LA PERSONA HUMANA La persona humana: esa realidad tan cercana, tan íntima, tan propia... y a la vez tan difícil de comprender, tan inabarcable, tan misteriosa. Nada parece tan interesante de estudio como el ser del hombre. Nada tan extensamente estudiado por la filosofía de todos los tiempos... y sin embargo, nada tan enigmático y difícil de explicar cómo esa realidad que se condensa en el concepto de persona humana. Por otra parte es tarea irrenunciable de todo hombre afrontar el problema de la comprensión de la propia existencia. No se puede vivir sin sentido, sin buscar el sentido de la existencia, sin dar un determinado sentido a la existencia. Pero... ¿tiene sentido la existencia humana? Necesitamos dar respuesta al enigma del sentido de la vida. Cada mañana necesito encontrar un motivo para levantarme, para ir al trabajo, para luchar por sobrevivir en un mundo antagónico, para soportar injusticias, agresiones, dificultades, sufrimientos, injusticias... ¿vale la pena vivir? ¿Vale la pena luchar por ser cívico, honrado, solidario? ¿Vale la pena sacrificarse por los demás, fundar una familia, traer hijos al mundo...? Si al final nos vamos a morir, ¿qué sentido tiene luchar y sufrir tanto en esta vida? Hay un conjunto de problemas ineludibles que toca a todo hombre afrontar: el problema del dolor, del mal, el sentido del esfuerzo, el sentido de la convivencia con los demás humanos, el sentido de la vida familiar, profesional, social, el sentido moral de la existencia, el más acá u origen de la vida humana, el más allá de la existencia terrena o valor trascendente de la vida... Por eso necesitamos saber qué es el hombre: porque solo desde una comprensión de lo que soy puedo encontrar el sentido de mi existencia. Sólo si soy capaz de dar un sentido a las diversas dimensiones de la vida, y a la vida en su totalidad, mi existencia será verdaderamente humana. Sólo si acierto a entenderme como lo que realmente soy podré alcanzar una vida acorde a mi ser y a mi dignidad. Sólo la verdad del hombre permite al hombre vivir en coherencia con su dignidad. Quien desconoce su dignidad acaba negándola con su conducta. Hay por tanto mucho en juego: lo que nos jugamos es configurar la propia existencia y la vida social de acuerdo o no con lo que nos corresponde como humanos. Lo que está en juego es nuestra humanidad: la humanidad en sentido global. Y solo desde una comprensión cabal de lo que es el hombre se puede alcanzar su realización de modo existencial. No pretendo en estas líneas resolver este gran enigma, tan solo animar, sugerir, facilitar algunos puntos de reflexión para ayudar al lector a que afronte por sí mismo esta tarea que nadie puede ni debería osar eludir. EL HOMBRE, CUERPO Y ESPÍRITU A. LA UNIDAD PSICOSOMÁTICA HUMANA 1. EL CUERPO HUMANO
El hombre se compone de cuerpo, psique y espíritu. El hombre es un ser corporal y espiritual. La corporalidad y la espiritualidad del hombre son distintas, no se confunden, pero al mismo tiempo se integran y se complementan en la unidad del ser humano. El cuerpo humano es un compuesto de elementos materiales comunes al resto de las sustancias del universo. El cuerpo humano realiza las actividades específicas corpóreas comunes a los demás seres animales del universo: nutrición, crecimiento, respiración, digestión, moción, relación y reproducción. El cuerpo realiza esta actividad de manera autónoma. El cuerpo humano está dotado de la capacidad de reaccionar ante los estímulos y cuerpos externos con el fin de aprovechar para su propio beneficio las sustancias que vienen de fuera y repeler lo que puede dañarle. Esta cualidad, denominada reactividad, está regida por el principio de conservación de la vida. La vida es un valor automáticamente salvaguardado por la naturaleza humana. El cuerpo humano se encuentra integrado en una realidad superior que podemos llamar unidad psicosomática. Se trata de un cuerpo unido a una estructura psíquica por la que el sujeto siente el cuerpo y vive insertado en el mundo material a través del cuerpo. Por el cuerpo la unidad psicosomática humana se relaciona con el mundo: lo ve, lo huele, lo oye, lo siente, lo experimenta, lo vivencia de manera humana. 2. EL PSIQUISMO HUMANO: LA AFECTIVIDAD La dimensión psicológica de la persona humana (psique, en griego) constituye una unidad con el cuerpo. El hombre posee una constitución psicosomática: una unidad dinámica corpórea y al mismo tiempo psíquica por la que puede realizar actividades diversas: específicamente corpóreas: la digestión de alimentos, la respiración, el movimiento local: andar, correr...específicamente psíquicas: los actos de los sentidos externos e internos: ver, oler, sentir alegría, sufrir pasiones como la ira, etc. El psiquismo humano está constituido por un entramado muy rico de afecciones denominadas sentidos, sentimientos, emociones, pasiones, deseos… Algún autor ha dicho que el hombre se haya sumergido en un cierto "laberinto sentimental. La psicología humana es en cierto modo semejante a la psicología de los animales más desarrollados. Desde el punto de vista psicológico el hombre parece ser más inepto que algunos animales que poseen sentidos más desarrollados y aprenden a ser autosuficientes con más facilidad y rapidez. La psicología humana posee una mayor plasticidad o capacidad de desarrollo aunque sea más lento. Ahora nos interesa destacar que la psicología humana tiene la capacidad de integrarse con las facultades espirituales. Más adelante estudiaremos que su actividad está a caballo entre la materialidad del cuerpo y la espiritualidad de lo propiamente personal del hombre.
Algunos animales poseen un psiquismo semejante al humano; e incluso –en cierto modo– más desarrollado: las águilas tienen una vista superior a la humana. La diferencia estriba en que el psiquismo animal representa la cúspide de su naturaleza. La conducta animal corre enteramente por cuenta de este psiquismo. La psicología animal sigue pautas más o menos predeterminadas: el animal actúa según el dinamismo que se deriva de su psicología: una psicología limitada, cerrada a un mundo limitado, que algunos llaman "perimundo" El psiquismo establece las pautas más elementales de la conducta. Gracias al psiquismo cada hombre conoce en primer lugar el estado del propio cuerpo. Cada hombre "siente" su cuerpo. Puede sentirse bien: con energía, con fuerza..., o puede sentirse mal: cansado, nervioso, con malestar físico. Gracias a este sentido corporal puede percibir un mal corpóreo (por ej.: una herida, una mala digestión, un dolor de cabeza, una corriente eléctrica, o la presencia de un mosquito sobre la piel...), elaborar un diagnóstico (tengo la gripe, tengo cansancio,) y así poner el remedio oportuno (tomar la medicación oportuna, reposar unos días en cama...). El psiquismo permite al hombre, en segundo lugar, adquirir un conocimiento sensible de los objetos externos y entablar una relación básica con ellos beneficiosa para el hombre. Por medio del psiquismo el hombre percibe la bondad o malicia de un objeto externo y reacciona ante él; ya sea para apropiárselo o para rechazarlo. No obstante el conocimiento que el psiquismo humano tiene de los objetos externos es parcial; se limita a los aspectos fenoménicos del objeto; a su apariencia. Un niño pequeño — precisamente porque vive todavía muy condicionado por el psiquismo— tiende a llevarse a la boca lo que tiene un color llamativo y lo chupa o lo come, sin plantearse la posibilidad de que pueda sentarle mal. Las instancias afectivas humanas actúan por sí mismas de manera autónoma. Cabe decir que son ciegas si se analizan desde el punto de vista del conocimiento de la verdad. Necesitan la luz de la inteligencia. Los afectos y sentimientos son educables: hay que reconducir la vida afectiva y pasional hacia los verdaderos valores de la persona humana. El psiquismo humano nos conduce a la realidad de la conciencia. La diferencia esencial entre la actividad estrictamente corporal y las activaciones psíquicas estriba en que las segundas son afecciones que se manifiestan en la conciencia. 3. LA CONCIENCIA Cada hombre vive sumergido en un flujo de experiencias causadas por la percepción del propio cuerpo y el mundo externo en el que vive el hombre. El hombre experimenta todo eso en su interioridad, en su intimidad subjetiva. Estas experiencias son vividas por la subjetividad consciente del sujeto personal de una manera íntima, como vivencias personales. Estas vivencias constituyen ese flujo interior que denominamos conciencia. La conciencia es el ámbito en el que el hombre experimenta interiormente todo el conjunto de vivencias subjetivas referentes a sí mismo y al mundo circundante.
En la conciencia confluyen las experiencias de la realidad objetiva y el sujeto que las experimenta. Por ejemplo, cuando siento sed, percibo la necesidad de beber junto con la experiencia del «yo». El que tiene sed soy yo. Experimento a la vez «sed» y «yo». El yo subjetivo acompaña todas mis experiencias. Dicho de otra manera, todas las experiencias se viven de manera subjetiva, se viven por el sujeto como propias. La conciencia humana siempre es autoconciencia: incluye la conciencia de sí mismo. 4. LA AUTOCONCIENCIA La conciencia de uno mismo o conciencia del yo viene a ser el común denominador de todas las experiencias psíquicas. Desde que me despierto hasta que me duermo soy consciente de mí mismo como el sujeto de todas las afecciones psíquicas. De esta manera va desarrollándose la imagen del «yo», aparece el conocimiento de mí mismo, el conocimiento de mi propia identidad o autoconocimiento. ¿Quién soy yo? Yo me percibo como el sujeto de mis afecciones psíquicas: yo soy un sujeto que ve, huele, sueña, imagina, recuerda, siente hambre, y frío... Yo soy quien siente la mano, el brazo, la pierna... todo mi cuerpo. Este cuerpo que siento, lo siento como mío. Por tanto yo soy mis afecciones psíquicas y el cuerpo por el que siento esas afecciones. Ese cuerpo es sentido como mío: es mi cuerpo. El proceso de la autoconciencia se lleva a cabo por la relación con el resto de los seres que rodean al «yo»: las personas y cosas que rodean al «yo» humano desde la infancia. Poco a poco cada hombre adquiere noción de su identidad por relación al mundo en que vive. Mi «yo» aparece configurado dentro de un conjunto de seres, de manera especial por relación a un «tu» personificado casi siempre en la figura de la madre, del padre, los hermanos y los demás: vecinos, amigos... La autoconciencia se desarrolla en el encuentro y la comunicación con otros hombres. En resumen: «yo» soy algo: un cuerpo; soy un sujeto consciente: un psiquismo; soy un alguien que convive y se comunica con otros... ¿qué más? El «yo» descubre que además de paciente soy un agente de sus actos: soy capaz de inventar mis propios actos; soy capaz de realizar elecciones propias: soy autor de mi propia existencia: soy libre. Van apareciendo poco a poco otras realidades «psíquicas» como son las voliciones, los pensamientos, las dudas, la reflexión... y con ello el desarrollo del lenguaje humano. El yo debe enfrentarse ahora al problema de la libertad y al problema de la búsqueda del sentido de la vida y del propio ser. El yo se torna problema de sí mismo. Vemos que el yo nace como «yo psicológico»: como sujeto de vivencias psíquicas. Luego se conforma como «yo espiritual»: como ser que toma conciencia plena de sí como autor libre y configurador de su propia vida. Es así como el yo alcanza una conciencia más completa de sí, conoce su ser en sí: el «yo ontológico».
B) LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL DE LA PERSONA La cúspide de la naturaleza humana no es el psiquismo sino el espíritu. El principio dinámico superior es la voluntad. La voluntad representa lo más humano. Cada hombre es capaz de determinar de algún modo su conducta por medio de las elecciones que realiza constantemente. El ejercicio de la voluntad precisa de la inteligencia. 1. LA PERSONA HUMANA Y LA VERDAD: LA INTELIGENCIA HUMANA El hombre posee la capacidad grandiosa de conocer —por medio de los sentidos, la imaginación, la inteligencia…— y de estimar, valorar y amar todo lo bueno que encuentra a su alrededor. Un primer acercamiento a la verdad nos los proporcionan los sentidos, los sentimientos... Pero el conocimiento cabal de la realidad nos lo aporta la inteligencia. La verdad propiamente dicha sólo se alcanza en el conocimiento intelectual. Las verdades más profundas acerca del hombre son difícilmente alcanzables. El hombre es un ser abierto a la realidad. El hombre ha sido creado para vivir en la verdad: de la verdad y para la verdad. He aquí la nobleza del hombre: ser capaz de mantener una relación objetiva respetuosa con la realidad; una relación que no pretende someter la realidad para su uso y disfrute sino vivir de acuerdo a la realidad. La verdad es patrimonio del hombre, pero un patrimonio que debe conquistar a lo largo de su vida. La búsqueda de la verdad exige actuar libres de prejuicios. Hemos de evitar etiquetar con precipitación a las personas y los acontecimientos; hemos de evitar juzgar de manera trivial la realidad. La realidad posee siempre en sí misma una mayor riqueza de como la conocemos. Hay que evitar el juicio definitivo: dejar abierta la puerta para aceptar ulteriores aspectos que todavía no conocemos y estar dispuestos a matizar y corregir los juicios que hemos hecho sobre la realidad. Cada hombre debe desarrollar su capacidad intelectual y procurar progresar paulatinamente en la conquista de una verdad que nunca se alcanza de manera absoluta. Hay que desear profundizar en la realidad; no quedarnos en la superficie, en la apariencia que nos ofrecen los sentidos y sentimientos. Hemos de perder el miedo a pensar. De lo que se acaba de exponer se pueden proponer algunas sugerencias prácticas: —Hay que atreverse a pensar por cuenta propia: plantearse sin miedo las grandes cuestiones de la vida. Una actividad provechosa consiste en escribir lo que uno piensa. Escribir lo que se piensa ayuda a pensar. —Es provechoso comunicar lo que pensamos sobre los temas profundos de la vida humana y contrastarlo con otras personas venciendo el pudor que a veces nos detiene para hablar de estos temas. Es necesario aprender a dialogar, aprender a escuchar y razonar nuestros puntos de vista de manera desapasionada: aceptar lo que aportan los demás y ofrecer nuestra aportación a los demás.
—Conviene elaborar un plan de lecturas, y disponer a la semana de un tiempo para leer o estudiar. Antes de iniciar una lectura conviene asesorarse bien sobre la bibliografía más adecuada a nuestros intereses de tipo literario, histórico, filosófico, teológico... 2. LA BÚSQUEDA DEL SENTIDO DE LA VIDA En todo hombre hay un anhelo irresistible de verdad, de deseo de saber, de comprender más profundamente el sentido de la vida, del más allá… Necesitamos dar respuestas a los grandes interrogantes de la vida: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy?, ¿qué debo hacer en la vida? Los grandes interrogantes del hombre nos llevan a la búsqueda del sentido de la vida, a la razón de ser del mundo y del hombre. El hombre se termina preguntando tarde o temprano sobre la causa última del mundo, sobre su Creador, sobre el Ser absoluto que sostiene el mundo y da razón de su origen y finalidad última. En definitiva el hombre termina preguntándose sobre Dios. 3. EL CONOCIMIENTO DE DIOS La filosofía clásica afirma que el hombre puede conocer a Dios de diversas maneras. En este texto no pretendo ocuparme de este tema, tan solo manifestar que el hombre de hoy necesita aprovechar este legado filosófico para reemprender el acceso filosófico a la existencia y el ser de Dios y así redescubrir el fundamento divino de su existencia, la dimensión trascendente de su ser y el sentido religioso de su vida. Aquí deseo tan solo destacar que la contemplación del mundo permite descubrir a Dios como Causa de todos los seres contingentes del universo y Causa del orden y perfecciones del mundo. El pensamiento humano alcanza a comprender que el mundo reclama la existencia de un Ser no sometido a la contingencia, esto es, un ser que sea en sí mismo subsistente. La filosofía clásica entiende que las perfecciones que encontramos en el universo deben existir de manera plena y perfecta en la Causa absoluta del universo. Dios es el Ser absoluto: subsiste por Sí mismo, no necesita ni depende de nada ni de nadie, carece de origen: es eterno. De esta manera conocemos a Dios como creador: como ser inteligente, bueno, providente… El conocimiento de Dios a partir de los seres contingentes —la así llamada vía cosmológica— se complementa con el conocimiento de la esencia divina a partir de las cualidades más perfectas que encontramos en el hombre. La llamada vía antropológica permite profundizar en el conocimiento de Dios como suma Verdad y Amor: como Ser Personal, y constituye un campo de gran interés para la Teología Natural. (GONZALO BENEYTEZ. La realización moral de la persona humana. www.mercaba.org)