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Una nueva ciudadanía. La liberación de los yanaconas

Alan García Perez

en la línea del poder andino, desde Quito hasta el lago Titicaca, donde los coyas eran el núcleo social más importante sobre el que ejercía su dominación el Imperio.

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Sin embargo, Pizarro, cuya legitimidad dependía de la Corona, requería una capital vinculada a la metrópoli por la navegación. Por lo tanto, abandonó Jauja y cuando su ejército estaba estacionado en Pachacamac, envió tres españoles a buscar el lugar adecuado, pues reconoció que Pachacamac, a pesar de contar con un río y con un fértil valle, era parte vital y religiosa de la legitimidad anterior. Por eso finalmente tomó la decisión personal de no fundar la ciudad en los centros urbanos más importantes (Limatambo o Maranga), donde se concentraba la mayor parte de la población y se levantaban los templos más importantes, sino en la ribera del río Rímac, para obtener el control estratégico del partidor de aguas de la ciudad, lo cual le daba además una defensa trasera en el río y le permitía ver la llegada de los barcos desde la casa edificada sobre la huaca de Taulichusco. Así la nueva capital se construyó a los pies, río mediante, de un importante Api o cerro de valor religioso, al que llamó San Cristóbal, en el que posiblemente se alzara un adoratorio indígena de la cultura Ismo y sobre el cual Pizarro colocó una cruz, su símbolo.

Los tres enviados y los cronistas Cieza, Jerez y Esteta describen a Lima como un valle riquísimo. Esteta dice: «Esta mezquita (Pachacamac) estaba situada en tierras muy pobladas y muy ricas». Estaba cerca al mar, factor muy importante para Pizarro, que fue fundador de Panamá y era natural de la Extremadura pobre y fronteriza con el mundo musulmán, carente de un puerto como el que tenía Sevilla. Además la lógica del desplazamiento hacia el mar fue también uno de los objetivos del avance inca desde Túpac Yupanqui, que, como hijo de Pachacútec y padre de Huayna Cápac, aun antes de ser Inca fue encargado de la conquista de todo el norte en una expansión que buscaba la riqueza marítima como centro de alimentación, centro de navegación y finalmente como punto de contacto del mundo incaico con el dios Viracocha, que había partido por el mar.

Pizarro, el Rey de la Baraja

El trato personal con Almagro

Un sexto asunto que demuestra que Pizarro siguió la regla de decidir él mismo los temas fundamentales fue el acuerdo con Almagro para apoyar su expedición a Chile, la Nueva Toledo, e inclusive para acelerar su salida de Nueva Castilla, además de otorgarle, en Pachacamac, el gobierno provisorio del Cusco hasta que una cédula real decidiera, con exactitud, los límites entre las dos gobernaciones.

Pero para entonces la Corona ya había decidido extender Nueva Castilla en 70 leguas más hacia el sur y había nombrado a Fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, como mediador para determinar la línea recta de las doscientas setenta leguas desde el río Santiago. Berlanga no llegó al Cusco para notificar a Almagro y nunca se sabrá el por qué demoró su labor en recepciones y agasajos en Lima, pero volvió a Panamá sin cumplirla, árbitro piadoso, con una caja de cubiertos de metales preciosos y donaciones de Pizarro para los hospitales de Panamá y Nicaragua. Con tal carta en la mano, el «matador del tresillo», Pizarro tomó una decisión que, en apariencia dejaba en suspenso la ubicación del Cusco hasta la decisión real, pero lo consolidaba como jefe máximo de todo lo español en el territorio de Sudamérica. Fue el último esfuerzo de Pizarro en la relación con Almagro y demuestra su apego a la legitimidad.

Un séptimo caso es que allí mismo, en Pachacamac, validó el acuerdo de Pedro de Alvarado con Almagro. El acuerdo significó para Pizarro el desembolso de 100 mil pesos, casi media tonelada de oro, por la compra de los barcos de Alvarado, el cual, repetimos, con tales recursos intentó lanzar una expedición a la conquista de China, lo que de haberse logrado hubiera cambiado en muchos sentidos la historia universal.

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