
2 minute read
Game Over por Rafel Aguirre
from Nudo Gordiano #19
por Rafael Aguirre.
— Voy a las maquinitas de la Güera, ahorita vengo— le dije a mi madre minutos antes de partir de casa de mis abuelos, eran las once de la mañana. Vestía una camiseta polo color azul marino con rayas blancas que me quedaba demasiado justa, pesaba ochenta y cuatro kilos, demasiado para un niño de ocho años, me fui volando hasta llegar a la tienda y esperaba que nadie notara mi obesidad por el camino.
Advertisement
Al llegar a la tienda de abarrotes pagué con un Sor Juana a la mujer de cabello teñido de castaño claro oculta tras el mostrador, y me dio algunas fichas para jugar; el local de videojuegos se encontraba vacío y deposité una ficha en el Vendetta, un juego de peleas callejeras cuya trama transcurría entre el choque de bandas rivales y el posterior rescate de una mujer, luego elegí a mí personaje favorito, Boomer, un artemarcialista rubio de cabello corto cuyas patadas voladoras eran para mí lo mejor de la partida.
Por alguna razón desconocida, mi primo Diego, de diez años, le llamaba a ese juego el de Los Magníficos, él a veces me acompañaba a jugar ahí o en las maquinitas de la paletería, y cuando perdíamos, a veces lloraba conmigo.
— ¿Ya llegó mi cerda?— me susurró al oído, él tenía catorce años, era más alto que yo, lo conocía de vista y ni si quiera sabía su nombre, solo que era el hijo de la Güera, vestía sudadera azul rey, era de piel blanca y tenía el cabello corto pero desaliñado. —¿Cómo está mi puerquita? — dijo mientras apretaba mi pecho de manera lasciva, quise reaccionar pero el miedo me tenía paralizado, y continué jugando hasta perder la partida mientras el tipo continuaba apretando, un hueco enorme se abrió en mi estómago y me dieron ganas de vomitar. La voz de su madre se escuchó desde la trastienda y el apretón cesó dejando mi garganta hecha nudo.
El reloj en la pared amarilla marcaba las doce y yo me sentía flotar al salir del local, como pude me dirigí a casa de mi abuela, toqué el timbre dos veces y fui recibido por ella. Nuestra relación era pésima así que entré sin decir palabra y me enfilé hacia el cuarto de baño, quise llorar pero no encontré lágrimas, ni miedo, solo el palpitar de mis náuseas.