Los mundos de Merendola
atrapados en el colegio zombi
eña Pequ itora escr años 12
Marta García
Capítulo 1 —¡Marco,
corre, lánzasela, es nuestra última oportunidad! —¡Nooo! Para que pueda continuar con esta historia, tenemos que retroceder en el tiempo unas semanas. Después de las desapariciones del verano en mi pueblo, cambiaron varias cosas. La primera: ya estoy en mi casa de verdad, ¡Cádiz! Mi tierra querida. La segunda: adoptamos a toda la familia gatuna. Sí, sí, lo que oís. Ahora, sí que sí, mi casa parece un ZOO. La tercera: al final Adriana y su hermana se quedaron con su abuela. No saben si es o no su abuela 3
biológica... es un lío tremendo. Y, para terminar, las dos últimas: una mala y otra buena. ¡Anda, os digo primero la buena! ¡En un día me mudo a una casa superbonita y enorme, situada frente al mar! Y ahora vamos con la mala: en el colegio estamos en la semana de exámenes. No puedo con mi vida. ¡Ayudadme, por favor! ¿Os sabéis las típicas excusas para no ir al colegio? Pues mis padres no se han creído ninguna: la de que te duele la cabeza, o simplemente que tienes alergia a los deberes. ¡Ninguna! —¡Marta, baja que llegamos tarde! Ese al que escucháis gritar es mi hermano, Álex, el del «flequillito». Es un adolescente con cara y corazón de diablo. Tenemos que ir andando al colegio. Él es superpuntual pero somos como el agua y el aceite. Yo llego tarde siempre a todos los lados. —¡Voy, voy! Fui a despedirme de toda la familia gata que aún dormía. —Adiós, Brown, Chocolate, Snoopy, Sarah y ¿Gordi? 4
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¿Dónde se ha metido? Sigue siendo muy pequeño. —Álex, ¿sabes dónde está Gordi? —Estará fuera jugando con Lola. ¡Venga Marta, que llegamos tarde! Cogí mi mochila rápidamente y nos fuimos. En el trayecto al cole empecé a dibujar en mi cabeza un esquema de los exámenes que tenía que hacer. • 9:00: examen de inglés. • 10:15: examen de francés. • 12:30: examen de teoría de educación física… ¡Buf !, con solo pensarlo, me entran náuseas. —Marta, Marta, ¿en qué planeta estás? —Eeeh, sí, sí… ya estoy. Me había quedado embobada pensando en los ex…. Mejor no nombrarlos. —Vale, escúchame bien. No quiero que me vean mis amigos contigo, así que quedamos a la salida para volver a casa, junto a… —Okey. 6
—Okey no, termina de escucharme. Me habla como si fuese medio lela, en serio. —Pues desde ahí andas toda la calle, giras a la derecha, atraviesas todo el parque, sigues recto y ahí… —Vale, vale, ya lo he entendido. —Que no, no he terminado. Ahí, justo ahí te metes en la panadería del tío Pedro. Dile que te dé dos croissants, y sigues recto, giras a la derecha y… —Mira, ya está bien. ¡Parece que tengo que cruzar el país a este paso! Hoy me voy sola a casa y ya está. —Qué bien, porque yo también me iba a ir solo y te iba a dejar ahí plantada. —Mira, ¡adiós! Entré por la puerta principal y me senté en unos bancos que hay delante del mar. Era la hora de ir a clase, pero por cinco minutos de escuchar música y llegar tarde al examen, no pasaba nada. ¿Os he dicho que mi colegio es el más bonito de Cádiz porque está construido frente al mar? Por unas escalerillas llegas a la playa, y hay unos 7
bancos antes de esas escaleras que te permiten ver el mar azul. —¡Uuuh!, estoy viendo pibón macizorro a las 3:00… Por esa expresión supe quién era la persona que estaba detrás de mí. —¡Leila! Leila es la amiga más burra y descarada que se pueda tener. Le gustan los chicos que tienen cinco o diez años más que ella. Pero también es que ha repetido dos veces el mismo curso. Y ya es más mayorcita. —Tía, ¿qué tal?¿Está por aquí tu hermano el guaperas? —No, no... Y ¿tú?, ¿por qué no viniste a clase ayer? ¿y quién es ese pibón del que hablas? —¡Ah, nada…! Es que me dolía mucho la tripa. Y el pibón es ese chico de unos veintidós años, con los ojos azules, rubio con rizos, de labios perfectos, pecas sin abusar… Vamos, mi príncipe azul. —Esas neuronas que utilizas para escanear a los chicos de arriba a abajo podrías utilizarlas para los exámenes de mates o 8
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para no hacer pellas, porque te duela la tripa …, que eso ya me lo conozco yo. —De lo de las pellas, hablamos en otro momento, pero no me digas que no es perfecto para ser mi príncipe azul. —A ver, para ser tu príncipe azul no lo sé, pero para ser tu padre da el perfil… «Piiiiiii». —Leila, ¡está sonando tu reloj! —¡Justo! Nos hemos pasado los primeros veinticinco minutos del examen. La cogí del brazo y salimos disparadas. —¡Aaah, corre, Leila que se nos ha pasado casi toda la hora del examen! De esta me llevan al despacho del director. A ver, os tengo que explicar una cosa. Mis amigos y yo, a los que os presentaré en breve, hablamos de muchas cosas y nos ayudamos en clase. En concreto de cómo ayudarnos si alguno de nosotros llega tarde y no tiene excusa. Nuestra vía de escape se llama «Plan París». En las clases de mi colegio hay unas ventanas muy chiquititas, y para iniciar el plan hacía falta una señal. 10
—Leila, necesito que me ayudes a subirme a la ventana. Las ventanas están mirando hacia un pasillo; no os creáis que soy una «Tarzana». —Vale, súbete a mis manos, te alzo y rápidamente haces la señal. —Okey. Cogí fuerzas, puse un pie en sus manos, me apoyé en la pared y salté… ¡Cataplum!, me había caído de la manera más tonta, y encima, sobre Leila. Se escuchaban risas dentro de la clase. —¡Uuuh!, no me puedo ni mover… —¡Marta, no puedo respirar! —Uy, sí, sí, me quito. —¡¡Marta López y Leila Sánchez, al despacho del director!!! Esa a la que veis es Sonia. Mi profesora más querida. Está amargada con el mundo porque cada vez que encuentra novio, la dejan. Esa amargura y mal carácter, lo paga con toda la clase. Pongo la mano en el fuego porque va a acabar sola y con muchos gatos. —¿Por qué? Si aún no te hemos contado por qué hemos llegado tarde —respondí. 11
—No me hace falta. Vais porque lo digo yo y punto. Típica respuesta de todo ser humano mayor. —Venga ya, con este sumo cinco partes —gritó Leila. Los partes son como faltas que te ponen por cualquier cosa. Ellos lo llaman «por mala conducta». Cuando llegas a los seis partes, te echan del colegio. Y solo te los puede poner el señor director. Íbamos camino del despacho las tres cuando se puso en nuestro camino el príncipe azul de Leila. —Tía, es él, es él —murmuró en mi oído Leila. —Ya sé que es él, pero te digo que va a coger la puerta de la derecha y se va a largar… —Sssh... ¡Silencio, señoritas! —nos gritó Sonia. —Perdón —dije. Leila volvió a murmurar en mi oído. —Cinco pavos a que entra en el despacho. —Vale, prepárate para perderlos. 12
«Sal, sal por la puerta derecha», repetía en mi cabeza. «Sal, sal por la izquierda», repetía Leila en la suya. ¡Entró al despacho del director! No podía contenerme. —¡Nooo! —¡Señoritas!, no os lo vuelvo a repetir. —Mis cinco pavos, «señorita», je, je, je —me susurró Leila al oído. —Je, je, je —me reí irónicamente—, ¡qué graciosa! —le respondí. El despacho del director es de oro macizo…, bueno, en realidad, no; es normal y corriente, pero cuando entras, un escalofrío te recorre de los pies a la cabeza. Es enorme, parece un apartamento con cocina, baño propio y una salita de espera. Tiene su propia secretaria: Cristina, que es la persona con la que todos se tienen que llevar bien. El director no da un paso sin ella. Es su mano derecha. Sonia abrió la puerta: —Hola, Cristina, ¿qué tal? —Bien, hija, con mucho trabajo, ¿qué haces aquí? 13
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—Pues estoy con estas dos señoritas que me han montado el circo del sol en clase. Os diré que, de vez en cuando (muy de vez en cuando), mi profesora tiene sentido del humor. Me daban ganas de aplaudir. En ese instante, Juan, el director del colegio, salió a recibirnos. Juan es calvo, gordo y de pueblo. No sé cómo ha llegado a este puesto. —Busco a la chica esta de Sanidad, la que viene a hacer la inspección de la comida —dijo en voz alta Juan. El príncipe azul de Leila se levantó de inmediato. —Soy chico, no chica, y me llamo Chino, Chino Dalí. El príncipe, bueno, ya le vamos a llamar por su nombre, Chino, tenía carácter. —Perdón, pase, pase —le respondió molesto Juan. Leila dijo con voz de enamorada: —Es que es igual que yo, con carácter… La cogí del brazo y la senté en un sofá. —¿Os traigo unas pastitas? —dijo Sonia. 15
Nuestros chanquetes, esos locos bajitos, vienen pisando fuerte... Esta delicada colección está compuesta por “pequeñas obras maestras” escritas por niños que tienen la ilusión de convertirse, algún día, en «grandes escritores», pues realmente son «talentos prometedores». Muchos de ellos, si no desisten en el intento, lo conseguirán.
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