Jaragua no cae
Alex Martínez Suárez es un arquitecto, investigador y curador dominicano. Tiene una maestría en Arquitectura Avanzada del Instituto Berlage en los Países Bajos y un posgrado en Estudio de Museos de la Universidad de Harvard en Estados Unidos. Es coordinador general y museógrafo del Museo Fernando Peña Defilló en Santo Domingo, así como director de Archipiélago, una plataforma multidisciplinaria que realiza proyectos de arquitectura, academia y gestión cultural.
Rab Messina es una editora, investigadora y curadora especializada en la sociología del diseño. Es egresada del programa de Redacción de Revistas de la New York University en Estados Unidos y tiene una maestría en Investigación y Curaduría de Diseño de la Design Academy Eindhoven en los Países Bajos. Fue editora de la revista de arte TL Magazine, con sede en Bruselas, y de la publicación de arquitectura y diseño Frame, ubicada en Ámsterdam.
Imparte docencia en la Universidad de Harvard en Estados Unidos, en el Instituto Tecnológico de Monterrey en México y en la Universidad Iberoamericana en República Dominicana. Además ha fungido como profesor invitado en la Universidad Piloto de Colombia en Bogotá y la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico en Ponce.
Como periodista ha escrito para publicaciones como Newsweek, El País, Remezcla, Forbes México, Disegno y Wallpaper*. Como investigadora de diseño ha participado en proyectos para el Journal of Design and Science del MIT Media Lab en Estados Unidos, Dezeen en el Reino Unido y la Future Architecture Platform de Eslovenia. Como becaria de investigación ha producido ensayos para el Research Center for Material Culture en Leiden, en los Países Bajos, y la plataforma Curando Caribe en República Dominicana. Como consultora editorial ha creado libros, folletos de edición especial y productos web para firmas de diseño y arquitectura, así como para el sector de diseño y estilo de vida de alta gama.
Es miembro del DoCoMoMo Dominicano, la Fundación Palm Inc. y el ICOM, y forma parte del comité editorial de la revista Arquitexto. Ha sido co-editor de varios proyectos en torno a la modernidad, como el libro Arquitectura en el trayecto del sol: Entendiendo la modernidad dominicana, publicado para la Bienal de Venecia de 2014. Asimismo, ha editado las publicaciones académicas Statu quo arquitectura moderna dominicana, Rastros de una Bauhaus dominicana y Guillermo 120.
Alex Martínez Suárez is a Dominican architect, researcher and curator. He holds an Advanced Master’s in Architecture from the Berlage Institute in the Netherlands and a postgraduate degree in Museum Studies from Harvard University in the United States. He’s the general coordinator and museographer at the Fernando Peña Defilló Museum in Santo Domingo, as well as the director of Archipiélago, a multidisciplinary platform engaged in architecture, academic and cultural projects. Martínez teaches at Harvard University in the United States, at the Instituto Tecnológico de Monterrey in Mexico and at the Universidad Iberoamericana in the Dominican Republic. He has also served as guest faculty at the Universidad Piloto de Colombia in Bogotá and the Pontificia Universidad Católica Puerto Rico in Ponce. He’s a member of the Dominican DoCoMoMo, the Fundación Palm Inc. and the ICOM, as well as part of the editorial board of Santo Domingo-based magazine Arquitexto. He has co-edited several projects on the subject of modernity, such as Architecture in the Path of the Sun: Understanding Dominican Modernity for the country’s participation in the 2014 Venice Biennale. He has also edited the academic publications Statu Quo Arquitectura Moderna Dominicana, Retrato de una Bauhaus Dominicana and Guillermo 120.
Rab Messina is an editor, researcher and curator who specializes in the sociological side of design. A graduate of New York University’s Magazine Writing program, she also holds a Master’s in Design Curating and Writing from the Design Academy Eindhoven in the Netherlands. She was an editor at Brussels-based TL Magazine, a publication covering contemporary art and crafts, and she was also part of the head editorial staff at Frame, an architecture and design publication based in Amsterdam. As a journalist she’s written for publications such as Newsweek, El País, Remezcla, Forbes México, Disegno and Wallpaper*. As a design researcher, she’s participated in projects for MIT Media Lab’s Journal of Design and Science in the United States, for Dezeen in the United Kingdom and for Slovenia’s Future Architecture Platform. As a research fellow she’s produced pieces for the Research Center for Material Culture in the Dutch city of Leiden and the Curando Caribe program in the Dominican Republic. As an editorial consultant she’s created books, limited-edition reports and web-based products for design and architecture companies, as well as for brands in the high-end design and lifestyle sector.
Jaragua no cae Jaragua won’t crumble
ALEX MARTÍNEZ SUÁREZ
RAB MESSINA
Martínez Suárez, Alex; Messina, Rab. Jaragua no cae. Santiago de los Caballeros. Centro Cultural Eduardo León Jimenes, 2021 - 328 p. Autores Authors Alex Martínez Suárez Rab Messina Prólogo Prologue José Enrique Delmonte Diagramación Layout Samanta Sánchez Franco Guía tipográfica Font selection Ivanna Candelier Traducción Translation Rab Messina Asistencia de investigación Research assistance Judit Germán Céspedes Vivian Mateo Coradín Asistencia gráfica Graphic assistance Roshermi Castillo Liz Marie González Karllennys Peña Estefany Roa
CENTRO LEÓN Directora general Director general María Amalia León Gerente ejecutiva de sostenibilidad Sustainability manager María Luisa Asilis Gerente de mercadeo y comunicaciones Marketing and communications manager Mario Núñez Muñoz Gerente adjunto de programas culturales Adjunct manager for cultural programming Luis Felipe Rodríguez Coordinación Management Sara Hermann Laura Bisonó Smith Yina Jiménez Suriel
Diseño web Web design Pablo Liz Impresión Print and bound Especialidades Gráficas EGRAF Santo Domingo, República Dominicana
Centro Cultural Eduardo León Jimenes. Santiago de los Caballeros, República Dominicana. 2021. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin la autorización escrita del titular de los derechos de autor. ISBN 9789945929607 jaraguanocae.do centroleon.org.do/jaraguanocae
Agradecimientos
Al Centro León y la Fundación Eduardo León Jimenes por creer en el valor de la arquitectura local del siglo XX y su rol en el espectro cultural dominicano. Sin la fe que María Amalia León, María Elena Aguayo, María Luisa Asilis, Luis Felipe Rodríguez, Sara Hermann, Yina Jiménez Suriel, Laura Bisonó Smith, Mario Núñez Muñoz y Joel Butler depositaron en este proyecto no hubiésemos podido reconstruir virtualmente este edificio. Al apoyo de estas instituciones se suma el de la Graham Foundation for Advanced Studies in the Fine Arts, al honrar a Jaragua no cae con una beca de investigación. A la generosidad de José Enrique Delmonte, quien además de arquitecto, investigador y poeta es uno de los recursos más valiosos que tenemos los dominicanos para valorar, entender y poder llegar a ser críticos con nuestro entorno construido. Sin la ayuda acuciosa y constante de Vivian Mateo Coradín y Judit Germán Céspedes, esta investigación se habría quedado a medias. Las capacidades gráficas de Samantha Sánchez y Pablo Liz hicieron que esta historia llegara a tener vida tanto en la hoja impresa como en la web. A Ivanna Candelier por prestarnos su fascinante habilidad para interpretar la personalidad de un recuento a través de la tipografía. Si gracias a los dibujos y modelos de las distintas iteraciones del Hotel Jaragua que incluimos entre estas páginas logran entender mejor cómo funcionaba el edificio, recuerden agradecer mentalmente a Liz González, Roshermi Castillo, Jhonnia Rodríguez, Ramdel Guerrero, Patricia Peña Ramos, Karllennys Peña y Estefany Roa. También tenemos una deuda de gratitud con la colaboración gráfica de Jorge González y Orlando Isaac. A la bondadosa disposición de Jaime Read Ortega, quien con sus dotes de mitad historiador y mitad detective desenmarañó la trama histórica de la parcela donde eventualmente se construyó el Jaragua. A la autora de un extraordinario trabajo de grado, Lidia León Cabral, quien se esforzó para desengavetar documentos oficiales y así conectar los dolorosos puntos que llevaron a la caída del complejo. Al derroche de información y documentos que obtuvimos gracias a la cortesía de Eduardo Santa Cruz y su familia. Al personal del Archivo General de la Nación por su casi infinita paciencia para localizar una gran parte de las imágenes que se encuentran en estas páginas. A la incansable labor de investigación que ha realizado Gustavo Luis Moré para documentar, entender y extender la arquitectura dominicana. Sin su defensa de lo que para muchos no es evidente y su pasión por continuar escarbando en la modernidad antillana, este libro no existiría hoy. A quienes hicieron activismo desde las aulas —ya sea como docentes, estudiantes o recién egresados—, desde las calles y desde los medios para que el Jaragua no 4
Acknowledgments
To the Centro León and the Fundación Eduardo León Jimenes for believing in the inherent value of local 20th-century architecture. Without the faith bestowed upon this project by María Amalia León, María Elena Aguayo, María Luisa Asilis, Luis Felipe Rodríguez, Sara Hermann, Yina Jiménez Suriel, Laura Bisonó Smith, Mario Núñez Muñoz and Joel Butler, we wouldn’t have been able to virtually reconstruct this building. We would also like to thank the support of the Graham Foundation for Advanced Studies in the Fine Arts, which honored Jaragua Won’t Crumble with a research grant. To the generosity of José Enrique Delmonte, an architect, researcher and poet who is also a precious resource in the road that leads us Dominicans to better assess, understand and become ever more critical of our built environment. This research project would have never crossed the finish line without the diligent and tenacious assistance of Vivian Mateo Coradín and Judit Germán Céspedes. The graphic design skills of Samanta Sánchez Franco and Pablo Liz made this story come alive both in the printed page and the web page. Ivanna Candelier lent us her fascinating ability to interpret the personality of a historical survey by way of typography. If your understanding of the way the building functioned in each of its different iterations is enriched by the drawings and models we’ve included further on, then please remember to thank Liz González, Roshermi Castillo, Jhonnia Rodríguez, Ramdel Guerrero, Patricia Peña Ramos, Karllennys Peña and Estefany Roa. We are also indebted to Jorge González and Orlando Isaac for their gracious graphic guidance. To the lavish alacrity of Jaime Read Ortega, a half-historian half-detective angel who untangled the wicked web woven by the owners of the land that would eventually house the Jaragua Hotel. To the author of an extraordinary undergraduate thesis, Lidia León Cabral, who found a way to reach hidden official documents and afterwards connected the many painful dots that led to the building’s downfall. To the outpouring of information and documents we received from Eduardo Santa Cruz and his family. To the staff of the Dominican General Archive (AGN) for their nearly endless patience in locating a large part of the images you’ll find in the following pages. To Gustavo Luis Moré for the tireless research activities he has embarked on to document, understand and extend the reach of Dominican architecture. Without his defense of what many don’t always see as evident and his passion for continuously digging into Caribbean modernity, this book would certainly not exist. To those whose history of activism took place in the classroom —either as faculty, students or alumni—, in the streets or in the media to keep the hotel from being torn 5
cayera, y con esa misma energía nos cedieron sus recuerdos: Omar Rancier, Pedro José Alfonso, Ángela Burgos, Guaroa Noboa, Leyda Brea y Edda Grullón. A la memoria de Emilio Brea y el carácter crítico que le dio la certeza de que analizar la arquitectura era tan importante como realizarla. Si hoy el gremio local tiene la capacidad de congregarse, de unirse para premiar sus logros y de dialogar para evaluar sus retos, esa fue parte de la herencia que nos dejó. A los arquitectos que, vía sus entrevistas, dieron voz a los profesionales dominicanos que cuentan con la visión, la convicción y la capacidad de entender que los muros que colocamos en nuestro pasado tienen el poder de mejorar nuestro futuro: Mauricia Domínguez, Roger Raffa, Jorge Marte, Emilio Olivo y William Guzmán. A las personas que compartieron con nosotros sus sorprendentes remembranzas de la era de oro del Jaragua: José Del Castillo, Fabio Herrera, Rafael Solano, Elsa de Hazoury, Clara Scaroina Nivar, Mimí Arenas viuda Conde y Josefina Fondeur. A dos excepcionales comunicadores que, con gran disposición, nos contaron cómo el hotel fue sede de una etapa innovadora pero casi olvidada de la radio y la televisión dominicana: Ellis Pérez y Horacio Lamadrid. A los testimonios del arquitecto Manuel Del Orbe —quien arrojó luz sobre los trabajos realizados en la década de 1970, un momento poco iluminado en la cronología del hotel— así como los de don José Ramón Martínez Burgos y José Ramón Martínez González —quienes nos ofrecieron valiosos detalles sobre su labor en la creación del nuevo hotel que sustituyó al antiguo—. Asimismo, agradecemos a Matt Knights y Huáscar Soto por su apoyo documental desde el actual hotel. A la colaboración de Eugenio Pérez Montás, Manuel Salvador Gautier y Frank Moya Pons para esclarecer el perímetro histórico de esta investigación. A Luis Felipe Aquino por ser un faro a través de la evolución del turismo dominicano. A los dedos de Lourdes Periche y Carmen Ortega, quienes con su experiencia nos apuntaron hacia el mejor camino a seguir. A tantas personas que desinteresadamente abrieron sus bibliotecas y sus archivos fotográficos para compartirlos con nosotros: Heinz Neumann, Adolfo Despradel, Georgie González, Thimo Pimentel, Lorenzo Paulino, Rafael Álvarez, Christian Martínez, Guadalupe Casasnovas, Risoris Silvestre, Canek Denis, Cándido Guzmán, Marcos Blonda, Jerry Torres Santiago, Cristina Rico, Edwin Espinal, Jorge Marte, Omar De Moya, Federico Fondeur, Raquel Vicini, la familia Pou, César Martínez y Miguel D. Mena. También sentimos igual gratitud hacia el personal del Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico (AACUPR). Agradecemos además a quienes, al compartir sus memorias y sus listados de contactos, funcionaron como puente entre nosotros y una información que no siempre estaba a la mano: Simón Suárez, Héctor Ulises Montás, Roxanna Martínez, María del Mar Tavárez, Herminio Alberti, Freddy Reyes, Mu-Kien Sang, Marina Reyes Franco, Luisa De Peña, Evelyn Lima y Domingo Bermúdez. Y por último, a quienes mientras duró la investigación y la redacción de este tomo se acostumbraron a quedar de último: a nuestras familias, por su apoyo incondicional —y muy especialmente a Elia y a Camilo por ser una inspiración constante—. 6
down, and who shared their memories with that same energy: Omar Rancier, Pedro José Alfonso, Ángela Burgos, Guaroa Noboa, Leyda Brea and Edda Grullón. To the memory of Emilio Brea and the critical nature that gave him the certainty that analizing architecture is as important as creating it. The fact that the local guild is able to rally together, to join hands in applauding its own achievements and to even discuss its many challenges, illustrates how we still owe him a great deal. To the architects who, via their interviews, gave voice to the many Dominican professionals who have the vision, the conviction and the ability to understand that the walls we erected in our past have the power to improve our future: Mauricia Domínguez, Roger Raffa, Jorge Marte, Emilio Olivo and William Guzmán. To the wonderful group of people who shared their mental keepsakes from the hotel’s golden age: José Del Castillo, Fabio Herrera, Rafael Solano, Elsa de Hazoury, Clara Scaroina Nivar, Mimí Arenas Conde and Josefina Fondeur. To the treasure trove of details provided by two exceptional media figures, shedding light on a pluckily entrepreneurial —yet nearly forgotten— stage of Dominican radio and TV: Ellis Pérez and Horacio Lamadrid. To the statements from architect Manuel Del Orbe —who clarified some of the murky details of the late 1970s revamp project— as well as from José Ramón Martínez Burgos and José Ramón Martínez González —who retraced the specifics of their roles in bringing about the new building that would replace the old hotel. We would also like to thank Matt Knights and Huáscar Soto, from the team of the current establishment, for their support with documents and historical data. We’re grateful for the advice of Eugenio Pérez Montás, Manuel Salvador Gautier and Frank Moya Pons, who helped us establish the contextual perimeter beyond this story. To Luis Felipe Aquino for being a guiding light through the evolution of the Dominican tourism industry. To the guidance of Lourdes Periche and Carmen Ortega, who always pointed us in the right direction. To the many people who selflessly opened their personal libraries and their photo archives in order to share them with us: Heinz Neumann, Adolfo Despradel, Georgie González, Thimo Pimentel, Lorenzo Paulino, Rafael Álvarez, Christian Martínez, Guadalupe Casasnovas, Risoris Silvestre, Canek Denis, Cándido Guzmán, Marcos Blonda, Jerry Torres Santiago, Cristina Rico, Edwin Espinal, Jorge Marte, Omar De Moya, Federico Fondeur, Raquel Vicini, the Pou family, César Martínez and Miguel D. Mena. We are also heavily indebted to the Archives of Architecture and Construction at the University of Puerto Rico (AACUPR). A tip of the hat to those who shared not just their memories but also their contact lists, and thus became a bridge between us and some much needed missing bits of info: Simón Suárez, Héctor Ulises Montás, Roxanna Martínez, María del Mar Tavárez, Herminio Alberti, Freddy Reyes, Mu-Kien Sang, Marina Reyes Franco, Luisa De Peña, Evelyn Lima and Domingo Bermúdez. And finally, to those who got used to being last while this research lasted: our families, whose support never wavered —with special thanks to Elia and Camilo for being a constant source of inspiration. 7
Índice
Agradecimientos 4 Índice 8 Lugares de memoria
10
El Jaragua o la rebeldía de la infinitud
12
¿Cae o no cae?
16
Un ciclón de concreto
22
Los cimientos de un hotel nacional
46
Frente al mar, pero… ¿dónde?
72
Un crucero blanco salido del mar
96
La luna tiene sus lugares favoritos
158
¿Hasta dónde se puede estirar un símbolo?
178
El último baile del Jaragua
212
Le dién dinamita
244
Que no caigan otros Jaraguas
280
Notas de los autores
318
Créditos fotográficos
320
Bibliografía 322
8
Contents
Acknowledgments 5 Contents 9 Places of memory
11
The Jaragua Hotel —or how infinity keeps rebelling
13
But will it crumble?
17
Strong gusts of concrete
23
Coming soon: a flagship hotel
47
And where shall we meet the sea?
73
A white cruise ship just landed The moon does have its fave spots
97 159
A chaotic game of musical chairs
179
A swan song, a last dance
213
Fire in the whole building
245
Lest we lose more Jaraguas
281
A few notes from the authors
319
Photo credits
320
References 322
9
Lugares de memoria
Durante la década de 1980, los historiadores —y el francés Pierre Nora en particular— crearon un nuevo vocablo: los “lugares de memoria”. Nora hablaba de los monumentos, espacios físicos o virtuales, consagrados o no, que sirven para construir y sostener la memoria colectiva de una comunidad. Al Jaragua no se le necesitaba poner un “Hotel” delante para reconocer de qué se hablaba cuando se mencionaba. Aun hoy, después de cerca de cuatro décadas de ya desaparecida su estructura física original, su nombre evoca tantos referentes como vida tenga quien lo recuerde. Y no es para menos. Por una serie de factores en los que fue innovador, “el Jaragua” era significante polivalente y versátil de múltiples significados conjugados, convirtiéndose a lo largo del tiempo en un símbolo de un conjunto de lugares de la memoria común de los dominicanos: la arquitectura antillana, la vida nocturna que marcó una época, la música tropical que allí se inmortalizó, los debates políticos y polémicas que suscitó; el Jaragua se forjó como una antología de los más representativos componentes de un Caribe que fuimos. Este libro es una obra que se inscribe en la intersección de la historia política, económica, social y cultural de una nación y también de una región. Los autores tejieron diversos hilos para, de un tirón, contar los inicios del turismo y de la hostelería en el país y en el Caribe, los primeros pasos del urbanismo, la historia del ascenso y tramas de la dictadura de Trujillo, así como la relación estrecha con la música y el mundo del espectáculo, elementos que se conjugan en una partitura llena de matices. Al vaivén de bolero y merengue, del inmortal Luna sobre el Jaragua de Luis Alberti, como el no menos significativo Requiem sobre el Jaragua, de Juan Luis Guerra, el texto relata el auge y permanencia del legendario hotel porque, aunque le “dién dinamita […], lo bueno no cae”. Con la publicación de Jaragua no cae, el Centro León cumple con su función de promoción y fomento de la investigación de nuestro patrimonio cultural, como eje fundamental de una museología social y democrática, que procure poner en valor nuestro pasado, haciendo accesible a nuestro presente la memoria necesaria con la cual zarpar con más conciencia e imaginación hacia un mejor porvenir para todos.
María Amalia León Fundación Eduardo León Jimenes y Centro León Abril de 2021 10
Places of memory
During the 1980s, historians —and Frenchman Pierre Nora in particular— came up with a new concept: “places of memory.” Nora spoke of monuments, those physical or virtual spaces, sacred or not, that help build and uphold a group’s collective memory. One didn’t need to spell out “Hotel” in front of Jaragua to understand what one was referring to. Even today, its name brings back as many reference points as the lives lived by those who still remember it. No wonder: due to its innovative features, “el Jaragua” became shorthand for versatility. It became a symbol of several places of memory located within the Dominican consciousness: Antillean architecture, a golden era in our local nightlife, an immortal tropical soundtrack, the political debates it sparked off. Our Jaragua became an anthology of the most representative elements of the Caribbean we once were. Jaragua Won’t Crumble is a book set at the crossroads of the political, economic, social and cultural history of a country and a region. Its authors wove together the early days of our tourism industry, our explorations of urbanism and the ascent of the Trujillo dictatorship, as well as its close relationship with music and show business. Indeed, by way of bolero and merengue —Luis Alberti’s eternal Luna sobre el Jaragua and Juan Luis Guerra’s Requiem sobre el Jaragua—, they speak of the heyday and the permanence of the legendary hotel… because, even though “they hit it with dynamite […], the good ones won’t die.” With this publication, the Centro León fulfills its mission to promote and foster research activities around our cultural heritage. This is the cornerstone of a social and democratic vision of museology: by valuing our past we make our present more accessible, creating the memories that will allow us to evaluate our future in a more conscious and imaginative way.
María Amalia León Fundación Eduardo León Jimenes and Centro León April 2021 11
El Jaragua o la rebeldía de la infinitud
Pocas obras de arquitectura en República Dominicana han ocupado un lugar tan controversial como el Hotel Jaragua, con una breve historia de gracia, componendas, incomprensiones, alteraciones y emociones diseminadas en muchos ámbitos de la memoria colectiva. Pocas de ellas han generado posiciones extremas en la sociedad en las que los criterios fundamentales de cada lado se enfrentan sin considerar la más mínima posibilidad de acercamiento. Muy escasos son los edificios que han establecido una marca en la historia de la ciudad que se sostiene de referentes míticos que la oralidad se encarga de distribuir. Apenas contamos con dos o tres piezas construidas que surgieron atrevidas, solitarias, con personalidad, que se convirtieron, de manera inesperada, en personajes propios de una narrativa de ficciones difusas. De alguna manera, hubo edificios que muy temprano adquirieron el rango de emblemas, con sinuosidades expresivas, sus recursos interpretativos y su energía metafísica, que traspasaron los propios objetivos de sus autores. Lo que en un principio fue una respuesta a requerimientos funcionales que su arquitecto produjo, su imagen se liberó de tales planteamientos básicos y provocó interpretaciones, momentos y evocaciones que convirtieron al edificio en un estamento de sólidas convergencias. El Jaragua ha sido una daga que está clavada en la historia de Santo Domingo como recordatorio de la disolución de tantos episodios adversos en la dominicanidad. Si bien se debe guardar una distancia prudente al hacer comparaciones, es necesario apuntar que hemos tenido muchos Jaraguas representados en proyectos sociales, visiones de nación o experiencias abortadas en el proceso de conformación de la misma. A pesar de su corta duración de 43 años, su existencia permitió la materialización de distintos ideales y aspiraciones que siguen latentes, al igual que ciertas situaciones políticas o culturales que quedaron del lado de la épica propia del ser dominicano. La demolición del Jaragua no demolió la capacidad simbólica que le caracterizó, ni debilitó la posición de los que fueron tildados de insulsos porque no tenían capacidad de danzar al ritmo de los cánones de la mercadotecnia, la promoción eufemística y la manipulación teórica. Como tantos episodios de la historia local, los otros ganaron la batalla y sin embargo, al mismo tiempo, triunfaron los perdedores por su capacidad de fortalecer conciencias en el tiempo. Por consiguiente, la historia del Jaragua contiene capítulos importantes para revisar posiciones; ofrece lecciones para entender un proceso aislado como parte de un escenario más amplio o complejo y provoca madurez para analizar las cosas. La experiencia de la lucha y demolición produce preguntas impertinentes: ¿Se repetiría el mismo episodio si surgiera otro Jaragua en el presente? ¿Reconocen hoy 12
The Jaragua Hotel —or how infinity keeps rebelling
Few works of Dominican architecture have held a spot as controversial as the Jaragua Hotel, with a brief history that is nevertheless full of flair, shady deals, baffling situations, disputes and rising emotions that have become a part of the country’s memory. Few have generated such extreme social positions, with each side refusing to even consider acquiescing. Even fewer buildings have left a dent in the city’s timeline, standing on mythical references disseminated via oral history. We barely have two or three built projects that came out daring, solitary, brimming with personality, unexpectedly becoming characters more fitting to a narrative concocted by way of vague fictions. Somehow, there were buildings that early on acquired the distinction of an emblem, with many expressive sinuosities, interpretative resources and a certain metaphysical energy, which exceeded even the original objectives of their authors. What initially was read as a response to functional requirements produced by an architect later became an image liberated from such basic principles and provoked interpretations, moments and evocations that turned the building into an establishment of solid convergences. The Jaragua Hotel has been a dagger stabbed into the history of Santo Domingo as a reminder of the dissolution of so many unfavorable episodes in our Dominican essence. While we must keep a cautious distance while rendering comparisons, it’s important to remember that we’ve had several Jaraguas represented in social projects, nation-building exercises and even aborted experiences in the process of forming said essence. Although it stood for a brief 43 years, its existence led to the emergence of several ideals and aspirations that remain alive today, as well as certain political or cultural situations that joined the epic myth of our citizenship. Tearing down the Jaragua Hotel didn’t tear down the symbolic ability of its lifetime, nor did it weaken the position of those who were labeled as dull, given that they couldn’t dance to the beat of marketing, euphemistic promotion and theoretical manipulation. As with many episodes of local history, the others won the battle and yet, at the same time, the losers were victorious due to their ability to strengthen many consciences throughout time. Therefore, the story of the Jaragua Hotel includes important chapters that allow for a review of previous positions; it offers lessons that lead to an understanding of an isolated process as part as a wider or more complex scenario and it provokes a sense of maturity in order to analize things. The experience of fighting for and tearing something down produces some intrusive questions: Would history repeat itself if another Jaragua rose today? Do the parties then involved now acknowledge the weakness in their positions, having seen the consequences of their actions? Did the building’s down13
ambas partes involucradas las debilidades de sus posiciones al ver las consecuencias de sus acciones? ¿Se fortalecieron las instituciones responsables de la defensa de los valores patrimoniales a raíz de la caída del edificio? ¿Han actuado con mayor responsabilidad urbana los inversionistas inmobiliarios del presente? Como todo hecho consumado, es importante la retroalimentación para identificar nuevas rutas que beneficien a la colectividad por medio de mecanismos de discusión en los que se impongan estrategias inteligentes. Ahí radica la necesidad de difundir los eventos de la historia urbana, con el objetivo de emitir un llamado a los ciudadanos a asumir posiciones éticas en su desempeño individual. Es inducirlos a la reflexión y no a la simple evocación, y promover la creatividad en el diseño de herramientas de vocación pública con el fin de consolidar los signos más sólidos de la dominicanidad. Porque, al fin y al cabo, hablar del Jaragua no tendría sentido si el diálogo no se distancia de la emotividad ni construye un discurso prospectivo. Alex Martínez Suárez y Rab Messina han reunido en este libro valiosos testimonios intangibles y documentos históricos del proyecto, de la construcción y del uso del hotel más importante de la región en la década de 1940, surgido del interés del Estado dominicano como una necesidad de alcance nacionalista. En él se reseña, con un estilo cargado de pistas de cinismo y arrojo, la biografía de un inmueble que superó la temporalidad. Más allá de agrupar los datos inherentes al proceso constructivo, el documento reúne informaciones de la manera en que el hotel sirvió a diferentes intereses, algunos oscuros, cuando la majestuosidad de sus espacios y la austera propuesta estética de sus componentes arquitectónicos permitieron la conformación de microrrelatos asentados en lo más recóndito de la memoria de toda una generación. Resulta importante reconocer que el inmueble fue concebido desde la conciencia de lograr un único universo de ofrendas estéticas, desarrollado con una maestría que solo un conocedor de las complejidades del buen diseño arquitectónico es capaz de lograr. Como si en el edificio se entrelazaran ciertas creencias del sincretismo religioso de la isla, estuvo acompañado siempre de ciertos rasgos de buen augurio y de amenazas de un trágico final. De alguna forma, el Jaragua fue víctima de obsolescencia temprana que sirvió de justificación para los que auspiciaron su sustitución, en 1985. La debilidad en los aspectos legales y en la incapacidad de maniobra de los representantes de grupos ligados a la arquitectura aceleraron su desenlace con epílogos aún por producirse. Lo importante es la extracción de pautas que permitan completar el papel que cada cual debe jugar en los momentos reiterativos en que la historia del Jaragua se repite, como si fuese un juego de infinitos. Visto a la distancia, la desaparición de aquella figura blanca y limpia de una masa posada sobre la orilla del mar sigue reclamando, a la luz de la noche, su necesaria inmortalidad. Este libro contiene, afortunadamente, algunas señales para ello.
José Enrique Delmonte Febrero de 2021 14
fall result in the strengthening of the institutions responsible for defending our heritage? Are current urban real estate investors acting more responsibly? As with any fait accompli, feedback is important in order to identify new routes that may benefit the community by discussing mechanisms from whence intelligent strategies might emerge. Therein lies the need to socialize the events of our urban history, so as to broadcast a rebel yell to citizens, urging them to asume ethical positions in their individual performances. It’s the act of guiding them towards reflection instead of mere evocation, and promoting creativity in the design of public vocation tools so as to consolidate the most solid signs of the Dominican essence. That’s because, at the end of the day, speaking of the Jaragua Hotel wouldn’t make sense unless we separate the dialogue from our emotions or unless we come out of it with a prospective discourse. In this book, Alex Martínez Suárez and Rab Messina have collected valuable intangible accounts and many historical documents pertaining to the conception, the construction and the use of the most important hotel in the region in the 1940s, born out of governmental interest as a nationalist necessity. Within these pages, using a style loaded with cynicism and fearlessness, lies the biography of a property that overcame its own temporality. More than grouping together facts related to its construction process, this document gathers information on the way the hotel served different interests, some of them dark, when the stateliness of its spaces and the austere aesthetic proposal of its architectural components allowed for the development of short stories that have established themselves in the most remote places of an entire generation’s shared memory. It’s important to acknowledge that the property was conceived from the conscientious starting point of creating a single universe of aesthetic offerings, developed masterfully by someone who knew inside out the complexities of good architectural design. As if the building itself became the meeting spot for the island’s religious syncretism, it was always surrounded by good omens as well as several situations that threatened it with an ominous ending. Somehow, the Jaragua Hotel was a victim of early obsolescence, which handed a reason to those who supported its demise in 1985. The legal weakness and the logistical inabilities of the representatives of the groups linked to architecture fast-forwarded the action towards its ending, with epilogues yet to take place. The important thing here is the extraction of guidelines that allow each player to play their due part during the many reiterative moments where the history of the Jaragua Hotel repeats itself, as if it were an infinite game. Seen from a distance, the disappearance of that white and clean figure, a mass sitting on the shore by the moonlight, still demands its necessary immortality. Fortunately, this book contains several gestures leading to it.
José Enrique Delmonte February 2021 15
¿Cae o no cae? INTRODUCCIÓN
But will it crumble? INTRODUCTION
¿CAE O NO CAE?
El secretario de la Presidencia había dicho que el Hotel Jaragua estaba en tan malas condiciones que corría el riesgo de desplomarse en cualquier momento —y todo dominicano sabe que sus funcionarios públicos nunca mienten—. Como voz cantante de la administración de Salvador Jorge Blanco, Rafael Flores Estrella estaba citando las conclusiones de los estudios comisionados por el Gobierno: al estar ubicado frente al mar Caribe y haber sido construido a principios de la década de 1940, el salitre acumulado en esas cuatro décadas había afectado considerablemente el acero de la estructura. Para evitar desgracias humanas, la posición gubernamental —incluyendo un eco del secretario de Turismo, Rafael Suberví Bonilla— era demolerlo. Sin embargo, el problema estaba en que no se trataba de demoler un edificio cualquiera: el Jaragua, un crucero de hormigón en tierra que miraba hacia el Caribe, era el primer hotel de estilo racional existente en toda la región antillana y el norte de Sudamérica. Más allá de su valor estético, la inteligente adaptación de esta corriente internacional a los embates tropicales, con estrategias funcionales para evadir el inclemente calor de estos lares, fue una prueba de concepto que cambió el rumbo de la construcción hospitalaria de la zona. Esa calidad de diseño era de esperarse de alguien como Guillermo González. Cuando retornó al país con un diploma de arquitectura de la Universidad de Yale, los medios locales no entendían del todo la profesión. Sin embargo, González fue explicando su rol con cada bloque de hormigón que se colocaba en su nombre: desde el parque que hoy lleva el nombre de Eugenio María de Hostos a los edificios y monumentos que conforman la Feria de la avenida Jiménez Moya, pasando por impresionantes residencias privadas espolvoreadas entre la avenida Independencia y Arroyo Hondo. Ninguna otra mesa de dibujo ha dejado una huella tan marcada en la ciudad capital del siglo XX como la que pertenecía al que hoy se considera el padre de la arquitectura dominicana. Y la obra culmen de su trayectoria, alegaban los del gremio, era precisamente el Hotel Jaragua. Los del gremio eran muchos. Estaban los enérgicos jóvenes del Grupo Nueva Arquitectura, una tribu de arquitectos egresados de la UASD y la UNPHU unidos por la pasión intelectual de identificar y defender el patrimonio de diseño del país —algo particularmente difícil en una nación cuya imaginación de lo defendible solo alcanza el legado colonial—. Estaba el regidor del Distrito Nacional Joaquín Gerónimo, un arquitecto perteneciente al PLD que solicitó al Poder Ejecutivo la declaración del edificio como patrimonio cultural arquitectónico. Estaban periodistas y columnistas de medios como el Listín Diario, Última Hora y El Caribe que cuestionaban la rentabilidad de demoler para 18
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The Chief of Staff had said that the Jaragua Hotel was in such a dire state that it could collapse any minute —and Dominicans know their public servants never lie. As the spokesperson for President Salvador Jorge Blanco’s administration, Rafael Flores Estrella was quoting the studies commissioned by the government: given its location right across the Caribbean Sea and having been built in the 1940s, the layers of saltpeter that piled up throughout four decades had considerably damaged the steel inside the structure. In order to avoid the potential loss of human life, the official proposal —including a nod from the Secretary of Tourism, Rafael Suberví Bonilla— was to tear it down. But there was a larger issue at hand. This wasn’t just any building: the Jaragua Hotel was a concrete cruise ship that looked towards the Caribbean shore, the first establishment of its kind —a modernist lodging— in the Antilles and the north of South America. Beyond its aesthetic value, the intelligent adaptation of this international trend to the onslaught of the tropics, using functional strategies to avoid the merciless heat in this neck of the woods, was a proof of concept that changed the course of hospitality architecture in the area. One could expect this quality of design from someone like Guillermo González. When he came back home with a Bachelor’s degree in Architecture from the University of Yale, members of the local media couldn’t really tell the profession apart from that of a civil engineer. And nevertheless, González took it upon himself to explain that difference with each concrete block set in his name: from the park now named after Eugenio María de Hostos to the buildings and monuments that make up the Feria on both sides of the Jiménez Moya Avenue, as well as some awe-inducing private residences scattered between Independencia Avenue and Arroyo Hondo. No other drafting table left its mark on the Santo Domingo of the 20th century as much as the one that belonged to the man now considered the father of Dominican architecture. And the crowning achievement of his career, the guild said, was precisely the Jaragua Hotel. There were many in the guild. There was the feisty Grupo Nueva Arquitectura, a tribe of recent graduates from the UASD and UNPHU universities that came together over their will to identify and defend the nation’s design heritage —something particularly difficult in a country whose protective imagination was only large enough to fathom including its colonial legacy. There was a local councilor by the name of Joaquín Gerónimo, an architect from the Partido de la Liberación Dominicana who prompted the Executive Branch to add the hotel to the list of the country’s built heritage. There were several journalists and op-ed writers at publications such as Listín Diario, Última Hora and El Caribe 19
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construir desde cero en vez de restaurar y añadir —como había sucedido exitosamente con otro hotel de mitad de siglo también ubicado en el Malecón—. Pero del otro lado había un fuerte contrapeso. A pesar de sus bondades, el Jaragua había sido un tesoro difícil de administrar. Construido sobre terrenos todavía pertenecientes a Bienes Nacionales, el modelo de negocio del hotel era uno de arrendamiento a largo plazo. Desde su nacimiento en 1942, la suya había sido una carrera de relevo accidentada: traspasos al vapor, cancelaciones por incumplimiento, remodelaciones cuestionables y una estela de números rojos. No había, decían, mayor elefante blanco en todo el país. ¿Quiénes lo decían? La más reciente compañía administradora en ganar el contrato: la Transamerican Hotel y Casino, una firma de capital extranjero y dominicano, con la parte local representada por el empresario Edmond Elías. La propuesta de la Transamerican era fácilmente comprensible: demoler el inmueble desfasado y aprovechar su locación privilegiada para sustituirlo por un hotel acorde con las demandas del turista internacional de la época. Según su posición, la novedad de este nuevo complejo no podía convivir con los cimientos de un establecimiento ideado para la vida de ocio cuatro décadas antes. Por eso, en medio de vigilias y protestas ciudadanas, así como cuestionamientos de la prensa, en marzo de 1985 fueron colocadas enormes cantidades de dinamita en la base y en todas las columnas del edificio, de la mano de especialistas extranjeros traídos al país para dirigir la explosión. Los curiosos se amontonaron en la acera del frente, ansiosos por ver una caída aparatosa similar a la de los filmes hollywoodenses. Ya que la versión oficial era que el edificio se encontraba en condiciones deplorables, la jornada prometía un espectáculo. Cuando se activaron las dos mil cargas de TNT, en vez de gritos perplejos de emoción se escucharon risas: el Jaragua seguía en pie, estoico. Ni el salitre ni las calumnias pudieron contra su sólida estructura. Guillermo González, quien había fallecido casi 15 años antes, seguramente también se reía desde su tumba: él había diseñado ese hotel para ser inmortal. Y entonces, ¿por qué derribarlo? ¿Por qué darle a uno de los más grandes íconos del patrimonio arquitectónico dominicano una muerte indigna con bolas de demolición y picos de calle? ¿Quién se beneficiaba de su extinción? O mejor dicho, ¿sabemos los dominicanos realmente cuáles han sido las consecuencias de su caída?
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who questioned the profitability of tearing down to build anew instead of restoring and adding an annex —something that another mid-century hotel across the sea had done successfully in those days. But there was a strong counterweight to all of this. In spite of its virtues, the hotel had proven difficult to reign in. Built on a lot that still por belongs to the Office of National Assets, its business model relied on long-term leasing to third-party administrators. Since its birth in 1942, it had been the site of a troubled and troubling relay race: there were some hurried transfers, some breaches of contract and a long trail of quarterly statements in the red. There was, they said, no larger white elephant in the entire country. And who said so? For starters, the most recent managing company to win the lease: Transamerican Hotel and Casino, a joint venture featuring Dominican and foreign partners whose local representation was headed by businessman Edmond Elías. Transamerican’s proposal was easily understandable: they suggested tearing down the out-of-style building in order to take advantage of its attractive location; in its place would rise a hotel up to the standard of the international travelers of the time. According to the company’s position, the novelty of this new hospitality complex could not cohabit with the foundations of an establishment that was devised to fulfill the needs of a traveling class four decades removed. That’s why, even in the middle of several vigils and civilian protests, as well as some soul-searching from the members of the press, come March 1985 a hefty haul of dynamite came to hug the base and every column in the old hotel, set in place by a crew of demolition specialists brought to the country for their unique expertise. The people were promised a Hollywood-style explosion, so the curious were having a field day, gathering nearby. Since the official version said the building was in a dreadful state, they anticipated quite the spectacle. When the two thousand loads of TNT were set loose, instead of screams of awe and shock there was but laughter and mockery: there stood still the stoic Jaragua. Neither saltpeter nor slander could do much against its solid structure. Guillermo González, who had passed away close to 15 years before, was surely joining the cackling from the grave: he had designed that hotel with immortality in mind. And so, why was there such a rush to tear it down? Why would one of the leading icons of Dominican architectural heritage be eventually given such an ignominious death by way of a wrecking ball and pickaxes? Who stood to benefit from its extinction? Or rather, are Dominicans aware of the consequences of its downfall?
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Un ciclón de concreto CAPÍTULO
Strong gusts of concrete CHAPTER
UN CICLÓN DE CONCRETO
Cualquier lobo feroz podía soplar y dar abajo con una pequeña urbe hecha de madera. Pero este, en particular, era más feroz que cualquiera que Santo Domingo había conocido antes en su historia: en unas tres horas de septiembre de 1930 el ciclón San Zenón aplanó la capital dominicana. El fenómeno atmosférico se ensañó contra la ciudad, con una trayectoria sureste-noroeste que pasó directamente sobre ella. En ese entonces la Oficina Meteorológica local no ofrecía un servicio avanzado —muchas de las labores de difusión del estado del tiempo eran cumplidas rudimentariamente por la Secretaría de Estado de Agricultura—. Aparte, los mensajes que llegaban del exterior eran confusos: desde Washington se hablaba de un ciclón al noreste de Martinica, mientras que Puerto Rico indicaba que el centro del huracán pasaría a unos 240 kilómetros al sur de La Española. Las autoridades estadounidenses estimaban que el 2 de septiembre estaría al sur de Borinquen y al próximo día ya por el sur de Haití; esos pronósticos solo veían a Barahona como posible víctima dominicana de las ráfagas. Cuando finalmente la Oficina Meteorológica alertó que el fenómeno tocaría la capital, poco se pudo hacer: a falta de un precedente reciente que temer, una gran parte de la población hizo caso omiso a la voz de alarma de su director, don Aurelio Ortori. San Zenón se enfilaba hacia Cabo Caucedo. La noche del segundo día del mes habían cientos de curiosos reunidos en un paseo marítimo cercano a la desembocadura del río Ozama, disfrutando del furioso oleaje; al mediodía siguiente, en El Bufeadero, los ociosos veían en pleno huracán cómo el mar Caribe parecía lanzar géiseres con violencia. El pueblo dominicano todavía no había aprendido a tenerle miedo y respeto a la furia que llega de los cielos en orden alfabético. Para cuando escampó el 4 de septiembre, entre dos mil y cuatro mil capitaleños habían perdido la vida —algunos víctimas de su ignorancia, pues ante la calma falsa del ojo del huracán, salieron a inspeccionar los daños causados y quedaron atrapados en la segunda ronda de embates—. Los heridos llegaban a 15 mil y los damnificados nunca pudieron ser contados. Para una población total que no pasaba de 70 mil personas, el costo humano fue dolorosamente notable. Todavía no se tiene certeza de la velocidad precisa de sus vientos; el anemómetro del techo de la Oficina Meteorológica salió volando cuando llegó a marcar los 160 kilómetros por hora. Pero no hacía falta un reporte detallado, pues la devastación hablaba por sí sola: de unas 10 mil edificaciones solo permanecieron en pie unas 400, la mayoría pétreas dentro de la Ciudad Colonial. En Villa Duarte solo quedó arriba una 24
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Any big bad wolf could blow down a small wooden city. This wolf in particular, though, was the biggest and the worst Santo Domingo had ever seen: in September of 1930, it took Hurricane San Zenón barely three hours to flatten the Dominican capital. The low-pressure system took it out on the city, following a southeast-northwest path that led its violent beeline straight through Santo Domingo. Back then the local weather office didn’t have the means to provide detailed projections —many of its functions were diverted to the somewhat primitive Secretary of State of Agriculture. Nor were the disjointed messages coming from overseas actually helpful —confusing was more like it. Washington spoke of a cyclone north of Martinique, while Puerto Rico stated that its center would be found some 240 kilometers south of Hispaniola. American authorities pointed to a September 2 location south of Borinquen, moving onwards to southern Haiti the next day; those forecasts only foresaw Barahona as the sole Dominican victim of its strong gusts of wind. Little could be done once the weather office alerted to the fact that the hurricane was coming for the capital: there was no recent precedent that could strike panic among the locals, who dismissed the warnings of weather director Aurelio Ortori. By then, San Zenón was well on its way to Cabo Caucedo. The second night of the month saw hundreds of onlookers gathered around a boardwalk near the mouth of the Ozama River, enjoying the spectacle of the mighty waves; by the following midday, curiosity led many more to El Bufeadero, where they saw the winds forming geysers in the Caribbean Sea. Dominicans hadn’t yet learned to fear and respect the fury that comes from the heavens in alphabetical order. By the time the onslaught stopped on September 4, somewhere between two and four thousand lives were lost —many were the victims of their own ignorance, as the false calm of the eye of the hurricane led them to go out and explore the damages, leaving them completely exposed to the second round of merciless buffeting. The tally for the wounded rose to 15 thousand, but there was never a way to account for the many direct casualties caused by the blitz. For a total population of barely 70 thousand, the human cost of the hurricane was painfully noticeable. There’s still no certainty of its actual speed; the wind gauge at the weather office flew out of the building once it hit 160 kilometers per hour. But there was no need for a detailed report, as the devastation spoke for itself: out of some 10 thousand built properties, barely 400 made it out on their feet —mostly stone houses within the Colonial City. Villa Duarte had but a single one standing, a concrete dwelling where what seemed 25
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casa de concreto, donde corrió a refugiarse el vecindario casi entero. Por el perímetro del recién inaugurado parque Enriquillo, diseñado por Osvaldo Báez Machado durante la presidencia de Horacio Vásquez, solo la glorieta de hormigón armado quedó intacta. A los capitaleños les quedó un aprendizaje bastante claro: ya el tiempo del pino y las tablas de palma, de la cana y el zinc había pasado. Para asegurar la supervivencia colectiva había que pensar en algo más concreto. La respuesta a ese problema había entrado con fuerza a unos 70 kilómetros de distancia: llegó por San Pedro de Macorís, el primer puerto del país, con conexiones navieras con Europa. Esos constantes intercambios comerciales, que resultaron también ser sociales, tuvieron sus frutos en la avanzada producción arquitectónica de la ciudad. Para muestra: tras dos incendios, en 1910 los representantes eclesiásticos petromacorisanos sustituyeron la antigua madera de su sede por el hormigón armado de la catedral San Pedro Apóstol, siguiendo el ejemplo del Parque de Bomberos entonces en proceso. El sólido Centro Recreativo Español fue inaugurado en 1914, cerca de la fecha de apertura del Hospital San Antonio. Las sucursales del Royal Bank of Canada y del National City Bank of New York también mostraban la misma predilección por la técnica. Del lado del uso mixto, casonas como las de José Armenteros y Antonio Casasnovas también fueron levantadas con estructuras hormigonadas. El edificio Morey, erigido en 1916, fue el primero del país en llegar a los cuatro pisos. Los constructores utilizaron el material para malear mejor el ornamento, produciendo así ejemplos desde el neogótico y el neoclásico hasta el neomudéjar, el art nouveau y el art déco —así como el estilo pradera promovido por Antonín Nechodoma, la cabeza checo-estadounidense de la Oficina de Arquitectura de Gobierno—. A San Pedro de Macorís también llegaron primero las innovaciones tecnológicas en materia de maquinaria para la industria alimenticia, así como las primeras locomotoras. Durante el boom económico que tuvo lugar entre 1918 a 1921 —la llamada Danza de los Millones impulsada por la exportación de materias primas como el cacao, el azúcar y el café— las inversiones estadounidenses profundizaron aun más la posición de la joya del río Higuamo como el paciente cero del hormigón armado en el país. En efecto, los edificios ligados a la agroindustria que idearon los llegados extranjeros tomaron algunas notas del uso de materiales y técnicas de la iconoclasta Escuela de Chicago. Ya para finales de la década, ninguna aduana a nivel nacional recaudaba tanto como la petromacorisana. Hasta el golpe económico que produjo la depresión de 1929, el imaginario de la modernidad dominicana estuvo contenido ahí —y no en la provincial Santo Domingo, que parecía estancada en sus costumbres poscolonialistas—. Fue entonces cuando se juntaron el hambre con las ganas de comer: precisamente en 1930 había alguien notablemente interesado en convertir la capital en el innegable epicentro económico, cultural y social de República Dominicana. Tras el paso de San Zenón, lo primero que hizo el recién inaugurado presidente de la República fue declarar un estado de emergencia que le otorgaba poderes extracurriculares. Su segunda acción le permitiría contar con un lienzo en blanco para levantar su idea de ciudad: un plan administrativo del cuatrienio enfocado en el saneamiento y la reconstrucción inmediata… ligado a un plan de asistencia social para socorrer a los ciu26
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like the entire neighborhood found refuge. Around the recently opened Parque Enriquillo, designed by Osvaldo Báez Machado during the Horacio Vásquez administration, only its reinforced concrete gazebo remained intact. Locals had learned their lesson: the time of pinewood and palm-tree boards, of thatched and zinc roofs was certainly over. Collective survival, it seemed, would require some concrete thinking. The answer to this conundrum had made its way inland some 70 kilometers away: it had entered via San Francisco de Macorís, where the country’s first international port was located, linking the nation to several European cities. Trade turned into social connections, and these in turn were reflected in the city’s advanced architectural output. The proof is in the buildings: after two devastating fires, in 1910 church representatives replaced their old wooden headquarters with the reinforced concrete of the San Pedro Apóstol Cathedral, following the example of the then-in-process fire brigade. The solid Centro Recreativo Español was opened in 1914, close to the inauguration date of the San Antonio Hospital. The local branches of the Royal Bank of Canada and the National City Bank of New York also favored the technique. When it came to mixed-use properties, manors belonging to José Armenteros and Antonio Casasnovas were also designed with concrete structures. The Morey Building, erected in 1916, was the first in the country to reach four stories. Construction teams used the material to better mould ornamentation, producing samples of Gothic Revival, neoclassic and Moorish Revival architecture, as well as art nouveau and art déco —and, of course, the particular strain of Prairie School style promoted by Antonin Nechodoma, the Czech-American leader of the government’s Architectural Office. San Pedro de Macorís was a city of many other firsts: it also experienced the earliest arrival of advanced technology for the food industry, as well as the country’s first train engines. During the economic boom that took place between 1918 and 1921 —the so-called Millionaire Dance propelled by exporting commodities such as cacao, sugar and coffee—, American investment helped strengthen the position of the gem on the Higuamo River as the nation’s patient zero for reinforced concrete. Indeed, the buildings devised by the newcomers for use in the agricultural industry seemed to take notes from the materials and techniques employed by the nonconforming Chicago School. By the end of the decade, no other customs office was as profitable as the one in San Pedro. Up until the economic downturn of 1929, Dominicans imagined modernity as an inextricable feature of the city —light years away from provincial Santo Domingo, stuck in its postcolonial ways. But then the perfect storm followed the hurricane: there was someone who, precisely in the second half of 1930, was very eager to turn the capital city into the economic, cultural and social epicenter of the Dominican Republic. After the onslaught of San Zenón, the freshly minted president declared a state of the emergency that awarded him off-the-menu capabilities. He then quickly launched an official blank canvas that would allow him to bring his urban ideals to life: a four-year administrative plan focused on sanitation and immediate rebuilding… linked to a social assistance plan that would come to the aid of low-income citizens, increase schooling 27
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dadanos de escasos recursos, fomentar la escolaridad y realizar obras de mejoramiento social y cultural, así como promover la creación de industrias con capital dominicano y empleos para las clases media y baja. El mensaje implícito estaba claro: Santo Domingo se levantaba reforzada con hormigón y con políticas públicas favorecedoras para todos los estratos de la población a través de los planes y la mano dura del general Rafael Trujillo Molina. No había uno sin el otro. Seis años después, como auto-espaldarazo por haber logrado lo lógicamente esperado de un primer mandatario ante un desastre natural y como muestra del culto a su personalidad que desarrollaría a lo largo de tres décadas, rebautizó a Santo Domingo como Ciudad Trujillo. Después de todo, ese fénix lo había levantado él. La primera vez que se usó hormigón en la ciudad fue para erigir las paredes de una residencia ya existente, ubicada en la esquina noroeste de las calles Mercedes y 30 de Marzo. El proceso era tan nuevo para los obreros locales que no lograban que fraguase la mezcla, hasta que uno de ellos dio con la dosis que ya conocen de memoria los constructores capitaleños. Cuando al poco tiempo, en 1905, el maestro constructor Eduardo Soler y el arquitecto Andrés Gómez Pintado estaban elevando una casa de concreto en las afueras de la ciudad, los curiosos se acercaban a conocer el nuevo método de construcción. Por la avenida Bolívar y la calle César Nicolás Penson comenzaban a surgir chalés híbridos, con paredes de concreto y techos de madera. En la segunda década del siglo XX, las fuerzas militares estadounidenses dejaron a la ciudad un notable ejemplo de hormigón armado: la Receptoría General de Aduanas, ubicada en el terreno donde hoy se encuentra el Palacio Nacional. Tras la partida de los ocupantes en 1924, la casona tipo plantación del sur de Estados Unidos eventualmente tomó un propósito más cercano a su fin ulterior: se convirtió en la Mansión Presidencial, el domicilio gubernamental desde donde el primer mandatario de turno ejercería funciones hasta 1943, cuando cedería el espacio para el inicio de la construcción del actual Palacio, en 1944. Esos eran casos salteados. Sin embargo, la excepción se convierte en regla tras el paso del huracán, con un aumento velozmente exponencial en la cantidad de viviendas y espacios comerciales erigidos con el material —la cantera de Santa Bárbara, anteriormente usada para construcciones coloniales, ahora era la matriz de los agregados gruesos que se utilizaban para la moderna mezcla—. Cada día más los permisos sometidos a la Dirección General de Obras Públicas incluían una línea novedosa en su descripción: construcción en concreto armado. Era el mandato legal: el nuevo reglamento de edificación pos-San Zenón exigía requisitos mínimos de seguridad. Cada juego de planos que pasaba por las manos de los ejecutores de la Ley de Construcciones esperaba, al final del proceso, una licencia aprobada por el Poder Ejecutivo. Habían casos de re-edificación de viviendas pre-existentes para llevarlas a su versión en concreto, como el de una residencia en la avenida Bolívar esquina calle Mariano Cestero, alrededor del parque Independencia. Pero en otros casos, este método de construcción permitió a muchos ingenieros realizar experimentaciones estilísticas —como la llamativa Casa Vapor de Henry Gazón Bona, un barco de concreto que flota desde 1936 en la intersección de las avenidas Francia y Doctor Delgado—. Cuando José Antonio Caro retorna al país tras su paso por la École Spéciale d’Architecture en París, se estrena con los trazos art déco de 28
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and develop social and cultural works, while promoting industrial endeavors backed by Dominican capital, as well as the creation of jobs for the lower and middle classes. The unspoken message was clear: Santo Domingo would rise again thanks to concrete, but also thanks to favorable public policies for all, by way of the plans and the firm hand of General Rafael Trujillo Molina. One would not exist without the other. Six years later, as an act of self-aggrandizement for having achieved what was logically expected from a nation’s ruler after a devastating natural disaster, and as an appetizer for the cult of personality he would promote over the course of three decades, he renamed Santo Domingo after himself, calling it Ciudad Trujillo. After all, he was the one who brought back that phoenix from its ashes. The capital saw its first share of concrete when the owners of a house on the northwest corner of Mercedes and 30 de Marzo streets used the material to rebuild its walls. The process was so novel that local workers weren’t able to get the mix to set, until one of them put together the proportions that the city’s builders nowadays seem to know by heart. When shortly after, in 1905, master builder Eduardo Soler and architect Andrés Gómez Pintado were putting together a concrete house right outside the city’s borders, many gathered around it to witness the new construction technique. The area close to the corner of Bolívar Avenue and César Nicolás Penson Street became fertile ground for many hybrid chalets, featuring concrete walls and wooden roofs. During the second decade of the 20th century, American military forces gave the city a notable example of reinforced concrete: the General Customs Office, located on the spot of the current National Palace. Once the occupation ended in 1924, the plantation-style residence was given a purpose closer to its future one: it became the Presidential Manor, the government abode where the head of state would exercise his functions until 1943, when he’d give up the property in order to erect the Palace —a process that started in 1944. But those were isolated cases. Nevertheless, the exception would become the rule after San Zenón, with new concrete dwellings and commercial spaces springing up at breakneck speed —the quarry at Santa Bárbara, a boon for colonial-era projects, was now the source of coarse aggregates used in the modern mix. Each day the Public Works office received more permit requests with an atypical line in their description: building made with reinforced concrete. That was the au courant legal mandate: the post-San Zenón regulation required new minimum safety standards. Each set of blueprints that went through the hands of the Construction Law committee expected, at the end of the process, an approved license from the Executive Branch —yes, the president himself had to approve every block that went up in his city. There were some cases of houses being rebuilt in a concrete version, such as the one on the corner of Bolívar Avenue and Mariano Cestero Street, close to Parque Independencia. But in other cases, this new construction method allowed many civil engineers to engage in style experiments —such as Henry Gazón Bona’s eye-catching Steam House, a concrete boat that has been floating since 1936 on the corner of Francia and Doctor Delgado avenues. When José Antonio Caro returned home after studying at the École Spéciale d’Architecture in Paris, his first commission was the art déco building of Panadería Quico on Padre Billini Street, featuring some charming concrete fonts. A similar proposal would grace the façade of the earliest 29
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la Panadería Quico de la calle Padre Billini, con sus atractivas letras en hormigón. Un tipo similar de propuesta identificaría a la fachada del primer edificio de la Santo Domingo Motors en la calle 12 de Julio, con un diseño enviado a revisión en 1933 por el ingeniero Casimiro Gómez. Ya el edificio Fernández de la calle El Conde, autoría de Caro junto a Leo Pou Ricart en 1936, es una potente muestra de cuatro niveles del ingenioso sincretismo entre el art déco, lo morisco y lo neohispánico en la capital. Había espacio para tal despliegue: entre 1930 y 1937, a Santo Domingo le nacen ensanches y desarrolla nuevas venas y arterias de asfalto. Con la expansión del tramado vial de la ciudad se crean nuevos espacios de habitación y comercio para la clase media y alta, así como infraestructura pública; la capital se densifica a ambos lados del Ozama, desde el aeropuerto hasta Gazcue. Precisamente en 1936 finaliza la construcción de uno de los proyectos de expansión vial destinados a permitir a los capitaleños admirar los cuerpos de agua de su ciudad y entregarse al esparcimiento peatonal, tal cual lo habían hecho Henri IV con el Pont Neuf y Louis XIV con sus muros verdes: la avenida Colombina. Desde su fundación en 1496, Santo Domingo desarrolló una relación de temor con el mar Caribe: de ahí venían los ataques y saqueos que provocaron que, durante una eternidad, la vida tuviera lugar entre murallas. A finales del siglo XIX tampoco corrió buena suerte: su costa era conocida por albergar el matadero y el vertedero municipal, dos fragantes servicios que ahuyentaban cualquier intento de deambulación. Más adelante, su rol principal era el de un ente utilitario donde se trazaban las líneas del comercio internacional —cada martes navíos como el Coamo, el San Lorenzo y el Borinquen, de la New York and Puerto Rico Lines, abastecían de bienes extranjeros a la ciudad—. Pero en 1904, durante la administración del presidente Carlos Morales Languasco, se dio el primer picazo del futuro imaginario espacial de los munícipes, con el inicio de la construcción del paseo Presidente Billini. Ubicado cerca de la desembocadura del río Ozama, entre las calles 19 de Marzo y Espaillat, es el primer momento republicano en el que se concibe ese tramo de tierra frente al agua como un lugar propicio para hacer nada —había una isleta, bancos y una balaustrada para tal propósito—. Unas décadas más tarde, sus elementos panorámicos atraerían a muchos ciudadanos negligentes que enfrentarían las consecuencias de su curiosidad por los vientos de San Zenón. Sin embargo, aun entrada la segunda década del siglo sus moradores le daban la espalda al impetuoso manto azul que toca el borde sur de la isla: en efecto, las estancias de recreo de las familias adineradas que ocuparon las entonces afueras de la ciudad colocaron sus fachadas mirando hacia la avenida Independencia. Como mucho, algunas quintas aprovecharon esa fuente para hacer piscinas de agua salada. En esos amplios terrenos de tres mil metros cuadrados en promedio, la vista al mar era sencillamente el lugar donde terminaba el patio, no un atractivo a resaltar —algo irónico, porque pronto sus propietarios iban a perder ese acceso privado que tomaban por sentado—. Como una excepción a su plan de ciudad, en este caso la brújula urbanizadora de Trujillo apuntó hacia el sur: bajo su mando, el litoral se convertiría en una costanera mayormente dedicada al ocio en su estado público. Santo Domingo iba a tener que aprender a querer su mar. El primer paso en la germinación de esta cultura del espacio común fue declarar de utilidad pública precisamente esos tramos de tierra de las casas 30
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headquarters for Santo Domingo Motors on 12 de Julio Street, with a construction permit request from engineer Casimiro Gómez dated 1933. The Fernández Building on El Conde Street, designed in 1936 by Caro alongside Leo Pou Ricart, is a striking four-story sample of the ingenious syncretism between art déco, Moorish and Spanish Revival that took place in the city. There was room for such a generous display: between 1930 and 1937, Santo Domingo was granted new housing developments, plus a set of new veins and arteries constantly pumping new asphalt. The expansion of the city’s thoroughfares brought along the creation of both commercial and residential spaces for the upper and middle classes, as well as several public infrastructure projects; the capital grew denser on both sides of the Ozama River, from the airport to Gazcue. In fact, 1936 marked the completion of a public project that would allow locals to admire the city’s bodies of water and walk their hours away at leisure, in the manner of Henri IV with the Pont Neuf and Louis XIV with his green walls: Colombina Avenue. Since its establishment in 1496, Santo Domingo had developed a fearful relationship with the Caribbean Sea: that’s where foreign attacks and plundering pirates came from, and they were the reason why its inhabitants sheltered inside rigid bulwarks for what seemed like an eternity. Near the end of the 19th century, the coastline wasn’t necessarily a happier place: it was the site of both the slaughterhouse and the garbage dump, two undoubtedly fragrant services that scared away any would-be flâneurs. Further on, its main role was that of an utilitarian entity for international trade —each Tuesday vessels such as the Coamo, the San Lorenzo and the Borinquen, from the New York and Puerto Rico Lines, would provide the city with foreign goods. But in 1904, during the administration of President Carlos Morales Languasco, a groundbreaking event took place: the construction of the Presidente Billini Boardwalk would populate the spatial imaginary of the city’s inhabitants. Located close to the mouth of the Ozama River, between 19 de Marzo and Espaillat streets, it became the first moment in republican history when a stretch of land facing the sea would be conceived as the perfect spot to do nothing —an island, some benches and a balustrade were provided for such a purpose. A few decades later, its panoramic elements would attract a large number of heedless citizens who would face the consequences of their curiosity for the winds of San Zenón. And yet, even well into the second decade of the 20th century, Santo Domingo’s dwellers were still turning their backs on the unruly blue mantle that grazed the southern part of the island: indeed, the summer homes of the wealthy families who settled on the then outer limits of the city placed their front doors towards Independencia Avenue. At most, some residences used the natural source to create saltwater pools. In these large lots, some three thousand square meters on average, the view towards the sea was merely the place where the back yard ended and certainly not a feature worthy of highlighting —quite ironically, the owners would soon be losing the private access they happened to take for granted. As an exception to his urban plan, in this case Trujillo’s compass pointed south: under his mandate, the coastline would turn into a promenade mostly devoted to a public 31
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de vacaciones que daban al Caribe por la retaguardia. Terminando 1931 comenzaron los trabajos para crear una amplia ruta que corriera junto al mar hasta la avenida Máximo Gómez, dirigidos por el joven ingeniero José Ramón Báez López-Penha, hijo de Osvaldo y nieto de Buenaventura. A su paso cayeron una parte de la antigua muralla de la ciudad y del fuerte San Gil, así como una franja de 35 metros lineales que cada propietario de las casonas debió ceder en una etapa posterior —a estridente regañadientes, pues los terrenos rondaban los 300 metros de profundidad— para la obra pública. Con su inauguración a principios de 1936, Santo Domingo finalmente tenía un frente marítimo amplio de varios kilómetros de longitud. Ya entonces solo faltaba el contenido para tal digno contenedor. Primero se erigió un obelisco de 40 metros de altura, inaugurado en enero del año siguiente en conmemoración del cambio de nombre de la ciudad. Luego llegaría el primer conjunto constructivo que, con entereza y propósito, giraría la cabeza de la ciudad de una vez por todas hacia el mar: el parque infantil Ramfis, bautizado así en honor al pequeño hijo del dictador. Para su diseño, el Gobierno llamó a un concurso público a través de la Comisión de Ornato. Hasta entonces en todo el país imperaba el esquema de eje recreativo importado por Antonín Nechodoma para la primera iteración del parque Independencia en 1912: una plaza urbana con caminos internos que dirigen a una glorieta central. Entre los proyectos sometidos, sin embargo, había uno que rompía totalmente con lo que el capitaleño conocía como modelo de lugar de esparcimiento. Ante el declive natural del terreno, la obra proponía una estructura escalonada en un esquema axial; los peldaños llevaban hacia el mar Caribe, donde la perspectiva hacía que los visitantes parecieran bañarse en sus aguas al bajarlos. En sus ejes estaban colocadas distintas propuestas de recreación para los niños, desde una pista de patinaje y otra de bicicletas hasta una biblioteca con cuentos infantiles, un acuario, una jaula de pájaros, un pabellón para conciertos, un salón para cine y una gran sala de deportes interiores, orientados alrededor de una piscina central. Y todo esto con dos primicias notables: la primera era que muchos de los elementos funcionales estaban hechos a escala de la niñez, en un cálido reconocimiento a sus usuarios principales; la segunda era que, después de tanto revoltillo neoclásico, proto-moderno, neohispánico y art déco ecléctico en la ciudad, aquí finalmente estaba la primera propuesta de una obra pública firmemente racionalista por estos lares. Al otorgarle al diseño el primer lugar, los ingenieros Virgilio Álvarez Pina y José Ramón Báez López-Penha hablaron en representación de la comisión al decir que ningún otro proyecto respondía de mejor forma a los fines de utilidad requeridos de un parque para la infancia. El proyecto fue edificado con un presupuesto de RD$73,000, y desde su inauguración en diciembre de 1937 se convirtió en un hito del entretenimiento capitaleño. Aparte del obvio público meta, los hombres jóvenes ocupaban sus espacios por las tardes para jugar ajedrez en su terraza, mientras bailarines de ballet practicaban en la sala. Los fines de semana, los vestidos y los sombreros, con todos sus rituales de cortejo comportado, parecían volcarse con ánimo sobre las pasarelas del Ramfis. Santo Domingo estaba aprendiendo a querer su mar. 32
STRONG GUSTS OF CONCRETE
state of leisure. Santo Domingo would have to learn to love its sea. Planting the seed for that culture of spatial use first required re-labeling those swathes of land as public utility. By late 1931, the government embarked on creating a wide avenue that would mirror the path of water all the way down to Máximo Gómez Avenue. The project was led by a young engineer by the name of José Ramón Báez López-Penha, the son of Osvaldo and the grandson of Buenaventura —the former an engineer who brought to life Parque Enriquillo, while the latter was the president of the Dominican Republic for a total of five terms. Down came the old city walls and the San Gil Fort, while each plot owner later had to donate a 35-meter-long strip of land to the project —and reluctantly so, as many plots were close to 300 meters long. Once construction ended in early 1936, Santo Domingo finally had a generous seafront throughway, several kilometers long. Now, if only the city had some decent content for such a worthy container. The year after, a 40-meter-high obelisk rose from the ground to commemorate the change in the capital’s name. A few months later the space north of the strip would house the first public complex to convince the city to turn its head, once and for all, towards the blue: the Ramfis Children’s Park, named in honor of the dictator’s son. In order to choose a design scheme for the space, the Commission for City Ornament called for a public contest. Until then, most parks in the city followed Antonin Nechodoma’s imported axis, which he used in the first iteration of Parque Independencia in 1912: an urban square with interior pathways leading towards a central gazebo. Among the projects submitted for consideration, though, there was one that strongly upended the country’s established model for a leisure space. Given the natural slope in the plot, the proposal featured a tiered structure around an axial diagram; the steps led towards the Caribbean Sea, as perspective played a trick on visitors’ eyes by seemingly inserting them in its warm waters as they headed down the stairs. Each axis was brimming with proposals for the entertainment of the impending youngins, from a skating rink and a bike path to a library filled with children’s books, an aquarium, a birdcage, a stage for concerts, a movie theater and an indoors sports hall, swirling around a central lagoon. But two noteworthy situations upstaged the impressive list of activities: first, the fact that many of these elements had been designed on a child scale, kindly acknowledging the park’s end users; the second was the fact that inside a maelstrom of neoclassic, proto-modern, Spanish Revival and art déco within the city, here finally stood the first decidedly modernist proposal for a public building. As they awarded this particular submission the first prize, engineers Virgilio Álvarez Pina and José Ramón Báez López-Penha spoke on behalf of the commission they represented, explaining to the public that no other project better responded to the requirements of a park aimed at some rather tiny users. The proposal was approved with a budget of RD$73,000 and, since its inauguration in December of 1937, it became a landmark in the city’s entertainment scene. Beyond its obvious target audience, many young men would gather there in the afternoon to play chess in its terrace, while ballet dancers would practice in the hall. On the weekends, hats and handkerchiefs would fly on and off the runways, following the demure courtship rituals of the time. Santo Domingo was finally learning to love its sea. 33
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Apenas siete años antes, sin embargo, ese mismo terreno había sido el escenario de una situación tétrica. En el mapa de la ciudad de 1900 trazado por Casimiro de Moya, el lote donde se erigió el parque Ramfis entonces quedaba marcado como “Alameda y parque en proyecto”. En una vida previa hacia el siglo XIX, el solar cercano a los bordes de Ciudad Nueva había sido destinado a la edificación de un mausoleo para Cristóbal Colón —de ahí que adquiriera el nombre de plaza Colombina, aunque de colombina tuviera poco más que el deseo—. A falta de poder depositar ahí los restos del mercader italiano, algunas administraciones del siglo siguiente pensaron en dedicar el espacio a un estadio de béisbol. Sin embargo, tras el azote de San Zenón en 1930, la parcela irónicamente sí se utilizó para albergar restos humanos: dada la gran cantidad de víctimas mortales no identificadas, el terreno se usó como fosa común, con sus cuerpos quemados en piras. Con el parque Ramfis como sinécdoque, Trujillo parecía buscar borrar la historia de debilidad de una ciudad y cubrirla con la narrativa de una nueva urbe que todo lo podía, que se abría al mundo a través de su mar y que contaba con una calidad de vida lo suficientemente alta como para que su población pudiera dedicar parte de su día al ocio. Para eso necesitaba alguien que pudiera traer el mundo al parque. El ganador del primer premio, afortunadamente, era un dominicano recién retornado al país tras su paso por las universidades Columbia y Yale en el este de los Estados Unidos, así como de un grand tour por las más grandes capitales arquitectónicas europeas. Ya había visto el racionalismo en acción directamente en la fuente, y sabía cuánto ese estilo podía comunicar acerca del pensamiento internacional y moderno de quienes lo comisionaban. De no haber hecho ninguna obra más, el arquitecto Guillermo González seguramente habría sido recordado por la magistral muestra de esa corriente que ofreció a la ciudad y al país, y por ampliar el imaginario del ocio público de sus compatriotas. Sin embargo, en menos de cinco años se superaría con la pieza máxima del racionalismo dominicano, ampliando con todavía más elegancia el imaginario del ocio público de la población capitaleña. Esto es porque, en 1942, Guillermo González vería en pie su Hotel Jaragua.
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STRONG GUSTS OF CONCRETE
Barely seven years before, though, that same plot had been the set for a gloomy story. In 1900, the map drafted by historian and cartographer Casimiro de Moya labeled it as “Boulevard and WIP park.” In a former life back in the 19th century, the strip of land had been destined towards a mausoleum for Christopher Columbus —which is how it acquired the name of Plaza Colombina, although nothing Columbus-like in nature would ever set foot there. Denied the chance of displaying the Italian merchant’s remains, some government authorities in the following century thought of building a baseball stadium. Nevertheless, after the city struck out with San Zenón in 1930, the plot was ironically used to house human remains: given the large amount of unidentified victims, their bodies were burned in a bonfire and the land was used as a mass grave. With the Ramfis Park as a synecdoche of sorts, Trujillo was practically erasing the weakness from the city’s history, covering it with the narrative of a new metropolis that would fail at nothing, that opened itself to the world by way of its sea, that offered its inhabitants a quality of life that allowed them to devote several hours a day to leisure. But in order to do so, he needed someone who could bring the world to the park. The winner of the first prize, fortunately, was a Dominican man who had recently returned home after graduating from Columbia and Yale in the East Coast and having later embarked on a grand tour of several architectural gems in Europe. He had seen modernism in action directly at the source, and he knew how much this style could communicate to an international audience when speaking on behalf of those who commissioned it. Had he not designed another project, architect Guillermo González would have probably been remembered for the outstanding example of this movement that he offered both the city and the country, and for having expanded the imaginary of his fellow countrymen and women when it came to public leisure. And yet, less than five years down the road he would outdo himself with the masterpiece of Dominican modernism, thus expanding even more elegantly the imaginary of his fellow countrymen and women when it came to public leisure. That’s because in 1942 Guillermo González would see the rise of his Jaragua Hotel.
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Tras el paso de San Zenón, en el parque Independencia (doble página anterior) solo la glorieta quedó en pie. Trujillo aprovechó este borrón natural para hacer cuenta nueva. Over at Parque Independencia (previous spread), the gazebo was the sole survivor of San Zenón’s wrath. Trujillo saw this crisis as his chance to rewrite the city from scratch.
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Muchos de los casi 50,000 habitantes de SD vivían en casas de madera que no resistieron el ciclón. San Carlos (arriba) y Villa Francisca (a la derecha) fueron testigos de su furia. SD had close to 50,000 inhabitants, who mostly lived in wooden houses that didn’t make it through the hurricane. San Carlos (above) and Villa Francisca (right) bore witness to its destructive path.
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En 1929 la calle Hostos vio el primer edificio de altura de SD, el Baquero, construido en concreto por el ingeniero-arquitecto puertorriqueño Benigno de Trueba y Suárez. In 1929, Hostos Street was the site of the city’s first high rise, the Baquero Building; it was a concrete structure conceived by Puerto Rican architect-engineer Benigno de Trueba y Suárez.
El concreto de los 30, de arriba hacia abajo: el chalet Francisco Caro de José Antonio Caro, la Casa Vapor de Henry Gazón Bona y la residencia Schad de Guillermo González. 1930s concrete works, top to bottom: the Francisco Caro Chalet by José Antonio Caro, the Steam House by Henry Gazón Bona and the Schad Residence by Guillermo González.
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Buenos Aires no fue la única capital latinoamericana en erigir un obelisco en 1936: el cambio de nombre de SD a Ciudad Trujillo también tuvo su respectivo ícono fálico. Buenos Aires wasn’t the sole Latin American capital to erect an obelisk in 1936: to celebrate its name change to Ciudad Trujillo, SD also got its own phalic icon.
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Pavoneándose frente al mar Caribe, el parque infantil Ramfis contaba con una biblioteca, un área de juegos, una zona de patinaje y una jaula de aves alrededor de un estanque. Strutting its stuff right across the Caribbean Sea, the Ramfis Children’s Park featured a library, a playground, a skate rink and a birdcage swirling around an artificial pond.
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Los cimientos de un hotel nacional CAPÍTULO
Coming soon: a flagship hotel CHAPTER
LOS CIMIENTOS DE UN HOTEL NACIONAL
El 3 de noviembre de 1900 tuvo lugar en Santo Domingo la primera exhibición de lo que el mundo de allá afuera era capaz de soñar a través de sus innovaciones técnicas. En el Teatro La Republicana de la calle Las Damas el empresario itinerante Francesco Grecco mostró lo que podía hacer su proyector Lumière, exhibiendo 11 películas de la casa francesa. Coincidencialmente, a poca distancia de La Republicana, ese mismo día nacía alguien que también le mostraría a Santo Domingo lo que el mundo de allá afuera era capaz de soñar a través de sus innovaciones técnicas. Guillermo González nació capitaleñísimo en una casona ubicada en la esquina de las calles Hostos y Padre Billini, en diagonal al ábside del Convento de los Dominicos. Su padre, Gregorio, era un odontólogo egresado de la Facultad Dental de Pensilvania, en Filadelfia, que contaba con un consultorio en la calle Santo Tomás esquina Duarte. Su madre, Georgia Sánchez, se había trasladado al país desde Holguín en su Cuba natal. Él fue el primero de siete hermanos del matrimonio, y por eso se convirtió en el mayor testigo de la vida ambulante de sus progenitores en esa etapa: como parte de las funciones de diplomático de don Gregorio, así como por sus estudios especializados, a Guillermo le tocó pasar de La Habana a Filadelfia a Nueva York sin aún haber cumplido los siete años. Tras retornar a Santo Domingo, en 1910 entra al Colegio Católico Santo Tomás, de donde se gradúa en 1918. A pesar de mostrar dotes para el dibujo desde la escuela, es en otro lugar donde le es reconocido ese talento al servicio de la arquitectura: en agosto de 1917 comienza a trabajar como delineante en la Oficina de Dibujo de la Dirección General de Obras Públicas. Dada la ocupación militar estadounidense al país, la oficina era dirigida por el ingeniero W. E. Brown. Su impronta casi anónima está en proyectos que van desde aulas hasta cárceles y hospitales, pasando por residencias especializadas y edificios gubernamentales. Ahí permanece hasta mayo de 1921 —con un sueldo de RD$140 al mes—, hasta que cumple la mayoría de edad requerida por las instituciones que serían su norte: las escuelas de bellas artes de las aplaudidas universidades del este de Estados Unidos, donde ya algunas ofrecían la especialización en arquitectura. En ese momento la Universidad de Santo Domingo no tenía ese programa de estudios, así que su primera parada fue la Universidad de Columbia en Nueva York, donde cursó unos años salteados de instrucción en bellas artes. Para cubrir su matrícula, comenzó trabajando de mesero y ayudante de cocina —algo muy distante a su experiencia directa con el papel, la tinta y las reglas, pero que le ayudó a mejorar sus conocimientos de inglés cotidiano—. Sin embargo, al poco tiempo tuvo la oportunidad de edificarse en su área: entre 1922 y 1924 pudo trabajar en la firma Dennison & Hirons Architects. De 1924 a 1927 adquirió 48
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On November 3, 1900 Santo Domingo got a taste of what the outside world was capable of dreaming up by way of its technical innovations. At the La Republicana Theater on Las Damas Street, traveling businessman Francesco Grecco flaunted his Lumière projector, showcasing 11 bits from the French film house. Coincidentally, a stone’s throw away from La Republicana, that same day came into existence someone who would also give the city a taste of what the outside world was capable of dreaming up by way of its technical innovations. Guillermo González was born impossibly capitaleño —the demonym for those who hail from Santo Domingo— in a manor on the corner of Hostos and Padre Billini streets, across the apse of the Dominican Convent. His father, Gregorio, was an alumnus of UPenn’s Dental Medicine faculty and had his practice on the corner of Santo Tomás and Duarte streets. His mother, Georgia Sánchez, had come to the country from Holguín in her native Cuba. He was the first of seven children, and thus bore witness to the peripatetic life of his parents: as part of Gregorio’s duties as a diplomat, as well as his many specialized studies, little Guillermo would go from Havana to Philadelphia to New York before the age of seven. After returning to Santo Domingo, he was enrolled at the Santo Tomás Catholic School from 1910 until his high school graduation in 1918. Although he did show some promising drawing skills in the classroom, his budding talent for architectural sketching was properly recognized elsewhere: in August of 1917 he started working as a draftsman at the Design Office of the General Authority for Public Works. As the country was in the middle of a foreign military occupation, the office was headed by W. E. Brown, an American engineer. His relatively anonymous signature can be found on schools and penitentiaries and hospitals, as well as specialized residences and government buildings. González stayed there until May of 1921 —earning a monthly salary of RD$140— until he was old enough to apply to the institutions that stood for his ultimate academic goal: the fine arts schools from the celebrated universities in the East Coast of the United States, as some already offered an architecture track. At the time the University of Santo Domingo didn’t have such a program in its curriculum, so his first stop was Columbia in New York, where he attended some fine arts classes in fits and starts. That’s because in order to cover his tuition he worked as a waiter and a busboy —something worlds away from his experience with drafting paper, ink and rulers, but that nevertheless certainly helped him improve his knowledge of everyday English. He soon had the chance to work directly in his area of expertise: between 1922 and 1924 he was employed at Dennison & Hirons 49
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experiencia en construcciones de edificios financieros con la Eugene A. Ohmer Co. Su voracidad de aprendizaje era tal que, aparte del trabajo en esta última firma, tenía un segundo en la Eugene Schoen Arch. y un tercero en la prolífica compañía Charles Wellford Leavitt & Son, donde se producían desde edificaciones institucionales hasta paisajismo público. Gracias a esta combinación de teoría con práctica, el joven ya contaba con una zapata robusta para dedicarse a la profesión. Todo eso, sin embargo, sería solo un calentamiento para su meta ulterior: el Departamento de Arquitectura de la prestigiosa Universidad de Yale, en Connecticut. Lamentablemente, esos años salteados le pasaron factura: la universidad cuestionó el patrón irregular de sus estudios y trabajos previos, y lo aceptó al programa solo de manera condicional en 1927. Irónicamente, el estudiante de prueba se convertiría en uno de los mejores de su promoción: apenas al año siguiente uno de sus dibujos, titulado An office building, fue vencedor del primer lugar de un premio estudiantil. Al poco tiempo fue ganador de la beca Fontainebleau, que le premiaba con estudios en la Escuela de Bellas Artes de París… pero que no pudo disfrutar porque el galardón estaba abierto exclusivamente para ciudadanos estadounidenses. Terminó la carrera en tres años en vez de cuatro y entre los primeros tres índices de su clase. Aparte, cerró con un broche de oro interesante: los estudiantes de Yale podían participar en la Matcham Traveling Fellowship Competition, una beca que permitía realizar un viaje de estudios profesionales por el continente europeo. Dado el historial de González en la escuela, todos los dedos de sus compañeros apuntaban a él con anticipación… pero el ganador fue Theodore Lamb, otro estudiante. Lamb, sin embargo, tenía una gran apreciación por el talento de su compañero dominicano —y un soporte económico todavía mayor—, así que pidió a su padre, un empresario adinerado de Chicago, financiar una beca de monto similar para él. Gracias a ese regalo inesperado, el ojo viajó: González recorrió Stuttgart, París, Versalles, Roma, Florencia, Siena, Nápoles, Amalfi, Madrid, Segovia, Toledo y Sitges, tomando notas arquitectónicas a lápiz y carboncillo en sus cuadernos. Al acabar su viaje, retorna a Nueva York y trabaja en las firmas de Francis Keally, especialista en edificios públicos, y de Edward Durell Stone, quien realizaría el Radio City Music Hall a principios de la década y el edificio del Museo de Arte Moderno a finales. Cuando en 1932 vuelve a Santo Domingo, los periódicos anuncian su llegada en el vapor Coamo con el título de ingeniero —la palabra arquitecto no era muy conocida entre la sociedad local, pues era una profesión relativamente inexistente en el país—. Ese año va a visitar brevemente a su familia en Málaga, donde estaba ubicado su padre como cónsul dominicano, y ahí conoce a quien sería eventualmente su esposa en 1936, la española Mercedes Fernández Canivell. Con ese cúmulo tan inusual de conocimientos teóricos y prácticos, no sorprende que su propuesta haya sido la ganadora del concurso del parque Ramfis. Sin embargo, ya el presidente Trujillo conocía su nombre con antelación: en septiembre de 1935 terminó Rancho Cayuco, la residencia de dos plantas del matrimonio de Porfirio Rubirosa y Flor de Oro Trujillo, hija del dictador. Cuando la pareja partió hacia Alemania por temas de trabajo, la casa entonces se utilizó para albergar la Secretaría de Estado de la Presi50
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Architects, and from 1924 to 1927 he got some specialized on-the-job experience with financial buildings at Eugene A. Ohmer Co. His thirst for knowledge was so intense that, apart from working at the latter, he had a second gig at Eugene Schoen Arch. and a third at the prolific Charles Wellford Leavitt & Son, which produced everything from institutional buildings to public landscaping projects. Thanks to this mix of book and street smarts, the young man ended up with a proper foundation in the field. That stage, though, was but a mere warm-up for his ultimate goal: the Department of Architecture at Yale, in Connecticut. Unfortunately, those fits and starts eventually caught up with him: the university questioned the irregular pattern of his studies and previous work experience, and admitted him on probation in 1927. Ironically, the young man who walked in on a trial basis went on to become one of the best in his class: during his sophomore year he would win the first prize of a student competition with one of his drawings, titled An office building. A short while later he’d become the recipient of a Fointainebleau scholarship, which would give him the chance to study at the Beaux-Arts grande école in Paris… that is, had he been an American citizen, as the award was only open for them and the decision thus had to be rectified. He ended up graduating in three years instead of four, and among the top three in his class. He bookended his stay with another odd experience: Yale students could participate in the Matcham Traveling Fellowship Competition, a scholarship that would allow them to finance a professional study tour in Europe. Given González’s record, many of the students saw him as a shoo-in… but the winner ended up being Theodore Lamb. Lamb, nevertheless, greatly appreciated the talent of his Dominican classmate. As he also had some generous economic support, he asked his father, a wealthy businessman from Chicago, to chip in with a second scholarship for his fellow Yalie. Thanks to this unexpected largesse, the eye did travel: González toured Stuttgart, Paris, Versailles, Rome, Florence, Siena, Naples, Amalfi, Madrid, Segovia, Toledo and Sitges, drawing away his memories in his journal using pencil and charcoal. Upon returning to New York City he went on to work for Francis Keally, a firm specialized in public buildings, and for Edward Durell Stone, who would eventually design Radio City Music Hall in the early years of the new decade and the MoMA near its end. Once he made it back home in 1932, local papers announced his arrival aboard the Coamo steamship calling him an engineer —the term architect wasn’t that well known among the masses, as it was a relatively inexistent profession in the country. That same year he’d go on to visit his family in Malaga, where his father worked as the Dominican consul. On that quick trip he would meet a Spaniard by the name of Mercedes Fernández Canivell, who he’d eventually marry in 1936. Given that unusual combination of theoretical and practical knowledge, it came as no surprise to see his proposal chosen as the winner of the competition for the Ramfis Children’s Park. But President Trujillo had actually heard of him before: in September of 1935 he was putting the finishing touches on Rancho Cayuco, the two-floor residence he designed for the recently married Porfirio Rubirosa and Flor de Oro Trujillo, the dictator’s daughter. When the couple departed to Germany due to professional engagements, the villa was used to house the Administrative Office of the President. The commissions that 51
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dencia. Por eso tiene sentido que, en años siguientes, González haya sido el elegido para trabajar en la Feria Exposición Inter-Antillana en Puerto Rico y luego para diseñar el Pabellón Dominicano en la Feria Mundial de Nueva York de abril de 1939 —según la comunicación oficial del Comité Ejecutivo Organizador Nacional, esta asignación se debió a su capacidad profesional y a su conocimiento directo de la cultura estadounidense—. Allí se exhibieron, en piezas cinematográficas capturadas por el profesional neoyorquino Irwin R. Franklin, las riquezas culturales de la nación, divididas en secciones de Ayer, Hoy y Mañana: desde imágenes de la catedral de la ciudad capital hasta artesanías santiagueras y mobiliario producido con destreza por maestros capitaleños, terminando el cronograma histórico con un modelo a escala del futuro proyecto del Faro a Colón. Debido a la alta calidad de la producción arquitectónica del pabellón y dada su experiencia previa con edificaciones en Santo Domingo, en esa estancia en Nueva York el dictador le comisiona a González un proyecto soñado: un gran hotel nacional en Ciudad Trujillo, frente al mar Caribe. Cuando un reportero del Listín Diario atrapó de imprevisto al arquitecto meses después durante la construcción del edificio Copello, este habló de una obra con doble finalidad: “estimular el proyectado empuje que ha de recibir el turismo en nuestro país” y servir de centro de actos sociales para el desarrollo cultural. La idea comercial detrás de este edificio no vino al azar, precisamente por causa de ese proyectado empuje. Cuesta creerlo, pero hace algunas décadas la República Dominicana no era un destino turístico en el imaginario ni de los estadounidenses ni de los europeos —con unos dos millones de habitantes, el PIB estaba mayormente compuesto por la red de provisión agrícola y las industrias de manufacturas diversas—. La Dirección Nacional de Turismo no fue creada sino hasta 1925, bajo la dependencia de la Secretaría de Estado de Interior y Policía y en 1934 fue trasladada al número 27 de la calle Mercedes. Como personal total solo contaba con un director, un auxiliar intérprete, un mecanógrafo y un mensajero. Cuando en 1940 esa dirección produjo una guía turística de la ciudad, el recorrido sugerido de dos días extendía interminables horas en la catedral, la fortaleza Ozama y el parque Ramfis. Esa guía ofrecía una ligera mejoría en cuanto a opciones, porque alrededor de 1929 la usanza era ofrecerle un mini-pasadía a los visitantes de barco con un recorrido por las ruinas del Alcázar de Colón y un almuerzo bailable, con orquesta, en el Hotel Fausto. Hacia esa fecha apenas llegaba al país un puñado de visitantes extranjeros, mayormente comerciantes y enviados políticos especiales, provenientes de Estados Unidos y de varios países de Europa occidental. Es cierto que hubo una proliferación de navíos veloces desde finales del siglo XIX —el Bull viajaba quincenalmente de forma directa entre Nueva York y la capital dominicana, mientras que de Génova llegaban mensualmente las naves Neptunia y Oceania vía Barcelona—. También es cierto que había cierta constancia en los aviones que descendían sobre el hidropuerto de San Pedro de Macorís y hasta en los vuelos de PanAm que luego llegaban al Aeródromo Miraflores, incrementando las llegadas internacionales. Sin embargo, las rudimentarias —y a veces inexistentes— vías de transporte terrestre entre las regiones limitaban el movimiento al punto de que muchos visitantes permanecían en el lugar donde desembarcaban. Las primeras carreteras que conectaron a Santo Domingo con el resto del país comenzaron a construirse en 1917, y en 1924 el país tenía 650 kilómetros de vías 52
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followed made sense, then: González was selected to oversee the country’s participation in the Inter-Caribbean Fair-Exhibition in Puerto Rico and later on to design the Dominican Pavilion at the World’s Fair in New York in 1939 —according to an official statement from the committee in charge of the country’s representation, this assignment responded to his professional abilities and his direct knowledge of American culture. The pavilion showcased, using footage captured by New York-based videographer Irwin R. Franklin, the nation’s many cultural riches, divided into sections labeled Yesterday, Today and Tomorrow: from images of the capital’s cathedral to the craftsmanship of Santiago de los Caballeros and the intricate pieces of furniture produced by skilled masters in Santo Domingo, down to a scale model of the then-in-development Columbus Lighthouse project. Given the undeniable quality of the pavilion’s architectural setup and thanks to his previous experience back in Santo Domingo, during his stay in New York the dictator surprised González with the commission of a lifetime: a grand flagship hotel in Ciudad Trujillo, facing the Caribbean Sea. When, several months later, a Listín Diario journalist interviewed the architect in the middle of the construction work for the Copello Building, he spoke of a landmark with a clearly defined dual purpose: “to boost the foreseen growth in international arrivals” and to serve as a gathering place that could promote and foster cultural development. The business model for that building was anything but random, precisely because of that foreseen growth. It’s hard to believe today, but a few decades ago the Dominican Republic was not a covetable travel destination in the bucket list of neither Americans nor Europeans —with barely two million inhabitants, the country’s GDP was mostly comprised of agricultural provisions and the manufacturing industry. The National Tourism Office wasn’t created until 1925, under the Secretary of State of Police, and in 1934 it moved to an independent location on 27 Mercedes Street. It then had a skeleton staff made up of a director, an interpreter-assistant, a typist and a messenger. There was so little to see and do in Santo Domingo that, when the office produced a tour guide in 1940, the suggested itinerary stretched a visit worth a couple of hours —including the Cathedral, the Ozama Fortress and the Ramfis Park— into a two-day tour. This itinerary did present the small improvements in the city’s offer, particularly when compared to the likes of 1929; back then, visitors would leave their ships and tour the ruins of the Columbus Alcazar, followed by lunch with live music at the Fausto Hotel. Around that time the country received but a handful of foreign visitors, mostly in trade or politics, both from the United States and a few countries in Western Europe. There was indeed an uptick around the late 19th century in the number of ocean liners that docked in the country’s ports —the Bull traveled every other week between New York and the Dominican capital, while Genoa sent its Neptunia and Oceania ships once a month, via Barcelona. It is also true that an increasing number of planes would land in the seaport base over in San Pedro de Macorís, while international arrivals at the capital’s Miraflores Airfield, particularly PanAm flights, were growing exponentially. Nevertheless, the rudimentary —and oft inexistent— roadways between the country’s regions would limit movement to the degree that many would stay right where they landed. The first highways connecting Santo Domingo to the rest of the half-island began taking shape in 1917, and by 1924 the country had some 650 53
LOS CIMIENTOS DE UN HOTEL NACIONAL
completadas; hasta ese punto de inflexión, a un santiaguero le tomaba tres días arribar a la capital. Sin embargo, eso no impedía que hubiese cierto tipo de movimiento nacional constante, ya que los agricultores y mercaderes del interior visitaban Santo Domingo con frecuencia —usando caballos para recorrer pantanos, lodazales, desiertos espinosos, montes y despeñaderos entre su origen y la capital— para suplir al mercado y a los colmados de la Ciudad Colonial sus bienes comestibles. Estos, por lo general, pasaban la noche en pensiones popularmente conocidas como ventas. Y sin falta, tanto la queja de los turistas como la resignación de los comerciantes nacionales era que la capital no contaba con opciones de alojamiento verdaderamente confortables. Esto es porque, hasta la década de 1940, los hoteles eran mayormente pequeños negocios familiares pertenecientes a puertorriqueños, españoles y alemanes. Un ejemplo era la pensión Sans Soucí de la calle 19 de Marzo, propiedad de doña Celina viuda de González, que promovía su precio económico y el servicio de cocina nacional y francesa. Entre los más respetados en ese entonces estaba el Francés, considerado localmente como un establecimiento de lujo donde se hospedaban los visitantes más distinguidos, incluyendo los representantes de líneas navieras comerciales, los intelectuales y los gourmands. En la Arzobispo Nouel estaba el antes mencionado Fausto, propiedad de la familia Benítez, con dos pisos; a pesar de su mobiliario notablemente modesto en las pocas habitaciones, se autoproclamaba sin mucha competencia como uno de los más “ventilados, distinguidos, aristocráticos, visitados e higiénicos”, con “todo el confort moderno” y el “único de primera clase en la capital”. En efecto, fue el lugar elegido por Trujillo para, en el primer lustro de su mandato, brindar un banquete a diplomáticos en nombre del Partido Dominicano, y también era un espacio donde se realizaban bailes abiertos los domingos por la noche. El éxito del hotel fue tal que la familia pudo abrir posteriormente una locación en la avenida Independencia, en una gran casona y unos bungalows más enfocados hacia el alojamiento que hacia el servicio de comida. El Hotel Palace en la Emiliano Tejera, mientras tanto, se hacía llamar “el más grande de la ciudad” —eso era relativamente fácil, porque en ese entonces ningún hotel en todo el país superaba las 60 habitaciones—. También sonaban el Hotel Presidente, un angosto edificio de tres pisos situado en los alrededores del parque Independencia, y el Hotel Universal, conocido por su patio y por su —objetivamente modesto— salón de banquetes, que llegó a albergar personalidades de la talla del escritor y político mexicano José Vasconcelos. Sin embargo, ninguno ofrecía las facilidades que ya eran de rigor en ciudades como San Juan y La Habana, ambas dependientes de los deseos del comercio estadounidense. En estas capitales caribeñas existían propiedades como el Gran Condado Vanderbilt de 1919 y el Hotel Nacional de 1930, respectivamente: ambas alojaban una cantidad considerable de viajeros de negocios desde Miami, Nueva York y Washington, y ofrecían amenidades acordes a las demandas de ese público, que prefería los grandes hoteles de estilo resort, siguiendo las tradiciones europeas. Esa tipología incluía espacios como los salones de baile y comedores de amplitud considerable, así como un calendario de actividades sociales que se realizaban en ellos; muchos también contenían instalaciones deportivas, desde canchas de tenis hasta piscinas, si el clima lo permitía. Aparte, el nivel decorativo de las habitaciones era agradable, así como la experiencia culinaria ofrecida. 54
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kilometers worth of roads; up until that tipping point, it would take someone in Santiago three days to make it to the capital. That situation didn’t hinder the small-scale transit of sorts that constantly took place between the countryside and the city, as farmers would visit Santo Domingo often —braving swamps, mires, prickly deserts, hills and cliffs on their horses— to supply the markets and corner shops of the Colonial City with edible goods. To do so, they would usually spend the night in guesthouses known as ventas —literally, sales. And every single time, the biggest complaint from tourists and the sigh of resignation from farmers would be directed at the certainly obvious lack of comfortable lodging facilities in the capital. That’s because up until the 1940s local hotels were small family businesses in the hands of Puerto Ricans, Spaniards and Germans. There was the Sans Soucí guesthouse on 19 de Marzo Street, owned by a widow named Celina González who promoted its cheap prices and its French-Dominican menu. Among the best rated properties was the Francés, locally considered a luxury establishment where the most distinguished guests —including ocean liner managers, intellectuals and gourmands— would rest their heads. The aforementioned Fausto, owned by the Benítez family, was located in a two-story residence on Arzobispo Nouel Street; despite its noticeably modest furniture, it was the self-proclaimed leader of all things “ventilated, distinguished, aristocratic, visited and sanitary,” with “every modern comfort” and the “only first-class establishment of its kind in the capital.” And indeed, it was the venue chosen by Trujillo during the first five years of his mandate to regale diplomats on behalf of the ruling Dominican Party, as well as a happening spot where public balls took place every Sunday evening. The hotel was so successful that the family was able to open a second location on Independencia Avenue, in a large manor with adjacent bungalows more focused on lodging than on the food. Meanwhile, the Palace Hotel on Emiliano Tejera Street would call itself “the largest one in town” —a relatively easy thing to achieve at the time, as no room-and-board business in the country went above 60 rooms. There was also some buzz around the Presidente Hotel, a narrow three-story building close to Parque Independencia, and the Universal Hotel, known for its patio and for its —objectively modest— banquet hall, which hosted such renowned personalities as Mexican writer and politician José Vasconcelos. And yet not a single one of these establishments offered the amenities that were now de rigueur in nearby cities such as San Juan and Havana, both dependent on the whims of trade with the United States. These Caribbean capitals boasted properties such as the Gran Condado Vanderbilt, built in 1919, and the Nacional Hotel from 1930, respectively; they lodged a considerable amount of business travelers from Miami, New York and Washington and provided amenities up to the standards of such an audience, influenced by the European tradition of resort-style grand hotels. This typology included a checklist of common areas such as generously-sized dancing and dining halls that came with a packed calendar of social activities; many also included sports facilities, from tennis courts to pools, if the weather allowed it. On top of that, the decorative style in the guestrooms was easy on the eyes and the culinary experience was also easy on the palate. Naturally, the property owned by American railway mogul Frederick Vanderbilt had 100 rooms, a restaurant, a pool hall, a golf course, a private beach, a small marina for 55
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En efecto, el hotel propiedad del magnate ferroviario estadounidense Frederick William Vanderbilt tenía 100 habitaciones, un restaurante, una sala de billar, un campo de golf, una playa privada, una pequeña marina para yates, una bolera, una barbería, una cocina liderada por un chef francés y salones de lounge espolvoreados con mobiliario en mimbre, un material perteneciente al imaginario estadounidense del Caribe. El empresario en ese entonces no tenía inversiones hoteleras fuera del territorio continental, pero mal comerciante obviamente no era: su idea para el establecimiento fue crear un oasis de respiro de la prohibición alcohólica en Estados Unidos, y a la vez aprovechar el alejamiento de la élite estadounidense de la Costa Azul francesa debido al estallido de la Primera Guerra Mundial. Por eso, el Condado buscó brindarles en tierras cercanas una experiencia similar. Como propuesta, el hotel del Vedado fue uno de los resultados del crecimiento del turismo en la capital cubana, que en décadas anteriores se mantenía en base a casas de huéspedes y luego parió hoteles más formales como el Inglaterra, ya de 100 habitaciones hacia 1915, y el Sevilla-Biltmore de 1920. Pero el Hotel Nacional, una imponente conglomeración de más de 400 habitaciones en ocho pisos que miran a la ciudad desde la loma de Taganana, los superaba no solo en tamaño, sino también en materia de tecnología: el edificio contaba con ascensores de alta velocidad, una planta de refrigeración con un sistema de agua potable, un plan telefónico interno, novedosas facilidades de manejo de desechos y luz eléctrica —todo a la altura de lo que ofrecían las propiedades hoteleras avanzadas en Estados Unidos—. Sin embargo, fuera de toda esa tecnología interior habían dos cascarones que apuntaban notablemente al pasado: ideado por Warren & Wetmore, una firma neoyorquina que había co-diseñado la Grand Central Terminal, el Condado era una muestra de lo neohispánico; el Nacional, creación de McKim, Mead & White, se fue hacia atrás hasta el estilo Beaux-Arts. Para ser dos edificios tan enfocados en proveer lo mejor del presente en cuanto a servicio y distribución, en materia arquitectónica había una visión particularmente estereotipada. Al menos una nación en particular, la más potente de las Antillas, salió muy agraciada con tales inversiones hoteleras. Después de todo, para 1928, de los 116,500 viajeros estadounidenses que bajaron al Caribe, 90 mil tenían como destino a Cuba. Lo mismo no podía decirse de República Dominicana. Con el desarrollo de la aviación comercial, en la década de 1930 aerolíneas como la holandesa KLM comenzaron a promover el turismo en la región, casi a modo de un crucero volador: con Curazao como punto céntrico se llegaba a destinos en Cuba, Puerto Rico, Haití y Venezuela —Dominicana fue uno de los últimos en ser agregado al menú aéreo, al ser menos atractivo para fines turísticos por su falta de oferta social y cultural—. Por la Pan American, por ejemplo, se viajaba por avión Clipper de Boeing a Cuba, Nassau y Jamaica. Del lado marítimo, cruceros como los de la Grace Line tocaban Curazao, Venezuela, Colombia, Panamá, Jamaica y Haití. No solo la infraestructura turística no estaba desarrollada, sino que la reputación de Trujillo a nivel internacional estaba muy malograda: la Masacre del Perejil, el genocidio haitiano de 1937, le había costado al Gobierno una indemnización de medio 56
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private yachts, a bowling alley, a barbershop, a kitchen led by a French chef and lounge rooms furnished with chairs made out of wicker, a material inextricable from the American imaginary of Caribbean living. Back then the businessman had no hotel investments outside of the continental United States, but he obviously knew a deal when he saw one: the idea behind the Puerto Rican establishment was to create an oasis for Americans looking to escape Prohibition, while also providing an attractive detour for the country’s elite in search of an alternative to the French Riviera, which had fallen out of favor due to the outbreak of World War I. The Condado thus provided a similar experience in nearby lands. As a commercial proposal, the Vedado hotel came as a result of the growth of incoming tourism in the Cuban capital, which just decades before had relied on small guesthouses that led to the arrival of more formal operations such as 1915’s Inglaterra, with 100 rooms, and the 1920 Sevilla-Biltmore. But the Nacional Hotel, a magnificent 400room, eight-story beast that overlooked the city from Taganana Hill, surpassed them in both size and tech: the building had high-speed elevators, a cooling tower with a drinking water system, an internal phone setup, innovative waste management facilities and an electrical supply network —that is, everything was up to the standard of some of the most advanced stateside hotels. And yet all of that technology inside was betrayed by two shells that looked towards the past for inspiration: designed by Warren & Wetmore, a New York-based firm that had co-created the Grand Central Terminal, the Condado was a sample of Spanish revival; the Nacional, created by McKim, Mead & White, went all the way back to the Beaux-Arts style. For a couple of buildings so strongly focused on providing the best the present could offer in terms of service and layout, architecturally speaking they offered but a cliched perspective of the aesthetics of hospitality. At least one country in particular, the most buoyant economy in the Caribbean, greatly benefited from these hotel investments. After all, circa 1928, some 90 thousand out of the 116,500 American travelers who descended upon the Caribbean region were headed down to Cuba. The same couldn’t be said of the Dominican Republic. With the advent of commercial aviation, in the 1930s airlines such as the Netherlands’ KLM began promoting travel destinations in the region, much like a flying cruise ship: with Curaçao at its center, passengers could fly out to several spots in Cuba, Puerto Rico, Haiti and Venezuela —the Dominican Republic was one of the last courses added to the air menu, as it was deemed less attractive due to its scarce social and cultural offerings. One could also take a PanAm Clipper and hop on to Cuba, Nassau and Jamaica. By sea, Grace Line cruises would follow a path from Curaçao to Venezuela, Colombia, Panama, Jamaica and Haiti. Now, the country didn’t just lack the necessary travel infrastructure, but it also lacked the proper political credentials: the Parsley Massacre, as the 1937 Haitian genocide was known, had cost the Dominican government a compensation of half a million dollars —and it had also cost the nation its reputation as a place where citizens could freely exercise their human rights. Suddenly, the head of state found himself in dire need of a PR campaign to whitewash his international image. That’s where two key develop57
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millón de dólares —así como le costó al país su reputación como una nación libre en su ejercicio de los derechos humanos—. De repente, el primer mandatario dominicano se vio necesitado de una campaña de relaciones públicas para limpiar su imagen a nivel global. De ese período de lavado mediático se destacan dos acciones: la oferta de acogida masiva en Sosúa de los perseguidos judíos en la Conferencia de Evian de julio de 1938 —de 32 países presentes, solo Dominicana tendió la mano—. El segundo fue un despliegue de la supuesta modernidad nacional en la Feria Mundial de Nueva York en abril de 1939. Su perfil político, como consecuencia, tomó un giro para bien. Durante su visita a la ciudad estadounidense para la Feria, el dictador se hospedó en el Waldorf Astoria, un hito de la hostelería a nivel global desde su apertura en 1931. Ahí tuvo una impresión positiva sobre el confort y el caché social que podía proveer un hotel de alta categoría. Pero en ese punto se sumaban dos factores previos para la idea de la realización de un hotel capitaleño a la altura de sus sueños de gran ciudad caribeña: primero estaba el hecho de que la creciente cantidad de visitantes políticos estadounidenses se quejaba de la falta de hospedaje con real comodidad en Santo Domingo. En segundo lugar, le quedaba la memoria reciente de una carta proveniente de Puerto Rico. Con fecha del 14 de noviembre de 1934, la misiva dirigida a Trujillo alababa su trabajo en el último cuatrienio; a percepción del remitente, había transformado una ciudad de urbanismo rudimentario en una luminaria del progreso antillano. Lo único que faltaba, decía, era una serie de alojamientos a la altura de la nueva Santo Domingo, pues los actuales eran deficientes. Ya esta petición la había escuchado el presidente en boca de cientos de visitantes, pero este no era un emisario cualquiera: se trataba de Pedro Agudo, el gerente del Hotel Gran Condado Vanderbilt de San Juan. Si alguien sabía qué buscaba el viajero de alto nivel que visitaba el Caribe, era él. Agudo le propone, entonces, saltarse la miopía del sector privado —que no veía futuro en una inversión turística a gran escala— y embarcarse en la creación de un hotel nacional administrado o hasta subsidiado por el Estado, como ya había sucedido en Venezuela. Se imaginó el letrero de Hotel Nacional en un edificio mucho más ancho que alto, de varios pisos que terminaran en una azotea social. Le habló de más de 100 habitaciones y una serie de apartamentos de lujo de uno o dos dormitorios. Pensó en una planta baja con salones de fiesta, billares y juegos, con una decoración prestigiosa. Pero sobre todo, en la cabeza de Agudo no cabía duda de que tenía que estar ubicado frente al mar, en la nueva costanera que en ese entonces se llamaba avenida Presidente Trujillo. ¿Le sonará esa propuesta conocida a alguien? Sin embargo, por los imbroglios de actos violentos en los que se vio involucrado el mandatario, la sugerencia se quedó en remojo durante unos años… hasta que se combinó con el momento del Waldorf, la necesidad de llenar con propuestas el nuevo malecón y, sobre todo, el deseo de presentar el país al extranjero como un bastión de la modernidad. Y merodeando por esas circunstancias se encontraba un ejecutor insuperable: Guillermo González. El Hotel Nacional de La Habana surgió como el primer hotel de su tipo en la región —dígase, un hotel nacional—, fruto de un decreto presidencial de Gerardo Machado del 30 de octubre de 1928. Para la realización del Hotel Nacional de Ciudad Trujillo 58
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ments came from: first there was the offer of massive reception extended to Jewish refugees in Sosúa, presented during the 1938 Évian Conference —out of 32 participating countries, only the Dominican Republic opened its arms. The second was a display of the nation’s so-called modernity during the 1939 New York World’s Fair. As a consequence of this campaign, Trujillo’s political profile took a turn for the better. During his visit to the Big Apple for the Fair’s festivities, the dictator stayed at the Waldorf Astoria, a landmark of worldwide hospitality since its opening in 1931. There, he put two and two together and realized that a high-wattage hotel could confer the social cachet that many guests and local visitors were looking for. But by then, two other suggestions had been living rent-free in his head for a while, nudging him towards the creation of a hotel in Santo Domingo up to the standards of a burgeoning Caribbean metropolis: first, the long list of constant complaints from American political visitors regarding the lack of comfort in the city’s lodging scenario. Second, there was the recent memory of a letter sent from Puerto Rico. Dated November 14, 1934, the dispatch addressed to Trujillo praised his work in the last four years; according to the sender, he had managed to transform an inchoate mishmash of a city into a shining light that spoke of swift progress in the Antilles. The only thing the great new capital lacked, he said, was a hotel worthy of its location, as the existing ones were surely lackluster. The president had heard this same recommendation from many others before, but this was no ordinary messenger: this was Pedro Agudo, the general manager of the Gran Condado Vanderbilt Hotel in San Juan. No other person had his finger more firmly on the pulse of the wants and needs of the high-end Caribbean traveler. Agudo then proposed leaving the myopic private sector behind —as few Dominican businessmen saw any future in large-scale tourism infrastructure— and embarking on the creation of a flagship hotel either managed or even subsidized by the government, as was the case in Venezuela. He imagined a large sign carrying the words HOTEL NACIONAL in a building much wider than tall, several floors high, crowned with a rooftop terrace. He spoke of more than 100 guestrooms and a series of one and two-bedroom luxury apartments. He wrote of a ground floor filled with banquet rooms, pool halls and entertainment facilities, with some sort of prestigious decor. But above all, Agudo had no doubt that this establishment had to face the sea, on a prime location in the new roadway that was then called President Trujillo Avenue. Does this proposal ring any bells by any chance? And nevertheless, due to the violent imbroglios the chief of state constantly got himself into, the idea was left to soak for a few years… until the Waldorf visit happened, and the new seaside esplanade urgently needed some tenants and, above all, the country could benefit from presenting a narrative of modernity to the outside world. And coincidentally, a master executor would find himself orbiting these particular circumstances: a certain Guillermo González. Havana’s Nacional Hotel was the first of its kind in the region —that is, a national hotel—, born out of an executive order from Gerardo Machado on October 30, 1928. But in Ciudad Trujillo’s case, no order was necessary; one just needed the will of the so-called Benefactor of the Dominican Homeland —enacted by a commission formed by 59
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solo se necesitaba la voluntad del llamado Benefactor de la Patria —claro, enarbolada por una comisión organizadora compuesta por Virgilio Álvarez Pina, Paíno Pichardo, Julio Ortega Frier y Juan O. Velázquez—. Ya para finales de agosto de 1939 los planos del muy sazonado hotel que se erigiría frente al mar Caribe estaban listos y aprobados. A principios de julio de 1940 ya varios representantes de la Dirección de Obras Públicas estaban lanzando de forma conmemorativa la primera paletada del edificio sobre las zanjas de la zapata de su cuerpo occidental. Desde entonces, un promedio de 100 obreros laboraban en la construcción en todo momento. Con una velocidad impresionante, la capital dominicana estaría pronto presenciando un hito que sería, según los vaticinios, como ningún otro lugar en el país. Y todo, según las voces oficiales, para crear un hotel que estuviese a la altura del desarrollo alcanzado por una capital caribeña en constante ebullición económica y urbanística. Sorprendería, sí, la velocidad de ejecución del proyecto. Pero, ¿por qué debería sorprender, si detrás de su construcción se había ensamblado un negocio oculto muy lucrativo para el dictador?
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Virgilio Álvarez Pina, Paíno Pichardo, Julio Ortega Frier and Juan O. Velásquez. By August of 1939 the blueprints of the buzzworthy hotel were set to go and officially approved. By early 1940, several Public Works representatives had participated in a commemorative event, posing with trowels over the foundation of what would later become its western wing. Since that day, an average of 100 workers could be seen propping up its walls. With a certainly impressive speed, the Dominican capital would soon be in the presence of an architectural milestone that would become, just as predicted, a place unlike no other in the country. And all of this, according to official statements, was done in the name of creating a hotel that would live up to the standards of development reached by a small Caribbean city in the middle of a bursting economic and urban expansion. Yes, one could say the sheer speed of construction was surprising. But then, why should it have been? After all, the project had been sweepingly assembled as a very lucrative backdoor deal for the dictator himself.
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New Haven le sentaba bien a Guillermo González: de ser aceptado condicionalmente en Yale, el joven estudiante terminó siendo uno de los más destacados de su promoción. New Haven was a proper fit: while Guillermo González enrolled at Yale on probation, the young student ended up graduating at the top of his class.
En la edición del Bulletin of Yale University de 1929-1930 se publicó el proyecto arquitectónico ganador de la medalla al primer premio. ¿El autor? El mismo González. The 1929-1930 edition of the Bulletin of Yale University featured the winner of the first medal of the Beaux Arts Institute for an architectural project. The author? González himself.
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El concepto del Pabellón Dominicano para la Feria Mundial de Nueva York de 1939, con un diseño a cargo de Guillermo González, fue La tierra que más amó Colón. The concept for the Dominican Pavilion at the 1939 New York World’s Fair, was The Land Columbus Loved Most. The structure was designed by Guillermo González.
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Inaugurado en agosto de 1939, el edificio Copello fue un hito en la arquitectura comercial dominicana: González estaba demostrando las grandes posibilidades de lo racional.
Opened in August 1939, the Copello Building was a landmark feat for Dominican commercial architecture: González started pointing towards the grand potential of modernism.
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El Caribe hotelero: arriba, el Condado de San Juan de 1919 y el Nacional de La Habana de 1930, ambiciosos en su escala; debajo, el modesto Presidente de SD, de 1929. Hotels in the Caribbean: above, San Juan’s Condado from 1919 and Havana’s Nacional from 1930, both ambitious in their scope and scale; below, SD’s modest Presidente, built in 1929.
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La sala de banquetes del Gran Café-Restaurante y Hotel Fausto, el “único de primera clase en la capital”, era el lugar considerado más apropiado para los eventos trujillistas. The banquet hall at the Gran Café-Restaurante y Hotel Fausto, the “only first-class hotel in the capital city,” was the go-to spot for Trujillo’s official events.
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Hasta mediados de 1940 los medios locales hablaban del Hotel Nacional que se le había comisionado a González; poco después, el nombre cambiaría sin explicación oficial. Up until the summer of 1940, local publications spoke of a certain Hotel Nacional being built by González; shortly after, the name would change —no explanation given.
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Frente al mar, pero… ¿dónde? CAPÍTULO
And where shall we meet the sea? CHAPTER
FRENTE AL MAR, PERO... ¿DÓNDE?
Los padres de Ana María Francisca Sebastiana Agustina Ángeles María de la Paz del Carmen de Jesús Martínez Alba no sabían qué hacer con su fierecilla. Don Paco Martínez era un panadero que había emigrado a República Dominicana desde su natal Cádiz; en Santo Domingo se casó con Sebastiana Alba, también de origen andaluz. En ese hogar de San Carlos no habían muchos recursos económicos, pero sí sobraba el apego a las tradiciones del comportamiento digno. Por eso, cuando la joven María reaccionó al fin de su noviazgo con el joven estudiante de derecho Antinoe Fiallo pegándose a la botella —solo que a una botella de tinte capilar Negro Eterno, no de alcohol—, la pareja no sabía dónde poner la cara con ese intento de suicidio. Poco importaba, porque pronto vendría otro motivo de vergüenza social: como había salido ganadora de la lotería genética, María había atraído la atención del entonces jefe de la Policía Nacional… quien estaba casado por segunda vez. Cuando los progenitores amenazaron con prohibirle la entrada a la casa familiar, la apodada Españolita solo tuvo que mudarse a la residencia que había destinado para ella su amante. De esa relación extramarital nació a mediados de 1929 un hijo, a quien la joven regaló el apodo de un personaje de Aida, la ópera de Giuseppe Verdi ambientada en el Antiguo Egipto. Ya para 1935, argumentando la esterilidad de su segunda esposa, su benefactor pudo divorciarse y contraer matrimonio con ella… solo que en ese momento también era el supuesto benefactor de la patria: ya Rafael Trujillo Molina era presidente de la República. Decir que María Martínez era ambiciosa sería subvalorarla. Era una época retadora para la mujer en una sociedad dominicana todavía más abiertamente machista que lo que es hoy. Aunque en 1934 había tenido lugar un llamado voto de ensayo, el sufragio femenino solo vendría a darse en mayo de 1942, gracias a los esfuerzos de las activistas de la Acción Feminista Dominicana. Si bien la ley 390 de 1940 otorgaba igual oportunidad civil a las mujeres solteras y casadas, seguían supeditadas a las conveniencias del progenitor o el esposo —por ejemplo, hasta décadas después muchas mujeres no podían abrir una cuenta bancaria propia sin el consentimiento de sus maridos—. Por eso, precisamente en ese ambiente de privación de acción civil, llama la atención la voraz acumulación de bienes estratégicos que realiza por la izquierda la Martínez. A través de su hermano Francisco armó un monopolio ferretero —inteligentemente, a raíz de la devastación que produjo San Zenón y la consecuente demanda de materiales de construcción—. También pudo insertar paulatinamente sus hilos, vía testaferros, en empresas aseguradoras, bancos y representaciones de franquicias extranjeras. Todas estas acciones indirectas trajeron como resultado una fortuna supuestamente 74
AND WHERE SHALL WE MEET THE SEA?
Ana María Francisca Sebastiana Agustina Ángeles María de la Paz del Carmen de Jesús Martínez Alba had her parents constantly shaking their heads in disbelief. Paco Martínez was a baker who had moved to the Dominican Republic from his native Cadiz; in Santo Domingo he had married Sebastiana Alba, a fellow Andalusian. Their San Carlos home was not a wealthy one, but they did see their traditional values as another form of riches. That’s why, when young María reacted to her breakup with young law student Antinoe Fiallo by reaching for the bottle —that is, by drinking a bottle of black hair dye, not alcohol—, the couple had no idea how to save face given the social threat of a suicide attempt. But that would soon be forgotten, as the couple had another reason for public shame coming their way: as a winner of the genetic lottery, María had attracted the attention of the then chief of the national police force… who by then had already embarked on his second marriage. When her parents threatened to lock her out of the family home, the so-called Españolita —the Spaniard girl— just had to pack her things and move to the house her lover had set out for her. In 1929 that extramarital affair bred a son, and the young woman bestowed upon him a nickname taken out of the list of characters of Aida, an opera by Giuseppe Verdi set in Ancient Egypt. By 1935, given the alleged infertility of his second wife, her benefactor was able to wrangle a divorce and marry her instead… it’s just that, by then, he was also the so-called benefactor of the Dominican homeland: Rafael Trujillo Molina had become the country’s president. To say that María Martínez was an ambitious person would be an understatement. It was a challenging time for women, as Dominican society back then was even more openly sexist than it is today. Even though a rehearsal vote had taken place in 1934, women’s suffrage would only be officially instated in May of 1942, thanks to the many efforts of the activists from the Acción Feminista Dominicana group. Although law 390, enacted in 1940, gave equal civil rights to both single and married women, they were still ruled by the whims of their fathers or husbands —for example, even a few decades later women would still need their partner’s consent to open a bank account. That’s why, given that particular environment of dire disenfranchisement, it’s shocking to see the awe-inducing amount of strategic properties that Martínez was able to accumulate via some certainly cunning methods. By way of her brother Francisco she crafted a monopoly in the hardware store sector —a smart thing to do, since San Zenón had generated quite the demand for construction materials. She was also able to gradually pull the strings, using front men, behind insurance companies, banks and local representatives for international franchises. 75
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valorada en unos 40 millones de dólares —con las respectivas muestras de consumo conspicuo como mansiones y yates—. Muchas veces hasta tomaba las situaciones en sus propias manos, como cuando en 1931 adquirió una parcela de tierra ubicada de cara a lo que en un futuro cercano sería una nueva arteria automovilística frente al mar Caribe. Eso no debía llamar la atención, ya que aparte de tener ambiciones de escritora y dramaturga —su libro Falsa amistad llegó a convertirse en una obra teatral—, también las tenía de planificadora urbana y arquitecta. A principios de 1931, el ingeniero municipal José Ramón Báez López-Penha se encargó de la planificación para trazar la vía costanera, dando inicio a los trabajos para realizar lo que se convertiría en el paseo Presidente Trujillo. Como total y absoluta coincidencia, en julio de ese mismo año María Martínez —todavía en calidad de sucursal, no de casa matriz— compra en ese tramo un solar que llegó a pertenecer al banquero de origen puertorriqueño Santiago Michelena. Una vez se casa con el dictador bajo régimen de separación de bienes, añade a su botín dos solares colindantes: en 1937 uno que había sido propiedad de Ricardo Piñeyro y en 1940 otro que perteneció a Enrique Henríquez. Esas parcelas tenían memoria de haber estado juntas antes: en estado indiviso les habían llamado durante mucho tiempo El Carmelo. En la era colonial, la zona que se extendía desde el fuerte San Gil hasta el fuerte La Concepción de sur a norte, llegando hasta Güibia por el este, era conocida como la Sabana del Estado. Para ese entonces se utilizaba como lugar de pasto extramuros para el ganado vacuno que abastecía la ciudad. Con el tiempo migró a otros usos: en 1824 fue construido un cementerio, y posteriormente ahí se erigió lo que hoy se conoce como el parque Independencia. En 1884 fue el lienzo para la apertura de las murallas y la construcción de las viviendas de Ciudad Nueva, mientras que el resto del terreno se destinó para estancias de veraneo para particulares. Una de ellas, en efecto, albergó la quinta San Francisco del Carmelo. Durante el período de la anexión a España, El Carmelo fue residencia del gobernador de la parte oriental de la isla, el capitán general José de la Gándara y Navarro. Debido a la poderosa posición de su residente, ese fue el lugar donde en junio de 1865 se discutió un convenio con los delegados del gobierno restaurador, presidido por el general Pedro Antonio Pimentel. En el acuerdo de El Carmelo las tropas españolas se comprometían a retirarse del territorio nacional, pero lo condicionaba a que el país no firmara pacto alguno que atentara contra los intereses españoles en la región caribeña —dígase, en solidaridad con los movimientos independentistas de Cuba y Puerto Rico—. Los restauradores rechazaron el acuerdo, y poco más de un mes después ganarían la guerra. Ya para principios de la década siguiente San Francisco del Carmelo pasó a manos de un catalán con una fortuna proveniente de la destilería —su negocio estaba en la calle del Comercio, con un letrero que rezaba Aguardiente y ron, al por mayor y al detalle—. Irónicamente, por su nombre, los visitantes de fuera de la ciudad confundían la estancia del zar del alcohol con un convento. En febrero de 1876 tuvo lugar otro acuerdo de El Carmelo: en su segundo mandato, al entonces presidente Ignacio María González se le acusaba de autocracia en violación constitucional, así como de malversación de fondos. Ahí en la estancia, para 76
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These indirect actions translated into a fortune of approximately 40 million dollars —with the expected Veblen goods to boot, including mansions and yachts. She would often do things herself, though: for example, in 1931 she purchased a plot of land facing what would, in the near future, become a new thoroughfare along the Caribbean Sea. This wasn’t necessarily an out-of-character choice, as she was known to be an aspiring novelist and playwright —her book False Friendship was turned into a play—, but also an amateur urbanist and architect. In early 1931, city engineer José Ramón Báez López-Penha had kickstarted the works for the road that would later become the Presidente Trujillo Promenade. As an absolute coincidence, in July of that same year María Martínez —back then still a subsidiary instead of the HQ wife— bought one of the plots belonging to Puerto Rican-born financier Santiago Michelena. Once she married the dictator under a separation of ownership agreement, she added two adjacent lots to her booty: in 1937 she bought one that had previously belonged to Ricardo Piñeyro and in 1940 she included another one purchased from Enrique Henríquez. But these lots did remember having grown up together: in a previously undivided state, they had been known for a long time as El Carmelo. During the colonial era, the area that ran from the San Gil Fort to the La Concepción Fort, south to north, reaching Güibia on the east side, was known as the Sabana del Estado —something akin to “the public savannah.” By then it was used as grazing grasslands outside of the city walls for the cattle that would feed its people. It slowly started becoming other things: in 1824 it was used as a cemetery, and part of it would later house what locals today know as Parque Independencia. In 1884 it was a blank canvas for the development of Ciudad Nueva, a planned neighborhood outside of Santo Domingo’s recently demolished walls, while the rest of the land went to private summer houses. One of them, in fact, was a country manor called San Francisco del Carmelo. During the period of the Spanish annexation, El Carmelo was the official residence of the governor of the eastern side of the island, Captain General José de la Gándara y Navarro. Due to the powerful position of its resident, this was the spot where the restoration government, led by General Pedro Antonio Pimentel, discussed the terms of agreement with the Iberian representatives. As per the El Carmelo Accords, Spanish troops would leave Dominican soil as long as the country didn’t support any developments that threatened their interests in the Caribbean region —that is, no shows of solidarity towards the independence movements over in Cuba and Puerto Rico. The local leaders refused to sign it, and they would actually be winning the war a month later. By the beginning of the next decade, San Francisco del Carmelo was handed over to a Catalonian businessman who had made large sums of money in the distillery industry —his business was located over in El Comercio Street, under an unmistakably large sign that read Moonshine and rum, wholesale and retail. Ironically, given the villa’s religious-sounding name, out-of-town visitors would often mistake the abode of the city’s alcohol tsar for a convent. In February of 1876 another set of El Carmelo Accords took place: during his second administration, President Ignacio María González faced accusations of uncon77
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entonces propiedad de Francisco Saviñón Piñeyro, se firmó un convenio que le retiraría las acusaciones a cambio de su renuncia como primer mandatario —González efectivamente presentó su dimisión ante el Congreso, pero cual hierba mala, llegó a ocupar la dichosa silla tres veces más—. Al poco tiempo la viuda de Saviñón Piñeyro, Águeda Bona, vendió la quinta a Leticia Pérez de Ricart, hija del independentista Juan Isidro Pérez. A su muerte en 1882, su viudo, Antonio Ricart, solicita a un juez la orden de venta por licitación de la finca, perteneciente en parte a sus hijos menores de edad. Para 1892 El Carmelo era propiedad de Abelardo Nanita, y para 1916 pasa un cuchillo por la papa caliente: la parcela se subdivide en varias estancias, tocándole partes a Julio Arredondo, Emilio Joubert, Elvira Guerrero viuda Hatton, Enrique Henríquez, Santiago Michelena y Juan de la C. Alfonseca. La porción titular de la señora Guerrero más tarde perteneció a Ricardo Piñeyro; la de Alfonseca pasó hacia 1924 a manos de Manuel de Jesús Lovelace y luego estuvo a nombre de Jesús Armenteros. Entre todos estos malabares, la residencia en sí estaba ubicada en la parcela que le fue vendida a Joubert, y por eso mantuvo su nombre original. En 1930 se construyó ahí una gallera a la usanza de las habaneras —con la “debida seriedad y respeto a fin de que puedan concurrir… personas decentes, muchas de las cuales están alejadas por no existir una valla adecuada”, según imprimía el Listín Diario—. De gallos a púgiles hubo un trecho corto, porque también se celebraron peleas de boxeo, como la librada entre Pedrito Cruz y Chaly Pérez el 7 de marzo de 1931, y luego de Cruz con Bertico Herrera a finales de ese mes. Al poco tiempo, Báez López-Penha estaría tocando las puertas de todos los propietarios de las tierras de la antigua Sabana del Estado, incluyendo los de El Carmelo, para solicitar aquella franja de 35 metros lineales para la construcción de una costanera. Henríquez y Joubert donaron sus terrenos de forma gratuita y con entusiasmo; los demás, entre ellos Lovelace, los descendientes de Damián Baez y la familia de Juan Bautista Vicini —estos dos últimos propietarios de los espacios de mayor tamaño— se negaron rotundamente y hasta colocaron una querella contra el ingeniero. Tras encontrar poco apoyo de parte de la Junta de Ornato y Embellecimiento de Santo Domingo, el líder del proyecto se dirige directamente al Jefe. Obviamente, vox trujilli, vox dei. Un par de semanas después, María Martínez de Trujillo estaría comprando su primer solar en la zona, de manos de Michelena. Al añadir los otros dos, conformarían una masa de 44,979 metros cuadrados. Y así, en 1942, el Estado adquiere esa propiedad oficialmente… pero de manos de Hallet Neville Hansard. Hansard era un sujeto británico nacido en Sudáfrica, residente en el país desde 1919. Primero había trabajado para la Compañía Agrícola Dominicana —popularmente conocida como La Yuquera—, una subsidiaria de la empresa estadounidense Corn Products Refining Co. Luego fue administrador de, entre otras empresas, la Salinera y la Naviera Dominicana —en otras palabras, era un testaferro de Trujillo, manejando sus intereses privados—. El 5 de julio de 1940 en ese gran solar frente al mar iniciaría la construcción de un proyecto estatal: el hotel nacional que el dictador le había encomendado a Guillermo 78
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stitutional autocracy and embezzlement. There, in the villa then owned by Francisco Saviñón Piñeyro, the parties involved signed an agreement that would withdraw the accusations upon his resignation —and although González did indeed submit his notice of withdrawal to the members of Congress, a bad penny always turns up, and he would eventually become the head of state thrice more. A short while after, Saviñón Piñeyro’s widow, Águeda Bona, would sell the plot to Leticia Pérez de Ricart, the daughter of independence hero Juan Isidro Pérez. Upon her death in 1882, her widower, Antonio Ricart, requested a court order so as to sell the land inherited by his underage children. By 1892 El Carmelo belonged to Abelardo Nanita, and in 1916 a knife went through the proverbial hot potato: the plot was divided into several smaller lots, now in the hands of Julio Arredondo, Emilio Joubert, Elvira Guerrero Hatton, Enrique Henríquez, Santiago Michelena and Juan de la C. Alfonseca. Mrs. Guerrero’s portion would later be owned by Ricardo Piñeyro; Alfonseca’s went to Manuel de Jesús Lovelace in 1924, and was later on sold to Jesús Armenteros. In the middle of these comings and goings, the residence itself could be found in the lot sold to Joubert, which is why the compound kept its original name. In 1930 it was the site of a Havana-style cockpit —made with “much-needed sobriety and respect, so as to attract… decent people, many of which currently refrain [from attending cock fights] given the lack of an appropriate venue,” wrote the Listín Diario. It was a short walk from cocks to boxers, as the spot also held boxing matches such as the blockbuster fight between Pedrito Cruz and Chaly Pérez on March 7, 1931, with Cruz fighting Bertico Herrera later that month. But Báez López-Penha would be soon knocking on their doors, as the inhabitants of the former Sabana del Estado —and thus El Carmelo— would need to donate that 35-meter-long fringe of land that would go towards the construction of the seaside road. Henríquez and Joubert happily provided theirs; the others, among them Lovelace, the descendants of Damián Báez and the family of Juan Bautista Vicini —owners of the largest properties— strongly opposed the request and resorted to legal means against the engineer. Finding little to no support in the local government, the young man headed straight to the Chief. And well, of course, vox trujilli, vox dei. A couple of weeks later, María Martínez de Trujillo would be purchasing from Michelena her first lot in the area. By adding the other two, she would become the owner of a 44,970-square-meter plot. And thus, in 1942 the government officially acquired this property… from a man called Hallet Neville Hansard. Hansard was a British subject born in South Africa who had moved to the Dominican Republic in 1919. He had first worked at the Compañía Agrícola Dominicana —the agricultural behemoth popularly known as La Yuquera, or the cassava factory—, a subsidiary of American enterprise Corn Products Refining Co. He was later the general manager of, among many other companies, the Salinera and the Naviera Dominicana, dedicated to salt refinery and sea cargo, respectively. In other words, he was a front man for Trujillo’s private interests. On July 5, 1940 that large plot across the sea would be the site of a new public project: the flagship hotel the dictator had commissioned from Guillermo González the 79
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González el año anterior. Con un precio de 400 mil dólares, era el edificio más costoso que había realizado el Estado dominicano en su historia. ¿Cómo logró financiarse, si casi nadie creía en el futuro turístico de Santo Domingo? A principios de 1940 el embajador dominicano en Washington, Andrés Pastoriza, se había reunido con el presidente del ExIm Bank. La idea era solicitarle al banco estadounidense una línea de crédito de dos millones de dólares para la realización de proyectos estatales, entre los cuales se encontraba el hotel. El préstamo se aprobó, pero el hotel quedó excluido de su alcance: los fondos debían ser destinados al dragado de puertos y a la compra de equipos de refrigeración para el matadero local, con bienes provenientes de Estados Unidos. En diciembre de ese mismo año, el monto subió a tres millones, y en febrero de 1941 Pastoriza presentó una solicitud de desembolso de 400 mil dólares para construir un hotel con el propósito de fomentar la industria turística dominicana. El banco la aprobó, pero el desembolso en sí estaba atado al consentimiento del Departamento de Estado —el país estaba sujeto a los términos de la Convención de 1940, bajo la cual el Gobierno estadounidense debía aprobar cualquier incremento a la deuda externa—. Se daban dos problemas. El primero era que Haití había solicitado un préstamo para un fin similar y Estados Unidos había dejado a la nación en visto; por eso, temían cualquier repercusión negativa de parte de la administración de Sténio Vincent. Lo segundo era el financiamiento implícito al negocio en bienestar de la familia Trujillo detrás del negocio en bienestar del turismo dominicano. Independientemente de esas dudas, en agosto de 1941 se hizo el primer desembolso, por un monto de 39 mil dólares. Para cuando en noviembre de ese año Juan de la C. Alfonseca —el mismo del solar aquel— se quejaba al subsecretario del Departamento de Estado por apoyar económicamente a la tiranía y a los bolsillos de la familia Trujillo —claro, escribiendo su carta desde la relativa seguridad de Nueva York—, ya se habían desembolsado 266 mil dólares. Poco importaba que el contrato que se hizo con la empresa González & González, propiedad de Guillermo y su hermano Alfredo, había sido de solo 200 mil dólares. “Hansard” ganaba sí o sí: el contrato de construcción que suscribió con el Estado establecía que los 400 mil dólares debían ser pagaderos una mitad el 1 de enero de 1941 y la otra a la conclusión y entrega de la obra; de lo contrario, no se transferiría la propiedad a manos estatales. Casi y sucede: una de las cláusulas del préstamo con el ExIm Bank establecía que solo una tercera parte de los desembolsos del préstamo podían utilizarse en gastos locales; el resto debía usarse para pagar a suplidores estadounidenses. Con la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial en diciembre de 1941, todos los bienes de exportación del país requerían una orden de prioridad por parte del Departamento de Estado y de la Board of Economic Warfare, una junta dedicada a la logística económica en tiempos bélicos. Eso dificultaba compras como la de la caldera del hotel, que originalmente se había solicitado en enero de 1942 a la firma Cleaver-Brooks Co. de Milwaukee, pero que se retrasaría considerablemente debido a la gran cantidad de órdenes por parte del Ejército y la Marina estadounidenses. El 30 de junio de ese año el Gobierno dominicano logró enmendar el contrato: la proporción del origen de los gastos quedaba a discreción del banco. 80
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year before. With a price tag of 400 thousand dollars, it was the most expensive building ever created by the Dominican government in its entire history. But how did Trujillo round up the necessary funds, if nobody back then actually believed in Santo Domingo’s prospective tourism industry? In early 1940 the Dominican ambassador in Washington, Andrés Pastoriza, had met with the president of the ExIm Bank. The plan was to request a line of credit for two million dollars, to be destined towards public projects, including the hotel. The loan was approved, but the hotel was left out: the funds would have to be exclusively used to dredge water for future port projects and to purchase the necessary refrigeration equipment to furnish the local slaughterhouse —which would have to come from American manufacturers, according to the contract’s terms. That December the amount went up to three million dollars, and in 1941 Pastoriza requested 400 thousand dollars that would allow the country to build a hotel for its budding tourism industry. The bank greenlit it, but the actual expenditure was tied to a final approval from the Department of State —the nation was ruled by the terms of the 1940 Convention, which established that the government had to approve any increments in its foreign debt. There were two complications in this plot. The first was the fact that Haiti had also requested a loan for a similar purpose, and yet the US had left the country on read; they thus feared a negative response from Sténio Vincent’s administration. The second one was the small fact that financing the welfare of Dominican tourism implicitly meant financing the welfare of the Trujillo family. Beyond these concerns, the first payment came in August of 1941, for a total of 39 thousand dollars. That November Juan de la C. Alfonseca —one of the El Carmelo plot owners— complained to the Department of State for lining the pockets of the Trujillo clan —in a letter obviously written from the relative safety of New York City, far away from Dominican soil—, but by then the ExIm bank had already transferred 266 thousand dollars. That amount, Alfonseca claimed, did not match the contract signed with González & González, the company led by Guillermo and his brother Alfredo: the amount on record was only 200 thousand dollars. “Hansard” would be making a killing either way: the construction contract he signed with the government established that those 400 thousand dollars would be payable in two parts, 50 percent upfront on January 1, 1941 and the other half upon completion; otherwise, the building would not be transferred to public hands. The unthinkable almost did happen: one of the clauses of the ExIm Bank loan established that only a third of the money could be used for local purchases; the rest would have to come from American suppliers. Given the United States’ entry into World War II in December of 1941, the country’s export goods required a priority exemption from both the Department of State and the Board of Economic Warfare. This would make acquiring items nearly impossible —for example, the purchase of the boiler, which had been ordered in January of 1942 from Milwaukee’s Cleaver-Brooks Co., had to be indefinitely postponed due to the large amount of requests the company received from both the Army and the Marines. On June 30 of that same year the Dominican government was able to amend the contract: the actual proportion of local and American expenses would be ultimately left to the financial institution to decide. 81
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El 17 de agosto de 1942 se inauguró el hotel; el 30 de octubre se suscribe el acto de venta definitivo entre Hansard y el Estado dominicano por el precio pactado. Pero, ¿cuál precio pactado? María Martínez había adquirido el solar de 45 mil metros cuadrados por 15 mil dólares, según datos de la Legación Americana en Santo Domingo. Hansard le había “comprado” el solar por 50 mil. Solamente en esa transacción, la Españolita había ganado 35 mil dólares. De ser cierta la acusación que hiciera Alfonseca en su carta, de que el costo real del contrato de la obra que hiciera González fue de 200 mil dólares, es posible que en la creación del primer gran hotel de la historia dominicana, hecho en nombre de la promoción turística y el progreso económico de una pequeña república antillana, el progreso económico de la pareja Trujillo-Martínez haya sido de 185 mil dólares. Poco importaba que los planos de González mostraran el primer hotel racionalista de las Antillas, con una deslumbrante e inteligente adaptación de la corriente a la realidad climática y social del Caribe. Eso era secundario: para Trujillo, su construcción era primordialmente un buen negocio. De hecho, en realidad era terciario… porque lo secundario era hacer algo a la neoyorquina. En la Edad Dorada de los Estados Unidos, esa ventana temporal antes de la Depresión de 1929 en la que el dinero fluía como agua, las mujeres de los adinerados herederos y empresarios de Nueva York, ignoradas en muchos aspectos, sublimaban sus deseos a través de la competencia social. Una de ellas era Marietta Reed, la esposa del empresario hotelero Paran Stevens —autor de, entre otros, el exitoso Fifth Avenue Hotel—. La pareja llegó a tal escalón social que, cuando el Príncipe de Gales visitó Estados Unidos en 1860, se hospedó en ese hotel y fue agasajado por el mismo matrimonio Stevens. Con tal respaldo nobiliario detrás, Marietta comenzó a ofrecer fiestas con piezas clásicas que, en 1879, se convirtieron en la prestigiosa Academia de la Música. Sus miembros eran en su gran mayoría knickerbockers, los descendientes de los holandeses fundadores de la ciudad y, en consecuencia, el dinero más viejo de Nueva York. Aunque una gran parte de la vista del escenario estaba bloqueada por gruesos pilares, a ninguno de los propietarios de los 18 palcos se les ocurría ceder su membresía a alguien que no fuese de su círculo. Por eso, cuando la nueva fortuna de William Henry Vanderbilt —el hombre más rico de la nación en ese entonces, y padre de quien luego crearía el Hotel Condado Vanderbilt en San Juan— quiso repetidamente entrar a uno de los palquitos blancos y dorados, la respuesta siempre era un “no”. A ninguno de los miembros le importaba el hecho de que Vanderbilt era un total y absoluto fanático de la ópera. Lo mismo le sucedía a varios de sus amigos, rebotados consistentemente debido a la corta edad de sus dólares. Así que 22 empresarios —entre ellos el mítico banquero J. P. Morgan y un miembro de la familia Astor— contribuyeron un mínimo de 10 mil dólares por cabeza y decidieron crear su propia casa de ópera. Contrataron a la firma de arquitectos Carrère and Hastings, y en octubre de 1883 abrió sus puertas un espacio de 3,625 asientos. ¿Su nombre? La Metropolitan Opera House. Pocos recuerdan la Academia de los Stevens, pero para los melómanos contemporáneos la Met es historia patria. Por revancha, el dinero nuevo borró de la memoria popular al dinero viejo. 82
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The hotel opened on August 17, 1942; the final sale between Hallet Hansard and the Dominican government took place on October 30, following the set price. But what set price, exactly? María Martínez had acquired the 45-thousand-square-meter lot for 15 thousand dollars, according to data from the American Legion in Santo Domingo. Hansard had “purchased” the land for 50 thousand dollars. With this transaction alone, the Españolita had made 35 thousand dollars. If the charges made in Alfonseca’s letter were proved to be true, as he stated that the actual cost of the hotel was only 200 thousand dollars, it is quite possible that with the development of the first grand hotel in Dominican history, erected in the name of advancing the tourism industry and the economic growth of a small Caribbean republic, the economic growth of the Trujillo-Martínez marriage had been somewhere in the region of 185 thousand dollars. In the end it mattered very little, the design itself. González’s blueprints bore the first modernist hotel in the Antilles, an intelligent and brave adaptation of the movement to the climate and the social realities of the Caribbean. That was but a side effect to Trujillo: to him, that project was first and foremost a good source of business. Actually, it was also something else… as there was something very Old New York about its origins. During the American Gilded Age, that temporary window before the great 1929 downturn when new money flowed as freely as water, the wives of the wealthy New York businessmen and their heirs, otherwise ignored in many different scenarios, would sublimate their desires through social competition. One of those women was Marietta Reed, the wife of hotelier Paran Stevens —the successful mastermind behind, among others, the landmark Fifth Avenue Hotel. The couple made it to such great heights that, when the Prince of Wales visited the United States in 1860, he stayed at the hotel and was hosted by the Stevens themselves. With such a royal backing behind them, Marietta started offering parties livened up by classical pieces that eventually, in 1879, would become the Academy of Music. Its founding members were mostly Knickerbockers —that is, old New York money. Although a large part of the stage was blocked from view by a set of huge pillars, none of the owners of the 18 boxes would ever in their right mind sell or hand down their property to anyone but one of their own. That’s why, when the newly minted fortune of William Henry Vanderbilt —then the richest man in the country, and the father of the man who would later create San Juan’s Condado Vanderbilt— asked for access to one of those white-and-gold boxes, the answer was always a resounding “No.” Tellingly, none of the members cared about the fact that the man was absolutely mad about opera. The same thing had happened to several of Vanderbilt’s friends, consistently brushed off due to the short age of their dollars. So 22 businessmen —among them banker J. P. Morgan and a member of the Astor family— contributed a starting amount of 10 thousand dollars each and decided to create their own opera house. They hired architects Carrère and Hastings and in October of 1883 a 3,625-seat establishment opened its doors. The name of said place? The Metropolitan Opera House. Few people remember the Stevenses’ Academy, but to music lovers everywhere the Met is a myth. Out of pure spite, new money erased old money from the country’s collective memory. 83
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Algo lejano pero similar le pasaba a Trujillo. Proveniente de una familia de clase media baja de San Cristóbal, fue el tercero de 11 hijos del matrimonio del hijo de un grancanario y de la descendiente de un campesino dominicano y de una pareja de raza mixta proveniente de Haití. Según una risible hagiografía que comisionó la maquinaria trujillista al escritor estadounidense Lawrence De Besault, Rafael Leonidas venía de una supuesta línea de aristócratas españoles y franceses —estos últimos aparentemente descendientes del marqués de Philbourou, llegado a la isla como acompañante del cuñado de Napoleón Bonaparte—. A falta de una educación formal, su primer trabajo fue como telegrafista, y por su segundo cayó preso, pues junto a su hermano Petán se dedicó a la falsificación de cheques; en su tercero, se dedicó de lleno a las actividades criminales con una banda paramilitar de asaltantes. Fue solo con la invasión estadounidense de 1916, un gran nivelador social, que pudo integrarse a la recién formada Guardia Nacional. Para 1927 su escalada por los rangos fue tan veloz que había obtenido el grado de general de la Policía Nacional, la institución que sustituía la Guardia. Tras el golpe de Estado a Horacio Vásquez, se postuló a la presidencia de la República, que ganó bajo una ola de intimidación y de un posible fraude electoral —la misma hagiografía le otorga el 95 por ciento de los votos—. A todo esto, su ambición política iba a la par de su ambición social: con muchas de sus acciones públicas, el dictador buscaba borrar cualquier memoria de la carencia y de lo mulato de su historia personal. En efecto, tan marcada era su sed de llegar que en ese mismo 1927 le hace un ascenso a su primer matrimonio: de la hija de un campesino de San Cristóbal, Aminta Ledesma, pasa a casarse con Bienvenida Ricardo, una blasonada hija de Montecristi —y prima de un tal Joaquín Balaguer Ricardo—. Pero la clase alta capitaleña no ignoraba ni olvidaba ese historial gris. No había punto de reunión social más favorecido por la aristocracia de Santo Domingo que los salones del Club Unión, ubicado en la esquina noroeste de las calles Hostos con El Conde. Ahí, en sus espacios de diseño art nouveau con toques moriscaribeños, se celebraban fiestas de inspiración provenzal con las invitadas vestidas al más actualizado estilo flapper. Con su nueva posición como jefe del Ejército, la estrella militar tocó las puertas de los miembros de la junta directiva a finales de la década de 1920. Su solicitud fue rechazada —con el consiguiente cuchicheo burlón que esto generó entre las familias de alta alcurnia de la villita poscolonial disfrazada de ciudad capital—. Trujillo, como analizó Juan Bosch, se sintió “de segunda” a pesar de todos sus esfuerzos. Pero la vendetta venía: al ser elegido presidente de la República en 1930, uno de sus primeros actos fue apadrinar y aprobar las solicitudes de membresía al club de todos los oficiales del Ejército ubicados en la capital. Luego se colocó como presidente del centro social. Al año siguiente decretó su disolución y se le aconsejó efusivamente a los viejos miembros que crearan uno nuevo, obligatoriamente llamado Club Presidente Trujillo. Pero tal devuelta de la humillación no le bastaba: a él le hacía falta su Met, ese lugar de espacios generosos y de arquitectura verdaderamente inimitable, que superara todo lo hecho en el país hasta el momento y donde él fuese el rey incuestionable de la vida social de la ciudad. Y precisamente tras esa maraña oculta de turbias negociaciones y empréstitos, de venganza social y de arribismo, entraba a ese escenario un impoluto edificio blanco que poco tenía que ver con tales embrollos. 84
AND WHERE SHALL WE MEET THE SEA?
Something similar happened to Trujillo himself. Born to a lower-middle-class family in San Cristóbal, he was the third of 11 children from a marriage between the son of a Grand Canary native on one side and the descendant of Dominican farmers and a mixed-race couple from Haiti on the other. According to a laughable hagiography commissioned by his PR machine from American writer Lawrence De Besault, Rafael Leonidas came from an alleged line of Spanish and French aristocrats —the latter group apparently descended from the Marquis of Philbourou, who made it to the island joining Napoleon’s brother-in-law. Lacking any sort of formal education, his first job was as a telegraphist, and his second gig put him in jail, as he forged checks along with his brother Petán; his third job was as the leader of a criminal militia. But the 1916 American invasion was a great leveler, and he was able to join the recently established National Guard. By 1927 his ascent had been so rapid that he had already become a general in the National Police corps, the institution that replaced the Guard. After the coup d’état on Horacio Vásquez, he ran for president and won under intimidating practices and possible electoral fraud —the same hagiography states that he received 95 percent of the vote. On top of that, his political ambition was as large as his social ambitions: with many of his public acts, the dictator wanted to erase from his personal history any and every memory of his times of scarcity, of the dark components in the interracial makeup of his parentage. Indeed, his thirst for making it was so intense that in 1927 he had also upgraded his first marriage: from the daughter of a San Cristóbal farmer, Aminta Ledesma, he went on to marry Bienvenida Ricardo, a socialite from Montecristi —and the cousin of a certain Joaquín Balaguer Ricardo, who would go on to become one of the defining presidents of the second half of the 20th century. But Santo Domingo’s upper class didn’t ignore nor wanted to forget his muddled history. For the local aristocracy, there was no better place to see and be seen than the Club Unión, a private establishment on the northwest corner of Hostos and El Conde streets. There, in its art-nouveau-meets-Spanish-revival interiors, they would celebrate some Provence-inspired parties, and female guests would often wear the latest flapper fashions. Given his new position at the upper echelon of the Army, the military star tried his luck with the board in the late 1920s. His request was denied, and that created a maelstrom of teasing gossip among the top inhabitants of the little postcolonial village masquerading as the country’s capital. Trujillo, as politician and writer Juan Bosch would later describe, felt “second-class.” But revenge was on its way: upon his rise to ultimate power in 1930, he quickly approved the membership requests of every Army officer in the city. He then placed himself atop the board and, a year later, closed down the club and nudged its founding members towards creating a new one bearing the name Club Presidente Trujillo. But that wasn’t enough for him: he needed his Met, that spot with generous spaces and one-of-a-kind architectural design that would surpass every other building erected in the country thus far. He needed a place that would establish him as the undeniable leader of the city’s nightlife. And right behind that tangled mess of murky businesses and dirty loans, of equal doses of social climbing and social vengeance, came on stage a spotless white building that had little to do with such mayhem. 85
En esta ilustración de 1871 es posible ver cuán cerca de la Puerta del Conde estaba la estancia de Damián Báez, que colindaba al este con los terrenos del futuro Jaragua. As evidenced by this 1871 sketch, the Puerta del Conde stood close to Damián Báez’s ranch, which was adjacent on its eastern side to the plot that would later be occupied by the hotel.
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A principios del siglo XX, la hoy llamada avenida Independencia era conocida como el Camino del Oeste, y estaba poblada por las fincas de familias adineradas. What we now know as the Independencia Avenue used to be called Camino del Oeste up until the early 20th century; the road featured a long row of estates owned by wealthy families.
En las cuatro páginas siguientes: la hoy avenida Independencia entre 1882 y 1916, con la progresiva división de sus parcelas, incluyendo la muy codiciada El Carmelo. The following two spreads show the gradual division of the lots overlooking Independencia Avenue between 1882 and 1916; notice the evolution of the muchcoveted El Carmelo.
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1900
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N
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Vicini
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Enrique Henríquez
Ricardo Piñeyro
Eduardo Ricart
Damirón
El Carmelo
Señoritas Báez Lavastida
Osvaldo Rodríguez
El Carmelo
Ulises Alvino
Julio Arredondo
Emilio Joubert
Vicini
Elvira Guerrero viuda Hatton
Vicini
Santiago Michelena
Juan De la C. Fonseca
1916 CAMINO A GÜIBIA
1900
CAMINO A GÜIBIA
CAMINO A GÜIBIA
1882 AV. INDEPENDENCIA
Damián Báez
AV. INDEPENDENCIA
Damián Báez
AV. INDEPENDENCIA
Vicini
Ulises Alvino
Estado Dominicano (Hotel Jaragua)
Desconocido
Irene Báez de Herrera /Señoritas Báez
Rancho Cayuco
AV. PASTEUR
Emilio Joubert Desconocido Camila Bonetti José R. Sanz
Julio Hans Cohn Joubert
Vicini Desconocido
Señoritas Báez Lavastida
Ricardo Piñeyro
Eduardo Ricart
Señoritas Báez Lavastida
Irene Báez de Herrera
Osvaldo Rodríguez
Ricardo Piñeyro Emilio Joubert Julio Arredondo Ulises Alvino
Enrique Henríquez
Irene Báez de Herrera
AV. PASTEUR
HANS COHN
Santiago Michelena
Manuel De Jesús Lovelace
Señoritas Báez Lavastida
AV. INDEPENDENCIA
Señoritas Báez Lavastida
Osvaldo Rodríguez
Emilio y Julio Joubert Julio Arredondo Ulises Alvino
María Martínez de Trujillo
Jesús Armenteros
Vicini
Jesús Armenteros
1946 PROL. SOCORRO SÁNCHEZ
1940 CAMINO A GÜIBIA
CAMINO A GÜIBIA
1924
CALLE JOSÉ MARÍA HEREDIA
N
AV. INDEPENDENCIA
AV. GEORGE WASHINGTON
AV. INDEPENDENCIA
BALNEARIO DE GÜIBIA
AV. GEORGE WASHINGTON
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A la derecha, el hombre más temido de República Dominicana. A su lado, la mujer más temida por el hombre más temido de República Dominicana. To the right, the most feared man in the Dominican Republic, Rafael Trujillo. By his side, the woman the most feared man in the Dominican Republic feared the most.
El permiso de residencia del sujeto británico Hallet Hansard, el testaferro usado por los Trujillo para manejar los pormenores contractuales del Hotel Jaragua. Hallet Hansard, a British subject, was the Trujillo family’s front man for the many negotiations related to the Jaragua. This was his residence permit.
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La aristocracia que usaba el mar Caribe como piscina natural en sus estancias debió ceder parte de sus parcelas para la creación de la avenida Colombina, hoy George Washington. The social elite, used to turning the Caribbean Sea into private pools within their estates, had to donate vast swathes of their plots towards the creation of Colombina Avenue, currently named after George Washington.
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Un crucero blanco salido del mar CAPÍTULO
A white cruise ship just landed CHAPTER
UN CRUCERO BLANCO SALIDO DEL MAR
A principios de 1951, Heinz Neumann había realizado el recorrido hasta Hamburgo desde su pueblo natal cerca de Baden-Baden en el sur de Alemania. Acompañado por su madre, la idea era tomar el carguero a motor La Heve en el puerto de la gran ciudad sobre el Elba, y de ahí llegar a Ciudad Trujillo. Allá les esperaba el padre de Heinz, un ingeniero químico quien desde 1949 laboraba bajo un contrato para la Corporación Hispaniola en la Armería del Ejército Nacional, una fábrica de armas y explosivos que había creado el dictador en San Cristóbal. Con 19 años, Neumann había crecido con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. La Alemania que conoció era una donde caía la historia hecha en piedra y subían reemplazos en otros materiales. Sin embargo, nunca había visto un edificio comparable a esa nave blanca junto al mar Caribe que visitó con curiosidad apenas en su segundo día en la ciudad. Tenía que hacerlo: ese lugar le había impresionado desde su llegada; para él, esa edificación encarnaba su idea de la civilización moderna, y tenía que ir a fotografiarlo. Hasta el nombre le parecía increíblemente atractivo: Jaragua. La sorpresa positiva que sintió el joven mecánico no era algo que necesariamente compartieran los otros europeos que le habían precedido históricamente al establecerse en el país. Solo habría que revisar el testimonio del primer cónsul inglés de la República, Sir Robert Schomburgk, a su llegada en 1849. El etnólogo de origen alemán ya había explorado las Guayanas y el Orinoco, y en Dominicana se dedicó a documentar el arte rupestre de las cuevas del Pomier en San Cristóbal, así como los enterramientos aborígenes encontrados en Constanza. En los taínos confiaba, y en los primeros conquistadores españoles también —de hecho, le llamó la atención la catedral capitaleña—. En quien no confiaba era en el dominicano, ese ser de gusto cuestionable que osó renovar la iglesia “salpicando su interior con todos los colores del arcoiris” y que pavimentaba su casa “con feos ladrillos rojos”. Esos mismos dominicanos serían quienes, casi 100 años después, en la primera guía de turismo oficial del país describirían al nuevo paseo marítimo habilitado en el Malecón como algo que “supera en belleza a los famosos de la Costa Azul” —la Promenade des Anglais se ríe en francés ante tal exageración—. Lo que percibía el extranjero en ese entonces era el poco criterio arquitectónico y artístico del habitante local. Encima de eso, a las publicaciones de la época trujillista había que tomárselas con toda la sal del mar Caribe, porque sus descripciones de las bondades nacionales eran zalameramente hiperbólicas. Pero el Hotel Jaragua era otra cosa. Neumann intuía que estaba delante de algo especial —y no solamente especial para ser el Caribe, sino especial y punto—. Pero él apenas tenía conocimientos ele98
A WHITE CRUISE SHIP JUST LANDED
In early 1951, Heinz Neumann had made the trek from his hometown near Baden-Baden, in the south of Germany, to Hamburg. Joined by his mother, the plan was to take the Le Heve cargo ship over at the city on the Elbe, and from then onwards to Ciudad Trujillo. They would be greeted by his father, a chemical engineer who had been working under contract since 1949 for the Corporación Hispaniola at the Army’s armory —that is, a weapons and explosives factory created by the dictator in San Cristóbal, close to the Dominican capital. As a 19-year-old, Neumann had grown up with World War II as a backdrop. The version of Germany he was acquainted with was a country where a past made up of stone would crumble down every day, and in its place new materials would arise. And yet he had never seen a building remotely comparable to the white ship along the Caribbean that he couldn’t help but visit on his second day in the city. His curiosity was piqued. He just had to: he had been impressed by it from the moment he arrived; to him, that building fit his idea of modern civilization, and he just had to go and take pictures of it. Even its name sounded alluringly attractive: Jaragua. That zealous surprise wasn’t something shared by the many Europeans who preceded him on Dominican soil. The young mechanic was apparently on his own, as evidenced by the account of the first English consul in the new republic, Sir Robert Schomburgk, upon his arrival in 1849. The German-born ethnologist had already explored the Guianas and the Orinoco, and once he set foot in the Dominican Republic he went on to document the cave paintings at the Pomier reserve in San Cristóbal, as well as the aboriginal burial sites found in Constanza. He trusted the aesthetic choices made by the Taíno people, and he extended the same courtesy to the early Spanish conquistadores —in fact, he was quite enthralled by the capital’s cathedral. Dominicans, though? They were not to be trusted, due to their questionable taste and their need to renovate the aforementioned church “splashing its walls with every color in the rainbow” and paving their homes with “ugly red bricks.” They were the same group of people who, nearly 100 years later, would print a travel guide with a description of the new esplanade by the sea, labeling it “far more beautiful than those found in the French Riviera” —the Promenade des Anglais is still laughing in French at the thought of such an exaggeration. Foreigners would remark upon the lack of architectural and artistic baseline knowledge among the general population. On top of that, a large part of the Trujillo-era publications had to be taken sometimes with a grain, other times with a big bucket and most times with the entire salt content of the Caribbean Sea, as their descriptions of the country’s beauties tended to be fawningly hyperbolic. 99
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mentales de arquitectura, absorbidos por ósmosis al interactuar con las edificaciones de construcción apropiada que le habían dejado en casa sus antepasados teutones. Ahora, ¿qué diría alguien con la capacidad crítica de hacer evaluaciones arquitectónicas transcontinentales? Solo habría que considerar la impresión de un profesional austríaco cuya visión del diseño racional le llevó al éxito en Estados Unidos, su país adoptivo. Después de todo, Richard Neutra estuvo en la capital dominicana en 1945. Neutra ya había pasado por las manos de incontables maestros, incluyendo a su compatriota Adolf Loos y al paisajista suizo Gustav Ammann. Al llegar a territorio estadounidense tras la Primera Guerra Mundial, comenzó trabajando para Frank Lloyd Wright en su estudio de Taliesin, en Wisconsin. En 1925 decide independizarse y crear un despacho propio junto a Rudolf Schindler —otro austríaco de la camada de Wright— en Los Ángeles. Ahí se da algo interesante: su conocimiento de la modernidad arquitectónica se ve retado por las condiciones climáticas y topográficas especiales del sur de California. De sus formidables propuestas de adaptación surge el Southern California Modernism, un estilo residencial y comercial que hoy es sinónimo de la ciudad —y hasta la ha trascendido—. En otras palabras: Neutra sabía muy bien los planes y los planos sesudos que requería poder adaptar el estilo internacional a condiciones más soleadas. Por eso el senado de Luis Muñoz Marín lo contrató como consultor de la Comisión de Diseño de Obras Públicas para desarrollar proyectos de corte social en Puerto Rico. Los hospitales, las escuelas rurales, los centros comunitarios y las clínicas que desarrolló Neutra allí entre 1943 y 1945 incorporaban elementos de la arquitectura tradicional caribeña, como las galerías y los espacios de transición. Ya al final de su trabajo, en marzo de 1945, hizo una parada por la vecina República Dominicana. En su breve estancia conoció las obras de la Ciudad Universitaria y las instalaciones del Matadero Municipal, y se alojó en el más celebrado y lujoso hotel de la capital. Para él, según compartió en una conferencia en el recinto educativo, ese último establecimiento era tan bueno como los mejores del continente europeo, dado el buen aprovechamiento de los recursos arquitectónicos y de la calidad del ambiente —dígase luz, aire y orientación—. Para Guillermo González, quien probablemente había sido influenciado por la conexión interior-exterior que había logrado Neutra con sus propuestas angelinas, pocas evaluaciones valían tanto como esa. Es que no era para menos. No importa cuánto quisieran exagerar las bocinas mediáticas trujillistas, iban a estar en lo objetivamente cierto si de la estructura arquitectónica de este edificio se trataba. El Hotel Jaragua era, sencillamente, una muestra magistral de una aplicación concienzuda del racionalismo al panorama del Caribe, con un sincretismo técnica y estéticamente intachable. República Dominicana era un país acostumbrado a recibir las sobras de las tendencias arquitectónicas, ejecutadas por firmas mayormente anónimas y sin la sensibilidad ni la preparación de quienes crearon las originales. Esta era una de las pocas veces en las cuales el país era pionero: era el primer hotel racional del área norte de América Latina… y qué hotel. Tras un trabajo conjunto entre Guillermo González y su hermano menor Alfredo, un ingeniero civil, la inauguración del Jaragua tuvo lugar el 17 de agosto de 1942. Ese fue el mismo día que vieron la luz otras obras racionalistas en la capital, como el Matadero Municipal que luego admiraría Neutra, trazado por Henry Gazón Bona, y el Sanatorio 100
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But the Jaragua Hotel was something else. Neumann could sense that he was standing in front of something special —and not just special for the Caribbean, but special, period. But he barely had some elementary architectural concepts, absorbed via the effects of everyday visual osmosis, having interacted with the properly proportioned buildings left by this Teutonic ancestors back home. Instead, what would someone with the critical ability to evaluate transcontinental architecture have to say about this building? One just had to ask an Austrian professional whose vision of modernism made him an architectural star in his adoptive country, the United States. After all, Richard Neutra did visit the Dominican capital in 1945. Neutra had already trained with countless masters, including his fellow countryman Adolf Loos and Swiss landscape architect Gustav Ammann. Upon his arrival stateside after World War I, he began working for Frank Lloyd Wright in his Taliesin studio, in Wisconsin. He broke out on his own in 1925, co-creating a firm with Rudolf Schindler —another Austrian from Wright’s litter— in Los Angeles. Something interesting took place there: his knowledge of architectural modernism was challenged by both the topographic and the weather conditions in southern California. His adaptation proposals in turn gave way to Southern California Modernism, a residential and commercial style that’s become some sort of visual shorthand for the city —and has, one could say, even transcended it. In other words: Neutra knew quite well how difficult it was to adapt that international style to sunnier climates. That’s why Luis Muñoz Marín’s senate hired him as a Public Works consultant tasked with developing social projects in Puerto Rico. Between 1943 and 1945, Neutra devised hospitals, clinics, rural schools and community centers that incorporated elements of traditional Caribbean architecture, such as verandas and transitional spaces. At the end of his run, in March of 1945, he stopped by the neighboring Dominican Republic on a quick trip. During his brief tour of the capital he was able to examine University City and the facilities at the new slaughterhouse, and he stayed in Santo Domingo’s most luxe, celebrated hotel. To him, as he noted during a conference in the higher education precinct, the latter was as good as the best in the European continent, given the strategic use of architectural resources and the quality of the built environment —that is, given the positioning of light, air and direction. To Guillermo González, who was probably influenced by the indoors-outdoors connections achieved by Neutra in his LAbased proposals, few verdicts were as valuable as this one. No wonder. No matter how much Trujillo’s media lackeys could try to exaggerate its importance, they would still be staying within the confines of the truth when it came to speaking about the building’s structure. The Jaragua Hotel was, quite simply, an outstanding example of Caribbean-based modernism, displaying an impeccable notion of syncretism on both a technical and an aesthetic level. The Dominican Republic was used to getting the leftovers of international architectural trends, usually imported by anonymous figures who often lacked the sensitivity and the intellectual capacity of those who gave birth to the originals. This was one of the few times where the country became a pioneer: it was the first modernist hotel in the northern part of Latin America… and what a hotel. After an ensemble project handled between Guillermo González and his younger sibling Alfredo, a civil engineer, the Jaragua Hotel opened on August 17, 1942. That 101
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Antituberculoso Dr. Martos, autoría de los hermanos Marcial y Leo Pou Ricart. Trujillo, obviamente, estaba aplicando su rayo modernizador a la ciudad a velocidad extrema. En un área de nueve mil metros cuadrados sobre un amplio terreno de 20 hectáreas, Guillermo González había dedicado espacio a todo lo que el Fausto, el Francés y los demás hoteles capitaleños no contaban como esenciales. Primero estaba el tema de la altura: González se dio el lujo de subir a cinco niveles de hormigón armado, colocados en dirección oeste-este mirando de frente al mar Caribe. Para quien no le quedaba clara la referencia, parecía un crucero que había salido del cuerpo de agua para dar unos pasos y echar anclas un lugar confortable —en este caso, un frondoso paisaje tropical sin edificaciones cercanas—. El primer nivel comenzaba en una marquesina que conducía a un vestíbulo con doble altura, con la figura central de un busto de Trujillo —para que a nadie se le olvidara quién había sido el promotor del proyecto—. El vestíbulo estaba localizado en el centro del volumen vertical, y alrededor de este se expandían las distintas áreas comunes del hotel. Por ejemplo, hacia el sur había un gran salón de fiesta y una galería perimetral que lo bordeaba en tres de sus lados. Hacia el oeste había una tienda de regalos, una sala de escritura, un salón de belleza y el casino, este último con accesos independientes. El área del bar central conectaba la gran terraza con el patio andaluz, así como otra terraza que daba hacia los jardines en el norte —y cuya losa con lucernarios circulares permitía la entrada de luz natural—. Hacia el este se ubicaban otras dependencias, como el gran comedor, la cocina, el comedor privado, la lavandería y distintas secciones de servicio. Por esta zona también se descendía al sótano, donde se encontraban las áreas complementarias de servicio, como las calderas para agua caliente, los talleres y los depósitos. De cara al litoral sur de la ciudad quedaban los jardines, el área de la piscina y la gran terraza al aire libre. Hablando de la piscina, la misma tenía un acceso exclusivo en dirección norte-sur, que permitía el libre paso desde los estacionamientos hasta el conjunto acuático. El agua para la misma llegaba desde el mar Caribe, a través de un sistema de bombas de extracción y de filtrado. Sobre la piscina se habían construido una pérgola techada y una sombrilla de hormigón, para así brindar sombra a los bañistas. El elemento quizás más reconocible de la fachada era la escalera ubicada al suroeste, que como una cinta voladora descansaba sobre un punto de apoyo que servía como asta de bandera. Esta escalera fue parte de la coreografía que llevaba al segundo nivel, donde se encontraban las terrazas y balcones que permitían ver desde arriba la sala de fiesta y la gran terraza —para así poder espiar a los bailarines y a los recién llegados con tranquilidad, porque hasta el voyerismo era parte del programa de actividades—. Ya del segundo al cuarto nivel, con un esquema de distribución similar, se encontraban las habitaciones, colocadas a lo largo de un pasillo central. Hacia el norte estaban las habitaciones sencillas y hacia el sur, mirando hacia la piscina, las dobles. Todas contaban con baño privado y armarios revestidos en cedro, así como de instalación para teléfonos, abanicos eléctricos y radios. Cada piso tenía una suite con despensa, sala, comedor y una terraza privada con vista al mar. En todos los niveles se encontraba una bodega de apoyo que se comunicaba con la cocina. En el extremo este del edificio una 102
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same day, other ribbons were cut throughout the city, during the inauguration of a set of modernist works: the slaughterhouse that Neutra would later admire, designed by Henry Gazón Bona, and the Dr. Martos Tuberculosis Hospital created by Marcial and Leo Pou Ricart. Trujillo, obviously, was pointing his high-speed modernizing lasers at the city. Within a total of nine thousand square meters inside a 20-hectare lot, Guillermo González had devoted ample room to the things that the Fausto, the Francés and every other hotel in the city failed to acknowledge as essentials. First there was the subject of height: González was able to elevate his proposal to five stories worth of reinforced concrete, facing the sea due to its west-east position. For those who didn’t get the visual reference, it looked like a cruise ship that had left the body of water in order to take a few steps inland and drop anchor in a comfortable spot —in this case, a lush tropical setting with no nearby buildings to obscure the view. The first level began with a driveway that lead to a cathedral-ceiling lobby with a centrally located bust of Trujillo —lest visitors forget who had been the mastermind behind the project. The lobby itself stood in the middle of the vertical volume, with the hotel’s common areas swirling around it. For example, towards the south there was a large banquet hall and a gallery that surrounded its perimeter on three sides. Towards the west there was a gift shop, a study, a beauty parlor and the casino, which had its own independent entryways. The central bar was connected to the Spanish Courtyard and to another terrace with a view towards the northern gardens —featuring round skylights that allowed for natural light to seep through. Towards the east one could find the great dining hall, the kitchen, a private dining area, the laundry and several other service areas. One could also head towards the basement with its complementary service areas, such as the boiler room, several repair workshops and some storage facilities. Facing the south were the gardens, the pool area and the grand open-air terrace. Speaking of the pool, the complex had its own north-south exclusive access, which allowed visitors to walk from the parking lot straight into the splash area. The water for the basin came from the Caribbean Sea via a pumping system that extracted and filtered out the salt. Atop the pool González had designed a pergola and a concrete umbrella to provide cover from the sun. The most easily recognizable element in the façade was the southwest staircase, mimicking a flying ribbon of sorts that used a flagpole as its grounding force. This staircase was part of the choreography that led to the second floor, where the terraces and balconies provided a view from above of the downstairs banquet hall and the grand terrace —so as to rubberneck in peace while gawking at the dancers and the newly arrived, as voyeurism was indeed also part of the program of activities. Levels two to four had the same layout, with guestrooms on either side of a central hallway: single rooms towards the north while towards the south, overlooking the pool, were the double ones. Each unit had its own private bathroom as well as cedar-covered closets, phones, electrical fans and radios. Each floor had a suite with its own pantry, a living room, a dining room and a private terrace. On the west end a staircase stood next to the volume that led into the pool area. There were 66 rooms in total —36 doubles and 30 single ones— and three suites. 103
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escalera flanqueaba el volumen que conducía directamente hacia el área de la piscina. En total eran 66 habitaciones —36 dobles y 30 sencillas— y tres suites. No solo de Neutra había aprendido indirectamente Guillermo González: de Le Corbusier, el venerado pionero de la arquitectura moderna, tomó uno de sus cinco puntos conceptuales. Del postulado “terraza-jardín tanto utilitaria como espacio de ocio” —algo que sintetizó el arquitecto franco-suizo en la muy celebrada Villa Savoye de 1931— salió el quinto nivel del Jaragua: una corona en forma de una terraza-jardín con un bar, un comedor y un gran espacio polivalente donde se podía disfrutar tanto del azul del Caribe como de la generosa vegetación del sector La Primavera, hacia el norte. Sería narrativamente provechoso decir que el hotel fue una creación totalmente original, pero hay que hacer una separación importante en ese mito: Guillermo González era una esponja ejemplar. Su gran capacidad estaba en absorber y adaptar al entorno cualquier estilo arquitectónico, particularmente gracias a su formación con apego a la escuela de Beaux-Arts, pero con la mayor calidad técnica posible dentro de ese estilo. Creador plástico tropical era Oscar Niemeyer; González era un gran maestro adaptador. Al igual que profesionales como José Antonio Caro, era un arquitecto de sólida formación que se podía desdoblar estéticamente. Por esa razón es que la misma persona que ideó el parque Ramfis y el Hotel Jaragua también hizo el Rancho Cayuco en estilo neohispánico y la residencia de estilo mediterráneo de José María Bonetti, con todo y arcadas. De hecho, el Jaragua no nació netamente en Dominicana, sino en muchos otros lugares. Indirectamente, el hotel le debe mucho más al mismo Le Corbusier. Con esa obra por primera vez se implementaron en el país los postulados característicos del llamado estilo internacional, como la transparencia en los cierres, la idea de continuidad en la sucesión de los espacios y la poca ornamentación de sus planos y superficies. Aquí se materializó la creación de un vocabulario y una gramática abstracta que funcionaría como partitura para la modernidad tropical. Los preceptos conceptuales de esa corriente —iluminación natural, ventilación cruzada, adaptación a la topografía y la relación interior-exterior— tomarían auge en las siguientes décadas. En este proyecto González asumió el difícil ejercicio de adaptarlos al contexto caribeño. Lo hizo de forma consciente y contundente, traduciendo el sentido de la incidencia del clima en sus espacios interiores con estrategias como la ventilación natural y los espacios de transición para lograr una óptima relación exterior-interior, así como los espacios que producen sombra a través de los balcones, galerías y terrazas que abundan en la estructura. En el período de entreguerras en Europa comienza a surgir una tipología de arquitectura del ocio con un esquema de hotel no muy lejano a la de un sanatorio —la estructura que da origen al estilo—, con ejemplos de hoteles modernos en las montañas suizas y francesas que se destacaron en la arquitectura terapéutica alpina. La divulgación de estos modelos en revistas especializadas y en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) desempeñaron un papel importante en la difusión de estas ideas. Luego ese modelo se lleva traducido a las costas del Mediterráneo, y ahí sí aparecen ejemplos más cercanos a los que se verían en el Caribe una década después. Estos hoteles tenían como común denominador los cuerpos longitudinales con habitaciones, 104
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Guillermo González hadn’t only learned from Neutra: from Le Corbusier, the greatly lionized pioneer of modernism, he borrowed his five points for a new architecture. From the second principle, “the roof garden both as a kitchen garden and as a sun terrace” —something the French-Swiss professional used in his much celebrated 1931 Villa Savoye— came the fifth floor of the Jaragua Hotel: it was crowned with a garden-sun terrace with a bar, a dining area and a large multipurpose space where visitors could enjoy both the blue of the Caribbean Sea and the lush green flora of the La Primavera neighborhood, towards the north. It would be narratively advantageous to state that the hotel was a fully original creation, but fact must be separated from fiction in this myth: Guillermo González was an admirable sponge. He was wonderfully skilled at absorbing and adapting any architectural style, thanks in part to his Beaux-Arts schooling, doing so with the utmost technical quality the style called and allowed for. Oscar Niemeyer was a tropical plastic creator; González was a master adapter. Like his colleagues, including José Antonio Caro, he was a solidly trained architect who could respond in kind to any aesthetic demands. That explains why the same person who designed the Ramfis Children’s Park and the Jaragua Hotel was also responsible for the Spanish Revival style of Rancho Cayuco and the Mediterranean inspiration behind José María Bonetti’s residence, arches and all. In fact, the hotel wasn’t fully born in the Dominican Republic, but in many other places. Indirectly, it does owe a lot more to Le Corbusier himself. That project stood for the first time the country had seen the principles of the so-called International Style being applied, including the expression of volume instead of mass, the emphasis on balance rather than preconceived symmetry and the expulsion of applied ornament. This marked the emergence of a vocabulary and an abstract grammar that would function as sheet music for tropical modernity. The conceptual tenets of this movement —ample natural lighting, cross ventilation, topographic adaptation and the relationship between indoor and outdoor environments— would gain hold in the following decades. With this project, González took up the difficult challenge of adapting these rules to an Antillean context, and he did so consciously and convincingly, translating the sense of the local climate’s impact in its interior spaces with strategies such as natural lighting and transitional spaces in order to achieve an optimal indoors-outdoors relationship. He also applied this to the elements that produce shade, via the many balconies, galleries and terraces found in the structure. The interwar period in Europe marked the birth of a new typology for leisure architecture, following a hotel blueprint that came to resemble some sort of sanatorium —the type of structure that, in fact, is indeed the origin of the style itself—, with modern establishments popping up in the Swiss and French mountains as budding examples of Alpine therapeutic architecture. The dissemination of these models in specialized publications, and also through the Congrès Internationaux d’Architecture Moderne (CIAM), played an important role in the spread of these ideas. That model was then further translated for the shores of the Mediterranean Sea, giving way to proposals far closer to the ones that would eventually land in the Caribbean a decade later. These hotels all shared a common denominator: a set of longitudinal bodies brimming with guestrooms, large 105
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grandes superficies acristaladas, terrazas, balcones y una cubierta plana. Aparte, llevaban un zócalo con espacios colectivos, que se abría a las zonas más lúdicas en el exterior. Entre esos se encuentran las propuestas del arquitecto francés André Lurçat, quien era miembro del CIAM desde su fundación en 1928. Dos años antes había diseñado el Plage Hotel, no construido, donde exploró una primera aproximación de dos bloques de habitaciones que se unían en forma de L sobre un zócalo rectangular. En 1929 recibió una comisión del pintor Jean Guastalla para diseñar un hotel en Córcega que alojara un programa de residencias de verano para artistas. En el Hotel Nord-Sud, Lurçat diseñó un edificio de dos plantas con siete estudios, un bar y un comedor. Sus fachadas limpias se tornaban en simples aberturas hacia el suroeste, alineadas con pequeños balcones salientes mirando hacia el mar. A la distancia, el proyecto se podía leer como una barra blanca luminosa volando sobre un paisaje rocoso. Entre otros establecimientos de esta camada se encuentra también el Hotel Latitude 43 en Saint-Tropez, una de las obras más aplaudidas del arquitecto y diseñador francés Georges-Henri Pingusson. Este edificio fue incluido en el inventario de monumentos históricos de Francia en 1996, y en la actualidad alberga apartamentos de lujo, después de una renovación. No es para menos: el Latitude 43 es una pieza de arquitectura naval que se asemeja a un transatlántico encallado en medio de un bosque. Su volumen blanco de superficies lisas con grandes transparencias es un bloque longitudinal que se fractura persiguiendo la topografía del terreno accidentado. Sus edificaciones anexas se levantan sobre pilotis, liberando así todo el primer piso como un gran espacio fluido. Otro contemporáneo es el Hotel Kalia en el mar Muerto, proyectado en 1934 por uno de los padres de la modernidad israelí, Zeev Rechter. Se componía de un juego de volúmenes blancos en diferentes alturas que formaban una gran barra horizontal con cubiertas planas. Sus fachadas austeras con balcones corridos que daban hacia el mar contrastaban con muebles eclécticos, alfombras persas y candelabros ornamentales dentro de un contenedor minimalista con líneas bien definidas. Pero si efectivamente hubo un referente que llegó a impactar particularmente la mesa de dibujo de Guillermo González para este proyecto fue el Hotel Pohjanhovi, diseñado por Pauli y Märta Blomstedt en 1936. Ubicado en Rovaniemi, una pequeña ciudad al norte de Finlandia, este edificio era un extraordinario ejemplo de modernidad nórdica que es muy parecido a lo que años después lograría González en el Jaragua, tanto en materia de volumetría como en el aspecto planimétrico. Esta edificación de cuatro niveles también estaba emplazada frente a un cuerpo de agua, el río Kemijoki, enmarcado por grandes superficies acristaladas en su bucólico entorno. Las 40 habitaciones estaban localizadas en los pisos superiores de la barra longitudinal, distribuidas alrededor de un pasillo central; las que miraban al río eran dobles y las posteriores sencillas, tal cual la propuesta que hiciera el arquitecto dominicano. Tanto su composición volumétrica aterrazada, su distribución espacial y el ambiente de sus interiores como la disposición de sus espacios reflejan gran similitud con el Hotel Jaragua. Desafortunadamente, este proyecto no sobrevivió a la Guerra de Laponia que tuvo lugar entre 1944 y 1945, y fue demolido... pero no sin que fuera publicado en 1938 en la revista The Architectural Forum, un año antes de que González iniciara el proceso de diseño del hotel capitaleño. 106
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glass surfaces, terraces, balconies and a flat top. Apart from that, they also featured a plinth with common spaces that opened up to the festive areas outside. Among these examples stands the proposal by French architect André Lurçat, a member of the CIAM since its inception in 1928. Two years earlier he had designed the Plage Hotel, an unbuilt project that allowed him to explore a first approach to two blocks of guestrooms that came together as an L shape atop a rectangular base. In 1929 he received a commission from painter Jean Guastalla to design a hotel in Corsica that would house a summer residence program for artists. At the Nord-Sud Hotel Lurçat designed a two-story building with seven studios, a bar and a dining room. Its clean surfaces became uncluttered openings towards the southwest, lined with small protruding balconies facing the sea. From a distance, the project could be read as a luminous white bar floating over a rocky terrain. Among the many other projects included in this set was the Latitude 43 Hotel in Saint-Tropez, one of the most celebrated works by French architect and designer Georges-Henri Pingusson. This building was included in the inventory of France’s historical monuments in 1996, and currently houses luxury apartments, after a thorough renovation. No wonder: Latitude 43 is an example of naval architecture that resembles a vessel ran aground in the middle of a forest. Its white volume with smooth surfaces featuring large glass sections is a longitudinal block that breaks as if under pressure from the topography of the bumpy terrain. Its adjunct units rise above several pilotis, freeing the entire ground floor to become an unrestrained fluid space. Another contemporary example is the Kalia Hotel in the Dead Sea, designed in 1934 by one of the fathers of Israeli modernity, Zeev Rechter. It was made up of a set of white volumes, at different heights, that formed a large horizontal bar with flat covers. Its austere façades with adjoining balconies facing the sea stood in stark contrast to the eclectic furniture, Persian rugs and ornamental candelabra set within a minimalist container with well-defined lines. But if there ever was a reference point that had a noticeable impact on Guillermo González’s drafting table for this project, it certainly was the Pohjanhovi Hotel, designed by Pauli and Märta Blomstedt in 1936. Located in Rovaniemi, a small city in Finnish Lapland, it was an extraordinary token of Nordic modernity that closely resembled what González would later achieve in the Jaragua Hotel, both in terms of volume and layout. This four-story building rose across the Kemijoki River, a body of water framed by large crystal surfaces along its bucolic path. The 40 rooms were located on the upper floors of the long bar, along a central hallway; those overlooking the river were double guestrooms while the ones on the other side were single rooms, just like the proposal made by the Dominican architect. Its terrace-filled volumes, as well as its layout and its indoor environments were very similar to the spaces in the Jaragua Hotel. Unfortunately, this project was torn down during the Lapland War, which took place between 1944 and 1945… but not before its photos were published in 1938 in The Architectural Forum, an entire year before González started designing his hotel in Santo Domingo. And to keep things in Finland: there is also an evident link to several projects designed by Alvar Aalto. One of them is the use of round skylights in the Spanish Courtyard, 107
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Y para seguir en Finlandia: existe además una evidente relación con los proyectos del arquitecto Alvar Aalto. Uno de ellos es el recurso de los lucernarios circulares empleados en el patio andaluz, muy similares a los de la Biblioteca de Viipuri en Rusia, terminada en 1935. Con el objetivo de llenar las salas de lectura con luz difusa, Aalto inventó un tragaluz cónico que canalizaría la luz del día sin permitir que los rayos solares directos produjeran sombras; con esto se perforó sistemáticamente el techo, logrando un aspecto futurista. La segunda referencia está en una de los primeras obras modernas de Finlandia: el edificio Maalaistentalo, una cooperativa agrícola del suroeste del país, terminado en 1928 en Turku. Llama mucho la atención el ritmo de ventanas en sus fachadas en relación a los huecos del bloque de habitaciones del hotel. El mismo González reconoció la gran influencia de la creación nórdica en los aspectos estéticos de su obra: poco después del nacimiento del Jaragua le dijo en una entrevista a la escritora estadounidense Page Cooper que “pudo haber tomado una idea o dos” de la arquitectura sueca y la finlandesa. Pero el Jaragua no vino solo de Europa: hay mucho de Estados Unidos en el diseño del edificio. Por ejemplo, el catálogo de la exhibición Modern Architecture que hiciera el MoMA neoyorquino en 1932 circuló ampliamente. Organizado por Philip Johnson y Henry-Russell Hitchcock, el show incluía obras de Gropius, de Van der Rohe y de Oud, así como de Aalto, Wright y Neutra, reuniendo la crema y nata de la arquitectura moderna alrededor del mundo. Sin embargo, hay una referencia estadounidense innegable que viene de un lugar más directo: la Feria Mundial de Nueva York de 1939, donde González fue el encargado de dirigir la construcción del Pabellón de República Dominicana. Entre los más de mil expositores, incluyendo algunas de las más robustas corporaciones de Estados Unidos, una de las mayores atracciones fue el pabellón de la Ford Motor Company. Diseñado por Albert Kahn y Walter Teague, era un monumental conjunto con grandes espacios de exposiciones, pasarelas aporticadas que sobremiraban los jardines y espacios de descanso amenizados con música en vivo. Como parte de la muestra se realizaba un trayecto de casi un kilómetro en vehículos que recorrían el edificio por dentro y por fuera, a través de rampas helicoidales. Precisamente de ese conjunto salió la tan reconocible escalera del Jaragua: González extrapoló el elemento de las escaleras que giraban alrededor de un asta de bandera —que en el pabellón de la Ford se repetían cuatro veces y a una mayor escala— y lo convirtió en el símbolo del hotel. De hecho, tanto le gustó el préstamo que repitió la escalera hacia 1944 en el Centro Social Obrero, un complejo recreativo popular y de asistencia social que estuvo ubicado próximo al parque Enriquillo en Villa Francisca. Ahora, también tuvo sus elementos localistas: en esta obra, el autor rescató elementos de la arquitectura tradicional dominicana de forma magistral. Galerías, balcones, marquesinas techadas y pasarelas funcionaban como generadores de sombra para un mayor confort en los espacios de descanso y transición. También estuvo presente el aprovechamiento de la entrada de luz hacia el interior mediante el uso de travesaños por encima de puertas y ventanas. Hay todavía más híbridos dentro del edificio: los elementos decorativos del interior no necesariamente se corresponden con el estilo moderno. Hay una superposición 108
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quite similar to the ones at the Viipuri Library in Russia, completed in 1935. In order to fill the reading rooms with dim light, Aalto invented a cone-shaped dormer-like window that would distribute daylight and yet prevent the sun from casting a shadow; to achieve this effect, he systematically created holes in the roof, giving the building a futurist appearance. The second reference can be found in one of Finland’s first modernist specimens: the Maalaistentalo Building, an agricultural cooperative located in Turku, completed in 1928. It’s quite uncanny to examine the rhythm of the windows on the frontal façade and compare it to the rows of orifices in the guestroom block in the hotel. González himself acknowledged how greatly he was indebted to Nordic creativity in terms of aesthetics: a short while after the birth of the Jaragua Hotel, he admitted in an interview with American writer Page Cooper that “he might have borrowed an idea or two” from Swedish and Finnish architects. But the Jaragua Hotel wasn’t just imported from Europe: there’s a lot of America in the building, as well. For example, the catalog from MoMA’s 1932 Modern Architecture exhibition was a widely distributed document. Organized by Philip Johnson and Henry-Russell Hitchcock, the show included works by Gropius, Van der Rohe and Oud, as well as Aalto, Wright and Neutra, bringing together the cream of the crop of global modernism. And yet, the most undeniable bit of American reference comes from a more direct place: the 1939 New York’s World Fair, where González was put in charge of directing the Dominican pavilion. Among the more than a thousand exhibitors, including some of the most robust corporations from the host country, one of the biggest attractions was the Ford Motor Company pavilion. Designed by Albert Kahn and Walter Teague, it was a simply monumental compound featuring large exhibition spaces, porticoed runways overlooking the gardens and pit stops with live music being played. As part of the showcase, visitors engaged in a tour on wheels about a kilometer long, riding through both indoors and outdoor spaces via spiraling ramps. It was in that particular compound where the instantly recognizable Jaragua staircase was born: González extrapolated the staircase element swirling around a flagpole —a motive repeated four times in the Ford pavilion, and at a much larger scale— and turned it into the hotel’s symbol. In fact, he became so fond of that small loan that he repeated the staircase in 1944 at the Centro Social Obrero, a social center for workers that once stood near Parque Enriquillo in Villa Francisca. Now, it also did showcase some local elements: the author brilliantly rescued some aspects of Dominican vernacular architecture. Galleries and balconies, along with roofed porches and walkways, served as umbrage generators that in turn created more comfortable intersections between the areas dedicated to rest and the transitional spaces. The architect also intelligently used the incoming sunlight by placing cross beams atop the doors and windows. There are even more hybrid features inside the building: the interior decorative elements don’t necessarily fit in with the exterior modernist style. There’s an overlay of traditional elements, such as the large ceiling lamp in the lobby or the Baroque chandelier in the dancing hall, made out of carved wood; these were both placed inside neatly modernist spaces. The same thing happened in the guestrooms, which did feature furniture more appropriate for the building’s design, but were also filled with decorative elements 109
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de elementos expresamente tradicionales, como la gran lámpara del vestíbulo o el candelabro barroco tallado en madera en el salón de fiestas, ambos insertados en espacios nítidamente modernos. Lo mismo ocurría en las habitaciones, que si bien contaban con mobiliario acorde al diseño del edificio, tenían elementos decorativos —lámparas, estampas enmarcadas y tapetes— que contrastaban con la limpieza compositiva que exhibía el contenedor. Por ejemplo, se utilizaron las líneas Modern y Streamline Modern de la fábrica Heywood-Wakefield en las habitaciones, así como en las butacas de las áreas sociales; la línea Ashcraft de la misma fábrica, hecha en caña de indias en un estilo tropical, ocupó las terrazas, los balcones y las áreas próximas al exterior. Se adquirieron piezas de Widdicomb Co. para ambientar diversos espacios, al igual que modelos de sillas de las casas Thonet Brothers y American Chair Co. Esos muebles de diseño contemporáneo sí presentaban una estética coherente con el diseño del edificio —contrario a lo que sucedía con el resto de los detalles—. ¿Otra muestra de que González no era un purista estético? Su intención original con los espacios era contratar a la interiorista estadounidense Dorothy Draper, conocida por su estilo decididamente anti-minimalista —más barroco, rococó y Hollywood Regency que otra cosa—. Sin embargo, la guerra le impidió su deseo, y al final el arquitecto terminó haciéndolo todo, desde seleccionar los muebles y los tejidos hasta planificar la jardinería. Para muestra, un rincón: la entrada tenía cortinas azules y rosadas. Esa esquizofrenia entre el contenedor y el contenido, sorprendentemente, la causó una sola persona —el mismo González—. En el Jaragua no se usaron materiales lujosos de terminación, a excepción de los que fueron importados desde Estados Unidos —como parte de los términos que exigía la entidad bancaria que financió el proyecto, prácticamente todo el equipamiento fue traído por barco desde el país norteamericano—. Se eligieron brillantes pisos de baldosas de mosaico de fabricación local, y para el vestíbulo se colocó un piso de goma con círculos blancos que enmarcaba el espacio a doble altura. Los pavimentos exteriores se hicieron con materiales de cemento en varias texturas y tonalidades. La mayoría de los techos interiores se terminaron con superficies lisas. Sin embargo, se usaron también plafones en distintos espacios, con fascias perimetrales que permitían introducir una iluminación indirecta, siendo el área del comedor una de las beneficiadas. ¿Y el característico blanco que nunca dejaba de brillar, aun en su batalla contra la intemperie? Dos veces al año el edificio recibía una capa de cal lechada. En palabras de González a Page Cooper, “esto le da una terminación suave y es barato”. Pero con todo y ese choque de sazones, el Jaragua fue el primer hotel en la región en enarbolar la bandera del racionalismo. Previo a 1942 no eran tan comunes los ejemplos internacionales de hoteles racionales. Por eso, Dominicana marcó el camino de la gran hostelería para la faja tropical. La innovadora obra representaba un mensaje alentador, diciendo con voces de hormigón armado que en estas periferias del mundo era posible realizar arquitectura moderna, adaptada con éxito a las condiciones climáticas tan distintas a su origen europeo. Junto a otras edificaciones de corte racional, el Hotel Jaragua fue proyectado como parte de la infraestructura ejemplar del régimen, como símbolo del progreso del Estado 110
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—from lamps to framed artwork to rugs— that went against the clean lines found in their container. For example, the rooms were furnished with Heywood-Wakefield’s Modern and Streamline Modern lines, which were also the source of the armchairs in the ground floor’s common areas; but then the factory’s Ashcraft line, a tropical-inspired wicker set, provided the furniture for the terraces, the balconies and the areas close to the outdoor spaces. The inventory also included pieces by Widdicomb Co. as well as chair models from Thonet Brothers and American Chair Co. These modern design elements did display some coherence with the building itself —but actually, quite the contrary happened with the rest of the details. Another example of González’s lack of aesthetic purism? His original goal was to hire American interior designer Dorothy Draper, known for her decidedly anti-minimalist style—more Baroque, Rococo and Hollywood Regency than anything else. And yet the war thwarted his wish, and the architect ended up in charge of the decorating duties, from selecting furniture and fabrics to overseeing the landscaping. Just notice the blue and pink curtains near the entrance for a sample of his work. In other words, that schizophrenic relationship between the container and its content, incredibly enough, was caused by a single person —González himself. Few luxury finishings went into the hotel, except for those imported from the States —as established in the terms demanded by the bank that financed the project, practically every single bit of equipment had to be brought over by sea. Among the locally made elements were the shiny floor tiles; the lobby featured a rubber floor with white circles that provided a proper setting for the high ceilings. Outdoors, the floors were paved using cement-based materials in different textures and colors. Most of the ceilings featured flat surfaces. Nevertheless, other spaces did feature drop ceilings, with perimeter-wide fasciae that would allow for the use of indirect lighting —something particularly noticeable in the dining area, a space quite favored by that decision. And how about the building’s signature white walls that never stopped shining, even when battling the harsh Caribbean sun? Twice a year, they would be treated to a layer of limewash. As González explained to Page Cooper, “this gives them a soft finish and it is actually quite affordable.” But even in spite of this stylistic mishmash, the Jaragua Hotel was the first establishment of its kind in the region to wave the flag of modernism. Before 1942 this type of design was a rare sight in the hospitality category. That’s why the Dominican Republic became a trendsetter in the industry in the Caribbean region. The groundbreaking project carried a message of hope, using reinforced concrete to scream out the fact that this corner of the world was indeed able to produce modernist architecture and successfully adapt it to weather conditions that heavily differed from those in its European cradle. Along with other International Style buildings, the Jaragua Hotel was showcased as part of the political regime’s signature infrastructure, as a figure of progress for the government and as a trophy for its rebuilt capital city. It would constantly make an appearance in official documents, in catalogs, in national newspapers and even in the public murals that celebrated the triumphs of a modern administration. Perhaps like no other local building, the hotel’s image was widely broadcast in international publications —it was highlighted in 1944 in Interiors, in 1945 in The Archi111
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y como un trofeo para su reconstruida ciudad capital. Aparecía constantemente en las memorias oficiales, en los catálogos, en los periódicos nacionales y hasta en murales públicos que celebraban los triunfos de una administración moderna. Como ninguna obra local, el Jaragua fue difundido ampliamente en destacados medios internacionales —revistas como Interiors en 1944, The Architectural Forum en 1945 y Proyectos y Materiales en el mismo año— que generaron un impacto en la arquitectura de la región. De hecho, se puede trazar su huella en varios países. En 1949 en San Juan se inauguró el Hotel Caribe Hilton, una monumental propuesta de 300 habitaciones con ángulos en sus balcones que permitía que todas las unidades tuvieran vista al mar. Un diseño de Osvaldo Toro, Miguel Ferrer y Luis Torregosa, el Hilton materializó el prismático bloque en altura de la arquitectura hotelera; el mismo sería replicado por la cadena, diseminándolo por las costas caribeñas en los años siguientes, pero también como modelo de complejo turístico para replicarse a nivel mundial. Esta propuesta obtuvo un éxito y una resonancia sin precedentes en la prensa internacional, tanto especializada como generalista, como parte de una agresiva propaganda mercadológica patrocinada por la cadena con la que se intentaba democratizar el acceso al lujo moderno por parte de la clase media estadounidense, todo a través del encanto del paraíso tropical. En Ciudad de Panamá, uno de los antiguos empleadores de Guillermo González en Nueva York, Edward Durell Stone, diseñó entre 1946 y 1951 junto a Octavio Méndez Guardia y Harold Sander el Hotel El Panamá. El edificio estaba conformado por un gran cuerpo vertical localizado en lo alto de la ciudad, desde donde dominaba impresionantes vistas a la bahía. De su volumetría se distingue la proyección de sus balcones, que aprovechaban óptimamente los vientos alisios. Su diseño es reconocible por sus espacios abiertos, sus generosos jardines y su gran marquesina en la planta baja, que además de alojar el lobby del hotel, también contaba con áreas comerciales que se comunicaban desde el interior. En el techo del hotel además había una pista de baile al aire libre en su propia azotea. Para anotar otras similitudes: curiosamente, al igual que el Jaragua, también fue erigido gracias a un préstamo del ExIm Bank, y también tuvo un rol importante como centro de la vida social en la ciudad. Un poco más al sur, en 1953 fue inaugurado el Hotel Del Lago en Maracaibo, diseñado por la firma estadounidense Holabird, Root & Burgee. Emplazado frente a un lago, su bloque horizontal de cinco niveles con volúmenes salientes tenía un sofisticado sistema de toldos para tamizar la luz solar en sus fachadas. Sus coloridos interiores fueron realizados por el arquitecto Neal A. Prince con una estética mid-century modern. Desde esas tres muestras iniciales, durante el resto de la década del 50 esta tipología proliferó en la zona. Los monumentales ejemplos del arquitecto Morris Lapidus en Miami Beach llevaron la escala a otro nivel, con el Hotel Sans Souci, el Nautilus, el DiLido, el Biltmore Terrace y el Algiers, construidos en rápida sucesión entre 1949 y 1955. En Cuba destacaron los hoteles Havana Riviera —de Igor B. Polevitzky hacia 1957—, el Capri —de José Canaves en 1957— y el Havana Hilton —de 1958, diseñado por el arquitecto estadounidense Welton Becket en colaboración con los cubanos Lin Arroyo y Gabriela Menéndez—. En las Antillas Menores salen a relucir el Hotel Trinidad Hilton de 1962 y el Curaçao Hilton de 1967, ambos diseñados por los boricuas Toro y Ferrer. 112
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tectural Forum and in Proyectos y Materiales that same year— and that did help pave the way for a new type of architectural production in the region. In fact, one can trace and follow its path throughout several countries. In 1949 San Juan opened its Caribe Hilton Hotel, a gargantuan 300-room proposal with angled balconies that provided water views for each and every one of the units. Designed by Osvaldo Toro, Miguel Ferrer and Luis Torregosa, the Hilton brought forth the high rise in hospitality architecture, a model that would be replicated by the chain along the Caribbean coast in the years ahead —but also throughout the world at large. This proposal was met with a strikingly positive reception from both mass and specialized media, as part of an aggressive PR campaign sponsored by the company that aimed to democratize access to modern luxury for the American middle class, using the inherent charm of the idea of a tropical paradise as a gateway. In Panama City one of Guillermo González’s former New York employers, Edward Durell Stone, joined Octavio Méndez Guardia and Harold Sander between 1946 and 1951 to design the El Panamá Hotel. The building was comprised of a large vertical body up in the city’s tallest spot, which provided it with breathtaking views of the bay. The standout element in its façades was the set of balconies, projected in a way that allowed the additions to make an optimal use of the trade winds. Its design was easily recognizable due to its open spaces, its generous gardens and its large driveway on the ground floor, which apart from housing the lobby also provided commercial spaces that could be accessed from inside. And quite literally on top of that, the rooftop also had an open-air dance floor. Here’s yet another one for the list of similarities: curiously, just like the case of the Jaragua Hotel, El Panamá was built thanks to a loan from the ExIm bank, and it also played a large role in the city’s nightlife. A few degrees to the south, in Venezuela, the Hotel Del Lago opened in Maracaibo in 1953, designed by American firm Holabird, Root & Burgee. Sitting in front of a lake, its five-story horizontal block with protruding volumes had a sophisticated system of awnings that could screen direct sunlight. Its colorful interiors were the work of architect Neal A. Prince, using a strong mid-century modern style. With these three samples as the tip of the iceberg, by the end of the 1950s this typology had spread throughout the entire region. There are some certainly spectacular examples in Miami Beach, created by Morris Lapidus, that redefined the scale of these offerings —between 1949 and 1955, the Sans Souci, the Nautilus, the DiLido, the Biltmore Terrace and the Algiers cropped up in the city. Down in Cuba there were the Havana Riviera —by Igor B. Polevitzky circa 1957—, José Canaves’ 1957 Capri and the Havana Hilton —designed in 1958 by American architect Welton Becket along with Cuban architects Lin Arroyo and Gabriela Menéndez. In the Lesser Antilles there were 1962’s Trinidad Hilton and 1967’s Curaçao Hilton, both designed by Puerto Rican architects Toro y Ferrer. Now, these proposals did indeed surpass the Jaragua in scale, equipment, decorative finishes, air conditioning, furniture, amenities and recreational areas, propped up by the large international hotel chains that invested in the development of this model throughout the globe. And yet its trail and its pioneering role is undeniable, even though to date it has been terribly undervalued and even historical hindsight hasn’t afforded the 113
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Todas estas propuestas llegaron a superar al Hotel Jaragua en escala, equipamientos, materiales de terminación, transparencia, tecnología, aires acondicionados, mobiliario, amenidades y áreas recreativas, de la mano de grandes cadenas hoteleras internacionales que invirtieron en el desarrollo de este modelo en todo el mundo. Pero su estela y su aporte pionero es contundente, a pesar de que a la fecha quizás no se haya hecho justicia dándole el reconocimiento de su carácter precursor y su influencia en la industria hotelera de la región. Ahora, hay algo que el hotel dominicano tenía que no llegó a tener ninguno de los demás de la lista. Solo hay que preguntarle a Heinz Neumann: había algo evocador, algo distinto, algo llamativo en el mero nombre de la edificación. Jaragua. En materia de nomenclatura pública, la dictadura parecía tener solo dos vocabularios: el de la familia Trujillo, con los nombres de pila de los hijos, hermanos y progenitores del Jefe utilizados para nombrar desde parques hasta avenidas, o el de renombradas figuras militares de Estados Unidos, como el George Washington de la avenida costanera o el general Andrews del aeropuerto. Poco le afectaron estos homenajeados extranjeros a la vida del dominicano común, pero poco importaba, porque solo bastaba el hecho de que esa nación le había cambiado la vida a un dominicano. Después de todo, Trujillo le debía su ascenso a los pormenores de la invasión militar estadounidense que inició en 1916. Por eso, lo lógico sería que la joya de la corona social de la dictadura, ese espacio que vendría a sustituir el glamour del Club Unión y que vendería al país como una república con los ojos hacia el futuro, llevara el nombre del megalómano al mando, o de su estirpe, o de figuras estadounidenses —Hotel Trujillo, Hotel Angelita, Hotel Ramfis, Hotel Pershing, Hotel Lo-quesea—. En vez de eso, el establecimiento fue bautizado con el nombre de un cacicazgo, una de las divisiones territoriales de la era aborigen. Lo que tras la invasión española se conoce como Santo Domingo estaba ubicado en el cacigazgo de Higüey; Jaragua ocupaba mayormente lo que hoy se conoce como la mitad sur de la República de Haití. ¿De dónde vino tal decisión inesperada? Hasta 1940, las referencias mediáticas al hotel hablaban de él como “Hotel Nacional”. De repente, en 1941 los medios hablan del Hotel Jaragua. No hay mención de la justificación para el cambio —es lógico que hayan decidido bautizarlo con un nombre distintivo, para sacarlo de abajo de la sombra del Hotel Nacional en La Habana—, pero sí hay unas secuelas que indican intención: la mayoría de los hoteles que construiría posteriormente el trujillato en el interior del país llevarían nombres indígenas. Desde Marién hasta Maguana, pasando por el Hamaca, todos honraban la muchas veces olvidada y menospreciada herencia taína de la nación. En ese entonces, según indica el historiador Frank Moya Pons, el lema turístico del país lo vendía como “la tierra que Colón más amó” —como efectivamente se hizo en la feria neoyorquina de 1939—. Irónicamente, Jaragua fue el lugar de una cruel masacre indígena a manos de los sucesores políticos del almirante. En 1503 el gobernador Nicolás de Ovando asistió, junto a 300 de sus hombres, a una celebración diplomática en el cacicazgo, para continuar las buenas relaciones con Anacaona. Tras la muerte del cacique Bohechío, la taína surgió como sucesora, y aparentemente planificaba una rebelión contra las fuerzas españolas. Guacanagarix, ese del complejo xenofílico, había soplado 114
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building the recognition it deserves as a trailblazer with a strong influence on the region’s hotel industry. But there’s something the Dominican hotel had that no other one on the list ever did. One just has to ask Heinz Neumann: there was something rather evocative, rather different, something remarkable about the name of the building. Jaragua. When it came to public naming customs, the dictatorship seemed to have but two vocabularies: either the names of the Trujillo family members, with the children, siblings and parents of the Chief gracing anything from parks to avenues, or those of renowned American military figures, such as the namesake of the George Washington Avenue facing the sea or the General Andrews who unwittingly lent his name to the local airport. Few Dominicans were directly affected or inspired by the achievements of these distant American honorees, but that mattered very little, as the United States did change the life of one Dominican in particular. After all, Trujillo owed his ascent to the minutiae of the American military invasion that took place in 1916. That’s why, as logic would dictate, the dictatorship’s crown jewel, which would replace the glamorous social milieu of the Club Unión and could also present the country as a republic ready to step into the future, should bear the name of the megalomaniac-in-chief, or at least his descendants or even his heroes —Hotel Trujillo, Hotel Angelita, Hotel Ramfis, Hotel Pershing, Hotel Whatever. Instead, the establishment was christened with the name of an indigenous territory, ruled by a chieftain during the island’s aboriginal era. What is now known as Santo Domingo was actually located in a territory called Higüey; Jaragua was located in what nowadays corresponds to the southern half of the Republic of Haiti. So where did such an unexpected decision come from? Up until 1940, local publications referred to the hotel by its official name in Spanish, “Hotel Nacional.” And suddenly, in 1941 the media spoke of the Jaragua Hotel. There’s no mention of the reason behind this switch —although it is logical that they would choose a moniker that would differentiate it from Havana’s landmark—, but there was certainly a domino effect after it: most of the hotels built by the dictatorship from then on would be named after aboriginal locations. From Marién to Maguana and Hamaca, they all honored the country’s mostly forgotten and much maligned indigenous heritage. Back then, as noted by historian Frank Moya Pons, the country’s marketing tagline was “the land Columbus loved the most” —as evidenced by its participation in the 1939 New York fair. Ironically, Jaragua was the scenario of a cruel indigenous massacre at the hands of some of the admiral’s political heirs. In 1503 Governor Nicolás de Ovando attended, along with 300 of his men, a diplomatic celebration in the territory, in order to promote an agreeable relationship with Anacaona. After the death of chieftain Bohechío, the Taína leader emerged as his successor, and she was apparently planning an uprising against the Spanish forces. Guacanagarix, he of the reputation for xenophilia, had secretly informed the Spaniards about the woman’s plans. In the middle of the ceremony, the 300 men led by Alonso de Ojeda exterminated the adults and their children by way of fire, rope and spears. One of the survivors was Guarocuya, Anacaona’s nephew. Finding himself an orphan, he was taken to a monastery, where he received two key things: an education at the hands of Bartolomé de las Casas and a new Spanish name, Enrique —also known 115
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los planes de la Jefa a los españoles. En medio de la celebración, los 300 hombres dirigidos por Alonso de Ojeda exterminaron a los indígenas adultos y sus hijos pequeños con fuego, sogas y lanzas. Uno de los sobrevivientes de la masacre fue Guarocuya, sobrino de Anacaona. Al quedar huérfano, fue llevado a un monasterio y recibió dos cosas importantes: instrucción de parte de Bartolomé de las Casas y un nuevo nombre español, Enrique —y apodado Enriquillo—. De adulto, el aborigen se rebelaría contra los españoles subiendo a la Sierra de Bahoruco, en su territorio natal; esa larga guerra de guerrillas duraría 13 años. La historia le conoce como el Libertador de los Quisqueyanos. Hoy, irónicamente, el lago cercano al lugar que le vio nacer no lleva su antiguo nombre de Jaragua, sino que es llamado oficialmente Enriquillo. Llamarle “Jaragua” a tan insigne e importante edificación, entonces, podría verse como una actitud patriótica; el otorgarle nombres taínos a la subsecuente campaña de desarrollo turístico local podría interpretarse como una actitud deshispanificadora. La República Dominicana de Trujillo, aparentemente, ya no quería estar a la sombra de su antiguo colonizador. En el país —y en el Jaragua— se harían las cosas de otra forma.
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by the nickname Enriquillo. As an adult, the Taíno would rebel against the Spaniards by climbing the mountain range in Bahoruco, in his homeland; that long guerrilla warfare would last 13 years. History knows him as the Liberator of the People of Quisqueya. Today, ironically, the lake by his birthplace isn’t known by its old name of Jaragua, but instead it is officially called Enriquillo. To assign the name of “Jaragua” to such a distinguished and important building, then, could be seen as an act of patriotism; assigning aboriginal names to the subsequent development campaign for tourism infrastructure could be read as an act of de-Hispanification. Trujillo’s Dominican Republic, apparently, did not want to stand under the shadow cast by its old colonizer. The country —and thus it seemed, the hotel— would do things its own way.
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El Hotel Pohjanhovi en Finlandia, diseñado en 1936 por Pauli y Märta Blomstedt, es una muestra de modernidad nórdica que pudo haber servido de influencia al Hotel Jaragua. The 1936 Hotel Pohjanhovi in Finland, designed by Pauli and Märta Blomstedt, is a sample of the Nordic modernism that might have left its trace on the Jaragua.
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El ritmo de los ventanales en el volumen central del Hotel Nord-Sud en Córcega, obra del arquitecto André Lurçat en 1929, muestran la aplicación de lo moderno al litoral. Modernism à la plage: notice the rhythm of the windows in the main body of the Nord-Sud Hotel in Corsica, devised by architect André Lurçat in 1929.
González reconoció su influencia finlandesa; por ejemplo, la biblioteca de Viipuri de Alvar Aalto (1927-1935) usa los mismos lucernarios circulares del patio andaluz del Jaragua. González did acknowledge his Finnish finishings; for example, Alvar Aalto’s Viipuri Library (1927-1935) features the same skylights as the Jaragua’s Andalusian courtyard.
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Dos posibles influencias adicionales. Arriba, otra obra de Aalto: el edificio Maalaistentalo (1927-1928) en Turku. Al centro, el Hotel Kalia (1934) de Zeev Rechter, frente al mar Muerto. A couple of potential muses. Above, another Aalto creation: the Maalaistentalo Building (1927-1928) in Turku. Center image: Zeev Rechter’s Kalia Hotel (1934), facing the Dead Sea.
Un elemento del Pabellón de la Ford en la Feria Mundial de Nueva York de 1939 que definitivamente estuvo en el Jaragua: la escalera que gira alrededor de un asta de bandera. There was something about the Ford Pavillion at the 1939 New York World’s Fair that definitely made it over to the Jaragua: the staircase spun around a flagpole.
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Para que nadie lo olvidara: el entonces Hotel Nacional —aquí en un modelo volumétrico en una oficina estatal— le debía su existencia futura al Generalísimo. And don’t you forget it: the then Hotel Nacional —seen here as a scale model displayed in a government office— owed its entire future existence to the country’s top man.
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El proceso de construcción del Jaragua, para la fecha una innovadora propuesta en hormigón armado, mientras era supervisado por Guillermo González. Guillermo González would supervise the construction process of the hotel, featuring a then-innovative proposal using reinforced concrete.
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El día de la inauguración del hotel, a Trujillo lo acompañaron invitados como el secretario Virgilio Álvarez Pina, la senadora Isabel Mayer y, en el fondo, un joven abogado: Joaquín Balaguer. On opening day, Trujillo was joined by guests such as Secretary Virgilio Álvarez Pina, Senator Isabel Mayer and, far from the first row, a young lawyer: Joaquín Balaguer.
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Arriba, la escalera fordiana. A la derecha, una vista aérea de la rotación de volúmenes que giraban en torno a un eje central, haciendo reverencia al cuerpo de agua. Above, the Fordian staircase. To the right, an aerial view of the concrete bodies rotating around a central axis, paying tribute to the blue sea across.
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Arriba, la fachada sur mostraba su equilibrada y longitudinal composición; debajo, el acceso vehicular desde la avenida Independencia, rodeado de frondosos árboles. Above, the southern façade displayed its balanced linear composition; below, vehicles would enter the compound via the Independencia Avenue access, surrounded by a lush environment.
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Le llamaban popularmente Patio Español, pero su nombre oficial era “la gran terraza”. Este vacío ortogonal estaba flanqueado por una galería que conectaba las áreas interiores. It was popularly referred to as the Spanish Courtyard, but its official name was the “grand terrace.” This orthogonal void was surrounded by a gallery that led to the indoor areas.
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La piscina disponía de un sistema de bombas para extraer agua del mar Caribe y filtrarla; ahí, la pérgola techada y la sombrilla de hormigón proveían sombra a los nadadores. The pool featured a water pumping system that filtered water from the Caribbean Sea; the pergola and the concrete umbrella provided a muchneeded respite from the sun.
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Las puertas de vidrio flotante del vestíbulo de doble altura fueron quizás las primeras en llegar al país... pero eran opacadas por el busto del dictador justo en el centro. The frameless glass doors that led to the lobby were probably the first used in the country... but they were overshadowed by the dictator’s bust right in the middle of the space.
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El comedor formal, el restaurante en la terraza con vista directa hacia el área de la piscina y el patio andaluz con agujeros en el techo al estilo Alvar Aalto. The main dining room, the restaurant featuring a terrace facing the pool and the Andalusian courtyard with its Aalto-like round skylights in its roof.
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El área del bar, el gran salón de fiestas con piso de parquet y los modernos equipamientos de cocina —adquiridos en EEUU según las condiciones del préstamo del ExIm Bank—. The bar, the great hall with its parquet flooring and the cutting-edge kitchen equipment —purchased from American suppliers, as established in the terms of the ExIm Bank loan.
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El mobiliario de los dormitorios, de las fábricas HeywoodWakefield y Widdicomb, llevaban tapicería de estampados geométricos. Nótense también las cortinas con patrones florales. The furniture for the guestrooms, upholstered using fabrics with geometric patterns, came from Heywood-Wakefield and Widdicomb. Do notice the floral patterns on the curtain fabric.
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¿Qué diría Le Corbusier sobre la aplicación de sus preceptos en el Caribe? La terraza aporticada coronaba el volumen de cinco niveles, brindando vistas privilegiadas al mar. What would Le Corbusier think of his tenets being applied to the Caribbean? The portico-terrace crowned the five-story building, offering inimitable water views.
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Un dato llamativo: el anteproyecto del Hotel Jaragua no estuvo firmado solo por Guillermo González, sino que también contó con su hermano Alfredo como co-autor. Do note how the hotel’s draft project was not only signed by Guillermo González, but also co-signed by his brother Alfredo.
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Arriba, el Jaragua que llegó a varios medios internacionales, incluyendo a la Architectural Forum con esta ilustración publicada en 1946. Debajo, en el acceso norte, se destacan las puertas de vidrio flotante, posiblemente las primeras usadas en el país. Our Jaragua caught the attention of several international publications, including this illustration from a 1946 edition of Architectural Forum in 1946, above. Below, the north access features (probably) the first frameless glass doors used in the country.
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Por esto se hablaba de un crucero frente al agua: el proyecto original consistía de cinco niveles que giraban en torno a un eje central, mayormente para poder hacer reverencia al mar Caribe. This is what many meant by speaking of a cruise liner across the water: the original project included five stories that revolved around a central axis, mostly in order to kneel before the Caribbean Sea.
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Nivel uno 1. Marquesina 2. Acceso 3. Vestíbulo 4. Corredor 5. Salón de fiestas 6. Terraza 7. Patio Español 8. Ropero 9. Servicios 10. Patio andaluz 11. Barbería 12. Casino 13. Bar 14. Tienda 15. Oficinas 16. Oficina del gerente 17. Ascensores y escaleras 18. Almacén de lavandería 19. Comedor formal 20. Comedor en terraza 21. Almacén 22. Cocina 23. Lavandería 24. Mantenimiento 25. Oficina 26. Comedor privado 27. Piscina 28. Terraza del área de piscina First floor 1. Driveway 2. Access 3. Lobby 4. Hallway 5. Ballroom 6. Terrace 7. Spanish Courtyard 8. Cloakroom 9. Service area 10. Andalusian courtyard 11. Barbershop 12. Casino 13. Bar 14. Shop 15. Offices 16. Office of the manager 17. Elevators and staircases 18. Laundry storage 19. Main dining room 20. Terrace dining room 21. Storage 22. Kitchen 23. Laundry room 24. Maintenance 25. Office 26. Private dining room 27. Pool 28. Pool terrace
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En la planta arquitectónica del primer nivel, a la izquierda, se destaca el acceso peatonal a la muy popular piscina. En la planta del segundo nivel sale a relucir la pasarela desde donde muchos fisgoneaban con alevosía. The first-level floor plan, to the left, shows the pedestrian entrance that lead to the (quite popular) pool. The second-floor plan showcases the walkway that allowed many to sneak a (happily unnoticed) peek of those in attendance.
Nivel dos 1. Terraza 2. Servicios 3. Ascensores y escaleras 4. Almacén de lavandería 5. Vestíbulo del segundo nivel 6. Bodega 7. Suite principal 8. Dormitorio sencillo 9. Dormitorio doble 10. Balcón Second floor 1. Terrace 2. Service area 3. Elevators and staircases 4. Laundry storage 5. Second-floor lobby 6. Pantry 7. Master suite 8. Single guestroom 9. Double guestroom 10. Balcony
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Como indica la planta tipo que se repetía en el tercer y el cuarto nivel, las habitaciones eran de tres categorías: las sencillas de 13 metros cuadrados, las dobles de 25 —y con un balcón con vista al mar— y las suites de 90. As seen in the third and fourthlevel standard-layout floor plan, rooms belonged to one of three categories: 13-square-meter singles, 25-square-meter doubles —which featured a balcony facing the sea— and 90-squaremeter suites.
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Niveles tres y cuatro 1. Servicios 2. Ascensores y escaleras 3. Almacén de lavandería 4. Pasarela del vestíbulo inferior 5. Bodega 6. Suite principal 7. Dormitorio sencillo 8. Dormitorio doble 9. Balcón Third and fourth floors 1. Service area 2. Elevators and staircases 3. Laundry storage 4. Walkway for the second-floor lobby 5. Pantry 6. Master suite 7. Single guestroom 8. Double guestroom 9. Balcony
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El emplazamiento original del Jaragua era ciertamente privilegiado: desde el techojardín del quinto nivel se podían divisar el azul del mar Caribe de un lado y el verde del frondoso sector La Primavera del otro. The hotel was sandwiched between green and blue layers, with the lush environment of La Primavera up north and the Caribbean Sea down south. Many visitors would enjoy these breathtaking views from the fifth-floor roof garden.
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3 Nivel cinco 1. Servicios 2. Ascensores y escaleras 3. Balcón 4. Terraza superior 5. Salón multiusos Fifth floor 1. Service area 2. Elevators and staircases 3. Balcony 4. Upper terrace 5. Multi-purpose hall
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Arriba, el Hotel El Panamá (1946-1951); al centro, el Aruba Caribbean Hotel inaugurado en 1959. Debajo, el Virgin Isle Hotel en Saint Thomas, construido en 1951. Above, the Hotel El Panama (1946-1951); center image, the Aruba Caribbean Hotel, opened in 1959. Below, the Virgin Isle Hotel in Saint Thomas, built in 1951.
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Arriba, el Hotel del Lago en Maracaibo, diseñado en 1950. Debajo, el monumental Caribe Hilton de 1949, un proyecto que logró una resonancia sin precedentes en la prensa internacional. Above, the Hotel del Lago in Maracaibo, designed in 1950. Below, the breathtaking 1949 Caribe Hilton, a project that traveled quite far in terms of international press coverage.
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Como parte de las celebraciones del Centenario de la República, el 22 de febrero de 1944 fue inaugurado en la capital el aeropuerto General Andrews. As part of the country’s celebrations surrounding the centenary of its independence, the General Andrews Airport spread its wings on February 22, 1944.
La aerolínea Pan American Airways tenía un contrato oficial con el Estado dominicano para operar vuelos y circuitos turísticos que incluían también otros destinos de la región. Pan American Airways had a contract with the Dominican government to operate flights and tours that also included several other destinations in the Caribbean region.
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Neutra fue noticia: el 7 de marzo de 1945, La Nación publicó una reseña de la visita del arquitecto austro-estadounidense y sus impresiones sobre las obras racionales de la ciudad. Neutra made the news: on March 7, 1945, La Nación ran an article on the Austrian-American architect’s visit and his thoughts on the city’s modernist buildings.
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El Hotel Jaragua llegó a rincones internacionales nunca antes alcanzados por otras obras locales. Por ejemplo, la edición de septiembre de 1946 de Architectural Forum. Our Jaragua reached faraway corners of the media world that no other local building had brushed before. For example, the September 1946 edition of Architectural Forum.
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La luna tiene sus lugares favoritos CAPÍTULO
The moon does have its fave spots CHAPTER
LA LUNA TIENE SUS LUGARES FAVORITOS
Fabio Herrera era un joven periodista del Listín Diario que cubría los acontecimientos sociales de la capital dominicana. En una de sus asignaciones se le encargó ir a recibir a un pasajero a Punta Caucedo, al almacén de carga y descarga que utilizaban los enterados para entrar y salir fácilmente de la ciudad. El recién llegado, al enterarse de su profesión, le pidió informaciones sobre Patricio Kelly, un activista peronista que había salido huyendo de Argentina sin rumbo informado. Herrera utilizó sus conexiones y, al enterarse de que Kelly estaba en Chile, fue al hotel donde se quedaba el huésped a informarle. Desde ese momento, acostumbraba a llevarle personalmente las noticias sobre temas argentinos. No es que el periodista fuese particularmente servicial con todos los turistas, sino que quien preguntaba por aquel exiliado peronista era el exiliado peronista: Juan Domingo Perón, huyendo de la ira de la junta de Eduardo Lonardi, se refugió por unos meses en el Jaragua. Era normal verlo leyendo la prensa bajo uno de los paraguas de tela de la piscina, vestido de polo y visera con un highball al lado, o andando en una Vespa por la avenida George Washington llevando detrás a su entonces asistente —y futura esposa— Isabel Martínez. Para Herrera, toparse con este tipo de huésped no era algo demasiado sorpresivo, porque tal despliegue era algo casi cotidiano. Con la creación de su primer hotel de alta categoría, la capital dominicana había pasado de ser un punto secundario en el Caribe a un destino en la mira de los viajeros exigentes. De hecho, el periodista ya había tachado de su lista de deseos a dos de sus artistas favoritos gracias al hotel: los mexicanos Agustín Lara y Rosita Aguilar —esta última de visita para realizar una aparición en La Voz Dominicana—. Cuando la cantante española Lola Flores se presentó en el Cine Olimpia de la calle Palo Hincado, Herrera fue invitado a cenar junto a ella y su equipo en su suite del hotel. ¿Los peloteros de Grandes Ligas que se pasaban el invierno jugando en Dominicana? También se alojaban en el hotel frente al mar —como fue el caso de Fred Kipp, lanzador de los Dodgers de Los Ángeles—. ¿Actores de cine? Solo hay que contar la visita del estadounidense Tyrone Power en una gira de buena voluntad a bordo del avión apodado ¡Saludos, amigos! El Jaragua era, sin competencia, el epicentro de la vida social para la crema y nata de Ciudad Trujillo. Más allá de recibir a los viajeros —cuyo número aumentaba gracias a la expansión del tráfico aéreo y marítimo—, estaba concebido desde su origen para atraer a la aristocracia local a sus espacios comunes. Por esa razón, Guillermo González destinó un gran metraje dentro del complejo al diseño de áreas públicas. 160
THE MOON DOES HAVE ITS FAVE SPOTS
Fabio Herrera was a young journalist tasked with documenting the social minutiae of the Dominican capital for the Listín Diario newspaper. One of his assignments involved welcoming a passenger in Punta Caucedo, by the docking zone that those in the know would use to easily enter and leave the city. Upon realizing he was a journalist, the newcomer asked Herrera for info on Patricio Kelly, a Peronist activist who had fled Argentina leaving no details of his future destination. The young man used his connections and, as soon as he caught wind of Kelly’s exact Chilean whereabouts, he headed to the hotel where the man was staying in order to share the news. From then on, he would visit him frequently to update him on all matters Argentina. It’s not that Herrera was a particularly obliging person when it came to tourists… it’s just that the man asking for that Peronist exile was the Peronist exile: Juan Domingo Perón himself had taken refuge in the Jaragua Hotel, running away from the wrath of Eduardo Lonardi’s junta. It was an everyday occurrence, watching him read the newspaper under one of the pool’s fabric umbrellas, wearing a polo-shirt and a cap with a highball close to his hand, or riding around the promenade by the sea in a Vespa, with his then-assistant —and future wife— Isabel Martínez. To Herrera, it was an everyday occurrence, indeed: he was used to seeing that type of visitor in the Jaragua guestbook. By creating its first high-end hotel, the Dominican capital had gone from being an afterthought in the Caribbean region to becoming an interesting destination on the minds of the continent’s most demanding travelers. In fact, thanks to the hotel the journalist had already scratched from his wishlist two of his favorite performers: Mexicans Agustín Lara and Rosita Aguilar —the latter booked by La Voz Dominicana, the government’s TV and radio station. When Spanish singer Lola Flores performed at the Cine Olimpia on Palo Hincado Street, Herrera was invited to dine with her and her team in her hotel suite. Those Major League Baseball pros who’d often spend the winter playing in the Dominican Republic? They would also stay at the hotel by the sea —as was the case of Fred Kipp, an LA Dodgers pitcher. Film stars? Just look at Tyrone Power’s visit during his goodwill tour aboard the ¡Saludos, amigos! —that is, Greetings, Friends!— airplane. The Jaragua Hotel was second to none in terms of nightlife options for the cream of the crop of Ciudad Trujillo. Beyond welcoming foreign guests —a growing number of them, thanks to an increase in both air and sea traffic—, it had been conceived as a spot that could easily attract the local aristocracy. That’s why Guillermo González generously allotted thousands of square meters to the building’s public spaces. 161
LA LUNA TIENE SUS LUGARES FAVORITOS
El atractivo principal del hotel era su banda sonora. Cuando Caonex, el personaje pueblerino de la novela del mismo nombre que publicara José Mariano Sanz Lajara en 1949, llega a su pensión en la capital del país, la dueña del establecimiento lanza una reveladora reprimenda a los jóvenes a su alrededor. “¡Bajen ese radio, escandalosos!”, les grita. “Esto no es el Jaragua, ¡por Dios!”. En otras palabras: entre la población, el mero nombre del establecimiento era sinónimo de la música en vivo. Una cosa eran las estrellas internacionales que pasaban con frecuencia por el patio —como el conjunto de cancioneros Los Paraguayos o los bailarines D’Ivons—. Pero más que por las ocasiones especiales, el hotel era mejor conocido por lo que ofrecía de manera regular: en las décadas de los 40 y 50, de lunes a viernes tocaba la orquesta de José Manuel López; los fines de semana, las tardes eran del baile infantil-juvenil, mientras que por la noche el escenario le pertenecía al maestro Luis Alberti, el líder de la Orquesta Generalísimo Trujillo. Ahí sonaba una combinación que incluía Toda una vida y Quizás, de Osvaldo Farrés; también estaban Bésame mucho de Consuelo Velásquez y Capullo de alelí de Rafael Hernández. En la sección de boleros eran fijos Paraíso soñado y Ven, ambas composiciones de Manuel Sánchez Acosta, así como Apasionado de Águeda Blandino, No te vayas de Luis Chabebe y Concierto de amor de Nicolás Yabra; en la sección de merengue se destacaban El sancocho prieto, Loreta y Caliente, autoría del talentoso maestro Alberti. Alberti pertenecía a una familia que llevaba la música en la sangre. Su bisabuelo, el coronel Juan Bautista Alfonseca, fue el compositor de la música del (olvidado) Himno de la Independencia y en el siglo XIX resultó ser un pionero del ritmo que luego se conocería como merengue. De hecho, su Juana Quilina es considerado el primer merengue en la historia del país, con una línea en particular que enfatiza el nombre del género —“Juana Quilina va llorando/porque la dejan merengueando”—. Por otro lado su madre, María Mieses, era profesora de piano. De niño en el Cibao, Alberti tocaba los címbalos y el violín; de adulto tocó con la Orquesta Sinfónica de Santo Domingo en 1932, el año de su fundación. Para 1936, mientras el trujillato tomaba forma, ya tenía una banda de merengue típico que lograba gran admiración entre la clase media. Con el piano acordeón, los saxofones, los clarinetes y las trompetas acompañando la tambora y la güira, Alberti orquestó el merengue. El dictador se aseguró de que también lograra aceptación en la clase alta, al darle a la orquesta un horario estelar y así llevar al ritmo a la esfera de los bailes de salón aceptados entre ese grupo. El merengue pasó de los rincones campesinos a la aristocracia —y la mayoría de las letras hacían alusión a los logros de El Jefe, convirtiéndose en el género musical propagandístico de la dictadura por excelencia—. No por nada la orquesta de Alberti, con la voz de Pipí Franco dedicada a la interpretación de los merengues, llevaba el nombre del tirano. Pero no solo ese ritmo sonaba dentro de la concha acústica del Jaragua. Heinz Neumann, el joven mecánico alemán que llegó al país en 1951, recuerda también un repertorio de mambo, rumba, bolero, jaleo, tango y vals. De vez en cuando también sonaban pasodoble y foxtrot. Regularmente habían presentaciones de shows tipo Broadway, algo que dejaba anonadados a los locales. Quien no bailaba ni era muy amigo de las revistas musicales pasaba al casino, anexo al hotel, donde también habían carreras de caballos con potros 162
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That explains why the hotel’s main attraction ended up being its soundtrack. When Caonex, the title character of the eponymous novel published by José Mariano Sanz Lajara in 1949, finally arrives in the capital after leaving his native countryside, the owner of his boarding house admonishes the youngsters around her by screaming “Turn that radio down, you noisemakers!” at the top of her lungs. “This isn’t the Jaragua, for God’s sake!” she adds. In other words: among the populace, the bare mention of the hotel’s name would evoke live music being played. The calendar was certainly sprinkled with foreign performers, such as the singers in Los Paraguayos and the D’Ivons dancers. But beyond the special-occasion visitors, the hotel was better known for its regular schedule of local offerings: in the 40s and 50s, José Manuel López’s band would play from Monday through Friday; during the weekends, the afternoons belonged to the many youth dances, while evenings were the kingdom of master Luis Alberti, the leader of the Orquesta Generalísimo Trujillo. His musicians would play a setlist that included Osvaldo Farrés’ Toda una vida and Quizás, as well as Consuelo Velásquez’s Bésame mucho and Rafael Hernández’s Capullo de alelí. The bolero segment consistenly featured Paraíso soñado and Ven, both by Manuel Sánchez Acosta, as well as Águeda Blandino’s Apasionado, Luis Chabebe’s No te vayas and Nicolás Yabra’s Concierto de amor. The merengue set featured standouts such as El sancocho prieto, Loreta and Caliente, penned by Alberti himself. Alberti was born to a family of musicians. His great grandfather, the Coronel Juan Bautista Alfonseca, wrote the music to the (forgotten) Himno de la Independencia —a proposal for a national anthem— and in the 19th century he became the pioneer of a rhythm that would later be known as merengue. In fact, his Juana Quilina is considered the first merengue song in the country’s history, featuring a line that underlines the genre’s name —“Juana Quilina goes around crying/because she’s been left merenguing.” On top of that his mother, María Mieses, was a piano teacher. As a child in the Cibao region, Alberti would play the cymbals and the violin; as an adult he joined the country’s first symphonic orchestra on the year of its foundation, in 1932. By 1936, as Trujillo’s regime was taking shape, he already had a traditional merengue band that was gaining ground with a middle-class audience. Thanks to a piano accordion, the sax lineup, the clarinets and the trumpets alongside the tambora drum and the güira calabash, Alberti brought the orchestra to the fledgling rhythm. The dictator made sure merengue would also find its place among the upper classes, by giving the master’s orchestra a prime-time slot in the hotel and thus sneak it into the list of socially accepted ballroom dances. That’s how merengue made it from the countryside to the aristocracy —and as most lyrics would praise the Chief’s alleged achievements, this situation turned the genre into the music of government propaganda par excellence. After all, it wasn’t a coincidence that Alberti’s band, with Pipí Franco’s voice on the mic, bore the tyrant’s name. But merengue wasn’t the only rhythm bursting out of the hotel’s bandstand. Heinz Neumann, the young German mechanic who first set foot in the country in 1951, also remembers a repertoire full of mambo, rumba, bolero, jaleo, tango and the waltz. Every once in a while musicians would also play pasodoble and foxtrot.
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de madera, para apostar. Y quien iba por un entretenimiento de corte gastronómico podía encontrar comida internacional y criolla en el restaurante, incluyendo viandas exóticas, así como una carta de vinos y bebidas importadas —una novedad en la época—. O, de pasar de día, el gran atractivo era la piscina: ahí habían desde jóvenes tomando clases de natación y clavadismo hasta grupos chapoleteando plácidamente y otros —estilo Perón— relajados bajo el sol, apreciando la vista. Ahí, bajo su sombrilla de concreto y su pérgola de hormigón, se mezclaban todas las edades, varias nacionalidades, ambos sexos y algunos estratos sociales. El sábado era un momento particularmente atractivo, donde el pase por valor de cinco pesos le permitía a muchos disfrutar el día en la piscina. El hotel era una pequeña ciudad dentro de una pequeña ciudad, y ofrecía un repertorio de entretenimiento y facilidades logísticas que permitían que los viajeros no sintieran la necesidad de poner pie fuera del complejo. Desde allí podían hacer llamadas al extranjero, despachar correspondencia, comprar pasajes, ir al salón para arreglarse el pelo o colocarse maquillaje y comprar regalos. Sin embargo, el hotel tenía un momento y un lugar particular que llegó a convertirse en una tradición por un lado, y en un ícono social y musical por otro: Luna sobre el Jaragua. A la medianoche la voz de la llamada Espiga de Ébano, Rafael Colón, entonaba las letras de una canción que se transformó en el tema oficial del establecimiento. Luna sobre el Jaragua Que mira celosa Tanto esplendor Luna sobre el Jaragua Vestirnos quisiera De plata y amor Silueta de palmeras Del mar se oye el rumor Y besos de quimeras Se oyen de redor Parece que la luna tenía sus lugares favoritos para posarse, porque ese bolero solo se podía disfrutar ahí en el Patio Español, frente el mar y al abrazo de las palmeras. Y precisamente eso hacían muchos, pues más de un romance inició entre los tres minutos que marcan el inicio y el final de esa canción original de Alberti. Esto es porque al Jaragua se iba a ver otra cosa especial: las mujeres más engalanadas de República Dominicana. Para asistir a los bailes nocturnos, los hombres debían entrar de saco y corbata. ¿Las mujeres? Nada lo exigía formalmente, pero todas solían pisar el patio como salidas de una revista de modas, con la cintura marcada y el cuello alargado por ilusiones del escote. Mimí Arenas viuda Conde recuerda exactamente dónde conseguía sus atuendos: solamente dos personas en la ciudad importaban ropa confeccionada en el extranjero. Ambas, Oliva Lugo y Pura Salas, tenían sus respectivas 164
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To the surprise of many locals, the hotel would also host Broadway-style shows. Those who weren’t big fans of dancing nor variety shows would head over to the casino, next to the hotel, where visitors could also bet on wooden horses. Those looking for gastronomic entertainment could find local and international cuisine in the restaurant, including exotic meats as well as a wine list and a menu of imported liquors —quite the novelty at the time. If they happened to be there before sunset, then the main attraction would be the pool: one could find either children and teenagers on swim and diving lessons, young adults splashing around or quiet loungers —such as Perón— relaxing under the sun, taking in the view. There, under the concrete umbrella and the pergola, came together a mix of people from several age groups, different nationalities, both genders and a couple of social classes. Saturday was a particularly crowded moment, as the five-peso pass would allow many to spend the day in the water facilities. The hotel was a small city within a small city, and it offered a set of entertainment and logistical facilities that allowed many travelers to stay within its confines, never having to set foot outside the complex to run errands. They could place overseas phone calls, send their mail, secure plane or boat tickets, get their hair and makeup done at the beauty parlor or even buy presents. Nevertheless, there was one particular moment that became the highlight of every weekend at the hotel; it became both a tradition and a social and musical icon: Luna sobre el Jaragua —that is, the moon over the Jaragua Hotel. At the stroke of midnight the man known as the Ebony Spike, Rafael Colón, would sing the lyrics of a song that turned into the official theme of the venue. The moon over the Jaragua Throws a jealous look At such magnificence The moon over the Jaragua Would love to dress us up With silver and love The outline of the palm trees The murmur of the sea And dreamy embraces Can be heard all around It seems the moon did have its favorite spots to settle down and gaze at the people below, because that bolero could only be properly enjoyed then and there, in the Spanish Courtyard, facing the sea under the embrace of the palm trees. And that’s what many attendants actually did, as more than one love story began during the three minutes between the beginning and the end of Alberti’s original song. And it figures, since the Jaragua had another special attraction: the best dressed women in the Dominican Republic. In order to attend the evening dances, men would have to wear a suit and tie. The women, though? There was no formal dress code, but 165
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tiendas en la calle El Conde. Años después, otras comprarían también en la tienda de Virginia Dalmau. Las que se decidían a realizarse ropa a la medida contaban con las manos mágicas de Carmita Peña y Eloisa Perdomo, las dos modistas predilectas de la clase alta. El salón de belleza Marión —de El Conde casi esquina Palo Hincado— y el Betty Boop —de El Conde casi esquina Santomé— estaban abarrotados los sábados, aplicando los trucos que convertirían las melenas cotidianas en rulos estratégicos, pajecitos terminados en S y moños que aguantaran toda una noche de baile. Mimí tuvo la oportunidad de asistir como mujer soltera, chaperoneada comme il faut, y ya como casada a partir de 1946 —cuando finalmente podía quedarse hasta pasadas las 12, como el resto de las parejas legales—. A pesar de ser un ambiente donde se entremezclaban varios círculos sociales, y extranjeros con dominicanos, había un estricto código implícito de interacción: el único nivelador social era un “sí” de parte de una mujer al solicitar su compañía para una canción. Era, como recuerda Elsa Peña de Hazoury, un ambiente libre donde cualquier hombre podía invitar a bailar a una mujer de otro grupo sin que estuviese mal visto. Por eso descollaban algunos jóvenes dotados de buenos pies, como Virgilio Ortíz Bosch, quien asistía sin pareja pero terminaba bailando con hasta seis jovencitas en una noche. Los únicos que podían encontrarse con un “no” muy bien disfrazado eran los miembros del primerísimo círculo—el General y sus allegados más cercanos—. Muchos padres, al enterarse de la posible asistencia de estos a una fiesta en particular, le prohibían la salida a sus hijas solteras. Era un secreto a voces que Trujillo y sus hombres de poder veían a las mujeres locales como un buffet ilimitado de dónde escoger, ya sea con manipulación o a la fuerza; por eso, muchos progenitores intentaba proteger la dignidad de sus hijas con un portazo. Pero había fiestas a las que, año tras año, nadie quería faltar. Una era la fiesta de Noche Vieja, donde las mujeres llevaban sus mejores galas y la ocasión era remembrada con souvenirs fotográficos. La otra era el Baile Blanco de San Andrés, una celebración organizada por Amada Nivar de Pittaluga, presidenta del Consejo Nacional de Mujeres, a beneficio de instituciones sin fines de lucro. Aunque tradicionalmente se realizaba en el Casino de Güibia, en varias ocasiones se realizó en el Jaragua. Esos bailes del 30 de noviembre comenzaban con un desfile de jóvenes damas vestidas de blanco, quienes competían por el título de reina y de princesa predilecta. No es por azar que la mayoría de esos bailes se realizaran en el Casino de Güibia, un club privado cuya membresía estaba mayormente restringida a la clase más pudiente —ubicado donde hoy opera el Club de Profesores de la UASD—. Aunque como conjunto el Jaragua no tenía competencia, algunos otros lugares le tomaban el pulso en cuanto a amenidades individuales. El balneario fue pensado como un espacio público, pero el club social que diseñaran José Antonio Caro y Guillermo González en el lado este de la playa estaba destinado mayormente a las familias de clase alta. Este espacio, inaugurado en febrero de 1944, contenía un salón de actos, terrazas y un restaurante, así como una pista de baile junto al mar y un impresionante trampolín de concreto dentro del Caribe. El Golfito era un espacio social más popular, al igual que el Roof Garden que abrió la Cervecería Nacional Dominicana en el área del Matadero. Para los más jóvenes estaban el Club Estrella y el Club de la Juventud; para los identificados con una segunda 166
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many would step into the dance floor as if they had stepped out of a fashion magazine, with their cinched waists and their swan necks elongated by a couple of optical illusions down the cleavage. Mimí Arenas Conde still remembers exactly where she used to buy her outfits: there were only two people in the entire city who would import foreign-made clothes. Both, Oliva Lugo and Pura Salas, had their respective showrooms on El Conde Street. Years later, many other would-be dancers would purchase their dresses from Virginia Dalmau’s store. Those who ordered bespoke outfits would entrust their garbs to the magical hands of Carmita Peña and Eloisa Perdomo, the preferred seamstresses among the members of the upper class. Marión’s hair salon —on the corner of El Conde and Palo Hincado streets— as well as the Betty Boop —on the corner of El Conde and Santomé streets— were usually packed on Saturdays, the hair stylists busy on the coifs that turned everyday manes into strategic curls, S-tipped bobs and the chignons that simply had to make it through a whole night’s worth of dancing. Mimí was able to attend both as a single woman, chaperoned comme il faut, and as a married woman after 1946 —when she could finally stay past midnight, as was then the socially sanctioned custom for legal couples. Although it was an environment that allowed for several social circles to overlap, with foreigners mixing with Dominicans, there was a strict unspoken code of interaction: the only social leveler was a “Yes” from a woman after a request to join her on the dance floor. It was, as Elsa Peña Hazoury remembers, a somewhat free milieu where any man could ask, unrestricted, any woman to dance. That’s why some young men who had the gift of nimble feet would become quite popular —among them was Virgilio Ortíz Bosch, who attended parties on his own but would end up dancing with up to six young women a night. The only ones who would find themselves in front of a much disguised “No” were the members of the first circle —that is, the Generalísimo and his closest allies. Many parents, upon finding out that Trujillo’s men or even his sons would be in attendance that evening, would forbid their daughters from doing the same. It was an open secret: the dictator and his goonies would see local women as an all-you-can-eat buffet, reeling them in either by gab or by force; many families would then try to protect the reputation of their young women by way of a locked door. But then there were other parties that nobody would even dream of missing. One of them was the New Year’s Eve ball, where women would wear their best gowns and the event would be preserved for posterity with detailed photo souvenirs. The other was the White Ball held in honor of Saint Andrew, a celebration organized by Amada Nivar Pittaluga, the president of the Women’s National Council, benefiting a group of charities. Although they would traditionally take place at the Güibia Casino, they were also sometimes celebrated at the hotel. Those dances, held every November 30, would begin with a parade of young women dressed in white, competing for the titles of Princess and Queen of the famed ball. The selection of those two venues wasn’t quite at random: the Casino was a private club whose membership was reserved to the wealthiest of capitaleños —ironically, the spot now hosts the Faculty Club for the city’s public university, a rather democratic institution if there ever was one. Although the Jaragua compound stood undefeated in terms of social standing, some other spots were able to compete with it on their individual 167
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nacionalidad estaban Casa de España y el Club Sirio-Libanés Palestino. Sin embargo, ninguno le apagaría la luz al vibrante Jaragua, el único lugar del país que lo tenía todo en un solo punto. Pero de eso, irónicamente, se encargaría el mismo Trujillo: en 1955, para la celebración de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, buscó ampliar la capacidad habitacional de la capital, para alojar a todos los visitantes extranjeros esperados. ¿La solución? Crear nuevos hoteles estatales en zonas céntricas, con amenidades atractivas… que eventualmente iniciarían un efecto de canibalización sobre el imbatible Jaragua. Ahí, precisamente, comenzaría su ocaso.
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fortes. For example, the sea spa over in Güibia was conceived as a public space, but the social club designed by José Antonio Caro and Guillermo González on the eastern side of the beach was mostly destined for upper-class families. This establishment, opened in February of 1944, had an event hall, a few terraces and a restaurant, as well as a dance floor along the water and an impressive concrete trampoline that would drop visitors right in the middle of the Caribbean Sea. El Golfito was a tad more egalitarian, as was the Roof Garden that the largest beer company in the country, the Cervecería Nacional Dominicana, opened close to the slaughterhouse. The Club Estrella and the Club de la Juventud were two of the favorite gathering spots for an underage crowd, while those who proudly carried a second passport would head to Casa de España and the Club Sirio-Libanés Palestino. And yet none could surpass the Jaragua, the only entertainment complex in the country where one could find everything in one place. But Trujillo himself would be the one to dim its light: in 1955, in order to prepare the city for the celebrations around his Fair for Peace and Fraternity in the Free World, he expanded the capital’s lodging capacity anticipating the impending arrival of the event’s visitors. His solution was to create new state-funded hotels in the city center, full of eye-catching amenities… that would eventually snowball into an act of cannibalization towards the previously undefeated Jaragua. That moment, for sure, would mark the beginning of the end.
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Al caer el sol, ningún otro lugar de la ciudad podía competir con la gran terraza del Jaragua: la excelente música en vivo, los bailes constantes, la gente vestida de punta en blanco —ahí no faltaba nada—. As the sun set, no other spot in the city beat the Jaragua’s grand terrace: the great live music, the dancing, the people dressed to the nines —it was all there!
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La generación que bailó los ritmos de la orquesta de Luis Alberti recuerda un tema en especial: Luna sobre el Jaragua. Después de todo, ¿cuál otro hotel tenía su propia canción? Those lucky enough to have danced to the music of Luis Alberti’s orchestra remember one tune in particular: Luna sobre el Jaragua (The Moon over the Jaragua). After all, do you know many hotels with their own theme song?
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Hasta mediados de los 50, el Jaragua era el territorio declarado de la clase alta local. Era el lugar más elegante en toda la ciudad para realizar eventos sociales. Up until the mid 1950s, the local upper class reigned supreme over the Jaragua. It was the most elegant venue in the city for every type of social event.
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La agenda de eventos no paraba: desde desfiles de moda y noches de orquesta hasta celebraciones del régimen trujillista, noches temáticas dominicanas y fiestas privadas. The event calendar just kept on going: from fashion shows and balls with live orchestras to gatherings held by the ruling regime, Dominican theme nights and even private parties.
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El Baile Blanco de San Andrés se celebraba anualmente, con la elección de una reina. En 1954 la agraciada fue Angelita Trujillo, aquí desfilando por la avenida George Washington. The White Ball, held in honor of Saint Andrew, was an annual event with an elected queen. In 1954, the winner was Angelita Trujillo, seen here on her triumphant walk on George Washington Avenue.
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¿Hasta dónde se puede estirar un símbolo? CAPÍTULO
A chaotic game of musical chairs CHAPTER
¿HASTA DÓNDE SE PUEDE ESTIRAR UN SÍMBOLO?
A pesar de ser el hotel de mayor metraje cuadrado de República Dominicana, pronto las expectativas para el futuro del Jaragua serían más grandes que su capacidad inicial. Por eso, la planta original de 1942 sería testigo de varias ampliaciones en relativamente poco tiempo. Dígase: a principios de 1946 ya se le había encomendado a Guillermo González el diseño de una adición de 57 habitaciones en un cuerpo orientado hacia el este. Asimismo, se creó un área de diversiones extra, se trasladó el casino a un piso superior para poder recibir a más de 250 visitantes a la vez y se amplió el comedor. Aparte, fuera de los volúmenes centrales, se construyeron cinco bungalows, diseñados junto a William Reid Cabral. La idea detrás de la creación de estas cabañas era proveer mayor privacidad y confort a los huéspedes: tenían dos dormitorios, dos baños, una sala, una despensa y una terraza con vista al mar y al área verde del conjunto. El edificio principal tendría en su interior comercios diversos, desde una joyería y una dulcería hasta una sala de tocados femeninos y una tienda de accesorios para hombres. Ya que esta ampliación estuvo en manos de los mismos hermanos González en cuanto a diseño y construcción, hay una continuación de la línea estética y del uso de materiales que caracterizó a la primera iteración —paredes blancas sin ornamentación con una serie de perforaciones geométricas—. Sin embargo, estas ampliaciones fueron hechas a regañadientes: el arquitecto consideraba que el volumen original tenía las proporciones correctas, y que el nuevo volumen afectaba su equilibrio visual. La segunda ampliación fue todavía mayor, por una muy visible razón: el 20 de diciembre de 1955 se inauguraría la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, una exposición internacional ideada por Trujillo para celebrar los 25 años en el poder del régimen y mostrar al mundo los avances de la República en ese período, exhibiendo las riquezas agropecuarias, industriales y comerciales de la nación. Nunca el país, y con certeza la región del Caribe, había visto tal despliegue del uso de la arquitectura como lenguaje del progreso social y económico de un pueblo. El dictador había destinado el enorme perímetro de 50 hectáreas alrededor de la hoy avenida Jiménez Moya que se encuentra entre la avenida Independencia y el mar. En ese entonces se trataba de un lienzo casi en blanco ubicado en el extremo oeste de la capital, pues eran apenas unas parcelas que colindaban con la Estancia Ramfis, propiedad de la primera familia. Ahí el Gobierno le asignó a un equipo dirigido por Guillermo González la ejecución de una serie de edificaciones que servirían como pabellones expositivos tanto para la nación anfitriona como para algunas invitadas. 180
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Although it was the largest hotel in the Dominican Republic at the time, soon the plans for its short-term future would be much larger than its initial capacity would imply. That meant that, in a relatively short amount of time, the original 1942 floor plan would bear witness to several consecutive expansions. That is to say: by early 1946 Guillermo González had already received a new commission to design an eastern-facing 57-room annex. The project also required a new entertainment pavilion, with a bigger casino —one that could easily fit 250 visitors at a time— moved upwards and a larger space dedicated to the dining hall. Outside of the central volumes, González placed five bungalows, co-designed alongside architect William Reid Cabral. The idea behind these cabins was to provide more privacy and comfort to its guests: they had two bedrooms, two bathrooms, a living room, a large pantry and a terrace that offered views to both the sea and the lush gardens within the complex. The main building would now feature an extended strip of shopping options, from a jewelry store and a candy shop to a high-end coiffeur and a purveyor of men’s accessories. Since this enlargement was also handled by the González siblings both in design and construction, there was an aesthetic continuity —and the same use of materials— with regards to the first iteration: white walls, no ornament, a series of geometric apertures. Nevertheless, they were begrudgingly carried out: the architect thought the original volume certainly had the correct proportions and that this addition negatively affected the visual balance he had initially achieved. The second (even larger) expansion came due to an undeniably tangible reason: December 20, 1955 would mark the beginning of the Fair for Peace and Fraternity in the Free World, an international exhibition envisioned by Trujillo as a grand celebration of the regime’s 25th anniversary. His opulent aim was to showcase, in one imposing fell swoop, the agricultural, industrial and commercial riches of his visibly growing nation. The country, and certainly the Caribbean region, had never seen such a lofty display of architecture used as the visual language for the social and economic progress of a state. The determined dictator had destined for this monumental purpose the immense 50-hectare lot between Independencia Avenue and the sea, located in the area around what nowadays is called the Jiménez Moya Avenue. Back then it was a nearly blank canvas on the western tip of the city, with some empty lots located next to the Estancia Ramfis, a vacation home owned by the first family. The government thus tasked a team of experts led by Guillermo González with the creation of a series of buildings that would serve as exhibition pavilions for both the host nation and the guest countries. 181
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Para ese entonces, González ya tenía experiencia en proyectos urbanos a gran escala. En 1943 había iniciado los trabajos del plan maestro de la Ciudad Universitaria en un terreno de 340,000 metros cuadrados. Ahí, junto a un equipo de ensueño integrado por José Antonio Caro, Humberto Ruiz Castillo y los hermanos Leo y Marcial Pou Ricart, desarrolló una trama racionalista, con calles principales y secundarias colocadas ortogonalmente. En varios años ya se podía transitar por la propuesta de avenida central con las distintas facultades alrededor, terminando en el Aula Magna. Pero este nuevo proyecto tenía otra magnitud y otro ritmo. Trujillo venía de una nota alta en abril de 1954, con el cierre de su Feria de la Paz epónima en Santiago de los Caballeros. Allí, en los terrenos del campo de béisbol Enriquillo, participaron instituciones gubernamentales y empresas privadas mostrando el avance del Cibao bajo el régimen. Aprovechando el cuarto de siglo que cumpliría al mando al año siguiente, el Partido Dominicano buscó replicar ese éxito a mayor escala. Ya el 24 de octubre de 1954 el periódico El Caribe estaría publicando los primeros planos del emplazamiento, con la fecha de inauguración oficialmente pautada para diciembre del año entrante. En otras palabras: González y su equipo tuvieron poco más de un año para desarrollar desde cero el conjunto urbanístico más ambicioso que la nación había visto. En la Feria hay algo del EUR, el complejo que comisionara Mussolini para Roma a finales de los 30 para una exhibición mundial que nunca llegaría a realizarse: ejes ortogonales y edificios gubernamentales construidos en materiales tradicionales. El mismo González pasaba por las mesas de dibujo de los miembros de otro equipo de ensueño arquitectónico que incluía a profesionales como Manuel Baquero Ricart, Margot Taulé, Rafael Tomás Hernández, Cuqui Batista, Amable Frómeta y Edgardo Vega Malagón, para ayudar a esbozar los componentes del despliegue, que se erigirían en materiales como mármol y alabastro. De ahí salió el imponente Palacio del Consejo Administrativo, hoy la sede del Ayuntamiento del Distrito Nacional. También tomó forma el edificio del Congreso Nacional, el Pabellón de las Naciones —con deudas notables al Perisphere de la feria neoyorquina de 1939— y una serie de pabellones internacionales que hoy siguen vigentes con otro fin. Por ejemplo, el Pabellón de España está ocupado por el Colegio Loyola; el Pabellón de la Santa Sede es actualmente el Templo San Rafael. El EUR terminaba a los pies del Coliseo Cuadrado, una muestra inteligente de racionalismo; la Feria terminaba casi a los pies del mar Caribe, con unas esculturas monumentales que giran alrededor de un globo terráqueo. Hoy el Coliseo es propiedad de Fendi, un proveedor romano de moda femenina de alta gama; hoy el globo es popularmente conocido como La Bolita, el proveedor capitaleño de cuerpos femeninos de bajo costo. Pero la Feria de Trujillo sí se haría. En marzo de 1955 el vice presidente Richard Nixon se reunió en la capital dominicana con el mandatario local, para indicar su apoyo a la celebración con un pabellón oficial en nombre de su país —algo que motivó a varias naciones a participar en el evento—. La inauguración de diciembre contó con la participación de 42 naciones; al año siguiente asistieron líderes regionales como el cardenal estadounidense Francis Spellman y Juscelino Kubitschek, el presidente brasileño que en 1957 iniciaría la construcción de Brasilia, el plan de desarrollo urbanístico y arquitectónico más complejo que jamás hubiese emprendido cualquier país latinoamericano hasta 182
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By then, González had already gained some experience working with largescale urban projects. In 1943 he had begun designing the masterplan of University City in a 340-thousand-square-meter lot. There, with a dream team made up of the likes of José Antonio Caro, Humberto Ruiz Castillo and brothers Leo and Marcial Pou Ricart, he developed a rationalist grid, with its main roadways and their tributaries placed perpendicularly. A few years later visitors could walk or drive through the main avenue with its many surrounding faculties, and end up on the stunning Lecture Hall. But this new project had another scope, another rhythm. Trujillo had hit a high note in April of 1954, with his eponymous Fair for Peace in Santiago de los Caballeros, the second largest city in the country. There, over at the Enriquillo baseball field, several government institutions and private businesses showcased the purported progress of the Cibao region under the regime. As the administration would be turning 25 the following year, the Dominican Party aimed to replicate that successful event on a larger scale. On October 24, 1954 a local newspaper, El Caribe, ran the initial blueprints for the upcoming project, pointing to a December 1955 opening date. In other words: González and his team had little over a year to develop, from scratch, the most demanding and ambitious urban compound the nation had ever seen. There’s something familiar about the Fair. It somehow resembles the EUR, the Roman complex commissioned by Mussolini in the late 1930s for an international exhibition that would never take place: it is a set of perpendicular axes and government buildings built using traditional materials. González himself would drop by the drafting tables of the members of his second dream team, featuring architects such as Manuel Baquero Ricart, Margot Taulé, Rafael Tomás Hernández, Cuqui Batista, Amable Frómeta and Edgardo Vega Malagón, in order to help them define the components of the proposal, to be erected using marble and alabaster. That led to the impressive Palace for the Administrative Council, which today hosts the mayor’s office. That exercise also created the seat of the Congress, the Pavilion of Nations —an obvious loan from the Perisphere showcased during the 1939 New York fair— and a series of international pavilions that live on today thanks to their rerouted purposes. For example, the Spanish Pavilion is now the home of the Colegio Loyola, previously a respected all-boys school and now a co-ed institution; the Holy See’s Pavilion is now the Temple of Saint Raphael. The EUR ended at the feet of the Square Colosseum, an intelligent example of rationalist architecture; the Fair ended at the feet of the Caribbean Sea, with monumental sculptures circling a large globe. Today the Colosseum is owned by Fendi, a Roman purveyor of high-end women’s fashion; nowadays the globe is commonly known as La Bolita —the little ball—, the city’s purveyor of low-cost women’s bodies. But unlike Mussolini’s exhibition, Trujillo’s fair would actually take place. In March of 1955 Richard Nixon met the Dominican ruler in Ciudad Trujillo, in order to signal his support for the celebrations —the American vice president authorized the construction of an official pavilion for his country, which pushed other nations to follow suit. The December inauguration had 42 countries present; the following year regional leaders such as American cardinal Francis Spellman and Juscelino Kubitschek, the Brazilian president who in 1957 would lead the way towards the creation of Brasilia, the most com183
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entonces. Para alojar a los visitantes que tanto esperaba el Gobierno, a González también le tocó encargarse de la producción de un anexo de 100 habitaciones al noroeste del Jaragua, a un costo de RD$632,800. El nuevo cuerpo también incluía un enorme bar para desayuno y meriendas, así como una terraza de recreo y un patio interior. El recién llegado, de dos plantas, se comunicaba con la nave nodriza a través de una pasarela cubierta. Pero aún el Jaragua no era suficiente para el horizonte turístico que vislumbraba Trujillo. Las autoridades esperaban más de medio millón de visitantes entre la inauguración de la Feria y su cierre en diciembre de 1956. Para estar debidamente preparados, trabajaron en la construcción de dos hoteles metropolitanos más: el Paz, mirando hacia el mar Caribe, y el Embajador, ubicado sobre un farallón en una zona poco poblada por encima del límite de la avenida Independencia —lo que era considerado por muchos como las afueras de la ciudad—. El Paz, hoy conocido como el Hispaniola Hotel & Casino, fue diseñado por González y Caro con una capacidad de 165 habitaciones. El Embajador fue autoría del arquitecto estadounidense Roy France y erigido por la empresa Merrit-Chapman & Scott, quien también trabajó la decoración de interiores. Esta no fue una movida necesariamente extraña, pues ya el Gobierno tenía experiencia con la apertura de hoteles en todo el territorio nacional. Tras la percepción positiva de la apertura del Jaragua, el trujillato dispuso en 1945 un proyecto para la apertura casi en cadena de 14 hoteles en los puntos más atractivos del interior del país, con un costo de 12 millones de pesos —entonces a la par con el dólar estadounidense—. Por ejemplo, el Club Hotel de San Cristóbal, diseñado por Henry Gazón Bona, contaba con 12 departamentos y una suite presidencial, así como campos de tenis con gradas y estrados, campos de polo, salones de billar, una biblioteca, un pequeño casino, un restaurante y un bar. El Hamaca de Boca Chica, diseñado por González con 28 habitaciones, se previó con casino, bar, restaurante, una piscina de agua salada y espacios de recreo al aire libre. El Maguana en San Juan de la Maguana, diseñado por Gazón Bona junto a Margot Taulé, se construyó en 1946 bajo lineamientos modernos. El Hotel Nueva Suiza en Constanza llevaba 30 dormitorios, un casino, un restaurante y salones de recreo, rodeado de una cascada y la campiña montañosa. El Montaña, en Jarabacoa, tenía 26 habitaciones, baños privados, una cafetería, un salón de juegos y piscina. El Matum de Santiago tenía 60 habitaciones y baños privados, una piscina y un club nocturno. También estaban en la lista el Tamarindo en Higüey, el Marién en Santiago Rodríguez, el Generalísimo en la capital, el Caoba en Mao, el Villa Suiza en Sabana de la Mar, el Guarocuya en Barahona, el Santa Cruz en El Seibo y el Jimaní en la ciudad del mismo nombre. Hasta ahí, todo bien. Solo que no del todo. El país estaba en la lista negra de muchos viajeros debido al récord criminal de la dictadura. Se estima que entre su toma de poder y su ajusticiamiento en mayo de 1961, el dedo de Trujillo marcó a más de 50 mil personas, incluyendo a los asesinados durante la Matanza del Perejil de 1937, al igual que activistas como Mauricio Báez y las hermanas Mirabal y el exiliado español Jesús de Galíndez. En 1948 sería denunciado en una cumbre ante la Organización de Estados Americanos por el entonces presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt —y como paga, en 1960 el régimen intentaría asesinarlo con un coche bomba en Caracas—. Así que, aunque los emisores naturales de turistas como 184
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plex urban planning project in the history of Latin America. In order to provide accommodation for the visitors the government so dearly expected, González also had to take charge of a 100-room annex on the northwestern side of the Jaragua Hotel, at a cost of RD$632,800. The new body also included a massive bar for breakfasts and light meals, as well as a lounge-terrace and an inner courtyard. The new arrival, two stories high, was connected to the mothership via a roofed walkway. But even then the great Jaragua was not large enough for Trujillo’s dreams of tourism. The government expected more than half a million visitors between the event’s inauguration and its conclusion in December of 1956. In order to be properly prepared to receive them, local authorities worked on the creation of two additional metropolitan hotels: the Paz, overlooking the Caribbean Sea, and the Embajador, placed atop a crag in a scarcely populated area above the Avenida Independencia —what many considered to be outside of the city center. The Paz, today known as the Hispaniola Hotel & Casino, was designed by González and Caro with 165 guestrooms. The Embajador was penned by American architect Roy France, and built by the Merrit-Champan & Scott firm, which also handled the interior design. This wasn’t necessarily an odd move, as the government already had some experience with opening new hotels all over the country. After the positive reception of the Jaragua itself, the regime embarked on a 14-hotel chain reaction throughout some of the most appealing spots all over the country, at a cost of 12 million pesos —back then, a Dominican peso was equivalent to an American dollar. For example, San Cristóbal’s Club Hotel, designed by Henry Gazón Bona, had 12 apartments and a presidential suite, as well as a tennis court with stands, polo fields, several pool halls, a library, a small casino, a restaurant and a bar. Boca Chica’s Hamaca Hotel, designed by González with 28 guestrooms, included a casino, a bar, a restaurant, a saltwater pool and several open-air leisure spaces. The Maguana Hotel in San Juan de la Maguana, designed by Gazón Bona alongside Margot Taulé, was built in 1946 following modernist tenets. The Nueva Suiza Hotel in Constanza had 30 rooms, a casino, a restaurant and several leisure halls, surrounded by a waterfall and the mountainous countryside. The Montaña Hotel, in Jarabacoa, had 26 rooms featuring ensuite bathrooms, a cafeteria, a game hall and a pool. Santiago’s Matum Hotel had 60 guestrooms with ensuite bathrooms, a pool and a nightclub. There were also Higüey’s Tamarindo Hotel, Santiago Rodríguez’s Marién, the capital’s Generalísimo —named after you-know-who—, Mao’s Caoba, Sabana de la Mar’s Villa Suiza, Barahona’s Guarocuya, El Seibo’s Santa Cruz and the Jimaní Hotel in the city of the same name. So far, so good. Except… not really. The country was on the blacklist of many travelers due to the dictatorship’s criminal record. Between his ascent to power and his assassination in May of 1961, an estimated 50 thousand people lost their lives to Trujillo’s whims, including the victims of the 1937 Parsley Massacre and activists such as Mauricio Báez, the Mirabal sisters and Spanish exile Jesús de Galíndez. In 1948 he faced several accusations in front of the Organization of American States, denounced by Venezuelan president Rómulo Betancourt —and, as payback, in 1960 the regime would try to murder him using a car bomb in Cara185
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Estados Unidos y Europa se encontraran en medio del boom económico de la posguerra y el país contara con puertos adecuados para recibir transporte internacional, República Dominicana todavía no figuraba como un gran destino atractivo dentro del imaginario turístico del mundo desarrollado. El deseo de Trujillo de ver turistas en Dominicana era inversamente proporcional a su capacidad de ser un líder democrático y respetuoso de los derechos humanos. La Feria de la Paz, de hecho, fue un fiasco en cuanto a recepción de visitantes: del medio millón esperado solo llegaron 24,000 en los primeros siete meses de apertura. Así que, si el país no recibía una cantidad operativa de turistas, ¿para qué tanta construcción más que para saciar la sed megalómana del Jefe? Solo hay que escuchar la opinión de Mario Fermín Cabral, uno de los más notables impulsores del trujillato y colaborador directo con el mandatario desde antes de tomar el poder en 1930. Fue senador por la provincia de Santiago y, en su rol como presidente del Senado entre 1930 y 1938, fue el autor de la idea del cambio de nombre de Santo Domingo a Ciudad Trujillo. Cuando los críticos cuestionaban la rentabilidad de los hoteles, Fermín Cabral respondió que, si bien ninguno tenía una clientela que costeara el mantenimiento, Trujillo construía con vista al futuro. En otras palabras: entre 1942, cuando fue inaugurado el Jaragua, y 1961, cuando cayó el régimen, los hoteles nacionales no fueron rentables. Estas edificaciones fueron una combinación de una serie de caprichos, juguetes arquitectónicos para alimentar el ego de un tirano que no veía la realidad con ojos limpios, así como la visión a destiempo de alguien que sabía que el país tenía el potencial de convertirse en el destino turístico número uno de la región, como eventualmente ha sucedido. De hecho, el tan esperado flujo turístico sí venía de camino… solo que en su ambición el Gobierno se hizo un autogol con la creación del Hotel Embajador. Inaugurado el 12 de febrero de 1956, tuvo un costo de construcción y equipamiento de cinco millones de pesos. Sus ocho pisos contaban con 310 habitaciones, cada una con balcón, amuebladas al estilo provenzal con piezas importadas desde Nueva York, Miami y Nueva Orleans. El complejo también incluía un patio español, varias canchas de tenis, un casino, un club nocturno, una piscina y una concha acústica para espectáculos. Aparte, ya que lo alejado de su ubicación lo permitía, en sus inmediaciones se construyeron un campo de golf y un campo de polo, este último el deporte predilecto de Ramfis Trujillo. Y lo más importante, debido al clima local: el hotel venía equipado con aire acondicionado, una novedad en el país a esa escala. A pesar de su reciente remodelación, el Jaragua se había quedado varios kilómetros detrás del Embajador, que fue el primer hotel de categoría de lujo en Dominicana. Si el Jaragua era un crucero frente al mar, el Embajador era una nave espacial sobre un farallón. El éxito del hotel del Malecón no estaba en sus habitaciones, sino que residía en funcionar como un club social para la clase alta capitaleña. Sin embargo, a los pocos años, la crema y nata prefería pasar sus noches en el Embassy Club en vez de bailar bajo la luna que viste de plata y amor. Mientras Trujillo estuvo vivo, era costumbre mediática el maquillar los datos de rentabilidad de estos proyectos. Según una pieza del periódico La Nación en febrero de 1947, el Jaragua comenzó a funcionar con muy pocos huéspedes por causa de la Segunda Guerra Mundial, y solo era visitado por un puñado de comerciantes, militares y 186
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cas. So, while the country’s organic visitors —that is, Americans and Europeans— were in the middle of a postwar economic boom and the country finally had some comfortable sea ports and airports to welcome international arrivals, the Dominican Republic was not a bonafide travel destination for those in the developed world. Trujillo’s desire to see tourists visiting Dominican soil was inversely proportional to his ability to act as a democratic leader who respected human rights. The Fair for Peace, in fact, was an abject failure when it came to visitor numbers: that expected half a million became 24,000 in the first seven months of its opening. So, if the country wasn’t receiving a healthy amount of tourists, why would local authorities insist on building new hotels, if not to appease the megalomaniac-in-chief’s thirst for greatness? There was the version unwittingly presented by Mario Fermín Cabral, one of the most visible promoters of the regime and a close collaborator even before Trujillo’s inauguration in 1930. A senator for the Santiago province, as the president of the legislative body between 1930 and 1938 he was the mastermind behind the idea of changing Santo Domingo’s name to Ciudad Trujillo. When critics questioned the profitability of the chain of hotels, Fermín Cabral responded that, while none actually received enough visitors to keep them afloat on their own, the president saw them as an investment in the country’s future. In other words: between 1942, the year the Jaragua Hotel opened, and 1961, the year the regime fell, no state-sponsored hotel was actually profitable. These buildings represented a series of flights of fancy, a group of architectural toys used to bolster the ego of a tyrant who refused to see things as they were… and yet they also stand for the untimely vision of someone who somehow knew the country had the potential to become the number one destination in the region, as it eventually did happen. In fact, the much-awaited influx of tourists was around the corner… it’s just that, against their better judgment, local authorities scored an own goal by creating the Embajador Hotel. Opened on February 12, 1956 at a cost of five million pesos, its eight floors came with 310 guestrooms —each with their own balcony— furnished with Provençal-style pieces imported from New York, Miami and New Orleans. The complex also included a Spanish courtyard, several tennis courts, a casino, a nightclub, a pool and a bandstand. On top of that, as its not-so-central location allowed for such whimsy, the government also built a golf course and a polo field in a nearby lot —polo was the sport of choice of the now-adult Ramfis, the son of Trujillo. And most importantly, given the local weather conditions: the hotel came equipped with air conditioning, quite the novelty in the country, particularly at that scale. In spite of its recent refitting, the Jaragua Hotel was lagging several years behind the Embajador, the first truly luxury hotel in the country. If the Jaragua Hotel was a cruise ship across the sea, the Embajador was a spaceship atop a precipice. The success of the establishment by the promenade wasn’t necessarily located in its rooms, but instead in its ability to function as a social club of sorts for the local upper classes. Nevertheless, barely a few years later, the city’s high society would have rather spent its nights at the Embassy Club instead of dancing under the moon that wanted to bathe them in silver and love. While Trujillo was alive, the media would generously conceal the real profitability reports for these projects. According to a piece by La Nación, published in Febru187
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funcionarios. La noticia indica que, para 1944, el hotel recibió 4,500 visitantes; en 1945 subió a siete mil y en 1946 el total fue 10 mil. Para ese entonces, con sus 36 habitaciones dobles, 30 sencillas y tres suites, el hotel tenía capacidad para alojar 108 personas por noche. Si la estadía promedio era de tres noches, esos números, aun estando inflados, no cuadraban del todo. Cuando el Gobierno puso la maquinaria hotelera a correr a todo vapor, los reportes tampoco cuadraban. Miguel A. Román, inspector de hoteles estatales durante el último lustro del régimen trujillista, encendió la alarma en sus informes producidos entre julio de 1956 y abril de 1957. Román se refiere en ellos a una “ruinosa” situación económica debida “no solo a la falta de movimiento turístico… sino también a los excesivos gastos de personal y a la falta de actos artísticos de importancia para atraer al público con shows para el consumo de bebidas y juegos”. De hecho, el Paz se vio en la necesidad de cerrar antes de cumplir los dos años de inauguración, debido a la falta de huéspedes para cubrir los gastos. En 1957, el promedio de ocupación del Jaragua fue de un 29.67 por ciento —en comparación, aun con todos los bombos y platillos de su apertura, el del Embajador fue de apenas un 24.19 por ciento en ese mismo año—. En 1958 fue de un 32.87 por ciento y en 1959 de un 34.20 —el Embajador tuvo promedios de 20.45 y 23.38 en esos dos años, respectivamente—. En esos tres años, el Jaragua estuvo en rojo, con una pérdida de casi 53 mil dólares en 1957, de casi 78 mil en 1958 y de casi 215 mil en 1959, sin contar la depreciación de la propiedad. Esto debía, obviamente, inquietarle a la empresa administradora. En mayo de 1941 el presidente de la American Hotels Corporation, Leslie Kincaid, le propone al Estado dominicano crear una compañía por acciones para arrendar el hotel, ganando un porcentaje de los beneficios obtenidos y recibiendo un subsidio para subsanar cualquier pérdida. Esta compañía administradora se encargaría por completo del negocio, contratando empleados y haciendo compras. La arrendataria se comprometía a enviar al Gobierno informes mensuales de ganancias y pérdidas. A cambio, la compañía recibiría exclusivamente un 10 por ciento de las entradas por concepto de alquiler de habitaciones; todos los demás servicios estaban fuera de consideración. Sin embargo, no existen datos sobre quién administró el hotel entre 1942 y 1952, cuando el Estado finalmente firma un contrato con la American Hotels Corporation —aunque en una visita al hotel alrededor de 1946 la estadounidense Page Cooper habla de Tony Vaughn, un compatriota de origen irlandés al mando de la gerencia—. En diciembre de 1953, el contrato fue rescindido por el Estado por incumplimiento. En la comunicación, el director ejecutivo de la Junta de Administración de Hoteles del Estado, el señor Manuel De Moya Alonzo, explica que la compañía administradora no pagó prestaciones a empleados despedidos y que no hizo un trabajo adecuado en el área de mercadeo. Más revelador aun: De Moya Alonzo dijo que, tras la intervención directa de la junta en 1952 y 1953, este último año fue el primero en la historia fiscal en el cual el hotel pudo cerrar con beneficios. Para decirlo de otra forma: si bien no hay datos oficiales disponibles sobre quién o cuál compañía, sea dominicana o extranjera, estuvo administrando el hotel desde la fecha de su apertura, lo único constatable es que la primera década efectivamente dejó pérdidas. 188
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ary of 1947, the Jaragua Hotel opened its doors to barely a handful of guests due to the outbreak of World War II, and was visited mostly by businessmen, military envoys and government officials. The newspaper indicated that by 1944 the hotel had received some 4,500 guests; in 1945 the number rose to seven thousand and in 1946 to 10 thousand. By then, with its 36 double rooms, its 30 single rooms and three suits, the property could comfortably lodge 108 guests per night. Taking into account an average three-night stay, these numbers, while exaggerated, didn’t quite make sense. The numbers wouldn’t make sense years later, either, when the government went full steam on the hospitality industry. Miguel A. Román, the inspector of the stateowned hotels during the last five years of the regime, rang the alarm in his reports written between July of 1956 and April of 1957. Román referred to their “disastrous” economic situation due to “not just the lack of incoming visitors… but also due to the excessive expenses on human resources and the lack of attractive musical acts to reel people in to spend collateral money on games and drinks.” In fact, the Paz Hotel had to shut down right before it turned two, due precisely to the lack of guests. In 1957, the Jaragua Hotel’s average occupancy rate was 29.67 percent —and even with all the hoopla surrounding its opening, the Embajador Hotel’s rate was barely 24.19 percent that same year. In 1958 it went up to 32.87 and the year after it hit 34.20 —the Embajador Hotel had an average of 20.45 and 23.38 during those two years, respectively. Between 1957 and 1959, therefore, the hotel was in the red, with losses of more than 53 thousand dollars in 1957, almost 78 thousand in 1958 and nearly 215 thousand in 1959 —that is, not taking into account the actual depreciation of the property itself. This should have obviously been a cause for concern for the managing entity. In May of 1941, the president of the American Hotels Corporation, Leslie Kincaid, approached the local government with the proposal of creating a company that would lease the property; the firm would receive a percentage of the earnings obtained, as well as a subsidy to make up for any losses. This managing firm would completely oversee the business, hiring employees and dealing with procurement, and would agree to send the government monthly profit-and-loss statements. In return, the company would receive 10 percent of the income derived from lodging activities; any other service was out of the question. And yet, there’s no information regarding who ran the hotel between 1942 and 1952, when the government finally signed an agreement with the American Hotels Corporation —even though during her visit, circa 1946, American writer Page Cooper spoke of Tony Vaughn, a fellow countryman of Irish ancestry in charge of running the hotel. In December of 1953 the contract was terminated due to a breach in the terms. In the letter sent to the corporation, the executive director of the Administrative Board for State Hotels, Manuel De Moya Alonzo, explained that the firm failed to provide adequate compensation to dismissed employees and also did a poor job in terms of marketing. Even far more revealing: De Moya Alonzo wrote that, after the board’s direct intervention in both 1952 and 1953, the latter was the first year in the hotel’s financial history during which the bottom line was in the black. In other words: while there’s no official information regarding who was in charge of the business from the moment of its opening, its first decade certainly produced a stream of losses. 189
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Sin embargo, en la carta de respuesta de Stuart E. Hockenbury, vicepresidente de la American Hotels Corporation, se entiende de dónde vino el ahorro: la Junta cortó drásticamente los gastos de publicidad, reparaciones, mantenimiento y música. En su opinión, para un hotel con 10 años cumplidos, el presupuesto de mantenimiento era esencial. Aun así, el contrato fue rescindido el 18 de febrero de 1954… pero ya para el 11 de febrero las autoridades habían firmado un contrato con Daniel Lifter para la administración. En mayo del mismo año, el Estado debió invertir RD$63,429.92 en reparaciones, mayormente del Patio Español —los mosaicos estaban gastados—, la concha acústica —en peligro de derrumbe— y las filtraciones de las habitaciones del cuarto piso, que se ponían en sus buenas durante los días de lluvia. Aparte, los ascensores y el área de lavandería, así como el mobiliario, estaban en condiciones deficientes. Ese mismo mes, Lifter solicitó el traspaso del contrato a la Miami Jaragua Hotels Corporation… quien no aceptó el inmueble por tener reparaciones pendientes, pues el dinero invertido solo había dado para mejorar el Patio Español. Y aun en esas condiciones, con la Feria de la Paz a la vuelta de la esquina, el Estado decidió invertir más de 600 mil pesos en construir un anexo en vez de devolver el cuerpo central a sus condiciones óptimas. La Miami Jaragua Corporation llevó al Estado Dominicano a la corte estadounidense, un proceso que termina en 1957 a favor de este último. En medio de esta batalla legal, el Jaragua es arrendado en diciembre de 1955 a El Embajador C. por A., que ya estaba administrando el hotel del mismo nombre junto, además, al Hotel Paz. Ahí vuelve a levantar la voz Miguel A. Román, el inspector de hoteles estatales, denunciando una competencia desleal para sabotear el Hotel Jaragua y su casino en favor de las otras dos propiedades. Román cuenta cómo se han suspendido la música y los shows en el Jaragua —Luis Alberti y su orquesta nunca volvieron a tocar allá—, mientras que en el Embajador y el Paz la música seguía encendida. En diciembre de 1956 alerta de otra situación alarmante: los ejecutivos de la administradora habían ordenado a la intermediara turística Fedders Quingan a no alojar a sus clientes —4,800 turistas— en el Jaragua, sino llevarlos directamente al Embajador. El inspector pidió, vehementemente, una auditoría. Afortunadamente, en marzo de 1957, el contrato es rescindido por acuerdo entre ambas partes… pero no sin que antes la firma administradora recibiera una compensación por los RD$243,609.86 de pérdidas que alegaba haber tenido durante sus 15 meses de operación. Lo que es más: aun con el contrato rescindido, la firma seguía robándole turistas al Jaragua, cancelando las reservaciones de los pasajeros que llegaban al aeropuerto General Andrews gracias a un empleado comprado. Si antes el hotel tenía entradas diarias por concepto de alquiler de habitaciones de hasta RD$1,500, con esa artimaña bajaron a RD$600. De ahí, en abril de 1957 la administración pasa a la compañía del Hotel Matum, que realiza inmediatamente recortes de personal en el Jaragua. En julio del mismo año, sin embargo, el Estado firma un contrato de venta con la Intercontinental Hotels Corporation por concepto de los hoteles Jaragua y Embajador a un costo de nueve millones de pesos. Este monto debería ser pagadero a un plazo de 15 años, con vencimiento en junio de 1972. El contrato podría ser rescindido por falta de pago de la Intercontinental, si las utilidades brutas de operación en tres años no llegaran a alcanzar el monto de la cuota 190
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And yet, in the reply from Stuart E. Hockenbury, the vice president of the American Hotels Corporation, the reason for the 1952-1953 savings is made evident: the board drastically cut advertising expenses, as well as the funds allocated for repairs, upkeep and live music. In his opinion, a 10-year old property should not be skimping on its maintenance budget. Still, the contract was terminated on February 18, 1954… but on February 11 the government had already signed a new management contract with a certain Daniel Lifter. In May of that same year local authorities had to invest RD$63,429.92 on repairs, particularly for the Spanish Courtyard —the tiles were on their way out—, the bandstand —at risk of collapse— and the water leaks on the fourth-floor guestrooms —which went full Rothko on the ceiling on rainy days. On top of that, the elevators and the laundry area, as well as the furniture, were in need of considerable TLC. That same month, Lifter asked to transfer the contract to the Miami Jaragua Hotels Corporation… which did not accept the property due to its pending repairs, as the funds invested only went as far as the Spanish Courtyard. And even in these conditions, with the Fair for Peace around the corner, the government decided to spend more than 600 thousand pesos on building an annex, instead of investing in bringing the original volume back to tip-top conditions. The Miami Jaragua Corporation took the Dominican government to court in the United States, with the latter winning the case in 1957. In the middle of this legal battle, in December of 1955 the Jaragua property was leased to El Embajador C. por A., which was already managing the hotel of the same name, as well as the Paz Hotel. Once more, Miguel A. Román, the general inspector of state-owned hotels, sensed something rotten in the state of Dominicana: he presented an accusation of unfair competition, given the company’s plans to sabotage the Jaragua Hotel and its casino in favor of the other two properties. Román detailed how the music and the shows were cut short at the Jaragua Hotel —Luis Alberti and his orchestra would never set foot in the bandstand again—, while the lights were still on over at the Embajador and the Paz. In December of 1956 he exposed yet another alarming situation: the company’s executives had ordered travel middleman Fedders Quingan to refrain from sending their customers —4,800 tourists in total— to the Jaragua Hotel, instead sending them straight to the Embajador. The inspector strongly demanded an audit. Fortunately, in May of 1957 the contract was rescinded upon mutual agreement of the parties involved… but not before the firm received a compensation for RD$243,609.86 in order to cover their alleged losses during the 15-month period. What’s more: even after having terminated the contract, the firm would still steal customers from the Jaragua Hotel, having bribed an airport employee who would cancel their reservations as soon as they landed. So while the hotel used to have a daily income of up to RD$1,500 from lodging activities alone, this ruse brought it down to RD$600 per day. From then on, in April of 1957 the company running the Matum Hotel took charge of the management duties, starting its run with a string of dismissals among the personnel. In July of that same year, the government signed a contract with the Intercontinental Hotels Corporation for the sale of both the Jaragua and the Embajador properties at a total cost of nine million pesos. This amount would be payable throughout a 15-year term, due in June of 1972. The contract could be terminated if the corporation failed to 191
¿HASTA DÓNDE SE PUEDE ESTIRAR UN SÍMBOLO?
anual o por restricciones de turismo impuestas por el gobierno. En agosto de 1959 ya Curt W. Peyer, administrador general de la Corporación Intercontinental de Hoteles, le estaba enviando una carta quejosa a Ramón Menéndez, secretario de Estado de Industria y Comercio. En ella explicaba que, aun habiendo invertido 175 mil pesos en reparaciones y casi 300 mil pesos en mercadeo, la empresa llevaba un déficit de RD$833,107.47 al 31 de diciembre de 1958. En diciembre de 1959 pactan cerrar provisionalmente el Jaragua, debido a su elevado costo de mantenimiento. En medio de las negociaciones para su reapertura, los administradores estimaron que habilitarlo con aire acondicionado, como ya era debido en esos tiempos, costaría no menos de medio millón de pesos. En julio de 1961, la Intercontinental le devuelve el hotel al Estado. En abril de 1962 pasa a manos de la Compañía Dominicana de Fomento, con un contrato por un término de 10 años y un compromiso de realizar reparaciones y mejoras. Notando los beneficios que recibía el Embajador en materia de exoneraciones de impuestos, la empresa solicitó condiciones similares… que no recibió. A mediados de 1964, el Estado rescinde su contrato de arrendamiento. Para seguir con el juego de la papa caliente, en agosto del mismo año el Estado le arrenda la propiedad a la firma Jaragua S.A. por un período de 10 años, con el compromiso de pago de 100 mil pesos anuales durante los primeros cinco años y luego el monto mayor entre los 100 mil pesos o el 25 por ciento de los beneficios netos anuales de la compañía. Las partes acuerdan clausurar el hotel por para realizar mejoras por un monto de 1.2 millones de dólares. La firma entonces pacta un acuerdo de administración con la Sheraton International Hotels Inc. que indica que, una vez realizadas las reparaciones por la Sheraton Design & Development Company a un costo de 1.25 millones de dólares, el hotel sería operado por la Sheraton Co. Como todo iba viento en popa, el hotel cierra a principios de 1965… hasta que estalla la revolución en abril. Ahí, la gerencia del anexo del Hotel Jaragua firmó un convenio para proveer servicios hoteleros a la Organización de Estados Americanos, aparte de servicios de comedor y cocina, por un total de US$20,200. El contrato era ilegal, debido a que la firma Jaragua S.A. estaba pagando el alquiler mensual del hotel, aun estando cerrado. El contrato fue traspasado a los incumbentes en julio, pero el mismo no fue suficiente para cubrir los gastos de la ocupación. Como resultado, la empresa tuvo pérdidas de aproximadamente 100 mil dólares. Por otro lado, habían alquilado el edificio principal del hotel al ejército estadounidense para alojar a las tropas de la llamada Fuerza Interamericana de la Paz. Por esa razón, el Estado rescinde el contrato con la empresa en octubre de 1966. Al salir las tropas, el administrador general de Bienes Nacionales hizo un inventario detallado del hotel; al poco tiempo, la Secretaría de Obras Públicas y Comunicaciones elaboró un presupuesto para la rehabilitación del inmueble. El monto llegó a RD$385,334.49 sin contar los gastos en mobiliario ni equipos. En marzo de 1967 el Estado firma un contrato con Francis J. Ronani y Richard B. Rodgers, comprometiéndose a traspasarlo a una corporación que operaría el cuerpo central y su anexo. A pesar de sus esfuerzos, para mayo de 1968 solo logran reabrir el anexo y la primera planta del edificio principal. En marzo de 1971 el Estado rescinde el contrato por falta de pago. Tras renegociar las cláusulas, Ronani y Rodgers lograron quedarse con el anexo, que desde entonces 192
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pay the government as described, if for a period of three years the gross operating profit wasn’t able to reach the amount of the annual installment or due to tourism restrictions imposed by the government. In August of 1959 Curt W. Peyer, the general manager at the Corporación Intercontinental de Hoteles, the company’s local offshoot, sent a detailed complaint to Ramón Menéndez, the secretary of State for Trade and Industry. In his letter Peyer explained that, even after having invested 175 thousand pesos in repairs and close to 300 thousand pesos in marketing, the business was hauling a deficit of RD$833,107.47 by the December 31, 1958 cutoff date. In December of 1959 they agreed to shut down the hotel temporarily, due to the high cost of its upkeep. In the middle of the many negotiations to reopen it, the managing company estimated that refurbishing it with air conditioning units, as the times called for, would cost upwards of half a million pesos. In July of 1961, therefore, the Intercontinental company returned the hotel to the local authorities. In April of 1962 the property was leased to the Compañía Dominicana de Fomento on a 10-year contract, which included a clause for repairs and improvements in its infrastructure. But once the company noticed the many tax cuts available to the Embajador Hotel, they demanded equal conditions for the Jaragua… which were not granted. So, in mid-1964, the government rescinded the contract. To continue with this fun game of hot potato, in August of that same year the government leased the property to Jaragua S.A. for a period of 10 years, committing to paying 100 thousand pesos per year during the first five years and then the higher amount between either 100 thousand pesos or 25 percent of the net operating profit. The parties involved agreed to shut down the hotel in order to carry out repairs valued at 1.2 million dollars. The company then signed a management agreement with the Sheraton International Hotels company, which stated that once the repairs carried out by the Sheraton Design & Development Company at a total cost of 1.25 million dollars were in place, the property would be operated by Sheraton Co. As everything was smooth sailing, the hotel shut its doors in early 1965… until the revolution hit the fan in April. Given the dire political situation, the management company signed an agreement to provide lodging services to the Organization of American States, as well as access to dining facilities and catering, for a total of US$20,200. The contract was deemed illegal, as Jaragua S.A. was paying for the hotel’s monthly lease, even as it was closed to the public. The contract was transferred to the new incumbents in July, but even that wasn’t enough to cover the expenses created by the military invasion. As a result, the company suffered some 100 thousand dollars in losses. On the other hand, they had certainly rented out the hotel’s main building to the troops of the so-called Inter-American Peace Force. That was enough to get their contract terminated on October of 1966. Once the troops left the country, the general manager at Bienes Nacionales, the organization in charge of overseeing national property, carried out a detailed inventory of the hotel; a short while later, a team at Public Works prepared a budget to refurbish the building. The partial amount was RD$385,334.49, as it was still missing a long list of line items destined for furniture and technical equipment. In March of 1967 the government signed a contract with Francis J. Ronani and Richard B. Rodgers, who agreed to transfer the lease to a company that would run the main building and its annex. In spite of their ef193
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fue conocido popularmente como el Holiday Inn. Dos meses más tarde, lograron realizar los pagos adeudados y el contrato siguió su curso. Sin embargo, en febrero de 1972 el Estado rescindió definitivamente lo acordado, tanto por falta de pago como por el estado de deterioro de las propiedades. Para poner el cambio de manos en pausa y poder realizar una auditoría exhaustiva, el Estado se adueña plenamente del hotel por un año. Hasta entonces, entre 1942 y 1973 la administración del Jaragua había pasado por 12 manos distintas. Los cálculos revelan que entre marzo de 1972 y enero de 1973 los ingresos llegaron a RD$661,325.91 y los egresos ascendieron a RD$680,270.43, para un déficit de RD$18,944.52. El Jaragua, en su estado actual, seguía aparentemente sin ser una operación rentable. El edificio que había nacido como un capricho de un rey muerto ahora parecía ser, como luego lo llamaría la prensa, un elefante blanco. Pero esa situación económica era cierta en su estado actual, siguiendo su propósito original. ¿Qué pasaría si alguien llegara a verlo como un escenario para otros fines?
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forts, by May of 1968 they had only managed to reopen the annex and the first floor of the main building. In March of 1971 the government rescinded the contract on the basis of missed payments. After renegotiating the clauses, Ronani and Rodgers were able to keep the annex, which since then became popularly known as the Holiday Inn. Two months later, they were able to make the missed installments and the contract carried on smoothly. Nevertheless, in February of 1972 the government made a permanent decision, based on (more) missed payments and the evident state of general disarray at the hotel. The authorities then decided to hit the pause button and carry out a detailed audit, thus shutting the hotel down for a year. Until then, between 1942 and 1973 the property had gone through 12 different sets of hands. The numbers reveal that between March of 1972 and January of 1973 total revenue hit RD$661,325.91 while losses amounted to RD$680,270.43, for a deficit of RD$18,944.52. The Jaragua Hotel, in its current state, was still an unprofitable operation. The building that had been born as one of the many vagaries of a long-dead king seemed to have become, as the local press would label it later on, a white elephant. But do notice that these numbers corresponded to the hotel in its then-current state, with operations that followed its original intent. What would happen if someone saw the complex as the stage for a different purpose altogether?
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Nuevas adiciones a finales de los 40: cinco bungalows y 57 habitaciones en un cuerpo hacia el este. Años después se instaló una concha acústica de hormigón para música en vivo. Late-40s newcomers: five bungalows and 57 guestrooms located in an eastern-facing addition. Years later, a concrete band shell would host live musical performances.
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En 1955 Guillermo González fue contratado para ampliar el hotel con un anexo independiente, conocido como Holiday Inn, de 100 habitaciones conectadas al edificio principal a través de una pasarela. In 1955 Guillermo González was in charge of creating a standalone annex, known as the Holiday Inn, featuring 100 guestrooms linked to the main compound via a walkway.
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En los 50 la fachada sur ya contaba con sus particulares toldos en color rojo teja, así como nuevas áreas al extremo oeste del edificio original. By the 1950s the southern façade already displayed its recognizable terracotta-colored awnings, as well as new areas located towards the western tip of the original building.
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En la doble página siguiente, una fotografía a vista aérea de 1960, mostrando el volumen principal ampliado hacia el este, los bungalows, la concha acústica y el anexo al norte. The following spread features a 1960 aerial view of the compound, showcasing the original building now expanded towards the east, the bungalows, the bandstand and the northern annex.
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El Club Hotel San Cristóbal de 1945, el Hotel Maguana en San Juan de la Maguana de 1946 y el Hotel Hamaca de Boca Chica, construido en 1951. Here are 1945’s San Cristóbal Club Hotel, 1946’s Maguana Hotel in San Juan de la Maguana and the Hamaca Hotel in Boca Chica, built in 1951.
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Arriba, el Hotel Montaña en Jarabacoa, de 1949; al centro, el Hotel Matum de Santiago, abierto en 1954 y debajo el Hotel Paz de Santo Domingo, de 1955. Above, Jarabacoa’s Montaña Hotel; center image, Santiago’s Matum Hotel, opened in 1954, and below is Santo Domingo’s Paz Hotel, from 1955.
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Con la reputación internacional por el suelo, el dictador quiso mostrar al mundo una ciudad vanguardista. De ahí surgió la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre de 1955.
Due to his nefarious international reputation, the dictator resolved to show the world a more avantgarde version of the city. That’s where the 1955 Fair for Peace and Fraternity in the Free World came in.
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Inaugurado en el marco de la Feria de la Paz, en 1956, el Hotel Embajador —construido bajo los estándares internacionales de lujo de la época— fue la sensación del momento. Created in 1956 as an amenity for the Fair, the Embajador Hotel —built under global luxury standards at the time— became the city’s it place.
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Durante la invasión de 1965, la Fuerza Interamericana de la Paz alquiló el Jaragua para hospedar a sus tropas. El alojamiento militar tristemente causó daños a la infraestructura. During the 1965 US occupation, the Inter-American Peace Force rented the Jaragua to accommodate its troops. The military guests unfortunately left the building worse for wear.
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Previo a 1946, la baja ocupación del Jaragua no llegó a justificar ampliación alguna. Sin embargo, el trujillato insistía en realizar expansiones para un turista futuro que no acababa de llegar. Esto quedó en evidencia durante la celebración de la Feria de la Paz en 1955 y 1956, cuando la ciudad terminó con más habitaciones hoteleras que huéspedes.
1955 Anexo norte (Holiday Inn) Northern annex (Holiday Inn)
c. 1954 Concha acústica Bandstand
c. 1952 Terraza jardín Roof garden
c. 1948 Ampliación del casino Casino extension
1948 Anexo este Eastern annex
Prior to 1946, the hotel’s occupancy rate certainly didn’t justify any expansion plans. Nevertheless, Trujillo’s government insisted on creating more space for a potential tourist that never quite arrived during his lifetime. In fact, this is what happened during the much-hyped fair that took place between 1955 and 1956: the city ended up with more hotel rooms than hotel guests.
c. 1947 Bungalows Bungalows
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El último baile del Jaragua CAPÍTULO
A swan song, a last dance CHAPTER
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Era literalmente apenas el primer piso del Hotel Jaragua, pero para Ellis Pérez ese era el centro del mundo. No había bien cumplido la mayoría de edad cuando vio un anuncio en el periódico El Caribe donde se solicitaba un joven de no más de 25 años, con conocimientos de inglés, para laborar en una agencia de viajes ubicada en el vestíbulo del hotel. Pérez ya conducía el Hit Parade de la emisora HIZ desde hacía un año, en sus emisiones diarias por la mañana y por la tarde, pero esa oportunidad se sentía dorada: era 1954 y el Jaragua era el punto de República Dominicana por donde todo el que era alguien pasaba sin falta. Como asistente en la Sutherland Tours of the Caribbean, parte de su rol era brindar ayuda a José Rafael Muñoz, el director de los paseos que contrataban los turistas en la ciudad o con almuerzo en Boca Chica. A media mañana le tocaba tomar un autobús azul, de estilo escolar, al aeropuerto General Andrews; tenía que esperar los vuelos de Pan American que llegaban cerca del mediodía desde San Juan o Miami para recibir a los turistas con servicio contratado. Aun sin huéspedes en su lista, hacía el recorrido junto al chofer Alfonso: a veces llegaban turistas sin reservación de habitación, y él obviamente los dirigía al mejor hotel del país. Y lo interesante es que siempre aparecía alguien: la agencia tenía oficinas en San Juan y en Puerto Príncipe, pero comparativamente había tanto movimiento en Ciudad Trujillo que ahí tenían su locación principal el matrimonio de Don y Barbara Sutherland. Pérez tenía permiso para retirarse temprano todas las tardes y así poder conducir el Hit Parade en su emisión de las cinco de la tarde. En un momento se le encendió el bombillo: ¿Por qué no conectar su pasión por la radio con las facilidades que le ofrecía el hotel? Así, le propuso a Homero León Díaz, director de la HIZ, entrevistar a las personalidades de notoriedad que llegaban al establecimiento. Así surgió Ellis Pérez entrevista, una emisión que realizaba con la cortesía de los huéspedes del Jaragua. Por ejemplo, en un momento se hospedó Gerhard Mennen Williams, gobernador del estado de Michigan. Mennen tenía un apodo revelador: Soapy, algo así como “Jaboncito”, pues era el heredero de la marca de productos de cuidado personal que llevaba su apellido, cortesía de su abuelo. En ese entonces, en República Dominicana eran muy conocidos sus talcos, así que Pérez lo presentó en su programa como “el hombre que tiene quesiyocuántos años empolvando al mundo”. En otro momento, un empleado de recepción le dio un dato interesante: el actor estadounidense William Holden estaba hospedado en una suite. El filme Picnic, que Holden había protagonizado junto a Kim Novak y que terminaría ganando dos Oscars, se había estrenado recientemente en Ciudad Trujillo y la cara agraciada del actor 214
A SWAN SONG, A LAST DANCE
It was literally just the ground floor of the Jaragua Hotel, but to Ellis Pérez it was the center of the universe. He had barely turned 18 when he saw an ad in El Caribe, a local newspaper, stating that a travel agency located in the hotel’s lobby was looking for an English-speaking young man, no older than 25, to work for them. Pérez had been hosting the Hit Parade at the HIZ radio station —both the morning and afternoon editions— for about a year, and yet that potential opportunity felt quite golden: it was 1954 and the hotel’s guestbook felt like a veritable who’s who of the most celebrated personalities to ever set foot in the country. As an assistant at Sutherland Tours of the Caribbean, his job entailed, among many other duties, helping José Rafael Muñoz, the director in charge of the city tours and the lunch trips over in Boca Chica. By 10 in the morning every day he would ride a blue schoolbus-like vehicle to General Andrews Airport; he had to welcome the guests who would be arriving from San Juan and Miami at around noon. And even with an empty guest list, he’d still venture out with Alfonso, the driver, as many tourists would arrive without a hotel reservation, and he would obviously point them to the finest establishment in the country. Interestingly enough, someone would always show up looking for accommodation: the agency had branches in San Juan and Port-au-Prince, but they couldn’t compare to the sheer buzz of Ciudad Trujillo, which is why married couple Don and Barbara Sutherland decided to set their headquarters in the Dominican city. Pérez was allowed to leave early in the afternoon, as he had to host the five o’clock Hit Parade. At one point a light bulb went off in his head: Why not combine his passion for radio with the many resources provided by the hotel? So he went to see Homero León Díaz, the director of the HIZ radio station, and pitched him an odd idea: he would interview the celebrities and distinguished citizens who stayed at the Jaragua Hotel. That marked the birth of Ellis Pérez entrevista, a show that ran on the generosity of the guests. For example, there was the one time he interviewed Gerhard Mennen Williams, the governor of the state of Michigan. Mennen had a revealing nickname: Soapy, a moniker that came from his role as the heir of a personal care behemoth, courtesy of his grandfather. Back then, Mennen talcum powders were quite well known in the Dominican Republic, so Pérez introduced him on the show as “the man who has been powdering the world for more than a gazillion years.” Some time later a receptionist would give him quite the tip: American actor William Holden was staying in one of the suites. Picnic, the future two-Oscar winner he had starred in alongside Kim Novak, had recently premiered in Ciudad Trujillo, and the heartthrob’s handsome face had left a long trail of smitten Dominican 215
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había vuelto loca a más de una mujer dominicana. Su voz en la radio, captada por Pérez en su entrevista, tuvo un efecto similar. Trabajar en ese vestíbulo le permitió estar en el lugar correcto en el momento correcto casi todos los días. De hecho, gracias a conversaciones fortuitas en el área del bar y de la piscina pudo obtener sus dos próximos empleos: primero como asistente del director de música y espectáculo de los nuevos hoteles erigidos para la Feria de la Paz —el Embajador, el Paz y el provisional Angelita que luego se convertiría en un hospital infantil— y luego como director propiamente, ante la partida del músico estadounidense Donald Brian. El segundo fue como asistente del director de un crucero por la zona del Caribe, donde al año fue promovido a director. Con el atractivo pago que recibía, armó un plan: ahorrar para volver a la ciudad y comprar los equipos necesarios para crear una emisora con todas las de la ley. Así, en 1963 ya había adquirido un transmisor de cinco kilovatios, algo inusitado en el país. Logró conseguir una de las frecuencias más bajas posibles —a menor número, mayor alcance— y consiguió la 650, algo solo superado por Radio Televisión Dominicana en la 620. Tan solo le faltaba encontrar el lugar ideal para colocar la cabina, y él no pudo pensar en mejor ubicación que el centro del mundo: el Hotel Jaragua. Por eso, en 1963 Radio Universal se estableció en el extremo este del edificio, cercano a las canchas de tenis. Desde ahí, el espacio más esperado era la transmisión en vivo de los juegos de béisbol de Estados Unidos; era la época en donde jugadores dominicanos como Felipe Alou, Juan Marichal y Rico Carty estaban haciendo mella en la MLB y el público local estaba ávido de seguir sus logros. La Radio Universal de Pérez estuvo hasta 1973 en el Jaragua, con todo y pausa dolorosa por la ocupación militar estadounidense de por medio —de hecho, el potente transmisor fue muy atractivo para las fuerzas invasoras—. Ese año vendió la emisora a los hermanos Jana, quienes se trasladaron del lugar en 1977. Así que la actividad propia de un establecimiento de hostelería no era la única entrada del Hotel Jaragua. Frente a la estación, Pérez recuerda haber congeniado fantásticamente con su nuevo vecino, un médico llamado Julio Hazim que luego también se uniría a los menesteres de la difusión mediática. Pero el hotel también tuvo otros inquilinos particularmente memorables: en el extremo oeste del nivel dos, donde otrora estuviese la segunda iteración del casino, se alojaron los primeros estudios capitaleños de Color Visión. Don Poppy Bermúdez era un santiaguero de santiagueros: nacido en Buenos Aires por temas de linaje materno, tan pronto llegó a Santiago de los Caballeros con apenas meses de nacimiento lo hizo su hogar de por vida. Nada lo sacaría de su tierra cibaeña… excepto el sueño de tener un canal de televisión a color —apenas el tercero en toda América Latina para la fecha—. Bermúdez hizo las inversiones correctas: entre sus avanzados equipos estaban las cámaras RCA TK43 y la presencia de profesionales como Luis Janer Munnigh —alias Cuqui— y el co-fundador Manolo Quiroz, en ese entonces de los pocos dominicanos con entrenamiento especializado en televisión gracias a estudios en tierras europeas. Pero también Bermúdez y Quiroz pensaron en cómo ahorrar cuando se podía: por eso, en vez de construir estudios a la medida para la naciente empresa, alquilaron las instalaciones del Hotel Matum de la avenida Las Carreras. El Matum fue parte de la camada 216
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women. His voice on the radio, captured by Pérez during his interview, had a similar effect on the female population of the city. Working in that lobby allowed him to be in the right place at the right time almost every single day. In fact, thanks to a series of random conversations by the bar and by the pool he was able to land his next two jobs: the first one saw him become the assistant to the musical director at the new hotels built around the Fair for Peace —the Embajador, the Paz and the temporary Angelita, which would become a children’s hospital—, and he would later be promoted to the role of director, following the departure of American musician Donald Brian. The second position that came his way was that of the assistant director of a cruise ship with a Caribbean route, where he was promoted to director in his second year. Thanks to his considerable salary, he was able to hatch a plan: he would save up enough money to go back to Ciudad Trujillo and buy the state-of-the-art equipment neeeded to create one of the finest radio stations in the city. By 1963 he had purchased a five-kilowatt transmitter, something previously unseen in the entire country. He was able to snatch 650, one of the lowest frequencies available —the lower the frequency, the larger the reach—, only surpassed by Radio Televisión Dominicana’s 620. So in 1963 Radio Universal made itself at home in the east wing of the Jaragua complex, by the tennis courts. The station’s live broadcasts of the Major League Baseball games would bring the capital to a standstill; it was the era of the first Dominican superstars on the field, with names such as Felipe Alou, Juan Marichal and Rico Carty, and their fellow countrymen couldn’t get enough of their achievements. Pérez’s Radio Universal lived within the Jaragua Hotel until 1973, including a painful pause caused by the American military intervention —in fact, the station’s potent transmitter was quite appealing to the invaders. That year he sold the business to the Jana brothers, who eventually moved it to another HQ in 1977. The whole endeavor meant that the expected activities —those linked to hospitality— were not the Jaragua’s sole source of income. In fact, Pérez remembers having hit it off with his neighbor across the station, a doctor called Julio Hazim who would in time also become a part of the country’s media circle. But the hotel had some other memorable tenants: the west wing, far on the second floor where once stood the second iteration of the casino, hosted the first local studios for a TV station called Color Visión. Poppy Bermúdez was as santiaguero as it got: born in Buenos Aires due to matters of maternal heritage, he made it to Santiago de los Caballeros barely a year old, never to leave his beloved city again. Nothing could ever take him out of the Cibao region… that is, nothing except for the dream of having a color TV station —barely the third in all of Latin America at the time. Bermúdez made the right investments: among his cutting-edge resources were the RCA TK43 cameras as well as the presence of gifted professionals like Luis Janer Munnigh —also known as Cuqui— and the station’s co-founder, Manolo Quiroz, back then one of the few Dominican hopefuls who had specialized in TV production thanks to his European studies. But Bermúdez and Quiroz also knew what to skimp on: instead of building custom studios for the burgeoning business, they rented the facilities at the Matum Hotel on Las Carreras Avenue. The Matum was part of the chain of state-owned 217
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de hoteles estatales que había creado el régimen trujillista —este en particular abrió en marzo de 1954—. Así, en noviembre de 1969 el presidente de la República, Joaquín Balaguer, presionó simbólicamente el botón de funcionamiento en el acto de inauguración. Desde la concha acústica y los salones del establecimiento talentos como Yaqui Núñez del Risco, Herminio Alberti y César Pichardo salían en la pantalla por el canal 2 VHF, con retransmisión de la señal por el canal 9 para el resto del país. Continuamente recibían visitas desde la capital, como la del presentador Horacio Lamadrid en una gira de prensa para compartir con la ganadora de un concurso de reinas de belleza patrocinado por una marca de ron y una institución bancaria. Al terminar la entrevista, fuera del aire Lamadrid le confirmó al empresario santiaguero algo que ya había estado intuyendo por un tiempo: a los anunciantes no les interesaba meramente el público cibaeño, porque la batalla —y las recompensas monetarias— estaban en la capital. Al poco tiempo, Bermúdez estaba llamando al presentador con una propuesta interesante: él y Quiroz habían tomado la decisión de mudarse a Santo Domingo y lo querían a la cabeza de la programación. Lamadrid, por admisión propia, no era productor de televisión en ese entonces. De hecho, había llegado al país desde su natal La Rioja, en Argentina, como bailarín de tango en un show itinerante. Lo que sí tenía era un carisma innegable y una habilidad nata para comunicar y para detectar cómo entretener a un público de distintas edades. Por eso, en una alianza con el empresario Juan Mayol, accedió a la propuesta. Con esa parte atada, para los santiagueros el próximo hogar del canal era uno obvio: solo había que pasar de un hotel a otro, así que en 1971 se instalaron en el Jaragua. Los programas diarios hacían uso de los espacios internos. Por ejemplo, estaban las emisiones infantiles como El sheriff Marcos —donde los padres usaban al sheriff para amedrentar a los hijos que se habían portado mal durante la semana— y La casa de Pequitas, conducido por Anita Ontiveros pero también memorable por ser el lugar donde debutó en la televisión una niña rubia con apariencia de muñeca que décadas después se convertiría en el terror de quienes andan en vía contraria —la investigadora televisiva Nuria Piera—. Los sábados, el Show de shows también se emitía desde los estudios, pero los domingos, Lamadrid y su equipo utilizaban las instalaciones del Jaragua a plenitud: en Domingo de mi ciudad con creatividad técnica llevaban una unidad móvil de un balcón del hotel al borde del mar Caribe, con apenas un camarazo. Y al terminar esa emisión, a las seis de la tarde la ciudad se inmovilizaba cuando Jack Veneno combatía contra Relámpago Hernández en las transmisiones de lucha libre de Titanes en el ring. En otras palabras: mudarse a Santo Domingo fue una buena apuesta. De hecho, el canal creció tanto que ya a mediados de los 70 tuvieron que trasladarse a un establecimiento propio, ubicado en el ensanche La Fe. Estos alquileres mediáticos eran una buena fuente de ingresos adicionales para la administración del hotel. Eran, también, una muestra de que repensarse lo obvio —que un hotel debe funcionar con un enfoque primordial en el alojamiento— podía ser una alternativa provechosa en un momento en el que ya el Jaragua no era el rey solitario del turismo capitaleño. A juzgar por los cambios ridículos de una administración a otra en tan poco tiempo, el establecimiento necesitaba alguien con capacidad de ver al icónico edificio de otra manera. 218
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hotels developed by Trujillo’s regime —this one in particular opened in March of 1954. And thus, in November of 1969, President Joaquín Balaguer pressed the symbolic button that would launch the station’s broadcast. The bandstand and the banquet halls would become stages for the likes of Yaqui Núñez del Risco, Herminio Alberti and César Pichardo, seen locally on channel 2 VHF and broadcast nationwide via channel 9. The crew would constantly receive visitors from the capital, such as presenter Horacio Lamadrid on a press tour for the winner of a beauty pageant sponsored by a rum brand and a financial institution. By the end of the interview and off the air, Lamadrid had confirmed what the businessman had already felt in his gut: ad money wasn’t keen on Santiago’s audience, because the big-league battle for the pesos was actually taking place in the capital. A short while later, Bermúdez was on the phone with the presenter, sharing an interesting proposal: he and his partner had finally decided to move to Santo Domingo, and they wanted Lamadrid as the head of programming. As Lamadrid himself would later admit, he wasn’t quite yet a TV producer back then. In fact, he had made it to the country from his native La Rioja, in Argentina, as a tango dancer in a traveling troupe. What he did have was loads of charisma and an instinctive ability to communicate with people, which would help him quickly detect how to entertain different audiences of every age. That’s why, by partnering up with businessman Juan Mayol, he accepted the offer. With that matter out of the way, the Color Visión duo then went on to secure the station’s obvious home away from home: they only had to go from one hotel to the other, so in 1971 they disembarked upon the Jaragua Hotel. The daily broadcasts made use of the building’s internal spaces. For example, there were children’s shows such as El sheriff Marcos —where parents used the sheriff to comedic results, scaring the pants off kids who had misbehaved at home the week before— and La casa de Pequitas, hosted by Anita Ontiveros but also memorable for something quite different: the show would mark the debut of a little doll of a blonde girl who decades later would become the boogeywoman of the corrupt and the crooked —that is, investigative reporter Nuria Piera herself. On Saturdays, the Show de shows would also be broadcast from the studios, but on Sundays, Lamadrid and his team squeezed every drop out of the facilities: the technical creativity on display for Domingos de mi ciudad was outstanding, as they used a mobile unit to pan from one of the hotel balconies right into the waves of the Caribbean Sea, via a single swift and precise movement. And once that show ended, by six in the afternoon the city stood still to watch lucha libre megastar Jack Veneno fighting Relámpago Hernández in Titanes en el ring. In other words: moving to Santo Domingo proved fortuitous. In fact, the station quickly outgrew the location, as they had to move out to their own studios in the mid 70s, decamping to a building in the Ensanche La Fe neighborhood. This type of media-oriented rentals were indeed a good source of additional income for the hotel’s management. These parallel out-of-the-box ventures were also an indication that rethinking what many saw as evident —that is, that a hotel should primarily function as a place for lodging— could become a profitable alternative during those difficult times when the Jaragua was no longer the sole king of Santo Domingo’s tourism scene. But then, judging by the ludicrous speed at which the hotel changed hands in such 219
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Para cuando Ellis Pérez y Color Visión coincidieron en el hotel, la administración estaba a cargo de un estadounidense-holandés llamado David Karter, quien tomó el mando en junio de 1973. En ese momento el Jaragua no era conocido socialmente por su Patio Español ni por su piscina, sino por otro gran atractivo: el casino. Y esa sección estaba regenteada por alguien con una comprensión invaluable del entretenimiento nocturno: el empresario cubano José Hernández Santa Cruz, conocido como Papito Santa Cruz. Nacido en La Habana, Santa Cruz comenzó a trabajar en casinos desde joven. De adulto, durante el mandato de Fulgencio Batista ya tenía dos establecimientos: el casino del Hotel Capri y el del Hipódromo. Con la llegada de los revolucionarios, le fueron congeladas las cuentas y fue hostigado por las nuevas autoridades, así que tuvo que exiliarse en la embajada ecuatoriana de la ciudad junto a su esposa y sus dos hijos. La familia emigró a Ecuador y de ahí a Miami, pero el empresario seguía con la ilusión de poder volver a sus casinos en medio del calor caribeño cubano que tanto amaba. En unas vacaciones encontró lo que buscaba: Santo Domingo era lo más parecido a La Habana de sus memorias. Ahí se iba a establecer. La familia llegó al país en 1963 y, hospedados en el Hotel Hispaniola —el nuevo nombre del Hotel Paz—, Papito escucha que hay una oportunidad de administrar el casino del mismo y logra tomar las riendas. Al poco tiempo monta un comercio frente al parque Independencia, llamado Casino Europa… que se ve obligado a cerrar por motivo de la ocupación militar. Durante la Revolución, la familia tuvo que huir en un barco Destroyer de la marina estadounidense rumbo a Puerto Rico, donde permanecieron hasta el final del conflicto. Al retornar a la ciudad, Santa Cruz adquiere un negocio un tanto distinto: un casino combinado con un restaurante y un club nocturno ubicado en la avenida Máximo Gómez. Chantilly resulta ser un éxito bajo su mando: ahí se presentan nombres como Raphael de España y Lope Balaguer, así como Niní Cáffaro, Rafael Solano, Johnny Ventura y Félix Del Rosario. Pero a principios de abril de 1968 una modificación a la ley 281 le hace una jugada pesada: las licencias para operar salas de juego se ven limitadas a hoteles de primera categoría, de un mínimo de 100 habitaciones. En otras palabras: si quería tener un casino, debía estar dentro de un hotel. En ese entonces, por amistades mutuas conoce a David Karter y se da una relación fructífera: Karter se quedaría como presidente de la empresa administradora del Jaragua, pero integraría a Santa Cruz como vicepresidente, a cargo del casino. Sin embargo, la fiesta duró poco: por incompatibilidad de visiones, la sociedad se disolvió. Entonces prevaleció la posición de Santa Cruz, quien le compró las acciones a su antiguo socio: en agosto de 1975 el estadounidense, junto a Peter Weinerth, Osiris Duquela Caño y Rafael Sánchez Villar vendieron y transfirieron sus acciones de la hotelera Jaragua C. por A. y Promociones Vilma C. por A., la empresa que tenía el contrato del casino, al empresario cubano. Eso fue tirarse al lado hondo de la piscina: Santa Cruz nunca había manejado las operaciones de un hotel. Para colmo de males, estaba en curso una remodelación por más de 1.2 millones de pesos, pues el hotel era un cascarón en mal estado: los pasillos se encontraban deteriorados, con marcas de la alfombra anterior arrancada sin precisión, y ya había poco mobiliario utilizable. La respuesta del nuevo administrador 220
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a short while, the business certainly needed someone who could see the iconic building under a different light. At the time Ellis Pérez and Color Visión crossed paths in the hotel, its management was led by a Dutch-American businessman called David Karter, who took over on June of 1973. By then the hotel wasn’t known solely for its Spanish Courtyard nor its pool, but instead for another nightlife landmark: the casino. And this highly profitable operation was being supervised by someone who had a profound understanding of the ins and outs of entertainment after sundown: Cuban businessman José Hernández Santa Cruz, better known as Papito Santa Cruz. Born in Havana, Santa Cruz worked in casinos in his youth. As an adult, during Fulgencio Batista’s mandate he was already running two venues: the casino at the Capri Hotel and the one at the local racetrack. With the arrival of the revolutionary forces, his accounts were frozen and he was persecuted by the new authorities, so he had to take refuge in the Ecuadorian embassy along with his wife and two sons. The family was granted asylum in the South American nation, and from there they fled to Miami… but still, Santa Cruz yearned to go back to his casinos in the middle of the warm Caribbean sun he had loved so dearly back home. And then one year, on holiday, he found what he was looking for: Santo Domingo was the closest thing to the Havana of his dreams. And that was precisely where he was going to move next. The family arrived in 1963 and, staying at the Hispaniola Hotel —the new name for the Paz—, Santa Cruz caught wind of an opportunity to oversee the casino, and managed to find himself running the business. He later opened the Europa Casino right across Parque Independencia... and was then forced to close it due to the American military occupation. During the 1965 revolution, the family had to flee to Puerto Rico aboard a Destroyer ship from the Marine corps; they stayed in the neighboring country until the end of the armed conflict. Upon their return, Santa Cruz acquired a different sort of business: a casino-cum-restaurant-cum-nightclub on Máximo Gómez Avenue. Chantilly ended up becoming quite the hit under his watch: its stage saw the likes of Raphael de España, as well as local legends Lope Balaguer, Niní Cáffaro, Rafael Solano, Johnny Ventura and Félix Del Rosario. But then, in early 1968 life threw him a curveball: Congress had modified law 281, and from then on licenses for gambling purposes would be limited to first-category hotels —that is, those with at least 100 guestrooms. That meant that, if he wanted to have his casino, he’d have to house it inside a hotel. Around that time he had met David Karter through mutual friends, and the two would go on to develop a productive relationship linked to the Jaragua complex: Karter would stay as the president of the management company for the hotel, and Santa Cruz would become the vice president, overseeing the casino. The honeymoon, unfortunately, didn’t last long: due to divergent visions, the parties quickly put an end to their partnership. But afterwards Santa Cruz prevailed, as he bought out the shares owned by his former business partner: in August of 1975 Karter, along with Peter Weinerth, Osiris Duquela Caño and Rafael Sánchez Villar, sold and transferred their shares from Jaragua C. por A. and Promociones Vilma C. por A. —the latter in charge of the contract for the casino— to the Cuban businessman. 221
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fue hacer una remodelación exhaustiva: se colocó plafón en todas las habitaciones para reducir el entrepiso y hacer un rejuego con la colocación de unidades individuales de aire acondicionado, de modo que quedaran dentro de las habitaciones. Se remodelaron los espacios comunes y se cambió el mobiliario por completo. Se remozaron las fachadas, se aplicaron capas de pintura en el interior y el exterior, y se relanzaron los restaurantes con nuevos nombres. El encofrado de la marquesina se recubrió con maderas preciosas locales. Se crearon barcitos con techos de cana en el área de la piscina; a la misma se le colocaron nuevos mosaicos y un sistema de clorificación. Pero hubo un proyecto en particular que sobresaldría por encima de todos los cambios: La Fuente. En su estancia en Puerto Rico, Santa Cruz había conocido a uno de los bailarines de la tropa de Iris Chacón, llamado Héctor De San Juan. Junto a su pareja, el también bailarín Ed Vachan, logró un protagonismo en la capital puertorriqueña que no superaba sus ambiciones: De San Juan tenía alma de coreógrafo y productor. Afortunadamente, el cubano se dio cuenta al instante sobre sus aspiraciones y su potencial, y juntos conversaron sobre la idea de tener una gran revista musical en Santo Domingo. Para eso, el Jaragua necesitaría el espacio correcto: un amplio salón de espectáculos. El espacio idóneo para ese fin, según determinaron Santa Cruz y el arquitecto Manuel Del Orbe, era irónicamente sobre el Patio Español. No había metáfora mayor que esa: la era de Luna sobre el Jaragua ya había finalizado. Era momento de pensar en el presente si se querían mantener los números a flote. Sobre la terraza se cubrió una superficie de 30 por 31 metros utilizando una estructura metálica sin apoyo y un techo de aluzinc a gran escala, algo que fue toda una hazaña de ingeniería para la época —y que le debe su existencia al ingeniero Cristian Malouf Khoury—. Del Orbe, antiguo colaborador de Guillermo González y admirador de su obra, hizo lo posible para evitar que este nuevo elemento perjudicara demasiado la estructura original. Por una parte, propuso un cierre que no obstaculizara el proyecto: por ejemplo, la escalera que la mente de González trajera del pabellón de la Ford quedó fuera del anexo, para salvarla. Por eso, la solución fue realizar un cierre del salón con una curvatura y crear un hueco panorámico para que la escalera quedara todavía visible, y en ese espacio interior funcionaría la orquesta. El cierre perimetral de estos nuevos volúmenes se realizó colocando piezas prefabricadas dispuestas verticalmente, con una terminación de hormigón visto que contrastaba con el blanco de la edificación original. Dentro, para añadir el espacio de asientos que el área de la escalera había eliminado, se creó un piso en terrazas de tres niveles para albergar 800 asistentes, de modo que cada franja tuviera una vista favorable hacia el escenario. La arquitectura de interiores y la decoración estuvieron a cargo de Felipe Goico, con acabados e insumos importados desde Miami. Para rematar, y como muestra de la visión grandiosa que tenía Santa Cruz, se colocó la primera tarima hidráulica del país, para darle al salón la posibilidad de tener usos varios. Su sueño era tener algo parecido al Tropicana de La Habana, y con un ambicioso presupuesto de 750 mil pesos estaba buscando lograrlo. Después de todo, como recuerda Del Orbe, el cubano era un hombre sagaz e inteligente. Héctor De San Juan tenía una sola instrucción: ir a Las Vegas y traer suficientes ideas para crear un show nuevo dos veces al año, con total carta blanca para hacer lo que fuese necesario para deslumbrar al país. El boricua hizo tal cual: trajo un cuerpo de 222
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He threw himself in at the deep end: Santa Cruz had never before been in charge of a hotel. To make things worse, the building was in the middle of heavy remodeling works to the tune of 1.2 million pesos, as it was by then a dilapidated shell: the hallways were damaged, with marks left by the forceful removal of the carpet, and the available furniture was of little use. The new manager thus went to work on a thorough refurbishing process: he put drop ceilings in every guestroom in order to reduce the overall floor height and use this to include air conditioning units in every single one. Up went the common areas, with completely new furniture from end to end. The façades were given a facelift, with several coats of paint both inside and outside, and the restaurants were relaunched under new names. The framework down the porch was covered with local hardwoods. The pool area got some new thatched-roof bars; the pool itself got new tiles and a chlorination system. But there was one project in particular that would stand out among all the others: La Fuente. During his stay in Puerto Rico, Santa Cruz had met one of the dancers from Iris Chacón’s troupe, a man named Héctor De San Juan. Along with his partner, a dancer called Ed Vachan, he became well-known for his flashy work, but his ambition went beyond what Puerto Rico could offer: he dreamt of becoming a choreographer and show producer. Fortunately, the Cuban businessman immediately saw his potential, and together they spoke of having a revue in Santo Domingo. In order to make that dream come true, the Jaragua Hotel needed the right kind of space: a large performance venue. The ideal spot for that purpose, as Santa Cruz and architect Manuel Del Orbe would later determine, was —ironically— the Spanish Courtyard. There was no stronger metaphor than that: the era of Luna sobre el Jaragua was over. The time had come to think about the present if they wanted to keep the numbers in the black. Above the terrace Del Orbe covered a surface of 30 by 31 meters using a floating metal structure and a large-scale coated steel roof, quite the engineering feat at the time —an achievement at the hands of engineer Cristian Malouf Khoury. Del Orbe, a former occasional partner of Guillermo González and an admirer of his work, did everything in his power to avoid having this new element damage the original structure in any way. On the one hand, he sealed the newcomer in by protecting the original project: for example, the staircase that González’s memory brought from the Ford pavilion was left outside of the annex, in order to preserve it. That’s the reason why Del Orbe created a curved hall with a panoramic window that would allow for the staircase to remain visible, and then assigned the interior nook to the orchestra. The structure itself came to be by way of prefab slabs, placed on a vertical sequence, with walls made of exposed concrete that stood out from the building’s traditional white walls. Inside, in order to make up for the space that the staircase curve had eliminated, the architect added additional room for visitors by creating a three-level terraced seating area —800 seats in total— with each row providing a clear, uninterrupted view towards the stage. Felipe Goico oversaw matters of interior architecture and the decor itself, with finishings —and other finishing touches— imported from Miami. On top of it all, and just to underline Santa Cruz’s grand vision, La Fuente had the country’s first hydraulic stage, in order to allow the venue to instantly transform according to the requirements of different types of entertainment. His dream was to have some223
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bailarinas, modelos y maniquíes —sí, maniquíes— desde Estados Unidos, Puerto Rico y Canadá, junto a varias escogidas dominicanas. Tenían malabaristas, contorsionistas, cantantes y magos. El vestuario —que mermó las reservas globales de lentejuelas— y los montajes estuvieron a cargo de Kali Karlo. La voz de José Lacay estaba lista. La big band estaba a cargo de Rafael Labasta. Vachan, conocido popularmente como El Vedetto, tenía su segmento. La fuente de La Fuente bombeaba agua con fuerza. Y así, el 30 de diciembre de 1975 abrió el espacio. El maestro de ceremonias, Osvaldo Cepeda, encantó juguetonamente a los asistentes —a casa llena— con las maravillas de un micrófono inalámbrico, una novedad para ese entonces. Ahí, la primera revista musical, adecuadamente bautizada como De Las Vegas a Quisqueya, efectivamente deleitó y deslumbró a los asistentes por seis meses. La segunda edición era un doble acto: Olé con Olé y Olé al principio, con Cellophane Fantasy al final. Para presenciar estos espectáculos, los asistentes pagaban 10 pesos los fines de semana y siete los laborables. La empresa iba viento en popa: La Fuente se llenaba de turistas extranjeros —la mayoría proveniente de Estados Unidos— y de parejas pertenecientes a la clase media alta dominicana, quienes se quedaban a bailar después de terminada la revista. Por la tarima pasaron talentos de la talla de Camilo Sesto, Marco Antonio Muñiz, Danny Rivera, Donna Summer y Barry White. El nuevo casino y los restaurantes que se hicieran durante la remodelación de 1978 estaban dando señales de rentabilidad. Los ingresos por concepto de vida nocturna llegaban a un 65 por ciento del porcentaje de ganancias, con el resto proveniente del alquiler de habitaciones. El cubano parecía haber encontrado una fórmula ganadora, y efectivamente apostó a ganar: en septiembre de 1976 firmó un acuerdo con el Estado que prolongaba la duración del contrato original de 1973 por 20 años. Papito Santa Cruz hizo algo que pocos administradores pasados tuvieron las agallas y el corazón de hacer: le dio un chance al edificio, con una nueva vida. La Fuente comenzó a convertirse en un lugar muy presente en el imaginario popular del dominicano. Cuando en 1978 el grupo musical Los Kenton grabó el video para su merengue Magia blanca, el trío se desplazó en trajes naranja encendido bailando por varios puntos icónicos de la avenida George Washington: incluyen una toma larga del nuevo Hotel Sheraton en representación de la modernidad… y al llegar al Jaragua dedican mucho más tiempo a La Fuente que la toma de dos segundos que dedican al área de la piscina. Además, el certamen de Miss República Dominicana se celebró consecutivamente ahí entre 1979 y 1981; para muchos está todavía latente la imagen de la coronación de Milagros Germán en su escenario en 1980. Pero el plan de Santa Cruz no acababa ahí. Al igual que con Héctor De San Juan y con el Jaragua mismo, el empresario tenía la capacidad de ver el potencial de las personas y de los espacios mucho más allá de su estado presente. Ya existía una discoteca funcionando en el hotel, llamada Jevi Jevas, que tuvo una remodelación inicial para pasar a llamarse Gemini’s Club. Pero el habanero quería un establecimiento de mayor envergadura, y el maître d’ del restaurante Monseigneur en el hotel, un cubano de la Florida llamado Waldo Rodríguez, tenía varias ideas sobre cómo hacerlo realidad. Su influencia en el proyecto fue tal que la nueva discoteca fue bautizada como Waldo’s. Al poco tiempo se convirtió en socio de este establecimiento, y se construyó un segundo nivel que hizo 224
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thing similar to Havana’s Tropicana, and he was trying to achieve that with an ambitious 750-thousand-peso budget. After all, as Del Orbe remembers, the Cuban businessman was a smart cookie. Héctor De San Juan had but one instruction: head to Las Vegas and bring back enough ideas to create a new show two times per year, with absolute leeway to do whatever it took to dazzle away the Dominican audience. The Puerto Rican performer certainly followed those orders: he enlisted a team of dancers, models and mannequins —yes, mannequins— hailing from the continental United States, Puerto Rico and Canada, along with several Dominican women. He had jugglers, he had contortionists, he had singers and magicians. The wardrobe —which depleted the world’s sequin supplies— and the sets were handled by Kali Karlo. José Lacay’s voice was ready. Rafael Labasta’s big band was waiting for its cue. Vachan, popularly known as El Vedetto, had his own segment. The namesake fountain outside La Fuente was pumping water with a vengeance. And so, on December 30, 1975 the venue opened. The emcee, Osvaldo Cepeda, charmed those in attendance —a full house, of course— with a wireless microphone, a marveling novelty back then. There, the first revue, aptly titled De Las Vegas a Quisqueya (From Vegas to Quisqueya) did indeed dazzle visitors during its six-month run. The second edition was a double act: Olé con olé y olé (Olé with Olé and Olé) was the opener, with Cellophane Fantasy in the second half. Visitors would pay 10 pesos on weekends and seven pesos on workdays to attend these shows. Business was good: La Fuente was packed with tourists —mostly Americans— and upper-middle-class local couples, who would stay on to dance after the revue was over. That stage would see the likes of Camilo Sesto, Marco Antonio Muñiz, Danny Rivera, Donna Summer and Barry White. The new casino and the restaurants that came to be during the 1978 refurbishing were slowly becoming profitable. Nightlife-related earnings amounted to up to 65 percent of the establishment’s bottom line, with the rest coming from lodging. The Cuban businessman seemed to have found a winning formula, and he certainly bet on a winner: in September of 1976 he signed a contract with the government that prolonged the duration of the original 1973 deal for 20 more years. Papito Santa Cruz did something that previous managers lacked the guts and the heart to do: he gave the building a chance, a new lease on life. La Fuente became an it spot in the collective imagination of many Dominicans. When in 1978 merengue trio Los Kenton recorded a music video for their song Magia blanca (White Magic), the singers were shown dancing along several iconic spots along the seaside avenue, then named after George Washington: there’s a long shot of the new Sheraton Hotel as a token of the newness of it all… and by the time they reached the Jaragua Hotel, they spent far more time in front of La Fuente than the two seconds they gave to a shot of the poolside area. On top of that, that stage hosted the Miss Dominican Republic pageant between 1979 and 1981; many locals still remember the image of Milagros Germán, now a revered TV presenter, during her 1980 crowning. But Santa Cruz’s plan didn’t end there. Just like he did with Héctor De San Juan and even with the Jaragua building itself, the businessman had the ability to see the potential in people and in spaces far beyond their present state. The hotel already had a 225
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que el viejo espacio pasara a llamarse Waldo’s I, con el nuevo ambiente estampado con el nombre Waldo’s II. Las discotecas eran tan exitosas que se llegó a establecer un plan de membresía de 150 pesos anuales, que permitía entrar con dos invitados. No era una exageración decir que todos estos socios y empleados estelares del Jaragua lo vivían: Santa Cruz y su familia estaban establecidos en una suite de tres habitaciones en el tercer nivel del hotel; Waldo Rodríguez residía en un bungalow con su esposa; Héctor De San Juan y Ed Vachan ocupaban un apartamento en el anexo Holiday Inn, y las bailarinas tenían su propia zona en un anexo de 15 habitaciones cercano a la cancha de tenis. Para muchos de ellos, este era un proyecto de vida a largo plazo. De hecho, Santa Cruz tenía más planes en su cabeza. Aparte de un nuevo restaurante frente al Malecón, tenía una idea todavía más grande. Al darse cuenta de que muchos capitaleños no tenían los ingresos para pagar una entrada a los shows de La Fuente, comisionó el diseño para crear un polideportivo con capacidad de cinco mil asientos —similar al Coliseo de Boxeo Teo Cruz— en el área verde cercana a la entrada por la avenida Independencia. Ahí pensaba realizar shows a precios populares, para convertir al complejo del Jaragua en el rey indiscutible del entretenimiento capitaleño. Y de pronto, en diciembre de 1982, la Secretaría de Turismo clausuró el hotel.
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nightclub, called Jevi Jevas, which had gone through an initial facelift that would see it get rebranded as Gemini’s Club. But the new manager wanted something far more impressive, and the maître d’ at the hotel’s Monseigneur restaurant, a Florida Cuban called Waldo Rodríguez, had several ideas on how they could make those wishes come true. His influence on the project was so extended that the new nightclub was officially named Waldo’s. A short while later he actually became a business partner, and the team built a second story —that’s how the first-floor club came to be known as Waldo’s I and its upper-floor counterpart bore the moniker Waldo’s II. These spots were so successful that the management team went on to create a membership plan, and so 150 pesos a year would grant access to individual members along with two guests. It wasn’t a stretch to say that these partners and star employees lived and breathed Jaragua: Santa Cruz and his family occupied a three-bedroom suite on the third floor of the main building; Waldo Rodríguez lived in a bungalow with his wife; Héctor De San Juan and Ed Vachan had an apartment in the Holiday Inn annex, and the dancers had their own little wing, 15 bedrooms in total, near the tennis court. To many of them, this was a lifelong project. In fact, Santa Cruz had plenty more where that came from. Besides creating a new restaurant right across the promenade, he had a much bigger idea. Once he realized many locals couldn’t afford a ticket to La Fuente’s shows, he commissioned a 5,000-seat sports center —similar to the boxing arena that bore Teo Cruz’s name—, to be located in the gardens by Independencia Avenue. He thought of developing a series of affordably priced shows, in order to turn the Jaragua complex into the undeniable king of Santo Domingo’s entertainment. And suddenly, in December of 1982, the Secretary of State for Tourism shut down the hotel.
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En 1963 Ellis Pérez era igual de joven que de ambicioso cuando lanzó su estación Radio Universal, una pionera en la transmisión de partidos deportivos internacionales, en el Jaragua. In 1963, Ellis Pérez was young and ambitious in equal measure: he launched Radio Universal, a pioneering station with live broadcasts of international sports events, inside the Jaragua.
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El fan más dedicado de Santo Domingo era en realidad argentino: Horacio Lamadrid creó el programa Domingo de mi ciudad para Color Visión, transmitiendo mayormente desde las instalaciones del hotel. Santo Domingo’s biggest fan was actually an Argentinean import: Horacio Lamadrid created Domingo de mi ciudad (Sundays in My City) for Color Visión, broadcast mostly from the hotel’s facilities.
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¿Ese nuevo mural a gran escala en la fachada norte? Era parte del plan de Papito Santa Cruz (al centro), rodeado en su oficina por Héctor De San Juan, Ramón Pérez y César Suárez. That new large-scale mural up in the northern façade? That was part of Papito Santa Cruz’s (center) plan; he’s surrounded by Héctor De San Juan, Ramón Pérez and César Suárez.
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El área de la piscina fue ligeramente remozada: se instaló un nuevo bar tipo bohío, acompañado de sombrillas de cana para brindar sombra a los huéspedes. The pool area was slightly revamped: it now included a shack-style bar along with reedroofed umbrellas that shielded guests from the sun.
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Aparte del nuevo bar, uno de los más grandes atractivos de esta iteración del Jaragua fue el puñado de restaurantes encabezados por chefs extranjeros. Beyond the new bar, one of the most attractive features of this iteration of the Jaragua was the set of restaurants helmed by foreign chefs.
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El nuevo casino fue colocado en una ubicación clave: la antigua sala de bailes del volumen principal del hotel, ahora con dos niveles; su decoración hacía referencia a la era colonial del país. The new casino was set in a key location: the old ballroom inside the hotel’s main building, now two stories high. The décor referenced the country’s colonial era.
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Arriba, una vista aérea del anexo oeste que incluía La Fuente y las discotecas. Debajo, la ya icónica escalera estilo Ford atrapada dentro del casino y La Fuente. Above, an aerial view of the western annex that included La Fuente and the night clubs. Below, the now iconic Fordian staircase trapped inside the walls of the casino and La Fuente.
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Arriba y centro: la fachada sur del nuevo casino, junto a La Fuente y su recubierto de piezas prefabricadas en exterior visto. Debajo, las discotecas Waldo’s I y Waldo’s II. Above and center: the south façade of the new casino, along with La Fuente and its prefab exposed concrete slabs. Below, the site of Waldo’s I and Waldo’s II.
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Aparte de su banda de planta, La Fuente recibía artistas internacionales. Su show al estilo Las Vegas contaba con bailarinas locales y extranjeras, así como con figuras como el cantante José Lacay y el bailarín Ed Vachan. Apart from its in-house band, La Fuente often hosted international guests. Its popular Vegas-style show featured local and foreign dancers —and the likes of singer José Lacay and dancer Ed Vachan, pictured.
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Ante la apertura de La Fuente en diciembre de 1975, la prensa local exhibía anuncios que informaban sobre la gran inversión tecnológica del local y la calidad de sus shows. To promote the opening of La Fuente in December of 1975, local publications featured several ads that spoke of the venue’s high-tech features and the quality of its shows.
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c. 1975 Salón La Fuente, las discotecas Waldo’s I-II y un anexo al casino La Fuente event hall, the Waldo’s I-II night clubs and a casino annex
c. 1975 Bohíos en el área de piscina Poolside shacks
Una de las adiciones más notables de 1975 fue la construcción de La Fuente justo donde otrora se encontrara el Patio Español: fue un espacio de entretenimiento sustituido por otro, según dictaba cada época. One of the most notorious 1975 additions was La Fuente, the event hall built over the former spot of the hotel’s Spanish Courtyard: it was basically one form of entertainment replaced by another, more appropriate for the times.
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Le dién dinamita CAPÍTULO
Fire in the whole building CHAPTER
LE DIÉN DINAMITA
La tarde del domingo 4 de agosto de 1946, la mayoría de los pobladores de San José de Matanzas se encontraba fuera de casa, celebrando una fiesta vespertina en la playa. No era una zona densamente habitada de Nagua, y las pequeñas residencias en su mayoría estaban hechas de tablas de palma, con techos de zinc o de cana. Por eso, cuando la tierra se sacudió con un sismo de 8.1 grados, la fosa de Milwaukee y los dos kilómetros de agua que entraron por la bahía Escocesa se encargarían de que el pueblo tristemente se mereciera la última parte de su nombre. El terremoto fue tan intenso que su sombra alcanzó a Moca, a Puerto Plata, a San Pedro de Macorís y hasta a la capital. Allí se produjeron grietas en residencias como la número 24 de la calle Isabel la Católica, y en lugares públicamente visibles, como el muelle de la ciudad. Ese día, el ingeniero civil Samuel Conde Sosa se encontraba en el Hotel Jaragua, compartiendo con amigos. Al momento del sismo, vio las paredes blancas del edificio tambalearse, como si estuvieran hechas de gelatina… pero ni cayeron ni sufrieron daños. Guillermo González y su hermano Alfredo, este último a cargo de los pormenores de erección del hotel, habían hecho su trabajo. Sin embargo, al Jaragua se le llegaría a acusar de falta de firmeza. En los días finales de 1982, en medio de la exitosa racha administrativa de Papito Santa Cruz, la Secretaría de Turismo clausuraría el hotel por supuesta falta de higiene. Al poco tiempo, sus representantes alegarían que, tras cuatro décadas expuesto al salitre del mar Caribe, las venas y arterias metálicas que mantenían al edificio en pie podían colapsar. Sin la voz del arquitecto González para ofrecer una segunda opinión —había fallecido en 1970—, primaría la versión estatal. Ya 1982 había dado señales de ser un año complicado. Al presidente Antonio Guzmán, del Partido Revolucionario Dominicano, le había tocado nadar a contracorriente frente a un poder legislativo y unas fuerzas militares que de cierta forma estaban todavía en manos de su predecesor, Joaquín Balaguer —un remanente trujillista que entonces ocupaba la cabeza del Partido Reformista Social Cristiano—. Aparte, su respuesta al paso del huracán David en 1979 fue muy diferente a la de Trujillo con San Zenón, y sumergió al país aun más en la crisis económica que llevaba a cuestas. A menos de dos meses de terminar su mandato, tras una estela de acusaciones de corrupción dentro de su círculo, Guzmán se suicidó de un disparo a la cabeza. El poder legislativo no estaba solo en manos del balaguerismo: desde el propio bando perredeísta también había una facción anti-guzmanista en el Senado, dirigida por Salvador Jorge Blanco —este último sentía que Guzmán le había arrebatado la candida246
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In the afternoon of Sunday, August 4, 1946, most of the dwellers of San José de Matanzas were out, partying by the beach. The town, whose name roughly and literally translates to Saint Joseph of the Killings, wasn’t precisely a densely populated area in Nagua, and its small houses were made up of coconut timber with zinc or cane-thatched roofs. That’s why, when an 8.1-degree earthquake shook the ground beneath them, the Milwaukee Deep and the two kilometers of seawater that burst through Scottish Bay would make sure the town would deserve the last part of its name. The tremor was so intense that it was felt in Moca, Puerto Plata, San Pedro de Macorís and even the capital. There, the seismic waves cracked a house located on Isabel la Católica Street, as well as some public spaces, such as the city’s dock. At the same time, civil engineer Samuel Conde Sosa was enjoying his afternoon with friends at the Hotel Jaragua. When the earthquake hit, he saw the building’s white walls wobble, as if made of Jell-O… but they neither fell nor suffered any damage. Guillermo González and his brother Alfredo, the latter in charge of matters of construction for the hotel, had done their jobs. And yet, the Jaragua building would be accused of a certain lack of stability. In the final days of 1982, in the middle of Papito Santa Cruz’s successful managerial streak, the Secretary of State for Tourism would shut down the hotel due to some purported hygiene issues. A short while later, a group of government representatives would posit that, after four decades exposed to the saltpeter of the Caribbean Sea, the metallic veins and arteries that held the structure in place were close to collapsing. Without the voice of architect González to offer a second opinion —he had passed away in 1970—, the official version would prevail. Well, 1982 had proven a complicated year. President Antonio Guzmán, from the Dominican Revolutionary Party (PRD, in Spanish), had the thankless task of swimming upstream against a legislative corps and military forces that were somehow still in the hands of his predecessor, Joaquín Balaguer —a Trujillo-era remnant who was then the leader of the Social Christian Reformist Party. On top of that, his response to the onslaught of Hurricane David in 1979 was markedly different than that of Trujillo when faced with San Zenón, and plunged the country further into an economic crisis. Less than two months before completing his mandate, after a trail of reported corruption from people within his own circle, Guzmán killed himself with a shot to the head. But the Congress wasn’t solely led by the figure of Balaguer: even the PRD had an anti-Guzmán faction within the Senate, commanded by Salvador Jorge Blanco —who 247
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tura presidencial en 1977—. En agosto de 1982, el abogado santiaguero se convertiría en el sucesor de Guzmán al mando de país. La memoria colectiva recuerda a Jorge Blanco por varios momentos negativos. En abril de 1984, en protesta por las alzas de precio de los productos de primera necesidad impuestas por un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, tuvo lugar una poblada que terminó violentamente dada la represión abusiva de las fuerzas del orden. Para 1985, en medio de un paquete de medidas de austeridad, de la devaluación del peso y del alza del precio de la gasolina en un 50 por ciento, corrían rumores de acciones corruptas en su administración. En 1986 dejó sumido al país en una de las peores depresiones económicas de su historia, lo cual envió a los votantes corriendo al refugio ya conocido del entonces octogenario Joaquín Balaguer. En 1988 el ex mandatario se convertiría en el primer presidente del país en enfrentar un juicio por corrupción: la prensa misma había calificado las acciones de los gobernantes perredeístas como un pillaje de los recursos del Estado. Una de las acusaciones provenía de la Dirección de Presupuesto, apuntando a que empresas vinculadas a personas próximas a Jorge Blanco le inflaron 25 millones de pesos a los precios de un grupo de bienes vendidos a las Fuerzas Armadas. En total se le hicieron 38 imputaciones penales; funcionarios como José Michelén, su director de INESPRE, y Fulgencio Espinal, su administrador de la Lotería Nacional, escaparon del país ante las acusaciones de desfalco. Jorge Blanco fue condenado a 20 años de prisión y a pagar una multa de 100 millones de pesos. Tras una anulación, un largo proceso de apelación y una nueva condena a 20 años de cárcel, de los cuales solo cumplió dos meses, el vaivén legal terminó con un indulto en 2001 de parte del primer perredeísta que volvió a pisar el Palacio Nacional. Dicho de otra forma: la reputación de Salvador Jorge Blanco y de su círculo no era favorable cuando se hablaba de la transparencia en la realización de contratos… como, por ejemplo, el del arrendamiento del Hotel Jaragua. En noviembre de 1982 Jorge Blanco había otorgado los poderes a Julio Soto Medina, gerente general de la Corporación de Fomento de la Industria Hotelera y Desarrollo del Turismo, para demandar el cumplimiento de varias reparaciones indicadas en el contrato suscrito con David Karter en 1973 —a pesar de que en 1978 el Congreso había aprobado el contrato suscrito ese año, donde Karter y sus socios traspasaban sus acciones exclusivamente a Santa Cruz—. En medio de una etapa de inversión económica y expansión física, el empresario cubano y su administración no se habían preparado para la posibilidad de cumplir con tales demandas de golpe, pues Soto Medina exigía que se llevaran a cabo en un máximo de 30 días. Antes de haberse cumplido ese plazo, la familia Santa Cruz fue evacuada del lugar sin apenas darles tiempo a recoger sus bienes personales o empacar, y el hotel fue clausurado aun cuando estaba ocupado por turistas. Según el inspector de Salud Pública asignado al caso, el cierre se debió al deterioro de los servicios de las habitaciones y de cocina. Aquí es importante hablar de pasiones: durante el gobierno de Guzmán, Santa Cruz estuvo protegido por una amistad que les unía. Esa protección se desvaneció con el ascenso al poder de Jorge Blanco: había un cuchicheo persistente sobre el hecho de que las habitaciones del Jaragua servían de alojamiento de cortesía para el círculo de altos militares de Balaguer, para actividades no necesariamente aptas para menores de 248
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felt that Guzmán had taken away his shot at running for president in 1977. In August of 1982, the Santiago-born lawyer would become Guzmán’s successor at the helm of the country’s destiny. The nation’s collective memory remembers Jorge Blanco being directly linked to several negative situations. In April of 1984, given the outcry produced by the price increases in the basket of goods due to an agreement with the International Monetary Fund, a popular protest quickly turned into a violently repressed dark stain in the city’s history. By 1985, in the midst of a set of austerity measures, the devaluation of the Dominican peso and gas price hikes of up to 50 percent, rumors about his government’s corrupt undertakings were running amok. By 1986 he had left the country in the middle of one of its worst economic depressions, which sent voters straight into the well-known arms of then-octogenarian Joaquín Balaguer. In 1988 the former president would become the first head of State to face a trial on corruption charges: the local press had referred to the behavior of the PRD rulers as some form of large-scale looting of the nation’s resources. The National Budget Office pointed to businesses linked to Jorge Blanco’s allies, as they had padded a set of goods sold to the Armed Forces to the tune of 25 additional million pesos. There were 38 charges in total; public servants like José Michelén, the former director of the National Institute for Price Stabilization, and Fulgencio Espinal, the then administrator of the National Lottery, left the country in the middle of a series of embezzlement accusations. Jorge Blanco was sentenced to 20 years in prison and a fine of 100 million pesos. After submitting an action for annulment, going through a long process of appeal and receiving once more a 20-year sentence, out of which he did but two months, his legal seesaw ended in 2001, thanks to a presidential pardon from the first PRD candidate to set foot in the National Palace again. Otherwise said: Salvador Jorge Blanco’s reputation, along with that of his associates, was not necessarily favorable when it came to transparency in his dealings with contracts… such as, for example, the contract for the lease of the Jaragua Hotel. In November of 1982 Jorge Blanco had authorized Julio Soto Medina, the general manager of the Corporation for the Promotion of the Hotel Industry and Tourism Development, to request several repairs included in David Karter’s 1973 contract —even though in 1978 Congress had ratified the new contract signed that year, where Karter and his partners turned their shares over to Santa Cruz. In the middle of a stage full of economic investment and physical expansion, the Cuban businessman and his management hadn’t prepared for the possibility of honoring such demands so quickly, as Soto Medina was imposing a 30-day term. Before that deadline was over, the Santa Cruz family was evacuated from the establishment without being given time to pick up their things or even pack, and the hotel was shut down when it was still being used by tourists. According to the Public Health inspector assigned to the case, the closing was due to the damage in the guestrooms and the kitchen. Now, there’s an emotional element to this: during Guzmán’s administration, Santa Cruz was protected by his friendship with the former president. That protection vanished with the ascent of Jorge Blanco: there were whispers aplenty about the fact that the hotel’s guestrooms served as free lodging for Balaguer’s military upper echelons, used for activities far beyond a PG-13 rating. That’s why, beyond his positive reputation 249
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edad. Por eso, aparte de tener una reputación positiva por la calidad de sus espectáculos, también tenía una contraparte turbia por las actividades cuestionables que permitía a sus huéspedes con vínculos políticos. A oídos del grupo en el poder desde agosto de 1982 eso solo se traducía a una cosa: el cubano era aliado de su oposición balaguerista, a la cual había que castigar de alguna forma. A los pocos meses del cierre del hotel se realizaría un concurso público para suscribir un nuevo contrato de arrendamiento, a cargo de una comisión compuesta por el secretario de Estado de Turismo, Rafael Suberví Bonilla, el secretario administrativo de la Presidencia, Rafael Flores Estrella, y el mismo Soto Medina. En abril de 1983 el trío revelaría las compañías ganadoras: en tercer lugar quedó Esparcimientos Turísticos S.A., mientras que Yacenda Real Estate ocupó el segundo. En primer lugar quedó el Consorcio Franco-Dominicano, una agrupación parcialmente representada en el país por un allegado de Jorge Blanco, el empresario Edmond Elías… conocido por ser la competencia de Papito Santa Cruz con su casino y sala de espectáculos Maunaloa Night Club. Inaugurado en 1974, el establecimiento también estaba ubicado a pocos metros del mar Caribe, en las inmediaciones de la antigua Feria de la Paz. De las tres ofertas de arrendamiento, el Consorcio Franco-Dominicano propuso la cifra más baja. Sin embargo, no fue extraño que esa agrupación resultara ganadora, pues desde una reunión realizada entre los miembros de la comisión en enero de 1983, Suberví Bonilla había manifestado su preferencia por Elías, debido a lo que llamó su capacidad moral y económica. Soto Medina, preocupado por los intereses involucrados en el traspaso y por la óptica de la reputación de la administración, insistió en realizar un concurso para proyectar una imagen de imparcialidad. Al final, Suberví estuvo de acuerdo con realizar un concurso siempre y cuando se incluyera al empresario como uno de los candidatos. Entre los tres acordaron mantener los mismos términos del contrato recién rescindido —pues, según indicó Flores Estrella, fue gracias a los mismos que el Estado pudo recuperar el hotel—. Dada la baja oferta de la firma ganadora, el Gobierno informó que renegociaría la suma hasta lograr un acuerdo provechoso; de no llegar a ello, se iniciarían negociaciones con la firma que ocupó el segundo lugar. A principios de julio de 1983, el Estado firma un contrato de arrendamiento con el Consorcio Franco-Dominicano a través de su presidente, Manuel Alfonso García Dubús. Dos meses más tarde, por orden de alguacil, el Estado entonces le exige al Consorcio el depósito de una fianza de un millón de pesos en un plazo no mayor de 30 días, así como el pago de las prestaciones laborales a los empleados del hotel. Ante el (obviamente esperado) incumplimiento de tales solicitudes, en noviembre un decreto de Jorge Blanco declara rescindido el contrato. Según las reglas establecidas en el concurso, lo debido era pasar a la segunda oferta ganadora; sin embargo, la empresa Yacenda ya había optado por realizar inversiones en otros países, al ser desestimada su propuesta por los dominicanos. Ya para el 20 de junio de 1984 finalmente aparece un nuevo arrendatario: la Compañía Transamerican Hotel y Casino S.A., con una propuesta de un compromiso de 30 años. En representación del lado del Estado firmó el subsecretario de Estado de Turismo, Juan Medina. Del lado de la Transamerican firmó su vice presidente, Edmond Elías. 250
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for the quality of his shows, the muddy counterpart to that was his lenience towards those political guests. A few months after the hotel’s shutdown the government ran a public tender in order to subscribe a new lease, organized by a commission made up of the Secretary of State for Tourism, Rafael Suberví Bonilla, the Chief of Staff, Rafael Flores Estrella, and Soto Medina himself. In April of 1983 the trio would reveal the three winning companies: the third place went to Esparcimientos Turísticos S.A., while Yacenda Real Estate finished second. The first place went to the Consorcio Franco-Dominicano, a group locally represented by an acquaintance of Jorge Blanco’s, businessman Edmond Elías… known for being the direct competitor to Papito Santa Cruz with his casino and entertainment venue, the Maunaloa Night Club. Opened in 1974, the establishment was also set a short distance from the Caribbean Sea, by the former Fair for Peace. From the three offers, the Consorcio Franco-Dominicano had the lowest bid. And yet, nobody found it strange when this group was propped up as the winner, as Suberví Bonilla had expressed his preference for Elías during a January 1983 meeting between the members of the commission, due to what he called Elías’ moral and economic capacity. Soto Medina, concerned about the many interests involved in the transfer and the administration’s reputational optics, insisted on a public tender, in order to project an image of objectiveness. In the end, Suberví agreed to carry it out as long as the businessman was included as one of the candidates. All three of them agreed to maintain the terms of the recently rescinded contract —as Flores Estrella indicated, it was thanks to their language that they were able to recover the hotel. Given the low bid of the winning firm, the government informed that they would be renegotiating the sum until they reached a convenient agreement; in case they didn’t, they would move on to the second-place winner. In early July of 1983, the government signed a lease with the Consorcio Franco-Dominicano via its president, Manuel Alfonso García Dubús. Two months later, served by a marshall, the government demanded a one-million peso bail in no longer than 30 days, as well as the payment of compensations to the hotel’s employees. Upon the (obviously expected) breach in the terms, in November an executive order from Jorge Blanco declared the contract cancelled. According to the rules established for the tender, the commission now had to reach out to the second-place winner; nevertheless, Yacenda had already moved on to investments in other countries, having had their offer rejected by the Dominican government. But on June 20 of 1984 another leaseholder came to the fore: the Compañía Transamerican Hotel y Casino S.A., with a 30-year proposal. Representing the Dominican government, the signature came from the Vice Secretary of State for Tourism, Juan Medina. Representing Transamerican was the company’s vice president, Edmond Elías. The contract was not sent to Congress for approval, even though it included some never-before-seen terms in a document of its kind related to the hotel: it mentioned the destruction of its main building in order to build a new one. And that’s when barely a few days after the agreement between these two parties was signed, in mid 1984, in a country viciously enveloped by the hangover of the citizen uprising and the violence and the countless price hikes and the umpteenth austerity 251
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El contrato no fue sometido al Congreso Nacional para su aprobación, a pesar de que incluía unos términos nunca antes vistos en un documento de su tipo relacionado al hotel: mencionaba la demolición del edificio frontal y la construcción de uno nuevo. Y es entonces cuando a escasos días de esa suscripción, a mediados de 1984, con la resaca de la poblada y la violencia y las alzas de precio y la austeridad y los rumores de corrupción gubernamental rampante, la prensa se entera de las intenciones de demoler el Jaragua. Para esa fecha, la arquitectura dominicana no tenía por costumbre mirarse en el espejo. Después de retornar de sus estudios de posgrado en Restauración de Monumentos en Florencia a principios de la década, Gustavo Luis Moré hizo algo pionero en el gremio: al volver a su alma mater ahora como profesor de las materias de Historia de la arquitectura III, IV y V en la facultad de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, realizó una de las primeras investigaciones académicas dedicada exclusivamente al cronograma de la arquitectura dominicana. Ahí, entre todos los nombres de quienes proyectaron la cara construida del país a través de los siglos, resaltaba uno en particular: Guillermo González. Y, como hacía hincapié a sus estudiantes, entre su prolífica producción no había mayor exponente de su capacidad que el Hotel Jaragua. No fue el primero en notar ese hueco. Ángela Burgos recuerda que, como estudiante de arquitectura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en la década de 1970, ningún profesor le llegó a mencionar el nombre de González —una ironía absurda, ya que ese mismo conjunto universitario había en parte nacido en la mesa de dibujo del arquitecto—. Sin embargo, ni ella ni sus compañeras más cercanas en la carrera podían negar que había algo de magia en algunos de los edificios del campus que ocupaban, así como en varios de los inmuebles que miraban hacia el horizonte marino de la ciudad, como si con eso comunicaran que eran demasiado universales para ser contenidos dentro de tan pequeño país. Por eso, casi terminando la carrera, Ángela y sus mejores amigas de la facultad decidieron unirse para investigar y compartir información sobre los más grandes arquitectos dominicanos y su conexión con la producción global. Así, junto a Fátima Karam, Sheila López Rodríguez y Edda Grullón se daban cita en una casita que les había facilitado el padre de esta última en la parte trasera de su oficina en Gazcue. Aparte de sus investigaciones in situ con arquitectos dominicanos, las jóvenes visitaban de forma asidua la librería de Fiume A. Vicini, un importador de libros con una casa-tienda en las cercanías de los estudios de Color Visión, en la avenida Lope de Vega; también escudriñaban las novedades en la librería Biblos, en una placita sobre la avenida Tiradentes. El padre de Fátima, un comerciante de origen árabe, solía regalarle enciclopedias especializadas adquiridas en sus viajes. Ahí, poco a poco, las amigas crearon una biblioteca y una costumbre de investigación e indagación que crecía con cada reunión de los martes en la noche. Motivadas por las lecciones de sus profesores Eduardo Rozas, de historia y teoría, así como de René Sánchez Córdoba, de urbanismo, vieron a la pequeña peña como un lugar de discusión para hacer una arquitectura diferente, que llegara más a los usuarios finales, con una mística inclusiva que pudiera producir mejores ambientes domésticos, de ocio y de uso público adaptados a las condiciones sociales y climáticas de República Dominicana. Para principios de 1979, las tertulias eran tan atractivas que se 252
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measures and the rumors of rampant government corruption, the press found out about the officially sanctioned plans to tear down the Jaragua Hotel. Around that time, Dominican architecture hadn’t developed the habit of looking at itself in the mirror. After coming back home from his postgraduate studies in Restoration of Monuments in Florence earlier in the decade, Gustavo Luis Moré did something of a pioneering thing in his profession: upon returning to his alma mater now as a faculty member, heading the lectures for History of Architecture 103, 104 and 105 at the Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), he carried out one of the first academic research projects dedicated in its entirety to the timeline of Dominican architecture. And there, among all the names of those who designed the built face of the country throughout the centuries, one in particular stood out: Guillermo González. And, as he frequently told his students, among his prolific production there was no greater display of his ability than the Jaragua Hotel. He wasn’t the first to notice that gap. Ángela Burgos remembers that, as an architecture student at the Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) in the 1970s, no teacher ever mentioned González’s name —a flagrant irony, given the fact that the University City they were standing in had been born on the architect’s drafting table. And yet, neither she nor her closest fellow students could deny that there was something magical about some of the campus’ buildings, as well as some of the properties that looked towards the sea right across it, as if they were trying to state that they were far too universal to be contained inside such a small country. That’s why, close to their graduation, Ángela and her best college friends decided to join forces to research and share information about the most important Dominican architects and their connection to global production trends. That way, along with Fátima Karam, Sheila López Rodríguez and Edda Grullón, she would get together in a small cabin lent by Edda’s father in the back of his office in the neighborhood of Gazcue. Apart from their onsite research directly with Dominican architects, the young women would frequently visit the bookstore held by Fiume Vicini, who would sell imported books in his shophouse close to the Color Visión studios on Lope de Vega Avenue; they would also scrutinize the new arrivals at the García Dubús bookstore, located in a small shopping center on Tiradentes Avenue. Fátima’s father, an Arab-Dominican businessman, would often bring her specialized encyclopedias from his international trips. Little by little, the friends created their personal library and developed a research habit that grew with each Tuesday evening meeting. Encouraged by the lessons taught by professors such as Eduardo Rozas, who headed the history and theory lectures, as well as René Sánchez Córdoba, who taught urbanism-related subjects, they saw their tiny club as a place to discuss the possibility of creating a different type of architecture, which could reach end users in a better way with an inclusive outlook that could produce more dignified domestic, leisure and public environments adapted to the social and climatic conditions of the Dominican Republic. In early 1979, those get-togethers were so interesting that other young architects joined in, including Manuel Pujols, Gustavo Moré, Emilio Brea and Omar Rancier. To Rancier, those conversations were so constructive that, in his opinion, they should no longer remain among the group. That’s how, with a name and a logo chosen by all, the Grupo Nueva Arquitectura came to be. 253
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les unieron otros jóvenes arquitectos, incluyendo Manuel Pujols, Gustavo Moré, Emilio Brea y Omar Rancier. Para Rancier, esas conversaciones eran tan provechosas que, a su parecer, no podían quedarse entre ellos. De ahí, con un nombre y un logo escogidos entre todos, surgió el Grupo Nueva Arquitectura. Cuando el GNA publicó su primer artículo en la sección de Cultura del Listín Diario, pensaban que habían llegado en grande. Cuando El Nuevo Diario les ofreció una página completa cada lunes, llamada Hoja de arquitectura, pensaban que estaban viendo la gloria. Sin embargo, pronto se iban a dar cuenta de que lo que comenzó con la intención de educar y divulgar conocimientos profesionales entre un nicho de interesados les iba a convertir en activistas para toda la sociedad capitaleña. En 1983 se unieron para objetar el anteproyecto de modificación de la ley 675, que permitiría a los ingenieros civiles firmar planos de diseño arquitectónico, en detrimento del ejercicio profesional del gremio. Pero aun esa protesta le afectaba solo a un grupo limitado de profesionales; no había nada en el horizonte que indicara que iban a tener que levantar sus voces en defensa de algo de mucho mayor alcance. No bien los miembros del grupo habían descubierto su pasión, orgullo y respeto por el importante trabajo de Guillermo González, cuando ya el Gobierno estaba disponiendo la demolición de su obra culmen. Cuando en su edición del 30 de junio de 1984 El Caribe publicó la noticia de los planes de la Transamerican, con eso inició una cadena de llamadas telefónicas y un cuchicheo ardiente en las aulas de arquitectura de la UNPHU, la UASD y la UCE en San Pedro de Macorís. Entre todas esas conversaciones surgió una meta en común: lograr que el Gobierno y los ciudadanos entendieran la importancia y el potencial del edificio. A los pocos meses, Rancier se encontraba en el despacho de Rosita Meléndez, la entonces directora de la entonces Galería de Arte Moderno. Junto a los arquitectos César Iván Feris y Erwin Cott, así como el entonces director general de Radio Televisión Dominicana, Agliberto Meléndez, la conversación giraba en torno al valor histórico y patrimonial del Jaragua. La directora, aprovechando sus conexiones gubernamentales, llamó delante de todos al mismísimo Salvador Jorge Blanco. En esa llamada explicó por qué debía buscarse una alternativa de preservación, y puso al habla al arquitecto Feris como apoyo. El presidente respondió positivamente, sugiriendo efusivamente una cita con Rafael Flores Estrella. Flores Estrella tenía apenas 36 años para esa fecha, pero llevaba la política en la sangre: su abuelo fue el abogado santiaguero Rafael Estrella Ureña, presidente provisional del país en el interim Vásquez-Trujillo que tuvo lugar entre marzo y agosto de 1930. Previo a su rol como secretario administrativo de la Presidencia en el mandato de Jorge Blanco, en la administración de Antonio Guzmán fungió como sub-secretario de Turismo, donde obtuvo conocimientos íntimos de los menesteres hoteleros tanto de Santo Domingo como del resto del país. Sin embargo, es también revelador lo que sucede con su carrera política una vez el PRD sale del poder: fue uno de los acusados por corrupción en los juicios que tuvieron lugar durante el gobierno de Balaguer, cumpliendo su condena en la antigua cárcel preventiva del ensanche La Fe. En 1993 salió de su partido original para pasar a las filas del Partido de la Liberación Dominicana, y en menos de un año hizo oficial otra renuncia, para pasar al movimiento Cambio 94. En 2004 ya era miembro de 254
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When the GNA published its first article in the cultural section of the Listín Diario newspaper, they thought they had made it big. When El Nuevo Diario offered them a full page every Monday, christened Hoja de arquitectura (The Architecture Page), they thought they had ascended to some sort of architectural Mount Olympus. And yet, they would soon realize that their initial intention of educating and sharing professional knowledge among a small niche would turn them into activists on behalf of Santo Domingo’s entire society. In 1983 they got together to object a draft bill that would modify law 675, which would allow civil engineers to sign architectural blueprints, affecting the guild’s professional capabilities. And yet even that protest would impact but a small group of people; there was nothing in the horizon that indicated the possibility of having to raise their voices on behalf of a larger crowd. No sooner had the gang discovered their passion, their pride and their shared respect for the significant oeuvre of Guillermo González when the government had already decided to tear down his masterpiece. When, in its June 30, 1984 edition, El Caribe ran the news of Transamerican’s plans, a spark went off: there was a chain of phone calls and back-and-forth whispers in the architecture classrooms at the UNPHU, the UASD and San Pedro de Macorís’ UCE. These conversations brought forth a common goal: to get the government and the citizens to understand the importance and the potential of the building. A few months later, Rancier found himself in the office of Rosita Meléndez, the then director of the then Modern Art Gallery. Along with architects César Iván Feris and Erwin Cott, as well as the then general director of Radio Televisión Dominicana, Agliberto Menéndez, they were discussing the historical value and the heritage of the Jaragua building. Meléndez, seeing that she could put her official connections to good use, dialed the number of Salvador Jorge Blanco himself. In that call she explained that the government should consider the alternative of preservation, and had Feris provide backup information. President Jorge Blanco responded positively, and strongly encouraged the team to meet with Rafael Flores Estrella. Flores Estrella was barely 36 years old by then, but he was a political being by way of DNA: his grandfather was a Santiago-born lawyer named Rafael Estrella Ureña who became the country’s provisional president during the post-coup Vásquez-Trujillo interim between March and August of 1930. Before his role as the Chief of Staff during Jorge Blanco’s administration, he became the Vice Secretary for Tourism during Antonio Guzmán’s mandate —where he obtained critical insider knowledge regarding the operational side of the country’s hospitality industry. But it’s quite revealing to see what happened to his political career once the PRD left the stage: he was charged with corruption during the Balaguer-era trials, and carried out his term at a correctional facility in the Ensache La Fe neighborhood in the capital. In 1993 he left his original party and moved over to the Dominican Liberation Party (PLD), and less than a year later he stepped out once again, heading to the Cambio 94 movement. By 2004 he had already joined another party, Fuerza de Revolución, and he ran for president that same year. With that profile in mind, the scene that took place in his office during his meeting with the architects makes perfect sense. Rancier remembers that, worried to the point of pathos, Flores Estrella spoke of the X-ray studies carried out by —unidentified— 255
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otro partido, Fuerza de Revolución, del cual fue candidato presidencial en las elecciones de ese año. Con ese perfil en mente, tiene sentido lo que sucedió durante su reunión con los arquitectos. Rancier recuerda que, con histriónica preocupación, Flores Estrella hablaba sobre los estudios con rayos X realizados por especialistas —no identificados— que indicaban que el salitre del Caribe había afectado el acero de la estructura de forma irreparable, por lo que la edificación podría colapsar en un par de años. Sin embargo, deseoso de escuchar la posición de otros expertos en el área, prometió a los asistentes realizar una presentación con los contratistas de la obra y el Colegio Dominicano de Ingenieros y Arquitectos (CODIA) para evaluar opciones ganar-ganar, que permitieran mantener la estructura original en pie a la vez que se pudiera crear un nuevo hotel a la altura de las demandas del turismo contemporáneo. La presentación, como ya sospechaba Rancier, nunca llegó a tener lugar. Ahora, ¿realmente las instalaciones estaban en ese estado? Quírico Antonio Pérez fue el antecesor de Julio Soto Medina, en la Corporación de Fomento de la Industria Hotelera y Desarrollo del Turismo. Pérez había realizado una inspección completa del estado del Jaragua en agosto de 1979. Como resultado, había informado al entonces director nacional de Turismo, Víctor Cabral, que la misma había sido favorable, y que las mejoras realizadas por el entonces arrendatario auguraban un futuro provechoso para el desarrollo turístico de Santo Domingo. Más aun: una de las alumnas de arquitectura de la UNPHU, Lidia León Cabral, pudo obtener acceso a la edificación clausurada y desde allí tomar fotografías de los espacios, incluyendo las habitaciones. Las imágenes que utilizó para ilustrar su tesis de grado muestran algo obvio: el Jaragua se encontraba sucio, descuidado y maltratado por el olvido, pero sus vigas y columnas permanecían en la posición inicial que les había asignado su creador. No había ni una varilla a la vista, ni óxido en las losas de hormigón. En la primera mitad del siglo XX, Guillermo González y su hermano Alfredo fueron de los profesionales más destacados en trabajar con hormigón a gran escala en República Dominicana, y se aseguraron de hacerlo con las técnicas más avanzadas de la época. O todavía más: los nuevos arrendatarios alegaban que las habitaciones del Jaragua eran demasiado pequeñas para ser funcionales según los nuevos estándares de alojamiento. Sin embargo, muchos arquitectos argumentaban que, dado el tipo de construcción de las particiones internas con material no portante —panderetas sin fines estructurales— era sencillo removerlas para crear nuevas configuraciones habitacionales o hasta dedicar las plantas abiertas a espacios de ocio. O todavía más de lo mismo: otra de las edificaciones hoteleras construidas por González frente al mar durante el trujillato, el Hotel Paz, había cambiado de administración y de nombre —entonces Hispaniola— en años recientes. Cuando la empresa Gulf & Western analizó exhaustivamente la proyección de rentabilidad del establecimiento, encontraron la vía más provechosa financieramente: mantener el edificio y adaptarlo a las usanzas de la época. Otra de las creaciones maleconísticas de la época, la sede del Partido Dominicano diseñada por Henry Gazón Bona —construido unos tres años después del Jaragua— estaba en tan buenas condiciones que la administración de turno 256
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experts, which showed that the steel inside the structure had been affected beyond repair by the sea’s saltpeter, and that meant the building could spontaneously collapse in just a couple of years. Nevertheless, he was very interested in hearing the position of other experts, and thus promised those in attendance that he would schedule a presentation with the new building’s contractors and the Dominican Association of Engineers and Architects (CODIA) in order to evaluate a win-win solution, which would ensure the survival of the original structure as well as provide enough space to create a new hotel that would respond to the demands of a new era of travel. That presentation, as Rancier already suspected, would never take place. Now, were the installations really in such a dire state? Quírico Antonio Pérez was Julio Soto Medina’s predecessor over at the Corporation for the Promotion of the Hotel Industry and Tourism Development. Pérez had carried out a thorough inspection of the state of the Jaragua Hotel in August of 1979. As a result, he had informed the then National Director for Tourism, Víctor Cabral, that his review had been favorable and that the improvements made by the then leaseholder promised an advantageous scenario for the tourism development of Santo Domingo. What’s more: one of UNPHU’s architecture students, Lidia León Cabral, was able to obtain access to the closed facilities to take pictures of its spaces, including the guestrooms. The images she used for her BA thesis prove an obvious thing: the hotel was dirty, unkempt and battered by the city’s collective callousness, but its beams and its columns remained in the original position assigned by their creator. There was not a rod in sight, no rust on the cement slabs. In the first half of the 20th century, Guillermo González and his brother Alfredo were some of the most celebrated professionals working with large-scale reinforced concrete works in the Dominican Republic, and they made sure they did so with the most advanced techniques at the time. And even more: the new leaseholders claimed that the guestrooms at the Jaragua Hotel were far too small to be actually functional under the era’s increasingly demanding lodging standards. Nevertheless, several architects argued that, given the fact that the internal partitions were created by using non-structural elements, they were easy to remove —and could thus generate new layouts for the individual rooms or could be torn down to open up the spaces to create leisure areas. And even more of the same: another one of the buildings erected by González across the sea during the Trujillo era, the Paz Hotel, had changed hands and changed names in recent years —it was then known as the Hispaniola. When the Gulf & Western company went through the establishment’s profit projections, they found the most financially beneficial option: keeping the building and adapting it to the trends of the time. Another 1940s seaside creation, the headquarters of the Dominican Party designed by Henry Gazón Bona —built some three years after the Jaragua Hotel— was in such great condition that the government at the time decided to use it to house the Secretary of State for Tourism. These buildings were the indisputable proof that González and his contemporaries knew how to design by the sea; likewise, those two examples confirmed the fact that preserving and adapting made more commercial sense in Santo Domingo than starting from scratch. 257
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había decidido alojar ahí la Secretaría de Turismo. Estas edificaciones eran muestras indiscutibles de que el arquitecto González y muchos de sus contemporáneos sabían diseñar frente al mar; asimismo, esos usos contemporáneos fueron una confirmación de que preservar y adaptar era más comercialmente sensible para el panorama capitaleño que comenzar desde cero. En efecto, el CODIA pensaba igual. En 1984 el Colegio publicó una propuesta salomónica: estaban de acuerdo con eliminar todo lo que no fuera el edificio original —incluyendo las partes agregadas a partir de 1946, como el bloque al este, los bungalows, la concha acústica, el anexo del Holiday Inn y el centro nocturno La Fuente—. Al efectuar estas eliminaciones, en el generoso solar del hotel podrían convivir el hito arquitectónico y una nueva torre a la altura de los deseos de los empresarios hoteleros. Con esta propuesta ganaban el pasado, el presente y el futuro. Eran más de 80 mil metros cuadrados: la megalomanía y la voracidad espacial de Trujillo habían asegurado un terreno lo suficientemente holgado para todos. Pero el Gobierno de Jorge Blanco no cedía. Otras partes defendían la demolición. Primero estaba el pueblo: cuando en 1975 el Gobierno de Joaquín Balaguer demolió el parque Independencia diseñado por Antonín Nechodoma, una parte de la sociedad lo aplaudió. El espacio se había convertido en un punto de prostitución, y el pensar popular era que muerto el perro, se acabaría la rabia. De hecho, en vez de otro espacio público mayormente lúdico, la administración construyó ahí el Altar de la Patria, donde descansan los restos de los patricios independentistas dominicanos. Una década después muchos veían en el Jaragua, con los rumores de su reputación cuestionable, un paralelo con el antiguo parque Independencia. Luego estaba la prensa. En El Nacional, el periodista Bolívar Díaz Gómez preguntaba: “¿Y qué pasaría si lo tumban? Absolutamente nada… como tampoco pasaría nada si tumban el obelisco o demuelen toda la Zona Colonial. ¿Qué cuento es ese del patrimonio cultural? Con romanticismos no se va a ninguna parte”. El comunicador César Medina lo secundó en el mismo diario, diciendo que en un país en medio de huelgas y problemas económicos alrededor del FMI, “vengan unos romanticones a postular la preservación de un criadero de ratas y alimañas dizque en aras del patrimonio cultural. ¡Que echen abajo el viejo edificio ese, y se acabó! Así por lo menos garantizamos que veintenas de obreros, albañiles, carpinteros, plomeros y electricistas comerán por unos meses”. El presidente del Sindicato de Empleados de Hoteles, Bares y Restaurantes, Luis Felipe Gil, dijo en la asamblea general de la entidad a principios de 1985 que “los tiempos actuales no son propicios para que los trabajadores dominicanos se entretengan con poesías o historias del pasado”, rechazando que un edificio de apenas unos 40 años de vida pudiera considerarse un monumento nacional —algo con lo que públicamente había estado de acuerdo el secretario Flores Estrella—. Pero los llamados romanticones entretenidos siguieron mirando hacia delante. A Emilio Brea, con sus dotes naturales de activista, se le ocurrió vender bonos por valor de un peso, con el retrato de Guillermo González como imagen, para financiar protestas —como las vigilias del 18 de octubre y del 8 de noviembre, con 10 cruzacalles para informar a la población de lo que estaba sucediendo—. El GNA y sus defensores hicieron una solicitud formal ante el Congreso Nacional para declarar al Jaragua como bien 258
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And indeed, the CODIA thought the same thing. In 1984 the association shared a Solomonic proposal: they agreed to eliminate everything beyond the original building —including the new bodies created after 1946, including the eastern building, the bungalows, the bandstand, the Holiday Inn annex and the La Fuente nightclub. By removing these blocks, the hotel’s generous lot could house both the architectural landmark and a new high-rise that could fulfill the wishes of the hospitality investors. This proposal entailed a win for the past, a win for the present and a win for the future. After all, it was a plot of more than 80 thousand square meters: Trujillo’s megalomania and his spacial voracity had left behind a piece of land ample enough for everyone. And yet, Jorge Blanco’s administration didn’t budge. Others applauded the potential demolition. Over at El Nacional, journalist Bolívar Díaz Gómez asked: “What would happen if they tear it down? Absolutely nothing… just like nothing would happen if the obelisk is torn down or the entire Colonial Zone disappears. What’s with the sob story about the importance of cultural heritage? Such romantic views lead nowhere.” TV presenter César Medina took his cue from Díaz in the same newspaper, stating that a country where strikes were commonplace and IMF-related economic issues were aplenty “had no place for some soppy artists to speak of the preservation of a rat’s nest on behalf of some so-called cultural heritage. Tear down that old building already, and get it over with! That way we can somehow make sure that dozens of construction workers, laymen, carpenters, plumbers and electricians can eat for a few months.” The president of the Union for the Employees of Hotels, Bars and Restaurants, Luis Felipe Gil, spoke in the entity’s general assembly in early 1985 and said that “it ill behoves Dominican workers, in these current times, to entertain themselves with some poetry or stories from the past.” According to him, a 40-year-old building should not be considered a national monument —something that Flores Estrella himself had publicly agreed with. But the entertained soppy artists kept looking ahead. Emilio Brea and his innate gift for activism though of selling one-peso bonds, featuring the portrait of Guillermo González as its main image, in order to finance several protests —such as the vigils that took place on October 18 and November 8, with 10 banners that informed passersby of the issue at hand. The GNA and its supporters sent a formal request to Congress in order to declare the Jaragua Hotel a cultural good. On November 14, aided by PLD councilor Joaquín Gerónimo —who was also an architect—, the mayor’s office did indeed issue a ruling that included the building in the country’s national heritage list; it was sent to the Executive Branch for its application. But the Executive Branch would insist on tearing down the so-called white elephant in order to give Santo Domingo another world-class hotel, better adapted to another world class. And so, after a private request for bids to design and build the new proposal, which took place in early 1984, a winner emerged: local firm Martínez Burgos y Asociados. Founded by civil engineer José Ramón Martínez Burgos, the business featured a large crew of engineers and architects —including Martínez Burgos’ son, an architect just barely in his 30s called José Ramón Martínez González. Their initial proposal had a tropical vein, representing the region’s culture by way of a plethora of visual details. 259
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patrimonial y cultural. El 14 de noviembre, con la promoción del regidor peledeísta —y arquitecto— Joaquín Gerónimo, la Sala Capitular del Ayuntamiento del Distrito Nacional emitió una resolución que declaraba al Jaragua como patrimonio cultural; la misma fue remitida al Poder Ejecutivo para su puesta en marcha. Pero el Ejecutivo insistía en que había que demoler el llamado elefante blanco y darle a Santo Domingo otro hotel de otra clase mundial. Así, de la licitación privada para su diseño y construcción, que se realizara a principios de 1984, salió ganadora la firma local Martínez Burgos y Asociados. Fundada por el ingeniero civil José Ramón Martínez Burgos, la empresa contaba con una batería amplia de ingenieros y arquitectos —incluyendo al hijo de Martínez Burgos, un arquitecto apenas entrado en la treintena llamado José Ramón Martínez González—. La propuesta inicial fue un anteproyecto de corte tropicalista, representativo de la cultura caribeña y con el correspondiente sentido narrativo en la parte visual. La Transamerican rechazó esa línea y llevó al joven arquitecto a hoteles en Las Vegas y Atlantic City, para empujarle a la creación de un hotel más acorde a la usanza de los epicentros casineros de Estados Unidos. Martínez González rápidamente entendió la selección de puntos de inspiración: para la nueva administración, el eje principal del hotel debía ser el casino. Incluso, solicitaban colocar este espacio en el centro de la edificación —algo que les fue prohibido por disposiciones legales locales—. La propuesta final fue una creación conjunta entre Martínez González y el arquitecto estadounidense Dan Duckham, con sede en Fort Lauderdale —Duckham, curiosamente, describió la edificación original como “un diseño de un arquitecto dominicano famoso y que era, más o menos, una vaca sagrada”—. El dúo proyectó una torre de 10 pisos con 340 habitaciones, con cuatro restaurantes de 50 sillas, una discoteca con capacidad para 120 personas, un salón de espectáculos estilo Las Vegas, un café externo para 120 visitantes y uno interior para 75 personas, una laguna tropical, una piscina, un centro de tenis, un salón de baile, salones de conferencias, tiendas y un spa a la europea. Era, sin lugar a dudas, el proyecto de hotel de ciudad más ambicioso que había conocido el país. Ya con los planos listos, solo faltaba la aprobación del contrato de los mismos. Increíblemente, aquí sí hubo oposición gubernamental: Martínez Burgos era reconocido políticamente como balaguerista, y el consultor jurídico del PRD, Enmanuel Esquea, logró crear un tranque en el Congreso. Sin embargo, era un secreto a voces que Joaquín Balaguer todavía tenía las llaves de la legislación dominicana, así que su hijo procuró una reunión con el ex presidente, para así obtener una promesa de aprobación. El documento no incluía textualmente la palabra demolición, pero sí indicaba que el arrendamiento permitía disponer de los bienes a su mejor conveniencia para que el proyecto hotelero fuera fructífero. Sin embargo, el líder reformista detectó el eufemismo y obtuvo una explicación clara del joven. Para Balaguer, la caída del Jaragua era “una barbaridad”, ya que para él había sido un símbolo y centro de la ciudad. Para Martínez y su padre también era una situación agridulce: el hijo admiraba el talento de Guillermo González desde la distancia; desde la cercanía, el progenitor recordaba con orgullo a uno de sus profesores universitarios favoritos. Pero tanto los Martínez como Balaguer sabían que, con o sin ellos, de todos modos el Jaragua iba a caer. El contrato fue aprobado en el Congreso tres días después de la reunión. 260
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Their clients at Transamerican rejected that train of thought and instead took the young architect on a hotel tour in Las Vegas and Atlantic City, in order to point his drafting table in the direction of America’s gambling meccas. Martínez González quickly understood the inspiration behind the selection: to the new administration, the hotel’s main axis was to be the casino. The new leaseholders even wanted to place that space in the middle of the building —which was forbidden by local legal dispositions. The firm’s final proposal was co-created between Martínez González and Fort Lauderdale-based architect Dan Duckham —who intriguingly described the original building as “designed by a famous Dominican architect and was somewhat of a sacred cow.” The duo designed a 10-floor building with 340 guestrooms, four 50-seat restaurants, a nightclub for 120 people, a Vegas-style showroom, an outdoors café for 120 guests and an indoor one for 75 people, a tropical lagoon, a pool, a tennis center, a ballroom, conference rooms, stores and a European-style spa. It was, no doubt about it, the most ambitious urban hotel project the entire country had ever seen by then. With the final blueprints in place, the team only needed their contract’s approval. Bewilderingly, there was some governmental pushback here: Martínez Burgos was publicly known as a rank-and-file balaguerista, and the PRD’s legal advisor, Enmanuel Esquea, was able to create a bottleneck in Congress. And yet, it was widely known that Joaquín Balaguer still ruled over the Dominican legislative system, so the engineer’s son arranged for a meeting with the former president in order to obtain at least a vague promise concerning the contract’s approval. The document didn’t include the word demolition per se, but it did indicate that the leaseholders could make use and dispose of the goods at their convenience in order to turn the hospitality project into a profitable business. And yet, the reformista leader detected the euphemism, and in return got a clear explanation from the young man. To Balaguer, seeing the downfall of the Jaragua Hotel was “an atrocity,” as he saw it as a both a symbol for and the social center of the city. To Martínez and his father it was also a bittersweet situation: the son admired Guillermo González’s talent from afar; from up close, the eldest Martínez proudly remembered one of his favorite university professors. But both the duo and Balaguer knew that, with or without them, the hotel would be falling down. The contract was approved in Congress three days after their meeting. And that’s when the students found out. The racket made by the group of architects —including pieces written by Rancier, Moré and Brea— was joined by that of the press itself: commendable quills such as Clara Leyla Alfonso from the Hoy newspaper, María Elena Núñez at El Caribe, Leo Reyes at El Sol and Héctor Herrera at the Listín Diario documented the building’s defense, educating readers on the value of a concrete body often taken for granted. Beyond that, the secretary general of the National Hotel and Restaurant Association, José Enrique de Marchena Jr., strongly encouraged the leaseholders to keep the original building intact and rehabilitate it in order to operate under competitive conditions. But it was all for nothing: by February 12 a large wrecker was parked in front of the complex, and thus demolition works began even without a legislative approval. That’s why, on the 14th the Committee of Citizens for the Jaragua Hotel, represented by architects such as Moré, Placido Piña and Pedro José Alfonso, sent both 261
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Y entonces ahí se enteraron los estudiantes. Al bullicio de los arquitectos —incluyendo piezas escritas por Rancier, Moré y Brea— se unió el de la prensa: plumas ejemplares como las de Clara Leyla Alfonso del Hoy, María Elena Núnez de El Caribe, Leo Reyes de El Sol y Héctor Herrera del Listín Diario documentaron la defensa de la edificación, educando a la población lectora sobre el valor de un cuerpo de concreto tomado por sentado. Aparte, el secretario general de ASONAHORES, José Enrique De Marchena hijo, recomendaba que el edificio principal se mantuviese intacto y se habilitara para operar en condiciones competitivas. Pero valió poco la pena: ya el 12 febrero se había estacionado una grúa frente al complejo hotelero, iniciando su demolición sin tener autorización legislativa alguna. Por eso, el día 14 del mes el Comité de Ciudadanos por el Jaragua, representado por arquitectos como Moré, Plácido Piña y Pedro José Alfonso, enviaron al Senado y a la Cámara de Diputados varias comunicaciones donde adjuntaban copias del contrato de arrendamiento del hotel, que todavía no había sido conocido por los legisladores, y exigían el alto a la destrucción del inmueble. Para repetirlo por si no quedó claro: ya había comenzado la demolición, pero el Congreso Nacional todavía no había recibido ni aprobado el contrato de arrendamiento, y corrían rumores de que varios senadores habían exigido pagos por la izquierda a los arrendatarios para aprobarlo. De todos modos, el documento que autorizaba la destrucción del edificio estaba en un limbo legal, algo que podía darle fuerzas a los activistas. Por eso, para silenciar el ruido, al Gobierno le convenía que el Jaragua cayera más temprano que tarde. Y así, al llegar marzo de 1985 ya el hotel estaba vacío, sin mobiliario ni memoria, listo para ser borrado de su sitio. Martínez Burgos había subcontratado a la empresa de ingeniería Cocimar para encargarse de la demolición. Cocimar, a su vez, subcontrató a Dykon, unos expertos en explosivos con sede en Tulsa. Los estadounidenses, según pudo constatar el equipo local durante una reunión de presentación, tenían un historial de proyectos que comprobaba su conocimiento en la materia. Para asegurarse de que la propuesta iba a ser logísticamente factible, también invitaron a varios militares de alto rango de las Fuerzas Armadas, para que pudieran llevar a cabo un plan de seguridad ciudadana alrededor del evento. Guaroa Noboa era estudiante de arquitectura de la UASD en ese entonces. Ya rendido ante los oídos sordos que no hicieron caso a las protestas, se resignó a ver la explosión la tarde del 13 de marzo. Los militares habían colocado cercos de seguridad en un tramo del Malecón, para evitar que los escombros que pudieran salir despedidos hirieran a los presentes alrededor. Algunos, como Gustavo Moré, habían dicho una mentirilla blanca para poder pasar el cerco —la excusa era que tenía que trasladar a su hija de tres años del colegio a su casa en la avenida Abraham Lincoln— y poder sentarse en la acera a una distancia prudente, sin llamar mucho la atención, para dar un último adiós al edificio al verlo caer. Esa tarde a Noboa lo rodeaban no solo arquitectos y estudiantes de la carrera, sino también cientos de curiosos que habían venido para presenciar la promesa de los militares de una explosión al estilo Hollywood, con el inmueble reducido a cenizas en apenas 10 segundos. Finalmente inició la cuenta regresiva, y cuando tiraron las dos mil cargas de TNT y solo salió un humillo del edificio, el único estruendo que escuchó Moré fue la queja de su hija, gritando “¡Papi, no cayó!”. Noboa solo llegó a escuchar los “¡Buuuu!” de la gente y las protestas burlonas de un grupo de hombres que, tragos en 262
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senators and representatives several letters with a copy of the lease, which hadn’t been discussed in Congress, and demanded a full stop to the demolition process. Once more, for the people in the back: the demolition process had already begun and yet Congress hadn’t received nor approved the lease, and there were rumors that several senators had quietly demanded some bribe money in order to approve it. But anyways, that meant that the document that authorized the building’s destruction was stuck in a legal limbo, and that could further galvanize the group of activists. That’s why, in order to silence that noise, the government preferred seeing that building torn down sooner rather than later. And thus, by March of 1985 the hotel was already empty, no furniture nor memories in sight, ready to be erased from where it stood. Martínez Burgos had hired Cocimar, an engineering firm, to oversee the demolition. Cocimar had then outsourced the task to Dykon, a Tulsa-based company. As it became clear to the local team during an initial presentation, the American firm had a history of projects that confirmed its expertise. In order to make sure that the proposal encountered no logistical glitches, they also invited several high-ranking officials from the Armed Forces, so as to create a public safety plan for the event. Guaroa Noboa was an architecture student at the UASD back then. Having given up after protesting in front of those who refused to listen, he resigned himself to watch the explosion on the afternoon of March 13. The military forces had placed some fences all around a stretch of the seaside avenue, in order to prevent the debris from flying off and hurting people. Some, like Gustavo Moré, had made it to the other side by way of a little white lie —he had picked up his three-year-old daughter from school, he said with her in tow, and now they needed to go through in order to head back home up on Abraham Lincoln Avenue. He sat down on the sidewalk at a careful distance, trying to not attract too much attention to himself in order to pay his final respects to the building. That afternoon, Noboa was surrounded not just by architects and architectural students, but also by hundreds of curious onlookers who, having been promised a Hollywood-style showcase by the military, came to see the building reduced to rubble in 10 seconds. The countdown finally began, and when the two thousand loads of TNT were set loose and barely a small chain of smoke came out, the only uproar Moré heard came from his daughter, who complained by saying “Daddy, it didn’t fall down!” Noboa was surrounded by a choir of “Boooooooooos!” and by the sneering clamor coming from a group of men who, drinks and a cooler in hand, sitting on folding chairs under a couple of umbrellas while listening to music, were disappointed by the poor quality of the afternoon’s entertainment. The hotel, nearly intact, had resisted. It seemed to make fun of the public servants involved, smugly asking: “Now, what about that saltpeter?” But the authorities would have the last word: having confirmed, after several detonation tests, that the building could not be destroyed by way of dynamite alone, they turned to an ignominious murder weapon. Using a wrecking ball and even sledgehammers, the last wall of the Jaragua crumbled as March turned into April. And so crumbled the moon and the music of Luis Alberti, along with Richard Neutra’s praises, those afternoons by the pool, the white parties, the center of the social universe of the Caribbean, a chapter of Dominican broadcasting history, a replicable 263
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mano, con neveritas, sillas plegadizas, sombrillas y musiquita, quedaron decepcionados por la pobre calidad del entretenimiento. El Jaragua, casi intacto, resistía y parecía burlarse de los servidores públicos, preguntando orondo: “¿Qué salitre?”. Pero los funcionarios tuvieron la última palabra: habiendo ya constatado con varias pruebas de explosivos que el edificio no caería utilizando solo dinamita, recurrieron a un método de asesinato indigno. Con una bola de demolición y hasta a puros mandarriazos, mientras finalizaba marzo caía la última pared del Jaragua. Cayó la luna y la música de Luis Alberti, cayó la admiración de Richard Neutra, cayeron las tardes en la piscina, cayeron las fiestas blancas, cayó el centro del universo social antillano, cayó una parte de la historia de la radio y la televisión dominicanas, cayó un modelo adaptable de racionalismo tropical, cayó una estela arquitectónica que dejó su huella por toda la región del Caribe, cayó el mayor legado de uno de los más grandes profesionales del diseño que tuvo el país. Lo que no cayó fue La Fuente, que fue transformada por los nuevos arrendatarios en el Salón La Fiesta, ni las Waldos, que eventualmente se convirtieron en lo que la generación noventera conocería como la discoteca Jubilee —obviamente, operada por Edmond Elías—. El 28 de junio comenzaría a erigirse el nuevo Jaragua Resort, Casino and European Spa. Ya del viejo Jaragua solo quedaba la memoria. Los arquitectos e ingenieros locales guardaron luto a través de seminarios, de estrategias para promover la preservación a nivel legislativo, de bienales de arquitectura dedicadas a Guillermo González. Otros recordarían el hotel a su manera. En 1984, un joven cantautor egresado de composición de jazz de la Berklee College of Music en Boston daba sus primeros pasos profesionales. Su álbum debut, llamado Soplando, contenía composiciones de otros autores, entre estadounidenses y brasileños, y no fue recibido con demasiada algarabía en su natal Dominicana. Para su segundo álbum, lanzado al año siguiente, hubo un cambio radical de planes: en vez de jazz, su nueva disquera le propuso hacer canciones a paso de merengue acelerado. Con esta oportunidad, el cantautor versionó algunos temas extranjeros pero escribió cuatro originales basados, en parte, en sus vivencias. De ahí salieron líneas como “Ella dice que me quiere/que sin mi amor se muere”, o “Si te va bien escribe, Elena” y “Si tú te vas, mi corazón se morirá”. Sin embargo, en el ya clásico álbum Mudanza y acarreo de Juan Luis Guerra y 4.40 hay otras líneas particularmente relevantes dado el momento de su grabación. Le dién dinamita Con pico de calle Por más que le dieron Jaragua no cae Le dién dinamita To el pueblo lo sabe La luna reía Los buenos no caen
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adaptation of tropical rationalism, an architectural comet that left is trail throughout the Antilles. And so crumbled the largest legacy of one of the best design professionals the country ever had. La Fuente didn’t crumble, though, as it was transformed by the new leaseholders into the Salón La Fiesta; the Waldos eventually became what the 90s generation would know as the Jubilee nightclub —obviously, operated by Edmond Elías. On June 28 the new Jaragua Resort, Casino and European Spa would begin its ascent. There was nothing but a memory left of the old Jaragua. Local architects and engineers mourned their loss via seminars, by coming up with strategies for preservation at a legislative level, by dedicating architecture biennials to Guillermo González. Others would remember the hotel in their own way. In 1984, a young singer-songwriter and a graduate of Berklee College of Music’s jazz program was trying to make it. His debut album, titled Soplando, featured songs by other authors, both Americans and Brazilians, but it wasn’t that well received in his native Dominican Republic. For his second album, released the following year, he radically switched gears: his new record company had suggested leaving jazz behind and speeding up the tempo of merengue. Given this new chance, the young man covered some foreign songs but also wrote four original ones, partly based on his experiences. That’s where lines such as “She says she loves me/she says she’ll die without my love,” or “If things go well for you, won’t you write home, Elena” and “If you leave, my heart will surely perish.” And yet, in the contemporary classic that is Juan Luis Guerra y 4.40’s Mudanza y acarreo album there are some other lines that are particularly relevant to the moment they were recorded. They hit it with dynamite They hit it with pickaxes They hit it and hit it But Jaragua won’t crumble They hit it with dynamite Everyone and their mother knows The moon kept laughing The good ones won’t die That’s why, as long as we socialize the stories of those who stepped inside the hotel during its golden and silver years, as we honor the work of Guillermo González and as our local architecture faculties recognize both the trajectory and the potential of Dominican design, that Jaragua, indeed, won’t crumble. But let it be known that this position does not exonerate us as a nation: our hands still hold far too many Jaraguas that are currently at risk of crumbling.
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Por eso, mientras se socialicen las historias de quienes pisaron el hotel en sus épocas de oro y plata, mientras se honre el trabajo de Guillermo González y mientras en las aulas de las facultades locales de arquitectura se reconozca el trayecto y el potencial del diseño dominicano, el Jaragua, efectivamente, no cae. Pero que quede claro que esto no nos exonera como pueblo: todavía tenemos en nuestras manos muchos más Jaraguas a punto de caer.
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Aunque los arrendatarios del Jaragua tenían un plan de inversión a mediano plazo, en 1982 fueron despojados de la propiedad, que fue clausurada. En poco tiempo, el hotel cayó en deterioro. Although the hotel’s leaseholders had several investment plans in the near future, they were removed from the property in 1982. It was shut down and thus fell into disarray.
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El pequeño estudio de Gazcue donde se fundó el Grupo Nueva Arquitectura: arriba están Manuel Pujols, Fátima Karam, Sheila López y Edda Grullón. Debajo, Ángela Burgos. The small Gazcue studio where the Grupo Nueva Arquitectura was born: above are Manuel Pujols, Fátima Karam, Sheila López and Edda Grullon. Below, Ángela Burgos.
Uno de los eventos más exitosos organizados por el Grupo Nueva Arquitectura: el ciclo de conferencias Arquitectura 83, con una duración de cuatro días y una exposición adjunta. One of the most successful events organized by the Grupo Nueva Arquitectura: the Arquitectura 83 four-day conference, featuring an accompanying exhibition.
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El GNA llevó la información arquitectónica a todos los rincones del país con su Hoja de Arquitectura, una publicación semanal en El Nuevo Diario que inició en mayo de 1982. The GNA made architecture everyone’s business by publishing their weekly Hoja de Arquitectura in El Nuevo Diario, a large newspaper, from May 1982.
Para contribuir con las pancartas y las vigilias del GNA se podía comprar un bono de un peso. Ahora, nada de Duartes en la papeleta —aquí el patricio era González—. Wanted to contribute to the banners and the vigils held by the GNA? Then you could buy a one-peso bond to do so. No Washingtons on this bill, though —González was more like it.
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¿A quién le importa ese elefante blanco? “¡Túmbenlo!”, decían varios articulistas de opinión. Who cares about that white elephant? “Tear it down,” some op-eds said.
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Al mismo tiempo, muchos periodistas y arquitectos publicaron piezas a favor de la preservación del edificio original del hotel. At the same time, many journalists and architects wrote in favor of preserving the hotel’s main building.
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El Congreso todavía no había aprobado la carnicería, pero el Ejecutivo entró como una bola de demolición —literalmente—. La destrucción comenzó en la fachada sur. Congress hadn’t approved the carnage, but the Executive Branch came in —quite literally— like a wrecking ball: demolition started on the south façade.
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Tres, dos, uno: los expertos extranjeros no lograron derribar el edificio con explosivos. El Jaragua apenas se movió unos cuantos metros en vez de desplomarse totalmente. Three, two, one: the foreign experts failed to bring down the building with their explosive charge. The hotel barely shifted a few meters instead of the expected total collapse.
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Para finales de marzo de 1985, con maquinaria pesada y golpes manuales en vez del TNT planificado originalmente, el hotel terminó de caer. By late March of 1985, using heavy machinery and manual work instead of the initially planned TNT, the hotel finally fell down.
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Parte de un afiche conmemorativo hecho por el arquitecto Rafael Álvarez con una cita de Pedro Vergés, que decía que “somos en el planeta la huella de los hombres en la luna”. Part of a commemorative poster done by architect Rafael Álvarez featuring a quote from Pedro Vergés, stating that “down here on Earth, we are but the footprints of men on the moon.”
Afiche del Seminario de Arquitectura Contemporánea como Patrimonio Cultural, organizado por el Grupo Nueva Arquitectura justo después de la caída del Jaragua. Poster from the Seminar for Contemporary Architecture as Cultural Heritage, organized by the Grupo Nueva Arquitectura right after the demise of the Jaragua.
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La primera Bienal de Arquitectura del país, también organizada por el GNA, fue celebrada en 1986. Se dedicó a Guillermo González, como se ve en el grabado diseñado por Belkis Ramírez. The country’s first Architecture Biennial, also organized by the GNA, took place in 1986. It was dedicated to Guillermo González, as this engraving by Belkis Ramírez can attest.
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Que no caigan otros Jaraguas CAPÍTULO
Lest we lose more Jaraguas CHAPTER
QUE NO CAIGAN MÁS JARAGUAS
No es del todo fácil llegar a San Giacomo. Las carreteras del Tirol del Sur, una provincia autónoma en el norte de Italia, están en perfecto estado, pero subir por los Dolomitas no es apto para quienes sufren de cinetosis. Desde el aeropuerto de Venecia son tres horas en automóvil por caminos cada vez más curvos y empinados, pero desde hace casi cinco años muchos hacen el recorrido para dirigirse al pequeño pueblito de apenas mil habitantes. ¿La razón? Ahí se encuentra el Bühelwirt, un hotel que nació como un restaurante hace cuatro generaciones y al poco tiempo se convirtió en una modesta posada. Hoy, gracias a una reciente renovación por la firma de arquitectos altoatesina Pedevilla, es una maravilla del diseño —con los premios para probarlo—, un bloque angular de madera negra que parece dispuesto a caer de clavado sobre el Valle Aurina. En apenas unos años, el Bühelwirt ha pasado de alojar turistas italianos con un presupuesto limitado para sus vacaciones de invierno a dar la bienvenida a viajeros con una billetera más generosa, provenientes de los países germanoparlantes alrededor del Tirol del Sur, así como de Estados Unidos y otras naciones del rico norte europeo. La mayoría de estos se han enterado del hotel no por agencias de viaje, sino a través de revistas de diseño y arquitectura. El viajero con ese tipo de intereses, después de todo, es mucho más exigente y tiene la disposición de gastar mucho más que un turista masivo. Pero eso no significa que la pareja propietaria del Bühelwirt, los herederos de la tradición familiar, hayan descartado su historia. De hecho, uno de los factores que hace tan llamativo y único al hotel es la convivencia entre lo viejo y lo nuevo: del lado de la calle todavía sobrevive la antigua posada de 1910, que actualmente sigue alojando a los huéspedes con un prepuesto limitado; hacia el lado trasero, mirando a las montañas, está la adición de 2017. La existencia del primero permite apreciar los avances y las visionarias decisiones que dieron pie al segundo. Ambos están divididos por una línea que solo se vislumbra de forma sutil: de repente, al pasar el vestíbulo y el primer comedor, las líneas sobre la superficie del piso cambian y el huésped se encuentra en el nuevo cuerpo, con amplios ventanales que miran hacia los pinares. Ambas partes de la edificación hacen honor al tipo de construcción autóctono de la zona, utilizando materiales y suplidores locales, mostrando a los visitantes un aspecto cultural atado al clima y a los recursos naturales de esa parte de los Alpes. Con esta inteligente decisión, la propietaria Michaela Haller y su esposo han mantenido viva una parte del patrimonio cultural del pueblo, mientras que a la vez diversifican su oferta turística para asegurar un flujo constante de visitantes de varios rangos de nivel adquisitivo. 282
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Getting to San Giacomo isn’t quite that easy. The roads in South Tyrol, an autonomous province in northern Italy, are perfectly fine, but going up the Dolomites is no fun for those who suffer from motion sickness. It’s three hours by car from the Venice airport, swerving through increasingly winding roads uphill, and yet for the past five years many have happily headed to the small hamlet —population one thousand. The reason? That’s the home of the Bühelwirt, a small hotel born as a restaurant four generations ago, having later become an unassuming inn. Nowadays, thanks to a recent renovation directed by local architectural firm Pedevilla, it’s a marvel of hospitality design —with the awards to prove it—, an oblique block of black wood that seems willing to take a dive in the Valle Aurina. In a matter of years, the Bühelwirt has gone from hosting low-budget winter tourists hailing from Italy to welcoming travelers with deeper pockets from the German-speaking enclaves around South Tyrol, as well as guests hailing from America and the affluent countries of northern Europe. Many of the latter have found out about the hotel not via travel agencies, but instead by way of design and architecture publications. This type of pilgrim, after all, is much more demanding and is far more than willing to outspend a mass-tourism traveler. But that does not mean that the couple who owns the Bühelwirt, the heirs of their family’s tradition, have discarded their own history. In fact, one of the features that makes the hotel so attractive and unique is the coexistence of the old and the new: the block by the street holds the old 1910 inn, which still lodges guests with a limited budget; towards the valley, overlooking the mountains, is the 2017 addition. The existence of the former allows for an appreciation of the progress made and the visionary choices that led to the creation of the latter. They’re both divided by a faint fragmentation that can only be subtly glimpsed: suddenly, when walking from the lobby and the frontal dining room towards the back, the lines on the floor surface change and the guest has unwittingly walked into the new block, featuring generous picture windows overlooking the pine trees. Both parts honor the region’s native construction techniques, using local materials and suppliers, thus giving visitors the chance to learn about a cultural aspect tied to the weather and the natural resources of that corner of the Alps. Thanks to this intelligent choice, owner Michaela Haller and her husband have kept alive a part of the hamlet’s cultural heritage, while also diversifying their tourism proposal in order to guarantee a constant influx of visitors at every price point. Architecture anchored in local culture is a strong magnet for a high-end traveler and can become, just like it did in San Giacomo, a financial engine for an entire town. In 283
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La arquitectura anclada en la cultura local es un fuerte imán para el viajero de alto nivel y puede convertirse, como sucedió en San Giacomo, en un motor monetario para toda una zona. En otras palabras: con inteligencia arquitectónica y la capacidad de entender qué hace a un negocio atractivo y competitivo, el pasado y el futuro pueden ser muy rentables si conviven en armonía. ¿Le parece a alguien que algo similar pudo haber sucedido con el cuerpo original del Jaragua de 1942 de Guillermo González y la nueva torre ochentera que modernizaría la oferta? La respuesta oficial del grupo ejecutor fue que la primera iteración estaba tan desfasada que nunca podría estar a la altura de las demandas del viajero de entonces; sin embargo, tal cual un avión contiene primera clase, clase ejecutiva y clase económica, es posible pensar en un hotel segmentado —como el Bühelwirt—, sobre todo en un mercado turístico en constante transición como el nuestro. En República Dominicana todavía esa visión no ha permeado colectivamente, pero hay varias razones para esa situación que, sin duda, no son del todo ni culpa ni responsabilidad popular. Por ejemplo, a sabiendas de que el dictador Trujillo dejó llagas profundas en la psiquis nacional, hay algo que no puede negarse sobre su extendida administración: su chauvinismo y su megalomanía, unidos a su valoración positiva de la cultura estadounidense de crear grandeza desde cero, permitió que durante su dictadura talentosos dominicanos tuvieran carta blanca para crear el patrimonio arquitectónico del futuro. Por eso apena que, ya que muchos asociaban el volumen original del Jaragua con la tiranía —así como Jorge Blanco asociaba el hotel de finales de 1970 con la cúpula militar balaguerista—, un grupo de la población veía la existencia del hotel como una llaga abierta que no acababa de formar una costra. Algo similar pasó con el Helicoide de Caracas: durante el mandato de Marcos Pérez Jiménez, el edificio que comenzó a construirse sobre la roca Tarpeya se propuso como uno de los centros comerciales más innovadores de la capital venezolana, con 300 tiendas, ocho cines y un hotel dentro. Tras el golpe de estado de 1958, el Helicoide quedó en pausa. Aunque la historia oficial era que estaba siendo construido con capital privado y por iniciativa de un grupo de arquitectos desligados del Gobierno, se hicieron acusaciones de que parte de los fondos venían de las arcas de Pérez Jiménez. La espectacular obra piramidal, por lo tanto, quedó para siempre asociada con el dictador. Hoy, todavía sin terminar, esta joya de la arquitectura moderna latinoamericana es utilizada como una cárcel por el servicio de inteligencia venezolano. En Santo Domingo, por temas de cronología solapada, lo racionalista fue asociado a lo trujillista… y como la sociedad, comprensiblemente, quería salir de la larga sombra de Trujillo, hubo que desligar su legado físico de su espíritu —por eso hoy su Feria de la Paz es conocida como el Centro de los Héroes, dedicada a los luchadores de Maimón, Constanza y Estero Hondo que en 1959 buscaron liberar al país del dictador, y se encuentra en la avenida Enrique Jiménez Moya, el nombre de uno de los guerrilleros—. Por eso, la historia inicial del patrimonio moderno, incluyendo a sus arquitectos creadores, fue subvalorada por un país que quería ver sus heridas políticas sanar lo antes posible. Tampoco ayudó que su sucesor, el Balaguer que de ser vicepresidente tomó las riendas de la nación entre 1960 y 1962 y luego entre 1966 y lo que de forma salteada parecería una eternidad, tenía una gran afinidad con el casco antiguo de la ciudad. En 1934, casi entrando a su treintena, el abogado obtuvo una posición consular en París. 284
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other words: by way of architectural intelligence and the ability to understand what makes a business attractive and competitive, the past and the future can become very profitable by living in harmony. Does anyone think that something similar could have happened to Guillermo González’s original 1942 building and the 1980s structure that would modernize the establishment’s proposal? The official response from the leaseholders was that the first iteration was so out of style and out of shape that it could never rise to the demands of the era’s traveler; and yet, the same way an airplane has a first-class area, a business class and an economy cabin, it is quite possible to think of a segmented hotel —just like the Bühelwirt—, particularly in a constantly evolving travel destination such as ours. That vision hasn’t collectively permeated here in the Dominican Republic, but there are so many reasons behind that situation that, no doubt, the culprit cannot be just the people. For example, knowing how deeply the ghost of Trujillo affected the national psyche, there’s something undeniable about his extended administration: his chauvinism and megalomania, added to his positive examination of that very American cornerstone of creating greatness out of nothing, gave many talented Dominican architects carte blanche to produce the cultural heritage of the future. It’s unfortunate that, given the fact that many associated the original Jaragua building with the regime —just like Jorge Blanco would link the hotel in the late 1970s to Balaguer’s military elite—, a part of the population saw its existence as an open wound that just wouldn’t heal. Something similar happened with the Helicoide project in Caracas: during Marcos Pérez Jiménez’s administration, the structure that started springing from the Venezuelan capital’s Tarpeian Rock was slated to become one of the most innovative shopping malls in the city, with 300 stores, eight film theaters and a hotel. After the 1958 coup, the Helicoide was put on pause. Although the official version confirmed it was being built using private capital, promoted by a group of architects that had nothing to do with the party in power, rumors pointed to Pérez Jiménez as the hidden backer behind the project. The spectacular pyramid-like structure, therefore, was forever associated with the figure of the dictator. Today, still unfinished, this gem of modern Latin American architecture is used as a prison by the country’s intelligence agency. In Santo Domingo, due to an overlap in their timeline, everything rationalist was therefore associated to everything Trujillo… and since people, understandably, wanted to step of out the dictator’s long shadow, his spirit had to be extricated from his physical legacy. That explains why his Fair for Peace is today known as the Center for the Heroes, dedicated to the fighters of the Maimón, Constanza and Estero Hondo venture that tried to free the country from its tormentor back in 1959 —and it is now also located on an avenue dedicated to the memory of Enrique Jiménez Moya, the name of one of the martyrs. That’s why the golden years of modern heritage production, including its creators, were undervalued by a country that wanted to patch up and heal its political wounds as soon as possible. On top of that, former vice president Balaguer took the reins of the country between 1960 and 1962, and then between 1966 and what seemed like an on-and-off eternity. As it happens, he seemed to have a soft spot for the city’s historical center. In 1934, nearly 30 years old, the young lawyer was assigned to a consular position in Paris. He obtained his doctorate at the Panthéon-Sorbonne University, where he also studied political 285
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Allá realizó un doctorado en derecho en la facultad I de La Sorbona, así como estudios en economía política. Pero la capital francesa le dejó algo más que títulos y una nota en el currículum: Balaguer entendió en carne propia que la creación de Haussmann era un gancho turístico. La arquitectura, se dio cuenta, era un valor nacional. Pero, ¿cuál arquitectura? Su eurofilia le llevó a una respuesta limitada: la que habían dejado los españoles cerca del Ozama, lo más cercano que tenía el dominicano a París. De hecho, aparte de apoyo político décadas después le dedicaría a esos muros de coralina un libro titulado Guía emocional de la ciudad romántica, donde ensalzaba la riqueza cultural que se encontraba en el perímetro. A esa visión presidencial hay que superponerle cronológicamente el despegue de la industria turística dominicana: solo hay que tener en cuenta que entre 1970 y 1980 las visitas crecieron en un 377 por ciento, pasando de 63,025 llegadas ese primer año a 301,070 una década después. Ese fue el momento donde se creó la narrativa, zona por zona, de lo que hoy tomamos por sentado en ese sector. Ahí se quedó estancado el mito de la dominicanidad, que permanece inamovible por culpa de una holgazanería intelectual colectiva —algo que estuvo de vergonzoso manifiesto a finales de 2020, durante el lanzamiento gubernamental de una marca país estancada en el pasado—. Santo Domingo, en ese entonces, ya era el pedacito de tierra donde los visitantes costeros podían complementar la playa y la piscina con un recorrido de medio día alrededor del botín pétreo dejado por los colonizadores. Por eso es que, desde los cuerpos administrativos hacia abajo, el mensaje para la población ha sido claro: vale la pena conservar lo colonial. Poco importa que, por falta de educación en artes e historia, muchos capitaleños no pueden distinguir entre las casas de concreto realizadas tras el paso de San Zenón y las viviendas construidas por los colonizadores en el siglo XVI. Tampoco importa que, a falta de un ícono arquitectónico autóctono de la ciudad —como la torre Eiffel para París y el Empire State para Nueva York—, en Santo Domingo todavía se haga referencia al Alcázar de Colón, un símbolo que fue casi inventado en 1956 sobre un grupo de ruinas reinterpretadas, así como a la estatua del mercante genovés en el parque que lleva su nombre, con la gran Anacaona reducida a un cuerpo desnudo postrado a sus pies y escribiendo alabanzas para él. Como pueblo, en materia de arquitectura, más que Anacaona parecemos ser Guacanagarix. Eso es, en parte, porque la educación más importante sobre arquitectura no se da en las aulas de las facultades universitarias a quienes deciden ejercer la profesión, sino que entra por ósmosis para toda la población. Como explica la curadora senior de arquitectura y diseño del Museo de Arte Moderno de Nueva York, los italianos aprenden de materiales, de proporciones a escala humana y de coherencia estética desde niños, cada vez que salen a la plaza a tomar transporte público o comprar comida. Para la sarda Paola Antonelli, la ciudad misma es la escuela de arquitectura de todos los ciudadanos. ¿Qué significa esto para los capitaleños, un grupo de personas con tan poca cohesión cultural común que ni gentilicio real tenemos? Que el arroz con mango estético y estructural que hemos heredado tras décadas de haber crecido sin permiso y sin ley es, en realidad, nuestro maestro. Hemos sido alumnos del caos desde la infancia. Por el efecto del estándar “colonial” que se ha empujado en nombre del turismo, quienes residimos al oeste del 286
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economics. But the French capital left in him something far greater than a few graduate degrees and an expanded CV: Balaguer understood, firsthand, that Haussmann’s creation was a tourism magnet. Architecture, he realized, was a matter of national value. But then, what type of architecture? His Europhilia led him to a limited answer to that question: the architecture left behind by the Spaniards by the Ozama River, the closest the country had to Paris. In fact, apart from his constant political support to the cause, decades later he would dedicate those stone walls a book titled An Emotional Guide of the Romantic City, where he eulogized the cultural riches found within its perimeter. That presidential vision was met with a long overdue takeoff: finally, the Dominican tourism industry was on an upward path. In fact, between 1970 and 1980 international arrivals went from 63,025 to 301,070 —that is, a 377 percent increase. That was the moment that created the sector’s province-by-province narrative that we take for granted today. That also meant that the myth of our Dominican essence also got cemented in that particular juncture, and it refuses to evolve due to a lack of collective intellectual laziness —sadly and embarrassingly evidenced in late 2020, during the government’s launch of a country brand absurdly stuck in the past. Santo Domingo, back then, was the bit of land where coastal visitors could come, venturing beyond their all-inclusive resorts, to spend half a day walking around the stone spoils left behind by our colonizers. That explains why, coming from the government down, the message to the people has been fairly firm: we need to preserve our colonial heritage. Little does it matter that, due to a poor education in art and history, many locals can’t tell apart the concrete houses built following the trail of San Zenón from the dwellings built by 16th-century Spaniards. It also matters very little that, lacking an architectural landmark with the dimensions of Paris’ Eiffel Tower or New York’s Empire State Building, Santo Domingo still points to the Columbus Alcazar, a symbol that was nearly invented in 1956 on top of some reinterpreted ruins. The city also sees itself as the home of a statue of the Genovese merchant in the park bearing his name, with the great chieftain Anacaona reduced to a naked body at his feet, singing his praises. As a nation, when it comes to architecture, we’re far more Guacanagarix than Anacaona. That’s because, as a rule, the most important architectural lessons don’t come from the classrooms occupied by those who decide to do that for a living —instead, they seep into the minds of the populace osmotically. As explained by the senior architecture and design curator at New York’s MoMA, Italians learn about materials, human-scale proportions and aesthetic coherence every time they walk to the piazza to hop on public transportation or to get some food. To Sardinian-born Paola Antonelli, the city itself should be an architecture school for its citizens. What does that mean for the inhabitants of the Dominican capital, a group of people so lacking in common cultural cohesion that we don’t even have an official demonym? It means that the structural and aesthetic mishmash we’ve inherited after decades of having grown unlawfully unfettered has been our master. We’ve been the students of Teacher Chaos ever since our infancy. Due to the “colonial” standard being uplifted in the name of tourism, those of us who live west of Parque Independencia feel no pain at all when we see some better masters crumbling down, because in fact we don’t even recognize them as such. 287
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parque Independencia no sentimos dolor al ver caer a posibles mejores maestros, pues no llegamos a reconocerlos como tal. Pero esto también significa que en la parte “real” de la ciudad nos hemos quedado sin buenos instructores. ¿Qué nos puede enseñar sobre materiales, proporciones a escala humana y coherencia estética la fila de azares que se encuentra entre las avenidas Núñez de Cáceres y Leopoldo Navarro de la avenida 27 de Febrero, quizás el tramo más importante de la ciudad completa? ¿Por qué en 2021 el presidente de la República dice con orgullo que va a construir el casco antiguo más llamativo de Latinoamérica, cuando la realidad es que los turistas van a Bogotá por más que La Candelaria y a Buenos Aires por más que San Telmo? ¿Por qué tantos compradores de clase media alta y alta no cuentan con el criterio para entender que muchos de los apartamentos de supuesto lujo de las nuevas torres residenciales que se erigen en Piantini, Naco, Serrallés y el Evaristo Morales no dan la talla en materia de distribución, terminación e inserción en el entramado urbano? Pues, precisamente, porque a medida que el siglo XX intentó dar respuestas adecuadas al nuevo ritmo de vida de la ciudad, nos ensañamos en demoler nuestros Jaraguas. En 1985 la población dominicana tomó una decisión incorrecta, y hoy todos estamos pagando las consecuencias. No nos han enseñado el valor de la buena arquitectura caribeña del siglo que recién pasó. No hemos entendido colectivamente que la Ciudad Colonial efectivamente nos enseña a soñar con el pasado, pero no nos indica cómo vivir en el presente. Por eso, desde entonces hemos seguido demoliendo más Jaraguas. Hemos permitido que caigan ejemplos concienzudos de arquitectura residencial, comercial e industrial que, de haber estado en pie hoy, nos hubieran permitido demandar propuestas más dignas a los desarrolladores inmobiliarios, a los profesionales de la construcción y a los mismos gobiernos. Como dominicanos solemos decir constantemente que, en lo general, un pueblo sin educación es un pueblo dócil, pero no nos damos cuenta de que nos sucede lo mismo cuando se trata de lo específico. En la calle Benito Monción de Gazcue cayó la residencia Backer, con sus listones de madera y sus faldones urbanos que nos brindaban una idea de cómo adaptar el sueño de lo bucólico rural a la realidad de una ciudad; hoy es un espacio de estacionamiento. Cayó la residencia Molinari de Tomás Auñón y Joaquín Ortíz, una muestra inteligente y novedosa del esquema de galerías frontales con un lenguaje de vanguardia en sus arcadas. Cayó el Teatro Independencia del Ensanche Lugo, hecho por el arquitecto H. B. Howland con galerías perimetrales de dos niveles que permitían entrar a su sala de espectáculos. Cayó la antigua embajada de España de la avenida George Washington esquina Pasteur, una muestra de art déco con el uso de octaedros. Cayó la residencia L. H. Faber de la César Nicolás Penson, donde en 1943 Joaquín Ortiz le demostraba a su cliente, el entonces cónsul general de los Países Bajos, cómo podían convivir los preceptos de la arquitectura de montaña de Jarabacoa en la ciudad. Cayeron los apartamentos Menéndez que diseñara José Antonio Caro en 1941, con sus planos horizontales como balcones perimetrales, para construir el Hotel V Centenario. Cayó el tan amable edificio Fernández de 1953, diseñado por Rafael Tomás Hernández, con las ventanas redondas que animaban la esquina de la avenida Bolívar con la calle Federico Henríquez y Carvajal. 288
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But that also means that, back in the “real” part of the city, we’ve been left with a dearth of good teachers. What can we learn about materials, about human-scale proportions and aesthetic coherence from the row of horrors found between Núñez de Cáceres and Leopoldo Navarro avenues on Avenue 27 de Febrero, perhaps the most important strip of built road in the entire city? Why, in 2021, does the Dominican president proudly state that he’s going to build the most attractive historical center in Latin America, when tourists visit Bogotá for reasons beyond La Candelaria and head to Buenos Aires for matters far beyond San Telmo? Why do so many upper-middle-class and upper-class real estate consumers lack the proper judgment to understand that many of the so-called luxury apartments in the new residential buildings that keep sprouting up in Piantini, Naco, Serrallés and the Evaristo Morales neighborhood are deficient in terms of layout, finishings and an adequate insertion within our urban fabric? Well, precisely: because as the 20th century tried to provide intelligent answers to our city’s newly accelerated pace of living, we were bent on tearing down our Jaraguas. In 1985 Dominicans made a wrong choice, and we’re still paying the consequences today. We have not been taught the value of good Antillean architecture produced in the century we just left behind. We have not collectively understood yet that the Colonial City does indeed teach us how to dream of the past, but it does not point to how we should live in the present. That’s why, since then, we’ve kept on bulldozing more and more Jaraguas. We’ve allowed the demise of many thoughtful examples of residential, commercial and industrial architecture which, had they been standing today, would have taught us to demand more respectable proposals from real estate developers, from the construction industry and from governments themselves. As Dominicans we often say that, in general, an uneducated nation is a docile nation, but we don’t realize that the same line of thinking can also be applied to individual spheres of docility. On Benito Monción Street, in Gazcue, we saw the demise of the Backer Residence, with its wooden boards and urban-style gable pediments that showed us how to adapt our idea of a bucolic rural environment to the realities of a city; today, it’s a parking lot. Down went the Molinari Residence by Spaniards Tomás Auñón and Joaquín Ortíz, an intelligent and innovative sample of the frontal gallery setup using an avant-garde language in its series of arches. Down went the Independencia Theater in the Ensanche Lugo neighborhood, created by architect H. B. Howland with its two-story surrounding galleries that allowed visitors to head straight into its main hall. Down went the old Spanish Embassy on the corner of George Washington Avenue and Pasteur Street, a sample of art déco architecture using octahedrons aplenty. Down went the L. H. Faber Residence on César Nicolás Penson Avenue, where in 1943 Joaquín Ortiz would show his client, the then consul general of the Netherlands, how to adapt the tenets of Jarabacoa’s mountain architecture to life in the city. Down went the Menéndez Apartments designed by José Antonio Caro in 1941, with its horizontal planes extending into surrounding balconies, and up went the V Centenario Hotel. Down went 1953’s charming Fernández Building, designed by Rafael Tomás Hernández, with the round windows that lit up the corner of Bolívar Avenue and Federico Henríquez y Carvajal Street. The part of the La Aguedita neighborhood where once stood the Paniagua Residence, with its peculiar corner tower, 289
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En el punto del reparto La Aguedita donde estaba la residencia Paniagua, con su peculiar torre de esquina, hoy hay un templo religioso y una cancha de baloncesto. La residencia Sturla de Antonín Nechodoma era de las únicas referencias caribeñas del estilo de la pradera de Frank Lloyd Wright en la ciudad; fue de las primeras en sucumbir al sembradío masivo de torres en Gazcue. Otra referencia del mismo autor en ese estilo, la residencia Valera Álvarez, también fue demolida. Cayó la la Secretaría de Estado de Sanidad que ideara Marcial Pou Ricart en el expresionismo holandés que tanto utilizó al retornar de sus estudios en el Benelux. También de Pou Ricart cayó el Hospital para Obreros Dr. William Morgan, recientemente demolido para dar paso a la Ciudad Sanitaria Luis E. Aybar. Cayó la residencia Majluta de Edgardo Vega Malagón, con sus volúmenes asimétricos blancos sobre piedra caliza fraccionada. De Vega Malagón también cayó la residencia Nadal de la avenida México, con una simplicidad de volúmenes que escondían inteligentes soluciones residenciales. Decir “Güibia” era referirse con orgullo al balneario ideado por Alexis Licairac; hoy decir “Güibia” es un eufemismo para hablar de un tipo de desecho a nivel urbano y moral. Cayó la residencia Latour Batlle de 1957, una heredera estilística del racionalismo de Guillermo González que se encontraba en la Zona Universitaria. Cayó la residencia Schad, la primera obra racional de uso residencial del mismo González, con una terraza abierta envidiable en el segundo nivel. Cayó el Rancho Cayuco, esa residencia neohispánica que diseñara González para Flor de Oro Trujillo y Porfirio Rubirosa, que luego se convirtió en Secretaría de Estado de la Presidencia. La casa Pichardo Ricart que también hiciera González, conocida popularmente como Telefunken porque los capitaleños vieron en ella un parecido a las formas de los radios y las televisiones de la marca alemana del mismo nombre, también cayó para dar paso al grotesco espectáculo posmodernista del Malecón Center. Cayó la residencia Chalas que hiciera Samuel Conde en la calle Ramón Santana de Gazcue. Cayó la residencia Mastrolilli que hiciera en 1977 el gran Rafael Calventi en La Julia, para dar paso a un nuevo conjunto residencial. Cayó el austero pero elegante edificio de Fidonaco que propusiera Teódulo Blanchard en 1992; hoy en su solar de la Roberto Pastoriza existe una fachada anónima en vidrio. A otro nivel de la Roberto Pastoriza solo queda el recuerdo de la magistral residencia Nader de José Manuel Reyes, con una torre para suplantarla. Fue modificado sin criterio el juego de iluminación y ventilación de los ventanales de la Maternidad Nuestra Señora de la Altagracia que ideara José Antonio Caro. En otras ciudades a nivel mundial, los locales de IKEA se ubican en la periferia; en Santo Domingo se llevaron el Campus I de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, en un punto céntrico y preciado en el sector de las bienes raíces. Lo irónico es que, antes de llegar la universidad en la década de 1960, desde hace unos 20 años existía ahí un ejemplar edificio racionalista de Leo Pou Ricart, el Hospital Antituberculoso Dr. Martos. La mayoría de estas edificaciones fueron construidas desde la tercera década del siglo XX hasta poco más de la mitad del mismo; la mayoría han caído en nombre de la expansión vertical de la ciudad o del aumento de su parque vehicular. Es comprensible: los tiempos ciertamente cambian. Pero, ¿se imaginan una ciudad como Barcelona o Ámsterdam o París eliminando edificios de larga historia de forma indiscriminada? Ya que la respuesta es un obvio no, ¿qué tienen ellas que no tenga Santo Domingo? 290
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is now home to a religious building and a basketball court. Antonin Nechodoma’s Sturla Residence was one of the few examples of Caribbean-infused Prairie-style architecture; it was one of the first victims of Gazcue’s monoculture of residential high-rises. Another work by the same author in the same style, the Valera Álvarez Residence, was also torn down. Down went the Secretary of State for Health Services designed by Marcial Pou Ricart in the Amsterdam School style he often used upon his return from his studies in the Benelux. Down also went Pou Ricart’s Dr. William Morgan Workers’ Hospital, recently demolished in order to give way to the Luis E. Aybar Sanitary City. Down went the Majluta Residence by Edgardo Vega Malagón, with its asymmetric white volumes on top of fractionated limestone. Down also went Vega Malagón’s Nadal Residence on Mexico Avenue, with its simple volumes that actually hid inventive residential solutions. To say “Güibia” was to proudly refer to the beach spa created by Alexis Licairac; today, saying “Güibia” is an euphemism to speak of waste at both an urban and moral level. Down went 1957’s Latour Batlle Residence, in the University Zone, a stylistic heir of Guillermo González’s rationalist spree. Down went the Schad Residence, the first rationalist residence in González’s portfolio, with a droolworthy open terrace on its second floor. Down went Rancho Cayuco, that Spanish Revival residence that González once designed for Flor de Oro Trujillo and Porfirio Rubirosa, which later became the Administrative Office of the President. The Pichardo Ricart Residence, also designed by González and nicknamed Telefunken due to its resemblance to the TVs and radios produced by the German brand, also went down in order to give way to the grotesque postmodernist spectacle that is Malecón Center. Down went the Chalas Residence created by Samuel Conde on Ramón Santana de Gazcue Street. Down went the Mastrolilli Residence designed in 1977 by the great Rafael Calventi in the neighborhood of La Julia, clearing the way for a new residential complex. Down went the austere yet elegant Fidonaco Building created by Teódulo Blanchard in 1992; today there’s but some sort of anonymous glass façade in its place, on Roberto Pastoriza Avenue. Speaking of that avenue, nothing but memories remain of the breathtaking Nader Residence designed by José Manuel Reyes, as a high-rise building now stands in its place. José Antonio Caro’s Nuestra Señora de la Altagracia Women’s Hospital was poorly modified, affecting the lighting and ventilation rhythm he had left in place. In other countries worldwide, IKEA stores are often located outside of the city center; in Santo Domingo it overtook the Campus I of the UNPHU University, a prime real-estate location. Ironically enough, before the university decamped in the 1960s, an exceptional rationalist building had been standing there for two decades —Marcial and Leo Pou Ricart’s Dr. Martos Tuberculosis Hospital. Many of these works were built from the third decade of the 20th century up until a jiffy past its half; most have fallen in the name of the city’s vertical expansion or even in the name of its vehicular growth. It’s completely understandable: the times, they are certainly a-changin’. But then again, can you imagine Barcelona or Amsterdam or Paris indiscriminately tearing down their old buildings? Since the answer is an obvious no, what do those cities have that Santo Domingo doesn’t? In November of 2017 the 36th ICOMOS National Seminar for the Conservation and Restoration of Monuments and Sites took place in the Dominican capital, carried 291
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En noviembre de 2017 se realizó en Santo Domingo el XXXVI Seminario Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios ICOMOS, una organización global dedicada a la protección de hitos arquitectónicos. Aquí vale la pena una comparación: cuando en 1985, tras la caída del Hotel Jaragua, el Grupo Nueva Arquitectura convocó a un seminario para discutir el estado del patrimonio, las preguntas y peticiones resultantes fueron relativamente sencillas. Los arquitectos presentes solicitaban actualizar y modificar la legislación existente sobre arquitectura, para realizar un inventario de las obras merecedoras del calificativo de Patrimonio Cultural Edificado de la Nación, sin importar su época de edificación. También demandaron tener personas calificadas en los organismos gubernamentales involucrados en la decisión de mantener un edificio en pie o autorizar su demolición. Asimismo, solicitaban a la entonces Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos la inclusión de datos de arquitectura local e internacional en el programa de enseñanza media. En ese momento, muchos de los arquitectos que abogaban por la preservación de edificaciones modernas sugerían un fin común para las mismas: la construcción de un museo o su uso como institución cultural —una de las opciones que fueron sugeridas para el cuerpo original del Jaragua, de hecho—. Pero en un país como este, ¿con qué dinero se puede pensar en algo tan poco rentable y con tan poco público pre-existente como un museo? Para el seminario del ICOMOS, las líneas de cuestionamiento eran mucho más realistas. La arquitecta Risoris Silvestre presentó el estado de varias edificaciones modernas ya desaparecidas o en proceso de uso cuestionable, y comenzó diciendo: “No tengo respuestas ante las pérdidas… pero sí muchas preguntas”. Sus preguntas, bien ubicadas en lo terrenal, iban más allá de solicitarle a las entidades gubernamentales sus aportes exclusivos para manejar la situación. Por ejemplo, “¿Debemos obligar a los herederos a no vender su herencia?” es ciertamente realista. ¿Cómo puede responder el sector privado ante la muy natural decisión de varios hijos de vender una propiedad que, como tanto sucede hoy, vale más por su solar que por la construcción en sí? ¿Qué tipo de incentivos necesitaría el sector inmobiliario para ofrecer una cuantiosa subvención que permita que un proyecto de estilo moderno en un sector de alta densidad sobreviva la torrificación de la ciudad? Esta es precisamente la segunda pregunta que hacía Silvestre: “¿Cómo se obtienen ganancias de un terreno en un sector céntrico?”. La respuesta estaba quizás en su tercera pregunta: “¿Conocen los inversionistas el valor de lo que se adquiere?”. Así que, en vez de educar al estudiante de secundaria como se sugirió en 1985, ¿sería más adecuado invertir en educar a los miembros del sector de la construcción sobre el valor intrínseco de una edificación de este tipo? La cuarta y la quinta están directamente relacionadas y son quizás las más importantes: “¿Saben los propietarios cómo intervenir respetuosamente un ícono de la arquitectura?” y “¿Se puede adaptar la edificación a nuevas necesidades sin perder su esencia?”. Sobre el tema de los herederos, la legislación dominicana actual no ofrece incentivos fiscales —la exoneración del pago del impuesto a la propiedad inmobiliaria, por ejemplo— ni beneficios —el pago de un monto anual para mantenimiento del inmueble— para seguir permitiendo la existencia de una residencia con aparente gula territorial en estos tiempos de escasez de terrenos en el centro urbano. La gran traba, según 292
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out by the local chapter of the international organization dedicated to protecting architectural landmarks. Now, here’s some food for thought: in 1985, after the downfall of the Jaragua Hotel, the Grupo Nueva Arquitectura organized a seminar to discuss the state of the country’s architectural heritage; the resulting questions and demands were, to be sure, relatively simple. The industry professionals in attendance discussed updating and modifying the current legislation on architectural matters, and also carrying out an inventory of the works deserving of the National Built Heritage classification, regardless of the year they were built. They also demanded having qualified people at the helm of the government organizations involved in the decision of whether or not to authorize a building’s destruction. Likewise, they requested from the then Secretary for Education, Fine Arts and Culture the inclusion of local and international architectural information in the country’s high school program. At the time, many of the architects advocating for the preservation of modern buildings often suggested a common end for them: using them to host a museum or a cultural institution —one of the solutions presented for the Jaragua Hotel, by the way. But in a country such as this one, how can one think of something as unprofitable as a museum, as they also tend to lack a pre-existing local audience? For the 2017 ICOMOS seminar, though, the lines of questioning were far more realistic. Architect Risoris Silvestre presented the state of several modernist buildings either gone or going through a questionable process, and she started her participation by saying: “I don’t have any answers when it comes to the losses… but I do have a lot of questions.” Her answers, quite straightforward, went beyond exclusively asking local authorities for their support. For example, “Should we force heirs to not sell their inheritance?” is, to be sure, a realistic one. How can the private sector respond to the very natural decision of someone’s progeny to sell a property that, as it often happens today, is worth more for the lot than for the house itself? What type of incentives would the real estate sector need in order to offer a generous subsidy that allows for the survival of a modernist project in the middle of an increasingly vertical high-density neighborhood? That was precisely Silvestre’s second question: “How does a centrally located lot become profitable?” The answer was perhaps in her third question: “Do investors understand the value of what they’re acquiring?” So, instead of educating high school students, as the 1985 architects suggested, would it be more adequate to instead invest in educating the members of the construction sector regarding the intrinsic value of a building of its kind? The fourth and fifth questions were directly related to each other, and they are perhaps the most important ones: “Do owners know how to respectfully intervene an architectural icon?” with “Can you adapt a building to new needs without it losing its essence?” coming last on the list. Regarding the subject of heirs, our current legislation does not contemplate fiscal incentives for them —for example, providing an exemption to property taxes— nor benefits —receiving a yearly payment to be directed towards the upkeep of the property— in order to allow these residences to exist in the middle of the territorial gluttony the city is currently suffering from. The large obstacle here, as explained by architect Mauricia Domínguez, the head of the Planning and Projects department at the National Office for Monumental Heritage, is that we still don’t have an architectural heritage law. It’s been 293
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explica la arquitecta Mauricia Domínguez, la encargada del departamento de Planificación y Proyectos de la Dirección Nacional de Patrimonio Monumental, es que todavía no existe una ley de patrimonio. Desde hace más de 15 años está en proceso, con cuatro versiones que han ido y venido desde el Congreso por temas de intereses —por ejemplo, la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) se opone a las tan necesarias exoneraciones fiscales que se necesitarían para responder a la pregunta de los herederos o de los interesados en adquirir un inmueble patrimonial—. Así que, para responder la primera y la segunda pregunta: la DGII, entre otros organismos gubernamentales, está obligando a los herederos a vender su herencia y a obtener ganancias tradicionales de un terreno en un sector céntrico. El secreto a voces en años pasados era que muchos diputados se negaban a aprobar la ley de prohibición de matrimonio infantil, pues varios de ellos tenían sus menores mudadas. Si el cambio generacional y la voluntad política lograron finalmente convertir este deber moral en ley, ¿lograríamos algo similar al tener representantes legislativos conocedores del valor arquitectónico de lo no colonial? Dicho de otra forma: usted, que por estar leyendo esto ya tiene un interés definido por el tema, ¿consideraría formar parte de nuestro cuerpo de legisladores y convertirse en la voz que cree conciencia entre quienes tienen voto? O, a falta de eso, ¿consideraría como ciudadano hacer presión pública para que la quinta versión de la ley sea finalmente aprobada una vez llegue al Congreso? Ahora, ¿conocen los inversionistas el valor de lo que se adquiere? En años recientes, el Banco Central adquirió la residencia que por muchos años fue su vecina, la Munné. Diseñada en 1948 por Margot Taulé, pocas torres de lujo en la avenida Anacaona pueden competir con la elegancia de la fuente ubicada en su recibidor del primer piso, y pocas tienen el honor de haber salido de la cabeza de una de las primeras mujeres en ejercer la carrera en el país. Aunque todavía la institución no ha declarado su fin con el inmueble, todo parece indicar que no será utilizado para fines comerciales. Este es un caso extremo de un inversionista que sí entiende el valor de lo que se adquiere. Pero, ¿qué sucede con una empresa como Terra RD Partners, bajo la sombrilla de INICIA, que ha remozado propiedades del siglo XVI para convertirlas en hoteles boutique? El caso más interesante de todos no es el de las residencias del período colonial, sino el de la llamada Casa de los Vitrales: diseñada por Antonín Nechodoma con obsesivos detalles, desde el paisajismo hasta el mobiliario, esta casona de principios del siglo XX fue convertida por la familia Vicini en un espacio alquilable para la realización de eventos, algo necesario en la ciudad. Con la preservación de este bien no solo contribuyen a la educación arquitectónica de todo invitado, sino que además han mostrado con inteligencia una alternativa rentable para estas edificaciones de generosos espacios comunes. Ahí, entonces, puede estar la respuesta para una situación económicamente precaria como la dominicana: no es solo deber del inversionista, sino también del arquitecto, presentar una opción rentable para mantener la estructura en pie con la mayor semblanza posible al edificio original —dígase, una adaptación financieramente auto-sostenible sin que el diseño original pierda su esencia—. En Santo Domingo comienzan a verse ejemplos interesantes: en el local antiguamente ocupado por la tienda La Isla —en un edificio diseñado por Asis Arbaje en 1975— los arquitectos Jordi Masalles 294
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a work in progress for 15 years, with four versions that have come and gone to and from Congress due to hidden interests —for example, the DGII, the local tax revenue service, is opposed to some of the very necessary fiscal exemptions that would provide a proper answer to the heir conundrum and even render these properties more attractive to those interested in acquiring a property classified as a work of architectural heritage. So, in order to answer the first and second questions: the DGII, among other government institutions, is forcing heirs to sell their inheritance and thus obtain profits from a lot, not a property, in the middle of the city. It was an open secret, the many representatives who refused to legally forbid underage marriage, as many of them kept their own underage girls. If a generational shift combined with political will were able to finally turn that moral duty into a fully fledged law, could we achieve something similar by having representatives and senators who understand the architectural value of non-colonial properties? In other words: since the fact that you are reading this book immediately establishes your interest for architecture and preservation, would you consider becoming a part of our legislative body, and thus being a voice for those who lack a vote? Or, as a Plan B, would you consider voicing your concern, as a citizen, so that public pressure can finally push the fifth version of the architectural heritage law towards congressional approval? Now, do investors understand the value of the goods they’re acquiring? In recent years, the Central Bank purchased its neighboring residence, the Munné House. Designed in 1948 by Margot Taulé, few luxury high-rises on Avenida Anacaona can compete with the elegance of the fountain located in the ground floor’s entrance hall, and few of them can share the honor of having been created by one of the first female architects in the country. Although the institution still hasn’t made its intentions public, everything seems to point to a form of non-commercial use. This is an outlier, a case where an investor actually understands the cultural value of its acquisition. But also, what about a company such as Terra RD Partners, a subsidiary operating under the INICIA umbrella, which has revamped 16th-century properties in order to turn them into boutique hotels? The most interesting case in their portfolio does not come from the colonial period, but instead from their Casa de los Vitrales —that is, the House of the Stained-Glass Windows. Designed by Antonin Nechodoma with an obsessive amount of details, from landscaping to furniture design, the Vicini family turned this early 20th-century manor into an event venue, something quite necessary in a city that sorely needs more entertainment options. By preserving this property they not only contributed to the architectural education of every future guest in attendance, but the family company and its subsidiary have also smartly shown the way towards a profitable alternative for those residences that feature what to our contemporary eyes can seem like oddly generous common spaces. Therein, thus, lies a possible answer for the precarious situation the country finds itself in: the onus shouldn’t be solely on the investor, but also on the architects, as they should take it upon themselves to present a profitable option that could keep the structure afloat looking as similar as possible to the original concept —that is, a financially sustainable adaptation that allows the initial design to shine through. We’ve seen some interesting cases of this adapt-and-shine scenario in Santo Domingo: for example, inside the spot previously occupied by the La Isla store —in a building designed by Asis Arbaje 295
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y Liza Ortega crearon un espacio de coworking, interviniendo mayormente el interior y parte del espacio central. Esto es algo similar a lo que hizo en 2018, y a mayor escala, la firma Fosbury & Sons en Bruselas: mantener el exterior y parte de las terminaciones interiores del enorme edificio brutalista de Constantin Brodzki, que en 1970 fue creado como sede para una empresa de cemento, y convertirlo junto al estudio belga Going East en un espacio de trabajo colectivo. La atractiva fórmula de combinar el caché de lo histórico con la nueva usanza de trabajo independiente ha sido tan efectiva que Fosbury & Sons la ha estado repitiendo en Ámsterdam y Amberes, donde sus proyectos se destacan por encima de cualquier construcción nueva. Los inversionistas deben entender que apoyarse en el pasado es una buena apuesta para el futuro; hacer algo bueno por el patrimonio es bueno para los negocios. En la Ciudad Colonial se ha rescatado el Edificio Saviñón de la calle El Conde, diseñado y construido por los hermanos Gloria y Luis Iglesias Molina en 1946. Impulsado por el Programa de Fomento al Turismo en la Ciudad Colonial BID-MITUR, la estructura donde por muchos años operó la Lotería Nacional hoy contiene oficinas gubernamentales, un centro comunitario y un espacio polivalente en el primer nivel, a través de un proyecto de restauración dirigido por la arquitecta Virginia Flores. Gazcue muestra que hay valor en su protección. La antigua residencia García Trujillo de la calle César Nicolás Penson, realizada por Mario Lluberes, es hoy la sede de la Escuela Nacional de la Judicatura. En la avenida Bolívar esquina calle Cervantes la Asociación Cibao de Ahorros y Préstamos supo convertir una vivienda unifamiliar de estilo neohispánico ecléctico en una sucursal que entiende el contexto en donde se emplaza. La Universidad Iberoamericana, en la avenida Francia, ha crecido alrededor de la antigua casona propiedad de Manuel Arturo Peña Batlle, diseñada por el arquitecto Amable Frómeta con interiores creados por José Antonio Caro. A pesar de haber sido intervenida en varias ocasiones en su interior, siempre ha conservado su estructura original. La antigua Embajada de los Estados Unidos se ha convertido en las nuevas oficinas del Banco Interamericano de Desarrollo con pocas alteraciones a la estructura. Mientras tanto, la Casa de las Raíces —alias Villa Hena— que diseñara en 1914 el ingeniero Zoilo Hermógenes García Peña, fue recientemente restaurada por el arquitecto José Enrique Delmonte en un proceso financiado por los herederos. Es de las únicas estructuras de art nouveau existente en el país, y la familia propietaria todavía espera encontrar arrendatarios para darle un nuevo uso. En general, los arquitectos y los profesionales del diseño en República Dominicana hemos sido poco realistas, poco imaginativos y quizás poco humildes a la hora de sugerir nuevos usos para viejos edificios. Así como los médicos se rigen bajo el juramento hipocrático, los arquitectos deberían comprometerse a no destruir una edificación a menos que la nueva propuesta la supere. Algo tipo “no llevar otro propósito que el bien y la salud de la educación arquitectónica del dominicano”. Y dada la impaciencia del mercado inmobiliario local, eso pocas veces sucede. Así que aquí está una causa que nada tiene que ver con temas legislativos: el arquitecto dominicano que se rehúsa a dejar su ego a un lado, y prefiere demoler para dejar su impronta sobre la ciudad en vez de hacer el ejercicio de convivir sobre los hombros de los gigantes sobre los que está parado. 296
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in 1975—, architects Jordi Masalles and Liza Ortega created a coworking space, intervening the interior layout and a portion of the central body. This is something similar to what real estate developers Fosbury & Sons did in 2018, on a larger scale, in Brussels: they kept the façade and part of the interior finishings of a large Constantin Brodzki brutalist building, created in 1970 as the headquarters for a cement company. It was recently turned by Belgian design firm Going East into a collective working space. That certainly alluring formula, which combines the cachet of history with a present-day way of tackling work, has been so effective that Fosbury & Sons has replicated it in Amsterdam and Antwerp, where their projects stand out among newly built ones. Investors need to understand that leaning on the past is betting on the future; doing good when it comes to architectural heritage is good business. The Saviñón Building, located on El Conde Street in the Colonial City, was designed and built by siblings Gloria and Luis Iglesias Molina in 1946. It has recently been rescued from architectural limbo: fostered by the Integral Touristic and Urban Development Program of the Colonial City of Santo Domingo, a program funded by the Inter-American Development Bank and executed by the Ministry of Tourism, the structure that for a long time functioned as the headquarters of the National Lottery now hosts a group of government offices, a community center and a multipurpose space in its ground floor, thanks to a restoration project led by architect Virginia Flores. Gazcue keeps showing us there’s value in protecting the neighborhood. The old García Trujillo Residence on César Nicolás Penson Street, designed by Mario Lluberes, is currently the headquarters of the National Judicial College. On the corner of Bolívar Avenue and Cervantes Street, the Asociación Cibao de Ahorros y Préstamos expertly converted an eclectic Spanish Revival single-family home into a bank branch that truly understands its physical context. The Universidad Iberoamericana, on Francia Avenue, has grown around the old manor previously owned by Manuel Arturo Peña Batlle, created by architect Amable Frómeta with interior architecture work by José Antonio Caro. Although it has suffered several modifications in its floor plan, it has always retained its original structure. The old American Embassy has become the new office of the Inter-American Development Bank —and yet its structure has been minimally modified. Meanwhile, the Root House —also known as Villa Hena— designed in 1914 by engineer Zoilo Hermógenes García Peña, was recently restored by architect José Enrique Delmonte via a process financed directly by the heirs. It’s one of the few art nouveau structures left in the country, and the family is still hoping to find leaseholders who can imagine a different use for it. In general, as architects and design professionals in the Dominican Republic, we haven’t been as realistic, as imaginative and as humble as we should have been when suggesting new uses for old buildings. Just like doctors work under the Hippocratic Oath, architects should commit to not destroying a building unless the new one is decidedly better. Something akin to “I will apply, for the benefit of the previously built, all measures required, avoiding those twin traps of undervaluing and architectural therapeutic nihilism.” And, given how notoriously impatient our real estate market is, that seldom happens. So this is a situation that has actually nothing to do with legislative matters: Dominican ar297
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Hay mucha dignidad y mucho reto intelectual en la habilitación de estructuras existentes. Aparte, solo hay que pensar que el mayor impacto medioambiental de un edificio no sucede durante su uso, sino durante su construcción; habilitar lo existente es entonces la respuesta más contemporánea a las preguntas actuales que se hace el grupo del gremio dedicado al diseño sostenible. La banca dominicana también ha conformado una traba para el mantenimiento del patrimonio del siglo XX. ¿Cuál institución local ofrece financiamiento para la remodelación o habilitación de una obra que, para el ojo no entrenado, no es más que una ruina? Quien sí tiene el dinero a mano seguramente no decidirá residir en una calle llena de comercios objetables en Gazcue, cuando puede blindarse en el piso 10 de una torre de Serrallés, con cuatro capas de seguridad del lobby al techo. Si la clase alta ve en una torre nueva —pero aun así de cuestionable calidad— un ideal de vivienda, esa idea aspiracional va a bajar hasta los segmentos inferiores de la pirámide social. Todo esto explica por qué, en 1985, mucha gente veía en el Jaragua un elefante blanco. También explica por qué, en 2016, una parte muy sonora de la población rechazó el proyecto del arquitecto español Rafael Moneo —el mismo que realizó la ampliación del Museo del Prado en Madrid en 2007— para crear un centro de exposiciones sobre las Ruinas de San Francisco. Los dominicanos, quienes todavía no contamos con la educación arquitectónica que nos deben nuestras ciudades, no hemos aprendido a ver más allá de la realidad inmediata e imaginarnos las múltiples posibilidades de adaptaciones a realizar en tantos cuerpos de piedra y concreto en decadencia. Afortunadamente, el ICOMOS viene realizando esfuerzos titánicos desde la década de 1970. Durante años, grupos como el mismo Nueva Arquitectura, la Fundación Palm y la representación local del DoCoMoMo —una organización internacional dedicada a la documentación y conservación de la arquitectura moderna— han llevado a cabo innumerables iniciativas para socializar los riesgos de perder nuestro patrimonio edificado. Publicaciones como Arquitexto —fundada el mismo año de la caída del Jaragua— y los Archivos de Arquitectura Antillana ya llevan décadas resaltando en el presente nuestros tesoros futuros. Y todos ellos, de alguna forma, adquirieron a partir de la demolición del hotel de Guillermo González un espíritu de defensa frente a la pérdida de nuestros valores patrimoniales recientes —incluyendo lo que está sucediendo actualmente en Gazcue y lo que pasó con la verticalidad al vapor de Naco—. Lo que preocupa, sin embargo, es que no existe un relevo generacional que vaya a continuar esa labor. Todo parece indicar que, al nunca haber visto el Jaragua en pie ni haber sufrido su caída, los arquitectos y profesionales del diseño mileniales no hemos tenido un edificio catalizador que nos galvanice y nos obligue a reconocer que le estamos fallando a la ciudad y al ciudadano. Porque todavía hay mucho que se puede salvar. Ahí está en decadencia el Teatro Agua y Luz, más un lupanar con apariencia de selva que un tan necesario —y posiblemente muy rentable— espacio de eventos en la ciudad y una de las joyas arquitectónicas y acústicas del arquitecto catalán Carles Buïgas i Sans. Ahí está moribundo el Pabellón de Venezuela de Alejandro Pietri, una araña a punto de perder su tela —pero con la esperanza de que la Sociedad de Arquitectos pueda salvarlo después de tantos años intentándolo—. Ahí está Gazcue, ya llena de torres de un valor estético casi nulo. Ahí están el 298
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chitects who refuse to leave their egos at the door and would rather tear something down in order to leave their mark on the city instead of analyzing how to cohabit by standing on the shoulders of the giants who came before them. There is a lot of dignity and a certain intellectual challenge in revamping existing structures. On top of that, there’s the fact that a building leaves its largest environmental footprint not when it’s being used, but when it’s being built; thus, working with what we’ve got is the most contemporary answer to the questions posed by the part of the guild focused on sustainable design. The Dominican financial system has also become an obstacle in the path towards caring for our 20th-century heritage. Which institution, again, provides mortgages to remodel or restore a property that, to the untrained eye, looks like nothing more than ruins? Those who do have the liquidity to purchase it straight away would much rather bunker up on the tenth floor of a Serrallés high-rise building, with four security layers from the lobby to the rooftop, instead of moving to a street full of questionable shops in Gazcue. If the upper class sees a new residential building —of arguable quality, one might say— as the ideal type of dwelling, then that aspirational idea will certainly trickle down to the lower segments of our social pyramid. That explains why, in 1985, many saw the Jaragua Hotel as a white elephant. That also explains why, in 2016, a very loud part of the population rejected a project by Spanish architect Rafael Moneo —he of the Museo del Prado 2007 enlargement— to create a new exhibition center atop the ruins of the San Francisco Church and Monastery. Dominicans, lacking the architectural education that our cities have failed to provide, haven’t yet learned how to see beyond our immediate reality and to imagine the multiple possibilities of adapting the decayed stone and concrete we’ve left in our wake. Fortunately, as early as the 1970s the local representation of the ICOMOS has been making colossal efforts to do so. For years, groups such as Nueva Arquitectura, the Palm Foundation and the local chapter of the DoCoMoMo —an international organization dedicated to the documentation and conservation of modern architecture— have organized numerous initiatives in order to socialize the risks of losing our built heritage. Publications such as Arquitexto —born the same year the Jaragua Hotel died— and Archivos de Arquitectura Antillana have for decades been highlighting in the present tense our future treasures. And all of them, somehow, were imbued with a penchant for the defense of our recent heritage after the downfall of Guillermo González’s hotel —including what’s currently happening in Gazcue and what happened with Naco’s swift verticality. But there’s something worrisome about that: there seems to be no generational replacement to continue the work they’ve started. Having never seen the Jaragua Hotel standing —nor falling—, millennial architects and design professionals haven’t had a catalyst to galvanize us into acknowledging how we’re failing both the city and its citizens. Because, mind you, there’s still a lot that can be saved. There lies in a sorry state the Agua y Luz Theater, more a jungle-looking brothel than a very necessary —and possibly quite profitable— event venue for the city, as well as one of the greatest acoustic gems in the portfolio of Catalonian architect Carles Buïgas i Sans. There languishes Alejandro Pietri’s Venezuelan Pavilion, a spider close to losing its web —but here’s to hoping the Society of Architects can finally save it after its continued years-long campaign. There 299
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Timbeque frente al Ozama, el edificio Copello al que en 2019 le fueron removidos sus característicos bloques de vidrio, el otrora Hotel Paz que está a punto de irse para dar lugar a un complejo de entretenimiento. En la calle Hermanos Deligne se encuentra casi en ruinas el antiguo Instituto Escuela, diseñado por los españoles Joaquín Ortíz y Tomás Auñón con su icónico rótulo tipográfico en hormigón en su fachada frontal. Fuera de nuestros límites citadinos está el edificio Morey que Antonio Morey Castañer levantara en San Pedro de Macorís, donde llegó a operar el Gran Hotel. En Santiago de los Caballeros está también abandonado el Hotel Mercedes de Romualdo García Vera, construido en 1928. El edificio Díez y el edificio Baquero, ambos realizados por el puertorriqueño Benigno Trueba y Suárez en la calle El Conde, se encuentran clausurados y deteriorados. El Díez, todavía en manos de la familia, necesita un trabajo de restauración urgente —y es un ejemplo perfecto de cuán necesaria es una legislación que otorgue beneficios fiscales a los herederos de obras patrimoniales—. ¿Vale la pena hacer el esfuerzo de invertir en ellos y conservarlos? Solo hay que preguntarle a los parisinos, a los romanos, a los florentinos, a los porteños y a los andaluces si se atreven a justificar el abandono de su historia bajo la excusa de la inversión necesaria. O solo hay que preguntarle a los arquitectos, las arquitectas y los grupos económicos que sí creen en la preservación de lo moderno a través de adaptación. Ellos y ellas muchas veces se enfrentan a trabas risibles: a menudo estas edificaciones patrimoniales no cuentan con documentación histórica —ni el gobierno local ni el Ministerio de Cultura han podido hacer los levantamientos planimétricos de al menos las más importantes— y eso dificulta el inicio de los proyectos. Otras veces, entre las autoridades prevalece un criterio de conservación total de las fachadas, sin aceptar puntos medios que permitan una intervención para la utilización de terminaciones y tecnologías actuales para lograr mejoras estructurales y de servicios. Uno de esos arquitectos es Emilio Olivo, quien ha hecho de la Ciudad Colonial su zona de trabajo principal. Olivo tiene un mantra profesional: lo que tiene valor se rescata, pero a lo que no tiene, se le aporta. Dicho de otra forma: acepta la conservación rígida del patrimonio pero aprecia la posibilidad de dar un giro contemporáneo a estructuras sin ese pedigrí, para con la novedad hacerlas mucho más atractivas. Sin embargo, uno de sus proyectos residenciales estuvo en un limbo de dos años esperando aprobación; la traba estaba en la integración de una capa de acero Cor-ten a la fachada de una residencia ubicada en las cercanías de la catedral. Con el cambio de gobierno a otro partido en 2020, el nuevo incumbente de la Dirección Nacional de Patrimonio Nacional aprobó el proyecto en apenas un mes, reconociendo el valor estético y narrativo del contraste propuesto. Pero no todas las oficinas gubernamentales encargadas de dar el visto bueno a un proyecto similar cuentan con la capacidad técnica requerida. De hecho, solo hay que ver el caso de lo que está sucediendo en el casco antiguo de San Pedro de Macorís, una ciudad con una abundancia de riquezas modernas en hormigón. El Teatro Restauración de la calle Sánchez fue construido en 1923 por la familia Cánepa en un neoclásico con todo y frontón, sima y cornisa arriba, sostenido por dos columnas de fuste poligonal. En la década de 1970 pasó a llamarse Cinema 23, pero hoy solamente permanece en pie una parte de las ruinas en hormigón —aunque con lo 300
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stands Gazcue, already full of high-rise buildings with nearly no aesthetic value. There’s the Timbeque across the Ozama River, the Copello Building that lost its signature glass blocks in 2019, the previously-known-as Paz Hotel about to leave this world in order to clear the way for a new entertainment complex. On Hermanos Deligne Street lies in near ruins the old Instituto Escuela, designed by Joaquín Ortíz and Tomás Auñón with its iconic type-based concrete sign on its main façade. Outside of our city’s borders there’s the Morey Building, which Antonio Morey Castañer built in San Pedro de Macorís, later hosting the Gran Hotel. In Santiago de los Caballeros there’s the abandoned Hotel Mercedes by Romualdo García Vera, created in 1928. The Díez and Baquero buildings, both designed by Puerto Rican architect Benigno Trueba y Suárez on El Conde Street, are dilapidated and closed. The Díez, still in the hands of the descendants of the original owners, is in need of an urgent restoration project —and it is a perfect example of the pressing urgency for legislation that can provide fiscal benefits to the heirs of heritage works. Is it worth it, investing in those buildings in order to preserve them? Well, then one might just ask the Parisians, the Romans, the Florentines, the inhabitants of Buenos Aires and Andalusia whether they dare to justify the abandonment of their historical trail under the excuse of a lack of necessary investment. Or one would just have to ask both architects and investment groups whether they believe in preserving modernity through adaptation. Sometimes they do face laughable obstacles: oftentimes these buildings come with no historical documentation —neither the local government nor the Ministry of Culture have been able to carry out an architectural survey of at least the most important ones— and that does hinder the launch of new projects. Other times, many government representatives stand for the total conservation of the façades, thus failing to accept a middle ground that may allow for the use of more viable finishings and current technologies that can lead to structural improvements and even better service facilities. One of those architects is Emilio Olivo, who has turned the Colonial City into his main field of action. Olivo has a professional mantra: if it’s valuable it gets rescued; if it isn’t, it gets value. Otherwise said: he does accept the rigid concept of conservation but does appreciate the possibility of giving a contemporary twist to structures lacking that pedigree, in order to make them much more attractive by way of innovation. Nevertheless, one of his residential projects was stuck in a two-year limbo awaiting approval; the hitch stood in a layer of Cor-ten steel that would be applied to the main façade of a home by the Cathedral. As the governing party changed in August of 2020, the new incumbent of the National Office for Monumental Heritage approved the project in less than a month, as he recognized the aesthetic and narrative value of the contrasting proposal. But not every government office in charge of approving similar projects actually has the technical capacity needed to fulfill its duties. In fact, there’s no better example of this than what’s currently taking place in the historic center of San Pedro de Macorís, a city with an embarrassment of modern concrete riches. The Restauración Theater on Sánchez Street was built in 1923 by the Cánepa family, in a neoclassical style featuring a gable, a lintel, a tympanum and faceted columns. In the 70s it was revived as Cinema 23, but today only a part of the concrete ru301
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que queda es más que suficiente para imaginarse su grandeza pasada—. En la gestión previa a los nuevos inquilinos de 2020, la Alcaldía de la ciudad indicó estar abierta a recibir sugerencias de proyectos de parte de firmas de arquitectura. Roger Raffa, un arquitecto petromacorisano, vio la oportunidad de expandir el perímetro del teatro y crear un centro que, más que de mero entretenimiento, funcionara como un eje social, para dar cabida a los resultados de varios programas comunitarios de artes escénicas que buscarían brindar a la juventud de la ciudad opciones de formación, fraternidad y recuperación del orgullo de su ciudad natal. Muchos jóvenes escuchan de sus parientes sobre la edad de oro del entramado urbano de San Pedro, un orgullo prestado que no tiene un ancla en la realidad actual. Esto es porque, con su decadencia económica, la ciudad ha pasado de ser llamada “el París chiquito” a convertirse en un exportador de jugadores para la Major League Baseball y como punto de actividades ciertamente ilícitas. Así que el proyecto de Raffa era, básicamente, un programa de mejoría socioeconómica envuelto dentro de un edificio exquisitamente adaptado. Solo que la Alcaldía pos-2020 se decidió por otro proyecto: el Museo del Pelotero Petromacorisano. La propuesta, hecha por los arquitectos Franklin Hirujo y Deny Wilson, conserva parte de los elementos del frontón, pero termina siendo un edificio esquizofrénico en su ejecución poco pulida y de difícil enganche narrativo —que sepamos, entre el béisbol y los griegos no hay mucha conexión—. Aparte está la mayor incongruencia de todas: por lo general, los clubes deportivos exitosos incluyen sus museos dentro de las instalaciones de su estadio matriz —solo hay que ver el caso del lucrativo centro de visitas del Real Madrid en el Bernabéu—. Esto es porque el público meta del deporte de por sí ya visita el estadio, y porque ofrece al club una entrada adicional en su mismo perímetro durante las horas donde no hay partidos. Así que, ¿por qué no se consideró colocar el Museo del Pelotero Petromacorisano donde realmente debe ir, que es en el Estadio Tetelo Vargas, el hogar de las Estrellas Orientales? Entre el estadio y el teatro hay unos dos kilómetros, poblados por un vacío de actividades turísticas para los fanáticos del bate y la pelota. Proyectos como este, pensados para turistas, le roban al centro histórico la posibilidad de volver a la vida para los locales. Pero la decisión, al final, vino de la autoridad local —que no tiene entre su personal técnico a personal experimentado en temas de restauración y adaptación—. La Alcaldía del Distrito Nacional sí cuenta con muy competentes recursos humanos en ese sentido. Uno de ellos es el arquitecto Jorge Marte, cuyo trabajo mayormente se rige por la ordenanza 3-2011, dedicada a la zonificación, uso e intervención para la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Esta fue la primera vez que el Estado realizó un inventario de los edificios patrimoniales de la zona histórica para su protección legal —independientemente del siglo de su construcción, sino en base a su valor arquitectónico, histórico, documental o ambiental—. Bajo esa ordenanza se han distinguido los inmuebles categoría uno, de alto valor arquitectónico, histórico y documental —como la catedral y hasta algunos edificios construidos hasta mediados del siglo XX—. La segunda categoría corresponde a inmuebles anteriores al 1900, que van desde el período ovandino hasta el final del siglo XIX —ahí están incluidos muchos de los edificios comerciales de la calle El Conde, como el Baquero, el Díez y el Cerame, así como las piezas eclécti302
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ins are left standing —although its remains are more than enough in order to easily imagine its past grandeur. The previous city government, prior to 2020, spoke of being open to receiving proposals for a renovation. Roger Raffa, a San Pedro-born architect, saw an opportunity to extend the limits of the theater and create an entertainment center that went beyond mere entertainment, also functioning as some sort of social connector that would integrate the results of several community arts programs to provide local youth with more training options, something that could lead them to rekindle their pride for their hometown —many of them often hear their parents and grandparents speak of the city’s golden era, but they can’t see how that relates to San Pedro’s current state. That’s because, given its economic decline, the city has gone from being called the country’s “Little Paris” to becoming an exporter of MLB players and a free-for-all spot for illegal activities. So Raffa’s project was, basically, a socioeconomic program masquerading as the exquisite adaptation of an early-20th century building. It’s just that the post-2020 mayor’s office went for something else: the Museum of the San Pedro Baseball Player. The proposal, presented by architects Franklin Hirujo and Deny Wilson, maintains some of the elements of the gable, but ends up being a schizophrenic, unrefined building with a difficult narrative hook —baseball has nothing to do with the Greeks, as far as we know. On top of that, there’s the largest contradiction of them all: in general, successful sports clubs set up their museums within the facilities of their home stadiums —that explains, for example, the lucrative Real Madrid visitors center at the Bernabéu. That’s because the sport’s target audience already heads to the venue, and this therefore provides the club with an additional income stream during the hours where no matches are being played. So why didn’t the local government consider moving this museum to its logical location, inside the Tetelo Vargas Stadium, home of the Estrellas Orientales? There are some two kilometers between the stadium and the theater, and a dearth of tourism activities for ballgame fans in between. Projects such as this one, intended for out-of-town visitors, steal away the possibility of giving the old town back to locals. But the decision, in the end, came from the mayor’s office —an institution that lacks the technical personnel necessary to make informed decisions when it comes to the restoration and adaptation of monuments. The mayor’s office in the National District —that is, the central part of Santo Domingo— does have some rather competent human resources in that field. One of them is architect Jorge Marte, whose functions are ruled by ordinance 3-2011, dedicated to the zoning, use and intervention of the capital’s Colonial City. That was the first time the government carried out a detailed inventory of the heritage buildings located within that area in order to legally protect them —regardless of the century they were built in, but instead based on their architectural, historic, documentary or environmental value. That ordinance has thus classified Category 1 properties, with a high value on all four counts —such as the Cathedral and some buildings created up until the 1950s. The second category comprises those buildings created prior to 1900, from the Ovando Era to the end of the 19th century —that includes some of the commercial spots on El Conde Street, such as the Baquero, the Díez and the Cerame buildings, as well as the eclectic works on Mella Avenue. The third one was assigned to buildings with an environmental value —that is, 303
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cas de la avenida Mella—. La tercera fue asignada a edificaciones con valor ambiental, sin importancia en lo histórico o arquitectónico pero que ayudan a mantener la armonía del entorno inmediato. La cuarta está asignada a los edificios de valor arquitectónico, histórico o documental que hayan sufrido alteraciones significativas. La quinta absorbe los edificios sin ningunos de estos tres valores, pero que sí mantienen la armonía de la trama urbana. La sexta y última corresponde a todos los inmuebles que quedan fuera de las previas. Mientras mayor es la categoría, más extenso y restringido es el reglamento de intervención —por ejemplo, la primera categoría solo permite restauración, mientras que la segunda permite una rehabilitación pero prohíbe una remodelación; la transformación solo está permitida para las dos últimas categorías—. Sin embargo, esta ordenanza solo considera la Ciudad Colonial, y por lo tanto cae en la misma miopía estatal de no ver el valor de la ciudad más allá de su casco antiguo. Lo ideal sería contar con una mayor cantidad de técnicos especializados no solo al nivel de un arquitecto como Marte, sino a todas las esferas: muchas veces, como sucedía con el caso de la residencia del proyecto de Olivo, pueden ocurrir tranques por diferencias de pensamiento con un oficial de alto rango; en otras situaciones se cuestiona la prohibición de realizar remodelaciones en edificios de segunda categoría que lo necesitarían por cuestiones estructurales. Así como instituciones como el Banco Central, el Ministerio de Turismo y el Ministerio de Medio Ambiente cuentan con una gran cantidad de personal especializado en sus áreas, de esa misma forma debería estar distribuido en proporción el personal encargado del patrimonio arquitectónico a lo largo y ancho de todo el país. Por eso, en este momento hay cuatro cuadrantes involucrados. El primero es el de los arquitectos en formación o los recién egresados: si bien la realización de proyectos contemporáneos es lucrativo, ¿por qué se tiene la percepción de que el campo de la restauración, la conservación, la adaptación y el estudio del patrimonio no puede ser igual de provechoso financieramente? Es precisamente con la capacitación de cada vez más arquitectos especializados que la protección juiciosa del patrimonio construido puede tener un lugar más respetado en la pirámide gubernamental. Acá no es una cuestión de la gallina y el huevo: la demanda ya existe; la oferta debe responder. En el caso del sector gubernamental, es esencial evaluar las protecciones y beneficios fiscales para los propietarios de edificaciones patrimoniales. La Dirección General de Impuestos Internos tiene peces más grandes que atrapar que el Impuesto al Patrimonio Inmobiliario. Ninguna institución estatal actúa como un ente separado, y la Dirección debe entender su rol dentro de la regeneración de nuestro entorno urbano. Asimismo, el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología debería incluir una mayor cantidad de ofertas de becas de estudio en el sector de la preservación y la investigación patrimonial arquitectónica. En 2021 la Alcaldía del Distrito Nacional estuvo discutiendo la modificación a la ordenanza 85-09 de zonificación urbana, que propone un incremento de la densidad de la Circunscripción 1, la zona de por sí más saturada de la ciudad. La modificación propuesta es de carácter temporal… y precisamente por la percepción de ser una curita en vez de una cirugía ha sido criticada por varios sectores de la población y dentro del mismo Concejo de Regidores. ¿Por qué no erradicar la mentalidad cortoplacista de los proyectos de este tipo? De hecho, no hay mejor prueba de las 304
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those of little importance in matters historical or architectural, but that do help maintain a certain sense of harmony within their environs. The fourth one deals with buildings of architectural, historical or documentary value that have suffered some sort of significant alteration. The fifth pertains to those buildings featuring none of these values, but that somehow do help maintain some sense of urban harmony. The sixth and last one is assigned to those properties outside of the purview of the previous five. The closest to one, the more extended and restricted its rules for intervention —for example, the first category allows for nothing but restoration, while the second one permits rehabilitation but forbids any remodeling activities; transformation itself is only allowed for buildings in the lower two categories. Nevertheless, this ordinance only takes into account the Colonial City, and thus suffers from the government’s typical myopic stance, failing to see the value of anything outside the old town. Ideally, we would have a larger amount of specialized technicians, such as Marte, in every single sphere: many times, as evidenced by Olivo’s residential project, a high-ranking public servant can become a hurdle to a project that requires a more professional way of thinking; in other situations, the decision to forbid any remodeling work on second-category buildings that direly need it due to structural matters is highly questionable. Institutions such as the Central Bank, the Ministry of Tourism and the Ministry for Environmental Issues have a large cadre of specialized personnel, and yet proportionally, the same can’t be said for the human resources who deal with the country’s architectural heritage. So far, thus, we have four quadrants involved in this matter. The first is that of architects still in training and recent graduates: while building anew is certainly lucrative, why do they carry the perception that the field of restoration, conservation, adaptation and the study of a country’s built heritage can’t be equally profitable? In fact, the more specialized architects we have to judiciously protect our monumental goods, the more respected the position will get to be within the governmental pyramid. This is not a chicken-and-egg question: the demand already exists; it’s the supply’s turn to respond. In the case of the public sector, the incumbent officials need to urgently evaluate the protections and fiscal benefits for the owners of heritage properties. The DGII has bigger fish to fry than minding a small subgroup of real-estate taxpayers. No public institution should act as a separate entity, and thus that revenue service should better understand its role within the process of regenerating our urban environment. Likewise, the Ministry for Higher Education should allot a larger amount of scholarships to the study of architectural preservation and historical research. In 2021 the local mayor’s office was discussing modifying ordinance 85-09 on urban zoning, proposing an increase on the density of District 1, the most tightly populated area in the entire country. That alteration is temporary in character… and precisely due to the optics of it being a Band-Aid instead of a much-needed surgery, ithe proposal has been criticized by both key opinion leaders and even by the councilors themselves. Why can’t we eradicate that type of short-term solutions for projects of this kind? Indeed, there’s no better proof of the many advantages of leaving behind that limited way of thinking than seeing what’s happened to the current iteration of the Jaragua Hotel: after changing hands in the 90s, going from a Ramada management to a Marriott one, the latter company has invested some 37 million dollars 305
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ventajas de eliminar la visión cortoplacista que lo que ha sucedido con el actual Jaragua: tras pasar de manos de la cadena Ramada a la Marriott en la década de 1990, esta última ha invertido 37 millones de dólares en la remodelación del edificio, y las condiciones del contrato de alquiler con el Estado han sido tan estables que la empresa internacional extendió su contrato que vencía en 2015 hasta 2035. El período de papa caliente es cosa del pasado. Pero esa es la joya de la corona de la Corporación de Fomento de la Industria Hotelera y Desarrollo de Turismo; lo mismo no ha sucedido con los 18 hoteles restantes en el portafolio de la corporación, alquilados a propietarios cuestionables por su falta de experiencia en el sector o sus conexiones directas a la administración de turno. Muchos de ellos, por consiguiente, se encuentran en un estado de grave deterioro. Por último, es urgente realizar la digitalización de todo el levantamiento existente de inmuebles patrimoniales —actualmente solo existe en físico, con el riesgo de perderse para siempre en caso de algún accidente— y asignar un presupuesto más digno para la realización de los tantos levantamientos faltantes no solo en la Ciudad Colonial, sino en todo el país. De esa forma, los proyectos pueden ser más atractivos para los inversionistas. El tercer cuadrante es precisamente el de los inversionistas. Es comprensible la falta de paciencia ante lo que se percibe como un tema burocrático, pero no es igual de comprensible la falta de paciencia que se da cuando un inmueble con una riqueza arquitectónica y documental innegable es demolido sin criterio para erigir una torre que, más que categoría seis, sería categoría nueve dado su bajo aporte. Si bien es cierto que el metro cuadrado en Santo Domingo —y en vecindarios como Gazcue— se ha encarecido en modo turbo desde 1996, ¿justifica eso la pérdida del espíritu de un sector con tanta importancia para la vida de la ciudad en el siglo XX? El cuarto es el ciudadano que no pertenece al gremio de la arquitectura ni el diseño, sino que cambia su entorno con el poder de su billetera, comprando hoy lo que será tendencia mañana. A ellos les corresponde adquirir inmuebles con más criterio, con muchas más exigencias. Nosotros decidimos redactar este libro no para arquitectos, sino con un tono y un enfoque adecuado para cualquier persona dominicana interesada en el entorno que le rodea. El Hotel Jaragua no fue el fin, sino el medio para poder explicar la situación peligrosa en la cual se encuentra la ciudad capital y los hitos patrimoniales del país por falta de un ciudadano educado e interesado. Ante la desidia y el desconocimiento generalizados pensamos, en vez de eso, en proveer una historia que pudiera lograr un efecto de puerta de entrada para apreciar con nuevos ojos lo que ofrece —y lo que no— el panorama construido que nos alberga. En efecto, en los últimos 30 años el país ha producido una nueva clase pudiente cuyo bolsillo se ha abultado mucho más rápido que su cerebro, y todavía no tiene la capacidad de entender dónde está el valor real del lujo ni el lujo de tener lo que realmente vale. Pero quizás nos suceda lo mismo que ha pasado en China, otro país con una situación todavía más acelerada de creación de parvenus. La capilla Notre-Dame du Haut en Ronchamp, al este de Francia, es una de las obras más aplaudidas de Le Corbusier. Construida en 1955, tiene un techo curvo bipartito que rompe con todo lo que el arquitecto franco-suizo había realizado hasta el momento, mucho más expresionista que puramente racionalista. La obra es, sencillamente, irrepetible… a menos que se hable de Zhengzhou. 306
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in remodeling the building, and the conditions of the government lease have remained so stable that the company extended its contract, due to expire in 2015, up until 2035. The hot-potato period is now a thing of the past. But do note that this is the crown jewel of the Corporation for the Promotion of the Hotel Industry and Tourism Development; nothing of the sort has taken place with the 18 other hotels that make up the corporation’s property portfolio, as they are rented out to leaseholders with questionable credentials, either due to their lack of experience in the hospitality sector or due to their direct connections to the ruling party. Many of them, therefore, are in a truly sorry state. Lastly, that pending survey is actually quite urgent: we have but physical copies of the blueprints of the most important architectural works in the city, which can be lost forever in case of fire, flood or earthquake; authorities should also allot a more dignified budget to not just those pending surveys within the Colonial City, but also throughout the country. That way, these projects can become far more attractive in the eyes of potential investors. The third quadrant is, precisely, that of investors. Their lack of patience when facing bureaucratic matters is quite understandable, but we still don’t understand how their lack of patience can also turn a richly nuanced architectural gem into a high-rise building with so little aesthetic or contextual value that it could be labeled a category-nine property. While the cost of a square meter in Santo Domingo has scarily risen since 1996, are we treating the city —and neighborhoods such as Gazcue— fairly by chipping away at the spirit of spots that still bear some important lessons about life in Santo Domingo in the 20th century? The fourth quadrant is assigned to the citizen who doesn’t partake in the architectural profession nor is a design specialist; instead, this citizen can change his or her environment with the power of their wallet alone, buying today what will become tomorrow’s trend. They should be purchasing more judiciously, more demandingly. We decided to write this book with a tone and focus that would make it appealing not just to architects, but to any Dominican person interested in the environment that surrounds them. The Jaragua Hotel was not the end, but instead a means to explain the dangerous state of the capital city and the country’s architectural heritage due to the emergence of an uninterested, unappreciative citizen. Among the apathy, the indolence and the general lack of knowledge, we thought we could share a story that could function as a gateway of sorts to lead readers to take a second look at what’s being offered —and what isn’t— within our built environment. Indeed, in the past 30 years the country has produced a new ruling class whose wallet has grown much faster than its brain, and thus its members lack the ability to understand where the real value of luxury lies —or, to that effect, the luxury of owning what’s truly valuable. But maybe we’ll go the way of China, another country with a situation —albeit at a larger scale— of accelerated parvenu creation. The Notre-Dame du Haut chapel in Ronchamp, in eastern France, is one of Le Corbusier’s most celebrated works. Built in 1955, its curved two-part roof breaks away with everything the Swiss-French architect had created up to that point, with a more visible expressionist nature than a purely rational one. That building is, quite simply, a one-off thing… unless we’re talking about Zhengzhou. The capital of the Henan province in China is known for its prehistoric heritage, but that 307
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La capital de la provincia de Henan en China es conocida por su patrimonio prehistórico, pero eso no le bastaba a sus habitantes: en 1994 allí se construyó una réplica exacta de la capilla de Ronchamp, en base a pura admiración. Quien no podía viajar a Francia, al menos podía instruirse espacialmente en territorio local. Una década después, la Fundación Le Corbusier logró ordenar su demolición, alegando correctamente que se trataba de un plagio. Pero si por alguna razón la original de Ronchamp se hubiese desmoronado en algún accidente, al mundo le quedaría la de Zhengzhou para comprender, aun fuera del contexto de iluminación natural que se logra en la colina donde se ubica la francesa, la propuesta de su autor. En este libro, unos capítulos hacia atrás están las plantas arquitectónicas y las elevaciones del Hotel Jaragua original de 1942, junto a imágenes de las terminaciones de sus espacios. No existe una Fundación Guillermo González que vele por el uso de su propiedad intelectual. Si alguien, sea frente al mar o no, tiene una parcela de tamaño generoso y fondos suficientes para construir un viaje al pasado, ya sabe lo que puede hacer. O, a falta de eso, ¿no sería más lógico proteger y revalorizar lo que estamos a punto de volver a perder?
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just wasn’t enough for its inhabitants: in 1994 Zhengzhou got its own exact replica of the Ronchamp chapel, based on nothing but pure admiration for the original. Those who couldn’t make it to France, thus, could at least get their spatial instruction not far from home. A decade later, the Le Corbusier Foundation was able to secure its demolition, correctly arguing that this was an act of plagiarism. But if for any reason the original chapel had broken down by some force of nature or some human-caused accident, the world would still have had the Zhengzhou version in order to understand the proposal of its author, even outside the context of natural light provided by the French hill. In this book, one of the chapters includes the floor plans of the original 1942 Jaragua building, along with detailed images of its interior spaces. There is no Guillermo González Foundation to function as a watchdog, caring for his intellectual property beyond the grave. So if anyone here happens to own a generously sized lot, across the sea or not, along with the necessary financial backing to fund a trip to the past, they already know what to do. Or, in the absence of such a harebrained thing, wouldn’t it just be far more logical to protect and reassess the value of the goods we’re about to lose all over again?
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Los caídos: el Matadero Industrial de Henry Gazón Bona (1942), el Hospital William Morgan de Marcial Pou Ricart (1946) y el Palacio de Correos de José Antonio Caro (1956). The departed: Henri Gazón Bona’s Matadero Industrial (1942), Marcial Pou Ricart’s William Morgan Hospital and the Palacio de Correos by José Antonio Caro (1956).
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Casas borradas: arriba, la residencia Nader de José Manuel Reyes (1966); debajo, la residencia Molinari (alias Villa Mango) que hicieran Joaquín Ortíz y Tomás Auñón en 1941. Home truths: above, José Manuel Reyes’ Nader Residence, built in 1966; below, the Molinari Residence (a.k.a. Villa Mango) designed by Joaquín Ortíz and Tomás Auñón in 1941.
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Agonizando están el edificio Morey de Antonio Morey en el centro histórico de San Pedro de Macorís y el edificio Díez de Benigno Trueba y Suárez en la calle El Conde. At death’s door: Antonio Morey’s Morey Building in San Pedro de Macorís’ historic district and the Díez Building by Benigno Trueba y Sánchez over at El Conde Street.
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Al Copello de Guillermo González le removieron sus característicos bloques de vidrio. El Teatro Agua y Luz, del catalán Carles Buïgas, ha sido arrendado por el Estado vía contratos cuestionables. Guillermo González’s Copello lost its trademark glass bricks. Several government administrations have leased out the Agua y Luz Theater, by Catalonian architect Carles Buïgas, by way of questionable contracts.
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Chapeau: todavía siguen fuertes las raíces de Villa Hena, UNIBE mantiene viva la casona de la avenida Francia y la antigua residencia García Trujillo es hoy la Escuela Nacional de la Judicatura. A la derecha, el edificio Saviñón sigue en pie, dignamente preservado. Hats off: the roots of Villa Hena remain strong, UNIBE keeps the manor on Francia Avenue alive and the former García Trujillo Residence is now the National Judicial College. To the right, the Saviñon Building stands proud, properly preserved.
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En ningún otro vecindario de Santo Domingo el patrimonio arquitectónico del siglo XX está siendo más presionado por la gula inmobiliaria que Gazcue. No other neighborhood in the Dominican capital is experiencing the heavy squeeze of real estate gluttony like Gazcue, breeming with our 20th-century architectural heritage.
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Notas de los autores
Sobre las monedas Desde principios del siglo XX y reforzado por la primera invasión militar estadounidense que inició en 1916, circulaba en República Dominicana el dólar de esa nación como moneda oficial. Entre 1947 —el año en que Trujillo creara el Banco Central y el peso oro— y 1978 el país disfrutó de paridad entre el peso dominicano y el dólar estadounidense. Teniendo eso en cuenta, los 200 mil dólares que costó el diseño y la construcción del cuerpo original del Jaragua equivaldrían a unos US$3,250,025.54 hoy, ajustados por motivo de inflación. Sobre los colores Hemos utilizado dos colores para el texto y las imágenes de este libro: un negro sobre blanco que hace referencia al estilo arquitectónico del edificio, libre de ornamentos superfluos, y un azul que hemos llamado Caribe, en referencia al color del mar frente al punto donde se encontraba antiguamente el hotel. De ahí la leyenda metafórica de las fotos: las imágenes en negro representan todo lo que tuvo lugar directamente en el edificio; las imágenes en azul hablan de lo que sucedía fuera de él. Sobre las imágenes y el sitio web La selección de imágenes hecha para este libro responde a una línea narrativa por capítulo y a un espacio limitado sobre papel. Sin embargo, en la exposición virtual que acompaña a este proyecto pueden acceder de forma gratuita a una versión reducida de los textos de este libro, pero también a una versión ampliada de sus imágenes —incluyendo una sección de memorabilia que no está disponible aquí, así como videos y también tomas de audio grabadas directamente desde el Patio Español en los 50—. Pueden visitarla en jaraguanocae.do.
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A few notes from the authors
Regarding currency At the start of the 20th century, and heightened by the first American military invasion that began in 1916, the US dollar was legal tender in the Dominican Republic. Between 1947 —the year President Trujilo created both the Central Bank and the peso oro, a local currency backed by gold reserves— and 1978 the country enjoyed a oneto-one exchange rate between the US dollar and its Dominican counterpart. Now, given this situation, the US$200,000 it cost to design and build the initial stage of the Jaragua Hotel would amount to US$3,250,025.54 today, adjusted for inflation. Regarding hues We’ve used two different colors throughout this book for both text and images: a black on white that references the ornament-free architectural style of the building, and a shade of blue we’ve labeled Caribbean, honoring the exact color of the sea right across from where the old hotel used to stand. That’s where the metaphorical key for the images comes from: black-and-white images take place within its premises; those in blue speak of the things that took place outside of it. Regarding images and the website The image selection we made for this book responds to a chapter-by-chapter narrative —and to the well-known limitations of paper. Nevertheless, the accompanying virtual exhibition for this project features a condensed version of the written information contained in this book, but a much-expanded version of the visual information in it — including a section showcasing memorabilia that isn’t available here, as well as video clips and some audio recordings taken directly in the Spanish Courtyard in the 1950s. You can visit the site over at jaraguanocae.do.
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Créditos fotográficos Photo credits INTERIOR SOLAPA FRONTAL • INSIDE FRONT FLAP Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado.
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Vista aérea del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Parque Independencia tras el huracán San Zenón. DO Archivo General de la Nación. Santo Domingo tras el huracán San Zenón. DO Archivo General de la Nación. Calle Hostos. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Residencia Caro Álvarez. Archivo Caro Álvarez. Casa Vapor. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Residencia Schad. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Obelisco desde el parque Ramfis. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Parque Ramfis. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Vista aérea del parque Ramfis. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Piscina del parque Ramfis. Alejandro Paulino. DO Archivo General de la Nación - Fondo Alejandro Paulino. Parque Ramfis. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Guillermo González. Sin autor marcado. Archivo Gustavo Moré - Archivos de Arquitectura Antillana. Bulletin of Yale University 1929-1930. Sin autor marcado. Colección de la familia Despradel Catrain. Pabellón dominicano para la Feria Mundial de Nueva York de 1939. Marco Antonio Martínez Paulino. DO Archivo General de la Nación Fondo Martínez Paulino. Edificio Copello. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. Postal Hotel Condado. Sin autor marcado. De impreso. Postal Hotel Nacional de Cuba. Sin autor marcado. De impreso. Hotel Presidente. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Hotel Fausto. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Recorte periódico. Sin autor marcado. Colección de la familia Despradel Catrain. Recorte del Listín Diario. Digital Library of the Caribbean. University of Florida. Estancia de Damián Báez. James E. Taylor. DO Archivo General de la Nación.
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Camino del Oeste. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. Plano de Santo Domingo en 1900. Casimiro de Moya. DO Archivo General de la Nación. María Martínez y Rafael Trujillo. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Permiso de residencia de Hallet Hansard. DO Archivo General de la Nación. Av. George Washington. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Av. George Washington. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. Vista aérea de la avenida George Washington. Alejandro Paulino. DO Archivo General de la Nación - Fondo Alejandro Paulino. Hotel Pohjanhovi. Otso Pietinen. Archivo Finna. Ministerio de Educación y Cultura de Finlandia. Hotel Nord-Sud. Sin autor marcado. CNAM/SIAF. Cité de l’architecture et du patrimoine/Archives d’architecture du XXe siècle - Fonds André Lurçat. Biblioteca de Viipuri. Sin autor marcado. Wikimedia Commons. Edificio Maalaistentalo. Gustaf Welin y AAM. DoCoMoMo Finland. Hotel Kalia. Sin autor marcado. Archivo Rechter Architects. Postal del Pabellón Ford en la Feria Mundial de Nueva York de 1939. Sin autor marcado. De impreso. Pabellón Ford en la Feria Mundial de Nueva York de 1939. Sin autor marcado. The Henry Ford Foundation. Maqueta del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Construcción del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Inauguración del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación. Fondo Conrado. Escalera exterior Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Vista aérea del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Colección de la familia Despradel Catrain. Panorámica del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Patio Español del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. Piscina del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado.
136-137 Vestíbulo del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. 138-139 Restaurantes, bar y cocina del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. 140-141 Interiores de los dormitorios del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. 142-143 Techo-jardín del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. 144 Plano del anteproyecto del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. De impreso: Arquitectura dominicana 1906-1950 por Enrique Penson Paulus. 145 Ilustración del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. De impreso: Revista Architectural Forum de septiembre de 1946. 152 Postal Hotel El Panamá. Foto Platau Panamá. De impreso. 152 Postal Aruba Caribbean Hotel. Biblioteca Nacional Aruba Postcard Collection. De impreso. 152 Postal Virgin Isle Hilton Hotel. Rahola Photo Supply. De impreso. 153 Postal Hotel del Lago. Sin autor marcado. De impreso. 153 Hotel Caribe Hilton. Sin autor marcado. Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico (AACUPR). 154 Aeropuerto General Andrews. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. 155 Publicidad Pan American Airways. Sin autor marcado. Archivo AirTimes. 156 Periódico La Nación. DO Archivo General de la Nación. 157 Artículo sobre el Hotel Jaragua. Sin autor marcado. De impreso: Revista Architectural Forum de septiembre de 1946. 170-171 Gran terraza del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. 172-173 Gran terraza del Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación Fondo Conrado. 174-175 Actividades sociales en el Hotel Jaragua. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. 176-177 Actividades sociales en el Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo Hotel Jaragua. De impreso. 196-197 Concha acústica en el Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 196 Bungalows del Hotel Jaragua. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón.
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Hotel Jaragua (debajo). Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 197 Piscina del anexo Holiday Inn. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 197 Jardines del anexo Holiday Inn. Sin autor marcado. De impreso: Álbum de Oro Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre. 197 Piscina del anexo Holiday Inn. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 198 Fachada oeste del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Colección Cristian Martínez. 199 Fachada sur del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. De impreso. Colección Miguel D. Mena. 200-201 Vista aérea del Hotel Jaragua. Max Pou. Archivo Centro León - Fondo Max Pou. 202 Hotel San Cristóbal. Luis Mañón. DO Archivo General de la Nación - Fondo Luis Mañón. 202 Hotel Maguana. Marco Antonio Martínez Paulino. DO Archivo General de la Nación Fondo Martínez Paulino. 202 Hotel Hamaca. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 203 Hotel Montaña. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 203 Hotel Matum. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 203 Hotel Paz. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 204 Pabellón de las Naciones en la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Max Pou. 205 Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Max Pou. Archivo Gustavo L. Moré Archivos de Arquitectura Antillana. 205 Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Francis Stoppelman. De impreso: La República Dominicana - Quisqueya, umbral de América. 206 Hotel Embajador y al fondo Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Francis Stoppelman. De impreso: La República Dominicana - Quisqueya, umbral de América. 207 Hotel Embajador. Francis Stoppelman. De impreso: La República Dominicana - Quisqueya, umbral de América. 207 Hotel Embajador. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación. 208 Tanques de guerra frente al Hotel Jaragua. Thimo Pimentel. 209 Tropas en el Hotel Jaragua. Sin autor marcado. De impreso: Intervention in the Caribbean- The Dominican Crisis of 1965, de Bruce Palmer Jr. 228 Ellis Pérez en Radio Universal. Archivo Ellis Pérez. 229 Domingo de mi ciudad. Archivo Horacio Lamadrid. 230-231 Fachada norte del Hotel Jaragua y reunión gerencia. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 232-233 Piscina del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 234 Restaurantes del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 235 Casino Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 236 Foto aérea del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz.
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Foto de la escalera y La Fuente. Sin autor marcado. Archivo Omar Rancier. 237 Night Club La Fuente y discotecas Waldo’s I y II. Lidia León Cabral. Archivo Centro León. 238 Night Club La Fuente. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 240-241 Anuncios en prensa sobre el Night Club La Fuente. Sin autor marcado. Archivo de la familia Santa Cruz. 268 Hotel Jaragua clausurado con policías. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación - Fondo Editora HOY. 268-269 Hotel Jaragua clausurado. Lidia León Cabral. Archivo Centro León. 270 Parte de los fundadores del Grupo Nueva Arquitectura. Sin autor marcado. Archivo Ángela Burgos. 270 Ángela Burgos como estudiante de arquitectura. Sin autor marcado. Archivo Ángela Burgos. 270 Seminario Arquitectura 83. Sin autor marcado. Archivo Omar Rancier. 271 Hojas de Arquitectura. Grupo Nueva Arquitectura. Archivo Omar Rancier. 271 Seminario Arquitectura 83. Grupo Nueva Arquitectura. Archivo Omar Rancier. 272 Periódicos varios. Última Hora (izquierda) y El Nacional (derecha). DO Archivo General de la Nación. 273 Periódicos varios. Listín Diario (arriba) y El Nacional (debajo). DO Archivo General de la Nación. 274 Demolición del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación Fondo Editora HOY. 275 Demolición del Hotel Jaragua. Lidia León Cabral. Archivo Centro León. 276 Demolición del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación Fondo Editora HOY. 277 Demolición del Hotel Jaragua (arriba). Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación Fondo Editora HOY. 277 Demolición del Hotel Jaragua (debajo). Lidia León Cabral. Archivo Centro León. 278 Afiche del Hotel Jaragua. Rafael Álvarez. Archivo Gustavo L. Moré - Archivos de Arquitectura Antillana. 278 Afiche Seminario GNA. Grupo Nueva Arquitectura. Archivo Omar Rancier. 278 Seminario GNA. Grupo Nueva Arquitectura. Archivo Omar Rancier. 279 Pergamino de la primera Bienal de Arquitectura de Santo Domingo. Belkis Ramírez. Archivo Omar Rancier. 310 Matadero Industrial. Kurt Schnitzer (Conrado). DO Archivo General de la Nación - Fondo Conrado. 310 Hospital William Morgan. Alejandro Paulino. DO Archivo General de la Nación - Fondo Alejandro Paulino. 310 Palacio de Correos. Sin autor marcado. Archivo Caro Álvarez. 311 Residencia Nader. Francisco Manosalvas. Archivo Arquitexto.
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Residencia Molinari. Sin autor marcado. Archivo Gustavo L. Moré - Archivos de Arquitectura Antillana. 312 Residencia Morey. Jorge González. 312 Residencia Díez. Alex Martínez Suárez. 313 Edificio Copello. Alex Martínez Suárez. 313 Teatro Agua y Luz. Alex Martínez Suárez. 314 Casa de las Raíces. Alex Martínez Suárez. 314 Casona UNIBE. Sin autor marcado. Archivo Universidad Iberoamericana (UNIBE). 314 Escuela Nacional de la Judicatura. Alex Martínez Suárez. 315 Edificio Saviñón. Alex Martínez Suárez. 316-217 Residencias en Gazcue. Alex Martínez Suárez. INTERIOR SOLAPA POSTERIOR • INSIDE BACK FLAP Demolición del Hotel Jaragua. Sin autor marcado. DO Archivo General de la Nación Fondo Editora HOY.
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República Dominicana todavía no era el destino turístico en el que finalmente ha logrado convertirse cuando un hito marcó el paso entre el sueño y la acción: en 1942 se inauguró en la capital, frente al mar Caribe, un hotel de gran tamaño que le anunciaba al mundo que el país estaba dispuesto a recibirlo en casa. Y no era cualquier hotel: era el primer establecimiento de su tipo en toda la región, una estructura racional que rompía con la tipología de la arquitectura hostelera antillana de la época y hablaba de una nación con deseos de modernidad y de mirar hacia un futuro luminoso. En 1985, en medio de protestas y desacuerdos, el Hotel Jaragua fue demolido. Entre su nacimiento aupado por la dictadura megalómana de Trujillo y su muerte en medio de las aguas turbias del mandato de Jorge Blanco, ¿cómo valoró el pueblo dominicano el establecimiento en cada una de sus etapas? ¿Sabíamos lo que estábamos perdiendo? O más importante aun: ¿Cuáles consecuencias estamos pagando hoy por la desaparición de la que quizás fue la obra culmen de la arquitectura moderna dominicana? The Dominican Republic still wasn’t the travel destination it has eventually become when a landmark event marked the spot between dreaming and doing: in 1942 the capital city built its first large-scale hotel, across the Caribbean Sea, letting the entire world know the country was ready to welcome it with open arms. And this wasn’t just any hotel: it was the first venue of its kind in the entire region, a rationalist structure that challenged the established hospitality typology in the Antilles and spoke of a small country looking towards a brighter future. In 1985, surrounded by protests and a large social melee, the Jaragua Hotel was torn down. Between its birth at the hands of the megalomaniac dictatorship of Rafael Trujillo Molina and its death during the murky rule of Salvador Jorge Blanco, what value did Dominicans see in the hotel? Did we know what we were losing? Or what’s more: Are we currently suffering the consequences of the downfall of what probably was the most important work of modernist architecture in the country?