egresar una y otra vez al casi inabarcable legado literario de Fernando António Nogueira Pessoa (Lisboa 1888 - 1935), más allá de conmemorar el nonagésimo aniversario de su muerte, tiene que ver, más bien, con recordar la magnificencia delicada, vibrante y cosmopolita de su obra; pilar y referente de la literatura mundial en el último siglo, siempre está vigente, a la espera de almas sensibles que la aprecien.
Fernando Pessoa escribía para sí mismo, era su lenitivo. Acaso lo hiciera para su reducido círculo bohemio en Café
A Brasileira, pero sin afán de reconocimiento o por la pretensión de puestecitos públicos; tal como vemos a menudo por estas tierras a fulgurantes escritores, cineastas y artistas promisorios que extravían cualquier valía para acomodarse como veletas al viento burocrático que sople.
“Yo soy una antología. / Escribo tan diversamente / que por la mucha o poca valía / de los poemas, nadie diría / que el poeta es uno solamente. // Así debe ser –cualquiera puede ser uno, porque lo es–. / El poeta debe ser / más que uno, para poder […] // Además, el poeta para sí mismo / debe también ser poeta. / Si él no tiene la absoluta diversidad / no es poeta, es simplemente alguien...”.
La obra de Pessoa, en toda su plenitud, contenida bien sea en él, o en la invención de sus heterónimos Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro o Bernardo Soares, por mencionar algunos, es finalmente el sosiego del desasosiego. Muchos como Yeats, Pound o Elliot idearon antifaces, pero Pessoa inventó poetas consistentes, con un principio y un final.
Su mirada realista de la vida, tantas veces confundida con pesimismo, nunca careció de humor. Shakespeare, Edgar Allan Poe, John Milton, Lord Byron, John Keats, Percy Shelley, Alfred Tennyson, William Wordsworth, James Joyce y Walt Whitman fueron en parte su inspiración. Lo sedujo el ocultismo y sus posturas políticas antifacistas le valieron, antes de su muerte, la persecución en la dictadura de Antonio Salazar en Portugal.
Es innegable el legado de Luís Vaz de Camões o de Mário de Sá-Carneiro, pero la voz y el imaginario de una Portugal y de una Lisboa universal en el último siglo remite indudablemente a la obra de Fernando Pessoa. Muchos de sus poemas han sido musicalizados por artistas de influyente importancia, compañías de teatro de todo el mundo lo han llevado a las tablas y hoy la Universidad EAFIT vuelve a su obra literaria –y a los cantantes que la han interpretado– con una exposición de veintidós paneles en su campus a disposición de sus seguidores y de nuevas generaciones sensibles.
Bernardo Soares
De El libro del desasosiego
uve grandes ambiciones e ilimitados sueños –pero también los tuvo el mozo de los recados o la costurera–, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguirlos o el destino de conseguirse en nosotros.
En sueños soy igual al mozo de los recados y a la costurera. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma soy igual. [...]
La sed de ser completo me dejó en estado de aflicción inútil.
El más grande de nosotros no es más que aquel que conoce más de cerca lo hueco e incierto de todo.
l instinto infantil de la humanidad hace que el más orgulloso de nosotros si es hombre y no loco busque, beatísimo padre, la mano paternal que lo guíe, sea como sea que después lo guíe, a través del misterio y de la confusión del mundo. Cada uno de nosotros es una mota de polvo que el viento de la vida levanta, para después dejar caer.
[...]
Cuando nació la generación a la que pertenezco encontró el mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro y al mismo tiempo corazón.
[...]
Hay un cansancio de la inteligencia abstracta, y es el más horrible de los cansancios. No pesa como el cansancio del cuerpo, ni inquieta como el cansancio del conocimiento y de la emoción. Es un peso de la conciencia del mundo, un no poder respirar con el alma.
os demás, los que vivimos como animales con más o menos complejidad, atravesamos el escenario como figurantes sin frase, contentos con la solemnidad vanidosa del trayecto. Perros y hombres, héroes y gatos, pulgas y genios, jugamos a existir, sin pensar en ello (pues los más grandes piensan sólo en pensar) bajo la infinita quietud de las estrellas. Los otros –los místicos de la mala hora y el sacrificio– sienten al menos, con el cuerpo y con lo cotidiano, la presencia mágica del misterio. Son libres porque niegan el sol visible; son plenos, porque se vaciaron del vacío del mundo. [...]
Los hombres de acción son los esclavos involuntarios de los hombres de entendimiento. Las cosas nada valen sino por su interpretación. Unos, por tanto, crean cosas para que otros, transformándolas en significación, las vuelvan vida. Narrar es crear, pues vivir no es más que ser vivido. [...]
Ninguno de nosotros, desde el gato hasta mí, guía de hecho la vida que le ha sido impuesta, o el destino que se le ha dado; todos somos por igual derivados de no sé qué, sombras de gestos realizados por otros, efectos encarnados, consecuencias que sienten.
ranseúntes eternos a través de nosotros mismos, no hay paisajes sino el paisaje que nosotros somos. Nada poseemos, porque ni siquiera nos poseemos a nosotros mismos. Nada tenemos porque nada somos. ¿Qué manos extenderé hacia qué universo? El universo no es mío: soy yo.
La única actitud digna de un hombre superior es persistir tenazmente en una actividad que se reconoce inútil, el hábito de una disciplina que se sabe estéril, o el uso fijo de normas de pensamiento filosófico y metafísico cuya importancia se siente como nula.
La conciencia de la inconsciencia de la vida es el más antiguo impuesto a la inteligencia. Hay inteligencias inconscientes –resplandores del espíritu, corrientes del entendimiento, misterios y ffilosofías– que tienen el mismo automatismo que los reflejos corpóreos, que la gestión que el hígado y los riñones hacen de sus secreciones.
El gobierno se afirma en dos pilares: refrenar y engañar. Lo malo de esos términos lentejuelados es que ni refrenan ni engañan. Entontecen, como mucho, pero eso es ya otra cosa.
Ricardo Reis
an pronto pasa todo cuanto pasa!
¡Tan joven muere ante los dioses cuanto muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Rodéate de rosas, ama y bebe.
Calla, sí. El resto es nada.
adie hay que ame a otro, sino que ama lo que de sí hay en él, o lo supone.
Que no te amen no importa.
Es que te sienten quien eres, extranjero.
Te amen o no, de ser quien eres cuida.
Lograrás ser avaro de dolores siendo contigo firme.
igue tu destino, riega tus plantas, ama tus rosas.
El resto es la sombra de árboles ajenos.
La realidad siempre es más o menos de lo que nosotros queremos.
Sólo nosotros somos siempre iguales a nosotros mismos.
Suave es vivir solo. Grande y noble es siempre vivir simplemente.
Deja el dolor en las aras como exvoto a los dioses.
Mira de lejos la vida.
Nunca la interrogues. Ella nada puede decirte. La respuesta está allende los dioses.
Más serenamente imita el Olimpo en tu corazón.
Los dioses son dioses porque no piensan.
o sólo quien nos odia o nos envidia nos limita y oprime; quien nos ama no nos limita menos.
¡Me conceden los dioses que, desnudo de afectos, fría libertad posea, un vacío de cumbres!
o guardes nada en las manos, ningún recuerdo en el alma.
Cuando en ellas te pongan aquel último óbolo, nada podrá caerse al abrirte las manos.
¿Qué trono darte pueden que no te quite Átropo?
¿Qué inmarcesible lauro bajo el juicio de Minos?
¿Qué horas que no te tornen de estatura de sombra
cuando estés, en la noche, al final del camino?
Coge flores, y tíralas una vez las miraste.
Siéntate al sol. Abdica y se rey de ti mismo.
o nunca fui de los que a un sexo el otro en el amor o en la amistad prefieren. Por igual amo, cual se posa el ave donde posarse puede.
Casi ni mira el ave en qué se posa, más atiende al posar que no a la rama; corre el río donde halla su retiro, no donde necesita.
De toda diferencia me separo y, donde amo, pues lo amo o no amo a nadie, ni la innata inocencia de quien ama ignorar así creo.
En el modo el amor, no en el objeto, que, por amarla, amo alguna cosa. Y es que mi amor en ella no reside, no, sino en que amo sólo.
Los dioses que nos dieron este rumbo del amor que llamamos la belleza no sólo en la mujer la dispusieron, ni aun en el fruto apenas.
Fernando Pessoa
No sé cuántas almas tengo
o sé cuántas almas tengo.
A cada instante cambié. Continuamente me extraño.
Nunca me vi ni me hallé.
De tanto ser sólo tengo el alma. Quien tiene alma no tiene calma.
El que ve es sólo lo que ve, quien siente ya no es quien es.
Atento a lo que soy y veo, ellos me vuelvo, no yo.
Cada sueño o el deseo no es mío si allí nació.
Yo soy mi propio paisaje, el que presencia su paisaje, diverso, móvil y solo, no sé sentirme yo donde estoy.
Así, ajeno, voy leyendo, como páginas, mi ser, sin prever eso que sigue ni recordar el ayer.
Anoto en lo que leí lo que creí que sentí.
Releo y digo: “¿Fui yo?”
Dios lo sabe, porque lo escribió.
Danzas de dolores
omo una copa llena e inútil
Que nadie levanta de la mesa
Se desborda de dolor ajeno
Mi corazón sin tristeza.
Aparecen sueños de angustia
Sólo por tener que sentir
Y así no hay amargura
Que se temía fingir.
Ficción en un escenario sin tablas
Vestida con papel de seda
Mima un baile de penas
Para que no pase nada.
Gato que juegas en la calle
ato que juegas en la calle como si fuera en la cama, envidio la suerte que es tuya porque ni suerte se llama.
Buen siervo de las leyes fatales que rigen a piedras y gentes, que tienes instintos generales y sientes sólo lo que sientes.
Eres feliz porque eres así, todo lo nada que eres, es tuyo. Yo me veo y estoy sin mí,
Autopsicografía
l poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que de veras siente.
Y quienes leen lo que escribe, sienten, en el dolor leído, no los dos que el poeta vive sino aquél que no han tenido.
Y así va por su camino, distrayendo a la razón, ese tren sin real destino que se llama corazón.
Dios
veces soy el Dios que traigo en mí y entonces soy el Dios y el creyente y la oración y la imagen de marfil en que ese dios se olvida.
A veces no soy más que un ateo de ese mi dios que soy cuando me exalto*. Veo dentro de mí todo un cielo y es un mero hueco cielo alto.
Mi tedio no duerme.
Cansado existe en mí como un dolor informe que no tiene causa o fin.
*Variante: De ese mi dios que soy cuando me encuentro.
icen que finjo o miento en todo cuanto escribo. No. Yo simplemente siento con la imaginación. No uso el corazón.
Lo que sueño y lo que me pasa, lo que me falta o finaliza es como una terraza que da a otra cosa todavía. Esa cosa sí que es linda.
Por eso escribo en medio de lo que no está en pie, libre ya de mi atadura, serio de lo que no lo es. ¿Sentir? ¡Sienta quien lee!
De La hora del diablo y otros cuentos
e confieso que estoy cansado del Universo. Tanto Dios como yo con gusto dormiríamos un sueño que nos libertara de los cargos trascendentes con los que, no sabemos cómo, fuimos investidos. Todo es mucho más misterioso de lo que se cree, y todo esto aquí –Dios, el universo y yo– es apenas un rincón mentiroso de la verdad inalcanzable. [...]
–¿Progreso?; ¿vida social?; ¿para qué sirve todo eso? Son cosas que, una vez comenzadas, no se pueden acabar. En eso son como la mentira. La felicidad estaría en que la humanidad nunca se hubiera separado de la Naturaleza; una vez separada, la felicidad ya no puede estar en un regreso. La cruz no se puede deponer. Tiene que ser llevada hasta el Calvario.
Presagio
l amor, cuando se revela, no se sabe revelar.
Sabe bien mirarla a ella, pero no le sabe hablar.
Quien quiere decir lo que siente, no sabe qué va a declarar. Habla: parece que miente. Calla: parece olvidar.
¡Ah, mas si ella adivinase, si pudiese oír o mirar, y si un mirar le bastase para saber que amándola están!
¡Mas quien siente mucho, calla; quien quiere decir cuanto siente queda sin alma ni habla, queda solo enteramente!
Mas si esto contarle pudiere, lo que no me atrevo a contarle, ya no tuviere que hablarle porque hablándole estuviere...
Alberto Caeiro
El guardador de rebaños
o nunca guardé rebaños, pero es como si los guardara. Mi alma es como un pastor, conoce el viento y el sol y anda de la mano de las Estaciones siguiendo y mirando.
Toda la paz de la Naturaleza sin gente viene a sentarse a mi lado. Pero me pongo triste como una puesta de sol para nuestra imaginación, cuando refresca el fondo de la llanura y se siente que la noche ha entrado como una mariposa por la ventana.
Pero mi tristeza es sosiego porque es natural y justa y es lo que debe haber en el alma cuando piensa que existe y las manos cogen flores sin darse cuenta.
Como un ruido de cencerros más allá de la curva del camino, mis pensamientos están contentos. Sólo me apena saber que están contentos, porque, si no lo supiera, en vez de estar contentos y tristes, estarían alegres y contentos.
Pensar es incómodo como andar bajo la lluvia cuando el viento crece y parece que llueve más.
No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo.
n un día excesivamente nítido, día en que daban ganas de haber trabajado mucho para en él no trabajar nada, entreví, como un camino por entre los árboles, lo que tal vez sea el Gran Secreto, aquel Gran Misterio del que hablan los falsos poetas.
Vi que no hay Naturaleza, que Naturaleza no existe, que hay montes, valles, llanos, que hay árboles, flores, hierbas, que hay ríos y piedras, pero que no hay un todo al que esto pertenezca, que un conjunto real y verdadero es una enfermedad de nuestras ideas.
La naturaleza es partes sin un todo. Éste es tal vez el misterio del que hablan.
Fue esto lo que sin pensar ni detenerme, acerté que debía ser la verdad que todos andan buscando y no encuentran, y que sólo yo, porque no fui a buscarla, he encontrado.
endito sea el mismo sol de otras tierras que hace hermanos míos a todos los hombres porque todos los hombres, un momento en el día, lo miran como yo, y en ese puro momento todo limpio y sensible regresan imperfectamente y con un suspiro que apenas sienten al Hombre verdadero y primitivo que veía al sol nacer y aún no lo adoraba. Porque eso es natural, más natural que adorar al sol y después a Dios y después a todo lo demás que no existe.
De Poemas inconjuntos
o que vale mi vida? Al final (y no sé qué final) uno dice: gané trescientos contos.
Otro dice: he tenido tres mil días de gloria.
Otro dice: he estado en paz con mi conciencia, y con eso me basta…
Y yo, si aparecieran ahí de pronto y me preguntaran lo que he hecho, diré: miré las cosas, nada más, y por eso llevo el Universo aquí, en mi bolsillo.
Si Dios me preguntara: ¿qué has visto en las cosas?, respondo: solo cosas… Tú ahí no pusiste nada más.
Y así Dios, como es de la misma opinión, hará de mí una nueva especie de santo. [...]
Si el alma es más real que el mundo exterior, como tú, filósofo, dices, ¿para qué el mundo exterior me ha sido dado como modelo de la realidad?
Si es más cierto que sienta que exista la cosa que siento, ¿para qué siento y para qué surge esa cosa independientemente de mí sin que me necesite para existir, y yo siempre unido a mí mismo, siempre personal e intransferible?
¿Para qué me muevo con los demás en un mundo en que nos entendemos y donde coincidimos si quizás ese mundo es el error y yo estoy en lo cierto?
Si el mundo es un error, es un error de todos. Y cada uno de nosotros es tan sólo el error de cada uno de nosotros.
Cosa por cosa, el mundo es más verdadero.
asar la materia a limpio, reponer en su sitio lo que los hombres han descolocado por no entender para qué servía; ir enderezando, en calidad de buena ama de casa de lo Real, las cortinas de las ventanas de la Sensación y los capachos a las puertas de la Percepción; barrer los cuartos de la observación, limpiar el polvo a las ideas simples… Ahí está mi vida, verso a verso.
uando la hierba crezca encima de mi tumba, sea esta la señal para que me olviden del todo. La Naturaleza nunca recuerda, y por eso es hermosa. Y si tuvieran la necesidad enfermiza de «interpretar» la hierba verde sobre mi tumba, digan que continúo verdeciendo y siendo natural.
i, después de que muera, quisieran escribir mi biografía, no hay nada más sencillo.
Sólo tiene dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra cosa, todos los días son míos.
Soy fácil de definir.
Vi como un maldito.
Amé las cosas sin ningún sentimentalismo. Nunca tuve un deseo que no pudiese realizar, porque nunca me cegué.
Incluso oír nunca fue para mí sino un complemento de ver. Comprendí que las cosas son reales y diferentes las unas de las otras; comprendí esto con los ojos, nunca con el pensamiento. Comprenderlo con el pensamiento sería creerlas todas iguales.
Un día me entró sueño como a cualquier niño.
Cerré los ojos y me dormí.
Aparte de esto, he sido el único poeta de la Naturaleza.
Álvaro
de Campos
Poema en línea recta
unca he conocido a nadie a quien le hubiesen molido a palos.
Todos mis conocidos han sido campeones en todo.
Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil, yo, tantas veces irrefutablemente parásito, imperdonablemente sucio, yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme, yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo, que he tropezado públicamente en las alfombras de las ceremonias, que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante, que he sufrido ofensas y me he callado, que cuando no me he callado, he sido más ridículo todavía; yo, que les he parecido cómico a las camareras de hotel, yo, que he advertido guiños entre los mozos de carga, yo, que he hecho canalladas financieras y he pedido prestado sin pagar, yo, que, a la hora de las bofetadas, me agaché fuera del alcance de las bofetadas; yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, me doy cuenta de que no tengo par en esto en todo el mundo.
Toda la gente que conozco y que habla conmigo nunca hizo nada ridículo, nunca sufrió una afrenta, nunca fue sino príncipe –todos ellos príncipes– en la vida...
¡Ojalá pudiese oír la voz humana de alguien que confesara no un pecado, sino una infamia; que contara, no una violencia, sino una cobardía!
No, son todos el Ideal, si los oigo y me hablan.
¿Quién hay en este ancho mundo que me confiese que ha sido vil alguna vez?
¡Oh, príncipes, hermanos míos!
¡Arre, estoy harto de semidioses!
¿Dónde hay gente en el mundo?
¿Seré yo el único ser vil y equivocado de la tierra?
Podrán no haberles amado las mujeres, pueden haber sido traicionados; pero ridículos, ¡nunca!
Y yo, que he sido ridículo sin que me hayan traicionado, ¿cómo voy a hablar con esos superiores míos sin titubear? Yo, que he sido vil, literalmente vil, vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.
o: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.
¡No me vengan con conclusiones! La única conclusión es morir.
¡No me vengan con estéticas!
¡No me hablen de moral!
¡Aparten de aquí la metafísica!
¡No me pregonen sistemas completos, no me alineen conquistas de las ciencias (¡de las ciencias, Dios mío, de las ciencias!); de las ciencias, de las artes, de la civilización moderna!
¿Qué mal hice a todos los dioses?
¡Si poseen la verdad, guárdensela!
Soy un técnico, pero tengo técnica sólo dentro de la técnica.
Fuera de eso, soy loco, con todo el derecho a serlo. Con todo el derecho a serlo, ¿oyeron?
¡No me fastidien, por amor de Dios!
¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributable?
¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de cualquier cosa?
Si yo fuese otra persona, les daría a todos gusto.
¡Así, tal como soy, tengan paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí, o déjenme que me vaya al diablo solo!
¿Para qué hemos de ir juntos?
¡No me tomen del brazo!
No me gusta que me toquen en el brazo. Quiero estar solo,
¡ya dije que soy un solitario!
¡Ah, qué fastidio querer que sea de compañía!
¡Oh, cielo azul —el mismo de mi infancia—, eterna verdad vacía y perfecta!
¡Oh, suave Tajo ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja!
¡Oh, amargura revisitada, Lisboa de otro tiempo, hoy!
¡Nada me das, nada me quitas, nada eres que yo me sienta!
¡Déjame en paz! No he de tardar, que yo nunca tardo… Y mientras tardan el Abismo y el Silencio, ¡quiero estar conmigo a solas!
Tabaquería
o soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto, cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?), ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente, calle inaccesible a todos los pensamientos, real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta, con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres, con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes, con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morir, y no tuviese más hermandad con las cosas que una despedida, convertidos esta casa y este lado de la calle
en la hilera de vagones de un tren, y silbada su salida desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al partir.
Hoy estoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fracasé en todo.
Como no tenía propósito alguno, tal vez todo fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron me descolgué por la ventana de las traseras de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré hierbas y árboles, y cuando había gente era igual a la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
[...]
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla, aunque no viva en ella; seré siempre el que nació para eso; seré siempre sólo el que tenía cualidades; seré siempre el que esperó que le abrieran la puerta junto a una pared sin puerta, y cantó la cantinela del Infinito en un gallinero y oyó la voz de Dios en un pozo cegado. ¿Creer en mí? No, ni en nadie.
Derrame la Naturaleza sobre mi cabeza ardiente su sol, su lluvia, ese viento que me busca el cabello, y lo demás, que venga si es que viene o ha de venir, o que no venga.
Esclavos por el corazón de las estrellas, conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama; nos levantamos y es ajeno, salimos de casa y es la tierra entera, más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
Oda triunfal
la dolorosa luz de las grandes lámparas eléctricas de la fábrica
tengo fiebre y escribo.
Escribo rechinando los dientes, fiera para esta belleza, ante toda esta belleza absolutamente desconocida por los antiguos.
¡Oh, ruedas, oh, engranajes, r-r-r-r-r-r eterno!
¡Fuerte espasmo retenido de los maquinismos enfurecidos!
¡Enfurecidos fuera y dentro de mí, por todos mis nervios disecados, por todas las papilas de todo aquello con que siento!
Tengo los labios secos, ¡oh, grandes ruidos modernos!, de oírlos demasiado cerca, y me arde la cabeza de querer cantarles con un exceso de expresión de todas mis sensaciones, con un exceso contemporáneo de ustedes ¡oh, máquinas!
Enfebrecido y mirando los motores como a una
Naturaleza tropical –grandes trópicos humanos de fierro y fuego y fuerza–canto, y canto el presente, y también el pasado y el futuro, porque el presente es todo el pasado y todo el futuro y hay Platón y Virgilio dentro de las máquinas y de las luces eléctricas sólo porque hubo antaño y fueron humanos Virgilio y Platón, y pedazos del Alejandro Magno
tal vez del siglo cincuenta,
átomos que han de tener fiebre en el cerebro de Esquilo del siglo cien, andan por estas correas de transmisión y por estos émbolos y por estos volantes, rugiendo, crujiendo, rumoreando, estrujando, ferreando, haciéndome un exceso de caricias en el cuerpo con sólo una caricia en el alma.
¡Ah, poder expresarme entero como un motor se expresa!
¡Ser completo como una máquina!
¡Poder ir por la vida triunfante como un automóvil último modelo!
¡Poder, al menos, penetrarme físicamente de todo esto, rasgarme todo, abrirme completamente, volverme poroso a todos los perfumes de aceites y calores y carbones de esta flora estupenda, negra, artificial e insaciable!
¡Fraternidad con todas las dinámicas!
¡Promiscua furia de ser la parte activa del rodar férreo y cosmopolita de los denodados trenes, del trasiego de carga de los navíos, del giro lúbrico y lento de las grúas, del tumulto disciplinado de las fábricas, y del casi-silencio susurrante y monótono de las correas de transmisión!
Aniversario
n esa época en que celebraban aún el día de mi cumpleaños, era feliz y nadie estaba muerto.
Ahí, en la antigua casa, hasta el hecho de que yo cumpliera años era una tradición de hacía siglos, Y la alegría de todos y la mía eran tan firmes como una religión cualquiera.
En esa época en que celebraban aún el día de mi cumpleaños, tenía la salud fuerte y robusta de no entender aún ninguna cosa, también de ser muy listo, pero allí, en familia, y de no abrigar las esperanzas que los otros sin duda abrigaban por mí. Cuando llegué a abrigar mis esperanzas, no sabía ya cómo abrigarlas. Cuando por fin llegué a mirar la vida, perdí todo sentido de la vida.
Lo que fui para mí supuestamente, lo que fui de corazón y parentesco, lo que fui de veladas provincianas, lo que fui de ser amado y niño, lo que fui –¡ay, Dios mío!, lo que hoy pero tan sólo hoy sé yo que fui…–
¡A qué enorme distancia!...
(Ya ni el eco…)
¡Y celebraban aún mi cumpleaños!
Lo que ahora soy es como la humedad en el pasillo, al fondo de la casa, germinando ahí en las paredes…
Lo que soy (y la casa de los que me amaron tiembla entre mis lágrimas), lo que soy es que hayan vendido la casa, que hayan muerto todos, que sea un superviviente de mí mismo, una fría cerilla…
Esta exposición tiene un objetivo cultural y educativo. La selección de contenidos, de imágenes, las modificaciones a algunas traducciones, así como el texto de introducción fueron elaborados por Juan Antonio Agudelo Vásquez.
Esta es una creación de Extensión Cultural con el apoyo de la Sala de Patrimonio Documental, la Editorial EAFIT y el área de Marca.
Agradecimiento especial a: Esther Fleisacher Cohen y Orlando Arroyave Álvarez.
Bibliografía, de Fernando Pessoa
El poeta es un fingidor: Antología poética, Espasa Libros, 2012, Madrid
La hora del diablo y otros cuentos, Tragaluz Editores, 2016, Medellín.
Libro del desasosiego, Acantilado, 2002, Barcelona.
Obra poética I y II, Ediciones 29, 1997, Barcelona.
Poesías completas de Alberto Caeiro, Editorial Pre-Textos, 2000, Valencia.
Poesía I, II, III, IV y V: Los poemas de Álvaro de Campos, Abada Editores, 2013, Madrid.
Poesía II: Los poemas de Alberto Caeiro 2, Abada Editores, 2011, Madrid.
Poesía VII: Los poemas de Ricardo Reis, Abada Editores, 2015, Madrid.
Un corazón de nadie, Galaxia Gutenberg, 2017, Barcelona.
Yo soy una antología –poemas selectos–, compilación y traducción de Carlos Ciro, Editorial Universidad de Antioquia, 2014, Medellín.
Fotografías
Zenith, Richard, Pessoa: A Biography, Liveright Publishing Corporation, 2021, Nueva York.
Zenith, Richard y Joaquim Vieira, Fotobiografia de Fernando Pessoa, Companhia Das Letras, 2011, São Paulo.
En esta selección se respeta la selección ortografía tal como aparece en los textos consultados.
Grandes artistas cantan a Fernando Pessoa
Toda poesía –y la canción es una poesía ayudada– refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste.
El fado, sin embargo, no es alegre ni triste. Es un episodio de intervalo. Lo formó el alma portuguesa cuando no existía y deseaba todo sin tener fuerza para desearlo.
El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y también lo abandonó.
En el fado los dioses regresan legítimos y lejanos. Es ese el segundo sentido de la figura del rey don Sebastián.