EDITORIAL
El tabaquismo, una enfermedad desde la adolescencia A. Pérez Trullén1, I. Herrero Labarga2 Sección de Neumología. Hospital Universitario “Lozano Blesa” de Zaragoza. Departamento de Medicina-Unizar. Servicio de Neumología. Hospital Universitario “Miguel Servet”. Zaragoza
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Al realizar este editorial sobre tabaquismo, se reabre la polémica sobre los conflictos de intereses que genera la relación entre los preventivistas - clínicos por un lado y los economistas - industria del tabaco por el otro. Dichos conflictos prácticamente se solucionarían con la implantación y aplicación de los protocolos incorporados en la “prevención primaria”. Recordemos que en este nivel de prevención se incluyen una correcta Educación para la Salud con programas estructurados, impactantes campañas publicitarias antitabaco y adecuada coordinación de los poderes legislativo - judicial - ejecutivo. Hasta no hace muchos años el consumo de tabaco se consideraba un hábito, un estilo de vida banal, convirtiéndose en las últimas décadas en un punto clave de la prevención por ser una entidad patológica propiamente dicha. Compleja en su patogénesis y manejo, con evolución progresiva e invalidante, que desencadena enfermedades letales y de un elevado coste socio - sanitario1-3. Los estudios científicos demuestran que el consumo de tabaco perjudica a cualquier persona independientemente del sexo, la edad, la raza, tipo de tabaco consumido, así como del tipo de fumador activo o no. Los primeros estudios serios sobre la etiología y repercusión del tabaco en diferentes órganos o sistemas, realizados Doll y Hill4 tienen más de 50 años. Refrendados por el mismo autor en su estudio de 40 años de seguimiento de 34.439 médicos varones británicos5, en el que se confirma la relación entre el consumo de tabaco y las muertes por cáncer de distintas localizaciones, así como por otras enfermedades respiratorias o cardiovasculares o incluso digestivas. Correspondencia: Alfonso Pérez Trullén. Servicio de Respiratorio. Hospital Universitario “Lozano Blesa”. Avda. San Juan Bosco, 15. 50009 Zaragoza Recibido: 18 de enero de 2002 . Aceptado: 25 de enero de 2002 [Prev Tab 2002; 4(1): 1-2]
PREVENCIÓN DEL TABAQUISMO vol. 4 nº 1, Enero-Marzo 2002
Es conocido que en fumadores adultos los test de dependencia nicotínica presentan más fácil utilización pero menor eficacia y poder predictivo que los marcadores biológicos6. Observaciones realizadas por Nides et al.7 detectan que los fumadores con enfermedades cardiorrespiratorias crónicas tienen una menor proporción de éxitos en la deshabituación tabáquica que otro tipo de pacientes, pudiendo considerarse la enfermedad como un marcador de dependencia. Así, los fumadores con baja dependencia nicotínica abandonan el tabaco al presentarse los primeros síntomas de la enfermedad, impidiendo la evolución. Por el contrario los fumadores muy dependientes mantienen el consumo a pesar de la aparición de síntomas, con posterior progresión hasta abocar en una enfermedad crónica e invalidante. La etapa de la adolescencia esta marcada por cambios en los estilos de vida y comportamientos, en el contexto de formar y consolidar su propia personalidad. En la introducción en esta etapa de hábitos de vida poco saludables (tabaquismo), que se mantienen posteriormente en la vida adulta y son difíciles de modificar una vez establecidos, intervienen una serie de condicionantes de riesgo multifactoriales. Factores microsociales (amigos, familia), macrosociales (publicidad, disponibilidad de conseguir tabaco), individuales (autoestima) y factores dependientes de la propia actitud hacia dichos hábitos8 Kessler9 confirma el desinterés de los adolescentes por la adicción de esta sustancia. Rheinstein et al.10 afirman que los chicos experimentan con el tabaco a aproximadamente a los 14 años, que se consolidan como fumadores diarios antes de los 18 años, señalando que más del 80% de los fumadores adultos lo han iniciado antes de esa edad, considerando la edad de inicio un determinante del número de cigarrillos fumados en la edad adulta11. En España las campañas del Plan Nacional sobre Drogas, han logrado disminuir el consumo de algunas sustancias tóxicas, sin embargo no ha conseguido su objetivo de disminuir el consumo de tabaco entre los ado-
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