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Aquello que el fuego dice por Brandon Barrios

por Brandon Barrios.

“Yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería alas”.

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-Alejandra Pizarnik, “La carencia”

Nadie —o casi nadie— sabe nada acerca del movimiento. Solo se está seguro de que la quietud es creadora de dolor. El dolor es un estanque cuyas aguas lo saben todo de orillas y nada de profundidades.

Nadie acaba nunca de saber quién es, solo sabe en qué se convierte cada vez que le toca atravesar un umbral y de esa manera establece una relación con el dolor que está más allá del sentir. Esto equivale a decir, que solo cuando el dolor es comprendido y no negado, es que el sintiente lo supera. Comprender algo nos obliga a no permanecer incólumes.

Hay quienes le atribuyen al tiempo la facultad de curar. De alguna forma, quienes sostienen dicha tesis, también plantean que el dolor es la ausencia de algo —no confundir con que una ausencia implique dolor —, y que, por ende, ha de homologarse al dolor con la soledad.

Como a toda tesis que ha demostrado su valía en las cicatrices de sus tesistas, las cuales no sugieren otra cosa más que su verdad, no se intentará refutarla, pero si se la confrontará. Aquello que se llama estanque, y que en este ensayo se ha puesto en sinonimia con el dolor, es algo a lo que el individuo sintiente no ha de aferrarse. Dado que, como se dijo antes, el estanque solo entiende de orillas y no de profundidades, quienes estamos inmersos en él, Hemos de atravesarlo a nado, puesto que de no hacerlo, nuestra quietud nos propiciará el ahogamiento.

Las orillas siempre estarán más lejos que nosotros, pero no necesitamos alcanzarlas. Solo necesitamos saber que están ahí, en donde elijamos que estén.

El dolor trae como consecuencia una revelación, y debido a esto, el dolor guarda una relación con lo sacro. Esto equivale a decir, que es gracias al dolor, que cada persona puede relacionarse con aquello que considera sagrado, además de con todo lo que lo rodea y con toda su especie, dado que, además, es el dolor lo que nos permite entendernos como algo distinto a lo divino, puesto que lo divino, en tanto inmóvil, es atemporal, y nosotros, en tanto somos sintientes somos móviles, y en tanto móviles, somos temporales.

No ser divino es estar a merced de todas las cosas: del movimiento, del espacio, y del resto de los entes materiales. Ser divino es ser todo aquello a lo que lo no-divino está a merced. La divinidad es infinita, la no-divinidad es particular. En pos de recuperar la cuestión de lo sagrado en relación con el dolor y la identidad, se recurrirá al concepto de hierofanía, propuesto y elaborado por Mircea Eliade en su pequeño tratado (acerca de) Lo sagrado y lo profano.

La hierofanía es la instancia —el momento, el lugar y, probablemente, la sensación— en la que el hombre toma contacto con lo sagrado. Eliade, en tanto filosofo e historiador de la religión, no pudo sino valerse del ejemplo del que también se valen algunos panteístas cristianos —y del que se valdrá quién escribe este ensayo para explicar ideas que se expondrán más adelante —para mostrar cómo su Dios no solo no tiene nada de invisible ni de intocable, sino que es la totalidad de las cosas que habitamos: el momento en el que Moisés se posó frente a la zarza ardiente sobre la que Yahvé había elegido mostrarse para “decirle” que Él es el que es.

Ego sum qui sum, “yo soy el que soy” (Éxodo 3:14) fue, en realidad, la conclusión a la que Moisés llegó. La zarza ardiente era Moisés y el pastor que otrora había sido un noble de Egipto, apenas era su reflejo. Fue el reflejo quien encontró al sujeto, y en el fuego que ardía sin consumir a la zarza, estaba aquello en lo cual el reflejo se convertiría.

Moisés fue Moisés gracias a la zarza ardiente, y esta interpretación puede sostenerse gracias a que cuando Moisés le “pregunta” a Dios cómo podría convencer al que en aquel momento había “resultado ser” su pueblo de que debían seguirlo, Yahvé contestó que “Él era”, y que además era “el dios de su padre, de Abraham, de Isaac y de Jacob”(Éxodo 3:15), lo cual lleva a decir, que Moisés, a través de su dolor, representado por el fuego de la zarza, se conectó con el que luego fue su pasado, y de esta manera, en aquel momento, “supo” quién era.

Moisés superó el dolor de la no-identidad o de la “falsa” identidad, gracias a que se reconoció como heredero de Abraham y de su tradición.

La hierofanía que él experimentó tuvo como consecuencia la creación de un vínculo entre él y un pasado que podría no haber sido el suyo, pero que él mismo eligió que sí lo fuera.

La ciudadanía hebrea de Moisés, más allá de que el relato bíblico explicite que es real por nacimiento y por las circunstancias que hicieron que su familia biológica lo obligara a abandonarla en primer lugar, fue una ciudadanía elegida, porque lo que Moisés eligió, fue hacerse cargo de todo el pasado de una cultura que él, al no haber sido criado como miembro de ella, tuvo que adoptar en pos de cumplir con una responsabilidad. Moisés no nació judío, sino que eligió serlo en pos de cargar con un pasado que eligió como propio, y de esa forma, poder resignificar toda su vida anterior, y a su vez constituirse a sí mismo como un líder político y como un héroe.

Somos la relación que tenemos con el pasado del que elegimos responsabilizarnos.

Debido a que la comprensión del dolor equivale a la revelación de quien uno es, es que el dolor hace que, al sentirlo, una persona se pregunte por quién será. Portará las cicatrices que le correspondan, le arderán cuando tengan que hacerlo, y sanarán a la par de la exhalación de su último aliento. Sólo se termina de saber quién uno es el último día de vida, dado que aquel es el momento en el cual, con la lucidez que a cada quién le haya quedado y según lo que permitan las circunstancias, se resignifica el propio pasado; y es así cómo decidimos si cada revelación valió la pena, si las veces que tomamos contacto con lo sagrado realmente lo hicimos, y cuáles significados le corresponden a todas esas veces.

El dolor, no por sí solo, sino a través nuestro, nos revela quiénes tenderemos a ser, gracias a que nos recuerda que, a pesar de a nuestra insignificancia, sumarle el sufrimiento como relación primordial con el mundo (Feuerbach, Pensamientos sobre la muerte y la inmortalidad), es a pesar de ser tan insignificantes y sufrientes que hemos llegado al mismo lugar en el que habíamos puesto a nuestros dioses, el cual también es el lugar que le corresponde a nuestros ancestros y al recuerdo de que estamos vivos mientras en algún lóbrego horizonte pueda verse una llama: la de la historia o la del porvenir.

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