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Un Paso Fuera por Omar Rebollar
from Nudo Gordiano #17
por Omar Rebollar.
La demostración del brillo de un semblante de gesticulaciones mixtas aumenta el deseo de los concurrentes en el auditorio. El ídolo acongoja a los mediocres con su potencia tan lejana, y esa congoja les produce enfermo placer. Está Romulo, el actor ubicuamente sonriente, y están los apretados titubeantes, acomodados en las cuantiosas butacas. Romulo sonríe para su público, como una forma de autoritaria dominación en el campo emocional. Los apretados le regresan mil sonrisas opacas, que languidecen a los poquísimos segundos.
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El objetivo social del arte es dominar a los no artistas con brillantes impresiones que los dejen petrificados. En Imperio de la Virtud, nación madre de Romulo y los acongojados, la jerarquía se determina por el brillo de cada persona. Romulo no pudo solo. El mito de la superación personal es bastante estúpido como para creerlo. Nadie llega al podio y al escenario con habilidad nata y fuertes deseos. Se llega con la venta de la dignidad.
Uno creería que la dignidad va de la mano con la virtud, pero la experiencia de Imperio de la Virtud demuestra que no es así. Primero, vendes tu cuerpo y todos sus agujeros consigo. Cedes tus cavidades a los virtuosos más viejos, que anhelan la sensualidad de la nueva juventud para tratar de recrear sus sentidos de antaño. Tiras tus extremidades para dejar de defenderte de todo por lo que no quieres pasar. Aceptas la tortura y el castigo por tu falta de dignidad al aceptarla, para garantizarte que el resto de tu vida sea la de un virtuoso. Son pocos los que se venden, porque la dignidad está sobrevalorada por las mentes débiles. Los apretados creen que más vale conservar la dignidad antes de arrodillarse ante el vértigo de la pérdida. Y ellos, porque no quieren perder, siempre se quedarán con lo que tienen. Estoy en camino en la camioneta. Voy a joder a Romulo cuando yo aparezca en los escenarios. Ese muñeco de piel plástica y sonrisa de cobre va a caer cuando mi cirugía esté completa. Seré el primer hombre en tener una vagina en la nuca. Será más que una vagina.
Van a abrirme mi agujero viviente después de raparme. La gente de butaca podrá ver mi materia gris cuando le dé la espalda y desenrolle los labios de mi agujero. Ni siquiera la garganta de níquel y las cinco pupilas de Romulo podrán contra mi fascinante transformación. Los solemnes hombres trajeados no sueltan ningún sonido para hacer gala de su profesionalismo. Estoy sentado en un banco de piel circular, fijado al asiento por un cinturón de seguridad reforzado y de doble banda. Los trajeados están sentados en un sillón que forma una circunferencia alrededor mío. Todos me observan. Aunque obviamente ninguno de ellos se dedica al arte, clavan sus miradas en mi cuerpo con morbosa obsesión. Sus miradas alimentan mi convicción. Quieren guardar cada detalle de mí antes de mi transformación para tener comparación entre el drástico antes y después. Son privilegiados al tener la oportunidad de presenciar a un virtuoso justo antes de serlo. Mis carnes, entrenadas para ser gráciles y sutiles, darán cabida a algo mejor. Algo que va a diferenciarme de los apretados.
El quirófano es acogedor. Un par de garabatos al final de oficios con varias hojas de extensión, bastaron para cambiar mi vida para siempre. Ya viene la primera incisión. Estoy tendido boca abajo en la mesa de operaciones, aferrado a mi destino. No quiero adormecer el filo del bisturí con ninguna clase de anestesia. Quiero que esta noche sea la más memorable. Siento en la nuca un roce metálico, y después cómo mi piel se separa. No puedo ahogar mis gritos, mientras muerdo un grueso trapo blanco y límpido.
Después de la tercera acometida del bisturí, puedo reconocer lo más importante en el filo terebrante. Este es el dolor de los virtuosos.