Capítulo Uno: Experimento Las burbujas salían de su boca haciendo un molesto ruido en el agua. Aunque estaba sumergido en aquel cilindro con el agua azulada, podía respirar perfectamente por una mascarilla que llevaba. Sus ojos aún se acostumbraban a la reciente luz, la primera que veía en toda su corta vida. En cuanto se aclaró, pudo ver a aquella gente vestida de batas blancas, mirándolo con asombro a cada mínimo movimiento que hacía. Él dio un golpe en el cristal queriendo salir. No le gustaba ese lugar, el dolor de los tubos en su cuerpo, la angustia de no poder respirar correctamente, la visión borrosa, el no poder moverse con libertad -¡Suministradle el tranquilizante! Se escuchó a lo lejos. En un momento, su cuerpo se relajó, ya no le dolía nada y simplemente se durmió de nuevo. Sus escasos segundos en la vida, le habían resultado eternos. Ahora vendría la lluvia de imágenes de nuevo, tantos objetos, tantos idiomas distintos, tanta historia de los humanos. Todo le resultaba tremendamente abrumador, pero lograba coger aquella información con facilidad, demasiada facilidad. Cuando abrió los ojos de nuevo, vio que todo había cambiado drásticamente, había más maquinaria en la sala y el grupo de científicos a su cuidado había aumentado considerablemente. Un sólo pestañeo de él, para el resto eran horas de trabajo. Al cuarto pestañeo, ya era de noche, una mujer se acercó lentamente y puso una mano en el cristal diciendo con lentitud: -Mi pequeño... estoy tan orgullosa de ti. Ella era una mujer de pelo y ojos castaños claros, llevaba la misma bata que el resto, pero esta tenía una cinta negra en el brazo. Él sabía, por lo que le habían enseñado en aquellas imágenes, que eso representaba los grados. Era obvio que ella estaba en el más alto.