RELATOS DEL ROMANTICISMO
ÍNDICE: – El Hombre contra la sociedad. Pedro Millán. – El Sueño. Anselmo Moral. – Recuerdos de un escritor cualquiera. Silvestre Muñoz. – Todo se puede no conseguir. Cristian López. – Mi Vida. Daniel Armengol. – El sueño de las Flores. Irene Trigueros – Diferentes mundos paralelos. Laura Aroca – Amor Eterno. Romualdo León – Uno menos. Carlos Jiménez Lozano – Voluntad. Gema Ramos
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El Hombre contra la sociedad Hacia el año 1809, en una pequeña casa española, se celebraba el nacimiento de un nuevo descendiente y familiar para la familia Larra; decidieron llamarlo Mariano José. Los tres primeros años de su vida fueron normales como el de cualquier niño, sin preocupaciones y sin conocimiento alguno. Mariano, al cumplir cuatro años, tuvo que dejar su casa en la que vivía, su calle en la que jugaba con sus vecinos y amigos de su edad y, lo más importante de todo, su familia. A decir verdad, sus padres nunca le prestaron la mínima atención; su madre siempre estaba ocupada limpiando y cuidando a su hermanos menores y su padre, trabajando como mercader y comerciante en la plaza principal del pueblo, llamada “Plaza del Mercado”. En esta plaza había también artesanos, afiladores y, lo más sorprendente, “Cuentacuentos”; éstos se dedicaban a viajar de pueblo en pueblo hacia las plazas para contarle a la sociedad historias escritas en forma de prosa acompañadas de pequeñas melodías realizadas por violinistas, cosa que le encantaba a Mariano José. Como seguía diciendo... Mariano se dirigió hacia Francia por la decisión fría de sus padres, pero sobre todo de su madre Eulogia. – ¿Á dónde me voy, madre? –preguntó el pequeño. – A Francia, hijo. – ¿Por qué? – Es lo mejor para todos, tanto para ti como para el resto de la familia -recalcó su madre. Mariano viajó hacia Francia en un medio de transporte muy peculiar, el globo. Éste pensó que viajaría en un carro de caballos, pero no sabía que el país galo estaba muy lejos y que podría tardar en llegar varios meses. Al montarse en él notó una sensación de nerviosismo en su cuerpo pero, cuando se empezó a alzar, se sorprendió muchísimo; nunca había experimentado nada igual. Mariano José viajaba con Luis Alfredo, quien controlaba el gran globo. El piloto era bajito y tenía un bigote muy poblado, cosa que le hizo mucha gracia al joven; toda su equipación era de colores ocres y marrones con unas gafas de lentes enormes. Luis vivía en Almagro, un pequeño pueblo de Ciudad Real en Castilla la Mancha; éste le contaba cosas muy interesantes sobre España al pequeño pasajero. Según Luis Alfredo, en España permanecía una guerra, la Guerra de la Indepencia; que estaba originando una importante división social y política entre las fuerzas conservadoras y liberalismo radical, que empezaba a producir constantes conflictos sociales y regionales. En Francia recibió toda su educación de una muy buena familia trabajadora y adinerada. Sus nuevos “padres” tenían un buen trabajo del que obtenían un buen salario, François y Virginia eran empresarios. Éstos tuvieron un hijo único, Carlos, al que le costó acostumbrarse a la presencia de su “hermano” pequeño durante las primeras semanas pero que, posteriormente, acabó acostumbrándose sin más remedio. Carlos tenía 7 años y era muy inteligente, estaba muy por delante de todos sus compañeros del colegio; en ocasiones se aprovechaba de Mariano y le echaba las culpas cuando hacían trastadas en la gran mansión en la que residían, al lado del palacio de Versalles en París. Larra acabó aprendiendo a escribir, a leer gracias a la ayuda de sus profesores del colegio al que iba y al apoyo de Carlos y de sus padres. El pequeño vino a Francia sabiendo hablar español, pero terminó acostumbrándose al acento francés debido a la gran capacidad de aprendizaje que tienen los niños de entre cero y siete años.
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Desde los cuatro años hasta los trece, recibió una buena educación basada en el nacimiento de la Ilustración. A los catorce años volvió a su país natal; él se acordaba de hablar y escribir algunas palabras en español, pero prácticamente se sentía francés. Desafortunadamente, tuvo una adolescencia complicada en la que sde metían con él continuamente. Era un chico muy diferente a los demás, mientras los otros chicos salían a las calles a jugar y hablar con las chicas de su edad, Larra se sentaba bajo un árbol pensando en nuevas ideas para sus próximos relatos. Era una persona excéptica, reflexiba y muy culta a la que le encantaba leer y escribir, tenía unos pensamientos e ideologías diferentes a los demás, por lo que no se sentía una persona cristiana. Durante esta época de su vida adquirió unos conocimientos que ni un adulto podría llegar a comprender; Mariano se sentía libre, por lo que siempre tuvo la mentalidad de luchar por la libertad de las personas. Cuando llegó a España estuvo residiendo en una pequeña casa de unos pobres ancianos que, supuestamente, eran sus tíos-abuelos. Éstos le contaron todo sobre su familia durante el tiempo que él estuvo en París, trágicamente sus padres murieron en una guerra hace seis años y sus hermanos se marcharon hacia otras provincias de España. Larra se acordaba de sus padres, por lo que sintió pena. Por otra parte, entendió el porqué sus padres le transladaron a Francia, para protegerle de las futuras guerrillas que se avecinaban. Mariano José estaba acostumbrado de la cultura francesa en París pero, al llegar a España, notó un gran cambio respecto a la sociedad. Según él, el pueblo era perezoso, infantil e inculto, la mayoría de la población apenas sabía leer y escribir. Los niños españoles, y sí, sólo varones, conseguían aprender a leer de una forma medio-entendible a una edad muy tardía, entre los doce y trece años. Sin embargo, niños y niñas franceses aprendían a leer y escribir correctamente desde los siete años, y sin ningún problema. Durante esta época, España estaba muy por debajo académicamente de otros grandes países como Francia, Alemania e Inglaterra. Mariano José era mucho más inteligente que los demás compañeros de su clase, él siempre los consideraba como estúpidos, cosa que provocaba continuas peleas. Por desagracia, su tíos-abuelos Antonio y María no estaban en una buena situación económica (como la mayoría del pueblo) y, por lo tanto, no podían permitirse grandes compras en el mercado de la plaza. Un día, Mariano y María fueron a comprar la misma y repetitiva compra de cada mes; esta vez, la cosa iba a cambiar. El joven conocía a los vendedores y su capacidad de hacer cuentas a la hora de indicar la cuenta y lo que sobra del dinero, por lo que consiguió engañar a todos los mercaderes de la “Plaza del Mercado”. Se llevaron alfombras, tejidos, lanas, verduras, frutas... casi todo a mitad de precio. – ¿Cómo has conseguido comprar todo esto? No tenemos tanto dinero –se preocupó la anciana... – No te preocupes tía. Estas personas apenas saben restar y sumar, por lo que son muy fáciles de regatear y engañar –recalcó Mariano. – Bueno, marchémonos lo antes posible a casa antes de que alguien sospeche de todo lo que hemos “comprado”. No es normal toda esta cantidad de compra sobre las manos de alguien de esta familia. Esperemos que no se den cuenta... – esperanzó María. Una semana después, Mariano acabó realizando trabajos sociales como castigo tras haber timado a todos los vendedores de la plaza. Al cumplir los dieciocho años, falleció por desgracia su tía-abuela María. Fue uno de los peores días de su vida ya que fue, y será para siempre, más que una madre para él. Larra, a pesar de ser una persona arisca, solitaria y seria, se volvía muy alegre y le entraba felicidad nada más escuchar la dulce voz de María. Desde hacía varios meses, prevenía este triste
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momento debido a su mala salud. Era lo mejor para ella, así podía vivir en paz eternamente y sin dolor; a causa de esto, Mariano José permaneció en soledad y con depresión durante varios meses. Tras varios años de estudio y soledad, consiguió matricularse en una de las mejores universidades del mundo, la de Salamanca. Su primer año lo desperdició y decidió dejarlo por temas personales, sin embargo, los siguientes cinco años de carrera los aprobó todos a la primera y con notas muy buenas excepto en la asignatura de filosofía, que no consiguió superar la nota hacia un cinco. Para obtener el título de carrera de periodismo, era necesario y obligatorio aprobar todas las asignaturas, por lo que tuvo que presentarse varios meses después para realizar el examen. Finalmente consiguió su tan esperado título como periodista. Larra había cogido mucho aprecio y cariño a Salamanca, pensaba que era un lugar tranquilo y lo más importante, cultural; sin embargo, en su interior sentía la obligación de cambiar algo desde hacía tiempo, por lo que volvió a Madrid. Al volver de la universidad, adquirió muchos conocimientos sobre la política y el teatro. Larra quería cambiar el pensamiento y la actitud del pueblo creando un grupo de teatro como forma de aprendizaje y enseñanza. Puso carteles por todo el pueblo, principalmente por la “Plaza del Mercado”. Mariano ya tenía pensado el nombre de la obra, que se llamaría “En contra de todo” y el tema principal de ésta, que consistía en la contradicción del hombre contra la sociedad. La mitad de las personas que se apuntaron para participar en esta nueva obra eran mercaderes y comerciantes y, el resto, habitantes. Larra no tenía mucha paciencia a la hora de explicar cómo se haría. Los “actores” apenas recordaban los diálogos y no entendían las ideas y temas subjetivos que proponía Mariano José. – No os esforzáis por nada, apenas recordáis lo que tenéis que hacer en el escenario y muchas veces, la mayoría de vosotros, no venís a los ensayos –dijo Larra. – Nosotros hacemos lo que podemos, tenemos mucho trabajo y, cuando venimos a ensayar, estamos muy cansados. – ¿Trabajo? Pero si apenas hacéis nada. Sólo vendéis artículos de mala calidad a la gente estúpida que hay en este maldito pueblo. – ¿Cómo? ¡Retira lo que acabas de decir! –concluyeron enfadados los participantes de la obra. – ¿Os acordáis de joven chaval que os engañó a la mayoría de vosotros en el mercado? Sí, ese era yo. Sois gente muy estúpida que cualquier niño de apenas doce años puede reírse de vosotros por tener una mínima cultura. A partir de este momento, se anuló la creación de una obra de teatro escrita por Larra; según él, quería hacer recapacitar a la población sobre sus pensamientos... pero no lo consiguió. Éste poseía unas creencias y opiniones muy diferentes a las del pueblo. Todos los habitantes estaban muy cabreados con él, desde joven había generado problemas y, tras lo ocurrido anteriormente, todo el mundo sentía mucho odio contra él. En ocasiones recibió varias amenazas de muerte, por lo que decidió mudarse a vivir a Valladolid, un lugar tranquilo. Durante ésta época escribió muchas obras en soledad, unas de las más importantes fueron “El Castellano Antiguo” y “Vuelva usted mañana”. Larra se sentía aislado del mundo, por lo que llegó a un momento muy reflexionado en el que percibía que su vida ya no tenía sentido. A los veintisiete años de edad, Mariano José de Larra se suicida, trágico acto que se planteó desde la muerte de su querida tía-abuela María y que fue producto de una continua depresión y aislamiento hasta el último de sus días.
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El Sueño Todo comenzó aquella tarde refrescante de primavera, niños jugando en el parque, una temperatura no muy alta, el trino de los pájaros, era lo típico en esta estación del año. Para mí era todo lo contrario, sentía que era una tarde perdida, una tarde menos que me quedaba en mi ignorante vida. Me dirigía, desganado, a recoger a Elizabeth para hacer un trabajo de Literatura en la biblioteca, que nos había mandado nuestro profesor Manuel. Aunque más que un trabajo sentía que fuese un peso muerto, sin ningún trasfondo y finalidad didáctica. No obstante, Manuel me decía que me iba a enriquecer de los personajes del Romanticismo por la gran similitud que compartía con ellos. Cada paso que daba, recordaba el tiempo que perdía, aunque fuese minúsculo, todos los segundos y minutos desaprovechados sumaban horas. Sin embargo, hacer cualquier cosa con Elizabeth compensaba aquello. Ella era todo lo contrario a mí, su sonrisa nunca se apagaba, era simpática con todo el mundo hasta con los desconocidos, ayudaba a cualquiera, humilde a más no poder, inocente hasta tal punto que parecía una divinidad, pero, sobre todo, sabía apreciar cada instante de la vida. Seguí caminando por la calle, antes de llamar a la puerta de Elizabeth, la encontré afuera como habitualmente mirando el cielo, siempre en su mundo. Ella no se percató de mí. –¡¡¡¡BOOOOOOO!!!!. – ¡¡Aaaaaahh!! –sobresaltó enérgicamente. – Menudo susto me has dado, casi me quedo en el suelo imbécil. – Ja ja ja ja, solo quería que despertases de tu mundo –dije con un poco de labia. – Muy gracioso, Ángel, como lo vuelvas a hacer una vez más no te hablo nunca jamás. – Venga, no te enfades mujer. – No, si no me he enfadado –me dijo con sarcasmo. – Venga, vámonos antes de que cambie de idea. – Eso eso, el trabajo no se va a hacer solo. Empezamos a caminar para dirigirnos hacia la biblioteca. Este momento no era como el anterior que iba solo, Elizabeth me hacía sentir diferente en escasos minutos. Como no, en el trayecto, varias personas necesitaron ayuda por lo que Elizabeth se ofreció. Esto hizo que nos demorásemos más tiempo en llegar a la biblioteca, pero, como ella decía, merecía la pena. Al llegar a la biblioteca, comencé a coger varios libros de autores relacionados con el Romanticismo, pero, Elizabeth no tuvo la misma idea. Se puso a hablar con varias de sus amigas que estaban haciendo el trabajo. Así que me acerqué para llamarle la atención. – Elizabeth, ven ya. Dije con desesperación. – Voy, es que estoy hablando de la fiesta que montó Enrique anoche. – Vale, pero no tardes mucho. Anuncié con una sonrisa falsa Al escuchar la palabra “Enrique” se me cortó el cuerpo. Esa palabra tan simple y corta me producía un gran malestar . Él era el supuesto novio de Elizabeth. Ese chico era el pecado en persona, violento, agresivo e impulsado por el deseo sexual. Solo le faltaba barba para ser como el típico malo de las películas. No sabía qué le podía gustar a Elizabeth de él, sin embargo, tenía que aceptar esa realidad. No quería pensar más en ello, por lo que decidí comenzar el trabajo yo solo. Cogí el portátil, abrí un documento y le puse un buen título al trabajo. Todo parecía bastante sencillo,
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hasta que me di cuenta de que me faltaban libros para reunir la información del proyecto, por lo que fui a preguntar a la bibliotecaria. – Hola, perdone. Por casualidad quedan más libros relacionados con el Romanticismo. – Buenas, creo que no. Pero puede comprobar en la sala que hay debajo de la biblioteca. Allí, guardamos archivos y libros aún por clasificar. Tome la llave, enseguida le acompaño –expuso con simpatía. – Muchas gracias. Para ser honesto, la simpatía de la bibliotecaria me sorprendió. Quién imaginaría que pudiese entrar a una sala donde podría haber una cantidad superior de libros y archivos que no se habían dado a conocer a la gente de la ciudad, sin embargo, mis expectativas se vieron reducidas cuando por fin llegó Elizabeth. – ¿Qué pasa, Ángel?¿No has comenzado con el trabajo? – Sí, es que estoy esperando a la bibliotecaria a que me acompañe a coger más libro para el trabajo – ¡¡Más!!¡¡¿No son suficientes estos cuatro?!! –gritó sorprendida. – No, necesitamos toda la información posible. – Bueno, tu sigue leyendo los libros y yo voy a por los otros. ¿Te parece bien? – Perfecto, no tardes mucho. – Volveré enseguida. Me coloqué cómodamente en la silla y emprendí la lectura de uno de los libros. Inesperadamente, me cautivó de repente, las características y personajes representantes de este movimiento se asemejaban demasiado a mí, o más bien, yo a ellos. Manuel tenía toda la razón. Gracias a esto, el proyecto se hizo menos pesado, iba escribiendo con más fluidez y mi interés iba aumentando por momentos, hasta que recordé que Elizabeth no había vuelto. Perdí la noción del tiempo, había pasado una hora. Me puse un poco nervioso y decidí ir tras ella y la bibliotecaria para ver como iba la búsqueda de los libros. Encontré fácilmente las escaleras que conducían a la sala de debajo de la biblioteca. A mi parecer, estaban un poco descuidadas y con suciedad, aunque, con la poca visibilidad, no se notaba mucho. Sorprendentemente, la sala se encontraba sola, sin ningún tipo de rastro de las dos. Me asusté un poco, pero, con mi gran “valentía” indagué para encontrar la respuesta de esta escena de filme. Como no, nada, ninguna pista, nada más que el aire que respiraba. De repente, vi un agujero de un tamaño considerable detrás de lo que parecía un cajón clasificador. Me dispuse a mirar el extraño agujero pero me caí dentro. Perdí el conocimiento, al levantarme me sentía un poco confundido y mareado, con bastantes náuseas. Me encontraba en una sala pequeña y acogedora con un color de pared apagado, según mi criterio, una sala de estudio. Salí de la habitación e investigué varios cuartos. La casa era pequeña con un estilo clásico, muebles de gran valor y paredes repletas de cuadros y espejos. En uno de ellos, el salón, casi me desmayo, me quedé pasmado al ver a Elizabeth hablando con el gran Gustavo Adolfo Bécquer, uno de los personajes que teníamos que exponer en el trabajo. – ¡¡Pero qué!!¡Estoy soñando!¡Usted es Bécquer! –grité. – El mismo que viste y calza –dijo con un tono gracioso. – ¡¡Elizabeth, estás aquí!! ¡¿Pero cómo?!. – Anda, ven y siéntate –anunció con tranquilidad Elizabeth.
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– ¿Cómo es que estamos aquí, Elizabeth?¿Y la bibliotecaria?. – No lo sé, sin embargo, aprovechemos este momento para hablar con el magnífico Bécquer. Así podemos reunir información de él. – Qué graciosa es esta bella dama, no me elogie de esa forma –expresó con humildad. – ¿Puede decirnos una breve biografía sobre usted? – Como si fuese su biografía –enunció con mucho interés Elizabeth. – Bueno, lo intentaré, aunque será muy superficial. – No importa, cualquier información es de gran ayuda –dije con mucha atención. Fue un momento grandioso. Elizabeth y yo estábamos completamente en silencio, solo se escuchaba la voz de Bécquer. Sus palabras, sus gestos, cómo expresaba cada situación sobre su peculiar y entrañable vida. El conjunto de todo esto, creaba una atmósfera acogedora e irrepetible. Lo peor, tenía un fin, pero, doble. El de su conversación y el que desconocía el propio Bécquer. Al terminar ese momento tan glorioso, me dio ganas de decirle como seguía su vida, para así poder evitar ciertas cosas, no obstante, sabía que no iba a cambiar nada. – Chicos, ¿qué os ha parecido? –dijo con una gran sonrisa Bécquer. – Sin palabras, indescriptible –declaró Elizabeth. – Su expresión, su vida. He sentido una gran empatía –expuse con admiración. – He notado que nos parecemos bastante. Por cierto, ¿tu nombre es?. – Me llamo Ángel, señor Bécquer. – Muy curioso, tu actitud no coincide en nada –dijo con un tono gracioso. – Es lo que siempre he pensado yo –dijo Elizabeth detrás de una carcajada. – De todas maneras, eso no tiene que coincidir –dije con indignación. – Tranquilo, tu personalidad la haces tú no naces con ella. Estuvimos conversando otro rato, pero, de una manera más cercana. Me sentía extraño, Bécquer sabía con gran exactitud cosas sobre mí. Mientras me levantaba para ir al baño, caí súbitamente al suelo. Otra vez la misma situación, con la diferencia de que me desperté en el agujero de la biblioteca. Toda la experiencia vivida con el gran Bécquer había sido un simple sueño. Al salir de aquel agujero encontré a Elizabeth y a la bibliotecaria. – ¿Qué haces ahí? –dijo confundida la bibliotecaria. – Os estaba buscando y me caí en el agujero. – Ya mismo lo taparán, ha habido un problema con la tubería –explicó la bibliotecaria. – ¿Te encuentras bien, Ángel? –preguntó Elizabeth – Si, estoy bien, sólo un poco mareado. – Ya encontré los libros, vámonos a terminar el trabajo. – ¿Dónde estaban?. – Los acababa de devolver un hombre. – Perfecto, vamos a terminarlo. Regresamos a terminar el trabajo del Romanticismo. Decidí no contarle nada a Elizabeth sobre el sueño. Me tomaría por un loco e, incluso, se reiría de mí, pero, toda aquella fantasía no podía haber sido mentira. Bécquer, la conversación con él, su casa, todo parecía demasiado real, no obstante, la única explicación posible es que fuese un sueño. Terminamos el proyecto con creces, Elizabeth se encontraba exhausta. – ¡Ha quedado impecable! –exclamó Elizabeth.
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– Bueno, eso ya lo decidirá el profesor –enuncié con pesimismo. – Sacaremos un diez. – Eso espero. – Llévate el trabajo. He quedado con Enrique –dijo Elizabeth. – Vale, me lo llevaré. Nos despedimos afuera de la biblioteca. Elizabeth se fue en busca de Enrique y yo dirección a mi casa. Al entrar por la puerta, me fui directamente a mi habitación y me tumbé en la cama. Mirando al techo, estuve reflexionando sobre el sueño y mi vida hasta ese momento. Llegué a la fatídica conclusión de que todos los momentos especiales de mi vida habían sido una ilusión, una fantasía, un recuerdo para el olvido de mañana. Nadie sabía de ellos y yo los olvidaba con el paso del tiempo.
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Recuerdos de un escritor cualquiera Desperté en mi habitación, fría y sobria, como siempre. No era capaz de recordar nada sobre el día anterior, quizás fue el alcohol, quizás ya morí. Me levanté lentamente, sin fuerzas, me vestí y aseé para bajar a desayunar como cualquier otro día. Aquella vez solo tomé un café, y me fui. Decidí ir a dar un paseo para despejarme e intentar recordar algo de ayer. Me encontré con María, una mujer que regentaba un hostal, ella me preguntó: – ¿Qué tal estás? Yo no supe contestarle. Pero un breve “bien” salió de mi boca. – Me alegro – dijo sonriendo, y se marchó. Continué andando, todos me preguntaban lo mismo, no podía entender la situación en la que me encontraba. Me dirigí hacia las afueras del pequeño pueblo para alejarme de todo el bullicio del centro. Allí se respiraba paz, me senté bajo una encina, observando el cielo azul, la hierba acariciaba mis manos y el ruido de los animales me tranquilizaba pero me faltaba algo, no podía recordar el qué, sentía la soledad. Volví a mi apagado cuarto, no para dormir sino para reflexionar sobre lo sucedido. Me pregunté a mi mismo qué era ese sentimiento de soledad, me sentía solo, me faltaba algo, además me resultó extraño que todos se preocuparan por mí, si nunca lo habían hecho. Pasaron horas y horas, seguía en el mismo lugar, sin saber lo que tanto añoraba, empecé a volverme un poco loco, pensé que nadie me comprendía, que nadie sabía quién era yo; “¡No me juzguéis!” grité. Aquello no tenía sentido, no me reconocía. Ahogué mis indecisiones en alcohol, y volví a despertar en el mismo lugar de siempre. Mi vida no tenía sentido. Hice lo mismo que todas las mañanas, pero esta vez todo era más oscuro, quizás fue el alcohol, quizás ya morí. Aquello no me preocupaba, me había acostumbrado en cuestión de horas a aquel sentimiento al que llaman soledad. Ansiaba todavía más averiguar la causa de esta sensación. Recordé que había quedado con Ana en un antiguo café en las afueras del pueblo. Ella era perfecta, me encantaban sus ojos y su sonrisa, siempre conseguía hacerme reír, me gustaba estar con ella, se puede decir que es “mi amor platónico”. Esta tarde iba a pedirle salir, pero ya no como amigos, sino como enamorados. No paraba de pensar en cómo sería la vida a su lado, pero a la vez estaba nervioso por si ella lo rechazaba. Quedaban pocos metros para llegar al café, cuando me encontré con un antiguo compañero de trabajo, iba con prisa, así qué solo nos saludamos, pero él lo hizo de una forma un tanto extraña, como si algo horrible hubiera sucedido. No me preocupé demasiado, ya que estaba contento por mi “cita” con Ana. Llegué al lugar acordado, ni rastro de Ana. Pensé que tendría algo que hacer y llegaría un poco tarde. Esperé mientras me tomaba un café negro con un par de galletas. Los minutos pasaban y pasaban, pero no llegaba nadie. Continué esperando hasta que el café cerró. Me pregunté por qué no había venido, me desilusioné un poco pero otra vez sería. Su casa quedaba cerca, así que me dirigí hacia allí para preguntarle sobre lo sucedido. Llamó dos o tres veces a la puerta, pero nadie contestaba, comencé a preocuparme. Cuando estaba a punto de irme, alguien abrió la puerta, era su madre. Cuando me vio comenzó a llorar, y cerró la puerta inmediatamente. No sabía lo que estaba ocurriendo, ¿por qué estaba llorando? En ese momento me sentí frustrado, y sin ganas de nada. Llegué a casa, y decidí escribir una carta a Ana, explicándole lo sucedido, y pidiéndole otra cita. Ya era tarde pero no tenía sueño, me quedé acostado en la cama, observando el techo de mi
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fría habitación. Comencé a reflexionar de nuevo, no comprendía lo ocurrido, me pareció extraño no ver a Ana todos estos días por el pueblo. Pensé que quizás había ido de viaje un tiempo. Seguía sintiendo aquella soledad. Mañana tenía que ir a trabajar, pensé que me serviría para despejarme las ideas. Desperté de nuevo, aún era de noche. Desayuné como todos los días y me fui al trabajo. Trabajaba como escritor de prensa, me gustaba escribir críticas y algunos artículos curiosos pero odiaba escribir sobre la política o la sociedad de hoy en día, me parecía aburrida, además pensaba que España era un país lleno de vagos, por lo que habría que cambiar ciertas cosas para remediar este hecho. Entre todos mis compañeros me regalaron una cesta de llena de fruta, con una nota en la que había escrito lo siguiente: “Lo sentimos”. Seguía sin enterarme de lo que pasaba, pero acepté el regalo de buena forma. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, pensando en lo que estaba ocurriendo. No podía concentrarme por lo que me fui debajo de aquella encina, como siempre hacía. Los prados verdes me solían hacer sentir bien pero en ese momento ni los prados, ni los animales de por allí, me hacían sentir de ese modo. No podía separarme de aquel sentimiento de soledad, cada vez más fuerte, comencé a deprimirme, no sabía lo que hacer. Me marché a “La Cantina” una taberna cerca de la estación de tren. Me senté en un lugar un tanto alejado de la barra y comencé a beber. Después de esto lo único que recuerdo es despertar en un banco de la calle. Me daba asco a mi mismo, quería desaparecer. Aún había algo que me mantenía con vida, Ana, esperaba con ansias que me contestara a la carta que le envié. Miré el reloj, llegaba tarde a la oficina; pero me daba igual, diría que me encontraba mal y así no haría falta que fuese. Con parte de la mañana libre di un largo paseo alrededor del pueblo. El olor a alcohol que desprendía se contrastaba con el de las flores, los animales me observaban con desesperación, me sentía como una mierda. Por un momento perdí toda esperanza, y me tumbé en el suelo. Me pareció ver una silueta a lo lejos, que se acercaba cada vez más. ¡Era Ana! Me levantó, le pregunté que había sucedido, ella me contestó con un beso. De repente desperté, me había quedado dormido en mitad del camino. Supe que todavía tenía esperanzas, Ana. Seguí avanzando no quedaba mucho para que anocheciera así que, aligere el paso. Estaba a punto de llegar a la entrada del pueblo, cuando sobre uno de los montes que lo rodeaban, vi el cementerio, tranquilo y oscuro, como siempre. No solía ir mucho por allí, no es que me diera miedo, sino que nunca no me llamaba demasiado la atención pero en estos días donde nada tenía sentido, pensé que quizás ir a un ligar como aquel, me aclararía las ideas. Mientras llegaba a casa, pensé que ir de noche resultaría mejor, ya que por el día algunas personas solían velar a sus difuntos, y estas me distraerían. Llegué y cené unas piezas de frutas, a pesar del largo camino que recorrí, no tenía demasiada hambre. Me quedé un rato viendo la televisión, lo cual era extraño en mí porque casi nunca la encendía. Aún era pronto para irse a dormir, por lo que me quede escribiendo algunos artículos del trabajo, así podría partir antes. Entre tantas letras, el tiempo pasó volando. Fui a la habitación e intenté dormir pero recordé el sueño que tuve mientras daba aquel paseo. Me quedé pensando durante toda la noche, no comprendía porque Ana apareció en mi sueño, quizás fue porque hace mucho tiempo que no la veía, razoné, pero seguía sin tener mucho sentido. Ella seguía sin responderme a mi cartas, y sin volver de aquel viaje; sus padres tampoco me aclaraban muchas dudas, sino que me liaban más. Al final conseguir dormir, para despertarme poco después por el despertador. Me dirigí hacia el trabajo, esta vez con un poco más de ganas, que estos días atrás, sería por la “excursión” que iba a realizar después del trabajo, pensé. Terminé de escribir los artículos que me quedaban y me dirigí hacia el cementerio, antes me paré en la panadería para comprar algo de comida. Lola me atendió, era
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un joven muy simpática, que trabajaba allí desde hace tres años. Me atendió como siempre, pero al marcharme dijo: “Lo siento mucho”. Salí de la pequeña tienda y todos aquellos sentimientos de soledad y frustración volvieron a mi. Aún así seguí mi objetivo. Subía aquel tortuoso camino del monte, era primavera, las flores de los almendros bailaban con el viento soltaban un olor que me recordaba al perfume de Ana. Los pájaros cantaban con un tono de tristeza, por un momento pensé que este paisaje era como el paraíso, algo idílico e imposible de alcanzar. Seguí avanzando se podía escuchar el agua bajar por el río, algunos animales se acercaban a mi paso, todo aquello era maravilloso, se respiraba una majestuosa armonía. Cuando termine de subir, pude ver el cementerio, a uno o dos kilómetros, todavía no era muy tarde, por lo que decidí esperar un poco a que se fueran las personas que seguían allí. Me tumbé bajo una encina, me recordó a la encina en la que me tumbaba, cuando no tenía esperanza, o no me llegaba la inspiración; pero esta era mucho más grande, y más apagada. Llegó el momento de entrar, ya no quedaba nadie dentro y empezaba a oscurecer. Contrastaba con el paisaje anterior, pero prefería este. Tranquilidad, silencio, frustración, soledad... Trasmitía todos aquellos sentimientos que sentía, sin saber por qué. Estuve deambulando por todo aquello, leyendo algunas de las tumbas. En una de ellas, decía: “Mariano José de Larra”; vinieron recuerdos a mi cabeza de este hombre, aunque no tuve el placer de conocerlo, leí muchas de sus obras. Me encantaban los artículos y críticas de El Fígaro, como lo solían llamar, pero lo que más me gustaba de su obra era su estilo. Hombre romántico de corazón ilustrado decían, la forma en la que escribía era un tanto singular, y a decir verdad se parecía a mí; me consideraba un tanto romántico, y al igual que yo, el también tenía un gran amor, pero este le rechazó, y tras otra seria de causas, que lo llevaron a la continua frustración y soledad terminó suicidándose. Yo también podía sentir aquellos sentimientos, pero en cambio a mi todavía me quedaba Ana, ella era la que me retenía en este mundo y a diferencia de él, seguro que me aceptaría. Lo de Larra fue un conjunto de malos acontecimientos que lo llevaron a la locura, pensé. Yo no acabaré igual, me dije a mi mismo; pero algo en mi interior no estaba tan seguro. Justo cuando me iba a marchar; con las ideas más claras, gracias al recuerdo de Larra; un fuerte viento apagó todas las velas que alumbraban las tumbas, excepto una. Me dirigí hacia esa tumba, aparté un poco de tierra, y leí: “ Aquí yace Ana Sánchez Pizarro”. Me fallaron las piernas y caí redondo al suelo. Todo se llenó de eterna oscuridad y comencé a sentir frío. Era ella, era Ana. Ahora entendía por qué la gente se preocupaba y daba el pésame. Todo cobraba sentido, pero ya daba igual, lo único que me mantenía con vida había desaparecido, ya nada me importaba. Salí lentamente de mi verdadero hogar, el cementerio. Bajaba por el mismo camino por el que subí, pero esta vez todo era siniestro, sentía como los animales clavaban sus ojos en mí; y como las espinas de las zarzas me azotaban las piernas. Mi perspectiva cambio en un par de segundos, todo era más sobrio y frío. Quedaba poco para llegar al pueblo, pero desvíe mi camino. Subí las escaleras de la desesperación, mientras recordaba todos aquellos momentos inolvidables, todos aquellos artículos escritos, las obras de Larra... Ya era tarde para recordar todo aquello, se acababan los escalones, seguía sin recordar nada de lo que pasó, pero no importaba, dejaría de sufrir pronto, estaría con Ana en un lugar mejor. Solo un paso me separaba de aquel abismo de frustración. Salté, salté más que nunca. Mientras caía aún escuchaba el sonido de los pájaros cantar, y el viento me abrazaba de tal forma, que me hacía recordar a Ana. Unas lagrimas cayeron de mis ojos, no eran de dolor, sino de alegría ella me esperaba allí, podía sentirlo. Poco a poco se acercaba el final, no tenía más que pensar, mi vida ha sido demasiado corta y amarga. Creía
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que este momento no iba a llegar nunca, que viviríamos felices juntos pero claro, loco de mí, la felicidad no existe. Nunca se encontrará. Solo pido justicia para todos aquellos que contribuyen a este hecho. Ojalá se retuerzan de dolor. Que me culpen por mis sentimientos, soy así. En realidad, ya había muerto, pero no me había dado cuenta, no era yo, algo de mí sabía que Ana no volvería, pero no quería reconocerlo. Al fin el momento llegó, abandono esta vida, espero que mis peticiones sean escuchadas, espero poder reunirme con mi amada, espero morir. Quizás fue el alcohol, quizás ya morí.
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Todo se puede no conseguir Era el año 2055 y después de tres nuevas guerras mundiales la gente ya pierde la fe en la humanidad. Miro a todos lados y nada es como antes. El ansia por el poder lo ha corrompido todo. Poca gente sale a la calle. Todo es miedo y soledad en este mundo vacío y sumido en el caos. Bff, Cristian ¿Cómo hemos llegado a esto? empezó la conversación Pedro. No tengo ni idea pero hemos llegado a un callejón sin salida. Lo sé. Mira, aquí llega Carlos. Hola chicos. Acabo de hablar con un tío mas raro… Estaba en el cementerio y de repente apareció. Pero lo más increíble es que en tres palabras que hemos intercambiado me ha hecho pensar. Y sí, la sociedad se puede cambiar pero necesito vuestra ayuda nos contó Carlos, bastante emocionado. Hum.. Interesante, tendrías que presentárnoslo Lo haré. Llegué a casa pensando en lo que había dicho Carlos, ese hombre podría, quizás, ayudar a cambiarlo todo y conseguir una armonía en este mundo de locos. Al día siguiente no podía esperar a conocer a tal misterioso hombre. Intenté recordar las palabras de Carlos. Y así averigüé que podría estar en el cementerio. Así que me dispuse a ir allí.Efectivamente, allí lo encontré. Sentado en un banco. Escribiendo en un papel arrugado y sucio. ¡Buenos días! fue saludado. Pero él no respondió. Soy Cristian, amigo de Carlos, me contó que ayer estuvieron hablando pero no me hacía el más mínimo caso. No fue hasta cuando estuve a un paso de él cuando pareció darse cuenta de que estaba allí. ¡Ahhgg! gritó !Vaya susto! ¿Dónde están tus modales, joven? Upps.. Perdone. Soy Cristian amigo de Carlos le respondí confuso. ¿Carlos? No me suena… La vida es un sin sentido…. Nunca me acuerdo de las cosas… ¿Por qué seguir viviendo? Ya no hay esperanza. Estamos perdidos. Este no parecía el hombre revolucionario que iba a cambiar las cosas…. “Que raro” pensé. Bueno… Pues el caso es que él me dijo que usted podría cambiar la sociedad. ¿Yo? Y así lo haré. La vida es prosperidad y así que hay que tener fe. Pero si acaba de decir qu… Chhss…(Me interrumpió) Calla y escucha. Mi plan es atacar desde el pueblo. Uniéndolo para reclamar nuestros derechos… Si conseguimos eso todo es posible… ¿Y cómo piensa hacerlo? pregunté extrañado. Solo. La soledad me ayuda a pensar mejor y descubrir una manera para salvar la sociedad.. Aunque no sé para qué me esfuerzo si todo está perdido. Si quieres mi grupo de amigos y yo te podemos ayudar. Emm…. Sí, sí.. Lo primero es unir a el pueblo dijo muy convencido.
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Vaya tío mas raro me quedé pensando. Y encima no le he preguntado ni el nombre. Al día siguiente reuní a todos los amigos que pude y los llevé hasta el cementerio. Allí encontramos una vez más al mismo extraño hombre sentado y escribiendo. Hola a todos. Yo soy Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, escritor, periodista y político. Y os voy a explicar cómo voy a cambiar el país y lo voy a sacar de las sombras en las que este se ve envuelto. Todos se extrañaron al oír ese nombre tan raro y su forma de hablar. Lo primero es que hay que cambiar el software de la central de armas que se encuentra a las afueras. Y habrá que salir esta noche. Os quiero a todos aquí cuando caiga el sol. Nuestro amigo Mariano sonó muy convincente y me inspiraba confianza, no se, es como si lo conociera. Todos hicieron sus preparativos para la salida. Era arriesgado, pero qué optativas tenían. Llegué a mi casa con el tiempo casi justo y le pregunté a mi hermana: María, ¿te suena el nombre de Mariano José de Larra? Hermano, creo que ya sé como salir de este estado de continuas guerras y cómo hacer que la gente recupere su entusiasmo me respondió ignorando mi pregunta. Esta noche marchamos hasta el centro de armas para configurar su software y bloquear las armas para que no puedan ser usadas. Es un buen plan. De hecho mejor que el mío… No te preocupes, puedes ayudar si quieres. Cuantas más manos mejor. Sí claro, me gustará conocer al cerebro de la operación. ¿Cómo has dicho que se llamaba? Larra, Mariano Larra. Me suena pero no consigo saber quién es. Al fin cayó la noche y nos dirigimos todos juntos al cementerio. Nos encontramos a Mariano llorando porque se le había roto el folio donde estaba escribiendo. Empezó de nuevo a decir que nada tenía sentido. Que la oscuridad y la soledad era lo único que nos quedaba. Pero de repente dejó de llorar, se secó las lágrimas y por fin salió del cementerio. Todos juntos caminábamos hasta la base de armas. Miraba a todos lados pero no encontraba a mi hermana María, así que arriesgándome a que me pudieran pinchar la llamada o algo, la llamé al teléfono. ¿María? ¿Dónde estas? Ya sé de qué nos suena. Era tan obvio. Esta tarde he ido a verle y por la cara lo he reconocido, pero me he enfadado con el, porque su plan no está demasiado bien estructurado y le he roto el papel en el que escribía. ¿Sabes que se ha puesto a llorar? Pues dime. ¿Quién es? ¿Recuerdas a Manuel Nevado? Ese profesor tan bueno que tuviste en cuarto, con el que estudiaste el romanticismo. Sí. Lo recuerdo perfectamente pero… ¡ah! ¡Si! Larra era uno de los exponentes más importantes del romanticismo español. Pero él era un ilustrado con alma romántica… ¡Claro! ¡Por eso cambia tan rápido de carácter! Pero… ¿recuerdas el final de la histor…? La llamada se cortó de repente y no sabía muy bien qué decía o a qué se refería. No se si se había aclarado el camino o me había confundido aún más. ¿Cómo era posible que Larra estuviera allí? Andábamos ya muy cerca del recinto cuando nos reunimos para idear un plan. Larra sacó de su chaqueta un plano de la base, donde aparecía dibujado las cámaras, centros de datos… todo con minucioso detalle. Pero ya nada tenía sentido así que ni me plantee preguntarle de donde lo había sacado. El equipo A estaría formado por los más hábiles que se colarían por un punto ciego del
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sistema de seguridad. Ellos desactivarían las cámaras mediante una clave que curiosamente también tenía Larra. El equipo B era el equipo de Larra y en el se encontraba la gente que tenía algunos conocimientos de programación. Por último el equipo C montaría guardia fuera. Yo pertenecía a el equipo C. Precisamente no era buen escalador, ni me interesaban los ordenadores. Me quedé pensando en mi conversación con mi hermana. La volví a llamar pero no me lo cogió. Carlos estaba también en mi equipo así que le pregunté por si él sabía algo. Carlos, ¿te acuerdas de ese genial profesor llamado Manuel Nevado con el que estudiamos y aprendimos tantas cosas? −Por supuesto, como olvidarle respondió Carlos con cierto grado de admiración. Entonces recordarás el romanticismo español, al que pertenecía Larra. Larra… Larra… ¡Sí! ¿Insinúas que podría ser él? Eso dice María. Pero… ¿cual fue el final de su historia? Pues… terminó por suicidarse porque quiso cambiar la sociedad y no lo consiguió. Ehmm, un momento, entonces como no consigua desactivar al sistema de armas… De repente una gran explosión arrasó la ciudad. El único grupo de personas que pretendían rebelarse ya no existía. El mundo se sumió en la penumbra y en un melancolismo eterno de una realidad que se pudo conseguir.
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Mi Vida Noche del 29 de septiembre del año 1857, son casi las 10 y todavía no he vuelto a casa, así que mis padres se estarán empezando a preocupar. En realidad, yo creo que no deben estar tan preocupados porque vaya a llegar tarde a casa, sino porque últimamente he estado hablando un poco, quizás demasiado, con Raúl, el nuevo chico que llegó a la villa. He estado hablando y relacionándome con él porque me sorprendió mucho su historia, la historia de cómo ha llegado hasta aquí, ya que me parecía que violaba la libertad de las personas. Me parecía casi repugnante obligar a una familia a mudarse desde Andalucía hasta Barcelona solo por el hecho de que una familia apoderada así lo decidió. Justo cuando iba a acabar de leer la primera página, mi hijo llamó a la puerta para pedirme un trocito de pan. Se lo di, pero me costó ya que sabía que al final este trozo no iba a ser para él, sino para Emilio, un matón de barrio. Rápidamente subí de nuevo para terminar de leer ese diario que yo mismo escribí. Pasaban los minutos y cada uno de estos me arrepentía más de no haber ido a la escuela, aunque quizás no fue solo mi culpa, quizás mi concepto de libertad no estaba aún tan desarrollado como para rebelarme ante la sociedad y por fin decidirme a dar el paso hacia la enseñanza, hacia el saber. Aunque ya basta de tanta autocrítica. Acabé la primera página y Gustavo, sí Gustavo Adolfo Bécquer, me llamó para proseguir con las clases de poesía, ya que mi marido era uno de los escritores más representativos, en mi opinión, de la época. Él fue el que me enseñó que las personas debemos ser inconformistas, que debemos tener una visión personal de todo lo que ocurre en nuestro alrededor. Desde hacía ya unos días había estado insistiendo mucho en las clases ya que quería morir, le acababan de diagnosticar tuberculosis pero yo nunca me di cuenta de que padecía esta enfermedad, sin transmitir todo lo que sabía y todo lo que pensaba y a quién mejor para hacerlo que a mí, sus esposa. En realidad; empecé a sospechar que algo le ocurría, aunque no pensé que fuese a ser tan grave, el día en el que raramente no le apetecía componer más obras o continuar con las que ya tenía empezadas. Así que le pregunté: - ¿Qué te ocurre hoy, Gustavo? ¿Acaso te sientes mal? Te veo un poco agobiado. - No me pasa nada – contestó Gustavo no muy convencido de lo que decía. - Estás sudando mucho – alegó Martina. - Quizás esté un poco resfriado, pero me siento bien – insistió una vez más Gustavo-Vale, contesté – Martina conocía a Gustavo y no se lo creíaAl día siguiente le acerqué el desayuno a la cama, porque tardaba mucho en levantarse, y de nuevo le veía cada vez peor la cara. Pero como no me decía nada yo solo seguí haciendo las tareas de la casa. Cinco minutos más tarde recordé que se me había olvidado subir una cuchara a Gustavo para que se tomase la sopa, así que se la acerqué. Subí despacio porque no oía ningún ruido en la habitación y quizás se había vuelto a dormir. Cuando entré descubrí lo que nunca quería ver: se estaba tomando unas pastillas que mi padre tomaba para aliviar el dolor de la tuberculosis y como no quería que Gustavo acabase igual que mi padre intenté llamar a un médico, pero Gustavo no me dejó, ``lo único que te pido es que no llames a un médico, quiero morir feliz´´, así que cogí el libro que él me entregó el primer día de las clases y se lo entregué, instintivamente lo cogió y empezó a leerlo con una gran sonrisa dibujada en su rostro, ocultando sin querer, el dolor que le provocaba la enfermedad. Terminó de leerlo y al cerrar este sus ojos se cerraron a la vez que su corazón dejó de latir y sorprendentemente una amplia sonrisa se dibujó en mi cara, y no sé cómo pero sentí una fuerza en mi pecho muy grande. Justo después cogí el libro con el que Gustavo había muerto y comencé a leerlo y releerlo muchas veces. Pero cuantas más veces lo leía, más triste me ponía, no al recordar a Gustavo, que en parte
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también un poco, sino al recordar a mi maestro. Quizás penséis que no fui buena esposa ya que lo normal es recordarlo continuamente pero yo diferenciaba a Gustavo entre marido y profesor y como profesor me ha enseñado tantas cosas que me invaden cuando pienso en los malos momentos que hemos pasado. En la siguiente página se cuenta el momento de la muerte de mi padre y sorprendentemente era muy parecida a la de Gustavo. Al instante de terminar de leer el capítulo mi hijo me llamó para que le ayudara con unos deberes de Lengua Castellana y Literatura, el ejercicio consistía en: ``Escribe 2 poemas inventados´´. En el momento en el que terminé de leer el enunciado se me vino a la cabeza todas las técnicas que Gustavo me enseñó y todos los poemas que me hizo aprender. Así que procedí a ayudarle: yo le dictaba el poema y él lo copiaba en el cuaderno. Mujer, yo hubiera sido tu hijo… No pares ahora mamá, me dijo mi hijo. La verdad es que me apetecía mucho recitar este poema pero algo invisible me lo impedía. Pero es un sobreesfuerzo conseguí decirlo sin parones: Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial, por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte en la risa de oro y la voz de cristal. Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal, porque tu ser pasara sin pena al lado mío y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-. ¡Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría amarte, amarte como nadie supo jamás! Morir y todavía amarte más. Y todavía amarte más y más. Muchas gracias mamá, ya solo falta uno. Ya voy hijo le contesté, solo un momento, subo a la habitación y en cinco minutos estoy de vuelta. Subí a la habitación y cogí el libro con el que mi marido murió y en la última página de este ejemplar recordé que había escrito un poema que a Gustavo le encantaba porque contenía todo lo que me había enseñado. De nuevo bajé al salón ya que mi hijo se estaba empezando a poner un poco nervioso y no quería que subiera a buscarme porque mi marido estaba muerto en la cama. Así que procedí a dictarle el segundo poema, y efectivamente este es el poema del que he estado hablando anteriormente, ya que quería que mi hijo recordarse indirectamente y sin saberlo a su padre al que por cierto adoraba. En nuestro Aniversario de Bodas en reconocimiento a ti, mi Amor: Por ser así tan especial para mí. Por llenar mi existencia de dicha. Por enseñarme que el verdadero amor se compone de tristezas y alegrías. Tú eres y serás siempre el verdadero amor de mi vida.
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El Sueño de las Flores A las afueras de Madrid, en el lugar donde los muertos tienen su tan merecido descanso, plagado de sauces llorones y caminos interminables de cipreses, se encontraba un hombre caminando entre las tumbas, la mayoría abandonadas y con hierba trepando sobre ellas, observándose como un testimonio silencioso de la inutilidad de los esfuerzos humanos. ¿Quién era ese joven extraño, de apenas dieciocho años, desaliñado?, os estaréis preguntando. Pues, sin avergonzarme, puedo decir que aquel joven de pelo y ojos castaños era yo, Leonardo, Leo para mis escasos amigos. Pues allí me encontraba, postrado ante la tumba de uno de mis escritores favoritos. Siempre he tenido preferencia por los escritores del Romanticismo español. — ¡Qué suertudo! Pudiste suicidarte sin que tus padres te mandasen al psiquiatra para ver qué te pasaba —dije frustrado a la lápida de Mariano José de Larra. Me gustaba, porque había sido un joven con un carácter inadaptado, inconformista y crítico con la sociedad de su tiempo, a la que encontraba inculta y sin espíritu de innovación—. Ojalá yo pudiese ponerle fin a mi corta, pero brillante vida porque el porvenir de la vida que me espera es horripilante; por mucho que me aferre en pretender cambiar a las personas con ideas más modernistas y más progresistas, solo consigo ser más inadaptado. Estaba absorto en mis pensamientos, cuando oí una voz detrás de mí. — ¡Eh! Usted no puede estar aquí —me gritó un vigilante—. Vamos a cerrar dentro de unos minutos. Le aconsejo que se vaya y vuelva mañana. —Este día, este cementerio está abierto por ser 1 de noviembre. Al menos es lo que está señalado en el cartel —repliqué indignado—. ¿O es que la sociedad ya ni siquiera se respeta a sí misma? —señalé en tono burlón. —Le he dicho que se vaya. No me obligue a sacarlo por la fuerza. —No me ha respondido. —Ni lo sé, ni me importa. Ahora, haga el favor de acompañarme. Parsimoniosamente, me fui acercando al vigilante para que me indicase la salida. Este, me dijo que le siguiese. A malas ganas, asentí y lo seguí con pasos lentos, pero largos, hacia el mundo de los vivos. Al llegar al exterior, el vigilante alargó la mano señalando la ciudad, por lo que me “invitaba” a irme de allí. Mientras que se cerraban las puertas de aquel mundo en el que tanto ansiaba entrar, me acercaba al Citroën DS4 de color bronce (cortesía de mis padres) aparcado entre los majestuosos cipreses. Con total destreza, me incorporé a la carretera camino de mi humilde morada. Durante todo el recorrido, estuve evocando versos y frases de Espronceda (“Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”) y de Larra (“se necesita muy poco arte y muy poca habilidad cuando se trata de entretener la malignidad pública”), respectivamente. Es una buena forma de evadirse de los problemas y pensamientos que pudiesen dar dolor de cabeza. De repente lo recordé, no había ido a ver a Marina en todo el día. Pisé a fondo el acelerador, adelantando a los coches con la maestría de los conductores de Fast and Fourious. Al llegar a Madrid, tuve que dar varias vueltas hasta que aparqué frente a la floristería que estaba cerca de la casa de Marina. — ¡Maldita sea! —susurré al ver el cartel de cerrado. Mientras pensaba en romper el cristal de la tienda para coger un ramo, vi de reojo uno en el asiento trasero de mi coche. Debería de haberlo dejado sobre la tumba de Larra, pero se quedó olvidado en el interior del coche cuando me fui. Abrí la puerta trasera y cogí el ramo de tulipanes. Sonreí. Qué casualidad que los tulipanes sean las flores favoritas de Marina. Corrí con prisa. Al llegar a la puerta, dejé el ramo en la entrada, llamé al timbre y me escondí en el recoveco de la esquina (cosa que hacía desde hace ya tiempo). Esperé durante unos interminables segundos, impaciente miré el reloj: supuestamente debería estar despierta. La
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puerta se abrió con el mismo chirrido de siempre. Por ella se asomó una joven rubia, tenía los ojos de color gris tormenta; era delgada, pero elegante, y de mediana estatura. Perpleja miró a sus pies y vio un ramo de tulipanes con una nota. Después de recogerlo y leer la inscripción, mostró la sonrisa más bonita que uno pueda imaginar y noté cómo le brillaban los ojos. Bajó corriendo las escaleras y dobló la esquina. — ¡Leo! —me llamó Marina mientras se acercaba. —Hola Marina, ¿cómo has sabido que era yo? —pregunté socarrón mientras me daba un caluroso abrazo. —Por nada… Solo me he dado cuenta por el ramo con la nota, propio de ti, y porque llevas llamando a mi puerta y escondiéndote dos años. —Casi dos años —maticé—, falta una semana para los dos años. — ¿Cómo lo sabes? —me miró extrañada. —Porque hace casi dos años que sufriste el accidente y mientras estabas en el hospital te prometí que iría a verte todos los días. Hubo un silencio. Nos estábamos mirando a los ojos y yo sonriendo. Ella me observaba como intentando leerme el pensamiento. Mientras que yo admiraba sus ojos, sus grandes, preciosos y emotivos ojos. Cuando desistió de adivinar mis pensamientos me preguntó si quería pasar a su casa a tomar algo. —No —respondí—, mañana tenemos clase y tienes que madrugar. Y con una sonrisa un tanto irónica, me volvió a abrazar y entró en su casa. Yo volví andando a mi apartamento, ya que sabía que mañana tendría que volver. Una vez tumbado en la cama, me costó conciliar el sueño. Cuando lo hice, me asaltaron las mismas imágenes y voces, de todo tipo de cualidades sonoras, con las cuales llevo soñando desde hace más de un año y medio. Cuando me desperté, supe que otra vez se me habían pegado las sábanas. ¡Eran las ocho y cuarto, y tenía que estar en la universidad a las ocho y media! Rápidamente, me levanté de un salto y me vestí con camisa y chaqueta, cogí una manzana que encontré en el frutero y salí corriendo por la puerta. “Rápido, rápido” pensaba. Después de hacer una carrera de obstáculos, sorteando coches y pasando varios semáforos en rojo, en los cuales casi tengo algún percance, llegué a la casa de Marina. Ella ya estaba fuera, cuando me vio fue andando con prisa, pero sin perder la elegancia, hacia mi coche. Se notaba un poco tensa y al sentarse junto a mí en mi modesto coche hacia la universidad, me reprochó seria: —Has vuelto a demorarte, ahora llegaremos tarde. —Lo siento, no volverá a ocurrir. —Eso dijiste la semana pasada y mira. —Realmente pienso que deberían cambiar los horarios, ¿quién puede levantarse tan temprano? —Yo, y la mayoría de los estudiantes de la UAX. –replicó Marina. Después de estas palabras tan severas, me miró casi con compasión y me preguntó lo único que yo no quería. —Me dijiste que tenías pesadillas, supongo que aún las tienes. ¿Sabes por qué se repiten todos los días? —Es bastante complicado y largo de explicar —mentí—, además estamos llegando, ¿o es que quieres que te deje con la intriga a mitad de la historia? —echándole una sonrisa picarona. Hubo un silencio incómodo el resto del camino. Al llegar al campus, nos despedimos y nos fuimos cada uno a nuestras respectivas clases. Estuve toda la mañana pensando de qué forma le iba a contar todo, porque sabía que no iba a desistir. Pasaron las horas y sonó el timbre que marcaba el fin de la última clase. Suspirando, recogí todos los papeles en los que estaban plasmados mis ideas, junto con los utensilios de escritura. Cuando salí por la puerta, vi como unas nubes negras se cernían sobre Madrid, junto con un viento frío y húmedo, como señalando que iba a pasar algo malo. “Por favor, hoy no.”
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Susurré en tono de súplica. De repente noté su presencia, Marina salía por la puerta iluminando este día frío y triste con su sonrisa. Se estaba acercando con prisa hacia el lugar donde me encontraba cuando sucedió. Salí corriendo hacia Marina, esperaba llegar a tiempo. Mientras que me aproximaba a ella, apareció un Ferrari rojo. Cuando estuve junto a ella, la empujé con todas mis fuerzas, su mirada denotaba incredulidad, ya que no se había dado cuenta del coche que se cernía sobre ella. Después de apartarla de la trayectoria del Ferrari, intenté apartarme, fallidamente. Lo siguiente que sentí fue un terrible y doloroso golpe en la cadera, lo que me impulsó varios metros lejos de mi posición inicial. Notaba cómo la vida se me escapaba de las manos. Nadie debería morir así. Oí a Marina llamándome, a lo lejos, la vista se me nublaba. Cuando llegó donde me encontraba, solo la podía ver como el día que nos conocimos, durante una noche solo alumbrada por la luna; pero sabía que estaba llorando: la oía y notaba el discurrir de sus lágrimas sobre mi rostro. — ¿Por qué lo has hecho? ¡No me dejes, te lo prohíbo!— me decía sollozando. Yo junté las pocas fuerzas que me quedaban para alzar la mano, acariciarle la mejilla, sonreír y articular la frase: “porque te quiero”. Entonces todo se volvió negro. Ahora me imagino que algún que otro se estará preguntando cómo pude escribir esto si al final muero. La respuesta es sencilla de decir, la cuestión es que te lo creas o no: todo esto lo vi en mis sueños. Los mismos que tenía hace un año y medio. Todo esto lo escribí antes de irme a dormir ese 1 de noviembre. “Por grandes y profundos que sean los conocimientos de un hombre, el día menos pensado encuentra en el libro que menos valga a sus ojos, alguna frase que le enseña algo que ignora.” Mariano José de Larra.
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Diferentes mundos paralelos Vivía en Madrid con su familia un niño llamado Mariano José de Larra, eran muy felices, tenían una economía media, pero pronto se independizó. Desde niño mostró un carácter inadaptado, crítico con la sociedad a la que encontraba inculta, apática y sin espíritu de innovación. En otro lugar del país, concretamente en Sevilla, vivía Gustavo Adolfo Bécquer. Y en el otro extremo de España, en Galicia, una niña llamada Rosalía de Castro. En un principio estos niños no tenían relación alguna, cada uno vivía su vida de forma diferente, pero tenían una gran cantidad de cosas en común. Todos terminaron viviendo en Barcelona, iban a la famosa universidad de “Menédez Pelayo”. Los tres eran súper inteligentes pero tenían una vida un tanto triste y solitaria. Cuando se conocieron, descubrieron todas sus similitudes, y aunque a ellos les extrañó mucho que una mujer tuviese tanta cultura, se hicieron buenos amigos. Desde aquel momento no eran tan solitarios y Larra cambió su carácter. Un día quedaron para comer y conocerse un poco más. –¡Hola chicos! (Comenzó Larra la conversación.) –Hola,¿Qué vamos a pedir para comer? (Respondió Rosalía hambrienta.) –He mirado la carta y me gustaría pedir una sopa de pollo y merluza con verduras. (Decidió Bécquer) ¿Qué os parece? A Mariano y a Rosalía les gustó la idea e hicieron el pedido al camarero. Mientras se hacía la comida, Mariano se quedó embobado mirando a un punto fijo y Rosalía le preguntó: –¿Qué te ocurre? él permaneció en silencio por lo que Gustavo dijo: –¿Estás bien? Mariano respondió: –He visto tras el cristal a una mujer con características similares a las de mi madre, a la cual perdí con solo 10 años. Aún lo recuerdo todo como si fuese ayer. Rosalía sorprendida por la pérdida a tan temprana edad, exclamó: –¿Qué sucedió? Bécquer escuchaba atentamente. Mariano entre suspiros contó la tragedia: –Su enfermedad, el Alzheimer, comenzó a dar sus primeros síntomas justo cuando yo acababa de nacer, ella sólo tenía 21 años. En un principio no se hacía notar, pero poco a poco iba siendo más grave, ya que ésta enfermedad es degenerativa. Llegó el punto en que no podía comer, hasta no poder ni respirar... Por lo que ésta enfermedad acabó con ella a sus 31 años. Bécquer entristecido dijo: –Si te sirve de consuelo, mi madre también falleció, pero yo era tan pequeño que ni me acuerdo. Rosalía lo consoló diciendo: –Mariano, ahora nos tienes a nosotros, te apoyaremos y ayudaremos en todo cuanto necesites. Recuérdala por todos los buenos momentos que pasasteis. Mariano mucho más tranquilo dijo: –Muchísimas gracias amigos míos, me alegro muchísimo de haberos conocido y teneros a mi lado. Por fin llega la comida y comienzan a comer.
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–Mmmm... ¡Qué rico está! (Opina Rosalía) –Sí, has tenido una muy buena elección, como para todo. Cuando el tiempo pasó, Gustavo se enamoró de Rosalía, estuvieron algún tiempo conociéndose más a fondo. Cuando él le desveló sus sentimientos, ella le correspondió. Por lo cual, desde aquel 29 de abril de 1859 estuvieron saliendo. Todo les iba genial, eran la pareja más envidiada por todo el amor que desprendían, así que todo esto llevó a que Gustavo le pidiese matrimonio. Rosalía encantada aceptó. Todo les iba tan bien como siempre. Años después, tuvieron un hijo, pero Gustavo no quería hacerse cargo de él. Así que empezaron los problemas. Todos los sentimientos fueron desvaneciendo por parte de ella así que le tuvo que pedir su separación. El pensamiento de Gustavo era de centrarse en sus estudios, en sí mismo y pasar el tiempo con Rosalía, pero no estaba preparado para un hijo. Por eso, ella lo dejó y con él, a Mariano, para dedicarse concretamente a su hijo. Se fueron muy lejos donde nadie pudiese saber nada de ellos. Bécquer estaba muy deprimido, porque él seguía queriendo a la muchacha, pero pensaba que era muy precipitado tener que cuidar de un hijo siendo tan jóvenes. Y su ignorancia le pudo y siguió solo con su vida. Tras unos años de soledad para ambos, en 1867, Rosalía cayó en una intensa depresión por la muerte de su querido hijo, Adriano. A partir de ese momento,tuvo una vida muy dolida, no veía salida en nada. Solitaria, no le quedaba familia ni nadie cercano y pesimista, no era capaz de hacer nuevos amigos y mucho menos encontrar pareja de nuevo. Gustavo para olvidarse de Rosalía tuvo otros muchos amores pero también acabaron fracasando. Acabó sufriendo casi tanto como Rosalía, y no podía evitar pensar en ella y en lo tanto que la necesitaba. Se dedicó al periodismo, pero vivió pobremente ya que en aquellos tiempos no era un trabajo muy reconocido. Además contrajo tuberculosis, una enfermedad bastante típica en aquella época producida por la falta de higiene. Se transmiten bacterias de unas personas a otras por el aire, cuando una persona estornuda o tose. Tuvo un periodo en el que perdió peso, perdió el apetito, tenía escalofríos, fiebre, cansancio... Todo esto llegó a causar su muerte. En cuanto a Mariano, se quedó bastante solo sin quererlo ni esperarlo tras la muerte de su mejor amigo. Antes de esto no se veían mucho debido al trabajo de Gustavo, pero aun así sintió muchísimo su pérdida, ya que era la única persona que le quedaba. Acostumbrado a no estar solo desde que conoció a Bécquer y Rosalía, decidió unirse a un club de escritura donde conoció a muchos jóvenes. Por ello, se dedicó a la escritura, era un crítico satírico y literario, además publicó en prensa más de doscientos artículos a lo largo de tan solo ocho años. En el trayecto, conoció a una mujer, Josefa, se casaron pero su matrimonio fue desgraciado, por lo que se separaron pocos años después. Vidas tristes y al final distantes, pero todos en conjunto y por separado, son un ejemplo de fuerza, superación, y amistad.
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Amor Eterno Una mañana más, Ana se dirigía hacia el colegio en el coche con su madre. Ella era una niña de quince años, con una estatura normal para su edad y delgada, que vivía en Córdoba. Tenía el pelo rubio, largo y ondulado; los ojos azules y claros como el cielo; la nariz pequeña y redondeada; la boca pequeña con labios carnosos y la tez blanca y suave. Además, gozaba de ser considerada una de las niñas más guapas de su colegio pero, a su vez, era una de las niñas más “raras” y “extrañas”. Esto ocurría porque era una niña muy callada, que meditaba y pensaba mucho y, al ser tímida, le costaba bastante hacer amigos. Sobre sus gustos, ella practicaba ballet, una forma de aislarse del mundo para mantener su atención en el baile; y era una apasionada de la Literatura. Ana solía ir al colegio a “regañadientes” con su madre, porque se sentía sola y observaba cómo el resto de niñas la miraban como si fuera un “bicho raro”. Pero su madre la consolaba diciéndole que ya encontraría a alguien que fuera su amigo, y ese alguien estaba a punto de conocerla. Una vez en el aula, el tutor avisó a la clase de que recibieran y acogieran con los brazos abiertos a un nuevo compañero, Pablo. Ana se quedó extasiada e impresionada al ver, según ella, al chico más guapo que había visto nunca. Pablo era un chico de quince años, al igual que Ana, bastante alto, delgado, musculoso, de ojos verdes azulados y con pelo castaños claro y largo. Aparentemente, parecía ser un chico gracioso, tímido, deportista, amigable y un poco desconfiado, aunque eso era un suponer, ya que no lo conocía. Para la suerte de ella, Pablo se sentó en el pupitre con ella. Ambos se pasaron toda la mañana conversando sobre sus vidas, gustos, aficiones… Pablo le contó que se había mudado a Córdoba por el trabajo de su padre, pero ya estaba acostumbrado, ya que había vivido dos mudanzas en sus quince años de vida. Entonces, Ana aprovechó la ocasión para quedar con él y enseñarle la ciudad, petición que Pablo aceptó con mucha ilusión porque le encantaba conocer sitios nuevos. Al llegar a casa, Ana le contó a sus padres todo lo que le había ocurrido esa mañana y les dijo que había quedado con Pablo ese fin de semana para enseñarle el barrio de la judería y el centro de Córdoba. Tanto ella como sus padres estaban muy contentos de que por fin hubiera encontrado a un amigo y, quién sabe, si algo más. Por fin llegó el fin de semana tan esperado por Ana. La tarde del viernes fue a sus clases de ballet. Mientras bailaba, ella desconectaba de todo lo malo que saturaba su mente y pensaba en cosas buenas, como en el maravilloso sábado que iba a pasar con Pablo. Para ella, era como un sueño, ya que nunca antes había quedado con un amigo o lo más parecido a ello. El sábado por la mañana, Ana, al contrario de Pablo, estaba tan nerviosa que su mente solo reflejaba malos pensamientos pero, afortunadamente, consiguió relajarse. Habían quedado a las doce de mediodía en el Puente Romano y, a esa hora, estaban los dos allí. Al principio, estaban cortados y no sabían de qué hablar pero, conforme fue pasando el día, la vergüenza fue desapareciendo y hablaron de todo tipo de temas. Tras ver la Mezquita-Catedral, que dejó alucinado a Pablo, fueron a comer a una pizzería y continuaron visitando diferentes lugares de la ciudad. Terminaron antes de tiempo, una hora antes exactamente, y se sentaron en un banco que estaba en frente del Gran Teatro. Casualmente, había una exposición de relatos de personajes ilustres de la Literatura cordobesa. Ana se quedó perpleja cuando Pablo le propuso entrar, ya que ella tenía muchísimas ganas de ver la exposición pero no creía que un adolescente como ella de quince años se interesara por la Literatura. Rápidamente, ella contestó que sí. La exposición les encantó, sobre todo la parte del movimiento romántico, y salieron encantados de que ambos tuvieran ese gusto en común.
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Eran las nueve y, puntuales, las madres de ambos fueron a recogerlos. Mientras ellos se despedían, las madres hablaron para conocerse un poco y, finalmente, cada uno se fue para su casa. Ana empezó la semana con más fuerza y con más alegría; ya tenía alguien al que consideraba un amigo. Pablo, por su parte, también se sentía genial por tener una amiga, cosa que creía que le iba a costar bastante por ser nuevo en el colegio. Durante las primeras dos semanas, estuvieron conociéndose y estableciendo un vínculo entre ellos ya que, al ser tímidos y algo desconfiados, les costaba contar sus cosas y depositar su confianza en otra persona. Los dos juntos se lo pasaban muy bien sin necesidad de nadie más, ya que tenían gustos parecidos y tenían una personalidad similar. Al mes de conocerse, el maestro de Lengua mandó a sus alumnos un trabajo por parejas sobre la vida de algún escritor del movimiento romántico, preferiblemente de Córdoba y Andalucía. Sin dudarlo, Ana y Pablo decidieron hacer el trabajo juntos, ya que era la excusa perfecta para poder disfrutar de sus gustos juntos. Quedaron ese mismo sábado para hacer el trabajo. Estuvieron pensando sobre quién podían hacerlo, y Ana, como le encantaba la Literatura, dijo de hacerlo de Ángel de Saavedra, que era el escritor romántico más destacado de Córdoba. Pablo, encantado, aceptó. Pero, además, como a ambos les encantaba todo lo misterioso y relacionado con la muerte, decidieron ir al cementerio de Córdoba para ver si estaba la tumba de dicho escritor. Una vez allí, fueron viendo las tumbas de los ilustres cordobeses que estaban allí enterrados. A ambos les fascinaba el estar delante de los que habían sido tan famosos y populares en su época, y lo siguen siendo. Al final de un largo pasillo y rodeado de pinos y más tipos de árboles estaba enterrado bajo tierra Ángel de Saavedra. Utilizando la Wikipedia y, frente a la tumba, empezaron a leer la biografía del susodicho y vieron los retratos que existían de él; quedaron fascinados con la vida y obras de Saavedra. Acto seguido, se fueron a terminar el trabajo. Esa noche, Ana estaba muy cansada después de la semana que había tenido de exámenes y el día tan ajetreado que había tenido, por lo que se fue a la cama temprano. Se quedó dormida en poco tiempo y, de repente, se vio a ella durmiendo en su habitación. Empezó a oír un pequeño ruido que se acercaba por el pasillo. Ella, asustada, se incorporó en la cama y preguntó: “¿Hay alguien ahí?”. Nadie le respondió, pero el ruido cada vez se oía más fuerte y lo sentía más cerca. Entonces, la manilla de la puerta se giró y entró en la habitación algo que destellaba luz. Ese algo le sonaba a Ana… ¡Era el fantasma de Ángel de Saavedra! Ella, aterrada, se tapó con la manta y se preguntó si era un sueño o si era real. Asomó los ojos por encima de la manta y vio que el espíritu la estaba observando. Tras un rato mirándose, el fantasma dijo: “RETNUH”, y, seguidamente, Ana despertó. Estaba muy asustada y no entendía lo que acababa de soñar. A la mañana siguiente, Ana, anonadada, le contó a Pablo lo que le había pasado por la noche. Él, para calmarla, le dijo que no le diera importancia, sólo era un sueño. Ambos pensaron que eran estragos del sueño y, cómo ese mismo día había estado haciendo un trabajo sobre Ángel de Saavedra, estaba tan saturada que soñó con él. Rápidamente, cambiaron de tema y no le dieron más importancia. Ana y Pablo cada vez se llevaban mejor, se reían muchísimo, hablaban de todo tipo de temas, quedaban prácticamente todos los días, se ayudaban mucho el uno al otro, etc. Es decir, se había forjado una bonita y fuerte amistad. Tan bonita, que Ana empezó a dudar de si lo que sentía por Pablo era simplemente amistad o si sentía algo más por él. Pablo era un niño tan guapo, tan simpático, tan dulce, tan atento… Era todo lo que ella quería como prototipo de hombre ideal. Ana quería expresar lo que sentía por él, pero le daba mucho miedo pensar que su amistad terminara por decirle que le quería, por lo que permaneció en silencio y se comportó como de costumbre. Pero lo que ella no sabía es que Pablo también sentía algo por ella y no quería decírselo por los mismos motivos.
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Pasaba el tiempo y esos sentimiento iban siendo cada vez mayores, por lo que alguno tenía que dar el primer paso. Cuando fueron al colegio el lunes, después del fin de semana pensando sobre sus sentimientos, Pablo le propuso a Ana que si quería ir a cenar con él el sábado siguiente a un restaurante del centro de Córdoba para celebrar su cumpleaños, lo que utilizó como excusa. Ana, muy ilusionada, contestó que sí. Aquella noche, Ana se fue a la cama muy contenta porque no paraba de pensar que la propuesta de Pablo de ir a cenar a un restaurante los dos solos el sábado por la noche significaba que él también sentía algo por ella. Pero la alegría se le fue pronto cuando, de repente, volvió a verse a ella durmiendo en su habitación. El espíritu de Ángel de Saavedra se le apareció otra vez, y esta vez le dijo: “SEMOC”. Ana despertó y empezó a darle más importancia de la que le había dado a este asunto. No entendía qué quería el espíritu de Saavedra, ni entendía lo que decía. A la mañana siguiente, volvió a explicarle lo sucedido a Pablo, el cual estaba un poco asustado por este tema. Ambos intentaron descifrar lo que quería comunicarles el espíritu, pero no lo consiguieron, ya que Ana tampoco se acordaba bien de lo que le dijo el fantasma. Así que, decidieron olvidar de nuevo el tema. Al fin, llegó el fin de semana tan esperado por Pablo y Ana. Durante la tarde del viernes, no pudieron parar de pensar sobre qué iban a hacer el sábado y, lo más importante, si alguno de ellos haría algo más para tener una relación los dos. Ana se fue a la cama más contenta que nunca, pero, desafortunadamente, volvió a soñar con lo que la había dejado sin dormir otras dos noches. El espíritu de Saavedra volvió a aparecer, pero esta vez estaba diferente. Ana notó la cara de preocupación del espectro, el cual, con desesperación, dijo varias veces: “¡RETNUH SEMOC YADOT!”. Y, como las otras veces, Ana despertó. Pero esta vez, ella sintió un miedo horroroso, sintió, mientras miraba al espíritu, que algo no iba bien. Durante el sábado, Ana no pudo quitarse de la cabeza lo que el fantasma le había dicho, pero no había forma de descifrarlo. Así que, intentó no pensar en ello, ya que no quería que se amargara la “cita” que iba a tener con Pablo esa noche. Ana y Pablo se ducharon, se arreglaron y, muy nerviosos, se fueron a la plaza de las Tendillas, donde habían quedado. Entre ellos ya no existía vergüenza ni nada por el estilo, pero esa noche era diferente, ambos iban con el pensamiento de que iban a lanzarse y a expresar sus sentimientos, por lo que estaban nerviosísimos. Se dirigieron hacia el restaurante y, una vez allí, tomaron asiento. Eran adolescentes y no tenían una paga muy alta, por lo que no podían excederse con lo que iban a pedir para comer. Terminaron de cenar y los nervios estaban a flor de piel, sobre todo para Pablo, que iba a pedirle a Ana si quería tener una relación con él después de los postres. Ella también lo estaba, porque durante la noche estuvo lanzándole indirectas para que él se lo pidiera. Pero antes de que llegaran los postres, Ana fue al baño para retocarse. Cerró la puerta y notó que la gente estaba muy agitada. No entendía por qué pero, seguidamente, oyó a alguien decir: “¡Alá es grande!”. De repente, un horrendo sonido invadió todo el centro de Córdoba y ella, tras golpearse con el lavabo, cayó al suelo. Inconsciente, volvió a ver al espíritu de Saavedra, que repitió la frase que dijo la última vez. Finalmente, consiguió deducir que lo que decía eran palabras inglesas invertidas: “Hunter comes today”, que significa: “El cazador viene hoy”. Cuando salió del baño, vio el restaurante repleto de cadáveres y, entre ellos, Pablo. Rápidamente, dedujo que se trataba de un ataque terrorista. Finalmente, la policía encontró en la mesa del restaurante los cadáveres de dos adolescentes cogidos de la mano, uno de ellos con un cuchillo en la otra mano.
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Uno menos En un día lluvioso, a la salida del instituto había una pelea entre varios chicos de 4º de E.S.O. Entre ellos estaba el pequeño Mike que ese día, como todos, se llevo la mayoría de los palos. Acabó en el suelo medio mareado, con infinidad de moratones. Apenas podía levantarse, le ayudaron algunos de los maestros que salían del instituto en ese momento, luego caminó hasta la parada de autobús más cercana donde esperó media hora al autobús de Vallecas. Cuando este llegó, le enseñó el bono-bus al conductor, se sentó lo más atrás posible, sacó sus auriculares y su móvil y escuchó durante el trayecto su mejor recopilación de rock mientras miraba como las gotas de agua se deslizaban por la ventana. Se bajó en la parada más próxima a su casa. A la vuelta de la esquina estaban charlando un grupo de matones compuesto por Juanjo, Pedrodav y Mangel. Juanjo era el líder de esta banda, era de etnia gitana y natural de este barrio; Pedrodav era la típica rata de gimnasio del que solo sale de allí para fumar porros, emborracharse o para pegarle una paliza a alguien y Mangel era un zampabollos con muy mala leche. Mike agachó la cabeza al pasar por delante de ellos, e intentó no mirarlos para que no le pegaran otra vez. Cuando ya creía que se había librado de estos matones, fue impactado por una piedra en la cabeza que le causó una brecha de la que emanaba sangre a borbotones. Debido a esto fue corriendo hasta su casa, mientras se apretaba la herida con un pañuelo, para que su madre le cerrara la herida. Su madre era afroamericana, al igual que Mike, se llamaba Morgan y era alta y esbelta. Cuando Morgan le abrió la puerta a su hijo se sorprendió. – ¡ Mike hijo! ¿ qué te han hecho? Exclamó Morgan al ver la herida y los moratones de Mike. – A la salida del instituto me han pegado y al bajar del autobús una panda me ha apedreado. Respondió Mike. – Ve al baño, allí te curare la herida. Mike era un chico de 15 años, delgado y bajito. No era muy fuerte a pesar de ser “negro”. Tenía el pelo casi rapado, los ojos oscuros, una pequeña nariz y una boca muy grande. Los que le conocían a él y a su familia decían que se le parecía mucho a su padre que estaba en la cárcel. Era un chico muy tranquilo, a veces despistado, inteligente aunque en ocasiones algo ignorante y poco avispado. Le gustaba mucho la música rock, el fútbol y los videojuegos. Se mudaron al barrio de Vallecas hace 2 años puesto que una mafia americana de donde vivían se la tenía jurada a su padre. Este se llamaba Jonhy, fue encarcelado ya que en una pelea con unos chicos, él y otros negros mataron a navajadas a un par de chinos. Su madre trabajaba de camarera en un “pub” o al menos era eso lo que ella decía. Mike tenía dos hermanos más que se quedaron en los Estados Unidos. Su hermana Susan vivía en Los Ángeles con su novio Anthony, tenían tres hijos que Mike nunca los había llegado a conocer. Susan tenía 22 años y era muy parecida a su madre alta, esbelta, con el pelo y los ojos muy oscuros. Su hermano Connor tenía 28 años y desde hace un tiempo su familia no sabía ni donde estaba. Siempre había sido un chico muy rebelde. Connor, como casi toda la familia menos Mike, era muy alto y muy fuerte, estos atributos le llevaron hace tiempo a jugar en distintos equipos de fútbol americano de distinguido nivel. Mike no era el único negro que había en el barrio, había un par de chicos de su mismo color. Uno de ellos era Haytham y el otro Edward, los dos eran altos aunque Haytham era más
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gordo que Edward que practicaba atletismo a nivel profesional en un club de la ciudad. Mike no se juntaba mucho con estos chicos pero eran los únicos que no le pegaban y con los que podía hablar. Haytham era de Nueva York más concretamente del Bronx y Edward era de Chicago. Después de que su madre le curara la herida, Mike se dispuso a realizar sus tareas y a estudiar historia, asignatura de la que tenía un examen el próximo día. A Mike le encantaba la historia, siempre sacaba buenas notas pero en las demás asignaturas era un desastre. Cuando terminó las tareas le pregunto a su madre por la cena, esta le respondió que le faltaba poco para que estuviese la cena. Una vez que estaba la cena ya puesta en la mesa Mike empezó a devorar unos deliciosos calamares mientras veía la televisión. En el apartado de noticias siempre se repetía lo mismo que si un atentado terrorista, que si España va a peor con la crisis, que si Cataluña si quiere independizar... En definitiva, a Mike le aburrían bastante las noticias. Y después de las noticias aparecía en pantalla la chica del tiempo, por la que muchos hombres suspiraban , o al menos eso decían en la prensa rosa. Ese día esta chica, que se llamaba Laura, predecía que iba a haber una borrasca que iba a durar una semana o más cubriendo el cielo de nubes con ese color que deprime a cualquiera. Su madre hasta el momento había permanecido callada pero como siempre que le pegaban a Mike lanzaba a los cuatros vientos el discurso de siempre. – Mike no entiendo porque siempre te tienen que pegar a ti ¿es que les haces algo durante las clases? Y tampoco entiendo por que no te defiendes nunca ¡Es que no lo entiendo! – Otra vez con lo mismo mamá, no ves que soy un enano y tengo menos músculos que el tobillo de un gorrión. Mike al escuchar el discurso de siempre decidió irse ala cama, no sin antes darse una ducha. Al pasarle el agua por encima de sus múltiples heridas estas les escocían a rabiar. Cuando terminó de ducharse cogió calzoncillos y pijama limpios y se les puso con cuidado para que rozasen con sus heridas. Se metió en la cama y en menos de dos minutos ya estaba durmiendo profundamente. Esa noche como casi todas soñaba que era alto y fuerte y le daba una paliza a todos aquellos que le hicieron daño alguna vez pero después se despierta vuelve a la realidad y cae otra vez en la depresión que suele llevar consigo estos últimos días. Abrió el cajón y cogió unos vaqueros desgastados, una camiseta de interior blanca un jersey de punto de color crema y azul y un chaquetón que hacía las veces de chubasquero. También agarró unos calcetines sobre los que irían sus Nike Rhose Run de color rojo. Salió de su casa no sin antes despedirse de su madre que al mismo tiempo le dio la merienda. Iba andando tranquilamente cuando, al mirar su reloj de mercadillo, se dio cuenta que llegaba tarde para coger el autobús. Así que empezó a correr como si no hubiera un mañana, cruzándose por la calle donde estuvo a punto de ser atropellado en varios ocasiones. Cuando encaró la calle en la que estaba la parada vio como el autobús de alejaba, dejó de correr y emprendió el camino de vuelta a casa para ver si su madre le podía llevar en coche al instituto. Y al doblar la dichosa esquina donde le pegaron el día anterior, volvían a estar otra vez la panda del demonio, como él la solía llamar, que como era habitual no asistían con regularidad a clase. En cuanto Mike los vio este arrancó a correr en dirección contraria a su casa con tan mala suerte que los tres vándalos le escucharon e iniciaron una persecución. Estos no fueron capaces de alcanzar a Mike hasta que un coche le atropelló levemente, pero que le obligó a detenerse. Mike lo único que podía ver después de que le atropellaran fueron las guantadas y patadas que recibía por parte de los jóvenes delincuentes. La paliza duró poco si no llega a ser porque el conductor que le atropelló se bajó del coche. – ¡Chico! ¿estás bien?
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– Tu que crees. Respondió Mike con repugnancia. – ¿quieres qué te lleve a algún sitio? – A mi casa por favor. Ambos se subieron al coche y llegaron a la casa de Mike. Se bajó del coche y agradeció, con ironía, al conductor la ayuda que le había prestado. Llamo al timbre de su casa y al rato abrió su madre sorprendida, ya que no esperaba visitas a esa hora. Mike le explicó todo lo sucedido en poco rato y se subió al coche para que su madre lo llevara al instituto. Llegó justo a tiempo para hacer el examen de historia, entró en la clase, se sentó, sacó el estuche y de este sacó los bolígrafos. Le fue entregado el examen y automáticamente Mike le puso el nombre en la parte superior del folio y leyó rápidamente las preguntas. Cuando la maestra dio la autorización de que sus alumnos podían empezar el examen varios repetidores le entregaron el examen a la maestra. Mike empezó por la primera pregunta pero no la sabía y así sucedió con las demás, se ha había quedado en blanco y cuando quiso reaccionar sonó la campana que indicaba el final del examen. Salió preocupado al recreo, se sentó en el mismo bordillo que siempre y se comió el bocadillo. Después fue hacia el baño para hacer sus necesidades. Por la puerta se escuchaba a alguien vociferando el color de piel de Mike, este se temió lo peor. Y efectivamente sus sospechas eran ciertas, iban a darle una paliza. Esta vez no supo ni quién se la daba por que iban encapuchados. Acabó con la cabeza metida en el váter, por lo que tuvo que pedir en conserjería para poder secarse. Mike iba ya a subir a su aula cuando el jefe de estudios lo paro en seco y lo llevo a su despacho. Allí el jefe de estudios le acusó de una pintada, que hacía referencia a su persona, que aparecía firmada con el nombre de Mike al completo. Mike no pudo defenderse y también le acusó de ser muy problemático, ya que se metía siempre en peleas, por lo que iba a ser expulsado del centro. Al salir del despacho se dirigió a su aula donde uno de los niños, en la clase de literatura, le lazó una bola en la que decía : “ Tu amada está con otro, no vales para nada negro de mierda”. Como casi todas la semanas su maestro de literatura, José de Espronceda le preguntó por su estado anímico. Mike le respondió todo lo que había sucedido durante los últimos días, que estaba harto de la situación y que no sabía como solucionarlo, ya que Mike lo había intentado todo. El maestro tras una larga espera respondió con un siempre y directo : “ Suicídate”. Se fue de la clase desconcertado por la respuesta del maestro, y en eso fue lo que estuvo pensando el resto de las horas de del día. Al salir esta vez no le pegaron, cogió el autobús y llegó a su casa donde su madre le abrió la puerta y le saludó. Mientras Mike esperaba a que la comida estuviese servida, estuvo mirando las redes sociales y en todas ellas aparecía una foto suya, que le habían sacado si él saberlo, con un careto digno de película de risa. En los comentarios de la foto solo aparecían insultos racistas. Cuando estuvo la comida servida, alguien llamo al teléfono, su madre lo cogió automáticamente y después de unos segundos se puso a llorar desconsoladamente. Mike no entendía lo que pasaba y cuando su madre pudo articular palabra dijo que a su padre lo habían asesinado dentro de la cárcel. Mike no supo reaccionar, simplemente se quedó callado y se terminó el plato de arroz. Salió de su casa caminado tranquilamente sin ninguna expresión facial y fue a la esquina donde casi siempre estaba la panda del demonio. Efectivamente, allí estaban pero esta vez Mike no los evitó, se fue directamente hacia ellos y empezó una lluvia de palos nunca antes vista en una pelea entre chicos de esa edad. Mike quedó casi moribundo, pero eso no era suficiente, se fue hacia la iglesia del barrio, subió al campanario y se asomó levemente. Y después suspiró y se lanzó al vacío.
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Voluntad DÍA 1. (Lunes, 29 de octubre 2018) Sonó el despertador. Empezaba otra agotadora semana. No me gustaban los lunes. Era como si mi asquerosa vida empezara otra vez y no acabara. Tenía ganas de que fuese lunes y que estuviese muerto, como sucedía en mis sueños, pero los sueños, sueños son, y son muy diferentes a la vida real. En la vida real tenías que tener mucha fuerza de voluntad para realizarlo, cosa que yo no la encontraba. Eran las 8 y media e iba tarde al trabajo de nuevo. Siempre iba con prisas, pero supongo que era mi culpa. Me vestí lo más rápido posible y me fui hacia la empresa. Cuando llegué tenía muchísimo papeleo en mi mesa, lo que me deprimía aun más. Mi madre me obligó a estudiar derecho porque pensaba que era lo mejor para mí. Es cierto que gano muchísimo dinero, pero ¿para que vale el dinero si no eres feliz?, para absolutamente nada. Lo más lógico era que si no me gustaba mi trabajo, lo dejase, pero ¿de qué iba a vivir?. Hoy en día, la sociedad está muy estratificada; están los ricos, que se burlan de los de clase media y de los pobres; luego están los de clase media que se ríen de los pobres y los pobres ¿de quién se ríen? ¿Cómo es posible que unos seres de la misma especie se estén burlando entre ellos? No tiene sentido. Todos somos hijos del universo, por esos debemos tratarnos como iguales. Pero cada mente es un mundo, y nadie puede hacer que una persona cambie como es. Si, puedes educarla, y a lo mejor consigues el objetivo que quieres cumplir, pero esa persona sabe que no es así, que es de otra forma, y algún día, sea con 20 años o con 80, explotará y hará lo que le de la real gana. – Rámirez, mañana tenemos reunión a las 9. No llegues tarde si no quieres verte en la calle.– Me dijo Diego, mi jefe. Diego Fernández era un hombre muy serio, trabajador y muy estricto, pero cuando salía de la empresa se volvía un hombre totalmente diferente. Le gustaba mucho ir a los bares. Se podía tirar las tardes y las noches enteras en un bar bebiendo y comiendo, pero nunca había llegado a la empresa borracho. Yo no llegaba a comprender como hacía tal cosa. Supongo que dormía de camino a la empresa o que tomaba algún tipo de bebida estimulante. O incluso, a lo mejor, tomaba algún tipo de droga, cosa que no me sorprendería. Salí de la empresa a las 6 de la tarde y me dirigí hacia la cafetería que hay enfrente de mi casa, como hacía todos los días. Siempre era la misma rutina: me levantaba; me iba a la empresa; a las 5 y media o 6 salía de aquel agujero lleno de papeles y ordenadores y me dirigía hacia la cafetería; me tomaba un café con un croissant o una napolitana; y luego a las 7 me iba a casa. El resto de la tarde la pasaba viendo la televisión hasta que llegaban las 12 o 12 y media, que me iba a la cama y me dormía pensando en que un día tendría la suficiente fuerza de voluntad para hacer realidad mis sueños. DÍA 2 (Martes, 30 de octubre 2018) – Sígueme. – Me dijo una mujer guapísima con un vestido blanco largo. Mi conciencia me decía que no la siguiera, que algo malo iba a suceder. Pero la estaba siguiendo. Era como si me hubiera atado a una cuerda y ella tirase. Cuando me di cuenta de donde estaba, ella había desaparecido. Me encontraba en el cementerio. No había ido desde el funeral de Marina y Cristal. Marina era la mujer que más he querido en toda mi vida. Llevábamos más
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de 3 años casados, cuando un gilipollas que fue ha robar un banco la mató, llevándose con ella la vida de nuestra futura hija, Cristal, que así la teníamos pensado llamar. Me dirigí hacia la tumba de Marina y Cristal. No me había atrevido a visitarlas nunca antes, no sé por qué. A lo mejor porque no me creía que estuviesen muertas y la única forma de verlas era yendo al cementerio. Pero ya que estaba allí, ¿por qué no ir a verlas? Tenía que asumir su muerte de una vez. Después de buscar la tumba, ya que después de 2 años no me acordaba muy bien, fui a limpiarle un poco la piedra. Pero cuando fui a limpiarla, en el manuscrito no estaban sus nombres ni el recordatorio, si no una nota totalmente diferente. En la tumba ponía: Tu destino es la muerte. Al verlo, me caí hacia atrás. Me levanté y salí lo más rápido que pude. Cuando llegué a la puerta del cementerio, alguien me cogió por la espalda. Me di la vuelta y me di cuanta de que era la mujer del vestido blanco, pero estaba diferente. No era tan guapa como la recordaba. Era como si le invadiera un ser siniestro. Y mientras intentaba comprender lo que sucedía, la ahora siniestra mujer, me clavaba un cuchillo una y otra vez, hasta que me morí desangrado. Y de pronto me desperté. Me desperté repleto de sudor. Nunca había tenido un sueño así. Si, había soñado más de una vez que me moría, pero no así. Mi muerte era menos trágica, como un infarto al corazón o que me pillaba un coche, pero no tal cosa. Me tiré más de 10 minutos tumbado en la cama pensando en qué significaría el sueño. Mientras seguía inventándome teorías de su significado, miré hacia el despertador. Eran las 9 menos cuarto. No le di mucha importancia al principio, pero luego me acordé de que tenía la dichosa reunión. Me fui lo más rápido que pude, pero ya era demasiado tarde. Cuando llegué la reunión ya había empezado. CAPÍTULO 3 (30 de octubre 2018) No sé si era casualidad o era el destino lo que hacia que mi vida fuese un auténtico desastre. Pero lo que si estaba seguro era que mi vida era una cuesta hacia arriba interminable y que la única solución era la muerte. Cada segundo que pasaba mi autoestima era más y más baja. Sin Marina mi vida no tenía sentido. Lo único que hacía que no pensara en ella y en Cristal era el trabajo que tanto odiaba, pero ya no tenía ni eso. Era la noche de Halloween donde los niños y niñas iban de casa en casa pidiendo el truco o trato. No me gustaba esa noche ya que en esta festividad se intentaba imitar a la muerte pero de forma más inocente, con dulces y gominolas. En cambio, la muerte no es un momento de risas donde te lo pasas bien con tus amigos, si no todo lo contrario. La muerte era un momento normalmente trágico y con muchas lágrimas y lamentaciones. Digo normalmente, porque para mi, mi muerte no sería algo trágico, si no un momento muy dulce donde por fin podría descansar de mi insufrible vida. – No sabes lo mucho que te quiero, Marga –. Decía Juan Alberto mientras la cogía y se la acercaba hacia él. – Más que yo, imposible –. Le contestaba ella mientras se besaban. No me gustaban las telenovelas de este tipo, pero es que no había absolutamente nada en la televisión. No me gustaban porque me recordaban los momentos más felices con Marina, además de que no me acababa de acostumbrar a ese acento. Eran las 11 de la noche y me iba a acostar, ya que la telenovela había terminado. Cuando llegué a mi habitación sonó el timbre de la puerta. Esos niños estúpidos parecía que no se cansaban. Nunca les había abierto la puerta, pero esta vez se la iba a abrir, pero no para darle gominolas, si no para regañarles. Fui a abrir la puerta, pero para mi sorpresa no había nadie. Lo primero
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que pensé fue que me habían gastado una broma o, que quizás, los niños pretendían asustarme. Pero estaba muy equivocado. Iba a cerrar la puerta, pero alguien no me dejaba. Volví a mirar, pero no había nadie. Me estaba empezando a poner nervioso. Una voz me llamó a lo lejos. En ese momento quería pensar que eran los niños, pero mi subconsciente me decía que no era así, que algo raro estaba pesando. La voz seguía llamándome. No sabía si dirigirme hacia la voz o ignorarla y acostarme. Decidí ir a investigar ya que no sería capaz de irme a dormir sin saber de quién era esa voz. Me estaba acercando al lugar. Cada vez, esa misteriosa voz femenina, decía más fuerte y más fuerte mi nombre, hasta, que de repente, todo se quedó en silencio. Solo se oía el sonido del viento. A lo mejor solo era producto de mi imaginación y me lo estaba imaginado todo. Más tranquilo, me dirigí hacia mi casa. Pero la voz empezó a sonar de nuevo. No me lo podía creer. ¡Me estaba volviendo loco! No podía soportar más esa voz. Me iba a explotar la cabeza. Era como si se hubiera metido en mi mente y no la pudiera sacarla. Me quedé en una esquina de la plaza, sentado, con las piernas en la cabeza, intentando aislarme de aquella voz. No sabía qué hacer. Me apretaba la cabeza, con la esperanza de así se fuera, pero no daba resultado. Estaba llorando, no solo de aquella tortura mental, si no porque me dolía todo el cuerpo de estar en esa incómoda postura. Noté como alguien me tocaba, pero no miré, pensé que era producto de mi imaginación. Me tocó otra vez, y decidí mirar. Seguramente, una de las causas por las que me decidí mirar fue porque la voz se había callado. Levanté el cuello lentamente, ya que de estar tanto rato con el cuello hacia abajo y en tensión se me había dormido. Y cuando abrí los ojos, me quedé en auténtico shock. Era Marina. CAPÍTULO 4 (1 de noviembre 2018) Allí estaba, enfrente mía, Marina. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Por fin volvía a ver ese larguísimo pelo negro ondulado que destacaba en su blanca piel, sus ojos azules y... dios, sus labios. Como añoraba esos labios. Color rosa palo y grandes. Quería tocarlos y besarlos como si no hubiera un mañana, pero ella estaba muerta. ¿Cómo que estaba allí, mirándome con una gran sonrisa? Me estaba volviendo loco, ella no podía estar allí. Intenté irme. Pero ella no me dejó. – Por favor, Javier, no te vallas, te hecho muchísimo de menos –. Me dijo ella mientras me cogía de la mano. No podía ser ella, estaba muerta, yo la vi como moría. No podía con esa tortura. No sabía lo que estaba pasando, pero estaba seguro de que Marina no era ella. Sería aquella hermosa mujer que luego se convirtió en un ser siniestro de mis sueños. Seguramente, se había disfrazado de Marina para engañarme y matarme. Me solté de su mano y me fui. – ¿Tu no me hechas de menos, Javi? ¿Es que no quieres que volvamos a ser una familia como antes? Cristal, está guapísima. Ella también te hecha de menos, necesita un padre que la quiera y que la cuide. Por favor, Javier, ven conmigo, podemos ser felices. Además tu vida es un auténtico sufrimiento. Conmigo y con Cristal estarás mejor –. Me decía con resignación. No sabía si creerla o no. Me di la vuelta para verla y confirmar si era ella. Era seguro que aquel era su cuerpo. Tenía el lunar en la oreja izquierda que tanto odiaba y la cicatriz en el dedo índice que se hizo cortando cebolla. Me quedé mirándole a los ojos, cuando de repente, el blanco de sus ojos se iba volviendo rojo. Le estaban sangrando los ojos. Salí corriendo, ya que como sospechaba, no era Marina, si no la mujer de mis sueños. Me encerré en mi casa y me metí debajo de mi cama. No daba crédito a lo me estaba pasando. ¿Por qué ese ser quería matarme? Oí que alguien se acercaba, estaba muy asustado. Quizás debería dejar que me matase y así mi
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desastrosa vida acabara. Si, iba a hacer eso. Estaba saliendo de la cama., pero no estaba aquella mujer, si no Larra. ¿Qué hacía aquel hombre allí? – Javier, no te entregues a ese ser. Es el demonio. Busca almas para llevárselos al infierno. Con el paso del tiempo, la gente es más honrada y deja atrás las maldades. Por eso, hay menos almas en el infierno. Y si el infierno se queda sin almas, el demonio morirá. – Me dijo muy rápido. No comprendía bien lo que estaba pasando. Entonces, si el infierno y el cielo existen, ¿Dios también existe? ¿Todas mis creencias eran mentira? No podía ser cierto. Pero ese ser diabólico me estaba intentando matar, y Larra, que murió hace más de 181 años, me estaba avisando. – ¿Y qué puedo hacer? ¿Traigo a un cura o le enseño una cruz? Si le enseño la cruz le quemará ¿no?. – Dije de forma irónica. Aunque si el cielo y el infierno existen ,no me extrañaría que fuese verdad. – No, querido amigo, una cosa muy diferente. – Me dijo mientras oía como subía ese ser siniestro. – ¿Qué cosa?. – Dije eufórico, ya que cada vez estaba más cerca. – Tienes que suicidarte. – Me dijo dándome la pistola que tenía en mi mesita de noche. – ¿Co-como que suicidarme?. – Dije con la voz entrecortada. – Es la única manera para que no seas esclavo del diablo. Si te matas, subirás al cielo y allí, no podrá hacerte nada. – No me lo podría creer. Lo que llevaba deseando desde hace años, y que no me había atrevido a hacer, ahora lo tenía que hacer para no ser esclavo de un ser, en el que hace menos de una hora, no creía en su existencia. – Ahora o nunca, Javier. – Me dijo dándome la pistola. El diablo estaba en la puerta. Lo tenía que hacer. Llegó el momento. Lo que deseaba desde hace varios años, por fin lo iba a realizar. Por fin tendría la suficiente fuerza de voluntad.
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MAQUETACIÓN REALIZADA POR: • • • •
Anselmo Moral Daniel Armengol Pedro Millán Carlos Jiménez
I.E.S. ALBARIZA 4º A
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