LOS LABIOS DE MONA LISA
UNO Esa noche me encontraba molesto. Sentía bronca conmigo mismo. La cena había sido un desastre, además, pensé, si está crudo no es cena, pero a veces uno debe mantener la educación y comer lo que le sirven. Acababa de aceptar una relación comercial y profesional que no debí haber aceptado. No solo porque el pedido era para entregar en poco tiempo, sino porque, con la experiencia adquirida a lo largo de los años, sabía de ante mano que el cliente no quedaría conforme. Exigía un fondo suave pero que se imponga, quería que su rostro estuviera rejuvenecido pero no al extremo de no distinguir de quien se trataba. Pidió si por favor ¨no le podía hacer una cruz a pesar que ella no usaba cruces¨. Me había comprometido a pintar un retrato de Olga Manzuk, la mujer con más dinero de la ciudad, y lo peor del compromiso era que debía entregarlo pronto, no pasado el mes, porque la fecha de su aniversario estaba próxima y ofrecería una fiesta inmensa donde pretendían mostrar el cuadro. - Por los números no te preocupes – dijo Octavio Gurbindo, el marido y, a fin de cuentas, quien en realidad era el poseedor del dinero. Octavio Gurbindo hacía las veces de magnate local. Era el dueño de restoranes, locales de ropas tanto para el hombre como para la mujer, tenía una cadena de quioscos y locutorios importante, dos bares, un boliche, la juguetería más grande de la ciudad además de ser el dueño de varias propiedades en una zona turística que alquilaba a los viajantes. Tenía campos y una agencia de turismo que solo se dedicaba a vender viajes al exterior. Cuando nos despedimos dijo que ¨la casa invita¨, y lanzó varias carcajadas sonoras al aire, se ahogó con su propia risa, tosió hasta que su rostro adquirió un color bordó y una vez superado el mal transe continuó riendo con excentricidad, como si nada hubiese pasado. Su esposa, a su lado lo miraba de reojo con complicidad y sonreía. En efecto, el restorán donde nos encontrábamos cenando era de su propiedad. Lo último que me dijeron referido al tema del cuadro fue que a la mañana siguiente ellos dejarían un sobre con la foto elegida para retratar en el local Jem, el local más grande de ropa para mujer, que por supuesto, era propiedad de ellos. Caminamos juntos hasta la vereda, Olga se retrasó un poco dándole indicaciones al gerente del lugar, al parecer la música ambiente no combinaba con el juego de luces tenues, y el desperfecto debía ser corregido a la brevedad. El señor Gurbindo me palmeó la espalda con su mano derecha mientras con la otra llevaba un habano a su boca. Me ofreció uno y me pareció descortés rechazarlo. Lo acepté y le dije que lo fumaría en soledad más tarde, para fomentar la inspiración, porque ¨un habano se disfruta mejor en la soledad¨. Me mostró la caja donde guardaba el resto de los habanos y me señaló una etiqueta, ¨son de Cuba¨, dijo, ¨importados¨, y acto seguido volvió a reír a carcajadas intentando encender el habano a la misma vez. Un nuevo ataque de tos lo abrazó. - ¿Fuma mucho? – sentí la obligación de consultar. - Lo suficiente como para que me de tos. Su mujer nos interrumpió. - No pueden poner a Mozart de fondo si las luces son azules, estoy cansada de decirles.
Luego de su queja la señora caminó hasta el auto. Octavio me preguntó si tenía como regresar a casa, que no sería molestia alguna llevarme. Le agradecí pero dije que prefería caminar. - ¿Me podés abrir la puerta? – volvió a interrumpir Olga. Su marido presionó el botón de su llavero, una alarma sonó y la mujer pudo subir al auto. - Vos hacé lo que quieras – me dijo como desmereciendo todos los pedidos artísticos de su mujer – Manejate tranquilo, no le des bola a esta. Cuando él estuvo a punto de subirse al auto levantó su habano y gritó que yo iba a descubrir lo que era fumar algo bueno, su carcajada, a esa altura, ya me era familiar y comenzaba a irritarme. Pero no fue eso la gota que hizo que me enojara del todo. Pasada la una de la mañana del viernes me encontraba entre dormido en mi cama, todavía vestido y con la televisión encendida en volumen cero cuando la pared del respaldo comenzó a sonar, pequeños golpecitos, como martillazos pero demasiado bajo, nadie colgaría un cuadro a esa altura. Creí que estaba soñando, un sueño extraño y sin sentido alguno, pero golpes más fuertes y más continuados me estremecieron al punto de hacerme saltar literalmente del colchón. Agudicé mis oídos para comprobar que sí, efectivamente alguien había del otro lado de la pared golpeándola con cierto grado de entusiasmo. Afiné mejor mi concentración, inclusive, como si se tratara de una film de terror clase B me arrimé sin hacer ruido a la pared y apoyé la oreja en ella buscando saber que estaba pasando en la habitación vecina. Del otro lado se escuchaban los jadeos de un hombre. Los golpes en la pared culminaron al mismo tiempo que una mujer lanzó un gemido largo, fuerte y tendido. Pensé en golpearles la pared y gritarles que se fueran a un hotel, pero ellos estaban en su casa, podían hacer lo que quisieran. Se me cruzó por la cabeza ir hasta la casa vecina, tocar el timbre y plantearle el problema de forma educada, ¨disculpen, pero los sonidos de sus manifestaciones románticas me impiden dormir con normalidad, agradecería, de ser posible, que sean un poco menos apasionados¨. Estaba colocándome el calzado, decidido a ir, pero había varias opciones, una y concreta era que el hombre me cagara a trompadas, otra era que la mujer se ofendiera y me denunciara por acoso y por pervertido, a fin de cuentas yo estaba pegado a la pared oyéndolos mientras ellos intimaban. Lo que realmente me impidió realizar en persona la queja fue que mi vecina era una conocida de toda la vida, y toda la vida es toda la vida, al menos de ella. Mindy. Le decían Mindy por un dibujito animado de una nena que tenía un perro y hacía líos por todo el barrio. Era cinco años menor que yo, lo sé con certeza porque nuestros padres eran muy amigos, además cumplimos los años en el mismo mes. Cuando yo jugaba a la pelota en la esquina con otros chicos ella y el resto de las chicas del barrio se sentaban en el cordón de la vereda a mirar. Las más grandes miraban a los chicos y escogían candidatos, generalmente quienes hacían más goles, y las nenas como ella solo peinaban a sus muñecas y hablaban de ser madres en un futuro, creyendo que los bebés provenían de la cigüeña o algún repollo. Ella vivía sola en la casa de al lado, su casa de siempre. Sus padres, cuando ella tenía diecinueve años tuvieron un accidente automovilístico en la ruta que involucró a un camión, un colectivo de larga distancia y cuatro autos. El saldo fue trágico, once muertos,
entre ellos sus padres, y varios heridos. El accidente tuvo cobertura nacional por parte de los medios. Su padre murió instantáneamente dijeron los doctores, su madre por el contrario, debió ser internada en un grave estado, pero no sobrevivió, falleció a la semana en la clínica. Recuerdo que fuimos al velorio con mi papá, mi mamá por ese entonces ya se encontraba viviendo en España. Todo el barrio le daba sus condolencias y el pésame, como si sirviera de algo. Su tía, la hermana de su madre, era la única en el velorio que lloraba. Mindy estaba sentada en un rincón, seria, pero cuando alguien se acercaba a saludarla ella obsequiaba un sonrisa forzada, y terminaba ella consolando al invitado, mostrando una sorprendente fortaleza anímica. Ella ni siquiera vestía de negro y comía los alfajores que el servicio del velatorio había preparado. Por alguna razón en los velorios se come y se bebe. Se puso de pie y caminó hasta una mesa en busca de una taza de café y recién en ese momento sentí las ganas de ir a saludarla. - No sé qué decir – le dije – Así que prefiero mantener el silencio. Ella sonrió por primera vez en el día sin forzar la risa. Fue una mueca honesta. Sus ojos se encendieron e inclinó su cabeza para un lado. - Gracias – me dijo en voz muy suave y dulce. Me sentí bien conmigo mismo, si querer estaba siendo el único que le había dicho algo que la ayudara. Ella con sus dos manos sujetó las mías y volvió a agradecerme. - Lo estás tomando bien – le dije muy suelto. Su rostro se endureció. Sus manos me soltaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se apagaron. Sus labios comenzaron a temblar. - ¿Te parece? – dijo en voz alta y cortante. Se dio media vuelta y se fue. Luego de eso estuvo un tiempo sin siquiera saludarme. La cruzaba por la calle y nada, como dos extraños. Si coincidíamos en el quiosco o el mercado no me levantaba la vista, raro en ella que siempre fue muy educada y simpática. Supuse que mis palabras la lastimaron, y pensándolo en frío es lógico que una adolescente que no llora la muerte de sus padres es porque no se está tomando el tema demasiado bien. María Martina de los Milagros Lavrov era su nombre completo. Mindy para los amigos. Mindy para el barrio. Mindy para todo el mundo. Me desvestí y me acosté como corresponde. La noche estaba silenciosa y mientras recordaba con cierta vergüenza mis fallidas palabras en el velorio de sus padres el sonido en la pared comenzó nuevamente. Los jadeos masculinos eran tapados con creces por los gemidos desmedidos de Mindy, quien parecía estar disfrutando del sexo como nunca, o al menos, fingía un goce digno de una película. Sonreí por no pegarme un tiro. Reposé mis manos sobre el estómago y mirando el techo sin ningún tipo de excitación murmuré ¨que pendeja hija de mil puta¨.
DOS Estuve cinco o seis días sin pensar en Mindy. A decir verdad nunca pensé en ella demasiado, se trataba simplemente de una vecina más. Desde el viernes por la noche en que me enojé hasta esa tarde que la crucé en la verdulería no había pensado en ella. La verdad es que andaba con poco tiempo, desde el sábado temprano que fui a buscar el sobre con la foto de Olga Manzuk y algunos materiales para el cuadro, me había abocado a trabajar demasiadas horas por días. Mi rutina era eso, una rutina, exagerada, pero rutina al fin. Cuando me encargan un trabajo de este tipo, y que debo entregar en poco tiempo la rutina es la misma, comprar provisiones para salir a la calle poco y nada, me convierto en un ermitaño silencioso y solitario, a quien la luz del día lo destruye como al más débil de los vampiros. Bidones de agua mineral, alguna gaseosa, galletitas dulces, de agua y saladas, fiambres, pan lactal, pastas, hamburguesas congeladas, golosinas. Era jueves y las provisiones se habían gastado y debí salir a la calle, sin manejar otras opciones, a reponerlas, y en la verdulería estaba ella, Mindy, simpática, riéndose con la empleada de una frase de una novela que miraban ambas por la noche, ¨cosa de minas¨, pensé. Mindy como siempre vestía impecable. Unos jeans ajustados pegados al cuerpo que resaltaban sus caderas y muslos, botas de cuero, una camisa de seda blanca con flecos, sus muñecas lucían pulseras de plata y un anillo dorado que supuse sería de oro, su cuello estaba abrigado con una chalina rosa, su cabello castañeo claro era recogido con un broche con brillantes pegados y unas gafas oscuras a modo de vincha completaban su vestimenta. Toda una Diosa del nuevo siglo, las Diosas de hoy necesitan estar vestidas. - Salí desabrigada, hace un frío – le confesó a la empleada. Miró la hora en su celular y dijo que llegaba tarde al trabajo. Cuando se volteó para tomar el rumbo hacia la calle se topó conmigo, se acababa de colocar las gafas pero al verme se las quitó, como si pensara que saludar a alguien con gafas puestas fuese mala educación. Me saludó con alegría, con un ¨hola, ¿cómo estás tanto tiempo?¨, le dije que bien y respondió que bueno, mejor así. Se colocó las gafas y desde la vereda dijo un ¨nos estamos viendo¨. Me fue imposible no bajar la vista hasta sus piernas, y fue allí, al apreciar la belleza de su cuerpo, que se me vino a la mente la noche del último viernes, cuando la oí intimar con su pareja de turno, y la tentación de imaginarla desnuda y en acción fue enorme y desmedida y se habría convertido en una hermosa fantasía de no ser por la chica de la verdulería que me interrumpió. - Hacele un cuadro – bromeó al ver que yo no quitaba los ojos de encima de Mindy. - Uno como pintor tiene que observar con cuidadoso detalle todos los aspectos de la obra – dije fingiendo una inteligencia que no poseo – Desde la forma de caminar hasta las arrugas que se generan en la tela de la ropa. La chica se rió y me dijo que era un charlatán. - Sos un charlatán. - Es verdad, pero la gente no se dio cuenta todavía, por eso sigue comprando mis cuadros.
Regresé a mi casa pensando qué tipo de cruz podía pintarle en el cuello a Olga, si la hacía demasiado grande ella diría que le quitaba protagonismo a su rostro, pero si era muy pequeña diría lo contrario, que le habría gustado la cruz más grande, una cruz mediana pasaría sin pena ni gloria. Finalmente ganaron las palabras de su marido, ¨no le des bola a esta¨, le pintaría una cruz mediana artesanal, con firuletes en las extremidades. Al llegar a la esquina volví a cruzarme con Mindy, ella caminaba deprisa, dijo nuevamente que llegaba tarde al trabajo, en sus manos ya no llevaba las bolsas de la verdulería sino unas carpetas. - ¿Siempre pintás vos? – me preguntó sin mirarme mientras se subía en su auto, arrojaba las carpetas en el asiento del acompañante y calzaba su gafas oscuras. Fue de esas preguntas insignificantes entre vecinos. La gente no tolera el silencio y debe llenarlo con algo. Si hay silencio entre dos personas uno de los dos debe decir palabras. Para el caso daba lo mismo consultarme si yo continuaba pintando o si estaba de acuerdo con la reforma del código civil. Su frase ¨ ¿siempre pintás vos?¨ bien pudo haber sido reemplazada por ¨que frío que hace¨, frases de compromiso, dichas simplemente para aparentar una educación o una vida social que no tenemos. Se sentó detrás del volante y vi que se había puesto una campera marrón, era de cuero, los botones iban abrochados menos los últimos tres, sus abultados pechos impedían que todos los botones pudieran prenderse con normalidad. El auto se puso en marcha al segundo intento. Saludó con su mano para despedirse y a los pocos metros tocó bocina. - Si – dije en voz alta – Siempre pinto yo. La hija del vecino de la otra cuadra, una niña de edad de jardín de infantes estaba a pocos metros de mí, montando su pequeña bicicleta aun con las rueditas a los costados. Me observaba y miraba a sus alrededores, como preguntándose con quien hablaba yo. Nos miramos fijo unos segundos. Los nenes, por temor, vergüenza o simplemente por desafiar, nunca bajan la mirada, me miraba con sus cachetes regordetes y sucios, como asustada. - ¿Qué? – le dije. La niña dio media vuelta y se fue pedaleando a toda velocidad por la vereda hasta doblar la esquina y perderse. Me imaginé que llegaría a su casa y le diría a sus padres que el señor que pinta cuadros estaba hablando solo en la vereda, y ellos le dirían que yo era un loco y que mejor no acercarse a mí, una opinión sobre mí estándar. El auto de Mindy dobló a toda velocidad, estacionó mal frente a su casa, ella bajó dejando la puerta abierta, del estéreo sonaba en la radio el puesto número seis del ranking, una balada pop de un grupo de España. - Me olvidé el celular – me dijo para explicarme, esta vez no se quitó las gafas, se notaba que su apuro era verdad – No sé donde tengo la cabeza. Corrió hasta el interior de su casa y en menos de un minuto ya estaba en el auto de nuevo. - Bueno, ahora sí, chau – agregó. Nunca supe cual era su trabajo. En años pasados siempre se la veía salir de su casa con libros y cuadernos, algo estaba estudiando, y por su forma de vestir daba para pensar en algo profesional, abogada, doctora, psicóloga, nutricionista. Su auto era un modelo nuevo,
por lo tanto algo de dinero debía tener, no digo que sea millonaria, quizás lo estaba pagando en cuotas, pero aun así era un auto caro. - Si, debe ser abogada – pensé. Me recosté para descansar unos minutos antes de dedicarme a la cruz en cuestión. Al estar sobre la cama se me vino a la mente como por arte de magia, como un recuerdo o más que un recuerdo, como una necesidad inconsciente, Mindy y su novio en pleno acto. El novio, por supuesto, no me importaba. Pero Mindy despertó en mí una intriga en la que nunca me había fijado. Jamás hasta esa tarde la había observado como mujer, es verdad que esa no fue la primera vez que le miraba las piernas, cuando ella iba al secundario y vestía con un estilo gótico, con polleras negras, tachas, inclusive su cabello fue teñido de un negro azulado fuerte, tenía un novio con quien se besaba apasionadamente en la entrada de su casa. Estaba claro que sus padres no le permitían hacerlo dentro de la casa, o a ella le daba vergüenza que su padre la viera dando besos de lengua, por lo tanto se besaban en la vereda. Ella lo abrazaba del cuello, y el chico aprovechando su título de novio se permitía tocarle los glúteos delante de todo el mundo, acción que ella permitía. Pero en ese momento yo observaba la situación como lo que era, un romance entre dos adolescentes cuyo amor no trascendería más allá del verano, cuando las cursadas terminen. Ahora era otra cosa. Ella ya era una mujer. La diferencia de edad no era tan notoria como antes, es decir, la diferencia de edad era la misma, pero ya no tenía la misma importancia legal. Yo con dieciocho años y ella con trece era motivo de cárcel. Ella ya tenía los veinticinco, era una profesional independiente y yo un pobre tipo que pintaba cuadros. Imposible, pensé. Me imaginé que debajo de toda la ropa cara con que Mindy se vestía había una mujer desnuda que alguien tenía el privilegio de tocar y besar a su sano antojo, y que el sonido de las palabras que habíamos intercambiado ese día era el mismo sonido con el que gemía. El timbre de mi casa cortó, como la verdulera hacía unos minutos, lo que era el comienzo de una fantasía. Celeste y Sonia son dos amigas de siempre. Con Celeste nos une una amistad desde la primer salita del jardín, Sonia llegó más tarde a mi vida, en el último año del colegio secundario, pero desde ese momento somos grandes amigos los tres. Sonia es la encargada de organizar mis muestras de arte, inclusive de venderlas al exterior, es mi representante por decirlo de alguna forma. Ella hace esculturas y también le va muy bien. Además es una amiga con la que cada tanto podemos permitirnos algún que otro roce cariñoso, motivo que llena de celos a Celeste, o al menos finge celos cuando estoy a solas con ella vaya a saber por qué motivo. - Claro, como estás con la otra… - es su frase más utilizada. Una noche para contra restar esa escena de celos tuve la pésima idea de besarla. Ella lo permitió más porque la tomé por sorpresa que por ganas de corresponder al beso. Se quedó quieta, con los ojos abiertos, cuando la miré estaba seria, con una expresión que nunca jamás había visto en ella. Si una chica no cierra los ojos cuando le das un beso es porque no quiere ser besada. - ¿Qué hacés? – me dijo. - Si te ponés celosa… - intenté defenderme. - ¿Qué mierda hacés?
Vi que la cosa venía en serio y me avergoncé. - Perdón, pensé que… - Sos un pelotudo. - Si ya sé, perdón. - Sos un enfermo nene. Se retiró sin despedirse y estuvo varios meses sin hablarme, totalmente ofendida. Sonia, claro está, se enteró de la situación, ellas continuaron con su amistad como si nada. Lejos de molestarse, a Sonia le dio mucha gracia. - ¿Sos boludo? – me dijo – Es tu amiga. Con el tiempo se le pasó el enojo y todo fue como antes. Supongo que nada puede hacer que nos peleemos de verdad y para siempre. Celeste nunca supo que para la gente como yo la palabra ¨enfermo¨ es un piropo. Tengo una máxima propia, extremista, que dice ¨si no es un enfermo no es artista¨. Se la dije a Sonia y estuvo de acuerdo. Celeste es un poco más conservadora, preferí no comentar la frase frente a ella. Esa tarde las dos llegaron a mi casa para tomar el té, porque según ella los artistas con glamour toman té. Celeste opinó que el boceto de la cruz era demasiado grande, me consultó si el retrato lo había encargado una mujer o una cruz. Sonia, solo para hacerme dudar, me dijo que la cruz era muy pequeña y simple. - Es simplona – dijo – Vos dibujás mejor. Esa noche me acosté temprano, con la idea fija de trabajar todo el día siguiente, esa cruz me estaba dando más trabajo que cualquier otra cosa. Sabía por experiencia que si una obra se estancaba por mucho tiempo es una obra insalvable, y tampoco pretendía que esa cruz fuese como los labios de Mona Lisa, para los cuales Leonardo tardó, según dicen, diez años en terminar. El viernes comenzó temprano, seis de la mañana me encontré desayunando mientras oía una radio de tangos con bastante interferencia. No eran ni las siete cuando me dediqué de lleno a la cruz, y mientras el oleo se secaba lo suficiente como para trabajar encima corregía pequeños detalles del fondo, que lo había pintado de rojo claro mezclado con un azul cielo, tal cual me lo habían encargado, que no robe protagonismo pero que sobresalga. Recién a las ocho de la noche paré unos minutos para tomar agua, ir al baño, cosa que estaba aguantando desde hacía un par de horas, comí unas barras de cereal creyendo que los valores nutricionales que aseguran poseer son reales y puse a llenar con agua tibia la bañera con masajes, un pequeño lujo que pude darme luego de vender mi primer cuadro en dólares, la bañera era una especie de jacuzzi que lanzaba agua por unos tubos, el marketing y los vendedores hicieron el resto. Me acosté a las diez de la noche. Me desmayé semi desnudo boca abajo en la cama, el día siguiente tenía pensado dormir hasta que mi cuerpo tenga ganas para después retomar la actividad laboral. Mis párpados ya estaban pesados cuando el sonido en la pared comenzó. Pensé que era mi sugestión, o que estaba soñando producto de mi inconsciente, de mis deseos más ocultos, era muy temprano para que alguien se encontrara teniendo sexo, si es que existe una hora para eso. Comprobé que todo era real cuando Mindy comenzó a suspirar y decir que le gustaba. Insulté al arquitecto y su precario grupo de albañiles por haber hecho las paredes tan finas. El ruido de un chasquido me despertó por completo, como si alguien del otro lado de la pared le hubiese
dado un cachetazo al otro. Los suspiros de Mindy no tardaron en ser gemidos, y de ahí a los gritos fue solo una cuestión de minutos. Yo, mental y físicamente exhausto, solo me dediqué a tratar de imaginarla en acción hasta que el sueño me venció.
TRES Las siguientes dos semanas fueron de trabajo duro. Se me gastaron las provisiones en dos oportunidades. Salí a la calle como estaba, sucio, desprolijo, sin peinarme, con barba y las manos llenas de oleos y olores a lino y aceites. Con el tiempo aprendí a darle a la gente lo que quiere, si soy un artista raro tengo que mostrarme como tal, si me preguntaban de donde conseguía la inspiración decía que provenía de extensos rituales africanos, o de la meditación oriental, cuando en realidad la respuesta correcta sería pinchar el globo de la ilusión y decir que la mayoría de las veces la inspiración no existe, y que además de existir, tiene que encontrarlo a uno trabajando, de nada sirve la inspiración si una está en la sala de espera de una clínica esperando que le autoricen unos análisis de sangre. Durante esas dos semanas pasaron dos viernes de los cuales fui testigo de las pasiones sexuales de Mindy. Yo salía poco a la calle y no me la crucé en ese lapso de tiempo. Cada viernes, fiel como un reloj, ella se acostaba, suponía yo, con quien era su pareja. A pesar de mi agotamiento mental tuve la lucidez y el tiempo de crear algunas teorías. Una de ellas decía que su pareja era un abogado exitoso y que los fines de semana eran el único momento que realmente tenían para estar a solas, ya que ambos serían profesionales ocupados, aunque me llamaba la atención que los encuentros fuesen los viernes y no los sábados. Otra teoría me indicaba que su amante era un doctor, y que los viernes aprovechaba para escaparse de la guardia médica para ir a satisfacer las necesidades tanto suyas como de ella; pensé en los enfermos que llegarían al hospital en busca de atención urgente encontrando un simple cartel de ¨vuelvo enseguida¨. Una tercer teoría me hacía pensar que Mindy buscaba amantes distintos cada viernes, los conocería por chat, en redes sociales, anuncios en el diario, inclusive podía pagarle a un taxi boy, podía tener un amigo, un amigo gay y una teoría prima surgió de la nada, quizás quiera quedar embarazada y un amigo gay la está ayudando. La teoría de los amantes distintos me llenó de odio. ¿Quién se creía que era esta mina? Se creía demasiado con su cuerpo bonito, su título de abogada bajo el brazo, supe que sería la típica feminista que quiere aparentar independencia y así escaparle a los compromisos, porque detrás de su discurso independiente se hallaba una inseguridad y un miedo al amor enorme. Se me vinieron a la mente sus palabras ¨ ¿siempre pintás vos?¨, como desmereciendo el oficio, el talento y la capacidad del artista. En un punto se creía superior a mí. La odié. Un par de días después de mis pensamientos me la crucé en la calle. Yo iba rumbo a la librería a comprar unos pinceles nuevos para terminar el cuadro, que ya estaba prácticamente listo, y de no ser por mis obsesiones o comportamientos compulsivos, el cuadro ya estaría listo para entregar. Según mi visión solo le faltaban unos pequeños detalles a los brillos de los ojos y un leve sombreado en la cruz. El resto, supe por experiencia en arruinar obras, que de tocarlo tendría que volver a comenzar. Mindy caminaba hacia mí con elegancia. Para mis adentros pensé que se creía mucho por tener un culo lindo, y lo que es peor, ella sabía y era consciente de su belleza y más aun, seguramente la había utilizado más de una vez en su vida para conseguir un objetivo. Imaginé que su trabajo en el estudio de abogados había comenzado como una simple
secretaria, y que a base de sexo hoy sería una de las principales responsables del estudio. Ella caminaba moviendo sus caderas y al verme se quitó las gafas oscuras, se creería una especie de estrella de cine porque no salía a la calle sin ellas, motivo nuevo para odiarla más aun; en la chaqueta marrón que vestía llevaba una placa con su nombre, una placa dorada, siempre con sus carpetas en mano. Mi miró y me saludó. - Hola, ¿Cómo estás tanto tiempo, bien? – Su simpatía era la de siempre, ante el público se mostraba educada, fina, buena gente, cuando era todo lo contrario, una trepadora vil y manipuladora, con el ego enorme, materialista y con ansias de poder. Yo producto de mi enojo solo asentí con la cabeza y respondí con un seco y cortante ¨que tal¨. Le comenté a Sonia mis teorías. Ella, mujer, respondió que todas eran válidas y yo no tenía derecho alguna a juzgarla, incluida la de los amantes distintos. Pero fue más allá y me hizo la pregunta que yo sabía que en algún momento alguien tendría que hacerme por falta de valor propia para realizármela yo mismo. - ¿Y por qué te molesta? - Se cree mejor que yo. - ¿Y? - ¿Cómo y? Es soberbia. - Vos también lo sos. - Eso es otra cosa. Si alguien en el mundo conoce la oscuridad que me rodea es Sonia. Era verdad, yo también en condiciones normales, cuando no estoy pintando, momento de mi vida que permanezco en un estado de transe constante, también voy por la calle con gafas oscuras, si es que salgo a la calle. No soy simpático con las camareras en los bares, me niego a firmar dibujos, sacarme fotos, no hablo con la prensa. Algunos me odian y me critican, pero yo, dentro de mi poca capacidad de recapacitar digo que lo hacen de envidia. Si alguien es capaz de desnudarme, esa es Sonia, y vaya si me dejó desnudo cuando dio su puno de vista, palabras que estaban claras, pero nuevamente mi ceguera me impedían verlas con claridad. - Para mí que te gusta – dijo y encendió su hachís. Tuve que hacer memoria. A uno no le gusta una chica de un día para otro, o sí, aun así analicé mi pasado con Mindy, traté de buscar en mi memoria las veces que habíamos hablado, tal vez todo esto era un amor platónico que provenía de antaño y estaba siendo bloqueado, de forma terca e inhumana por la razón. La primera vez que vendí una colección completa de cuadros había ocurrido hacía unos cuatro años. Nueve cuadros conceptuales, abstractos pero conceptuales. Formas sin sentidos sin mayores conceptos que ese, pero Sonia es una buena representante, y un chino que deambulaba por la ciudad de vacaciones quedó maravillado con la muestra. Pagó en efectivo una suma vergonzosa. Esa misma noche salimos todos juntos a celebrar, por supuesto yo invitaba. Estaba Sonia, Celeste y su novio de ese entonces, un chico unos años mayor a ella con quien tenía pensado casarse y tener miles de hijos, hasta que descubrió que él le era infiel, cosa que bien pudo haber pasado por alto de no ser porque era una infidelidad homosexual. - Jodeme que es puto – se sorprendió Sonia.
-
Si, re puto – respondió Celeste mientras se sonaba la nariz con un pañuelo de papel. - A lo mejor malinterpretaste la situación y lo que viste no es realmente lo que pensás – intenté calmar las aguas, pero solo conseguí hacerla llorar más. Con el tiempo me enteré que lo que Celeste había interpretado era en efecto lo que había ocurrido. La noche del festejo, en el boliche Mindy estaba de casualidad con unas amigas. Cuando me vio se acercó a saludarme, y si bien no tardé en darme cuenta de su borrachera me sorprendió que se me sentara en la falda y me abrazara del cuello. Le decía a las amigas mientras me señalaba con el dedo ¨este es mi vecino, jugaba conmigo de chiquita¨, todas reían y yo me sentí realmente incómodo. A medida que el alcohol subía, los cuerpos iban cayendo uno a uno. La primera en abandonar el barco fue Celeste y arrastró con ella a su novio. Luego dos de las amigas de Mindy, y la tercera se fue con Sonia a buscar cannabis a unas pocas cuadras de allí y supe que ya no regresarían esa noche. Solo quedaba Mindy, entre dormida sobre mí y yo, que por la sorpresa de los acontecimientos no había bebido en cantidad. Le dije que debíamos irnos. Ella no podía sostenerse en pie. En la vereda cayó de rodillas en el pasto y vomitó. La ayudé a incorporarse y comenzó a llorar de una manera desgarradora, así como existen risas contagiosas también hay llantos contagiosos. Fuimos en un taxi hasta el barrio. La llevé hasta la puerta de su casa pero descubrí que su ebriedad era categórica y no iba ni siquiera a poder abrir la puerta de entrada. Revisé su cartera en busca de las llaves, toqué el celular, una caja de preservativos abierta, pinta labios, espejo, y por fin las llaves. Si todo estaba como antes su habitación era la última, yo había ingresado en el pasado un par de veces a esa casa, alguna reunión barrial o un saludo para navidad, pero pensé que tal vez luego del deceso físico de sus padres ella se habría adueñado de la habitación de ellos. Pero no, la que había sido la habitación matrimonial de sus padres continuaba así, cama doble tendida, libros sobre la mesa de luz y fotos de ellos. Yo la llevaba alzada como los héroes cargan a las mujeres en las películas, una mano sujetaba por debajo de sus rodillas y la otra por los hombros, ella me abrazaba por el cuello. Su habitación parecía la de una niña, llena de colores rosas, un afiche de la película Titanic, osos de peluche y algunos discos de bandas pop de moda. La recosté en la cama. Ella me pidió entre balbuceos que me quedara a dormir con ella. La razón y mi escaso sentido de oportunismo me dijeron que lo mejor era marcharme. Luego de eso estuvo varios meses sin saludarme. Cada vez que nos cruzábamos en algún comercio del barrio ella bajaba la mirada y apuraba su marcha. Creo que se sentía avergonzada. Al recordar esa anécdota sonreí, y supe que sí, que Mindy me gustaba, y que de alguna forma debía forzar un encuentro e invitarla a salir. Creí que ir hasta la casa, tocar el timbre y realizar simplemente la invitación sería muy intimidante, tenía que ser algo casual, o casual en apariencia. Terminé el cuadro. Llamé por teléfono a Octavio Gurbindo para darle los detalles de entrega. Me pidió si por favor no podía alcanzarlo el miércoles el local de ropas Jem,
porque en esos momentos tanto él como su mujer se encontraban de viaje. Le dije que podía llevarlo al día siguiente, pero su respuesta fue un no tajante. - No, no. El miércoles a la tarde, yo lo paso a buscar por ahí, si lo llevás antes no confió en la empleada. Miré el reloj. Eran casi las diez de la noche de un nuevo viernes. Me recosté en silencio en la cama, esperando escuchar el show que estaba a punto de comenzar, y una vez más, aunque se hizo esperar casi hora y media, Mindy no defraudó.
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