Estimado Carlos: Hoy me gustaría comentar juntos una de esas tipologías de alta alcurnia. En esta época que nos ha tocado vivir, hay una apuesta decidida por la democratización. Pero eso de que todos los hombres somos iguales, es una idea de reciente implantación. En la Edad Media los señores feudales eran casi dueños de sus vasallos. Había una gran diferencia social entre los nobles y sus súbditos. Más tarde las diferencias las ha ido marcando el “poderoso caballero” que citaba Quevedo. Los aristócratas tenían la nobleza, pero no todos tenían dinero. Así que los burgueses que disponían de posibles, comenzaron a “comprar” nobleza y a presumir de blasones, algunos tan recientes como el brillo de su plata. En muchas de las antiguas casas y palacios han perdurado los nobles escudos adornando las fachadas y lo que antes fue un signo de distinción y poder, hoy se ha convertido en puro motivo decorativo, que pasa desapercibido en la mayoría de los casos. Y a mí, Carlos me gusta redescubrirlos y disfruto con la maestría del cantero que los labró, quizá mientras soñaba en salir un día de su pobre vida de artesano, para incorporarse al lujo que intuía en la nobleza que plasmaba en piedra.
Se dice que la heráldica es el arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona. La voz “heraldo” procede de “herault” un vocablo de los francos, que venía a describir al que dirige el ejército. Así, “Heraldo” que es sinónimo de mensajero, era el que marchaba al frente del ejército, portando los escudos o blasones.