que pise nuestra casa.
Ha tenido un ataque de odio repentino hacia tus modales, Brayan. Disculpáme, me encantaría que nos fuéramos a casa, como tantas noches. Enciende un interminable cigarrillo, y con la vista perdida, me susurra que no me preocupe, ya se le va a pasar. Ya sabés cómo son las mujeres. Y ésta es del trópico. Sangre caliente, amigo. Dejá que todo se enfríe, y tomá otro trago más. Mirá que la noche recién está empezando. Ahora recuerdo que hubo una época en que pasábamos todo el tiempo de aquí para allá. Días de deriva. Volvíamos muy tarde a casa y bajo el parral intentábamos escribir alguna canción. Atrapábamos frases que flotaban en el aire. Pero de qué vale recordar tiempos pasado cuando se ha descendido lo suficiente como para mirar con recelo todo lo vivido. Si Brayan supiera que estoy pensando en tiempos idos no dudaría en golpearme con rudeza en la cara, y me diría, estás acabado. Mientras el vigor habite estas venas, muchacho, no voy a mirar para atrás. Y entonces tomaría la guitarra como si fuera a descuartizarla y dejaría brotar unas notas sedosas que flotarían entre el humo, como el eco de una época por venir. Porque las canciones de Brayan se están proyectando hacia un mañana en el que seguramente los peligros y las frustraciones se habrán multiplicado, pero su música será capaz de convencernos que pese a las decepciones, hay algo a qué aferrarse, aunque la mayoría de las veces se parezca a un
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simple pedazo de madera flotando en la inmensidad del océano. Se toca para comprender, para acercar lo que intuimos cuando es muy tarde, y no hay adonde ir, dirá cuando la medianoche nos vaya invadiendo, y saldremos a rodar por la ciudad, hasta aparecer imprevistamente en calles de tierra, donde titilan lucecitas mortecinas y suena música bailable. Entonces comprenderé que estamos de gira otra vez, que no llevamos otra cosa que un par de guitarras y un puñado de canciones. Muchacho, debes usar la guitarra como si fuera una espada. Cuando estás ante el público el instrumento es tu único resguardo, repetirá una y otra vez antes de subir a un escenario improvisado. Y es en esos lugares desgarrados donde acontece la magia. A veces tengo la impresión que unas cuantas caras siniestras son las que provocan la eclosión de esa guitarra que se carga de emoción y asalta la pasividad de los oyentes, como si estuviera transfigurada de un poder capaz de convocar una ronda de demonios. Brayan toca como un poseso, se eleva entre los rostros, y como uno de esos dioses antiguos vomita su furia. Una furia contenida que no es otra cosa que capricho y autosatisfacción. Necesita imperiosamente vaciar toda esa rabia contenida, volcarla sobre esos seres resentidos y mezquinos que sin saber tocar una nota son capaces de hacer añicos toda una obra. Ahora parece que el ritmo de los hechos se ralentizará, y nos quedaremos un buen rato, tomando, comiendo, charlando, refutando esa máxima del folklore que asegura que el artista se debe al público. El artista se debe a sí mismo, muchacho. Y será capaz de convencerme que en noches como está, el tiempo es distinto, como una gran mancha de petróleo extendién-
dose a través de un lago inmóvil, que nosotros somos los que incidimos sobre el tiempo, que mientras lo tengamos de nuestro lado llegaremos irredentos al amanecer, justo a tiempo, para abordar uno de esos colectivos rurales y aparecer en un pueblo donde algún viejo conocido nos invitará a comer, luego con el calor de la siesta paseáremos por las calles repitiendo nombres de ciudades en las que nunca hemos estado o recordando la lista de canciones de antiguos discos. Y así en un leve parpadeo estaremos otra vez en un escenario, dispuesto a tomar por asalto la pasividad de los oyentes y someterlos a un electroshock de emociones. Y mientras me encuentre inmerso en ese remolino de notas desafiantes, que va desperdigando como semillas en un campo recién arado, tendré la certidumbre, al menos por un rato que todo lo que cuesta esfuerzo se haya lejos de mí, que al final hemos llegado a esa parte del camino donde las preocupaciones se esfuman, y todo lo que de verás importa es este instante: donde Brayan se ha adentrado en un laberinto melódico dispuesto a seguirle el rastro a eso que nos sobrepasa, que nos resulta imposible traducir a través de mecanismo terrenales, y sólo puede ser abordado en toda su extensión sometiéndose a su conjuro. Como siempre llamaré a Dominique y no sabré decirle con precisión el nombre del pueblo donde me encuentro, ni tampoco podré ser fiel a lo ocurrido, y me quedaré en silencio, oyendo su respiración, imaginando que mientras me advierte que cuide mi salud, que cuando regrese preparará pastas, Gaspar está junto a ella despatarrado en el sillón rojo, y colgaré para subirme rápidamente a algún colectivo que me deposite de nuevo en la ciudad.
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Allegro non molto
En su poesía, Segundo Fernández domina el verso, para traspasar la composición y allanar la palabra, con la int ención de vivir metafísico, y ade ntrarse en la emulación perpetua de símbolos cotidianos. Por Luciano Achervi
E
n este momento es siglo XXI. Un siglo que ruge las voces acantiladas, voces de montaña que destiñen las frases de tantas siluetas parecidas a lo humano. Voces por nombrar como la de Segundo Fernández en 1919 con Hacia las cumbres, que presagia el camino poético puntano, circunscribiendo la realidad con su sentir acerbo dentro de la llanura epifánica de Nietzsche que atraviesa en atmósfera plena desde el primer poema “Culto apolíneo” hasta la voz que aguarda a Zarathustra en “¿Cuándo llegará?”. Conversan Tirteo y Horacio, convergiendo en la posibilidad de atestiguar la marca del hombre en sentido de la palabra que no escinde “poesía de lucha” de la “poesía vociferada en el verso” (“me gusta el verso macho, salvajemente bello, / con un pedazo de volcán por dentro”). Por ello, las ideas de Fernández poetizan el rutinario acaecer en horizonte de aquello que se apodera de la sensación que enhebra el Leteo (“fui al profícuo jardín del alcohol”). No más cercano el camino de ascensión tras ver el ocaso. No más cercanas las miradas que aborrecen una estética aislada de la percepción que alimenta las “razones de ser” en “razones de la nostalgia”. Sin embargo, no es sólo eso. Fernández inaugura la introspección como señuelo de verborragia indisoluble del pensar en acción. Acomete los versos en el asalto mismo de devorarse en las estrofas de musicalidad simple, hasta mixturarse en la conciencia de cobrar una nueva voz depurada de su pasado. La vía poética de Fernández oscila el verbo cotidiano bajo el suelo despojado de adjetivaciones insobornables de cauces impropios. No vemos que el cuerpo parte del cuerpo sino que se abigarra mentalmente desde la idea, con la erotización exótica de “fulgor de gemas raras, de gemas orientales”. Es Fernández por Fernández, desde la voz y audiciones serranas. Lo habitan en la construcción de su entendimiento por entender que algo de sí puede llevarlo hacia algo de los otros. Como en intento de horadar el semblante del tiempo en secuencias de minerales que no podrían observarse sino en ejecuciones de reposos, o en la alternativa de preguntar por llegar a la intromisión de un río en éxtasis. En este momento es siglo XXI. El microcosmos de Fernández imposibilita olvidar tanto a Lafinur como a Emeterio Pérez. Segundo Fernández como la pluma avasallante, nítida y vivificadora, en tanto elementos personales que invadirán la poesía de San Luis en la segunda mitad del siglo XX. Logrando un eco que llegará a dilucidarse en “navego por opacas vastedades” (en “Resplandores y eclipses” de Notas del escriba, de Gustavo Romero Borri). Como la penetración insoslayable de la metáfora que arremete con la huida acontecida en siglos de fotogramas. Así, Fernández hiperboliza al hombre a la manera que su obra enarbola las sienes de lo llano y profundo, lo inalterable y batallado. Qué otra circunstancia más que la de perdurar entre imbatibles versos que rememoran confrontaciones entre lo humano y lo cercado por lo dicho entre líneas. Qué otra amplitud más que la hidalguía supuesta que descansa ostentada en la sed de los puntos que delimitan el fin de la obra. La consumación y los esqueletos de la tierra. Las aguas y los silencios de la ira.
Que si no hubiera cielo…
Preludios
Que si no hubiera cielo yo amaría la ley oscura que nos hace claros cuando la soga tensa se ablanda y nos arroja a una dichosa extraña liviandad. No tus manos sino el incierto anhelo que las guía. No el brillo de unos ojos sí lo que se revela por su ausencia, y así yo viviría en el suspenso ciego de lo maravilloso, en la inquietud aérea que unos rostros vislumbran, en sus llamadas mínimas:
-Mis ojos y tus ojos; entre ambos un abismo de murmurantes vírgenes que oyen lo que no ha sido dicho ni será. […]
En un intento de arrojo, el poeta se vuelve poeta de sí mismo. En Ley oscura, Borri eclipsa las palabras para noctivagar las huellas que significan más que versos, más que trinar, más que noche en las agujas de noches vagas. Por Alfredo Recarte Con su tercer libro, Ley oscura, Gustavo Romero Borri inaugura una secuencia de trípticos (“Sobre la poesía y otras vaguedades”, “A cada cual su sendero insinuado…”, “Que si no hubiera cielo”) que enmarca a esa ley íntima de oquedad, cromatizada de los aspectos intachables “cuando la soga tensa se ablanda / y nos arroja / a una dichosa extraña liviandad”. Poeta de la estirpe de Dylan Thomas, Hugo Padeletti, como así también embebida de la sinfonía aliterada de Joaquín Giannuzzi, hace que el lector de versos se traslade a las pendientes ofuscadas de líneas prosaicas, propias de aquella poetización que circunscribe el sonido a la realización de horizontes de leyes oscuras.
“No tus manos / sino el incierto anhelo que las guía” es el crudo suceso de las fauces inmoladas, las llagas edilicias que hacen tacto desde la brama, mientras buscan no buscar, porque Romero Borri desdobla su persona en prosa y verso, pero convergen en el momento hiperbolizado, en la conciencia de la observación ostentada, en la guía, en la perfección del incierto que se enciende deliberado. “Y así yo viviría”, y él vive y cruza la deriva en ojos ciegos que prevalecen en la mirada póstuma, en la síntesis que horada la situación de acostumbrar el momento a la luz, en la ensoñación de los cuerpos que se envilecen y prefieren la inquietud aleteada, la moda del silencio, de cumbres insolentes, de ríos entrelazados a las piedras extáticas.
“Mis ojos y tus ojos” es la antesala del breviario, la temporalidad que se hace añicos en el atisbo cerúleo, la persecución rala que abre el abismo “de murmurantes vírgenes que oyen / lo que no ha sido dicho ni será”. “Que si no hubiera cielo” abre la perspectiva hacia la degradación sensitiva del hombre que gime las oberturas sin siquiera sentir lo que ha sentido, abre el mundo hacia universos bermejados, hacia la llama, hacia el punto decisivo de la violencia que corroe la sangre. OBRA POÉTICA: Los ámbitos (1982); Notas del escriba (1986); Ley oscura (1993); Cartas a la montaña (1996); Mirada natal (1997); Ecce puer (2000); Cárcel de luz (2009).
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D.D.I.
Hace casi dos décadas Alejandro Polvorini, puntano de nacimiento, se radicó en europa. En este artículo reflexiona sobre su presente en Amsterdam y evoca los años pasados en nuestra ciudad que cada vez se le antoja más distante.
Por Alejandro Polvorini.
W
ilfred no mentía. No era la primera vez que Anki después de un chute se envalentonaba y nos invitaba a extraviarnos por Warmoesstraat, para después aparecer totalmente colocados en una tienda colmada de preservativos. Obnubilarnos con la variedad de colores, tamaños, y excitarnos entre el sopor de las luces envolventes. Caminar los tres de la mano hasta surgir casi sorpresivamente en el restaurant Tango, pedir bife de chorizo y planear una expedición hasta el hash museum donde no resulta complicado colgar la mente, flotar al ritmo de las gaitas y descubrirse en un cuarto oscuro del Cockring espiando desde un cubículo privado. Wilfred es nuestro guía. Un macho alfa aterrizado de Utrecht, la ciudad de los canales. Un colega legal que nos arrastra por callejones aplastados por la penumbra soltando un montón de chorradas. Así aparece la casa de Anki que preparó una fiesta, hasta hizo fila para conseguir algunos psicotrópicos que acompañamos con bocadillos de queso. Tendrías que haber tenido más cuidado con la maría, cabrón, vocifera Wilfred, y abraza a uno de esos chicos latinos que se dejaron caer. Juraría que entró por Bélgica el último verano sin prestarle atención a la crisis. Dándole puerta a todos los rumores, inflándose los cojones ante los malos augurios. Ahora está tan frito que no se puede mover aunque una torva de chicos guapos se
acerque y lo inviten a levitar. Ahí en el escozor de los reflectores que flipan en una andanada de beats taladrantes. Amanecer en la calle. Despertarse en mitad del tráfico con los labios adormecidos. Como si nada hubiera pasado. Quitarse la modorra pensando en un país que ya no me pertenece. Tal vez sean los escombros acumulados a un costado de un monoblock lo que me traslada sin escalas a un ayer que sucedió en una ciudad que en este otoño se me antoja lejana. Distante. Una nación coronada por lo que botó la ola. ¿Cómo llegué a este punto? Alguna parte del puzzle se extravió en el corolario de mudanzas. Ángeles del ocaso que reconocen su pudor cuando es muy tarde para todo. Respuesta posible: Tomé un vuelo de Iberia a fines de los ochenta, huyendo del Plan Austral, escapando de la hiperinflación. Flaco, la casa nunca estuvo en orden. En el albor de los noventas cuando España iba bien caí en Estepona. Squater en un piso con vista al mar. Ahí nomás migraciones. Despedida. Un boleto con escalas a Toulouse. Temporero en Burdeos. Apenas. Nada. Solo deslizarse a favor de la corriente y en tren hasta Amsterdam. Conclusión: Apuesto que es domingo. Miro un viejo álbum de fotos. Wilfred está acostado a mi lado en el puff. Cubierto únicamente por una bata. Se acaricia el vientre. Mira con reticencia las fotografías de Mamá.
Con dificultad, después de varios intentos logra pronunciar el nombre de mi lugar de nacimiento. Lo deletrea con esfuerza como quién se desliza por un piso recién baldeado. Aquí Argentina es un lugar apenas visible, un punto ubicado demasiado lejos. No te preocupes, no pensamos demasiado en tu país, ocúpate de pasarla bien en este sitio y no mires atrás. Don´t look back. Menos ahora que los tiempos se han puesto flojos y todo, todo se hace añicos. Wilfred no miente. Acaricia mi pelo y se aleja. Saldrá a la calle y comprará helados. Será una forma elegante de despedir el verano. Quizá a orillas del Amstel, acariciando la espalda de un inmigrante recién llegado que no sabe dónde va a alojar logre convencerse que estamos en tiempos de resurrección. Entonces ver. Mirar lo que nos antecede encegueciéndose con el resplandor de los faroles que chisporrotean bajo el velo del amanecer. Quedarse meditando frente ante los escaparates con un pensamiento a punto de esfumarse y otro, resbaladizo, imposible de atrapar. Ahora que un regreso resultaría un error. No hago otra cosa que perder mi tiempo libre entre las vitrinas del mesumplein coronadas de luces rojas y en medio de la tempestad recuerdo una ciudad de polvo y espanto, de la que salí despedido por una arrogancia de la que hoy no me arrepiento.
a vuelta de correo
Por Ariel Mardone
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Por Luciana Garamondi
Atrapar. Apresar lo que flota en el aire, dar grandes bocanadas y sacar pecho. Hundirse en oscuros antros dónde las chicas se mueven al vaivén de la música tropical. Absorber el hálito barato de los perfumes comprados en la cartilla. Quizá excitarse mientras se observa esa proliferación de rostros que la mirada no puede abarcar en un solo vistazo. Sentir bien abajo, justo ahí, los aguijonazos de un ritmo frenético y sensual. ¿Qué sucede? Ahora que todo se insinúa en un parpadeo de luces y estás ahí, bailando, moviendo las caderas alocadamente. Dispuesta a subirte a los parlantes y quitarte todo en un rápido ademán. Afuera: la ciudad. Los coches ronroneando a lo largo de la avenida confundiéndose con los rostros que disuelve la niebla espesa. Gente que se extravía entre las sombras y acaba en un sucio mostrador con los labios embebidos de lúpulo. Adentro: roces. La percepción borrosa de una sensualidad que a medida que avanza la noche se vuelve más explícita. Alguien espía por el ojo de la cerradura, encoge su cuerpo y entonces avizora el cuerpo de la chica semidesnuda, agitada por las pastillas, a punto de hundirse en su propio abismo. Intenta vomitar, luego sacude de manera salvaje su cabello y emite un grito que se desinfla en medio del bullicio. Él retrocede, trata de encontrar entre la multitud un rostro desconocido, entonces da con el rostro de una chica, se acerca. Su aliento huele a tabaco y fernet. Ella lo mira desconfiada, luego le hace un guiño y lo conduce por un angosto pasillo. Lo que me arrastra es su perfume, piensa él, y aparecen en un patio donde se asan los chorizos, y el humo se mezcla con la niebla, formando una pesada y espesa capa. Hay unos policías parados en un portón que da a la calle, un montículo de arena, algunos ladrillos y un sujeto gordo que intenta danzar cuando la banda se suelta, y el cantante desbocado aúlla su elogio a la cerveza. Ella se acerca a él que se ha desabrochado algunos botones de su camisa fucsia, y le susurra al oído: todos los días despierto hermosa, pero hoy exageré. Él esboza una sonrisa y la rodea con sus brazos. Están a solas. Todas las personas han desaparecido. Solo hay música a su alrededor. Se miran y se regalan una sonrisa inmensa. Permanecen expectantes, se toman de las manos y zigzaguean improvisando pasos alucinados, indiferentes a todos.
Por Rodrigo Heredia
APOSTILLAS
Sábado. Callejón sin salida. Atrapado en el pueblo. ¿Cómo llegué hasta aquí? Una visita repentina a mis padres. La posibilidad de encontrar a mi hermano. Parientes que se dejan caer cuando se empieza a asar el cordero. Luego lo de siempre: mujeres. La esposa de mi primo que se encuentra con la novia de mi hermano y arremeten contra la hija mayor de mi padrino. Andanadas de insultos. Cosas que se estrellan. Hombres intentando separar o esparciendo chispas en la nafta derramada. Mamá en un rincón llorando. La fiesta termina antes de doce. Todos se van a dormir. No hay muchas opciones. Salgo a caminar por las calles desoladas, saco a pasear mi ansiedad hasta que escucho una guitarra. Gran peña en el Club Social. Cena-baile. Hombres eufóricos que se encaprichan en pedir una y otra vez la misma canción. Mujeres lateadas que echan una mirada buscando encontrar una cara conocida. Niños que juegan en el patio y se arrojan hojas secas. Ahora en el escenario improvisado están tocando unos hermanos. Uno delgado, otro regordete. Como debe ser. Tonadas. La guitarra tiembla en un lamento donde se le canta al amor ausente. El dolor brota del pecho, se estrella contra las paredes descascaradas. Un dolor que ha sido cuidadosamente maquillado. Se lo ha preparado para que se cante con la garganta embebida de alcohol. Alguien desde el fondo suelta un alarido que se esparce por todo el salón. Los dos hermanos se despiden haciendo reverencias. Nadie pide que vuelvan a subir. Todos están esperando el número principal. Un cantor obeso de larga barba que con voz de trueno entona Triste paloma enamorada. Deja de llorar paloma/que el llanto no es para vos. Mata tormentos de aquel que se va/si así´ lo prefieres andate nomás/está´ en evidencia que no sabes amar. El público enloquece y los vasos se llenan para volverse a vaciar. Por un instante flota en el aire la sensación de una perfecta comunión entre desconocidos, la extraña percepción de que todas esas gargantas que corean el estribillo de la canción se reconocen en un reclamo hacia el maldito amor, tan frágil, tan huidizo, como el vuelo de esa paloma que en busca de la libertad ha escapado.
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Caminando por la ciudad los autos golpean sus potencias en oídos sordos, mientras en la plaza Independencia un grupo de Beach Boys empolvan sus ropas girando sobre un mundo siempre estático al ritmo del grupo “Porta”. El ocho de febrero de 2012, yo estaba con Nico Larrosa en la casa de sus padres, cuando una voz en el teléfono nos anunció la catástrofe: Luis Alberto Spinetta había muerto. Unas horas más tarde, hablando por el celular con mi viejo me decía “El flaco no murió, el flaco va a morir cuando el último tipo del mundo deje de escuchar su música. El flaco es música.
Pienso en las posibilidades de la muerte. Recorrer objetivamente las noches de San Luis es difuminar los límites en estéticas que adquieren caras y ritmos diferentes. Entonces encuentro a los “rolingas” saltando mientras los chicos de la banda “Aceite de Soja” le cantan al “arte malabar”, o el grupo musical “La Piedra” que canta contra el “Imperialismo” sobre un escenario de la Intendencia de la Provincia bajo un cartel de tamaño gigantesco con el slogan “San Luis Somos Todos”
“Y volvemos a ver/ ¿Cumbia qué?/ ¡Cumbia Locura guacho!” El grupo Locura se presenta en los colegios, las maestras aplauden, las alumnas hacen un baile sensual al que llaman “meneo”, los muchachos se ponen viseras y mueven sus pies al ritmo del wiro, los directivos sonríen mirando de reojo la fugaz alegría mirando de reojo el puñado de alumnos que por primera vez tienen asistencia perfecta en un colegio uniformado.
Por Matías Lucero Los jueves en el pasaje Salta dentro de un bols se mezclan “El Captain Beefheart”, “Juana Molina” con una cuota de oscuridad en los párpados, “Pink Floyd”, algo de “The Beatles” (¿será que nunca nos va a abandonar esa sombra?), y en una conversación de gritos, las guitarras de Danilo y Enzo se fusionan con el bajo de Juan que pone sus ojos en blanco moviendo su cabeza al ritmo del bombo de Valentina que golpea con precisión un montón de tachos a los que les puede sacar un sonido parecido a la voz del mismísimo Satán. “Somos Elefantes Efervescentes y esta noche venimos a dar la cátedra contra la vida lenta” se presentan antes de explotar algunos oídos que buscan rock después de la sacudida de los chicos de “Starosta Funk Rock” que resucitan el mejor estilo “spinettiano”.
música
“Voy mareado y aturdido, nena/ tras la niebla del alcohol/ ya mi cuerpo no es el mismo, amor/ sexo, droga y rock and roll./ Date cuenta estoy perdido/ ya no soy el que te amó/ tanta fiesta, noche y vino/ al final nos separó. Creo que así decía Ataraxia, el tema al que el Pichi siempre le cambia la letra.
Septiembre es el mes donde los nenes buenos se distraen con las flores, y los indeseados salen a rallar autos por la Avenida Illia. Berenice se queda quieta cuando escucha “La Rueda de Samsara”, como si las lunas fueran todas las mismas y existiera una parte oscura de la que nunca nadie supo nada.
En “Don Enrique” siento que pido la misma media docena de empanadas, el mismo vino con soda y me quedo escuchando la tonada que suena en la radio llena de ruidos molestos que se mezclan con la vos de “Los Arrieros Puntanos”.
“El rock and roll es búsqueda, estos indios tocan las mismas cuatro estrofas, después esperás un estribillo que hable de amor y rebeldía para darle paso a un solo que no sabe ni usar una palanca, eso no es rock” dice Pichi Blackmoore caminando por la peatonal “Vía Rivadavia” con unos ray ban truchos que tal vez salvan su mirada de un sol que varias horas antes dejó de brillar.
En San Luis la música suena a Algarrobo seco.
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noches de san luis
Por Gabriella Coleman
FRAGMENTOS DE UNA NOCHE ATRAVESADA POR EL FRENESÍ JUNTO A LA CHICA MÁS DESEADA DE LA CIUDAD.
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s alucinante. Parece levitar a lo largo del pasillo. Carolina puede sentarse en el sillón mullido, estirar sus piernas interminables, soltar una larga bocanada de humo, y observar a Melina que está ahí, con la espalda desnuda, probándose un vestido rojo. Es simplemente Meli, la amiga que aparece los fines de semana para hacer un recuento de amantes, chismes de oficina, y el hobby favorito mientras se fuma: hablar mal de los maridos. Bueno, Carolina acaba de separarse, de tomar un poco de distancia, dirá ella. Melina está en pareja, pero cualquier día, advierte, se acaba todo y lo pongo de patitas en la calle. Carolina se ríe. Sabe que es joven y autosuficiente. Mientras tenga dinero los hombres serán simplemente un juego. Un juego peligroso que cada fin de semana se pone en práctica con música y alcohol. Su rostro es extrañamente joven. Podría apostar que tiene un lustro menos de lo
que marca su carnet de identidad. Carolina es regia, sensacional. Sabe que puede llevarse el mundo por delante. El mundo es tuyo, Carolina. Carolina tiene también a Ricky, que es su amigo mujer. Y ahí está Ricky con las chicas preparando un trago, poniendo algo de música. Esta noche la gira arranca en algún pub de la Illia, luego a Henry Ford. Si sos joven, hermosa, inmensamente atractiva, ese es tu lugar. Ahí sucede todo. Están los chicos que todas desean. Nadie tiene rollos con nada. Simplemente se deja que todo fluya. Ahí está la gente que no siente el “agobio del yo” ni tampoco se preocupa por la proximidad del “vos”. Gente que cuida con gran esfuerzo su muro, porque tenés que estar en facebook para existir, porque tenés que poner todas esas grandiosas fotos que te sacaste el verano cuando fuiste a Punta Cana y comentar los post de esa chica increí-
blemente sensual que pagó una sesión de fotos con una artista joven y sexy. Nunca nos piden documento, nuestro verdadero carnet de identidad es este rostro, afirma Carolina y le da una palmada en las nalgas a Melina. Cuando le dio puerta a su marido, recuerdo que una familia amiga la invitó a cenar y le presentó un tipo espectacular. Acababan de ascenderlo como gerente de una empresa de informática. Carolina, aprovecha el momento. Hemos hecho un gran esfuerzo para ponerte al lado del soltero deseado, le susurró alguien al oído. Entonces mientras servían el pejerrey al roquefort, ella y este hombre se miraron, se dispararon miradas aquemarropa, pero no hubo forma. Había algo que no andaba. Y eso que ella afirma que le parece una estupidez el amor a primera vista. Lo único que me provoca flechazos es el dinero. Ya sabes, para qué nos vamos a mentir.
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Si no funcionó a la primera, no va a funcionar. No se trata de “química” sino de algo físico. Una violencia que irradian los cuerpos y se mete por los poros de la piel. Y es una suerte que todo suceda de este modo, agrega Melina. Somos la verdadera belleza: la exterior. Ese verso de la belleza interior es un consuelo para feos y perdedores. Así que ahí están las chicas, probándose ropa, ensayando pasos de bachata frente al espejo, sacándole la lengua a Ricky. Con él no hay nada que temer. Es mejor que una amiga, no está en condiciones de competir. Cuando una mujer se separa, durante un tiempo lo menos que busca es estabilidad. Prueba con un hombre, luego con otro. En el momento en que dejás de recibir llamadas de tu marido, preguntándote dónde estás, volvés a respirar una extraña libertad, entonces te dejás llevar. Es algo parecido a eliminar alguna sustancia perniciosa. Pero hay que salir a cenar. No te podés esconder en tu casa, linda. Imaginate que entre tu gente corra el rumor que estás amargada. Claro, te podés meter todas las pastillas que quieras, pero eso hay que guardarlo entre la gente de confianza. Vos te olvidas de todo, y salís. Pero nunca sola. Ahí es donde entra el amigomujer. Ya escuchó todas tus confesiones, fue quién puso el oído cuando te agarraste la rabia con aquel tipo que te hizo la desconocida por culpa de esa rubia atorranta. Siempre estuvo. Hasta esa noche cuando lloraste porque tu marido te dijo que hicieras lo que se te cante, que él ya estaba harto, que ya no le parecías regia. Figúrate. Estuvo ahí escuchando, diciendo las palabras justas, dándote un abrazo sincero. Agradable hombre simbólico. Vení, tirate un rato al lado mío, le dice Meli y Ricky, obediente se tiende mientras hace zapping en el LCD. Ahora sí, ya está todo listo. Una vuelta por la plaza en el coche. Parada en algún kiosco para comprar puchos, chicles y pañuelitos descartables. La radio sonando al palo. Carolina al volante. Ricky de copiloto. Atrás Melina y yo.
Hay que salir con actitud, grita Caro. La belleza por la belleza no alcanza, no puede abrir la puerta del deseo. Se necesita algo más, algo que te arrastre más allá. Eso que te toma por sorpresa y te arrastra hacia el más allá. Pasa lo mismo que con los roces, dice Carolina. Hay toqueteos que destruyen todo. Empezás a tocarte con el otro, y ves que la cosa no funciona. Hay que agregarle un plus. Y ese agregado lo lográs si sabés acercarte. Hay gente hermosa y divertida que no sabe abordar, y por lo general se va sola a casa. Ahora una imagen que parece llegar en diferido: Carolina frente al espejo. Acariciando su propia sombra, convencida que su mundo se reduce a ese reflejo que proyecta la luz enfermiza de los reflectores. Afuera la noche aullando, en plena ebullición. El estrépito de los coches atravesando la avenida a toda velocidad. El chisporroteo de la música bailable resonando en todas las cabezas. Carolina dispuesta a hundirse en el vértigo del sábado. Avanzando subrepticiamente con esas piernas incomparables ante la mirada de una jauría en celo que suelta espuma por la boca. Carolina, la chica más deseada de la fiesta. Todos parecen conocerla, la saludan, le recuerdan quienes son. Están todos los que tiene que estar. El hijo del dueño de … que acaba de comprarse un Audi, y se ofrece a mostrárselo después que tomen un trago. El chico qué fue la cara de una tienda muy conocida de la ciudad. Carolina les entrega una sonrisa, y se aleja junto a Melina, hasta los reservados. En el lugar la conocen todos. El barman, los monos de seguridad, hasta el dueño. ¿No es sensacional, todo esto? Aquí es cuando una se siente una elegida, alguien que se ha elevado por encima de la mediocridad y puede flotar entre la gente. Pararse frente a cualquiera de esa horda de intelectuales que pierden el tiempo reflexionando sobre la superficialidad y gritarles que se mueran, que se queden con todas sus elucubraciones, que agarren todas sus teorías y hagan un rollo, y …
Y al fin todos han puesto el piloto automático. Se han soltado. El alcohol ha ido roturando las delgadas capas de hielo. Ahí están nuestras heroínas bailando con los integrantes de una banda de rock local. El suelo de la discoteca parece adquirir vida propia. Es imposible abarcar todo con una mirada. Tantas cabezas que se balancean, cuerpos que se menean, se columpian. Besos, abrazo, vasos. Colores psicotrópicales invadiendo la pista. Y esa sensación de que si no estás aquí esta noche, te estás perdiendo la mejor fiesta. Esta es la hora en que la diversión alcanza su climax. Hasta da pena en todos esos que están afuera haciendo fila, tratando de implorarles a los patovicas que los dejen entrar, y peor es aún pensar en los pocos que están ahí con las moneditas justas, deseando pedir uno de esos tragos multicolores que te ponen tan bien. Pero aprovechemos este instante que en unos minutos todo se calma. Ahora la cumbia le ha dado el paso al reaggueton y hay varias chicas perreando. Pura sensualidad. Están las aves de rapiña de siempre que quieren subir al coche a alguna chica en estado de ebriedad. Al fondo y a la derecha los reventados por el alcohol que seguro vuelven a casa solos. Carolina está con un tipo espléndido, seguramente es el más apuesto de la noche, y ahí está bailando, indiferente a la envidia de las otras chicas que tuvieron que conformarse con lo que estuvo al alcance de la mano. Melina ha tomado más de la cuenta, y no es bueno que te escrachen en un estado lamentable. Le pide a Ricky que la lleve a casa. Yo me voy con ellos. En San Luis está empezando a amanecer, y por las calles esquivando los coches que pasan distinguimos la sombra de un linyera arrastrando un pesado carro, parece la figura de un ogro dispuesto a hurtarse toda la belleza, todo el frenesí que la noche ha inyectado en nuestros cuerpos. Gabriella Coleman nació en Cañada de Gómez, Santa Fe. Es Licenciada en Comunicación Social. Desde hace tres años se encuentra radicada en Potrero de los Funes.
Si entrás a la librería que queda al lado de la ex casa de gobierno y te ponés a leer cualquier libro de Proust, seguro que se te acerca un joven pelado que te va a decir que él prefiere leer literatura. Se va a reír y te va a vender el libro con un señalador de regalo. Esta vez Enzo Mottura juega de titular, y se imprime de este lado de las letras.
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Por Enzo Mottura
La verdad de la milanesa
“Lo de siempre” me pide la señora, vive a la vuelta, hace milanesas. Siempre lleva de nalga. Empiezo a cortar la carne pero al tercer bife me quedo ahí como duro. Helado. Mirando la carne, mirando el cuchillo, mirando a la señora, y la señora que me miraba. No sé, es la primera vez que me pasa, habrá pensado que estoy loco pero a mí me corrió un frio por la espalda. La señora tenía la misma mirada de las vacas, igualita. Esa mirada que tienen las vacas algo así como ausente, como ingenua, que te hacen dar lastima. ¿Te fijaste alguna vez? Cuando vas en el colectivo, por la ventanilla: El campo verde, el alambrado, las vacas mirando. No sé bien, nunca supe cómo decirlo. Un poco tristona tam-
bién, como si en el fondo supieran todo lo que les espera, todo lo que va a pasar. El camión que llega de madrugada, después todas en fila india, una a una, así mansitas. Una detrás de la otra. El viajecito al matadero, y vuelta de nuevo, una atrás de la otra… ¿Te fijaste alguna vez? No sé, dan rabia a veces, las vacas. Porque no puede ser, esa resignación así nomas, como si no aprendieran nada, como si fuera hereditario. Debe ser muy triste la vida de la vaca, siempre igual. El campo, el pastito, manya que te manya… un día viene el camión, un mazazo en la nuca, y se acabó. ¿Y en el medio qué? Ver pasar los colectivos, de ahí, al gancho de la carnicería. Mira. Así como está, esta carnicería tiene cincuenta años. Siempre en el barrio, la fundó mi viejo con el sudor de su frente. Y yo me crie ahí, donde estás sentado, siempre mirando al viejo, escuchando a los clientes… ¡Sabés la de reses que habré visto pasar! Y ahora igual que mi viejo: levantarse a
Al calor de las historias Desde mediados del otoño cuando el cerro se pone arisco, comienzan a subir por el aire los pequeños humos verticales, que en el resplandor de ciertos atardeceres parecen diminutas columnas soportando todo el peso del cielo maduro. Otras veces, mientras uno contempla la lenta llovizna a través de la ventana, suele ser agradable descubrir que en el nacimiento de cada humo existe un fuego, y que en el principio del fuego hay madera y unas manos acercando la lumbre, y que al calor de la llama silba una pava o unos viejos zapatos olvidan por un instante el cansancio de los pasos. Es placentero descubrirlo, casi tibio diría, porque de esa manera todos los humos solitarios se convierten en una historia para ser imaginada. Entonces, el invierno que se aproxima, parece ya más corto.
las seis, desayunar, leer el diario, atender a los proveedores, después a los clientes, siempre lo mismo… Siempre me acuerdo, una vez cuando tenía diez años mi viejo me llevó al matadero, como para ir aprendiendo el oficio. Son cosas curiosas los mataderos. Llegamos al amanecer, había niebla, feo olor, y estaban las vacas en un corral inmenso. Adentro del edificio había un pasillo largo con barandas de madera. Por un lado entraban las vacas, del otro, un señor que fumaba todo el tiempo con una maza en la mano. Y la vaca no hacía nada. ¿Entendés? Avanzada nomás. Si, debe ser muy triste la vida de la vaca. Después viene la señora con la bolsa del mercado, pide un kilo de nalga y cree que ya está. Veinte años hace que atiendo y es la primera vez que me pasa. No sé, habrá pensado que estoy loco pero que le vamos a hacer, la vida es así. ¿Cómo es que decía el viejo?: atrás del decorado de pan rallado hay siempre un bife de cadáver. ¿Ves? Ahí tenés, esa es la verdad de la milanesa.
la vida en un día
Por Matías Lucero
Fue una tarde de septiembre, después de desechar los restos de un feto que olvidaste sobre la cama matrimonial de tus papás, cuando tomaste el último tren de la ciudad. Por la ventanilla viste pasar un puñado de ranqueles que con bayonetas apuntaban la salida del sol, recordaste los primeros pasos en el patio de la casa del barrio, en donde por las noches se escuchan las corridas de los que escapan de la ley. El 11 de Septiembre vimos por la tele la caída de dios mientras la niñez se hundía en la pileta llena de musgo, te recuerdo bañándote desnuda sobre un espejo sucio cuando tus pechos todavía estaban tibios. Pero yo siempre estuve sentado sobre la baranda de un giro cerrado de la autopista que mutilaba las montañas, fumábamos con el Rasta esperando que el tiempo pasara. Vos habías crecido y te fuiste del barrio, ya no quedaba virgen a la que no debieras unos cuantos favores. Creo que fue una tarde de septiembre cuando los niños planeaban asesinatos macabros contra sus madres que los habían arrojado al desasosiego de la penitencia y los perros gruñían mientras mordían desesperados un hueso que hacía meses había olvidado el gusto de la carne. Dentro de la habitación, un muchacho con el plano de San Luis tatuado en la panza, y nosotros con la precisión de un cirujano, recorrimos con los dedos la ciudad, como dos dioses que tocan la piel muerta, y se excitan, y hacen el amor lejos de las luces, lo demás era un choque de certezas desvencijadas. Fue en un banco de la terminal, yo estaba escribiendo unos haiku debajo del crucigrama del diario semanal cuando bajaste de un colectivo viejo al que se le habían borrado los carteles. -No voy a comer más, a partir de ahora me mantengo a tabaco y cerveza- dijiste sentándote a mi lado.
- Todos estos años fuiste el recuerdo de un fantasma que me miraba de reojo- No vamos a montar una escena melodramática con todo un guión de poesía patética – contestaste mientras te alejabas entre la gente. El muchacho tatuado llevaba varios días muertos dentro del estanque (lo sacamos de la habitación cuando el olor comenzó a molestar) y vos te metías con él al agua y la ciudad se inundaba y pasabas horas mirándole los ojos acuosos, y había sol, y había escombros, y había miedo, sobre todo miedo. Las ventanas se abren y las hojas de los libros despedazados se arremolinan con el viento dentro de la habitación, hace varios días que no nos miramos, hacemos dibujos sobre la pared blanca, yo todas las noches sueño a mamá con un vestido de novia, está barriendo las hojas del otoño que se amontonan en una amplia calle. Y no hay nadie a nuestro alrededor, las manos cada vez más frías. Cuando despierto agitado nos encontramos en la oscuridad y la piel busca lo poco de carne que el tabaco no consumió de nuestros cuerpos aún. Septiembre pasó, los meses del verano decidimos no contarlos en el calendario y así llegó marzo. Te encontré sentada en el suelo al lado de la cama. -Lafinur, Constitución, Caseros, Mitre, Chacabuco, San Martín, Rivadavia, Colón, General Paz, Hipólito Yrigoyen, - Sonreí - Recordás los nombres de todas las calles – - Sí, ¿Te acordás cuando íbamos a la Plaza del Cerro a mirar cuando se prendían las luces de la ciudad? –
Recordar es un hobby pernicioso, así que encendía otro cigarrillo y volvía sobre “La invención de la soledad” Nada existía hasta que lo nombrábamos, entonces se te ocurrió la buena idea de decir “dolor”, ahí fue cuando comencé a escribir estas tontas líneas mientras suena una y otra vez la melodía de una calesita de madera que gira y gira sobre el aparador al lado de unos cuantos jazmines ya marchitos que habías traído un rato antes de irte. Me pregunto por qué no puede terminar bien una historia que comenzó mucho antes que pudiese escribirte estas líneas. Ahora el muchacho del estanque se levanta. Le cuesta salir del agua. Entra a la habitación donde estoy y cierra las persianas. Los papeles dejan de arremolinarse. Lo miro y él lo sabe. Acomoda sus pelos mientras yo pienso en el desgaste de un cuerpo fabricado para ser terrestre que estuvo cerca de un año dentro del agua. La pava está hirviendo, el muchacho con el plano de San Luis tatuado en la panza prepara dos té con mucha azúcar. Tal vez yo nunca fui esa puerta sana que siempre cerró bien, pienso que posiblemente te encuentre esperando el tren en una Estación que están por demoler, entonces viajaremos lejos de la ciudad y sus continuos terremotos. Vos estarás hermosa, pero no te lo diré para que no te rías de mí. Caminarás vestida con el traje de novia que usaba mama en mis sueños. Entraremos a miles de casas abandonadas sobre una calle con un farol al final. Y las palomas dormidas volarán entre murciélagos blancos para que la luna muestre su hálito oscuro a los proxenetas de estrellas muertas, todo en la misma noche de septiembre.
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papeles salvajes
Una breve mirada sobre la vida y la obra del poeta puntano Mario Jofré Gutiérrez.
Por Cristina Cambareri
“La poesía, para despertarse, necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible.” Facundo, Domingo F. Sarmiento
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sta cita, escrita a mano en un papelito, la encontramos revisando una carpeta de poesía sin editar. Mario la lee en voz alta para que yo la copie en mis notas, y me explica: “Sarmiento fue un gran prosista, un lúcido. Su prosa es contundente, maravillosa, intensa, argentina. Tenía un gran sentido utópico. Imaginó Argirópolis, pero no se olvidó de que era un hijo de la Cordillera, un cuyano”. Me quedo en silencio, tomando apunte de sus observaciones filosas, e insiste: “Sarmiento tenía una prosa monumental”. Mario Alejandro Jofré Gutiérrez tiene 82 años, es un infatigable investigador de la palabra, un buscador de tesoros literarios y gran relator de historias para los que tenemos el placer de visitarlo. Es reacio a hablar frente a desconocidos, y más a conceder “entrevistas”, así que nuestras charlas suelen deslizarse mediando almuerzos, mates y meriendas. Nació en San Luis y nunca cruzó el Océano. Toda su vida vivió en la Argentina, y lo más al norte que estuvo fue en Iguazú. “Lo único que he cruzado es la Cordillera”, explica, y uno entiende que no le hizo falta viajar más allá, porque sus caminos literarios lo han llevado lejos. Su casa es acogedora, un breve oasis. Es aquel lugar que imaginamos cuando pensamos en un escritor: hay libros por doquier, en bibliotecas, apilados, hay una mesa donde reunirse con gente a conversar, hay ecos de poesía, se respira arte. Hay un jardín afuera, que Adriana (su mujer) cuida con amorosa dedicación. En ese jardín crece constantemente un timbó, del que sólo quedan las raíces: “Todos los días tengo que arrancarle los brotes”, se ríe Adriana, y uno no puede dejar de asociarlo con el baobab del Principito. Mario Jofré es poeta, traductor y lector exquisito. Ha publicado poco, ha traducido mucho, ha leído casi todo. Pero sobre todo ha vivido bajo sus propias reglas, y eso lo convierte en un desobediente esencial. Cuando le pido que se defina a sí mismo, prefiere decir que es un lector que ha tenido la suerte de “jubilarse” temprano (fue abogado y Juez hasta el golpe militar del 76) para poder comprar libros.
“El poeta debe ser una lengua afilada”, afirma contundente, y nos cuenta que Antonio Esteban Agüero, de quien fue un gran amigo, era especialista en utilizar esa lengua viperina en coplitas que escribían en el bar, burlándose de algunos funcionarios. “Era común escribir coplas, al estilo de las Coplas de Mingo Revulgo. Agüero era terrible”, cuenta y se ríe, ocultando quién sabe cuántas otras anécdotas “viperinas”. Otro gran poeta con quien se juntaba a hacer uso de la “lengua maledicente y chismosa” en veladas sin fin era Mario Trejo, con él hablaban de literatura, pero también de la vida privada de otros escritores, se contaban las “novedades del ambiente, como que la Orozco era amante de Molina”. Me cuenta historias de anarquistas, poetas, amigos, gente que sólo conocí por haber leído acerca de ellos, de las que tomo nota más en la memoria que en mi cuaderno. Al preguntarle por sus autores preferidos, no duda en contestar: “Mi admiración sin límite es por Octavio Paz, como ensayista, como poeta”. Y continúa enumerando: Neruda, César Vallejo, Lugones, Herrera y Reisig. “A Rubén Darío no hay con qué darle. Leíamos Vilariño y Storni, Luis Franco (el catamarqueño), Nalé Roxlo, Ezequiel Martínez Estrada… a Borges aunque lo detestábamos lo leíamos para aprender”. Como traductor, Mario hizo un camino autodidacta, siempre tradujo por placer y “por vicio”. Eligió publicar los Sonetos de Shakespeare, cuya versión es una de las más poéticas y menos literales de las que existen. “He trabajado rigurosamente con rima en la traducción de los Sonetos. Prácticamente esa labor de pasar de un idioma a otro en la poesía sería intraducible, pero puede hacerse una aproximación. Yo hice una aproximación bastante ‘leíble’, y bastante audible también. De Shakespeare también traduje La violación de Lucrecia y Sueño de una Noche de Verano, pero después apareció una versión muy parecida, y publicada, de Idea Vilariño… y decimos casi lo mismo”. Tengo el honor de que me lea algunos de sus poemas, y me deja copiar otros para transcribirlos en la nota. Se hace suavemente de noche, le pregunto en qué está trabajando ahora: “Ahora se me han calmado algunas pasiones, pero los vicios continúan. Entre lo más reciente, he traducido Las Flores del Mal, mucha poesía erótica de Verlaine, Mallarmé…”. Revisando sus carpetas, encuentro traducciones impecables de Rim-
Breviarios
chicharras to el álamo. Hay Surte hacia lo al je. lla su son al del fo Que acompasan a, rr as de tu pa Antójanme las uv je. grana hago cora su en r ea Y a gran as rr ba n con tras las Golpea el corazó aje iv cl el a pa haci De su jaula y esca ras, vuelo suelta amar su , os ch pe s De tu ! aje riz s dulce ater ¡Oh, entre pezone cedo jardín íntimo ac tu a e qu ¡Cómo es s, do pollos en mis de Empollando pim o! ed ru o or mágic s Caído en el de am z en entre vientre lu de s to bi ám tren ¡Abra en cu en para que se La entrega mutua e! pr m sie n te allí orbi Los corazones y
Ofrenda a Afrodita
Para A.M.
Vienes del frágil sueño de las flor es, Del más febril delirio de las gem as, De alcanzar inefables esplendores ; Y pues sin tregua a la belleza extr emas Las Gracias sobrepujas y te emp inas Al par de las más dulces y suprem as Potestades terrestres y divinas, Y aún conservan tus pies rastros de espumas, Muéstranos cómo alientas y cam inas; Ponte el manto ritual de tenues plumas Y deslúmbralo al sol y a cuanto alumbra, Brinda tu claridad a nuestras brum as, Entra por nuestra sangre, deserrum bra Al corazón, su sórdida costumbre De egoísmos derroca y desencu mbra. Libera al alma de sus servidumbres Con el baño lustral de tus fulgores , Y haz que tu lumbre siempre nos alumbre, ¡Oh, Reina del amor y de las flor es!
baud, e.e.cummings, Auden, Keats, Blake, Donne… tantos poetas han pasado por aquellos ojos asertivos. Me pide que le alcance, de entre una pila de libros, uno de D. H. Lawrence, y lee en inglés un fragmento de Apocalypse, que va traduciendo para mí. Me deja esta reflexión: “Somos pájaros, pasajeros. Carpe diem”, y me invita a que tomemos otro mate, comiendo pan con manteca. Mario Jofré publicó tres libros: • Sexo-Netos (1976), de poesía propia. • Los Sonetos de Shakespeare (edición bilingüe, Ed. Diógenes, 1997), una versión excelsa. • Ofrenda a Afrodita (Ed. Diógenes, 2000), una recopilación que incluye la obra “Venus y Afrodita”, de Shakespeare, y traducciones de autores imprescindibles que poetizan sobre la temática.
Por Alejandro Neira
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POESíA
Por Marcos Gabriel Freites
EL ÚLTIMO DÍA DE VERANO
a Jeanette
Cuando al fin te despidas de esa mano que señala el inicio de la lluvia, de esa casa que permanece incendiada hasta el alba, vendré a habitar tu melancolía mientras una niebla espesa encierra estos ojos que sólo saben mirar hacia adentro. Cuando se congreguen alrededor del invierno los cazadores, y la noche se reduzca a una leve celda el agua de tu boca se parecerá a la sangre del ciervo herido y cegado por la luz del bosque acariciaré, con unos dedos que no son míos, los pliegues de tu vestido. Habremos llegado ya, al lugar esperado, estrenará tu cuerpo una apariencia distinta y tus manos apretaran con desgano la pulpa rosada de un fruto, que ya no será indispensable, porque tus caderas habrán hallado alimento en el temblor de mi boca, y un río silencioso recorrerá los surcos abiertos de tu cuerpo, para saciar esta alocada sed de buscarnos, en el último día del verano, en el incesante fulgor de las estaciones en fuga.
LA SECRETA LUZ DE LOS DÍAS
Cuando es tarde para soñar con amapolas curvadas por la nieve, y en la oscuridad del bosque la primavera es un leve susurro; reúno palabras, para descifrar en silencio la secreta luz de los días, que suplica por el fuego disuelto en la memoria del cieno. Se ven tan distantes los faros, desde este encierro transparente que todo recuerdo no es más que relámpago, un grito de alquitrán en la sucesión de las horas. Todo se esfuma en el vértigo azul del calendario y en la letanía de la tarde, junto palabras como pedernales para nombrar cosas vistas en los confines del sueño donde surgía una voz de los espejos vacíos para trazar líneas en los cuadernos, para alimentar las bocas abiertas por la intemperie, para cobijar las últimas tibiezas del verano.
NOGOLÍ, 1983 Ahora que de nuevo tus manos, rehacen en un leve gesto el camino hacia el viejo galpón dónde la ferocidad de todas las lluvias sigue cayendo, y es un pañuelo hecho de adioses el baldío, por donde regresan tus pies desnudos con manchas de hierba, con retazos de días derribados, para crear en cada paso nuevamente todo, el milagro de los días perdidos, como quien arroja palabras, flores, insectos sobre el páramo, y es una sombra, un susurro, lo que inicia la tarde incendiada, cuando han caído tus ropas, y tu melena, silenciosa, sobre la vieja cama se recuesta, como si el tiempo no fuera más que un cálido oleaje tras la ventana. Ahora que de nuevo visitamos el patio de una casa donde las lámparas apenas alumbran, me figuro que tu saliva conserva el sabor elemental de los frutos estrellados en el asfalto, bajo el sol de las tres de la tarde, cuando todos los trenes han descarrilado, y dios, oculto en el ardor de las acacias, nos espía, con ojos que resplandecen y así es nuevamente aguas claras, octubre del ochenta y tres, y hay luz en el almacén y hay naranjas en la caja del camión y es tu padre el que nos maldice y es tu lengua, la que como una navaja, se hunde en mi pecho, como una ola en la quietud de todos estos años, inédita, ha sobrevivido, como quien vuelve a calzarse los viejos zapatos con que inició la marcha ; porqué siempre debió ser así este regreso , esta empecinada costumbre de reencontrarnos con aquello que dábamos por perdido, sin perderlo del todo, todavía.
Vuelos Por Luciano Achervi
1.
Será una gota alternativa, o una gota de puente, o una gota de su exhalación, o una de tantas que beben de su terma, para recordar qué era la sensación de perderse en temperatura, o quizás, la oportunidad de ser sacrificio de los cursos, para configurar en almanaque el paso de esa gota pasiva e ignota, hacia los días en que la noción de pulso trepida el definir lo realmente inútil.
2.
Recorre lo que en fin no será una parte de algo mismo dejado. Llega la primera gota. Su poema dice: “todo lo que se va dejando en las piedras tiende a parecerse a los ríos de las acacias”
3.
Recorre lo que en fin no será una parte de algo mismo dejado. Llega la gota de la montaña, diciendo: “tras el mar, lo único que nos queda son lapsos de hiedras”
4.
Recorre lo que en fin no será una parte de algo mismo dejado. Llega la gota de la calle, diciendo: “y la hoja se descarna, pupilas del reloj sosteniendo el agua atraída, elemento de la llaga por sobre la vestidura delicada, cuarenta páginas deteriorando suicidios que retienen sus pupilas, y no se extinguen y hay proclamación; aspecto de un elemento no dado, finalidad impresionista cumbre vertedero de labios aspecto de razón extinta raíz mirada profunda hálito silvestre nada”.
5.
Queda un poema en el parpadear secular de la gota. Poema de una gota en una ventana: “frazada de una ventana propia, idea de acento en gota cerrada…”
6.
…y quiere decirse que la gota es turgencia de árbol.
7.
…lo que duerme en su visión descansa pergaminos.
8.
…consolida lo breve para llegar a los labios.
9.
…el único verso que viste la imagen es el que lleva agua unimembre.
10.
…ya construye el suelo y el suelo es omisión.
11.
…gota sobre gota: traslación de la luz.
12.
…no es relevante nombrar si el espacio tiene eco en árboles desnudos.
13.
…nombre de zona por nombre de sus agujas.
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cierre de telón
EL CAMINO DE SALLENAVE ES EL CAMINO DEL ESCRITOR QUE COMIENZA A BUSCAR PALABRAS, CUANDO ELLAS NO SON MÁS QUE PARTES DE LA VITRINA QUE OBSERVAMOS COTIDIANAMENTE.
En Fuga Capítulo XXII (fragmento) Esteban pidió un café y aceptó intervenir parte del préstamo otorgado por el camionero en un especial de jamón y queso para Ari, quien argumentó que sus tripas no iban a tranquilizarse con un poco de agua oscura. -¡Qué hacías en San Luis?- preguntó la mujer. -Empleado público. Desde el Proceso. Esquivé la embestida democrática-¡Lo hacés a propósito? Si no querés hablar no hablés, pero no te hagás el poeta conmigo-Tranquila niña… ¿qué dije de raro? A mí me nombraron los milicos. ¿Sabés qué ocurrió no bien llegó el gobierno democrático? Rajaron a todos menos a mí. Yo me pegué a la silla y zafé.
Una mirada sobre En fuga / Por Carlos Villareal Leer a Sallenave es leer el lenguaje de los momentos. El momento que se soslaya, y el momento del metalenguaje que oprime la lucha a la correspondencia con Puig, porque, en última instancia, Sallenave es Puig, reviviendo la ciudad y los avatares de personajes que retratan la vida,
en la errancia de las calles sórdidas de En fuga. El escritor asalta los lugares comunes y los trasviste, con la sutileza propia que caracteriza la prosa de Sallenave, a la vez que muda las enfermedades del habla, hacia la omisión porosa de los callejones humanos.
La vileza es rutina y la palabra se hunde en el precipicio colérico, en las secuencias narrativas que insinúan una búsqueda, a la vez cercana, pero tal vez, más distanciada de los tiempos sometidos, que no son más que pasadizos interminables, donde el tiempo es el sinfín, en el abuso por serlo.
19 El Club de las Acacias Capítulo 6 (fragmento) -Si Cristo hubiera muerto por obra del Demonio, el color negro sería apropiado. Pero es el hombre quien lo mata. Y es sabido que Dios, en su inmensa bondad, no permite a su más perfecta criatura apropiarse de la maldad absoluta y sin redención. Por ese motivo he usado el gris- afirmó Giovanni Santi, sin ocultar al Regente de Urbino el desagrado que sentía.
Capítulo Diez Giovanni Santi y su hijo caminaban por los senderos del jardín. Como todos los domingos, al llegar a la glorieta del lago se detuvieron. El niño, Rafael, sabía que no bien se sentaban en los bancos de mayólica su padre le contaba historias de países lejanos. Donde era posible volar cabalgando en una nube o hacerse invisible. Donde los animales, algunos conocidos otros no, eran dueños de la palabra. Donde no podía dudarse que los dioses y los demonios convivían y guerreaban. Y no bien Giovanni iniciaba el relato, Rafael colaboraba con la fantasía: los árboles crecían hasta el cielo, la fuente de Venus se transformaba en un impenetrable pantano, las esculturas del camino principal al palacio se humanizaban y la glorieta que los cubría se fundía en la proa de una nave que surcaba mares desconocidos guardadores de serpientes.
Giovanni antes de iniciar hacía breves reflexiones sobre hechos cotidianos. Con ese apoyo de la realidad se internaba después en los vastos corredores de la imaginación. Como esa mañana en que Rafael le había preguntado la razón por la que no se llamaba como él. Giovanni le trajo ejemplos de otros hijos de la corte de Urbino cuyos nombres diferían del de sus padres. Agregó luego que sólo los primogénitos llevaban el mismo nombre. -En tu caso hay una razón más importante después con tono intrigante- Es una buena historia – agregó -, quizás un poco larga –aclaró e inició el relato: -Que te llames Rafael se debe a un hecho que sucedió más allá del horizonte. En un país al que puedes llegar si cruzas…
Jorge O. Sallenave Jorge Osvaldo Sallenave, nacido en San Luis en 1944, ha sido guionista de historietas, libretista de radio y televisión, redactor creativo, productor publicitario, abogado graduado en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado los siguientes libros:
Cuentos ~ Tréboles y Diamantes ~ Una niña de doce años ~ Cuentas pendientes ~ El viento que viene del sur ~ Cuentos del viento ~ Anotaciones mínimas sobre echos extraordinarios para posibles cuentos sorprendentes
Poesía
Una mirada sobre El club de las acacias Por Expósito Pereyra En El club de las acacias, Sallenave se adentra en la prosa, como un alquimista se sumerge en el experimento de confabular con lo dicho en la simpleza. Podemos quedar abyectos en una palabra que no trasluce la vida de un viento ajeno, pero Sallenave revierte la linealidad, para evocar la mitología de los dioses, como si fuera una mera elevación, o la confirmación de que la naturaleza revive a los hombres, a la hora de inmolar sonidos que subyacen en literatura.
El bien y el mal se adecuan en la verborragia del hombre. Y Sallenave forma parte de ella. Cadaveriza el esperpento y hace de sus personajes, el espejo de antagonismos: dios-demonio, naturaleza-no naturaleza. Las acacias los invaden a quienes transitan en la descripción, en la manera simbólica de penetrar los parques y los domingos, como esfumando la insurrección de símbolos añejos, y en contrapartida, todo se vuelve Giovanni y Rafael, en una galaxia de colores desgraciados.
~ Irregulares e Ingenuos
Teatro ~ En la rotonda
Novelas: ~ El club de las acacias ~ Elvira de Lesbene ~ La quinta ~ En fuga ~ De tantos “no puede ser” se va la vida ~ Lamagrande ~ Pensión virgen negra
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fisura tour Por Eugenia Segura
En El detector de princesas si Heidegger hubiera sido niña lo entendería mejor lo llamaría ¡Heidi-girl! desde algún claro del bosque -es literaly sabría exactamente cómo hacerlo reír
y no hay bisagra que no chirríe Fisura Tour, es una sección que se abre . Reconociendo el pulso temcuando se la intente cerrar nuevamente que corren desnudos por toda bloroso de algunos jóvenes escritores ra del bar esperando que les la Argentina, o se sientan en la parte oscu encontrarlos a todos y comenllenen nuevamente el vaso, decidimos zar un viaje del que seguro no hay retorno. En El otro broli
entre las piedras del Ande y sus pesados zuecos de madera se deslizan los subtítulos, como cabras exactas trepan cualquier superficie hay una prenda la que pise los guiones pierde el ser ahí cae en el surco o queda errante entre dos dimensiones sujeta a traducción, interpretable pierde su turno en malentendidos ontológicos pierde su tiempo en largas explicaciones a pie de página si Heidegger hubiera sido amiga mía como dos o más borrachas en el baño de un bar le contaría todo sin editar las palabras
(canción) esto era todo llano hasta allá viera usted qué lisito el potrero ya no vienen ni las mariposas de lo perforadas que les quedan las alas
¿Quién te puso allá tan cerca de las nubes y no blanqueando trapos al costado del río con la camisa arremangada, mmm, hasta los codos? Decíme, che ¿uno sólo, o varios cocodrilos? ¿le dan al trago tus guardias? Princesita soy incapaz de poner un pie luego otro en el espacio-entre ladrillos. No sé nadar, no quiero ensuciarme la ropa y después tener que ir, mmm, donde las lavanderas. Yo sólo quiero ser señor del reino éste sacarle la lengua desde arriba a todos esos giles de trovar dulce que se ejercitan con paciencia en salto con garrocha y serenatas con covers de Pretenders. Vos tejé una buena trenza que por verte he dejado asuntos importantes pendientes, eh, pendientes
y esto es así todo calado por la nieblina de bien temprano a la mañana
Me importa poco si estropeo tu cuero cabelludo
yo sabía tener de todo: mi casa, mi huerta mis animalitos qué v’hacer, si ni los perros -que no son ningunos tontosquieren tomar del agua esa.
dale tiráme un rizo aunque sea
yo soy nacido y criado aquí qué me voy a ir ¿me entiende?
el bosque como algo que no sé, que desconozco. la liebre impredecible, su papel de alarma. saltó de la mata, rayando el dolor, como un relámpago chiquito en el lugar del miedo. bajo la marea hay mordeduras, filos de corales, pintura celeste, algas. y esa sensación de arena yéndose, como si te quitaran el suelo bajo tus pies. No dejaba de cantarle ni un segundo, por temor a que se hiriera con los bordes de su sueño. Íbamos en auto por la ruta, una nave que se hundía en la noche interminable, un tramo largo como varias existencias. Iba pendiente de su voz, que no descansa, que me indica allá en el horizonte el árbol de la rama curvada, a tal hora en punto se va a dormir la luna en ese hueco, esa sombra que ves ahí fumando soy yo, la que camina como buscando un alambre es tu padre o tu abuelo. Otra vez dejarse caer de bar en bar, mientras la luna me acompañe porz el camino de ida, por el camino de vuelta. Otra ronda para volcarle su traguito a la tierra, silencio todos, silencio: brindo por el llanto de los primeros telépatas. no me dijiste nada de la alegría como si el premio y el castigo de seguir respirando fuera ser el testigo impasible de un tsunami o del misterio de una flor que se inclina ante la luz porque no ha nacido para hacer otra cosa
Eugenia Segura, con 34 años, intentando encontrarle algún sentido a todo esto abre este nuevo desván. Produjo los ciclos de poesía y performance: Priapismo (biblioteca itinerante, revista y performances, 1998-2000), La voz obra (2002), Secretos de eficacia (2003), la ópera-animé Bonus track (premio Escenarios 2004). Es coeditora de Protocultura. Colabora en Eloísa Cartonera. Publicó La traición de Sarah Kay (2005). Estudia Letras en la UBA.
Sumario 01
Editorial
02
Apologías
21 Por Fernando Acosta
#03 A Eugenia * ni siquiera eso: ni siquiera viento, ni siquiera voz, ni siquiera, miro la calle como una infinita madrugada
El rastreador
04
Allegro non molto
05
Segundo Fernandes
* afuera veo a los perros que ladran perros me llamo fuerte encallar en una esquina como en una isla desierta en medio del océano
Preludios
Gustavo Romero Borri
06
Discado Directo Internacional
Un puntano en Amsterdam
Por Fernando Rodríguez Luis
A vuelta de correo
Un libro
07
Una carta para Yasmín
08
Apostillas
Fragmento de un discurso bailantero
Postales de un sábado con cena baile
09
Música
Retazos
10
Noches de San Luis
12
Relatos
13
La vida en un día
Crónicas de una noche salvaje A diario Los últimos días de las luces de la ciudad
14
Papeles Salvajes
15
Breviarios
16
Memorias de un desobediente Postales en frascos El último día de verano Vuelos
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Cierre de telón
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Silvio Rodríguez Pablo Milanes en vivo en Argentina
El laberinto de la soledad (1950) Octavio Paz Este es uno de los ensayos que mejor muestran la (compleja) idiosincrasia latinoamericana. Lo destaco de entre otros porque escapa a ese tono admonitorio que suelen recorrer los textos latinoamericanistas.
Este disco que registra el recital de 1984 en Obras Sanitarias, tiene un profundo significado político y cultural. Pero también es una pieza de una riqueza musical exquisita. En nuestra generación, marcó toda una época, y probablemente haya sido uno de los que más sonaron en los estéreos de los autos por mucho tiempo después.
Casa de Citas
Una película The Men (1950) Fred Zinnemann En esta película, Marlon Brando tuvo su primer protagónico, en el que interpreta a un soldado inválido, por lo que está sentado durante toda la película. Cuando la vi, sin saber que era Brando, quedé impresionado por la actuación. Creo que con ella se puede hacer un decálogo del buen actor.
“Hallábame en 1838 en la sierra de San Luis, en casa de un estanciero, cuyas dos ocupaciones favoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que, los domingos por la tarde, rezaba él mismo el rosario, para suplir al sacerdote y al oficio divino de que por años habían carecido.” Facundo, D. F. Sarmiento
Poesía
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20
Un disco
Diario de la gota Sallenave en la rutina de olvidarse vivo Fisura Tour
Efectos especiales Fisura Tour
Trip
“—Trescientos cincuenta y seis— cantó una voz en cordobés. —¡Buen número!— la voz del Turco había opinado. —¿Cuántos somos aquí?— quería calcular Pipo. —Dicen que diez mil. —Diez mil… ¡no pueden matarnos a todos! —No, a todos no, ¡a la mayoría!— dijo Rubione. —Videla dicen que mató a quince mil— dijo uno, el puntano.” Los pichiciegos, Fowgill
* sólo dos líneas: el frio es blanco como los ojos de mi madre que viene a visitarme de vez en cuando en un sueño * y quien era yo sino el que silbaba ente las guayabas a la noche siempre de noche, mis hijos corrían despavoridos bajo la pollera primaveral de mi hermana y la tocaban, y sus risas chocaban los arboles como el viento y yo silbaba, para que no vuelvan a salir de ahí, de donde siempre quise estar de alguna forma. * la felicidad no tiene estación no tiene color no tiene clima no tiene edad no tiene sueño no tiene infancia no tiene enfermedad no tiene sexo no tiene distancia no tiene años no tiene muerte no tiene tiempo no tiene imagen no tiene ojos no tiene sol no tiene nieve no tiene rutas no tiene altura no tiene aire no tiene noche no tiene hambre no tiene * Hay imágenes que no cesan: Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla Viel y sus piernas de camilla * Vos tenés la culpa de todo (gracias:) * Nos soñé desnudos casi comiéndonos en una habitación de una casa de mi infancia
todo era distinto menos vos y yo y fue como una larga y placentera pesadilla compartida * vos eras el río. yo un pequeño duende caminando el mural del puerto, pateando la basura, columpiándose con el viento en los rincones. Toda la siesta como brazos abiertos, todo el viento desenredaba los pasos, barría los puentes, empujaba las canoas. quién sabrá desde cuando se esta soñando este sueño Te miro sentada en las escaleritas de la rivera hipnotizada por el movimiento marrón del agua, el viento no te deja fumar tranquila pero no te importa, el viento te estira del pelo, sonreís, sos toda una infancia, recuperada, la mía también esta ahí por eso te dejo, te veo, desde atrás del muro de viento, del otro lado del rio de concreto paralelo al rio. * mi karma es la lluvia * Tus pezones todavía se encienden de rojo en la oscuridad del sueño hay imágenes que no cesan * es necesario empezar un diario: bahía, julio 2008. esa fecha parece el futuro pero todo sigue tan igual como siempre. Anoche he bebido hasta el hartazgo y en el bamboleo de la borrachera me rompí la cabeza contra un adoquín. Un muchacho me levantó, me llevo a su departamento, me limpió la herida de la cabeza mientras miraba sus libros, editoriales conocidas, autores que conocía pero que no leeré nunca. Como te llamas le pregunté y me dijo Fernando, que nombre de mierda le dije y se rió. Desapareció por un instante y se volvió con una bata roja de seda, su cuerpo era esbelto y tenía una erección que se marcaba en la bata.
Sin decir mucho me invito una botella de vino que estaba hasta la mitad, cuando la levanté sobre mi boca se apresuró a desprenderme el pantalón y a chupármela, no aguante la risa y escupí el vino mientras el muchacho seguía en lo suyo, esta historia es conocida le dije y me mostró la dentadura con mi miembro rígido separándola. Le apreté la cabeza hacia adentro en el final y luego le dí una soberana golpiza hasta destrozarme las manos en su cara simétricamente perfecta. Con la botella un poco cargada y el miembro aun afuera, mire su cuerpo inconsciente tendido sobre las baldosas blancas, su sangre ganaba espacio lentamente o era su bata que se iba derritiendo, no estoy muy seguro, pero lo que si le dije: yo también soy un ladrón de bukowski, di la vuelta y me fui dando tragos, chocando las paredes de lado a lado por el largo pasillo * Extraviados estábamos en el suelo adormecido por las hormigas, en el grito ahogado de los árboles, tenía los tendones tan tiesos que cada caricia tuya me sacaba una melodía. Te dolía el cielo tan limpio en las venas celestes de los ojos, se retrataba todo ese cielo como un abrazo que desde ese día me atrevo a mirar cada mañana. * La carretera de los incendios Veo la noche desde una botella, es negra brillante, es una serpiente. Veo la noche, un canto como un aullido. Respirar tan hondo hasta que la inmensidad resquebraje los pulmones y luego dejarla salir libre entre el pasto hasta que corte filosa el asfalto gris como a una cinta de ceniza. Nuestras voces seguirán rectas hasta que ellas mismas decidan desvanecerse. Hemos disparado una canción hacia el universo.
STAFF Consejo Editorial: Lic. Jorge Martínez, Matías Caruso, Luciano Achervi, Matías Lucero y Marcos Freites. Diseño: Javier Saboredo. IFDC SAN LUIS Rectora: Mag. Nancy Tourn. Directora Académica: Esp. Flavia Morales. Director de Extensión: Esp. Fernando Rodríguez Luiz. Colaboran en este número: Fernando Acosta, Gabriela Coleman, Luciana Garamondi, Rodrigo Heredia, Ariel Mardone, Enzo Mottura, Alejandro Neira, Expósito Pereyra, Alejandro Polvorini, Alfredo Recarte, Eugenia Segura, Carlos Villareal y Cristina Cambareri. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del Consejo Editorial de profesores y alumnos del IFDC San Luis. Queda expresamente autorizada la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación, siempre y cuando sea utilizada con fines educativos y de investigación, respetando los derechos de autor y citando la fuente. Inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual en trámite.