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Madurez digital

Todos sabemos que la Era Digital, -período histórico iniciado hace unas décadas con la llegada de los computadores, que tuvo especial impulso gracias a las facilidades de comunicación que permitieron Internet y los celulares, teléfonos portátiles e inteligentes que quedaron al alcance de miles de millones de hombres y mujeres en todo el planeta-, ha traído cambios culturales profundos con gran impacto en la sociedad en general, en las personas y las organizaciones. Como lo señala Manuel Calvo en su obra Filosofía para la Era Digital (Almuzara, 2018), “en muy pocos años hemos pasado de llevar unas vidas enteramente analógicas a que nuestras principales tareas cotidianas dependan ahora mismo de sistemas íntegramente digitales”. Su conclusión es precisa: “Lo analógico ha quedado obsoleto. Nuestros móviles, ordenadores, libros, coches, tarjetas de crédito, cámaras de fotos o video, lavadoras, impresoras, microondas… todo es digital”. ¡Así es! En los hospitales, por ejemplo, los usuarios, no importa su edad, se ven enfrentados hoy en día a una pantalla para solicitar el turno de atención, o en los aeropuertos, para hacer su check-in y poder abordar un vuelo.

Transcurridos ya dos años de la pandemia y de esos largos meses de confinamiento, el mundo entero reconoce el beneficio inmenso de esos extraordinarios desarrollos tecnológicos que nos han permitido llevar adelante las actividades ordinarias de la vida. En cierta forma, nos habíamos preparado para una situación como la que vivimos. Los seres humanos, poco a poco, nos habíamos ido familiarizando en el día a día con procesos mediados por la tecnología, adquiriendo nuevas destrezas para digitar, -esto es, según el Diccionario de la Lengua Española, “incorporar datos a la computadora utilizando el teclado”, verbo que hizo su aparición en la segunda mitad del siglo XX-, y para realizar diversidad de trámites en línea.

Por otra parte, esta vía alterna que nos ofreció la tecnología llevó igualmente, no solo a impulsar el aprendizaje de herramientas que estaban disponibles, sino también a revisar y mejorar la dotación en equipos y software que teníamos tanto en las organizaciones como en nuestros hogares. De repente, nos dimos cuenta de la importancia que tiene la denominada ‘transformación digital’ que estaba en curso; tanto así, que en la agenda de las instituciones hoy aparece otro tema destacado, el ‘Índice de Madurez Digital’, que mide la capacidad que tiene una organización para adaptarse a las nuevas realidades que ha traído la Era Digital.

Vale la pena que nos detengamos un poco sobre estas expresiones que han sido acuñadas en el mundo empresarial. Oswaldo Lorenzo Ochoa, profesor de la Universidad de Deusto, afirmaba en un artículo publicado en 2016 que “la transformación digital implica la inversión en el desarrollo de capacidades digitales que deben estar muy bien alineadas a la estrategia de la empresa”; y hacía notar que “está cambiando la manera cómo los clientes investigan sobre los productos o servicios, compran a través de medios digitales o se interrelacionan con el mundo”. Por lo tanto, “el desarrollo de estas capacidades debe ocurrir de manera integrada en todas las dimensiones de la organización: estrategia, personas y cultura, estructura y sistemas de gestión, procesos de negocio y, por supuesto, en la tecnología”. Considera también este autor que “las instituciones educativas y, entre ellas, las universidades han modificado significativamente la forma en que llevan adelante su quehacer, apoyándose cada vez más en la tecnología”. A su juicio, “hoy ya se debe analizar el nivel de madurez digital logrado y los desafíos que enfrentamos”. “Las instituciones

Pues bien, el camino recorrido por educativas han la Javeriana desde 1973, cuando crea- modificado mos el primer Centro de Cómputo, significativamente -antecedente remoto de la Dirección la forma en que de Tecnologías de la Información-, llevan adelante en materia de transformación digital su quehacer, es realmente significativo, incluso en apoyándose cada lo relativo a programas académicos vez más en la virtuales. De tiempo atrás hemos con- tecnología”, Oswaldo siderado, no solo “el valor de la ‘in- Lorenzo Ochoa. formación’ como ‘activo estratégico’ de las organizaciones”, sino también “la gran importancia que tienen la tecnología y los sistemas de información y comunicación para el desarrollo de las funciones sustantivas de la Universidad, su amplia utilización como herramienta de apoyo en las actividades universitarias y la necesidad de contar con una gestión especializada al respecto”, reconociendo en todo momento la primacía del ser humano frente a la máquina, de la persona frente a la herramienta.

Ahora, hemos podido comprobar el acierto de esa perspectiva y el nivel de madurez digital ya alcanzado. De esta forma, durante la pandemia, para el quehacer que de manera presencial veníamos desarrollando, encontramos rápidamente alternativas en modo remoto y pudimos adaptarnos a esas circunstancias excepcionales. Debemos, entonces, continuar en esta dirección, dando nuevo aliento a la transformación digital en sus dimensiones tecnológica, de procesos, cultural y ética

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