Fotos: cortesía Ministerio de Agricultura
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Edificio
Pedro A. López:
inicios del modernismo en la arquitectura colombiana Figura central del desarrollo bancario de la capital colombiana, este edificio se erige como una de las piezas de arquitectura moderna más relevantes del siglo XX en Bogotá, no solo por su diseño vanguardista, sino también por su estructura de acero revestida en concreto, que inauguró este sistema de construcción en la arquitectura colombiana.
L
a historia del Edificio Pedro A. López, uno de los más emblemáticos de la Avenida Jiménez en Bogotá, es también la historia del desarrollo financiero colombiano. Así como las fluctuaciones financieras dieron forma a la banca colombiana, las cientos de transformaciones que tuvieron lugar dentro de sus paredes se han convertido en hitos de la arquitectura nacional.
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Fue en su viaje por Estados Unidos, durante la Guerra de los Mil Días, cuando Pedro Aquilino López adquirió el gusto por la arquitectura norteamericana y, en particular, por el estilo de los rascacielos del skyline de Manhattan. El afamado emprendedor colombiano supo reconocer en el estilo art déco de los edificios de Nueva York, en su sobria simetría y la solidez que evocaban, las líneas de diseño que habrían de
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regir su propio establecimiento bancario en Colombia: el Banco López. Fue por ello que una vez la prosperidad de su negocio se lo permitió, Pedro A. López no vaciló en contactar a las personas más indicadas para empezar a construir lo que rápidamente se convertiría en el símbolo de la prosperidad de la banca en Colombia y de la modernidad arquitectónica de Bogotá. Para la tarea, el empresario encargó el diseño al arquitecto norteamericano Robert Farrington, quien se encontraba en Bogotá diseñando la sede del Gimnasio Moderno por petición de Agustín Nieto Caballero. Farrington había llegado a Colombia por invitación de la familia Samper para levantar la sede de la institución educativa, cuya construcción culminó en 1918, razón por la
cual Pedro A. López aprovechó la estadía de Farrington en Colombia y lo designó en 1919 diseñador del edificio donde se instalaría la sede de su banco. Para el trabajo de construcción se contactó a los hermanos Fred y Harold Ley, quienes posteriormente construirían la Torre Chrysler en Nueva York, entre 1928 y 1930. Habiendo destinado un terreno de 4.300 varas para la construcción del edificio en
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Pedro A. López Pedro Aquilino López Medina nació en Bogotá el 4 de enero de 1857 y falleció en la misma ciudad el 13 de octubre de 1935. Padre y abuelo de expresidentes de Colombia (Alfonso López Pumarejo y Alfonso López Michelsen), abandonó a los 15 años la educación formal para empezar a trabajar como comerciante, siguiendo los pasos de su padre, el sastre y líder artesano, Ambrosio López. Antes de dedicarse a la actividad que habría de brindarle mayor prosperidad, el comercio exterior de pieles y café y la importación de mercancías manufacturadas, trabajó durante varios años con la familia Samper en las ciudades de Honda y Bogotá, donde radicó su hogar. Después de un viaje a Nueva York durante la Guerra de los Mil Días, en 1908, marcó su regreso al país con la fundación de la Casa Comercial López y el Banco López, además de involucrarse en política, asociado al Partido Liberal, del que fue Concejal de Bogotá entre 1917 y 1919, Ministro del Tesoro en 1918 y Senador en 1921. Se destacó como emprendedor de distintos proyectos agroindustriales en el país y fue el primer ciudadano galardonado con la Medalla al Mérito Agrícola en 1932.
“el barrio la Catedral, junto al puente de San Francisco, esquina del antiguo parque de la artillería”, según está dispuesto en la escritura, Pedro A. López gastó a manos llenas para proporcionar el mayor nivel de lujo a su establecimiento comercial. Se mandaron a pedir materiales de toda Europa y de Estados Unidos, sin tener reparos en los altos costos que esto implicaba: las columnas fueron traídas desde Italia; el reloj principal desde Suiza
y los modelos de puertas y ventanas se fabricaron en los Estados Unidos. De igual manera, diversos elementos decorativos como las barandas de bronce, el mármol y las cortinas fueron importados para dar el mayor nivel de esplendor al que hasta ese entonces fuera la construcción más grande jamás realizada en Bogotá. Sin embargo, a pesar de todo el dinero invertido en los elementos decorativos y de
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ser la sede de la que en ese entonces fuera la institución bancaria más importante del país, el recién construido edificio Pedro A. López no estuvo exento de polémicas en la sociedad bogotana. En un flanco estaban quienes defendían su estilo moderno, calcado del art déco de la primera escuela de Chicago, y que además admiraban las innovaciones técnicas que la construcción de la edificación introdujo en Colombia: la estructura de acero revestida en cemento y la introducción del primer ascensor en un edificio colombiano, entre otros avances. Del otro lado, estaban arquitectos como Alfredo Ortega, quien aseguraba que el edificio se caracterizaba por un “estilo frío, falto de arte, que podríamos llamar cubista”, y críticos como Germán Téllez, quien señalaba que el edificio hacía pensar en la base de un rascacielos norteamericano decimonónico “al cual jamás se le hubieran construido los pisos restantes hacia arriba”.
Escollos por doquier Las críticas de estilo no fueron de ninguna manera los mayores obstáculos que vivió el edificio Pedro A. López en su fase de construcción. Uno de los problemas más graves señalados por el propio Farrington fue la dificultad en la consecución de los materiales requeridos. Dada la compleja localidad de la capital colombiana, a más de seiscientas millas de la costa y sin conexión ferroviaria con el resto del país, como señalaba el mismo Farrington, la llegada a tiempo de los materiales a Bogotá dependía enteramente de los vaivenes de las crecidas del río Magdalena, razón por la cual el arquitecto llegó a asegurar: “Las especificaciones son prácticamente inútiles, pues, al empezar con la idea de utilizar algún material y al mismo tiempo no ser posible tenerlo, debe ser sustituido por algo más”. Además de los problemas con la materia prima, la mano de obra poco calificada
En el Edificio López operaban inicialmente dos bancos en la planta baja: el Banco López y el Banco Comercial de Hispanoamérica. Las dos plantas superiores contenían más de cien oficinas, donde se ubicaban abogados y compañías de petróleos, entre otros.
fue otro de los escollos que promovió la recursividad en la fase de construcción del edificio. Farrington se sorprendía de que en Colombia no hubiera contratistas ni gremios sindicalizados, por lo cual todo el trabajo se llevaba a cado día a día, de manera improvisada. El equipo a cargo de erigir el edificio trató de remediar este problema estableciendo una especie de escuela dentro de la misma construcción: allí enseñaban a los obreros la manera correcta de mezclar el concreto, de darle la forma adecuada, de doblar las vigas de acero, además de aprovechar el trabajo de artesanos locales, a quienes se les mostraban piezas modelos de, por ejemplo, puer-
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tas y ventanas, para que los reprodujeran ellos mismos en sus talleres. Aunado a los ya mencionados problemas de demoras en las entregas de materiales y de falta de capacitación de la mano de obra, en los cuatro años dedicados a la construcción del edificio López (de 1919 a 1923), problemas menores contribuyeron a que la obra tomara más tiempo, dinero y energía de la que se había planeado invertir en un principio. Un ejemplo notable de ello fue lo que sucedió con las manijas de las puertas, corroborado por el testimonio del mismo Farrington: “La mayoría de los cerrojos hechos en Estados [Unidos] son reversibles […] Posiblemente llegaron muchos cerrojos de Europa que no son reversibles, o tal vez los carpinteros colombianos nunca se enteraron de que se podía reversar un cerrojo; de cualquier modo, el proceso usual es poner el cerrojo en la puerta y si es una puerta de abrir por la derecha y el cerrojo es uno de abrir por la izquierda, el cerrojo se pone al revés, que es la única forma de ponerlo. Vale la pena anotar que la mitad de los cerrojos en Colombia están al revés. El arquitecto se vio obligado a corregir el noventa por ciento de ellos en el edificio López”. Así las cosas, la combinación de los objetos decorativos de lujo importados de todos los rincones del mundo, las demoras en las entregas de materiales, los altos costos del transporte, la falta de mano de obra calificada y las mil y un vicisitudes que interfirieron en la construcción del edificio Pedro A. López llevaron no solo a que el edificio demorara cuatro años en ser levantado en su totalidad, sino además a que sus costos se incrementaran en más del ciento cincuenta por ciento. Lo anterior, sumado a una baja en la actividad comercial colombiana (afectada tangencialmente por la Gran Guerra que se desarrollaba en Europa) llevó a que en 1923 Pedro Aquilino López, quien se declaró en quiebra, tuviera que vender su propiedad inmobiliaria al recién formado Banco de la República por la suma de 500.000 pesos, y así poder cubrir sus obligaciones financieras.
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De refugio de Quesada a posada del “bien morir” “Se levantó sobre la carrera 8ª y la calle 14, en el sitio que ocupaba una antiquísima casa, que la leyenda aseguraba que había servido para alojar al Mariscal Quesada. Esa finca pasó a manos de un piadoso santafereño que la donó, en su tiempo, a la cofradía de la Veracruz, para que esta tomara a su cargo el cuidado de acompañar a los reos al cadalso y los ayudara a bien morir”. Ortega Díaz, Alfredo. Arquitectura de Bogotá. Ediciones Proa, 1988, p. 71.
“El edificio López es hecho totalmente con concreto reforzado, con paredes de ladrillo entre las columnas, formando la fachada exterior. Ocupa aproximadamente 200 pies cuadrados y está situado en una esquina formada por dos calles y tiene una calle privada en cada uno de los otros dos lados”. (Descripción del Edificio López hecha por Farrington, registrada en los anales de Architecture).
El edificio fue propiedad del Banco de la República hasta 1958. Durante esos treinta y cinco años, el Banco lo utilizó no solo como sede de operaciones, de reuniones de la junta directiva y de bóveda, también empezó a fungir en otras áreas de desempeño de corte cultural e histórico, al convertirse tanto en centro de acopio de documentos (que luego devendría en la Biblioteca Luis Ángel Arango), como en el albergue de la colección de orfebrería del Banco. Cuando el emisor vio limitada su capacidad por el tamaño de las instalaciones, vendió el predio al Banco Cafetero, destinándose el cuarto piso a albergar ocho salas de exposición del Museo Nacional de Colombia, antes de que se cambiara a su sede actual del Panóptico en la carrera Séptima. Finalmente, el edificio pasó a ser la sede del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, posición que detenta actualmente. Después de terminado en 1924, el edificio Pedro A. López sufrió dos grandes inter-
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venciones: la primera fue en 1932, cuando se le añadió un piso a la planta cuadrada original; la segunda tuvo lugar entre 1944 y 1948, cuando la estructura original, que constaba de dos masas separadas por un patio donde se encontraba una estatua de Simón Bolívar del artista Mariano Benlliure Gil, cambió radicalmente al ser reemplazado el patio por un vestíbulo central, que se conserva aún. En 1984, por cuenta del Decreto 2390 del 28 de septiembre de 1984, el Edificio Pedro A. López fue declarado patrimonio material de la ciudad de Bogotá, por lo cual no ha sufrido más modificaciones desde entonces. Esta obra resume, en buena medida, una época de transición en Colombia: al tiempo que se instauraba la banca comercial y estatal en Colombia, en gran parte gracias al auge comercial e industrial que se despertaba en la época, del mismo modo la construcción y la arquitectura, de la mano del edificio Pedro A. López, recibían nuevos métodos de construcción y estilos que habrían de afectar de manera permanente el paisaje urbano bogotano. Después de superar muchos escollos, como lo han hecho las instituciones que ha albergado, el edificio López se erige hoy como la viva muestra de que la construcción se mueve al ritmo del emprendimiento y que allí donde hay oportunidades de negocio, las hay también de hacer historia arquitectónica.
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