M a d r i d , n o v i e m b r e 1934.
AÑO X I I . - V O L . X I I . — N Ú M . 1 4 3 .
Los r i e g o s e n el b a j o Por M A N U E L D E
Se comprende en la zona regable del Bajo Guadalquivir a todos los terrenos situados en las dos márgenes de este río, aguas abajo de la confluencia del Genil, h a s t a la desembocadura, y limitados por dos líneas de nivel, que partiendo de aquella confluencia, se desarrollasen por ambas orillas. E s t a zona alcanza una superficie neta, posible y económicamente regable, del orden de las 200.000 hectáreas que, por la incorporación de las t i e r r a s de la llamada Vega de Carmona, que si bien fuera de ella debe ser incluida, por razones geográficas, en su plan, se eleva a las 250.000 hectáreas netas. La considerable superficie de esta zona expresa claramente la importancia del problema de su puesta en riego y la trascendencia de su realización; pero concurren, además, otra serie de factores que multiplican esta importancia y esta trascendencia. Se t r a t a de terrenos de excelente calidad agronómica, de fácil y económica puesta en iñego, privilegiados en cuanto a las condiciones de cUma y con todas las ventajas de orden comercial que supone la existencia de un puerto de la calidad del de Sevilla, situado en el corazón de la zona. Es, por último, quizá el único remedio eficiente y, desde luego, el m á s rápido p a r a la solución del trágico problema del campo andaluz. E s h a r t o sabido que uno de los m á s graves problemas que tiene hoy planteado nuestro país es el de la j u s t a distribución de su suelo y de sus productos, y también es sabido que es en la mitad meridional de España, Andalucía y E x t r e m a d u r a principalmente, donde el problema adquiere toda su agudeza. Haciendo solo referencia a la p a r t e que ahora nos interesa, a Andalucía, conocidas son también las dificultades que p a r a la debida y justa, y al mismo tiempo beneficiosa, o, por lo menos, no desastrosa parcelación ofrece el actual sistema de producción con enormes extensiones de cultivo de secano, de tales características, que hacen caros los asentamientos, problemática su eficacia y, además, poco apetecidos por el mismo campesino a quien se va a beneficiar. Por otra parte, la población campesina de Andalucía está, y va de años, sometida a alternativas pedí
I n g e n i e r o de C a m i n o s .
Guadalquivir
COMINGES
riódicas de trabajo y de paro, de relativa holgura y de hambre. No posee en absoluto, y el trabajo en el inmenso y feraz campo andaluz tiene solamente dos épocas al año de intensidad capaz de absorber todos sus brazos: la recolección de cereales y la de la aceituna. E n t r e una y otra época, el campesino h a de holgar forzosamente en su inmensa mayoría, pasando hambre y privaciones, lo cual, además de ser en absoluto inadmisible como sistema, provoca una agitación cada vez m á s acentuada y una alteración en la tranquilidad de la región que h a de trascender siempre al resto del país, constituyendo una remora p a r a su bienestar y su progreso. Basta p a r a hacerse cargo de esta trascendencia el suponer por un instante que este problema del campo andaluz tuviera su réplica en otro semejante en el levantino; probablemente la situación actual de España, t a n t o económica como social, sería catastrófica. Pues bien, el regadío de toda esta zona baja del Guadalquivir proporcionaría trabajo continuo, asiento y medios de vida decorosa a una población de m á s de 250.000 campesinos, masa que descongestionaría, h a s t a quitarle toda su actual angustia, a este gravísimo problema. Y esta es una de las grandes razones que abonan este regadío. La o t r a es la necesidad, cada vez m á s apremiante p a r a un país, de producir dentro de sus fronteras todos los elementos indispensables p a r a su vida, sobre todo cuando, como en el caso del nuestro, es esto no sólo posible, sino relativamente fácil. E s evidente el peligro de que la brusca aparición de un regadío de importancia equiparable a los famosos de Levante provocase un desequilibrio en la producción española; este peligro nos parece, sin embargo, m á s ficticio que real, pues, por un lado, la obligada lentitud en el ritmo de un desarrollo agrícola de esta envergadura, impuesto por las mismas condiciones naturales, y la acción tutelar del E s t a d o orientando la producción en los sentidos m á s convenientes a la economía nacional, por otro, pueden evitar, casi en absoluto, todo peligro de sobreproducción y de t r a s t o r n o en los mercados. E s punto interesante a no dejar de tener en cuenta la actual orientación del mundo, que tiende a la creación de sistemas económicos cerrados (imperia británico, imperios coloniales, etc.), h a s t a el punto