Isaac Asimov. Fundación e imperio.

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-No hable de este modo. La Fundación siempre acaba venciendo. Usted espere y se convencerá. La vieja Fundación sabe cuándo ha de volver, y entonces... ¡pum! -El hombre estaba ligeramente borracho y sonrió entre dientes. -Sea como fuere -replicó el piloto de Haven tras una corta pausa-, vimos las naves del Mulo y tenían muy buen aspecto. Incluso le diré que parecían nuevas. -¿Nuevas? -repitió el nativo con perplejidad-. ¿Las construyen ellos mismos? -Rompió una hoja de una rama colgante, la olió delicadamente y se la metió en la boca. Mientras la masticaba, la hoja despidió un jugo verdoso y un olor de menta-. ¿Está diciéndome que han vencido a las naves de la Fundación con artefactos caseros? Continúe. -Nosotros las vimos, amigo. Y yo sé distinguir entre una nave y un cometa. El nativo se inclinó hacia él. -¿Sabe lo que pienso? Escuche, no se engañe a usted mismo. Las guerras no empiezan por sí solas, y nosotros contamos con un grupo de gente astuta que nos gobierna y que sabe muy bien lo que hace. El borracho dijo con la voz repentinamente alta: -Observe a la Fundación. Esperan hasta el último minuto y entonces... ¡pum! -Sonrió con la boca abierta a la muchacha, que se apartó de él. El radoliano prosiguió -Por ejemplo, amigo, tal vez usted piense que el Mulo está dirigiendo el cotarro. Pues no es así. -Movió horizontalmente un dedo-. Por lo que he oído decir, y en boca de gente importante, no lo dude, trabaja para nosotros. Nosotros le pagamos, y es muy probable que hayamos construido esas naves. Seamos realistas al respecto; es muy probable que sea así. Es evidente que a la larga no puede derrotar a la Fundación, pero puede fastidiarla, y cuando lo hace... intervenimos. La muchacha preguntó: -¿No puedes hablar de otra cosa, Klev? ¡Sólo de la guerra! Me aburres. El piloto de Haven dijo en un arranque de galantería -Cambie de tema. No debemos aburrir a las chicas. El borracho adoptó la frase y la repitió mientras golpeaba la mesa con una jarra. Los pequeños grupos que se habían formado se disolvieron en risas y bufonadas, y de la casa que daba al jardín emergieron grupos similares compuestos por dos personas cada uno. La conversación se generalizó y se hizo más variada, más insustancial... Después estaban los que sabían un poco más y sentían menos confianza. Entre ellos se contaba Fran, representando a Haven como delegado oficial y que, a raíz de su corpulencia, vivía por todo lo alto y cultivaba nuevas amistades, con mujeres cuando podía, y con hombres cuando tenía que hacerlo. Se hallaba descansando en la plataforma soleada de la casa de uno de sus nuevos amigos, situada en la cima de una colina. Era la primera vez que la visitaba, y sólo la visitaría una vez más durante su estancia en Radole. Su nuevo amigo se llamaba Iwo Lyon, un alma gemela de Radole. La casa de Iwo se levantaba lejos de las otras viviendas, aparentemente aislada en un océano de perfume floral y zumbido de insectos. La plataforma solar era una franja de césped colocada formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, y Fran yacía tendido sobre la hierba, absorbiendo los rayos solares. Comentó: -No tenemos nada parecido en Haven. Iwo contestó, con voz soñolienta -No ha visto aún el lado frío. Hay un lugar, a unos treinta y cinco kilómetros de aquí, donde el oxígeno fluye como el agua. -¿En serio? -Es un hecho. -Bien, le diré, Iwo... En los viejos tiempos, antes de que me arrancaran el brazo, me pasó algo... bueno, ya sé que no va a creérselo, pero... -La historia que siguió tuvo una duración considerable, e Iwo no se la creyó. Una vez finalizada, observó -Los viejos tiempos eran mejores, ésta es la verdad. -Desde luego que sí. Oiga -se animó Fran-, le he hablado de mi hijo, ¿verdad? También es de la vieja escuela; será un magnífico comerciante. Ha salido en todo a su padre. Bueno, en todo no, porque se ha casado. -¿Quiere decir un «contrato legal», y con una muchacha?

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