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María llena eres de toros
from Soñadores de Gloria
by FCTH
Por: Rocío Sierra
Aún recuerdo el frío que recorrió mi espina dorsal de pies a cabeza, tan rápido y fugaz como un rayo en plena tormenta, el primer día que me miró a los ojos aquel novillo; de por medio únicamente un burladero, y el espeso silencio que se rompía con cada latido que salía de mi pecho -aunque no se de cierto si alguien más podía escucharlo-, y con el sonido que emitían las bruces del burel. Estábamos ahí, en los corrales de la Plaza del pueblo, el taurus, sus carnes, mi alma y yo. Aquellos ojos, grandes y negros, me miraban tan fijo, y tan profundo como quien mira a su enamorado después del beso más sincero, después del vaivén del amor.
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Nunca tuve tanta decisión en la vida. En ese momento supe qué era lo que siempre buscaba en el ritmo del ocio interminable de quien no sabe para qué nació. ¨Yo nací para esto. Para mirarme en aquellos ojos negros e imponentes. Nací para ser torero¨. Esas palabras rondaron mi cabeza durante días enteros; noté que la gente me veía diferente, tal vez, porque yo me sentía así, por fin mis pasos eran firmes, seguros, con dirección. A hurtadillas de mis padres, fui a inscribirme en la escuela municipal taurina; necesitaba prepararme, tal como el campesino hace con la tierra antes de sembrar una semilla. Aprender de historia, arte, incluso de estética.... todo el paquete podía encontrarlo ahí. No sabía nada de nada, entendía lo básico, pero saber, lo que se dice saber, sólo lo obtienes en la práctica. Ese rayo que me recorrió tenía que ser encausado. Al entrar a la diminuta oficina del Director de la escuela municipal taurina, un hombre de traje luctuoso y pulcro, me miró directamente a los ojos, igual que días antes lo había hecho aquel novillo, aunque con la diferencia de que estos ojos tenían un brillo con “guasa”... ¿Así que quieres ser torero? Me dijo después de darle una calada honda al Montecristo de imitación. -Sí señor.- respondí lo más firme que me permitió la garganta a punto de toser con el humo de aquel puro, esperando que rompiera a reír aquel hombre de carnes sueltas. Lentamente se levantó de su silla, caminó tranquilo y pausado hacia el otro lado del escritorio donde estaba yo de pie, me tomó el hombro mientras con la otra mano me hizo la seña de “levántate” y me dirigió a paso lento hacia el túnel que desemboca al redondel.
-Hoy puede ser tu día de suerte, siempre y cuando me demuestres que tienes los cojones para ser alguien. Aquí no hay medias tintas. Tal vez te arrepientas; o me calles la boca y quedas dentro-. No pronuncié ni una sola palabra. Solo asentía con la cabeza procurando ir al compás de sus pasos, ni adelantarme, ni quedarme detrás.
Tuve que entrecerrar los ojos para evitar la ceguera que provoca el sol tras salir al callejón de la plaza a la que tantas veces había asistido; y vaya que estaba de suerte aunque en ese momento, he de aceptar que no lo pensé así; había una clase práctica del alumnado.
Ensordecí de miedo, pues pasó por mi mente que el director de la escuela iba a pedirme que hiciera algo que únicamente había visto. Y mi miedo no fué en vano. Volví a la tierra cuando me dio una palmada en la espalda, un capote y gritó: ¡Jose, dale las tres, a ver si tiene valor o va a correr a jugar a las muñecas! El miedo se convirtió en orgullo al escuchar que todos aquellos figurines sin graduar se reían de mí. Tomé el capote firmemente, como supuse que se hacía y caminé con decisión hasta donde creí que era la distancia prudente y de mi garganta salió un desafinado “ajá toro” (salió de mi boca el mito de los films del “ajá”, cuando se utiliza generalmente el “eh”). No creo haber estado lo suficientemente cerca para que aquel animal de retienta me embistiera, pero si volteó. Una vez más el rayo frío por mi espina. Volví a verme en esos ojos, aunque menores, igual de profundos, imponentes. Un movimiento brusco en los brazos, agitando el capote y lo vi venir...
No recuerdo más después del segundo o tercer trapazo, si no fuera porque al momento de volver a mi después de la inconsciencia que produjo un golpe -tal vez de un tren que me pasó por encima, o de aquel animal, que al fin sentiría lo mismo-, los figurines me decían frases como “qué valor”, “te quedaste como estatua”, risotadas que callaron al presentarse el director al lado de quien parecía ser un





maestro de la escuela. Con una mueca pidieron que los siguiera, e incorporándome como pude lo hice, aún tambaleante por el golpe. ¿Lo hice bien? ¿Me quedé firme? ¿Es mi día de suerte?, preguntaba sin obtener respuesta alguna. Que sensación tan indescriptible sentir cimbrarse el suelo con el trote de aquel animal, el corazón y los huesos tiemblan tan fuertemente, que si pudieran separarse lo harían seguro, mientras el alma se crece y se une mas al cuerpo; eso es, el cuerpo muere de miedo al mismo tiempo que el alma nace y se recrea en la piel. Supe que tenía el alma viva por primera vez
Entramos nuevamente a la oficina, los tres, y tras cerrar la puerta el director se sentó. Un silencio largo previo a que me pidiera sentarme frente a él. El maestro estaba al lado mío, de brazos cruzados, sin decir una palabra.
-¿En verdad quieres esto?- Preguntó.
-Sí señor. Más que nada en el mundo.
-¿Te diste cuenta que acabas de perder el conocimiento, que los niños estudiantes se rieron de ti, que probablemente tengas una costilla rota...? - Sí señor. No sabía si tocarme las costillas para cerciorarme que no tenía un hueso partido en pedazos. Sólo sabía que responder con frases cortas y voz clara, me haría convencerme que el dolor no existía en ese momento, y que ayudaría a que aquel hombre creyera en mí, tal como el campesino en la semilla insertada en la tierra. -Has dicho mucho hoy. Se nota que no lo habías hecho antes, ¿cierto?- Lo negué con la cabeza. Me avergonzó tener que admitir que había hecho algo sin conocimiento alguno, y que no sabía aún si estaba en esa silla con dos hombres para recibir una buena o una mala noticia.
-¿Tus padres saben que estás aquí? -No señor. Lo intuyen, supongo.- Intenté no bajar la voz ni parecer titubeante, a pesar de que me sentí como quien huye corriendo después de robar una pieza de pan caliente, aunque no debí hacerlo (cosa que hoy entiendo) por que no estaba mintiendo. Nadie en casa lo sabía. -¿Por qué quieres ser torero? - Porque lo siento dentro- contesté con los ojos empezando a aguarse, tal vez por la presión que estaba sintiendo, o por que el dolor del golpe enfriándose empezaba a calar, o porque era la primera vez que iba a escucharme decirlo- Lo siento tan dentro de mí desde aquel día en la que vi a un novillo de cerquita en un corral. Me sentí como nunca, me veía como si yo fuera parte de él, y yo sentí con esa mirada que él me pertenecía a mí también. No sé si exista esa sensación cuando los humanos se ven entre ellos. Yo nunca he sentido algo igual. Tampoco he deseado nada en la vida como deseo esto. Necesito aprender, porque si no lo hago, sé que voy a desperdiciar mi vida haciendo algo por currícula nada más. Este sentimiento no me lo va a dar ningún escritorio con un computador, ni un jefe oloroso a vino y mujeres callejeras, ni siquiera puedo imaginármelo.... Puede creer que se me zafó un tornillo, pero es totalmente al contrario. El tornillo que me faltaba era sentirme así, y lo he encontrado en los toros, y mire que así de cerca sólo he visto dos; ese tornillo me lo regresó la íntima inmensidad de su mirada... No pararon de brotar lágrimas de mis ojos. - María, dijiste que te llamas.- Interrumpió el director acercándome un pañuelo. -Seca tus ojos- Ordenó con calidez. - Si, mi nombre es María, señor. -¿Cómo te sentirías si te digo que lo que hiciste no tiene nombre y que estás aceptada en la escuela? Vaya, no sabes nada, pero tienes eso que llamamos hambre, valor, pero sobre todo determinación.
- Me sentiría más viva que nunca, señor. - Venga niña, pues a vivir. Pero necesito el permiso de tus padres.- Me dijo señalando con el dedo como lo hace mi madre cuando está reprochando algo. -Y tú Manuel, encárgate de pulir al diamante- Por fin, confirmé que era el profesor.
Volví a casa medio renca, con dolor en músculos y huesos que no sabía siquiera que existían, pero con la sonrisa más grande y el latido más puro que nunca. Aún no sabía cómo iba a decirles la noticia a mis padres; ellos jamás hubieran imaginado mi intención de convertirme en torero, dejar la escuela; vivir con y por el toro no era una opción que ellos hubieran pensado que querría. ¿Cómo iba a serlo, si se habían parado en la Plaza por última vez cuando cumplí apenas 6 años? Mucho menos sabían que mis domingos los gastaba, cada quince días en un boleto de sol general. ¿Cómo una muchacha de doce, que aún no sabe tender su cama sin arrugas iba a estar interesada en una actividad tan de hombres, de tanta virilidad?
Decidí informarles a mis padres y mi hermano hasta la cena. ¿Ahora resulta que vas a ser más hombre que yo?- Dijo mi hermano con




una carcajada. El tenía casi 19 años; siempre hizo actividades deportivas, como el fútbol y básquet, y creía que por su musculatura desarrollada tenía derecho a no lavar un plato, o no lavar su ropa, como siempre decía: esas cosas que las haga mi hermana, por algo es “vieja”. Seguro creyó que lo decía de dientes para afuera.
Mi madre sólo lloraba, silenciosamente, como siempre. Mi padre, caminaba de un lado al otro del comedor, dándole sorbos cortos y seguidos a una taza de café de olla ya tibio, pues ya no humeaba el vaho que emana lo caliente. Por fin paró, se volvió hacia mí y me dijo: si esto es lo que quieres, tendrás que sacrificarte toda tu vida; tendrás que enfrentar cosas peores que otros, por el hecho simple de que eres mujer y tienes “chichis”; pero si es lo que quieres- sonríe- te apoyo en tu decisión. Por fin expiré tras contener la respiración esperando que mi padre explotara en rabia y un discurso de lo que tenía que ser, el “bla, bla, bla, de lo que me he esforzado para educarte” y el mensaje sexista disimulado en un “yo quiero lo mejor para ti; mejor búscate un buen hombre”.... -Y tu, ma, ¿qué piensas?- Pregunté con voz dulce, intentando suavizar el dolor que seguramente estaba sintiendo. -Yo solo puedo decirte que la Virgen te cuide, y que te quiero como a nadie en el mundo, eres mi niña y siempre te voy a apoyar. Aunque me duela.
Realmente en ese momento entendí que no debí de ocultárselo a mi familia; vaya, mi hermano daba igual, de cualquier modo siempre hemos sido polares, como la noche y el día, tan cerca y nunca juntos; sabía que así hubiera querido en unos años ser ingeniero, arquitecto, o médico, el hubiera opinado que debía ser mesera o costurera…Siempre conformista; nunca pensaba en grande ni en salir del pueblo, como yo lo hacía, siempre, desde que empecé a pensar conscientemente. Pero a mis padres nunca se los conté y de eso me arrepiento; ellos siempre nos dijeron a los dos, a mi hermano y a mí, que únicamente querían lo mejor para nosotros, y que cumpliéramos nuestros sueños. Creí que iban a pensar que tenían una hija “machorra” o algo similar... nunca hice nada por regresar la confianza en la que había sido educada. En las plazas no hay muchas mujeres, a menos de que el Matador sea atractivo; mucho menos pensar en ser una mujer Torero (¿o debía decir Torera?), pocas, contadas con los dedos de la mano han llegado a ser alguien en un mundo dominado por hombres.
Determinación, entrega, sabiduría y valor, siempre estaban en las peticiones de mis rezos nocturnos. No podían faltar. Rezaba como nunca, y cada vez más seguido. Ya no sabía si le rezaba a Dios, Los Santos, La Virgen o a alguna otra deidad de otra religión. Al fin que todos ayudan, y la relación con El Creador, cualquiera que sea su forma y cara, crecía a la par que mi preparación. Nunca tuve tanta devoción.
Ya había toreado vacas en la escuela -todas de segunda mano- y mi ansia por torear en alguna vacada o festival y que la gente empezara a escuchar mi nombre, pero sobre todo fuera a verme, me llevó a preguntarle a Manuel con cierto tono de reclamo que cuándo debutaría, pues ya tenía meses aprendiendo y preparándome. Todos los días preguntaba sin escuchar una respuesta. No fue hasta un sábado por la mañana que contestó con enfado: No lo vas a hacer. Al menos, no con nosotros. Tenemos al pueblo entero encima; nos dicen que estamos preparándote para que te mate un animal; que estamos locos, y ha llegado al Ayuntamiento tanto rumor, que nos quieren cortar el apoyo.... No podemos seguir entrenándote. No podemos perder el poco dinero que entra por un alumno. Busca en otro lado; has aprendido mucho, estás casi lista, pero aquí no.... y sus palabras se volvieron un continuo zumbido, mientras mi yo interior se preguntaba que carajos estaba escuchando. Intenté pellizcar mi brazo para simular un mal sueño, pero el entumecimiento de los tendones ante las malas noticias me recordó que no estaba en mi cama y que no venía de la inconsciencia de la tierra de Morfeo.
Una herida sin asta de toro. Me sentí traicionada, rota por dentro. No sabía si escupirle (que aprendí a hacerlo y bien) o tirarme a sus pies llorando como la niña que era. Esas historias que tanto había escuchado en casa, de lo difícil que sería y lo sexista del mundo, estaba volviéndose realidad. Incluso Manu (como le decía a mi profesor a partir de crear un lazo de amistad y apoyo) me contaba de lo complicado que sería si no tenía la firmeza de un hombre pero la inteligencia de una mujer. -Tienes que convertir tus ovarios en huevos, sin perder tu feminidad, ¿entiendes María?- me repetía siempre. También me contaba de Conchita Cintrón, de Cristina Sánchez, Juanita Cruz quien tenía literalmente las faldas bien puestas, pues toreaba vestida con ellas orgullosa de su feminidad, no con taleguilla y de muchas más que no sabía siquiera que existieron y lograron ser alguien en el mundo





Nunca sentí rencor hacia Manu, el portavoz de tan mala noticia. Con los años seguí teniendo buena relación con él. El fue después de todo mi mentor, mi compañero, consejero y amigo. El rencor era hacia el género masculino y su mundo tan herméticamente cerrado, en el que si alguna mujer tiene los sendos cojones (¿ovarios?) de romper la coraza, de inmediato se convierte en el peor enemigo, al que hay que eliminar cueste lo que cueste. No importa mentir, humillar, ser deshonesto, cobarde... con tal de que el “sexo débil” siga siendo eso y no pise su azotea abarrotada de testosterona. Desesperación ruin. Incluso pasó por mi cabeza intentar con hormonas engrosar mi voz, vendar mis senos y cortar mi cabello, para darme un toque más masculino; pero no tenía por qué.
No estaba en tiempos de la inquisición o de los 50´s en los que las mujeres no pintan para nada, más que para tener hijos que criar; las mujeres hace más de 60 años que votamos, somos igual de libres, pero sobre todo somos más capaces de hacer lo que se nos meta en la cabeza.
Esa ruina que me cubrió como el polvo a los recuerdos, de a poco se convirtió en ganas de demostrarle a los taurinos y sexistas de mi pueblo que se habían equivocado. Maleta en mano partimos mi padre y yo a la capital. Nunca se metió en mis temas de ir a tientas, o entrenar mientras estaba en el pueblo; me daba “mi aire”; pero esta vez yo le pedí que me acompañara. No quería sentirme ni estar sola. Ni que me tomaran a broma. Mi padre iba con la consigna de fingir ser mi apoderado; y digo fingir, porque no le gustaba que lo llamara formalmente así, a pesar que me promovía con los pudientes del pueblo en las escasas pláticas que tiene un limpia botas con sus clientes. Aunque en el fondo sé que se sentía orgulloso e importante, sobre todo para mí. Y claro, el no sabía que lo había pillado más de alguna vez leyendo las notas del periódico del puesto de revistas al lado de su silla de bolero y cultivándose con respecto al tema que su “niña” ahora dominaba cual abecedario.
Llegamos, y la capital me dio mal puse un pie en la calle la segunda herida. Un hijo de puta, (claro que lo maldije más en su momento) pasó corriendo hacia no sé dónde, y venía de no sé dónde y arrancó de mi mano mi maleta con mis avíos. Claro, cualquiera, rata o no, notaría a mil metros de distancia o más, que éramos mi padre y yo los foráneos de clase muy inferior al más pobre de la capital. Se nos veía desde Marte que no teníamos ni la más remota idea de donde estábamos ubicados, ni siquiera teniendo un mapa enfrente.
Lloré en silencio. Dentro de esa maleta remendada iba la muleta que Manu me había regalado por Navidad. A él se la había regalado su padre -quien le había heredado el gusto por el toro- y siempre que la veía en mis manos me recitaba un “cuídala, que era de El Soldado”. Nunca supe si eso era cierto porque no tenía ninguna marca que lo certificara, ni ningún nombre escrito, pero me gustaba creerlo. Y ahora ¿qué iba a decirle a Manu? me la habían quitado de las manos y no hice nada por recuperarla producto del susto. Estaría furioso. Seguro maldeciría el día en que me la dio. Pero eso no importaba. Lo que importaba era qué haría una mujer de pueblo en la gran ciudad, recién robada, sin saber a dónde ir, con un padre pasmado ante la grandeza y bullicio citadino, y sin avíos pretendiendo ser torero.
Me quedé en blanco intentando pensar aunque no lo hiciera. Realmente ni idea tenía, hasta que la imagen blanquecina como de televisión de bulbos al apagarse o encenderse, se convirtió en la imagen de un señor moreno y de bigotes que dijo una palabra mágica: ¿taxi?...
Bajamos de aquel Bocho verde (¿por qué son verdes los taxis?), pagó mi padre el dinero de una semana de constante limpiar zapatos y ensuciarse las manos con la podredumbre de las terracerías del pueblo, y ahí estaban, padre e hija admirando lo que se convertiría en unos minutos en la Plaza más importante de mi vida. No por ser la de la capital, si no porque estaba decidida a que si en el lugar en el que la mujer es un ciudadano más, igual de libertades y oportunidades, no había chance, me quitaba de esto. Anticipé en mi cabeza el dolor de la tercera herida del asta invisible y más peligrosa: la humana. La que partiría por completo mi alma y que si en su momento no encontraba hilo y aguja, se iría volando al limbo para jamás volver. Probablemente, si me anticipaba a sentirlo, dolería menos. Ya me estaba dando el bálsamo mental. Anticipé el dolor. Había empezado a anestesiarme para la amputación involuntaria del alma.
Senda dosis de anestésico imaginario se convirtió en exageración cuando, después de media hora de buscar la entrada vi tres cuerpos de mujer, con senos y caderas más pronunciadas que mis miserias heredadas, y cabello






más largo y más negro que el de las crines de los caballos del hacendado del pueblo. Sí. Entrenaban en el ruedo, si no para qué estarían ahí. Los hombres igual hacían de toro, o decían olé. Mayor asombro sentí al ver que una de ellas, tenía el valiente atrevimiento, que sólo puede tener una fémina que no tiene vergüenza de serlo: llevaba los labios más rojos que el clavel más provocativo.
Rosario era su nombre. Tenía la elegancia de una princesa y el valor de un caballero de cruzadas ancestrales. Trazos impecables, el pecho siempre alto y de frente -porque se torea con el pecho también y sobre todo-, brazos y muñecas privilegiadas, inventiva de escritor Nobel, y un temple de diosa moviendo las aguas de las lagunas mágicas. Al principio se celó de mí. Pude notarlo. Pero su celo era porque había una nueva compañera, amenaza femenina y nada más. Porque he de confesar que jamás de los jamases hubiera podido llegarle ni a los tobillos. Lo suyo era tan nato, que yo, ni volviendo a nacer tendría un gramo de su gracia. Poco a poco la amenaza se convirtió en amistad. Congeniamos tan bien que nos llamábamos “mana” la una a la otra. Viví con ella en su cuarto de pensión cuando mi padre tuvo que regresar al pueblo a cuidar a mi madre, que había enfermado de soledad. Nunca supo estar sin él. A demás, claro, la capital tiene miles de boleros, en el pueblo sólo había dos, y uno estaba ausente. La estadística y problema monetario eran una ecuación simple, donde la equis era mi madre, la ye era el dinero. Había que volver y ambos sabíamos que lo haría sólo. Sentí, claro, tristeza al despedirme. Era mi padre y apoderado de corazón. Había compartido todo mi cansancio y entusiasmo. Pero en el fondo sabía que ya no lo necesitaba al lado y él sabía que tenía que volver. Ahora tenía un representante de la escuela, encima a mi padre lo veía poco con los viajes a ganaderías que sólo iba el alumnado, y él tenía que buscarse la vida día con día. A demás yo tenía a Rosario. Ella se había convertido en cómplice de todo. Siempre era bueno tenerla al lado, por su apoyo incondicional y alegría ante la adversidad. Me entendía y yo a ella, como hermanas. Nos hacíamos el té de albahaca con miel para curar el cólico o el frío. Fumamos marihuana más de alguna vez, y alucinábamos mil cosas. Nos emborrachamos juntas por dolor o celebración de los triunfos. Hablábamos de hombres y esas cosas que no se hablan con los padres. Ella era mi familia y yo la suya sin tener un lazo de sangre.
La vida, al cabo de un par de años, igual que me dio a Rosario, me la quitó. Ha sido el dolor más grande que he sentido después de que murió mi madre. A los seis meses de la vuelta de mi padre al pueblo, mi madre quedó ida y en el limbo de los semi muertos. Entró en coma por una embolia algunos días antes de que debutara en La México. Me sentí tan desolada y confundida. Desde meses antes sabía que mi madre estaba mal de salud, pero el ritmo que tenía y el compromiso que se me presentaba al debutar en la plaza que me estaba dando todo, no me permitían volver a casa y darle un beso de aspirina. Sacrificios son esos, no abrazar a tu madre enferma. Sacrificio no es levantarse antes del alba a entrenar, ni pasar hambre, ni que te cierren puertas y tengas que abrirlas como sea. Supe por una llamada al celular que recibió el representante del alumnado, Ismael, que mi madre había fallecido. El recibió la llamada a la hora del sorteo. Bueno, no lo supe hasta después; él y su prudencia. Lo noté raro mientras me vestía y yo tenía una corazonada extraña. Creo que Ismael se lo dijo a Rosario, quien me ayudó a vestirme con un traje tabaco y oro que ella había ganado en un concurso de escuelas un año antes. Ella también estaba rara. Lagrimeó un poco y cuando le dije que no llorara porque a su traje no le iba a pasar nada y que a mí tampoco, me dijo que lloraba de emoción por mí y lo que se vendría tras el debut. No era cierto, lloraba de pena. Ahora agradezco que ni Rosario ni Ismael me hayan dicho nada en ese momento. No me hubiera presentado a hacer el paseíllo el día más importante de mi vida, y el más triste. Me dio la noticia Ismael justo al terminar de dar la vuelta al ruedo tras matar a mi primer novillo. Lástima que lo pinché, o le hubiera cortado una oreja, pero calé en el tendido y me sacaron entre aplausos y gargantas que rugían vitoreando mi nombre. Sólo me dijo, jalándome levemente del brazo para apartarme de los desconocidos -para mí- periodistas que querían saber mis impresiones, con un nudo en los ojos y un velo en la voz: escucha María, tu madre ha muerto esta mañana.
No supe que hacer. La cabeza me dio mil vueltas, tantas que vomité la saliva que había tragado. No lloré en ese momento. Con el vómito tuve suficiente burla, pues muchos lo interpretaron como reflejo del miedo que no sentí. Lo único que pude decirle a Ismael tras enjugar mi boca fue: prepárate Ismael, que o salgo a hombros o me voy con ella.
Lo cumplí. En mi segundo novillo estuve cumbre con el capote y puse banderillas. Haría todo por triunfar o porque me matara el cie-




rra plaza. Tenía la cabeza en blanco hasta el brindis. Nunca escuché los aplausos que enrojecían las palmas y cortaban el aire, gritos de “suerte, torera”… según lo que me dijo Rosario que confirmé con un video que vi al día siguiente. Yo sorda, sólo miré al cielo y vi el rostro de mi madre. Le pedí perdón por no estar con ella por tanto tiempo, le dije que la amaba, y le pedí que me ayudara con la pena, y también a triunfar porque en el fondo no quería morir. Estoy segura que lo hizo. Lo de ayudarme a triunfar; la muleta nunca me pesó, mis muñecas se convirtieron en prodigiosas, estaba más plantada a la arena que nunca... en los medios, con un redondo muy hondo y con clase, rompí a llorar. Ya no podía más con la pena de la noticia que esperaba nunca escuchar. La gente estaba efervescente con mi faena y creían que lloraba de emoción. Pero yo lloraba porque había perdido un pedazo de vida y el corazón me dolía de veras. No supe cómo hice para matar recibiendo. Ya estaba aturdida y llorando tan a moco tendido que no tenía fuerzas para el volapié. Estocada fulminante que la ayuda de mi madre hilvanó. Dos orejas y volandas. No paré de sacar agua por los ojos, todas las fotografías de los periódicos estoy con gestos de puchero y los ojos hinchados como sapo, contrario a lo común, sonrisa y las manos en alto. Los encabezados hacían mofa de mi llanto pero no de mi actuación.
Nadie sabía lo que me dolía el alma hasta días después del triunfo en La México; tenía el compromiso de ir a una rueda de prensa en la que presentarían el cartel de triunfadores en el que me había colado; era la primera vez que me invitaban a esos eventos, llenos de periodistas de todos los medios, en los que pude haber hecho mi propia publicidad, y hasta pensé en pedirle a Rosario su labial rojo. Pero decidí no asistir para ir al pueblo al entierro de mi madre. Volví a su encuentro, como había prometido. Triunfante. Pero ella no había cumplido su parte. Ella había muerto. Nunca, nada, fue igual.
Cuando la vida me quitó a Rosario, la vida se llamaba Luis, no muerte. El era un empresario agropecuario que se enamoró de los labios de clavel y la valentía de Rosario. Ella se convirtió en “señora de”, y yo lo entendí. Siempre quiso serlo, me lo platicaba todas las noches de desvelo, con un “el día que yo me case”, “cuando alguien me robe”, “quiero ser madre y quitarme del toro, que de esto no voy a vivir porque soy una vieja”… Todo el derroche de elegancia que tenía al torear, se desfiguraba en derrota cuando hablaba así. Pero estaba bien, porque seguíamos toreando, y ella seguía a su vez a la caza de algún hombre que la quisiera, con su par de pantalones y su boca roja. No buscaba un hombre torero, ni ganadero, ni ninguno que tuviera que ver con los toros; según decía “ellos no podrían con una vaca brava, a demás, han tenido a muchas la mayoría”. Y lo encontró. Se fue a vivir a San Luis, a la hacienda de Luis, de quien nunca supe su apellido. Nunca más volví a verla. Era como si se la hubiera tragado la tierra el mismo lunes que se subió al autobús con una diminuta mochila que guardaba sus pocas pertenencias y todas las ilusiones; no tenía datos de dónde encontrarla y le había vendido su celular al muchacho que todos los días esperaba a que la tropa hambrienta de toreros en potencia terminara de entrenar, para ofrecernos tortas de tamal en una canasta, a cinco pesos cada una. Eran horribles, casi como comer cartón, pero había que echarle algo al estómago para evitar el desmayo y aguantar hasta la noche, y por cinco pesos, no podíamos esperar un manjar de lujo.
Perdí su contacto. Su apoyo. Su amistad. Su compañía. Me encontré sola, y a mí. Me descubrí más fantasmas, mañas y demonios de los que hubiera imaginado tener. Me era insoportable estar conmigo, y le reprochaba a la vida que me quitara a mi mana Rosario. Cambié mucho, ni yo hubiera podido reconocerme; me volví agresiva y distraída.
No me importaba nada. Aún tenía mucho que sanar y no sabía cómo hacerlo sola. Y bebía mucho, fumaba más churros, y toreaba mal. Me estaba volviendo la sombra amorfa de lo que era cuando tenía la compañía de quien me había abierto su corazón y envenenado de pasión por el toro y por la vida. Cuando estaba en el fondo, si es que existe tal cosa, Ismael me rescató. Me jodió tanto escucharlo gritarme desesperado hasta de lo que me iba a morir por desperdiciar lo que había trabajado y lo que había superado… pero cuando realmente volvió la chispa fue cuando me hizo entender que al final la gente, toda, se va, y quien tenía que sobrevivir día a día sin ayuda ni apoyo de nadie era yo. –Ten ovarios para hacerlo, María, que los has tenido para cosas peores- me dijo con los ojos más furiosos que había visto; y mira que los vi bien, a pesar del efecto del alcohol corriendo por mis venas. Tenía razón; yo había dejado que la vida y su vicio me consumieran, y no hacía nada por evitarlo. Que me pisara el paso de los días, no me importaba; haría en ese entonces el mejor papel de tapete para que todos se limpiaran los pies sin decir ni “mu”.






Me recuperé lento. Más o menos tardé un mes en volver a la plaza para retomar los trastos y la rienda de mi sueño; fui a disculparme con Ismael por decepcionarlo, le pedí que volviera a entrenarme y guiarme la carrera, y le juré que haría todo por volver a torear como antes. Mi entrega ahora sí sería total y propia, al igual que las culpas de los fracasos que vinieran; ya no iba a repartirlas ni ponerles nombres por excusa. Fue muy duro conmigo, me refiero a Ismael. Lo tenía todo el tiempo encima, haciéndome recuperar las fuerzas, pero sobre todo el espíritu. Me hacía entrenar horas extras casi hasta el desmayo del agotamiento. Y lo logró. Recuperé mi sueño. Me recuperé a mí. Gracias, Ismael, siempre gracias. El nunca perdió la fe en mi, y me la regresó en el momento exacto.
Mi carrera fue como la corona de un castillo de feria. Vuela alto, rápido, brillante y de colores, pero en lo alto se apaga y nadie sabe dónde cae. Es lo que tiene la vida, y el toro. De un día para otro, ya no eres nadie. Ya nadie quiere pagar por verte. Las faenas se vuelven repetidas.
Y claro, la camada de chavales empuja, y yo ya estaba grande, y había desaparecido un tiempo…ya era el último giro de la corona antes de apagarse. Mi última corrida fue en Guadalajara. Corté una oreja. Y no fue la última corrida que toreé porque me retirara, sino porque ya no había contratos ni carteles en los que cupiera. Esa noche, después de cenar, decidí comprar en una tienda de autoservicio una botella barata de vino tinto; me fui al cuarto de la habitación y decidí beberla. A cada trago, entendía que mi carrera había terminado. Ya toreaba cinco o seis tardes al año. Nunca nadie quiso darme la alternativa en una plaza de primera, y la tomé en un pueblo; mi padrino un drogadicto, de testigo un prófugo de la justicia. Al beberme la botella, entendía que no estaba triste, estaba brindando conmigo pues tenía mucho más por lo que estar agradecida que decepcionada. Descubrí mi potencial para lograr un objetivo. Conocí a las personas más increíbles e impensables del mundo. Muchos amigos de verdad, muchos enemigos. Me superé mil veces a mí misma. Ahora tengo trabajo en el periódico, escribiendo de toros… Pero sobre todo te tengo a ti, mi niño. Si esa noche no hubiera tomado, jamás me hubiera atrevido a decirle a Ismael que estaba enamorada de él, y probablemente tu mamá nunca hubiera nacido. Y mira Pedro, tu madre sabe de esto del toro; nació de la sangre borracha de una Matadora y la sobria de su apoderado y salvador. Ella conoce el medio, desde fuera, porque ella nunca se metió de lleno, pero sabe mucho, por mi y tu abuelo Ismael, y si te ha mandado a preguntarme mi historia ha sido para que te cuente lo duro que es vivirlo de carne propia y esas cosas; pero eso ya lo sabrás tú. A cada zapato se le mete una piedra distinta aunque pisen el mismo camino. Yo sólo estoy para apoyarte, guiarte y exigirte igual que tu abuelo lo hiciera en su momento conmigo. Tu madre te ha mandado para que te oriente.
Pero que te quede bien claro Pedro, no dependes de ser nieto mío, yo no soy de renombre. Sólo soy periodista, y nunca voy a escribir dándote coba. Te haré un quite cuando sea prudente, porque contactos sí tengo, míos y de tu abuelo. Todo Pedro, tu éxito, y que te conviertas en un gran torero, depende sólo de ti y tu capacidad de salir adelante. Por eso te ha mandado tu madre, para que tengas claro que meterse a este mundo no es un juego de medias tintas, es de claroscuros; aunque veo que ya está decidido, se te nota en la carita.
-Abre ese baúl, Pedro- le dije ya con voz dulce, de abuela orgullosa- debajo de mi vestido de bodas, está la muleta que utilicé en mi debut en La México. Quiero que la tengas. Que aprendas a usarla, pero aún más, quiero que la mandes bien, y que dibujes los lances que yo no hice. Pero hazlos con verdad y con el alma, que sólo así calan. Triunfa mi Pedro.
Le di la bendición que él me regresó con un beso. Le dio otro a la foto de Ismael; Tomó su muleta vieja pero nueva. Me sonrió con las encías pelonas de dos dientes y abrió la puerta con emoción y un grito de “mamaaaaaaa, mira lo que me regaló mi abuelaaaaaa”. Yo orgullosa, recordé el pasado, el que me hizo lo que soy. A mi mana Rosario, a Manu, a mi madre y mi padre, incluso a mi hermano… Y a mi Ismael. Volteé al cielo, como lo hice en el brindis a mi madre, y le dije a Ismael: no te di un hijo torero; según tú, no lo habrías soportado… pero ahora tenemos un nieto que quiere serlo. Me enseñaste bien, y voy a guiarlo como tú lo hiciste en mi juventud…Cuídamelo, Ismael, igual que mi madre hizo conmigo; pero también disfrutémoslo, yo aquí, y tú en tu barrera del cielo.