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La mata del criollismo
Serrana
Wayno de mi creación (1954), que grabé en 1957 para Sono Radio con la orquesta de Manolo Ávalos, en mi primer LP La dueña del santo.
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Para Felícitas y su amada tierra Chalhuanca19 en Apurímac.
Serrana de labios rojos como el clavel humilde y bella como una oración tu voz es como el eco de la quena y tus trenzas son madejas de ilusión.
Suaves tonos de inocencia y de candor tu lindo rostro tiñen ¡es amor! la luz crepuscular allá en la puna colora la nieve con su resplandor.
Cholita serrana paisanita provinciana sombrerito con cinta eres eres prenda de amor.
Wayno para cantar pollera pa’ bailar ojotas pa’ zapatear cholita, vamos a danzar. Bis
Bis
Bis Bis
Bajo el nombre de “Pancho Fierro” se puso en escena en el Teatro Municipal un espectáculo criollo producido por el doctor José Durand Flórez y el gran escenógrafo Alberto Terry.
El haber asistido me permitió ver y oír tanto a don Porfirio Vásquez como a Vicente su hijo predilecto, a Nicomedes Santa Cruz –que recién se daba a conocer y con él, por primera vez, el público escuchaba una décima rezada–, a la por entonces joven Olga Vásquez, quien bailó una estupenda marinera limeña y resbalosa con Ronaldo Campos, al igual que a los niños de no más de seis años, Lucho y Juanona, hijos de Vicente Vásquez y de mi querida amiga Juanita Matamoros.
19 Chalhuanca: Capital de la provincia de Aymaraes (Apurímac), ubicada en el estrecho valle que forma el río Pachachaca. Queda entre Nasca y Cusco, a 100 km de Abancay.
Fue una gran muestra del mejor arte criollo peruano: décimas, pregones, panalivios, festejos, las ya mencionadas marineras, resbalosas, zapateo y la canción “Toro mata”, que no era la que recopiló el gran zapateador “Caitro” Soto.
Toro mata
Danza o habanera que cantaba Juan Criado.
Cómo puede usted torear, compadre, sí el toro mata el toro mata, compadre el toro mata.
Ay, doña Juana Breña y el bravo Montellanos que ellos toreen compadre confórmese usted con mirarlos.
El toro mata, compadre el toro mata. Bis
Bis
En ese evento se vendió el libro de don Aurelio Collantes Historia de la canción criolla, en cuyas páginas me sumergí con la avidez de la pasión. Entre las biografías de las personalidades del criollismo que contenía aparecía la de Bartola Sancho Dávila y figuraba también su dirección. El fascinante mundo de los cultores de la música costeña peruana estaba allí, y como yo quería estar en él, comencé a pedir con insistencia a mis padres que me llevaran a visitar esos rincones que describía Collantes. Fue así como me acerqué a los barrios populares de Lima, tratando de adivinar lo que ocurría en cada casa.
Paraíso de amor
Vals creado por mí en 1954. Lo grabé en 1959 para Sono Radio en el LP 1038, y posteriormente fue llevado al disco por Noemí Polo y Alejandro Cortez, “Los Favoritos”, para IEMPSA.
A la Quinta Heeren.
Busqué tranquilidad quería meditar busqué la soledad y la logré encontrar.
Con todo su caudal dulce paz me invadió ideas a raudal mi mente concibió.
Pajarillos cantores con plumaje de colores y perfumes deliciosos que prodigaban las flores sí.
En este paraíso de amor y de dulzura al fin mi alma pude encontrar pude hallar ternura.
En este paraíso de amor de amor y de dulzura que yo nunca podré olvidar pude hallar ternura.
Fui a la Quinta Heeren en Barrios Altos; a la calle El Prado 500, en donde el 18 de julio de 1899 nació Pinglo; a la calle Zepita en el Callao, en donde el 24 de marzo de 1924 había nacido Óscar Avilés; y a fuerza de ruegos convencí a mis padres para que me matricularan en su Escuela de Guitarra Peruana. No pedí un profesor sino ir donde Avilés, y esa gran experiencia me enriqueció muchísimo.
Tenía catorce años cuando comencé con las clases y aún siento la academia como un lugar criollísimo que funcionaba en el estudio fotográfico de don José Avilés Cáceres, padre de Óscar, en el segundo piso de la calle Boza 870, donde en el amplio recibo con sillas alineadas contra las paredes nada menos que Óscar Avilés Arcos se convirtió en mi maestro.
Si bien me inicié con la audición de los discos de Jesús Vásquez –secundada por el gran músico puneño Jorge Huirse y su orquesta–, el acompañamiento a mi manera del vals “Todos vuelven” y el toque de farrucas, peteneras y malagueñas, fue Avilés quien me dio la base en lo criollo, enseñándome acertadamente en la guitarra el acompañamiento clásico del vals nuestro con sus bordones y punteo, el rasgueo de la marinera norteña y del tondero, los tonos en sus modalidades de mayor, menor y relativos, y –repito– el vals con su importante tundete cortado.
Avilés me estableció el orden que más adelante, sin proponérmelo, me facilitó componer. Fue un acierto haber acudido a ese maestro.
En los últimos años, cuando juntos grabamos discos, fue grato refrescar ese aprendizaje inicial y reconfirmar que tanto en sus interpretaciones como cuando acompañaba respetaba la letra y melodía
de cada tema, y aplicaba la armonía exacta. Creaba, recreaba, jugaba con el ritmo, improvisaba con expresividad espontánea pero madura, hacía lucir al cantante, lo apoyaba, lo inspiraba, lo motivaba, lo dejaba expresar.
Su guitarra, como él, era franca, abierta, sencilla sin ser simple, amigable, pícara, intensa, consistente, certera. Se le reconocía en sus silencios, acentuaciones, notas fuertes o dulcísimas, y cuando hacía aparecer en el momento preciso el tundete cortado de nuestro vals criollo.
Tocara o cantara, desde la primera nota iba directo al corazón.
Creador y difusor de la forma criolla de la que todos partimos, Avilés, iniciador del punteo en el vals criollo, transformó nuestra música y la llenó de su espíritu. Tal era la fuerza de su temperamento que lo académico no mató lo mágico que había en él. Con su personalísima pulsación, Óscar Avilés Arcos -para mí la Guitarra del Perú- creó su timbre, su sonido, el sonido Avilés, el sonido criollo. Nuestro sonido.
La música criolla es un sentimiento, no una postura, y las voces criollas como las de María de Jesús Vásquez, Javier González, Luis Abanto Morales, Delia Vallejos, Ángel Monteverde, Víctor Dávalos, José Catter Sosa y su padre, el gran cantor Alfredo Catter, Pedrito Otiniano, Rafael Otero, Panchito Jiménez, Carmen Montoro, Olga e Irma Avilés, Norma Wetzell, Lola Marchena y Bertha Campos tienen una dulzura, un color, que les da un “algo especial”, pues son livianas, flexibles y ágiles, permitiéndoles hacer requiebros, modulaciones y matices, lo que es indispensable para que sean criollas.
Escuché esa música, esas voces, en la academia de Avilés.
Esa escuela, en la que desde que llegué me sentí comprendida, fue para mí la mata del criollismo, pues en ella tuve el privilegio de oír –aparte de Avilés– tanto a sus amigos, los grandes cantores de los barrios populares, como también a cantantes e instrumentistas profesionales, todos ellos gente talentosa, espontánea, amiguera, respetuosa, educada, cariñosa, sentimental, pícara, ocurrente, con chispa, con ese decir criollo relacionado con el ritmo, con el sabor, con el Señor de los Milagros, con los toros, con los caballos de paso, con la cocina, con el trago… ¡con la fiesta!
En la academia pude apreciar también a las hermanas Avilés, quienes con las hermanas Wetzell, el dúo Wetzell-Campos, Las Criollitas y Las Limeñitas –en ese orden– son para mí las mejores conformaciones femeninas que ha habido.
En ese ambiente tan criollo fui testigo de los primeros ensayos del importante conjunto Fiesta Criolla, y del paso de la impresionante procesión del Señor de los Milagros, que vi por primera vez desde el gran balcón de la escuela, con la familia Avilés en pleno.
Nota: Los intérpretes actuales arrastran el vals quitándole lo medular: su ritmo y sabor.
Estampa limeña
Nombre original “Lima de octubre”. Vals mío (1955), grabado por mí para Sono Radio con el acompañamiento de Filomeno Ormeño en el LP 1038, con Óscar Avilés en el CD Juntos en 1996, y por Los Favoritos para IEMPSA.
Entre nubes de incienso y al son de trompeta, clarín y tambor entre sahumerio, fe y oración avanza lentamente el anda del Señor.
Su rostro es un milagro su pecho ternura su voz dulce consuelo y sus ojos piedad.
Una mano morena teniendo un adobe por lienzo trazó con pincel de azucena la estampa del Señor.
Octubre al despertar de su sueño feliz alfombra la ciudad desde el cerro hasta el mar con flor de jacarandá.
Perfume de anticucho y turrón de doña Pepa y picarón pregón de un cerillero ¡mi amor! ven préndele una vela al Señor.
Con un traje de luces se engalana la tarde un capote, un estoque y un coro de voces que gritan ¡olé!
Nota: Me he visto obligada a cambiar cerero por cerillero (vendedor de velas) porque al cantar se entendía sereno.
Con Nicomedes Santa Cruz en casa de Doris Gibson, 1968.
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Aurelio Collantes y yo, 1957. Óscar Avilés conmigo en el Teatro Porvenir en 1957.
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Al finalizar un programa de televisión, de izquierda a derecha: Eduardo Bryce, Augusto Egoaguirre, Juan Bruno Tarraza, yo, Olga Guillot, Óscar Avilés y Alejandro Cortez, 1965.
En repetidas oportunidades, ante la ausencia de Avilés que seguramente estaba jaraneando, tuve como maestros nada menos que a Luciano Huambachano, a Humberto Cervantes y al genial creador Luis Abelardo Núñez, quien me enseñó su vals –en esa época inédito– “Con locura”. Varios años después me hizo madrina de su único hijo hombre y me recordó los momentos idos con estos sencillos versos:
Era el mes de enero no recuerdo el año pero Fiesta Criolla cantaba aquel vals el de un solo caño y fue en la academia de la calle Boza cuando ella llegó linda, primorosa.
Sus ojos tan grandes como dos planetas sus cabellos negros con lazo de seda color ilusión y todos los criollos de aquella academia casi sofocados fuimos al balcón.
Dos palomas eran sus manos tan blancas y con esas manos pulsó el diapasón cuando era una niña Alicia Maguiña y había guitarras en el jirón Unión.
Casi cuarenta años parece mentira un dale que dale siempre con la lira cantándole al pueblo
Alicia ya moza flor de marinera y de resbalosa.
El sol la conoce la luna la adora y cuando está ausente la guitarra llora.
Por aquella dama cuando me persigno en nombre del Padre recuerdo a esa niña Alicia Maguiña que gracias a Dios hoy es mi comadre.
Años después, en casa de mi compadre Luis Abelardo, estábamos celebrando el cumpleaños de mi ahijado y, de un momento a otro, se abrió la puerta de la calle y maleta de cartón con esquineros de metal a la antigua en mano, recién llegada de Ferreñafe, su hermana Teresa Takahashi Núñez se aventó al piso bailando ahí de rodillas como poseída, cantando a todo pulmón: “marinera pacorana /a las cuatro de la mañana / marinera pacorana / chiquitita y palangana”.
Era marinera viva, no espectáculo, marinera nacida. ¡Fuerte! pero ¡muy fuerte!, tan fuerte como las interpretaciones de mi gran amigo, el irreemplazable trovador Nicolás Seclén Sampén, cuya voz chola, primitiva, cruda y vigorosa traspasaba el alma.
Volviendo a la academia, con permiso de mis padres e incentivada por Luis Abelardo, Humberto Cervantes, Luciano Huambachano y sobre todo por Avilés –todos ellos presentes en la radio en todas las fechas–, participé acompañándome con guitarra en la competencia de canto “Luminarias Artísticas”, organizada por la primera voz de Los Troveros Criollos, el “Carreta” Jorge Pérez en Radio Lima, que quedaba en La Colmena derecha –hoy Nicolás de Piérola–, al lado del hotel Crillón.
En la primera fecha, que fue el 30 de abril de 1956, canté el vals de Jorge Pérez, “Cómo te quiero negra”, y quedé semifinalista.
El 14 de junio del mismo año canté el vals “Nuestro amor”, de Avilés y Núñez, y la marinera norteña “En el jardín de las flores”.
Para la etapa final quedamos solo dos concursantes: el conjunto tropical Yemayá y yo.