La Espada Negra

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Virginia Alba Pagán

La

Espada Negra

Ilustrado por

José Gabriel Espinosa



CAPÍTULO I

LA MANO DE HIERRO

No era normal, eso lo supieron enseguida los duendes.

Aterrorizados ante tamaña explosión del cielo, que se había oscurecido de repente por unas nubes que, de tanto en tanto, eran traspasadas por rayos y truenos ensordecedores, se escondieron, esperando a que pasase. El viento azotaba las pieles de sus refugios y lanzaba contra ellas balas de agua negra. Aullaba, endemoniado, entre las ramas y las hojas, arrancando árboles a su paso. En el interior de la selva, dos jóvenes con los cabellos mojados y sucios de barro huían con la desesperación que da el miedo. Sorteaban arbustos, troncos, ramas rotas, rocas…, sintiendo cómo aquel viento extraño se acercaba más y más; no tardaría en darles alcance. Todas estas dificultades se agravaban por la carga que llevaban consigo. Ellos eran un matrimonio de Alienae, y la carga que portaban eran sus hijos mellizos, de pocos meses. 3


—Hemos de separarnos, es la única posibilidad de que alguno de nosotros salga con vida —gritó la joven para hacerse oír, sin dejar de correr. Tras ellos, ya muy cerca, oían los chasquidos de los árboles que se quebraban a medida que la Mano de Hierro se abría camino. —De acuerdo, cariño —contestó el joven—. Intentaré que me siga a mí, ¡te quiero! —¡Yo también te quiero! —exclamó ella con todas sus fuerzas, mientras se desviaba a un lado, separándose de él. La Mano de Hierro persiguió al joven y se alejó de la muchacha, que trastrabilló y cayó de bruces. El pequeño que llevaba en su espalda no se inmutó. Sus ojos no reflejaban temor, solo curiosidad. Ella, llorando y con la cara llena de chorretones de barro, miró a su alrededor. Solo vio más barro, maleza y troncos por doquier. Su oído permanecía atento a los ruidos de la selva, y su corazón, aprisionado por el dolor y el miedo, latía aceleradamente. Con cuidado, soltó la bolsa donde tenía a su hijo y lo cogió con cariño y tristeza. El niño, al ver el rostro de su madre, rio un poquito. A él no le extrañaba la suciedad que la cubría, ni la lluvia, ni los truenos, estaba acostumbrado. Ella, por un momento, sonrió entre lágrimas, y luego, apretando a su hijo contra su pecho, lloró, desconsolada. Cuando se tranquilizó, volvió a contemplar a su hijo. —Cariño, mamá te ha de salvar a toda costa, por eso me tengo que separar de ti. No te asustes ni llores cuando me vaya. Lo hago porque te quiero. ¡Oh, diosa! ¡Sálvale! Protege a mi niño. —Y tras decir eso, miró aquellos ojitos que la observaban, confiados, lo besó en la frente y lo depositó en el hueco que quedaba entre dos grandes piedras. Y se alejó de allí corriendo y sollozando, con la bolsa vacía en la mano. 4


El joven sentía sus piernas entumecidas, pero no cesaba de correr y correr. Tenía que salvar de aquella mano maligna a la niña que portaba sobre su espalda. De pronto, su mujer reapareció a su lado, con la bolsa a su espalda, pero llena de tierra. —¡El niño! —gritó él—. ¡El niño! —repitió en su desesperación. —Es la única forma de salvarlos, amor. No encontrará a nuestro hijo. Ahora yo haré que me siga a mí y a ti te toca esconder a la pequeña, ¡corre! —Las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas. Su hija dormía plácidamente, ajena a la tragedia. El amor que sentía hacia esa criatura empujó el miedo al rincón más oscuro de su cerebro. Él la contempló como solo puede hacerlo un hombre enamorado. Su pelo, antes rubio, se había transformado en una maraña marrón y pegajosa, y aun así su belleza seguía deslumbrándolo como aquel primer día en el mercado, cuando la vio entre los puestos de frutas y verduras, comiéndose una manzana y riendo, despreocupada. Sus miradas se cruzaron un instante, pero ambos supieron que el destino había clavado su flecha muy hondo, para siempre. El frío de la lluvia y el viento lo devolvieron a la realidad. Dio un beso tembloroso a su amada y se adentró en la espesura. Al recordar las últimas palabras de ella, no pudo menos que llorar. Cuánto la amaba, ¡Dios mío! ¡Cuánto! Lo había entendido muy bien, el plan de su mujer había sido forjado por el amor. Debían sacrificarse para salvar a los pequeños. Apenas oía ya el estruendo del monstruo, pero corrió un trecho más, hasta que los crujidos de aquella cosa se perdieron en la lejanía. Entonces se paró y descolgó su bolsa. La niña permanecía dormida. La miró con ternura; era hermosa, se parecía mucho a su madre. 5


La tomó en sus brazos despacio, para no despertarla. La contempló largo rato, sin poder sustraerse de la dulzura de aquel rostro puro. Un ruido lo sacó de su ensimismamiento. Clavó sus manos en la tierra húmeda y abrió un hoyo lo suficientemente amplio para depositar en él a la niña. Se despidió de ella con un beso en la mejilla y cubrió el hueco con algunas ramas y hojas grandes, para protegerla de la lluvia. Tras llenar la bolsa con el barro sobrante, se la colgó en la espalda y, con dolor, se alejó de aquel lugar. Estaba agotado, pero corrió con sus últimas fuerzas para ir al encuentro de su mujer. Ya los dos juntos, se pararon. No tenía sentido seguir huyendo, no escaparían por mucho tiempo más. Se quedaron abrazados bajo la negra noche, oyendo cómo se acercaba la muerte. Cuando la Mano de Hierro se abalanzó sobre ellos, los mató al instante, sin poder separarlos. Cogió las bolsas que llevaban a la espalda y las destrozó. Pero, al no encontrar niño alguno, aulló con rabia, y arrancó tantos árboles a su alrededor que hizo un claro en medio de la selva. No tuvo más remedio que marcharse por donde había venido, su misión había fracasado.

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CAPÍTULO II

RESPUESTA DE UNA DIOSA

Amaneció un día gris, nublado pero tranquilo. La sola visión de la selva estremecía las entrañas: cientos de árboles habían sido arrancados; allá donde se mirase, había troncos y ramas tronchados y cubiertos de barro. Muchos animales habían perecido en aquella fatídica tormenta. Era muy triste, pero, al fin y al cabo, los que habían sobrevivido se sentían dichosos. Mientras tanto, dos criaturas lloraban asustadas dentro de sus escondites. Se habían despertado solas, lejos de los brazos tiernos de sus padres. Tiritaban de frío y, además, tenían hambre. Una mano diminuta apartó la maleza. Era Iubar, un niño moreno de unos cuatro años. Pasó y se quedó inmóvil. Aunque no estaba sucio, su aspecto era salvaje. Lleno de arañazos y de heridas aún más profundas tapadas por sangre reseca, cojeaba un poco, pero su cara no expresaba dolor. La noche pasada, había escapado de algo monstruoso que había estado a punto de agarrarlo: una mole oscura de hielo que apartaba con facilidad 7


los árboles a su paso, por grandes que estos fuesen. Cuando lo había visto allí, acurrucado junto a unas matas, se había precipitado sobre él, rugiendo. Cuánto había corrido. Sus piernas eran largas y fuertes, a pesar de su corta edad, y estaban acostumbradas a correr por la selva, pero aquel ser se arrastraba rápido. Por suerte, se había detenido de pronto y marchado en otra dirección, como si hubiese visto algo. El terror que se había apoderado del pequeño se fue atenuando. Cuando se hubo tranquilizado, buscó un lugar en el que guarecerse de la lluvia y de aquella cosa, por si volvía. Como otras muchas veces, se dirigió al refugio de los duendes, se coló en una de las tiendas y se quedó dormido al instante. Los duendes le dejaban porque Iubar irradiaba algo mágico, y lo querían. En cuanto había amanecido, había abandonado el hogar de los duendes y se había internado en la selva. Ya era mediodía. Las nubes comenzaron a llorar: una llovizna plateada hizo desaparecer los restos de la tormenta negra y la selva revivió. La lluvia tomó por sorpresa al niño, pero no quiso cobijo. Se quedó bajo ella y, milagrosamente, le curó las heridas. Cuando cesó, salió un hermoso sol, que apartó las nubes para dejar paso a un arcoíris que cruzó el cielo. No muy lejos de allí, en un río, los cuerpos inertes de dos jóvenes flotaban el uno junto al otro, unidos por las manos. La lluvia plateada había lavado el barro de sus rostros, que lucían serenos, apenas sumergidos bajo el agua. La corriente los arrastraba con lentitud, como si estuviese de luto, hacia el mar del oeste. Avanzó observando los destrozos de la noche anterior. Al ver tantos zorros, pájaros, ciervos y ardillas muertos, su corazón se encogió de dolor. Entonces un gemido llamó su atención: era un llanto asustado. Guiándose por aquel sonido, se acercó a 8


un montón de hojas y ramas. Se arrodilló, las apartó y asomó la cabeza en el hueco. Un rostro de bebé lo miró y dejó de llorar inmediatamente. Iubar cogió a la criatura, que gorjeó de felicidad con una risa cristalina. Colgaba de su cuello un collar de plata en el que se veía una medalla. Iubar la observó de cerca. Solo ponía un nombre de niña: Caesia. Supuso que sería el de ella. Los grandes ojos del bebé enternecían su corazón. —Caesia —susurró, y de nuevo, ese gorjeo suave le llenó los oídos. La pequeña se aferró al dedo del niño y lo chupó—. Tendrás hambre. Decidió llevarla al refugio y la dejó allí, en manos de una duende, la única que aún tenía un bebé. Pasó el resto del día en la selva, cogiendo fruta y otras plantas para luego llevárselas a los duendes. Cuando llegó la noche, una noche clara de luna llena, regresó. La niña estaba dormida y se la veía feliz. Olía a leche y flores. El pequeño, tranquilo y satisfecho tras comprobar que descansaba, se dirigió al río. Durante largo rato, miró sus aguas, decidiendo si bañarse o no, hasta que sus ojos divisaron algo que bajaba. Se quedó quieto. Unas nubes taparon la luna como si fuesen un velo de muerte, y el cielo se oscureció. Solo un haz iluminó los dos cuerpos que descendían por la corriente. Sus rostros serenos y hermosos parecían mágicos. Pasaron ante él y se alejaron sin ondular el agua, deslizándose como dos lágrimas de plata, de tal modo que pensó que había sido un sueño. Las nubes se disiparon tan pronto como ellos desaparecieron, y la luna volvió a mostrar su cara resplandeciente. Iubar se restregó los ojos y, al abrirlos, a través de sus dedos distinguió que algo brillaba entre las rocas de la orilla. Dando saltos entre las piedras, llegó hasta allí y descubrió una cadenita semejante a la que llevaba Caesia al cuello. Alargó 9


el brazo y la cogió, estaba fría y húmeda y también tenía una medalla con un nombre: Érebos. Un niño. Una idea le vino a la mente, como si alguien la hubiera colocado allí, como una intuición. ¿Y si había otro bebé escondido en algún lugar de la selva como había pasado con la niña? Así pues, como empujado por una fuerza misteriosa y mágica, dedicó toda la noche a su búsqueda. A veces desesperaba, pero sentía que debía encontrarlo, si no, la cadena no hubiese ido a parar a sus manos. Al fin dio con él. Estaba dormido. Era tan hermoso como Caesia; enseguida se dio cuenta del parecido: aunque ella era rubia y de ojos azules y él, moreno, el resto de sus rasgos eran muy parecidos. Algo colgaba de su cuello, pero ¿cómo era posible? ¡Era la misma cadena que acababa de encontrar! ¿Para qué dos iguales? No tenía sentido. Pero ¿y aquella?, ¿dónde estaba la que había cogido en la orilla? ¿Acaso la había perdido durante su incansable búsqueda? No, imposible, se la había colgado en el cuello… Sin embargo, al palparse el pecho, comprobó que allí no estaba. ¡Bah! Se le habría roto al engancharse en alguna rama. No le dio más importancia. Cogió al niño con cuidado para no despertarlo y se encaminó hacia el refugio de los duendes, contento. La luna resplandeció intensamente y dijo: —Hermosa madre…, un hijo por un hijo.

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CAPÍTULO III

UNA LLAMADA EN LA OSCURI DAD

Un gran halcón atravesó el cielo moteado de nubes blan-

cas. Bajó en picado hacia unos arbustos. Cuando remontó el vuelo, entre sus garras llevaba un conejo. El día comenzaba a declinar y se apresuró en regresar a su nido para alimentar a sus crías con la presa. —¡Érebos...! Llegaremos tarde, date prisa, hermano —exclamó Caesia desde la entrada de la cabaña. —¡Ya voy, hermanita! ¡No tardo! —Se oyó responder desde dentro. Mucho tiempo había pasado desde que Iubar recogiera a los dos bebés. En un principio, el muchacho los había llevado al refugio de los duendes, pero en cuanto pudieron valerse por sí mismos, se decidió que vivieran lejos del pueblo mágico. Iubar les construyó una cabaña cerca del linde de la selva, y allí prácticamente habían crecido, mientras que él desaparecía a menudo 11


entre la espesura y volvía al cabo de unos días. Los mellizos apenas penetraban en la selva, lo justo para coger lo imprescindible. Sin embargo, para llegar al lugar donde Iubar los había citado aquel día, debían adentrarse un poco más en ella. A ese lugar habían ido solo un par de veces, pero lo recordaban, eran de buena memoria. Cuando por fin Érebos salió, su hermana le echó una de esas miradas que matan, por haber tardado tanto. —Corramos, Caesia, ya es la hora e Iubar nos estará esperando en el Gran Árbol Nudoso. —De acuerdo, te echo una carrera. Esta vez ganaré yo —exclamó la joven, a la vez que sus pies ligeros se ponían en movimiento. —¡Ya veremos! —gritó Érebos, siguiendo a su hermana. Sus rasgos, de un moreno suave, dorado, eran aún de niño. Su pelo rizado ondeaba al correr. La fría tarde se cerró tras ellos en cuanto penetraron en lo más frondoso de la selva. Sus pisadas se oyeron como un eco amortiguado, hasta que finalmente solo fueron un vago recuerdo. Una sombra apareció entre la maleza. Se agachó y observó una huella marcada en el barro, otras se internaban en la selva. Aquel ente gruñó, triunfante, y al poco rato, se escabulló. Sus pasos también callaron, pero la huella quedó como testigo mudo de lo ocurrido. Caesia vio el Gran Árbol. Sus cuantiosas hojas danzaban al compás de la melodía del viento. Era el árbol más antiguo: el primero. Como siempre, le impuso su tronco inmenso y lleno de nudos. Parecía tener vida propia, como si un espíritu anidase dentro de él. Al menos, eso era lo que Caesia sentía. Bajo el árbol los esperaba Iubar. Ese niño valiente y demasiado maduro para su edad se había convertido en un joven extra12


ño. Sus rasgos eran bellos, parecidos a los de los elfos, pero su mirada le diferenciaba claramente de aquellos, porque sus ojos, grandes y de un negro profundo, sin estrías, eran indescifrables, como si un gran secreto se escondiera tras ellos. Era esbelto, ágil y muy moreno, sobre todo por vivir libre, a su antojo. En la cara externa del muslo izquierdo tenía una marca de nacimiento. Era grande y blanca, y se asemejaba a una rapaz en ataque: un halcón con las alas desplegadas. Los dos mellizos habían cesado la carrera y, cansados, se acercaron despacio. Antes de llegar a su altura, Caesia cerró sus ojos garzos y los abrió al instante. —Vamos, vamos, no los hagamos esperar —les dijo Iubar cuando estuvieron frente a él—. Seguidme. Los jóvenes continuaron adentrándose en el corazón de la selva a un ritmo más rápido. El sol acabó finalmente por acostarse en el horizonte, y llegó la noche. Era una noche negra como el carbón, ya que no había luna y unas cuantas nubes tapaban las estrellas; pero durante un momento, las nubes se abrieron, y entre ellas tímidamente asomó la suficiente luz como para vislumbrar una sombra furtiva junto al Gran Árbol Nudoso. Un siseo se escapó de entre los dientes de ese ser mientras las voces de los muchachos se apagaban en la lejanía. Hacia allí se dirigió también, y cuando sus pasos dejaron de oírse, un silencio mortal se apoderó del claro y de sus alrededores. El Gran Árbol Nudoso se quejó, intranquilo. Se oía el acostumbrado murmullo de la selva en la noche y, cómo no, el graznido desafiante de un búho real. Caesia contemplaba las sombras de los árboles cuando el tenue fulgor de las estrellas atravesaba algún jirón de nube. A ella le parecían raros, pues nunca se había internado tanto. Su 13


La Espada Negra es una novela de fantasía épica. La historia se sitúa en un mundo fantástico, un mundo convulso, lleno de seres mitológicos, desde elfos a trols, dragones, arpías, brujas, gárgolas, entre otros muchos; y, cómo no, de magia y grandes misterios. Sus tres protagonistas se verán inmersos en unos acontecimientos que les harán crecer y madurar muy pronto. El destino los separará y cada uno de ellos deberá enfrentarse a sus miedos y tendrá que vencerlos para poder sobrevivir. Es una historia de superación y de amor, llena de obstáculos, pero también de sueños y grandes batallas.

ISBN 978-84-18911-09-5

9 788418

911095

babidibulibros.com


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