¡DIOS Y LAS ALMAS!
ANALES DE LAS MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
ESCRITOS POR NUESTRA MADRE FUNDADORA ENRIQUETA RODRÍGUEZ NORIEGA. -o-
MÉXICO, D. F.
Anales (1) Amadas Hijas: Muchas veces me habéis preguntado cómo nació la Obra de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Y siempre os he dejado sin respuesta; no creáis que por no quereros responder, no, sino por no saber qué responderos. He pensado mucho, muchas veces, en vuestra pregunta; yo misma me la he hecho y siempre se pierde mi imaginación en un punto lejano, pues recorro toda mi vida, hasta llegar al día de mi nacimiento, y ni aun así hallo respuesta, me encuentro con dos seres: mis padres, que sin ellos, sin su amor, sin su cuidado, sin la educación que me dieron, sin sus ejemplos, yo no hubiera sabido acercarme a Dios, indagar su voluntad para mi alma, cumplir esta divina voluntad. Y aún sigo adelante; veo ante mí a mis abuelos y así sucesivamente, hasta quedarme en esta conclusión: la Obra empezó en Dios, Él preparó, preparando los elementos, mis familiares, los de todas vosotras las que hoy día formáis los cimientos de esta Obra. Así pues, queda contestada en parte vuestra pregunta; ya lo sabéis y si pensáis un poco, veréis que realmente la Obra empezó en Dios. Pero volveréis a preguntar: ¿cómo llegó hasta nosotros el pensamiento de esta Obra? Eso es lo que, con ayuda de Dios y de María Santísima, quiero deciros haciendo una breve historia de nuestra vida. Creo que ha llegado el tiempo de hablar y de daros a conocer todos mis grandes y pequeños secretos; los hijos siempre desean saber todo lo que se refiere a sus padres, a sus antecesores, a su familia. Creo que ya varias veces os he relatado algo de mi vida; ahora os voy a hablar largamente, porque quiero que conmigo os maravilléis de la obra de Dios en el alma, de sus gracias inagotables, de su Providencia infinita; y que conmigo cantéis himnos de alabanzas a la Santísima Trinidad que ha hecho en nosotras “cosas grandes y maravillosas”.
1906 – 1917 (1) El Señor, que todo lo quiere marcar con su sello especial, quiso que el sello que marcara mi alma fue[1]ra el de la Cruz. Así pues, permitió que naciera en Viernes Santo, a las 2 de la tarde, 13 de abril de 1906. El ambiente que me rodeaba no era ciertamente de espinas, pues nacida a los tres años de casados mis padres y nieta primera de mis abuelos paternos, fui recibida con loca alegría y mimada como pocos niños. El Señor, que quería confirmar su marca o sello de mi vida, permitió que fuera bautizada en el Sagrario Metropolitano, el día 3 de mayo de 1906, día de la Santa Cruz. De mi infancia guardo un recuerdo bastante claro; mi padre consintiéndome sin cesar; mi madre, inteligente, que veía el más allá, reprendiéndome, castigándome, tratándome con sumo amor, pero también con suma energía, no pasándome la más ligera 2
falta, sufriendo mucho al ver mi carácter iracundo y caprichoso. Fui a un colegio particular y más tarde con unas Religiosas que creo eran del Buen Pastor. Allí me tuvieron que poner de medio pensionista, en parte por la distancia, pero sobre todo, porque cada viaje al colegio era una escena de lágrimas y regaños, pues yo prefería quedarme en casa y hacer mi voluntad; no toleraba ningún orden ni reglamento. ¡Cuántas veces tiré por el suelo la comida, los cuadernos, la costura, porque me fastidiaba no poder hacer las cosas o me disgustaba lo que me servían! ¡Ah! buenas religiosas que soportasteis con tanta paciencia mis enojos y caprichos, cuánto os debo y cómo vuestros ejemplos me han servido en el curso de mi vida! ¡Dios os bendiga! Al estallar la revolución maderista, mi padre, que estaba afiliado y tenía grado en el ejército maderista, con la muerte de Madero tuvo que esconderse y más tarde huir de México; por lo cual salimos para Francia porque allí vivían los padrinos de uno de mis hermanos, personas de muy buena posición social y que querían entrañablemente a mis padres, principalmente a mamá. Ellos fueron quienes [2] nos alquilaron casa, tomaron en traspaso un pequeño comercio de labores de aguja y venta de estambres, y así, al llegar nosotros, ya teníamos lo necesario para empezar a vivir, mis padres, mis dos hermanos y yo. En seguida nos pusieron a los dos mayores en un Colegio particular de unas señoritas de buena familia, venidas a menos, de exquisita educación y sumamente instruidas, las señoritas Debuc. Siendo Biarritz un gran balneario que por estar cerca de España era sumamente concurrido de franceses y españoles, asistían a esa pequeña escuela niños no sólo franceses, sino españoles, mexicanos, sudamericanos, ingleses, belgas, rusos, italianos. Allí aprendí la ciencia de ser patriota y de, al mismo tiempo, no tener patria. Me explico: en esa escuela cosmopolita, todos amábamos nuestra propia patria y todos amábamos la patria de cada uno de nuestros compañeritos. Cómo recuerdo a Serge, niño ruso que me invitaba a jugar a los soldados y me decía: “Una vez van a ganar lo rusos y otra vez los mexicanos, ¿quieres?...” Cómo recuerdo a René Thierry, hijo de francés y argentina, inteligentísimo chiquillo de diez años, que en todas sus composiciones unía al nombre de Francia el de México... Cómo recuerdo a Ella White, muchachita rubia, inglesita, hija de un gran joyero, que besaba mucho la estampita del Niño Dios y decía: “Este Niño es más bonito que mi hermanito Jack y sobre todo dicen que todo lo puede porque es Dios”... Cómo recuerdo el Ave María que rezábamos en voz baja por la conversión de los papás de Ella; la mamá de Franz, jovencito alemán protestante, y los papás de Rose y Guy Rosenthal, judíos... Estalló la guerra europea y todos mis amigos se tuvieron que ir a sus respectivas naciones, so pena de ser acusados de espías. Quedó el Colegio triste, solamente estábamos los mexicanos, los ingleses, los españoles y los franceses. 3
Quiero que os fijéis cómo el Señor, sin yo darme cuenta, sin yo nada saber, me iba preparando para la Obra. Ahí aprendí el francés, conocí lo que es [3] el carácter francés. Y os aseguro que ahora todo esto ha sido para mí un precioso tesoro de experiencia. Asistía al catecismo y no hice mi primera Comunión porque el Sr. Cura de la Parroquia de Sainte Eugenie, que era a la que iba, decía que era demasiado pequeña yo; tenía entonces diez años. Mi padre, que extrañaba mucho su México querido, al recibir la noticia de la muerte de su madre, perdió el juicio y cuando lo recuperó, al cabo de poco días, quedó con una neurastenia tan terrible, que el médico ordenó saliera inmediatamente para México. Así se hizo y nos quedamos solos con mamá y con la tutela y protección de los padrinos de Armando mi hermano. ¡Cuántos ejemplos nos dio mamá de abnegación, de optimismo, de confianza en Dios! Sola, sin recursos, ella, la hija de un millonario, tenía que ganarse el pan a costa de duros trabajos, de grandes sacrificios. Sin embargo, siempre animosa, siempre alegre, siempre valiente. No recuerdo haberla visto llorar nunca, y no es sino ahora que ya he vivido y sufrido, que me doy cuenta de lo mucho que debe haber sufrido esta madrecita tan joven, tan bonita, tan inteligente, en tierra extraña, teniendo que trabajar, separada de su marido a quien tanto amaba. ¿No creéis, amadas hijas, que todos estos sacrificios de mi madre han atraído grandes bendiciones sobre mi alma? Yo sí lo creo, lo he sentido. Después de seis meses de ausencia, volvió papá por nosotros. No podía vivir fuera de México y tampoco podía vivir lejos de mamá y de nosotros. Salimos para México desde el Puerto de Bordeaux, en un buque de carga francés, continuamente amenazado por los submarinos alemanes, y al fin, después de veintiocho días de zozobras, sustos y grandes rodeos, llegamos a Veracruz y en seguida a México. Tuvimos que vivir casi seis meses en un hotel, pues los propietarios de casas, temerosos de rentar su casa a generales carrancistas que no les pagaban la renta y además deterioraban notablemente todo, ne[4]gaban la casa a quien la solicitara. Al fin encontramos casa, gracias a que una tía de papá salía para España y nos instalamos en la que ella dejó en la calle de Manuel María Contreras # 64. Empezamos a ir al Colegio: Armando al Franco Inglés y yo al de las Madres Francesas de San José de la Montaña que tenían su Colegio en la Rivera de San Cosme. Ahí cursé el tercer año y además, como ya tenía once años, me prepararon a la primera Comunión que hice el 12 de diciembre de 1917. Éramos doce niñas las que la hicimos. Yo la más alta de todas. Recuerdo que a pesar de mi poco amor al estudio y mi carácter rebelde, no di nunca nada qué sentir durante mi preparación, ni el día de mi Primera Comunión, pues me sometí a todo y no he olvidado ninguno de esos días en que, sentadas en una banquita pequeña, con la religiosa que nos preparaba enfrente, repetíamos a coro, muy despacio, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados, los actos de amor, de fe, de esperanza, de caridad. Recuerdo la desilusión interior que sentí cuando mamá me llevó al Puerto de Ve4
racruz a comprarme el vestido de mi primera Comunión. Yo creí que me lo iban a comprar como el de Soeur Madeleine Steph, mi profesora... Sin embargo me gustó mucho mi traje porque tenía un velo grande, redondo como capa y una coronita de rosas. Pero tal vez con la idea del hábito de Soeur Madeleine, recuerdo que cuando recibí la Sagrada Comunión, después de pedir por todo lo que nos habían dicho que pidiéramos y entre otras cosas “pour la France”, pedí: “Donnez moi, mon Jesus, une robe comme celle de Soeur Madaleine” (dame, Jesús mío, un vestido como el de Sor Magdalena)... Mi madrina fue la hermana de papá, mi tía Lupe, una santita que murió en la influenza española y que dejó tres niñas y un niño, de las cuales las tres son ahora religiosas Teresianas.
1918 - 1924 (5) Papá había conseguido trabajar como apoderado del Señor Benigno Diez Salceda, dueño en Puebla, de la Fábrica de “La Teja”. Tuvimos pues, que irnos a radicar a Puebla en [5] febrero de 1918. Esta ida a Puebla era una nueva gracia para mi alma, pues de habernos quedado en México, creo que me hubiera aficionado demasiado al lujo, al mundo, ya que toda mi familia era rica y estaba siempre en continuo paseo y diversión. Yo me fui muy a disgusto, no quería dejar el Colegio y recuerdo que le pedí a mamá que me dejaran de interna, cosa que no quisieron. En Puebla, sin conocer a nadie, mamá sin embargo procuró informarse de los mejores colegios, y aunque le dijeron que el Teresiano, prefirió llevarme al Ursulino, pues la Superiora era francesa y tenían además otras religiosas francesas, cosa que haría que yo no olvidase el francés y aun recibiese clase extraordinaria. Estuve ahí un año, en el que sufrí mucho, porque no entendía el español, no me comprendían las profesoras, continuamente se me castigaba con o sin razón y sobre todo, no encontraba ninguna amiga a quien acercarme. Durante ese tiempo, un amigo de papá le presentó al sacerdote español, Padre Eugenio Manzanedo Ruiz, quien simpatizó mucho con papá y así, cuando fue a la casa y me conoció, preguntó en qué Colegio estaba, y al decirle que en el Ursulino pero que no estaba nada contenta, que me fastidiaba mucho, él me dijo: “Voy a decirle a tu papá que te lleve al Teresiano, yo soy el Capellán, te recomendaré y verás qué contenta vas a estar”... Terminé el año en el Ursulino y entré al Teresiano, al tercer año. Nunca olvidaré la impresión tan agradable que sentí al ver a todas las niñas de blanco, marchando al son de la música que no sabía yo de dónde salía, y que con mucha curiosidad indagué hasta enterarme de que la Madre Soledad González era quien tocaba desde la clase de música, un gran salón con siete pianos. Nos presentaron con nuestra profesora, la M. Teresa Delgado, que al salir de clase, me metió la mano en la bolsa del delantal y de allí me jaló suavemente hacia ella y me dijo: “¿Y tú mirruña, de dónde has salido?”... “De Francia,” le dije. [6] Ella rió y dijo: 5
“¿De veras?... hija, nos tenemos que hacer santas, así es que vámonos portando bien, eh?...” Era la M. Teresa bastante joven, tal vez tendría 30 ó 35 años, sumamente alta, muy fornida, morena, de pelo negro muy rizado, anteojos; facciones muy marcadas; de manos blancas, afiladas y muy fuertes, que apretaban siempre y trasmitían toda la energía de su carácter y de su temperamento sereno, equilibrado, casi masculino, aunque sumamente femenino. Muy dura y al mismo tiempo muy dulce; no nos pasaba ni una falta. Tenía ojos para todas y una perspicacia que le hacía adivinar hasta lo último. Yo la quería y la temía. Fue para mí una segunda madre; me comprendió a las mil maravillas; siempre me buscaba pues yo era esquiva y reservada y en los recreos prefería ver de lejos y estar sola. No me gustaban las amigas, en todas veía falsedad; sin embargo esto no era así, pues algunas de ellas siempre me han demostrado su cariño y su lealtad. Los juegos no me llamaban la atención, las fiestas tampoco, por lo cual adquirí fama de orgullosa, reservada, triste y aburrida. Realmente me sentía triste, no estaba contenta de nada ni de nadie; pensaba mucho y no sacaba nada en limpio. La Madre me preguntaba: “¿En qué piensa mi mirruña?”... “En nada”... contestaba yo. “Para mayores cosas nací, para mayores cosas nací...”, me decía entonces ella y yo me quedaba siempre pensando cuáles serían esas “mayores cosas”. Terminé ese año que fue para mí de gran provecho espiritual, pues comprendí que mi carácter caprichoso y rebelde no podía conducirme sino al ridículo y a hacer actos poco dignos, de los cuales no podría remediar después nada. Procuré vencerme mucho, aunque todavía, sobre todo en mi casa, tenía momentos de verdadera ira. Sufría mucho y hacía sufrir mucho. Al cambiar de curso no cambié de profesora, pues nos quedamos con la misma Madre que me siguió vigilando y cuidando con mucho esmero y paciencia. Le tenía plena confianza, no hacía nada sin que ella lo supiera y ella me adivinaba perfectamente cuando estaba disgustada o contenta, y [7] siempre tenía la palabra oportuna que me devolvía la calma, el perfecto equilibrio. Cursé el sexto año y confieso que si en ese año hice algo, fue porque ella sin cesar me alentaba y aconsejaba y aun recuerdo que, todo los días, no sólo ese año sino los demás que estuve en el colegio, en la tarde, antes de entrar a mi clase, me iba a la suya y me sentaba junto a ella, en una silla chiquita, y mientras ella corregía tareas de costura, etc., yo le contaba mis dudas, mis fracasos, mis pequeñas victorias, mis ilusiones, mis temores, o algunas veces leía en algún libro que ya me tenía preparado, casi siempre cosas espirituales, muchas veces revistas de la Cruz. Y así, sin sentir, llegamos un día al problema capital: mi vocación. Descubrimos que tenía vocación religiosa. Este fue un nuevo lazo de unión entre las dos. Ella me hablaba de su vocación, de otras vocaciones, de la vida religiosa; me hacía leer vidas de santos, me hablaba del sufrimiento, de la mortificación, de la penitencia; llegamos al uso del cilicio. Yo le mostré mis deseos de usarlo y ella me dijo que me lo daría si me autorizaba mi confesor que era, como el de casi todas las alumnas, el Padre Manzanedo, Capellán. Yo entonces, haciendo un gran esfuerzo, pues me daba vergüenza hablar de es6
tas cosas con él, (ya que iba todos los jueves y domingos a comer y a cenar a la casa y se había empeñado en darme el título de sobrina), el sábado que era el día de confesión, le pedí permiso para usar el cilicio. Me lo concedió cada tercer día una hora, y que antes de usarlo le pidiera a la Madre Teresa que me explicara la manera de usarlo, etc. La Madre me regaló un cilicio y me habló mucho sobre este particular. Recuerdo muy bien algo curioso, que muchas veces me ha servido durante mi vida, y es que yo, que no era casi nada presumida ni vanidosa, entonces quise ser mucho menos: usaba vestidos sumamente serios, el pelo restirado, botas negras y medias muy gruesas; todo eso hacía contraste con casi todas [8] mis compañeras que iban sumamente arregladas y llenas de lazos y perifollos, como vulgarmente se dice. Entonces mamá se disgustaba pues ella era muy elegante y arreglada, así como papá, y los dos hubieran querido tenerme como una pequeña reina. La Madre me habló un día y me dijo que para acercarme a Dios no era necesario disgustar a mis papás, ni llamar la atención. Me hizo usar polvo y crema que ella misma me regaló, me hizo soltarme un poco el pelo y usar, como todas mis compañeras, un lazo en la trenza, me hizo dejar las botas y usar zapatos como todas los usaban. Todo eso era para mí sacrificio, pero después me ha servido de mucho, pues he visto que las almas se acercan con más facilidad si primero se les atrae por el exterior, sencillo pero arreglado. He podido comprobarlo muchas veces en los años de mi vida de Acción Católica; por mí y por otras personas. Siguió así mi vida de colegiala, pasaron los años, terminé sexto y empecé Comercio, cambiando en cada año profesora, excepto la de bordado y la de música que desde que entré eran las mismas; pero la única que recibía todas mis confidencias y sabía mis secretos era la M. Teresa. Me tuvo siempre mucha paciencia, me supo comprender muy bien, me ayudó mucho en mi vocación, siendo sumamente respetuosa, pues nunca me hizo presión por que fuera yo Teresiana; y confieso que a pesar del afecto tan grande que me ligaba a esa querida religiosa y a pesar de la admiración y respeto que sentía por todas las buenas y queridas Madres que me dieron siempre ejemplos muy edificantes, nunca hasta la fecha he pensado en que hubiera podido yo ser Teresiana. Vinieron para mí años de dura prueba. Papá, que tenía un gran sueldo como apoderado, tuvo que dejar ese empleo y recibir un mal pago de su jefe, quedándose sin nada de recursos. Tuvimos que cambiarnos a otra casa de la mitad de renta; reducir todos los gastos y entonces empecé a sentir en mi rededor la pobreza. Las amigas ya no eran las mismas, no hubo más diversiones, vestidos lujosos, etc. Lo que más me ha[9]cía sufrir era ver que mamá tenía que hacer muchas cosas que antes no hacía pues todo lo tenía. Conocí entonces a unas muchachas de México, las señoritas Gallo, amigas íntimas del Padre Manzanedo, que fue quien me relacionó con ellas. Me querían mucho, nos escribíamos con frecuencia y como sabían muy bien pintar, hacer repujado y otras cosas, las invitaron las Madres del Colegio para que dieran algunas clases; se vinieron entonces a pasar una temporada a la casa. Eran muy alegres y traviesas; acostumbradas a trabajar mucho, me enseñaron la alegría del trabajo, pues yo era muy apática pa7
ra todo y muy perezosa, pero ellas no descansaban sino cuando dormían y esto muy poco, se acostaban muy tarde, corrigiendo y preparando trabajos, etc., y se levantaban muy temprano, ya que diariamente iban a Misa. Yo que sólo iba los domingos y comulgaba muy pocas veces al mes, empecé a imitarlas, sintiendo mucho gusto interior y recibiendo de Nuestro Señor muchos consuelos y luces muy especiales sobre mi vocación, de la que muchas veces dudaba. Estaban ellas pasando esos días con nosotros, cuando nació un hermanito mío, Fernandito, que yo recibí con mucha tristeza y que no quise conocer sino hasta el otro día, pues me acosté a llorar, muy disgustada, y era porque habiendo tenido otro hermanito, Emilito, a quien quise mucho y que murió de dos años y medio, me disgustó bastante que viniera otro en su lugar y sentía celos de que lo fueran a querer tanto o más que a Emilito. Las Gallo me convencían y me hicieron ir a verlo y felicitar a mamá que sufría mucho viendo mi mal comportamiento; esto me duró poco, pues mamá, que tuvo que venirse a México muy seguido, casi todas las semanas, por la gravedad de mi abuelo, me dejaba al niño, el cual se fue encariñando tanto conmigo y yo con él, que no se separaba de mí y hubo veces que teniéndolo papá en brazos, lo llamábamos mamá y yo y se venía conmigo. Era Fernandito muy obediente y razonable desde pequeñito; tenía sólo dos años y ya sabía muy [10] bien rezar en su media lengua todas las oraciones de la mañana y de la noche. Monseñor Manzanedo que lo quería mucho y que es su padrino de Confirmación, le mandó hacer una sotana morada de Obispo, con banda y roquete y un anillo pastoral y papá le compró una crucecita como pectoral, y así estaba vestido casi todo el día, feliz, dando bendiciones y dando a besar su manita porque llevaba anillo de “obispo”, como decía en su media lengua. Yo que casi no dejaba al niño, por vestirlo y arreglarlo llegaba tarde al Colegio y casi siempre tenía que salirme a escondidas, pues él quería venirse conmigo; tuve por fin que dejar de ir para ayudar a mamá y me quedé sin terminar mi último año de Comercio. Hacía dos años más o menos, que había llegado a Puebla un sobrino del Padre Manzanedo; venía de España a trabajar y hacerse hombre a la sombra de su tío. Monseñor lo llevó en seguida a la casa y le suplicó a mamá hiciera con él las veces de madre; aunque no vivía con nosotros, casi todo el día estaba en la casa y después, cuando ya trabajó, iba a comer todos los domingos y a cenar todas las noches. Esto por espacio de varios años; siempre íbamos juntos a Misa, a diversiones, en fin, lo considerábamos como otro hermano. El era de muy buen carácter, muy cariñoso y atento con todos, muy respetuoso y se interesaba por todo lo nuestro. Yo le tenía la confianza de un amigo y de un hermano y él me rodeaba de atenciones; me regalaba libros, piezas de música, flores, dulces, y hacía todo lo que yo quería. Un día, al cabo de casi tres años de tanto tratarme y tanto querernos, me dijo: “Te he dejado un sobre en tu pieza, no dejes de leerlo y contestarlo pronto”. Me encontré una carta, que al empezar a leer, dejé en seguida y se la llevé a mamá, pues com8
prendí lo que era. Mamá la leyó y me la dio a leer; en ella me pedía permiso para hablarles a mis papás pidiéndoles relaciones conmigo. Breve, respetuosa, pero llena del cariño que me tenía; esa carta que nunca esperé ni mucho menos deseé, me llenó de confusión. No sabía qué hacer y le dije a mamá que haría lo que ella quisiera. Mamá me dijo que eso tenía que resolverlo yo sola, [11] que le parecía que era un buen muchacho, joven, puesto que sólo era dos años mayor que yo, pero trabajador y digno y que con el tiempo formalizaría en sus negocios; que no le disgustaba, pero que yo era quien tenía que resolver y luego pedirle a papá el consentimiento. Yo, que me seguía confesando con Monseñor Manzanedo, temía pedirle consejo pues me daba vergüenza. Por otra parte, me parecía poco prudente, era seguro que diría que todo se había fraguado en el confesionario. La Madre Teresa a quien pregunté, me dijo: “¡Ah! qué mocoso ése, ya vino a volarte el corazón; tú no eres para eso, qué vas a hacer, no pienses en él, recuerda que «para mayores cosas nací...» Pero, en fin, consulta, ve a ver a algún Padre de la Compañía, cualquiera, y que te examinen, que conozcan tu caso y luego obedeces, yo pediré por ti... pero créeme que no eres para eso”. Fui pues a la Iglesia de la Compañía y me arrodillé en el confesonario que menos gente tenía. Era, después lo supe, el del Padre Padilla, sacerdote muy respetado, de mucho renombre, pero temido, pues era terminante para todo, enérgico y duro. Por eso tenía pocas personas, sólo iban sus dirigidas y éstas eran muy pocas. En cuanto empecé a confesarme, me detuvo y me dijo: “¿Quién es su director?” “El Padre Manzanedo”, contesté. “¿Por qué no va con él y viene conmigo?” “No quiero seguirla confesando...” “Padre -le dije- le ruego que me oiga, lo que voy a consultarle no se lo puedo consultar a él, óigame, se lo suplico”. “Bien, acabe”... Le conté todo lo que creí necesario; mis ilusiones, mis deseos, y además le hice comprender el gran afecto que me ligaba al Sr. Manzanedo y el temor de que mi vocación fuera el matrimonio. Me oyó con mucha calma, me interrogó con mucha prudencia y luego me dijo: “Espere, no resuelva nada hasta dentro de unos días. Haga mucha oración y luego venga a verme otra vez. Yo pensaré, tomaré informes y le diré lo que ha de hacer”. [12] Después me indicó que leyera mucho, sobre todo libros de piedad y de formación; me recomendó la biblioteca de las Madres Reparadoras y me dijo que hablara con la Madre María, a quien él me iba a recomendar. Fui esa misma tarde a la biblioteca, me inscribí como socia, me llevé dos libros y me presenté con la M. María del Águila como recomendada del P. Padilla. Le dije al Sr. Manzanedo que me esperara, que dentro de unos días le resolvería; él accedió y me dijo: “Prefiero que así sea, pues estoy seguro de que vas a decirme que sí, porque cuanto más pienses, más verás que estoy dentro de ti como tú dentro de mí; esperaré cuanto quieras”... 9
Monseñor Manzanedo que no me vió el sábado como de costumbre en el confesonario, me preguntó qué me había pasado y yo no supe mentir y le dije: “S. me ha escrito pidiéndome relaciones y no quise consultarle a usted por temor a ser imprudente. La M. Teresa me ha mandado a la Compañía y he consultado con el P. Padilla”. “¿Qué vas a hacer?”, me dijo. “Todavía no lo sé, estoy pensando, pues nunca creí que esto sucediera; perdóneme, tal vez yo he motivado esto.” “No seas boba”... me dijo, “si yo ya lo sabía todo, ya lo veía venir y no sabes cuánto, cuánto lo deseé; pero respeto tu libertad y te dejo hacer lo que creas conveniente; ten en cuenta que lo quieres, sí, lo quieres y mucho”... Yo negué, me puse roja y me esquivé, toda llena de confusión; me habían descubierto un secreto que yo misma no me atrevía a descubrir. Deseé que pasaran los días para ir a ver al P. Padilla, pues estaba resuelta a corresponderle a S. Cuando fui a ver al P. Padilla, le argüí, me defendí y él me dijo: “Usted creo que tiene vocación religiosa, pero puesto que quiere corresponderle a este muchacho, que es bueno y por quien todos abogan, hágalo y no deje de acercarse a Dios y de venir a verme”. Esa misma noche ya tenía todo arreglado y le correspondí a S. que estaba feliz y no quería irse, [13] pues hacía planes y más planes como un chiquillo loco. Yo callaba y pensaba en todo. Por la noche al acercarme como siempre a despedirme de la Santísima Virgen de Guadalupe, sentí una pena profundísima y Ella parecía que me decía con tristeza: “Has dejado a mi Hijo por un hombre”. Lloré mucho y en seguida tomé la resolución de recoger mi palabra al día siguiente. Esto me tranquilizó. Temiendo ser impulsiva, me fui a ver al P. Padilla y le conté todas mis dudas y la resolución que había tomado, esperando solamente su consentimiento para cumplirla. El Padre me dijo: “Tenía que ser, usted no tiene vocación para el matrimonio y si yo no le impedí este noviazgo, es porque no debía, y además porque hay caracteres que no saben dejarse convencer si ellos mismos no se convencen solos. Ahora no va usted a terminar, lo que va usted a hacer es seguir con las relaciones y ser una novia modelo siquiera un mes. Mientras tanto seguirá usted pensando, orando y esforzándose por adquirir la paz que le falta para tomar una determinación cualquiera”. Seguí pues con las relaciones que cada día me atormentaban más, pues se añadía al deseo que tenía de ser sólo de Dios, el remordimiento de estar engañando a S., quien cada día era más atento y cariñoso conmigo. Por fin, después de insistirle mucho al Padre Padilla para que me dejara terminar, consintió en que lo hiciera, y un día, teniendo veinte de relaciones, le devolví a S. su palabra y me armé de valor para resistir todas sus súplicas y promesas, pues estaba decidida. Confieso que fue para mí un golpe terrible, ya que lo quería mucho y sufrí también mucho de tener que hacerlo sufrir. Al día siguiente fui al Colegio a ver a la M. Teresa y a contarle lo sucedido. Me detuvo Monseñor Manzanedo y me dijo con una cara severísima: “Ya me dijo S. lo que 10
has hecho; ¿sabes lo que has hecho? Has destrozado un corazón y has pisoteado sus ilusiones y las mías, pues yo te quería, te quería para sobrina, porque te he formado y sé que [14] serías una buena esposa y una buena madre. Ahora ya no te quiero; la mujer que por capricho juega con el corazón de un hombre sencillo y bueno, merece ser despreciada, ¿Por qué lo has hecho?” “Lo hice -le dije- sufriendo mucho, se lo aseguro, pero Dios me llama a otro lado, y sepa usted que si para llegar a eso hay dos caminos, yo escojo el recto aunque tenga que destrozar mil corazones y aun el mío. Perdóneme, le aseguro que he pensado antes de hacer esto, le aseguro que sufro mucho”. “¿Bah! -dijo-, eres una niña mimada, una neurasténica, y los jesuitas se han aprovechado de ti”... Y diciendo esto, sin hacer caso de mis lágrimas ni de lo que quería decirle, se fue y me dejó sola. Yo entonces me fui a la Capilla y lloré cuanto pude. Después me hice el propósito de no creer y no esperar en nada humano, y suavemente recité la letrilla de la Santa Madre: “Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta”... Desde entonces hice de esa letrilla mi fuerza y mi apoyo en todo lo que siguió a este paso de mi vida. Salí de la Capilla con mucha paz y una fortaleza como nunca; todo me parecía fácil y deseaba cuanto antes ser religiosa aunque no sabía de cuáles. Fui a buscar a la M. Teresa y le conté lo que había pasado y todo lo que me había dicho Monseñor Manzanedo, con el que no sentía rencor ni disgusto, y que creí sería pasajera su actitud. Pero han pasado los años y él parece no olvidar. Sin embargo, el mismo cariño y la misma gratitud de antes le guardé y le guardo en mi corazón; es un sacerdote muy digno y santo. Su única culpa fue el quererme, tal vez con un cariño de padre egoísta; de todos modos él me enseñó a acercarme a Dios y a no detenerme en lo que los hombres hicieran para apartarme de El. La M. Teresa, que estaba muy unida a Monseñor Manzanedo, pues era su director, apoyó su actitud, me juzgó un poco como él, tomó una actitud indiferente, me oyó como quien oye llover y no se moja y después me dijo medio bostezando: “Vaya, vaya, y ahora ¿qué nueva cosa piensas hacer”... Y yo [15] arrebatadamente le dije: “Voy a amar sólo a Dios, voy a ser Reparadora”... Nunca había pensado en esto, pero sin saber por qué, lo dije, y luego, sin añadir palabra, me despedí y me fui. Ella se quedó diciendo: “¿En qué pararán estas misas, en qué pararán?”... Después me fui a la casa y le dije a mamá: “Mamá, anoche terminé con S., pero quiero que se le siga tratando como siempre, pues no hay por qué mezclar lo de todos con lo mío personal”. Mamá se me quedó viendo y me dijo: “¿Por qué has hecho eso? ¿Te ha hecho él algo?” “No, - le dije – al contrario, ha sido muy bueno conmigo, pero ya no quiero tener novio y no lo tendré, no tengo otra razón”... “Y eso ¿por qué no lo pensaste antes? Has hecho el ridículo, eres una caprichosa y una tonta: ¿crees que así se juega con el corazón de un hombre? ¿Qué va a pensar y que dirá M. Manzanedo?”... “Mira mamá, déjalos que piensen y que digan, yo no sabría seguir engañándolos, quiero a S. con toda mi alma, pero no lo quiero para casarme con él, y no hay para qué seguir las relaciones; ya se consolará, así se lo voy a pedir a Dios y por favor defiéndeme y no hablemos más de esto”. En la tarde me fui a ver al P. Padilla y le conté todo eso y más, pues unas amigas 11
mías y de S., vinieron a verme y me dijeron que S. les había contado y que estaba desesperado, que iba a beber, a darse a la mala vida, que yo era todo para él y que ahora para qué quería trabajo, dinero, honor, vida... Que ya nada quería pues perdiéndome a mí, perdía una novia, una madrecita, una hermana, una amiga y toda una familia... Y añadieron: “Ya ves lo que has hecho: tú eres la culpable de que se pierda, está desesperado...” Al decirle todo al Padre, me animó mucho y me dijo: “Hija, usted ha dejado todo por seguir el llamado de Dios; no tema, El llenará su vida y ya nada la hará sufrir, y aunque sufra pues tuvo que sacrificar su primer amor y un amor puro y bueno, ese sufrimiento le hará amar más a su Dios. [16] El será todo para usted. En cuanto a ese muchacho, no tema, no hará nada porque no es un chiquillo, y si lo hace, que lo haga, usted no es responsable. Más vale que sea él solo desgraciado y no que lo sean los dos y muchos más, pues un matrimonio sin vocación es un infierno. Ahora tranquilícese, haga mucha oración, sea firme y no tema; yo pediré por usted y dentro de ocho días hablaremos de su entrada a las Reparadoras. Voy a hablar con la Superiora. Y sobre todo, guarde secreto acerca de esto, pues como están las cosas, más vale callar, callar...” Se pasaron los ocho días que fueron de martirio. Monseñor, aunque seguía yendo a la casa, a mí no me saludaba y casi no me dirigía la palabra; y si yo lo hacía, él no me contestaba. S. iba y no había sino mirarme y poner cara triste. Mamá y papá también. En fin, sentí que todos estaban en mi contra y que me achacaban el malestar que reinaba en vez de la armonía y la calma de siempre. Yo seguía yendo como siempre todas las tardes a las Reparadoras, pues habíamos arreglado que yo daría clase de francés a la Superiora, M. María de San Pablo, y a cambio otra de las Madres me daría clase de inglés y así iba tres veces por semana a francés y tres a inglés. Con ese trato diario, les tuve mucha confianza a las Madres, sobre todo a la Superiora que era sumamente franca y de carácter jovial, y que por la recomendación del P. Padilla, me empezó a tratar con mucha confianza y poco a poco fue conociendo todo lo sucedido hasta el momento en que esperé su resolución. El P. Padilla me dijo cuando volví a verlo, que podía yo hablar con la M. Ma. de San Pablo y pedirle mi admisión al Instituto. Al día siguiente así lo hice y me dijo que por ella no había inconveniente, pero que no me podían admitir sin el consentimiento de mis padres, que se los pidiera y que por lo pronto ella iba a escribir a la M. R. Madre Superiora General hablándole de mí. Se informó minuciosamente de todo lo referente a mi familia, mis estudios, costumbres, etc., y me despidió ofreciendo pedir mucho por mi admisión. [17] Se había llegado por fin a lo que tanto deseaba, y al verme en este momento, me entró un miedo espantoso, no sabía qué decir en casa, cómo pedir el permiso. Temía ser rechazada y hasta castigada, era seguro que me tildarían de caprichosa y neurasténica, pues pensaba una cosa y otra.
1925 (18) Se pasaron varios días y yo no me atrevía a hablar. Por fin, me armé de valor y 12
una noche, (año 1925), después de cenar, cuando ya estábamos solos mis padres y yo, papá leyendo y mamá tejiendo en el comedor, les dije: “papá, mamá, tengo que hablarles de algo muy serio”... Y cuando levantaron la vista y se me quedaron viendo, yo temí desmayarme... Me latían las sienes tanto, que la vista se me oscurecía y sentía un dolor muy agudo en la garganta que me impedía hablar. Esto fue momentáneo, pues en seguida reaccioné y haciendo un esfuerzo sobrehumano les dije: “Quiero ser religiosa, no quiero casarme porque me quiero consagrar toda a Dios. Bien sé que esto es un sacrificio para todos, pero cuando Dios lo pide, hay que dárselo y pronto. Así es que si ustedes no se oponen, entraré con las Reparadoras; ya he hablado con la M. Superiora y me admite”. Se quedaron mudos y papá me dijo: “Pero hija... en fin, lo pensaremos, ¿verdad Lolo?, dijo dirigiéndose a mamá”. Mamá dijo: “Y ¿cuándo te ha entrado esa novedad?”... “No sé, -contesté- si es o no es novedad, ni sé cuándo me entró, pero quiero ser religiosa y lo seré tarde o temprano”. Y diciendo esto me acerqué a mis padres y los besé rápidamente; la verdad es que ya no tenía fuerzas para más. No sé esa noche qué hice, probablemente me debo haber dormido en seguida, pues me sentía tan en paz y tan feliz, como aquél a quien le quitan un gran peso de encima que lo oprime y le impide respirar. Al día siguiente en la mañana, mamá me dijo: “Voy a ver al Padre Manzanedo para pedirle consejo sobre lo que nos dijiste anoche, él te conoce muy bien y debe saber qué es lo que hay que hacer”. [18] Yo me quedé temblando, pues comprendía que al Padre no le iba a gustar que lo consultaran y además ya él había demostrado su disgusto conmigo. Sin embargo no dije nada, mamá me había enseñado esto: “Si tiene que suceder ¿para qué te afliges de antemano? y si no sucede ¿para qué afligirse en vano?...” Esto me dije y esperé que volviera mamá, quien regresó pronto, muy disgustada, y me dijo: “Estaba el Padre paseando por los corredores del Colegio y cuando me acerqué se detuvo y me dijo: “¿Qué hay?”. Lo saludé y le dije: “Padre, yo quisiera hablarle y pedirle consejo sobre algo que quiere Enriqueta”. Y el Padre me cortó la palabra y me dijo: “Pueden hacer lo que gusten, a mí nada me interesa ni daré un consejo que no se tendrá en cuenta...” Y diciendo esto se siguió de frente y me dejó parada; está disgustadísimo, y tiene razón, aunque debía haberme oído....” etc. etc. “En cuanto a ti –siguió diciendo mamá,- ya veremos, porque eres muy voluble, eres una chiquilla que se vuela con todo; por otro lado no servirías para religiosa, eres una buena egoísta; tú, tú, sólo tú y siempre tú; tus padres, tus hermanos, no existen para ti, lo único que importa es que seas feliz y los demás que se aguanten; en fin, no se vuelva a hablar más del asunto”. Yo me puse a llorar y me vino una gran tristeza, pues me dolió mucho ser tratada así. Sufría mucho al ver que mamá dudaba de mi cariño para ellos y mis hermanos y más que el pensamiento de tener que dejarlos era lo que más me afligía y lo que siempre me quitaba algo de valor y decisión.
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Sin embargo me propuse ser valiente y luchar despacio pero constantemente hasta conseguir ser religiosa. Tenía días muy pesados, no me gustaba nada, no deseaba nada sino estar sola y pensar mucho en mi vocación. Me acechaban por todas partes. Mis amigas, sin cesar me traían noticias de S., y lo que más me dolía era que él hablaba mal de mamá, pues le achacaba todo, no la saludaba nunca. Si iba ella por necesidad a comprar algo al comercio en que él trabajaba, no le hacía caso y aun se metía sin atenderla. No volvió a la casa y Monseñor iba cada vez menos. La M. Teresa también me hacía muy poco caso, y [19] por otra parte, tal vez por probarme, las Madres Reparadoras que siempre habían sino muy amables y cariñosas conmigo, se volvieron muy serias y exigentes; no me dejaban desahogarme. En fin, yo sufría mucho pues no encontraba con quién desahogarme. El Padre Padilla era de pocas palabras y muy duro de trato, nada afecto a oír cosas de sensibilidad, nada de quejas, etc. Me empecé a debilitar y a poner triste, sin ganas de nada. Entonces me mandaron a México a casa de mi tía Lupe para que me quitaran a fuerza de diversiones, la tristeza. Estuve un mes en el que aprendí muchas cosas del mundo y de las gentes del mundo; mis primos que eran jóvenes y educados en Estados Unidos, tenían costumbres de allá; paseaban mucho, tenían muchos amigos, así es que se vivían en continua fiesta hasta donde más se podía. Sólo mi tía iba poco, ya que todavía llevaba luto de mi tío, su esposo. Yo no dejé mi Misa y mi Comunión diaria. Recuerdo que una vez quise confesarme y me acerqué a un confesonario; era en la cripta de la Iglesia de la Sagrada Familia. En cuanto terminó mi confesión, el Padre me dijo: “Tú no eres de las mías, ¿verdad? ¿No tienes director? ¿Por qué has venido conmigo?”... Yo le contesté: “Sí, Padre, sí tengo director, es un Padre Jesuita, pero no fui con él porque soy de Puebla y ahora estoy aquí de temporada”... “Ah, dijo el Padre, entonces será tu director con toda seguridad el Padre Fernández, verdad?” “No, qué barbaridad, Dios me libre...” “¿Cómo que Dios te libre, por qué dices eso?” “Es que el Padre Fernández es el que está ahora de moda en Puebla y a mí no me gustaban los padres que se ponen de moda”... El Padre rió mucho mucho y luego me dijo: “Con que ¿no te gustan los padres de moda? Pues Dios te ha castigado porque yo soy aquí el Padre de moda. ¿No has oído hablar de mí? Pregunta y verás qué te dicen del Padre X”... Y reía con todas sus ganas. Yo, como es natural, me reí también y supliqué [20] perdonara mi imprudencia; pero él parece que estaba alegre, pues no hacía sino reír y reír y luego me dijo: “Vete en paz muchachita y salúdame al Padre Padilla cuando vuelvas a Puebla”. Luego que yo me levanté, él sacó la cabeza para conocerme, cosa que me llenó de confusión. Al cabo de un largo mes regresé a la casa peor que antes. Sentía tristeza profunda de ver cómo el mundo olvida a Dios, y de sentirme incomprendida. Mi tía y mis primos, muy buenos conmigo, que no despreciaban ocasión de atenderme y cuidarme y obsequiarme, no comprendían que yo fuera a cines llorando y volviera de los bailes llorando y no me preocupara poco ni mucho de mi arreglo sino todo me fuera indiferente. Cuando volví, lo primero que hice fue preguntar a las Madres Reparadoras si ya 14
había contestación de la Superiora General y se me contestó que sí había contestado aceptándome y dando amplias facultades a la R. M. Provincial María de San Wilfrido, para arreglar mi entrada. La M. María de San Pablo me dijo: “Ahora necesita usted contestar dando las gracias por su admisión y luego, siga haciendo méritos; conste que desde mi entrada, es usted la primera que presento y admito, pues no soy partidaria a que entren con nosotras porque conozco mi vocación y la amo, y no todas son para ella... Por ejemplo, ahí están Anita Gallegos y Lupita Velazco, las dos muy buenas, muy deseosas de entrar, y yo no admitiría a ninguna... Sin embargo les he dicho que escriban...” “Bien, Madre, le dije, Dios le pague todo y ojalá sepa yo corresponder a su interés. Y ahora dígame, ¿qué quiere que haga?” Ella rió y me dijo: “Aprenda a escribir porque tiene usted una letra horrible”. “Así lo haré pero dudo que pueda mejorarla, pues mis profesoras se empeñaron mucho en esto y ya ve usted, nada se ha conseguido; pero obedeceré si usted lo manda.” Pasaron los días y yo empecé a vivir, pues me dedicaba a estudiar el piano con todo ahínco, la escritura, el inglés y además bordado y costura. Mis [21] mejores ratos eran la Santa Misa y luego estar con mi querido Fernandito que era monísimo, muy piadoso y obediente y que me quería mucho y me hacía mil monerías. En ese tiempo empezó a perseguirse a la Iglesia; las Damas Católicas, fuerte organización en Puebla, que trabajaba mucho de acuerdo con el Excmo. Sr. Arzobispo Dr. Dn. Pedro Vera y Zuria, organizaron una sección para jóvenes, que llamaron “Vanguardias de las Damas Católicas”. Un domingo en la mañana fueron a la casa dos jóvenes, las Sritas. Carmen Maurer, ahora señora de Peláez, y María de la Cruz Tamariz, ahora religiosa del Verbo Encarnado, a invitarme para asistir a la primera junta de las “Vanguardias”, a fin de que yo también perteneciera; no quería yo ir, pues no me ha gustado nunca comprometerme a mucho sin saber si podré cumplir. Ellas insistieron y me dijeron que fuera siquiera a ver si me gustaba. Pedí permiso a mamá, quien me lo dio con mucho gusto; no hacía sino pensar en mi vocación y ella tenía tal vez esperanza de que si me ocupaba en otras cosas, me olvidaría de mi idea de ser religiosa. No asistí a la junta y pensé que ahí se acabaría todo; pero a los pocos días volvieron a verme las mismas señoritas y me dijeron que el Excmo. Sr. las había mandado. Prometí asistir la próxima vez. Nos habían invitado a mamá y a mí para pertenecer a la L.N.D. de la L.R. En seguida nos hicimos socias y después nos nombraron jefes de manzana y más tarde a mamá jefe de extensión. Nos dedicamos a esta obra de tal manera, que en la casa hubo juntas, se guardó propaganda, etc.
1926 - 1929 (22) Todo esto hizo que se nos vigilara o al menos así lo creímos, y Monseñor Manzanedo, que desde lo sucedido iba cada vez menos, dejó de ir por completo y nunca, desde febrero de 1926, volvió a vernos, aunque yo siempre lo buscaba, preguntaba por 15
él, lo felicitaba en las fechas más especiales, etc. [22] Se llegó el día de la junta de las Vanguardias de Damas Católicas y fui al Arzobispado, pues ahí se celebraban. Entonces me presentaron por primera vez con el Excmo. Sr. Arzobispo, que era quien daba las juntas. Consistían en una meditación y la lectura del acta, luego presentación de nuevas socias. No recuerdo a cuántas de estas juntas asistí, deben haber sido unas cuatro o cinco, pues casi en seguida, por causa de la persecución religiosa, el Sr. Arzobispo, un día, al terminar nuestra junta, fue puesto preso y desterrado a Estados Unidos del Norte. Quedó en su lugar un sacerdote joven muy simpático y muy amante de la juventud, que todos llamaban con respeto y cariño “Padre Nachito”. En seguida, con su sonrisa de amigo y de padre, nos empezó a preguntar a cada una nuestro nombre y nos dijo que en adelante no podrían ya ser las juntas ahí, sino unas cuantas veces, pues no convenía por la persecución religiosa, pero que él nos avisaría; éramos muy pocas, creo que unas doce o quince. A mí me gustó mucho todo desde luego, pero más cuando un día, al terminar la junta, el Padre Nachito nos dijo: “Tengan la bondad de esperar un momento”, y se salió, regresando al poco rato con un señor joven, alto, muy bien arreglado, que nos presentó como: “Mi buen amigo el Padre Miguel Darío Miranda, que va a hablarles un poquito de las actividades y organización de unas jóvenes como ustedes, que se están formando para defender a la Iglesia.” Nos sentamos, y el Padre nos habló de la hermosa organización incipiente de la “Juventud Católica Femenina Mexicana”. Nos entusiasmó mucho y luego, poniéndose en pie, le dijo al Padre: “Bueno, Nachito, ahora a ti te toca lo demás, a ver qué se hace”... Todas comentamos esto, y en la próxima junta que ya no se celebró en el Arzobispado, sino en una casa particular, el Padre Nachito nos habló nuevamente de Juventud y así sucesivamente, hasta que un día llegaron quince señoritas de México y las Vanguardias de Damas Católicas desaparecieron para ser la J.C.F.M. “Juventud Católica Femenina Mexicana”. Yo no perdía de vista mi ideal; seguía tratando a las Madres Reparadoras, que pronto tuvieron que [23] esconderse y por fin dejar su casa de Puebla y después salir para el extranjero. La M. Superiora me ofreció escribirme a menudo y me aconsejó que todas las veces que viniera a Puebla la Madre Provincial, yo la visitara. Ya estaba ella de acuerdo, pues no hacía muchos días que había venido y mandó llamar a mamá para convencerla de que me diera el permiso, haciéndole muchas consideraciones y ofreciéndole muchas ventajas, como por ejemplo, mitad de dote, a pagar en cierto tiempo y en varias cantidades, etc. Por supuesto que a mí, mamá no me dijo nada y si yo supe algo, fue por la R. M. María de San Pablo. Se fueron las Madres y poco después, un día que me fui a confesar, me dijeron que ya el Padre no estaba y después de algunos días, cuando yo estaba sufriendo mucho por no tener a quién consultar, lo vi entrar en una casa muy cerca de donde vivíamos. 16
Me metí detrás de él y entonces le supliqué me recibiera, cosa que hizo esa tarde, ahí mismo, en esa casa, donde lo seguí viendo unas cuantas veces; pero un día que lo fui a buscar, me dijeron que ya se había ido y no me dieron su dirección. Esto me dolió mucho y entonces me prometí no volver a tener director, puesto que los dos que había tenido me habían abandonado cuando más los necesitaba. Escribí a las Madres Reparadoras; me contestaron diciéndome que ellas ya nada podían hacer, sino que la que tenía que decidir era mamá. Mamá no decía nada; habían tomado una actitud de silencio y como cierto desprecio para mi vocación, que me desorientaba y hasta cierto punto me desanimaba, pues todo era adverso. Entonces tomé una resolución: no pensar en mi vocación ni hacer nada por realizarla, y dedicarme a trabajar en Juventud. Además, viendo que en casa no cesaban las [24] dificultades y disgustos por mi resistencia a todo lo del mundo, me propuse hacer todo lo que quisieran en casa; no negarme a nada, aceptarlo todo y no hacer ningún esfuerzo para nada, es decir vivir a lo animal y hacer aquello que buenamente quisiera hacer o lo que quisieran que hiciera. Tenía varias amigas muy buenas, pero de mucho mundo y con ellas y con mis amigos y mis hermanos, organizábamos días de campo, meriendas, juegos de tennis, idas al cine y al teatro; en fin, no nos faltaban ocasiones de divertirnos los domingos y entre semana. Me enfermé del apéndice y después de consultar varios médicos, se opinó que debía operarme. Yo me sentía feliz, pues creía que esa operación iba a ser la solución de mi vida, tenía la seguridad de que iba a morirme. Apresuré la operación y me preparé como para morir, aunque sin externar para nada mi pensamiento. Recuerdo muy bien que sentí cierta tristeza de morir joven. Tenía entonces 19 ó 20 años y me daba pena comparar mi vida con la de otras jóvenes que ya eran religiosas o ya eran madres de familia, y yo no había hecho nada, había fracasado en las dos cosas: matrimonio y vida religiosa. ¿Para qué vivir? Serenamente, después de oír la Santa Misa y comulgar, antes de salir de la Iglesia, le dije a la Madre Superiora del Colegio, que había ido a la Misa: “Pídale a Dios que me muera en esta operación”. Ella me contestó: “Le pediré que haga en ti su santa voluntad, ¿no te parece?” Yo no contesté, pero también hice interiormente este voto. Me sentía completamente desligada de todo y dispuesta a entregarme a Dios. Me operaron un 11 de junio, día del Sagrado Corazón. Recuerdo muy bien que al volver del cloroformo y darme cuenta de la vida, me puse a llorar amargamente. La religiosa que me atendía me dijo: “¡Qué vergüenza llorar!.. No sea cobarde, ¿por qué llora?” Yo le dije: “Otra vez empezar...” “Dele gracias a Dios, El sabe por qué le da la vida, usted todavía [25] no ha cumplido su misión”... Estuve doce días en el sanatorio, que fueron para mi alma días de ejercicios. Pensaba mucho y hacía muchos propósitos que siempre resumía en uno solo: Dios es el único y sólo El.
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Tenía muchas visitas, iban todos los días mis amigas y me llevaban ecos del mundo que yo oía sin interés y le pedía a Dios no salir nunca de ese cuartito de enferma; tenía pereza de luchar y al mismo tiempo sentía ansias de hacer algo por la gloria de Dios. Las religiosas eran muy buenas, me acompañaban mucho, me atendían con mucho cariño y siempre me hablaban de la vida religiosa; yo callaba y me dejaba hacer y mimar. Me sentía muy frágil y pequeña, temía todo. Papá se quedaba toda la noche conmigo y me llenaba de atenciones y delicadezas. Mamá iba casi todo el día. Por fin salí del sanatorio y después de un mes de convalescencia, empecé nuevamente mi vida ordinaria; deseaba comunicarme con las Reparadoras, pues quería precisar ese asunto y saber a qué atenerme. Vino en esos días la Madre Provincial y me citó, fui a verla y después de contarle algo de lo que había hecho en los últimos tiempos, me preguntó: “Y ahora ¿cuál es su director?” “Nadie, contesté, no tengo director ni quiero tenerlo”. “¿Por qué?” me preguntó severamente. Yo le conté lo que me había pasado con Monseñor Manzanedo y con el Padre Padilla. “Bien, me dijo, ése no es motivo para que usted haga un propósito tan sin razón y tan tonto; usted es la más perjudicada y repare que está perdiendo el tiempo y que esto que usted hace, se le tomará en cuenta cuando desee entrar con nosotras; prométame que tendrá director”. Yo callé y luego dije: “No sé a quién ver, casi todos los padres están escondidos y yo no conozco a nadie más que al Padre Nachito”. Ella me di[26]jo: “El Padre Nachito es muy santo, muy prudente, pero no es religioso y además no le conviene, pues está usted demasiado en contacto con él por sus trabajos de Juventud.” (Yo era entonces presidenta). “Vea al Padre Urdanivia, es de mucha experiencia, nos quiere mucho y estoy segura que se interesará por usted, dígale que yo la mando”... “Así lo haré, dije, y ¿respecto a mi entrada?” Ella calló un buen rato y luego me dijo: “Por ahora no hablemos de eso; lo que urge es que usted tenga director, él la guiará, haga lo que él le diga, y ya me verá la próxima vez que venga yo por acá”... Me despedí y salí de ahí sumamente contrariada; tenía que quebrantar un propósito y eso hería mi amor propio. Pensé mucho y al fin me dije: “No iré a ver al Padre Urdanivia, para qué complicarme la vida; no me dejan entrar de religiosa. Ahora yo tengo paz en la casa, trabajo por Dios, ya está bien así; me confesaré cada ocho días, procuraré comulgar con frecuencia y lo demás no importa, viviré tranquilamente hasta que Dios me quite la vida”. Y así fue, seguí siendo presidenta de Juventud, cargo en el que Nuestro Señor me esperaba para forjar mi alma rebelde. El P. Nachito se interesó mucho por mí, aunque jamás me interrogó sobre mi vida, mi vocación, nada. Sólo me hacía trabajar por Dios; me trataba con energía y con mucha ternura. Yo sentía para él profundo amor y al 18
mismo tiempo cierto temor. Esto hacía que no hiciera nada sin consultarle; todos los días iba a verlo o le hablaba por teléfono. De mi alma ni una sola palabra, todo de Juventud. Me prestaba y regalaba libros, me contaba cosas de Acción Católica, me proponía proyectos, me apoyaba siempre; en fin, era para mí un padre, un amigo, y ¿por qué no decirlo? un hermano lleno de respeto y profundamente respetado. Hacía yo siempre lo que él quería, pues cuando alguna vez, por mi carácter rebelde y autoritario me imponía, pronto sentía las consecuencias y deshacía lo hecho. Mi cargo hizo que conociera a muchas personas, fuera conocida de muchas y entrara de lleno en una vida de apostolado que me fascinaba de tal manera, que se me hacían las noches largas, pues me faltaba [27] tiempo para trabajar. Cada día notaba más el mal que había y sentía una gran necesidad de que se hiciera mucho bien. Nuestro Señor me acercó almas muy hermosas, quienes, como yo, estaban abriendo los ojos a la vida de apostolado. Eran las que me ayudaban en todo, secundaban todas mis ideas, me obedecían siempre y cuando era necesario, me reñían y me hacían ver mis errores. ¡Fieles amigas que nunca olvidaré, pues a su lado aprendí a amar la virtud, aprendí a acercarme a Jesús, aprendí a amar el sacrificio! ¡Fieles amigas que durante nueve años no me abandonaron nunca, siempre me disculparon y siempre mi vista halló la suya en que leía la sinceridad, la fidelidad, el deseo de verme santa! ¡Fieles amigas que me enseñaron la ciencia de las almas, pues yo era como un potrito de raza fina, pero salvaje: ellas fueron los instrumentos de Dios para mi formación! Por eso, queridas hijas, ahora que soy tan feliz a vuestro lado, ahora que ya tengo un Jesús en nuestro Sagrario, un Jesús en cada uno de vuestros corazones, no puedo menos de volver los ojos atrás y dar gracias a mi Dios por todo y suplicarle pague por mí la gran deuda de gratitud que guardo para todas esas queridas hermanas que siguen dándole gloria a Dios y que sé muy bien, nunca olvidan a Rica, como me llamaban ellas también con tanto cariño. Pero ya lo veis, he interrumpido este relato para recordar algo que no olvidaré, pues su recuerdo me acerca más y más a Dios. Sigo, pues, amadas hijas. Hacía tiempo que un joven ya de cierta edad, de muy buena familia y de muy buena posición, hermano de una compañera de Colegio, me pretendía. Era sumamente serio y muy tímido conmigo, pero sin cesar recibía yo por diversos conductos noticias de lo que pretendía y en su casa me querían todos mucho y me llenaban de atenciones. Pronto se supo todo esto y mis compañeras me daban bromas y me animaban, así como el Padre Nachito. En la casa también estaban de acuerdo. [28] Por razón de la amistad tan antigua que guardaba yo con su familia, y por su edad (era diez años mayor que yo), nos tratábamos mucho y teníamos largas conversaciones sobre todos los asuntos de la época, persecución religiosa, Acción Católica, estudios, arte, teatro, libros, etc. 19
Yo me di cuenta de que pronto serían imposibles nuestras relaciones en el terreno que pisábamos y que se llegaría el día en que tendríamos que definir nuestra situación. Aunque lo estimaba mucho y me daba cuenta de lo que él valía, yo temía corresponderle, pues sabía que pronto vendría el matrimonio y yo no olvidaba mi idea de ser religiosa, aunque a veces dudaba de si realmente ése sería mi camino; más al ver que se me presentaba esa nueva señal de que podría casarme, pues el partido en cuestión no tenía peros.
1930 – 1932 (29) Un día me resolví a pedir consejo; por varios conductos y aun por ciertas expresiones que él dijo, supe que iban a hablarle a papá para pedir permiso de relaciones. No quise esperar a que esto sucediera y me decidí a ir a ver al Padre Urdanivia que hacía casi un año me había aconsejado la M. Provincial de las Reparadoras que viera. Pensé mucho, dudé mucho y al fin fui una tarde a consultarle mi caso. Tenía miedo de que se disgustara por no haberlo ido a ver antes, y al mismo tiempo estaba resuelta a no decirle nada de la dirección espiritual. No quería tener director, aunque no llevaba propósito de no tenerlo. No conocía al Padre Urdanivia, aunque tenía ya tiempo de estar él en Puebla y además yo conocía mucho a su familia; pero es que no quería ir nunca a la Iglesia de los Padres Jesuitas, sentía mala voluntad desde que el Padre Padilla me abandonó. Ahora comprendo lo tonta que fui, pues yo sola era la perjudicada. Me pasaron a una pieza escondida de la casa del Lic. Urdanivia, hermano del Padre, que estaba allí por razón de la persecución. Al poco rato salió el Padre; me hizo muy mala impresión, ya que traía unos grandes bigotes y yo casi estaba escandalizada, nunca había visto un sa[29]cerdote con bigotes. Estaba tan distraída que probablemente él lo notó, pues hizo la aclaración y después de saludarme y hacerme indicación de que me sentara, se rió amablemente y me dijo: “Vamos a ver, niña, en qué puedo servirle... no me tema, lo bigotes no son sino un disfraz ridículo que tengo que llevar para no molestar tanto al Sr. Calles. Vamos a ver, ¿qué la trae hasta esta celda escondida? ¿Quién la manda? ¿Cómo dio con el P. Urdanivia?”... Yo durante todo ese tiempo me rehice y ya serena le dije: “Padre, el motivo de esta visita es cumplir con algo que tengo pendiente; hace tiempo la M. Ma. de San Wilfrido, Provincial de las Reparadoras, me dijo que viniera a verlo y le pidiera fuera mi director. Ahora vengo a suplicarle me aconseje en un paso de mi vida en el que no sé qué hacer, pero antes le voy a suplicar me oiga un momento pues quiero ponerlo en antecedentes de mi vida hasta hoy”. – “Hable, hija, hable, con gusto la ayudaré”. En breves palabras le conté la historia de mi vocación hasta el momento en que decidí ir a verlo para consultarle qué debía hacer en el caso de que el joven que me pretendía le hablara a papá. El Padre me dijo que no debía precipitarme, que él conocía muy bien al joven y a su familia y que en efecto eran buenísimos. Que él estaba decidido a casarse conmigo, 20
así lo sabía el Padre; pero que dadas las circunstancias pasadas, yo no debía resolver nada, que lo pensara mucho, que procurara prudentemente, retardar el paso que temía y que mientras, él pensaría; y además me aconsejaba hiciera unos ejercicios espirituales. Y añadió: “Yo tengo por ahí unas muchachitas que andan como usted, dudosillas, quiero organizarles unos ejercicios de encierro para que ya se decidan. Si usted quiere, la invito a que los haga, serán especialmente sobre la vocación”. Yo acepté de buen grado y me prometió avisarme la fecha. “Mientras tanto – me dijo – a callar, [30] a no inquietarse, a pensar serenamente, y sobre todo mucha oración y mucha unión con Dios. No pierda el tiempo, dedíquese a sus obras de apostolado y procure ir callando a todos, pues en caso negativo, no conviene que este joven siga entusiasmándose; por lo tanto, mucha prudencia, mucha reserva, irse retirando poco a poco.” “En caso de aceptación, será fácil volver a acercarse, ¿no le parece?” Yo asentí y luego, agradeciéndole su bondad, le supliqué no se olvidara de su ofrecimiento y le dije: “Probablemente no volveré a venir a molestarlo, Padre, pues seguiré con mi mismo confesor, pero no me olvide.” Pasaron casi dos meses y yo seguí el consejo del Padre; me fui retrayendo, por decirlo así, retirando de ese joven y su familia, cosa algo difícil, pues tenía yo todo en contra: ellos, mis amigas y mi propia familia. Sin embargo, vino algo en mi ayuda: la familia en cuestión tuvo una gran pérdida en sus negocios y quedaron en situación muy apurada. Esto hizo que estuvieran muy entretenidos y se olvidaran un poco de la conquista. Además, el pretendiente decía que no quería pedirme mientras no volviera a rehacer su fortuna, pues deseaba rodearme de comodidades y bienestar. Pasó el tiempo y un lunes de Pasión fueron a la casa dos amigas mías y me dijeron que las mandaba el Padre Urdanivia para avisarme que los ejercicios empezarían el viernes de Dolores en la tarde y que estaríamos como pensionistas en la Academia Nazareth a cargo de las Madres del Verbo Encarnado. Que seríamos a lo sumo unas quince, pues además de las del Padre, iban a hacer los ejercicios algunas internas del Verbo. Pedí permiso que me fue dado y a pesar de que ese año iba a hacer ejercicios de Juventud, los primeros, yo anuncié que no iría. Sin más explicar y cerrando los oídos a todo comentario, me fui el Viernes de Dolores en la tarde al Verbo. Éramos muy pocas, aparte de las internas, entraron tres hermanas Tamariz, de las cuales una es religiosa del Verbo [31] Encarnado; una jovencita americana de Guadalajara, Maggy Matzell, que entró al Verbo también, y María Rivero Casso que es Misionera Mercedaria. Los ejercicios fueron sumamente escogidos, y todas estábamos en perfecto recogimiento, deseosas de aprovechar. Las Madres nos respetaban y casi no estaban con nosotras; pero sí nos cuidaban y atendían con esmero.
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La antevíspera de la salida, o sea el martes santo en la tarde, el Padre nos dijo: “Ya sabéis a qué os comprometéis en los tres estados de vida; creo que habréis tenido tiempo de pensar y estudiarlos detenidamente, y ahora sí, con conocimiento de causa, podréis resolver el gravísimo problema de vuestra vocación. He ofrecido la Santa Misa por vosotras y estoy seguro de que saldréis de estos ejercicios resueltas a cumplir de firme, la voluntad de Dios.” “Que el jueves en vuestra comunión, hagáis ya el propósito de cumplir aquello que Dios os pida, cueste lo que cueste. Yo os ayudaré, pero a vosotras os toca pensar y resolver. Poneos delante de Dios, y sed jueces serenos de vosotras mismas; juzgaos como si se tratara de otras y no de vosotras mismas; y para facilitar esto, os aconsejo que por escrito vayáis poniendo los pro y contra de cada uno de los tres estados de vida, pero sin apasionamientos, sin prejuicios; recordad que estáis delante de Dios, para quien nada hay oculto”. “Quiero que salgáis tranquilas; vosotras podéis resolver solas, o si lo preferís, yo resolveré después de oíros o leer lo que hayáis escrito. Mañana no me iré para nada y en la pieza que bondadosamente me han designado, estoy a vuestras órdenes”... Todas salimos muy impresionadas y en seguida empezaron muchas a escribir; hubo quienes pasaron la noche en la capilla. Yo recuerdo que me quedé tranquila, me acosté como siempre y dormí toda la noche sin querer pensar en nada. Al día siguiente después de la Misa y de pedir en ella luces a Nuestro Señor, me senté frente a una [32] hoja de papel que doblé en tres partes y puse en cada una de ellas lo que a mí me parecía cada uno de los tres estados de vida, en breves palabras y rápidamente, viéndome como si viera a otra. Lo leí y lo releí y no saqué nada en blanco; entonces resolví llevárselo al Padre y así lo hice. Al terminar su primera plática, me acerqué a su pieza y llamé a la puerta; me hizo pasar, me sentó junto a él y me dijo: “¿Qué hay, hija?” Yo le dije que como no sacaba nada en limpio de lo que había escrito, que se lo llevaba a él y que estaba decidida a hacer lo que él me dijera, pues comprendía que así haría la voluntad de Dios. Le dí el papel y esperé. El leyó muy despacio, volvió a leer y más leer y se quedó un buen rato callado sin decir nada. Por fin, alzando la vista, se me quedó viendo hasta el fondo de los ojos, que yo no cerré y después de un momento que a mí me pareció una eternidad, me dijo: “Hija, hay que esperar. Desde luego, usted no es para el matrimonio, pues si bien, tiene usted un corazón hecho para amar mucho y a muchos, creo yo que ni su marido ni veinte hijos si los tuviera, serían capaces de llenarlo y sería usted siempre desgraciada; además lo que la atrae al matrimonio, no es lo que pide el Sacramento. Por lo tanto, así no debe usted nunca pensar en casarse. Deje a ese joven que la quiere, suavemente, poco a poco, y ya ve, ahora es fácil, pues está él muy entretenido en sus negocios. No le hace que la juzgue como quiera. Dios ve todo. “En cuanto a la vida religiosa, creo que ahí sí haría la Voluntad de Dios; pero hay que esperar; Nuestro Señor le tiene reservado algo que no alcanzo a saber qué será, El lo sabe y se lo hará conocer a su tiempo. Mientras tanto, espere, y puesto que las Reparadoras ya no están, no piense más en ellas, pues no creo que sea para allí. Pero no 22
se turbe, no se impaciente, no se intranquilice, puesto que si usted (así me lo ha dicho) si hace lo que le digo, hará la voluntad de Dios; yo le digo que espere. “Dedíquese en cuerpo y alma a Juventud; eso la formará y preparará para el futuro. Espere atesorando cuanto pueda, y cuando se llegue la hora, recuerde [33] estos ejercicios y cumpla su promesa de hacer la voluntad de Dios… guarde esta hojita – me dijo devolviéndome el papel que yo le había dado; guárdela en un sobre cerrado que diga: “Conciencia, Ejercicios del 17 de abril de 1930”. Y no lo abra hasta que lo abra el Director que Nuestro Señor le mande”. Terminaron esos Santos Ejercicios, que fueron de grandes luces para mi alma, y en ellos prometí no intranquilizarme nunca por mi vocación, que ahí mismo dejé en el Sagrado Corazón de Jesús, hasta que El arreglara todo. Prometí confesarme cada ocho días a lo más y siempre con un mismo sacerdote. Prometí dedicarme a la Acción Católica y hacer que todos en casa amaran esa hermosa obra y secundaran mis trabajos; prometí cumplir con lo que se nos pedía en Juventud, especialmente en aquello que atañera a la vida de piedad. Prometí por último, no fijarme en nada humano y por lo tanto dejar completamente amistades, relaciones, diversiones, etc., todo aquello que me hiciera apartarme del servicio de Dios o me impidiera cumplir con exactitud mis obligaciones de socia de Acción Católica, en la asociación y en mi casa. Resumí todos estos propósitos en una frase breve: “Maestro, Tú solo en mi alma”. Y luego, como al hacer este propósito vinieran a mi alma mil pensamientos que me hacían ver lo difícil que era cumplirlo, añadí: “A pesar de todo”. Escribí además algunos propósitos. A estos ejercicios siguieron varios años de espera, durante los cuales en una ocasión en que supe que habían llegado dos Madres Reparadoras y que solicité verlas, me negaron audiencia; entonces comprendí que había yo quedado descartada y que ya no se contaba conmigo. Confieso que esto me dolió; pero al mismo tiempo sentí un descanso, pues ya no tenía que pensar en esto y podía pretender entrar a otra Comunidad. La Madre Teresa casi ya no se ocupaba de mí, aunque yo iba casi todos los días a verla y le se[34]guía contando mis cosas, pero ya no todas, pues tratándose del problema de mi vocación, siempre se reía y hacía broma, cosa que me molestaba sobremanera. El Padre Nachito ya había sido nombrado Canónigo por el Excmo. Sr. Vera, a su regreso del destierro. Sin embargo seguía siendo el Asistente de Juventud y nos seguía viendo como hijas y dándonos todo su tiempo, formándonos por medio de Círculos de Estudios, Conferencias, etc. El mismo daba casi todos los Círculos. Unas asistían a unos y otras a otros. Yo asistía al de Acción Católica, que nos daba los lunes por la mañana. Recuerdo muy bien un día, que nos hizo hacer el simulacro de la fundación de J.C.F.M. en una Parroquia, una de las jóvenes que iban, Feli Ziegler, hizo el comentario: “Todo es maravilloso y muy fácil a primera vista, pero ¿qué se hace cuando se tiene un párroco que no ama la Acción Católica y que va en contra siempre?” 23
Y siguió enumerando mil deficiencias y faltas. Monseñor la oyó muy pacientemente y luego dijo que en realidad había que corregir muchos defectos, pero que como no se podían corregir así como así, que lo mejor era orar, orar mucho por los sacerdotes, pues el sacerdote más que ninguno, necesita de oraciones. Y nos habló de la dignidad del sacerdote, de su misión, de su grandeza en cuanto sacerdote y su debilidad y fragilidad humanas. Yo oía y pensaba mucho; un mundo nuevo se abría ante mí; no había nunca sospechado que el sacerdote tuviera necesidad de oraciones. Al contrario, creí que nunca tenía caídas, que siempre era muy santo y perfecto, que él debía pedir por todos y que no necesitaba que nadie pidiera por él. Así pues, sentí una gran tristeza. Recuerdo muy bien que desde entonces, siempre que veía un sacerdote, pensaba: pobre sacerdote, es también hombre, puede pecar… ¡qué tristeza! Y me preocupaba sobremanera el pensar cómo podría remediarse eso, no sabía qué podría hacerse. Desde entonces también, amé más al sacerdote, pedí por él y cada vez que veía un sacerdote, decía interiormente: “María, cúbrelo con tu manto”... Se trató entonces en Juventud, de fundar un Ins[35]tituto para la formación postescolar de las jóvenes, principalmente de buenas familias. Se pensó el proyecto, se maduró y por fin se realizó, nombrándome a mí Directora. La casa que para esto se alquiló, estaba a una calle de Catedral, a dos casas del Arzobispado. De cuánto luché y cuánto sufrí en ese querido Instituto, no quiero hablaros, pues todo está ya en manos de Dios. Tuve que vencer mi timidez y mi afición a la soledad y al ocultamiento, pues tenía que tratar con muchas personas de toda índole, reprender alumnas y profesoras, dar conferencias, presidir exámenes, distribuciones de premios. En fin, ser Directora de una Obra sumamente hermosa, pero nueva y no comprendida. Estos cinco años de mi vida nunca pasarán desapercibidos, pues en ellos recibió mi alma grandes gracias, grandes lecciones que me acercaron más y más a Dios y me llenaron de un amor inmenso para las almas, ya que tratando tanto con tantas jóvenes, me di cuenta de lo triste que es el alma de una joven que aparenta alegría, o de los tesoros de un alma que exteriormente es despreciable; ¡cuánto, cuánto aprendí en ese querido Instituto! Ved aquí, hijas amadas, una nueva muestra del amor de Dios para mi alma; siendo la menos capaz, la más indigna, me destinó ese lugarcito en el que iba a formar mi alma para la futura gran misión que me iba a encomendar. Démosle gracias y saquemos enseñanzas de todo; en todo está Dios que prepara, que forma, que cuida a sus pequeñitas sin que ellas lo sientan; que las llena de ricos caudales que más tarde serán luz para las almas. Esta vez también encuentro, como cuando fui presidenta, el paso de mis amigas y hermanas. Ellas me ayudaban, ellas me secundaban, ellas, en fin, fueron las primeras en rendirse a mi órdenes de Directora, ya que formaron el primer grupo de profesoras y alumnas. Cuántas oportunidades tuve entonces de admirar la humildad, la paciencia, [36] la alegría, la generosidad, la fidelidad de las almas que dándose a Dios, lo ven a Él en todo y en todos. 24
Yo que desde mis últimos ejercicios, comulgaba diariamente, confesaba cada ocho días y procuraba ser siempre puntual en hacer los pequeños actos que nos pedía Juventud: visitas, rosarios, mortificaciones, etc., sentía sin embargo una gran amargura en mi alma y un fondo de profunda tristeza que me hacía considerar todo como vano, como poco, como imperfecto. Sentía necesidad de tener alguien a quien decirle todo lo de mi alma. Monseñor Márquez, aunque seguía siendo para mí un padre cariñoso que diariamente visitaba al Instituto, seguía mis pasos, me sostenía en todo y vencía él mismo las dificultades, no se interesaba por el fondo de mi alma o aparentaba no interesarse; no recuerdo nunca que me haya preguntado si tenía director, si hacía oración, qué leía, etc. Yo me sentía alma muerta, llena de deseos y de pecados. Era una lucha continua, me sentía hipócrita, falsa y sentía que todo lo que hacía era sólo por hacerlo; no creía que mis actos fueran aceptos a Dios, y si me esforzaba por hacer el bien y por ser buena, era sólo como una máquina que trabaja porque es de buena calidad, pero no porque fuera nueva ni hiciera bien las cosas. Cuántas veces, después de un día de éxitos, felicitaciones, trabajos y aplausos, llegué a casa sintiéndome triste, más triste que nunca, y lloré casi toda la noche hasta que el sueño me vencía, y venía el nuevo día y entonces sentía tristeza de seguir viviendo y deseaba desaparecer para siempre. Sin embargo callaba. Aunque me confesaba siempre con el mismo padre, un religioso mercedario, nunca le abrí mi alma y él sólo me conocía por la confesión, pues yo no tenía tratos con él de ninguna clase, al grado de que después de confesarme con él por espacio de cuatro años, conocí su nombre entero el día que murió, pues lo conocía sólo por el Padre José. Recuerdo que un día que volví del Instituto a la una de la tarde, pregunté por mamá para saludarla [37] y me dijeron que estaba en la sala con Trini Hirzchmann y un Padre. Como papá estaba en cama, me quedé con él y luego di de comer a mis hermanitos, pues ya eran dos, Fernandino y Mari Lola que tenía a lo sumo cuatro años y que nació precisamente cuando yo pretendía entrar con las Reparadoras, pero que no me lo permitieron, pues una de las razones que daba papá, era que no había otra hija mujer en la familia. Entonces yo le pedí a Nuestro Señor que si su voluntad era la vida religiosa para mí, mandara una niña, a fin de que así desapareciera el pretexto que papá ponía y me pudiera ir de religiosa. Pronto nació Mari Lola. Acabé de darles de comer y ya eran casi las tres cuando volvió mamá riendo y toda roja, decía: “¡Ah qué Trini, ah qué Trini! empeñada en que sea yo la presidenta del Apostolado de la Cruz y el Padre dale y dale, y yo que no y él que sí... total que ni uno ni otro, pero algo se salió con la suya, pues siempre acepté un cargo de tesorera”... “Pero hija, - le dijo papá, ya es tardísimo, ¿cómo no los pasaste a comer? ¿Qué Padre es?” “Es el Padre que está viniendo a dar las distribuciones mensuales de la Familia del Espíritu Santo y del Apostolado de la Cruz; es muy enérgico y muy amable, pero muy tenaz; te digo que luchó para que aceptara, como no te imaginas, pero yo no sé de eso, qué voy a aceptar ese cargo; tan inútil, con tan mala memoria y además sin el tiempo necesario... Ya por fin consintió en que sea Tesorera”.
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Papá se rió mucho y le hizo broma a mamá, pues siempre ha tenido muy mala memoria y especialmente para las cuentas. Desde ese día mamá hablaba mucho del Padre Misionero y del otro Padre que iba primero, un jovencito (el Padre Felipe Torres), que predicaba muy bonito y que parecía una criatura. Fernandito iba siempre con mamá a las distribuciones y me decía. “El Padre joven predica como si fuera Jesús, muy bonito, me gusta mucho ir a [38] oírlo, y yo, si me hago sacerdote, seré de los del Padre joven, dicen que el Padre Director es un viejito que también ha venido y que habla como extranjero, es muy santo, muy santo, me lo ha dicho el Padre joven...” Mamá y Fernandito iban puntualmente cada mes a las distribuciones y siempre llegaban encantados, haciendo comentarios y enseñándonos las hojitas que les daban, sus distintivos, en fin, todo lo de esas dos obras. Yo oía y les preguntaba, pero nunca pensé pertenecer a ellas, pues para mí había solo la Acción Católica, tanto que ya me habían invitado mucho a pertenecer a la Congregación de la Inmaculada que tenían los Padres Jesuitas y yo no quería; me antipatizaba mucho ser de muchas asociaciones y estar metida en Iglesias y Sacristías y tener que andar hablando con éste y aquél sacerdote. Sin embargo, una vez que Monseñor Márquez nos dijo que debíamos pertenecer a alguna Congregación Mariana todas las socias de Juventud, muchas en seguida se inscribieron en la de la Inmaculada; yo no quise, pero le prometí a la Santísima Virgen que si me concedía salir de grandes penas interiores que tenía, sería yo socia de la Inmaculada. Mamá un día me dijo: “Ha preguntado el Padre por ti, aunque no te conoce, pero me dijo que todos aquí debían ser socios del Apostolado. Ya le dije que te iba a invitar de su parte, así que ve pensando y el mes entrante vas a recibir el distintivo”. Yo me impacienté y dije: “Ya sabes mamá que no tengo tiempo ni quiero, pues me basta con Juventud”. Mamá no dijo nada, pero siguió hablando mucho de las Obras de la Cruz y siempre encontraba yo el Boletín en mi buró, en mi escritorio o entre mis libros, cosa que me fastidiaba, pues no quería hacer sino lo que me pareciera, y me molestaba mucho pretendieran conquistarme o imponerse, por lo que, sin leer los boletines, los regresaba a las cosas de mamá o creo que alguna vez lo quemé, impaciente hasta donde más. Una noche fue Monseñor Márquez a cenar y le dijo a mamá: “Y ¿qué dice la señora Tesorera del Apostola[39]do de la Cruz?” Mamá rió y contestó disculpándose de lo mal que según ella lo hacía. Monseñor le preguntó por la obra y que cuántas socias eran, y después dijo: “¿Rica no tiene ningún cargo?” Yo callé y mamá dijo: “¡Qué va a tener, Señor, si ni siquiera desea ser socia. El Padre me pregunta por ella, la ha mandado invitar, y tan malcriada que no quiere ni aun ir a ver para saber si le gusta o no”... “Pero Rica, dijo Monseñor, ¿qué es eso?”... “Tiene usted que ser socia y ayudar a su mamá. Son obras hermosísimas, queridas por Dios. Yo quisiera que se extendieran por todas partes. ¡Si usted hubiera visto todo lo que Monseñor Ibarra trabajó por 26
esas Obras!..” Y empezó a platicarnos mucho de Monseñor Ibarra y de las Obras de la Cruz y de los Misioneros. “Son unos Padres muy santos, su fundador es francés, pero se considera mexicano y ama mucho a México. Ojalá lo trataran, es un santo, un santo!.. Y también los Padres que vienen. Con que mi buena Rica, nada de caprichos, hay que amar la Cruz y ser socias del Apostolado”... Yo protesté, reí, me defendí y luego callé, resuelta a no hacer lo que me decían, sino lo que yo quisiera. Mamá, que iba todos los días a la Iglesia de la Merced, se hizo de la Tercera Orden, y entonces ya no podía ir a la Misa de la Familia del Espíritu Santo, pues era el mismo día y a la misma hora, y resolvió ir a la Misa de la Tercera Orden y por la tarde a la distribución de la Familia del Espíritu Santo que estaba establecida, así como el Apostolado, en la Iglesia de Santa Catalina. Fernandito estaba muy afligido, pues no había quién lo llevara, y cuando mamá le dijo: “Vas conmigo a la Merced y oyes la Misa con tu distintivo como si fueras a Santa Catalina, y en la tarde nos vamos a Santa Catalina”... “Sí, -dijo él llorando, pero yo lo que quiero es oírle la Misa al [40] Padre Misionero, porque me gusta mucho como la dice, y estoy aprendiendo para cuando yo sea padre”... “Hijo, le contestó mamá, tienes que aguantarte, pues ya ves que no hay quién te lleve, porque tu hermana Enriqueta no quiere...” Yo que estaba oyendo, callé y no me ofrecí; pero cuando se llegó el domingo y vi que salía Fernandito con mamá y que iba lloroso, le dije: “Ven, yo te llevo, pero nada de llorar, qué es eso”...! En seguida se tranquilizó y nos fuimos a Santa Catalina. De esta primera Misa que le oí al R.P. Guzmán, no sé qué decirles, amadas hijas, pues llevaba un torbellino de ideas en la cabeza y un cúmulo de sentimientos en el corazón. La impresión que me hizo el Padre tampoco podría explicarla. Sólo sé que sentí en mí algo especial que me llevaba a él, y contra lo que yo estaba resuelta a luchar. Recuerdo muy bien que al recibir la Comunión de sus manos, sentí un fuego especial que me subió hasta el cerebro y me quemaba la cara; el Padre, al darme la Sagrada Hostia, me había mirado y yo sentí como la mirada que Jesús debe haberle dirigido a sus Apóstoles y a la Magdalena. Desde entonces, en vano luchaba por olvidar esa Misa y esa mirada; las traía dentro de mí y eran como una súplica, como un reproche. Por la tarde fui a la distribución. Mamá prudentemente calló y no hizo ningún comentario; pero se veía que tanto ella como Fernandito estaban satisfechos. Fernandito por la noche al darme un beso y rodearme con sus bracitos, me dijo: “El mes entrante también vamos, verdad Riquiña?”... Yo le dije: “Ya veremos, ya veremos”... Al mes siguiente también fui y llevé a Fernandito que quiso ir a saludar al Padre a la Sacristía después de Misa. Yo lo dejé ir solo, pues me daba vergüenza entrar a las Sacristías y hablar con sacerdotes. Al poco rato vino Anita Gallegos y se acercó a mí diciéndome que me quería conocer el Padre. 27
Yo objeté que ya era tarde, que mejor en otra ocasión, pero ella insistió diciéndome que de todos modos tenía que esperar a Fernandito y que además una presentación no requería mucho tiempo. [41] Me levanté pues, y la seguí a la Sacristía. Ahí me presentó al R.P Pablo María Guzmán, Misionero del Espíritu Santo, quien se me quedó mirando con su mirada penetrante. Yo bajé la vista y entonces él me empezó a hablar del Apostolado y en seguida me invitó a pertenecer. Yo no quería, él insistía, yo me negaba y él entonces me dijo: “Hasta estos momentos he suplicado, pero ahora con energía le digo que debe ser del Apostolado, pues si usted no cede y no acepta, se arrepentirá, porque Nuestro Señor le tiene reservadas grandes gracias que no recibirá si usted se niega”. “Bien, Padre, seré únicamente socia”, dije. “No, -me contestó,- tiene usted que ser celadora primaria”. “No puedo, no tengo tiempo, además no conozco la Obra”. El rió y me habló nuevamente de la Obra, del amor a la Cruz, etc. etc. Yo me seguí defendiendo y le dije que salía del Instituto a las seis y que las juntas eran a las cinco y que siempre tendría que llegar tarde. El entonces afirmó que no le hacía, que podía llegar tarde el día de junta, y me siguió hablando del Apostolado de la Cruz, de las almas que se dan a él, de las gracias que reciben, y luego, viendo seguramente que yo continuaba en mi actitud negativa, cogió a Fernandito por los hombros y poniéndolo delante de él, entre él y yo, le dijo: “Vamos a ver si este futuro Misionero sabe convencerla, -arrodíllate, le dijo a Fernandito, y ponte con los brazos en cruz hasta que acepte”. El niño hizo lo que le decían y yo entonces no sé qué sentí; se me llenaron los ojos de lágrimas que no pude ocultar. El Padre calló y luego, suspirando hondamente, me dijo: “Acepte, hija, piense en Jesús que es quien la está llamando”. Yo entonces dije que aceptaba ser socia y que después resolvería de lo demás, que me perdonara, pero yo no quería nada que me impidiera cumplir como socia de la Acción Católica y que lo iba a pensar. [42] Entonces el Padre levantó a Fernandito y le dijo: “¡Ah! Qué almas tan rebeldes! ¡Si conocieran el Don de Dios...!” Después nos bendijo, diciendo: “A la tarde venga para que reciba su cinta”. Yo asentí y salí de ahí con una serie de profundas y encontradas impresiones. Ante todo verdadero coraje contra el Padre que me había obligado a aceptar; mi soberbia se rebelaba, pues hubiera querido triunfar, y confieso que tuve el propósito de no asistir por la tarde y hasta recuerdo que cuando ya en la calle Fernandito me dijo: “Ahora sí, Riquiña, ya no tuviste más remedio que ser el Apostolado”..., yo me indigné y le dije bruscamente: “Seré si quiero, ¡qué se les ha figurado que haré lo que quiera el primer desconocido! Será muy santo y muy bueno el Padre, pero él para mí no es nada, pues yo haré lo que me parezca y tú ya te puedes callar”...! Amadas hijas, no os escandalicéis de este lenguaje tan descompuesto y lleno de ira y de soberbia de vuestra Madre! Escribo las cosas como fueron, pues temo que si lo hago en otra forma, no dejaré ver tal como fue también la obra de Dios en mi alma, que 28
verdaderamente fue obra de amor y paciencia, de amor y misericordia, de amor de Padre que espera, disculpa y acaricia al hijo amado, y que bondadosamente lo sigue esperando hasta convencerlo. Escribo también así, para que veáis una vez más la santidad y celo de nuestro Padre, pues fue con mi pobre alma tan paciente, tan humilde. Ayudadme a dar gracias a Jesús que nos ha acercado este ángel suyo y sacerdote muy amado. En cuanto llegué, le conté a mamá lo sucedido y ella dijo: “¡Ah, qué Padre! Ya se salió con la suya! Ya lo ves, hija”... Yo callé y no quise desayunar, sentía tanta contrariedad que no podía pasar nada... Estuve todo el día así y no fui por la tarde, pues además de mis deseos de no ir, estaba verdaderamente mala, me sentía llena de bilis y no fue hasta por la noche cuando pude tomar algo de leche. Mamá, al regreso de Santa Catalina me dijo: “El Padre me preguntó por ti, te manda saludar y desea que te alivies para que el mes [43] entrante puedas recibir tu cinta”. Yo no dije nada, pero sentí una verdadera vergüenza de mi modo de ser y deseé estar buena para que el Padre viera que no me oponía a recibir la cinta. Al día siguiente, lunes, era la distribución de la Familia del Espíritu Santo. Yo no fui a la Misa, pero por la tarde, a pesar de que me sentía un poco mal, quise ir. Hice el propósito de no ir a saludar al Padre. Sin embargo, él debió verme, pues terminado el rezo, me mandó llamar con Anita Gallegos. Yo le contesté a Anita que me dispensara, pero que estaba un poco mal y que ya me tenía que ir. “Es –me dijo- que no te detendremos mucho, sólo quiere saludarte y ahí mismo imponerte la cinta; recuerda que debía habértela impuesto ayer y ahora que veniste, de una vez quiere imponértela”. Yo le supliqué me dispensara y ella no insistió; pero cuando ya se volvía a la Sacristía, vino mamá y me dijo: “El Padre te ha visto y te está esperando”. “Sí –dije,- ya me lo dijo Anita, pero ya le mandé decir que me dispense, el mes entrante me recibiré, además no quiero ir a verlo y no iré”... “Haz como gustes, me dijo mamá, pero sábete que te estás conduciendo como una chiquilla tonta”. Se fue a la Sacristía y yo, temiendo ser juzgada como decía mamá, me levanté y al punto me fui tras ella, y con la cara muy descompuesta por el esfuerzo que tenía que hacer, saludé al Padre, lo más secamente que pude y él bondadosamente aparentó no notar nada y me dijo: “Qué gusto que vino, pues quiero pedirle perdón por mis imprudencias de ayer, y en prueba de que me perdona, va a aceptar este regalito que tengo para usted, y diciendo esto, sacó una cruz de plata con listón rojo y dorado y me dijo: Esta cruz le va a traer muchas gracias, ya verá, arrodíllese para que se la imponga, es su nuevo distintivo”. Yo que al ver la actitud serena y llena de dulzura del Padre, había sentido que se desvanecían como soplo todos mis sentimientos y malos propósitos, [44] caí de rodillas y por primera vez besé de todo corazón la Santa Cruz del Apostolado que en esos momentos el Padre me presentó y luego colocó sobre mi pecho, dándome la bendición.
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Después el Padre lanzó un hondo suspiro y luego, viéndome con mirada triste pero llena de ternura, me dijo: “Ah, hija, déjeme que la felicite, pues por esta Cruz le vendrán grandes gracias para su alma, ya verá!” Y luego, volviéndose a Trini que estaba ocupada en esos momentos, le dijo: “Trini, la hija de la Sra. Rodríguez ya es celadora primaria, ya le dirá usted qué debe hacer”. Yo entonces me despedí de todos y prometí hacer algo, aunque poco, pues ya lo sabía el Padre, era yo muy ocupada. Pensé en realidad ayudar en algo como celadora, pero después ya no me volví a acordar de ir a ver a Trini hasta que ella misma me mandó una celadora que iba a ser mía y una listita de otras celadoras que en la junta próxima me presentaría. Yo ya me había trazado un programa y era asistir a la Santa Misa y no quedarme después, sino venirme en seguida para evitar tener que hablar con el Padre. Asistir a la junta y a la distribución, pero no hablar una sola palabra ni saludar a nadie sino de lejos y salirme en seguida para así no entrar en conversación con el Padre ni con nadie. Ya estaba cerca la próxima junta, cuando recibí una cartita del P. Pablo en la que me mandaba mi nombramiento y me citaba para la próxima junta en la que me darían el diploma (8 de noviembre de 1932). Se llegó el día de la venida del Padre y yo fui el domingo a la Misa para llevar a Fernandito. Nos salimos en cuanto terminó la Misa y acababa de desayunarme, cuando me habló Anita Gallegos por teléfono diciéndome que el Padre le había dicho que quería hablar conmigo para arreglar lo de mi cargo, y que como iba a ir a su casa a las diez, me suplicaba fuera allá para ponernos los tres de acuerdo sobre mi cargo y el de Anita que era Secretaria o Celadora primaria. Yo con mucha repugnancia, me arreglé y como ya [45] era tarde, le pedí permiso a mamá y me fui a casa de Anita Gallegos. El Padre estaba en la sala con Anita; hablamos un rato de la Obra, de las celadoras, etc., y luego Anita pidió permiso y se fue, dejándome sola con el Padre. Yo me puse roja de vergüenza y de indignación, pues comprendí que Anita se había salido premeditadamente para que el Padre hablara conmigo.- Esto me sublevó, yo no quería hablar con él, y entonces me puse en pie para despedirme, pero él se quedó sentado y me dijo: “Siéntese, tengo que hablar con usted”. “Es –le dije- que ya tengo que irme, pues tengo una ocupación”. “Sí, se irá, pero ahora espérese un rato, se lo suplico, siéntese”. Yo me senté, era imposible desobedecer. Entonces el Padre empezó a hablarme de mi vocación; que él sabía que quería ser Reparadora. Del amor de Dios a las almas, de las gracias tan grandes que Dios derrama sobre los que le son fieles, etc. Hasta que poco a poco y sin yo sentirlo, se fue metiendo en mi alma, y sin yo decirle nada, él decirme todo, absolutamente todo lo que me atormentaba, que era mucho, y que yo tenía celosamente guardado, pues ni aun al Padre con quien me confesaba había yo dicho. Qué me dijo, cómo me lo dijo, qué le contesté y cómo le contesté, no recuerdo. Sólo sé que yo sentía como si fuera el mismo Jesús el que me hablaba, y una a una fueron desapareciendo todas mis prevenciones. 30
Por fin, no pude más, me solté a llorar como hacía tiempo no lo había hecho. El Padre esperó callado un rato y luego me dijo: “Yo sé que usted no tiene director, y vengo a suplicarle que lo tenga; su vida no es para que esté en el aire. Con la obediencia a un director sabrá pronto la voluntad de Dios para su alma. Yo le ofrezco mis pobres oraciones que son oraciones de sacerdote; no tema, el Señor está con usted y todo lo pasado no es sino una preparación para lo que va a venir, grandes [46] gracias para su alma y para muchas almas. ¡Animo, ánimo, ya verá qué feliz va a ser cuando conozca mejor la hermosa doctrina de la Cruz y se dé a ella, trabajando con mucho ardor en el Apostolado. ¿Qué opina de todo esto? “No sé, Padre, hace tantos años que no pienso en mí!... He tenido horror de entrar dentro de mí, lo he evitado, para qué pensar! Mi vida no tiene otro objeto que hacer lo que me pidan cada día y nada más. Ahora usted me ha adivinado cosas que yo a nadie había dicho y que ni yo misma me atrevía a escudriñar, estoy confusa, no sé qué decirle, voy a pensar un poquito, y mil gracias por todo, por la paciencia que me ha tenido, por las oraciones que me ofrece, Dios se lo pague!” Me puse en pie para irme y él también, y me dijo: “Arrodíllese para darle nuestra bendición; es una bendición que siempre produce efecto, la bendición del Espíritu Santo”. Me arrodillé y me dio la bendición de los Misioneros que por primera vez oí y que dejó en mi alma una paz profunda. Entonces el Padre, ayudándome a ponerme en pie, me dijo: “Si después de pensar esto que le he dicho, usted se resuelve a que yo sea su director o a cualquier otra consulta, puede verme en la tarde, antes o después de la junta, yo estaré allí.” “Muchas gracias, Padre – le dije – pero yo creo que no lo veré hasta el mes entrante, voy a pensar”. “Bueno, me dijo, de todos modos yo estaré en Santa Catalina en la tarde a sus órdenes”. Me despedí y me fui a la Iglesia de la Santísima a pensar en todo lo que habíamos hablado. Apenas me atrevía a creer que fuera cierto que alguien hubiera sabido todo el interior de mi alma, como el Padre me lo había dicho. Sentía cierto temor y al mismo tiempo un gran gusto, pues el secreto que tanto me pesaba y que donde quiera me acompañaba haciéndome todo amargo, ya no era secreto, ya no me pertenecía, y con esto sentía en mi alma un gran alivio. Una a una fueron pasando ante mí todas las gra[47]cias de Dios para mi alma, y una a una todas mis caídas, infidelidades y faltas; me maravillaba ver cómo Dios desde mi infancia había puesto cerca de mí guías que me hiciera sentir su presencia divina y que directa o indirectamente me condujeran siempre a un desprecio absoluto de todo para refugiarme siempre en Dios, que como decía la Santa Madre: “No se muda”... Realmente, en esos momentos sentía yo que el Dios que estaba en mí era el mismo Dios de mi infancia, el mismo de mi primera Comunión, el mismo de mi vocación religiosa, el mismo de mi vida de apostolado. Me sentía tranquila y como llevada suavemente por una fuerza dulce, pero irresistible al R.P. Pablo. Entonces vinieron a mi memoria los santos ejercicios del P. Urdanivia, sus consejos, sus palabras, y ya no pensé sino en buscar el sobre cerrado que tenía el escrito 31
de mi conciencia y entregárselo al R.P. Pablo como una prueba de que él era mi director, puesto por Dios desde siempre, y que ahora bondadosamente me hacía conocer y me acercaba suavemente, sin yo poder resistir y sin querer ya resistir. Salí de la Iglesia completamente serena y volví a la casa contándole a mamá que el Padre era un santo, que me arrepentía de no haberme acercado a él desde antes y que quería yo hablar con él y confesarme. Mamá rió y me dijo: “Ya lo ves, ya lo ves, siempre te pasa lo mismo; reniegas de una cosa y vas a caer en ella y te desvives por ella. ¿Qué te pasó con el Colegio? ¿Qué te pasó con Juventud? Y ahora a lo mismo. En fin, a ver si algún día escarmientas”... etc. Yo no hacía sino pensar en dónde estaría ese sobre que desde mis ejercicios no había vuelto a ver; me parece que habían pasado dos o tres años. Revisé papeles, cajas, cajones, y por último libros que tenía en abundancia, pues siempre fui muy aficionada a leer y casi siempre me regalaban libros o los compraba, y así, en mi ropero tenía tres tablas de libros y una de ropa, cosa de la que [48] siempre me hacían broma. Revisé libro por libro y por fin, dentro de uno que se llamaba “La Virgen prudente”, del Padre Dedocs y que había yo comprado por indicación del Padre Urdanivia, apareció el sobre que tanto buscaba y que ví y volví a ver, dándole vueltas. Al fin lo abrí, releyéndolo varias veces, y decidí resueltamente entregárselo al Padre. Lo guardé en mi bolsa, esperando la hora de la junta para llevárselo. En la tarde fui a la junta, a la hora señalada y el Padre ya estaba ahí. Me acerqué a saludarlo y le dije en voz baja: “Padre, le traigo un sobre con lo que escribí en mis últimos ejercicios de encierro y que guardé para dárselo a mi director”. Le entregué el sobre que el Padre guardó rápidamente en una cartera, diciéndome: “Está bien, gracias”. Yo me senté en una de las sillas que estaban dispuestas para la junta a esperar que entraran las celadoras que estaban en la Iglesia y algunas que aún no habían llegado. El Padre se puso de pie y pidiendo permiso, se levantó y se fue a otra pieza contigua, regresando al poco tiempo y dando principio a la junta. Cuando terminó el Padre me detuvo aparte y me dijo: “Ya leí su escrito, está bien: la acepto como hija espiritual, espero en Dios poder hacerle mucho bien a su alma. Pidamos mucho y sobre todo téngame mucha confianza; más adelante comprenderá que Dios da al director espiritual gracias especiales de estado, por las cuales conoce a sus almas y sabe formarlas acercándolas a Dios. “Ahora pensaré en usted, en su alma, que es tan amada de Dios, y sobre todo, la encomendaré de una manera especial en mis oraciones y en el Santo Sacrificio de la Misa. Ya hablaremos más detenidamente el mes entrante. Usted siga como siempre, confesándose cada ocho días, cumpliendo con sus deberes, y procure todos los días estar un ratito delante de Nuestro Señor, en adoración, para que se vaya acercando más y más a Él. [49] “No deje su Comunión y su Misa y prepare nuestra próxima entrevista, pues en 32
ella hablaremos mucho de Dios y de su alma. Ahora voy a darle una bendición especial y en ella la ofreceré a Nuestro Señor como hija mía para la gloria de Dios”. Me arrodillé, me bendijo y luego me despedí; el Padre me pidió permiso para conservar el escrito que yo le había entregado, cosa que desde luego concedí. A partir de entonces empezó para mí una nueva vida. Sentía mucha alegría al considerar que tal vez muy pronto se realizarían mis ideales y sería religiosa. Tenía esperanzas en que el R.P. Pablo me ayudaría a conseguirlo; no sabía cómo ni dónde, pero estaba segura de que algún día lo sería. Todo aquello que yo voluntariamente había enterrado, volvió a resucitar con fuerza y empecé a ver las cosas bajo otro aspecto. Sentía gran atractivo por todo, mucho interés por todo, y mi único pensamiento era aprovecharme de cuanto pudiera favorecer mi futura vida religiosa. Pasó el mes y vino el Padre que nuevamente me citó en casa de Anita Gallegos. Ahí, amablemente, me hizo hablar de toda mi vida pasada, principalmente de los años anteriores, hasta el día de mi vocación. Sentí que era comprendida y que muy fácilmente podría trabajar en mi formación interior. Todo lo que el Padre me proponía era fácil y sencillo y además lo veía tan necesario, que creo que aunque hubiera sido muy difícil, lo hubiera hecho. Me pidió que no dejara de hacer diariamente, por lo menos media hora de adoración; que no dejara de rezar siquiera una parte del Rosario diariamente. Me permitió seguirme confesando con el mismo Padre; se informó cuidadosamente de mi género de vida y me pidió un horario aproximado de todos los días de la semana; me dijo que lo hiciera por escrito y que se lo mandara por carta. Recuerdo que esa vez fue el Padre a comer a la casa por vez primera y que me hizo mucha impre[50]sión su sencillez, su confianza y su franqueza. Yo estaba sumamente cohibida, pero no cesaba de fijarme en todo lo que el Padre hacía, sus movimientos, sus miradas, todo se me quedó profundamente grabado, pues era muy distinto de otros sacerdotes. Me refiero a su fisonomía moral, ya que en lo físico no supe nada hasta que un día oí dar sus señas a una persona en la Villa de Guadalupe. Ahí me enteré de su estatura, su complexión, el color de sus ojos, etc. etc., todas aquellas señas que generalmente dan las personas para distinguir a alguien. Recuerdo muy bien que el Padre nos contó la historia de su vocación, algo de la vida de los Misioneros, mucho de las Obras de la Cruz; todo con mucha sencillez y naturalidad, interrumpiéndose frecuentemente para decir varias aspiraciones como éstas: “Qué bueno es Dios!..,” ¡”Cómo me ha amado la Santísima Virgen!...” “Para mí todo es la Santa Misa, en ella arreglo todo”... “No puedo estar tranquilo mientras no he hecho mi adoración”... etc. Cosas todas que nos revelaron el alma del Padre, toda llena de Dios y de amor a María y a las almas. En diciembre de 1932, recibí por primera vez carta del Padre como mi director. En ella se refería, aunque de una manera velada, a todo lo que ya habíamos hablado. Me encarecía que diera muchas gracias a Nuestro Señor por todas las bondades que 33
había tenido para mi alma y decía que no le negara nada de lo que El me pidiera. Siempre que venía el Padre a Puebla, cada mes, hablaba yo con él largamente; unas veces en casa de Anita, otras en la casa o en casa de Trini. Poco a poco fui conociendo su espíritu tan hermoso de Misionero del Espíritu Santo. Me maravillaba saber que su Congregación era fundación de México, que vivía el Padre Fundador, a quien conocía y amaba mucho, porque el R.P. Pablo no desperdiciaba ocasión de relatarme cosas de su vida. No me extrañaba por eso, que el Padre lo amara tanto y le estuviera tan sumiso. Yo deseaba mucho saber si había comunidad de mujeres para poder entrar en ella, pues me encantaba [51] ese espíritu de pureza, de sacrificio, de obediencia, de oración, y esa gran caridad que tenía el Padre y que como él, tendrían seguramente todos los Misioneros. Además me gustaba mucho el que fueran Misioneros; siempre me atrajo el apostolado. Recuerdo que en el Colegio había la Obra de la Propagación de la Fe y yo era siempre de las más entusiastas, recibía los Anales, leía todo lo de la Propagación y suspiraba de envidia al considerar a los religiosos y religiosas que generosamente se daban por los infieles. Conforme avanzaban los días, yo sentía nueva vida, hacía con regularidad y facilidad todo lo que el Padre me pedía: rezar al levantarme unas breves oraciones, hacer un pequeño examen de previsión, oír la Santa Misa, comulgar diariamente, hacer un rato de lectura espiritual, rezar el Santo Rosario; la media hora de adoración, que al principio se me hacía larga y hasta aburrida, fue pronto para mi alma una necesidad. Por la noche un breve examen y muchos actos de amor durante el día y aún por la noche si alguna vez despertaba.
1933 (52) En el mes de febrero recibí una carta del Padre desde San Luis Potosí, anunciándome su jira por los Centros y pidiéndome le escribiera a Zacatecas, cosa que hice con mucha vergüenza y brevemente. En ese mismo mes fue el Padre al ejercicio mensual de las Asociaciones y yo le consulté sobre mis ejercicios espirituales, pues me habían invitado a hacer unos en México con las Madres Reparadoras y además ya estaban anunciados los de la Congregación de la Inmaculada, a la que ya pertenecía, cumpliendo lo prometido desde la primera entrevista con el R.P. Pablo. El Padre me dijo que él estaba queriendo organizar unos y que me avisaría de ellos, o de algunos otros para que escogiera los que me convinieran. En marzo de 1933 el Padre me escribió anunciándome que los ejercicios que él iba a dar no se llevarían a cabo, pero me avisaba de unos en San [52] Felipe de Jesús. Yo me entusiasmé mucho y les pedí permiso en casa. Me lo dieron y me vine a México, hospedándome en casa de mi tía María Luisa S. de Ruiz, prima hermana de papá. Como los ejercicios eran para señoras y señoritas, iba con mi tía. Los dieron los RR.PP. Moisés Lira y J. Guadalupe Treviño, MM.Sp.S. 34
Desde el principio tenía yo el propósito de confesarme con el R.P. Pablo, pues no me había oído en confesión, y después, oyendo una de las pláticas del P. Treviño, pensé hacer confesión general, para lo cual me dirigí al despacho del R.P. Pablo y le pedí autorización para hacerla. Luego pregunté: “¿Con quién debo confesarme?” El Padre calló y me dijo bendiciéndome: “¿Cómo con quién?... prepárese y en la tarde estaré en San Felipe en el confesonario del centro, del lado derecho”. Aunque el Padre no me dijo nada, comprendí lo que era lógico hacer y así esa tarde, después de prepararme lo mejor que pude y con un temor y una vergüenza muy grandes, me acerqué al confesonario del R.P. Pablo. Me di a conocer y empecé mi confesión que fue para mi alma una especial gracia de Dios, pues sentí que realmente me “despojaba del hombre viejo”. Ya no guardaba ningún escondite para mi director y podía creer que verdaderamente él me conocía a fondo, y que a pesar de mis grandes pecados y miserias, se interesaba por mi alma; esto me llenaba de alegría y de agradecimiento. Recuerdo que escribí en una pequeña libreta todas mis impresiones, pues el Padre así me lo había pedido. ¡Oh Amor de Dios, siempre viejo y siempre nuevo! Para cada alma tienes nuevos matices y nuevas formas. ¡Con qué comparar esos días llenos de gracias, de luces, de ternuras y de amor! Sólo quien lo ha sentido puede comprenderlo! Yo, amadas hijas, no sabría explicaros todo lo que pasó por mi alma. Sólo sé resumirlo en estas palabras que os dirán todo: ¡DIOS! ¡AMOR!... De esos ejercicios comprendí que el director tan esperado, tan deseado por mi alma, era el R.P. [53] Pablo. Sentí para él una gran confianza, un profundo respeto y una necesidad apremiante de abandonarme a sus indicaciones, pues veía claramente en ellas la voz de Dios. Todo lo que él me pedía se me hacía fácil, y por nada me hubiera atrevido a desobedecerle, aunque no recuerdo que él me haya exigido nunca obediencia. Me dio muchos consejos sobre mi nueva vida: guardar reserva para todo lo que atañía a mi alma; no abandonar nunca mis ejercicios de piedad y practicar algunas mortificaciones y penitencias que yo misma le pedí hacer y él me concedió. Escribirle siempre que lo necesitara y escribir diariamente en alguna libreta el estado en que se encontraba mi alma. Sobre esto me advirtió: “Si insisto en eso y se lo pido, es porque, teniendo que verla sólo cada mes o más, es imposible que me dé cuenta de sus necesidades espirituales si usted no me las va diciendo diariamente”. Yo que al principio no quería esto pues fue algo que siempre critiqué mucho, sobre todo de chica en Francia, en que hay mucha costumbre de escribir el diario, accedí de buen grado, prometiéndome interiormente no releer ni una sola palabra de lo escrito que ahora difícilmente recordaría, pero que aseguro ser toda la verdad de mi alma. (Marzo de 1933). En abril que fue el Padre a Puebla, me recibí como socia de la Familia del Espíritu Santo; al día siguiente, lunes, fue el Padre en la mañana a verme al Instituto y me 35
felicitó por esta nueva gracia, diciéndome: “Esto es como una segunda Confirmación, pues en esta asociación se acrecienta en las almas el amor del Espíritu Santo”. Yo le dije al Padre: “Para mí será la primera, pues figúrese que creo que no estoy confirmada”. Y le expliqué cómo realmente así lo creíamos todos en casa, ya que no había testigos de lo contrario, ni sabía quién era mi madrina ni en dónde me habían confirmado. El Padre se interesó mucho por esto y me dijo que pusiera todo empeño en averiguarlo, pues de no [54] estar confirmada, podían confirmarme y sería muy hermoso lo hicieran el día de Pentecostés que era el 4 de junio. Prometí indagar. En mayo que fue el Padre, ya tenía yo certeza de que no estaba confirmada, pues el Excmo. Sr. Márquez bondadosamente había escrito a Guanajuato indagando y la contestación fue una confirmación cierta de lo que creíamos. Fui a ver al Excmo. Sr. Arzobispo Dr. Dn. Pedro Vera y Zuria, acompañada de mamá, le explicamos todo, nos hizo algunas breves preguntas y accedió a confirmarme el día de Pentecostés en la mañana en su Oratorio particular. Le pedí permiso para hacer un retiro, permiso que ya tenía del R.P. Pablo y me aconsejó lo hiciera con las Madres del Oasis. Como yo le dijera que no las conocía, me dio su dirección y me dijo les explicara iba de parte suya. El mismo me ofreció hablarles. Cuando el Padre Pablo llegó, yo le conté todo esto y él entonces me dijo: “¡Qué bueno que vaya usted con nuestras Hermanas! Son muy fervorosas, tienen un oratorio muy calientito y estará usted muy bien; yo la recomendaré y así tendrá usted oportunidad de conocerlas.” En seguida que el Padre regresó a México, yo fui a ver a las Madres de la Cruz. Tenía mucha ilusión de conocerlas; el Padre me había dicho que eran sus Hermanas y yo pensaba que tal vez ahí me quería Nuestro Señor. Llegué con mucho gusto y mucha pena, tanto que casi no podía hablar a la R.M. Superiora que me recibió y que era la única que llevaba hábito, pues las demás se lo habían tenido que quitar por la persecución. Monseñor Vera y el R.P. Pablo ya le habían hablado de mí y me esperaban con todo gusto el día 3 de junio, víspera de Pentecostés, a las nueve de la mañana, hasta las cinco de la tarde. El día 3 me presenté en el Oasis a la hora fijada. Me recibió la R.M. Superiora Rosa de María Armida. Me enseñó un horario en el que estaban señalados los tiempos en que podía yo estar en la Capilla, así como la hora de la comida, etc. Me dijo que si quería algún libro, cosa que acepté y me dio dos libros, ambos señalados en lecturas relativas a la Con[55]firmación y a Pentecostés. Me enseñó la Capilla y me suplicó les avisara si alguna cosa necesitaba. Recuerdo que al principio estuve algo distraída, pues era la primera vez que iba de retiro a una casa religiosa y además sentía mucha curiosidad por ver a las religiosas, lo que hacían, etc. Pero después no me acordé de nada, pues Nuestro Señor empezó a hacerse sentir en mi alma con tanta fuerza, que no pude seguir las lecturas ni los rezos, pues 36
sentía necesidad de pensar en mi vocación, y así fui de pensamiento en pensamiento hasta ver claro en mi alma. Entonces, lápiz en mano, escribí largo mis impresiones para mandárselas al R.P. Pablo. En este retiro pensé mucho y conocí mi vocación a una nueva orden religiosa que tendría un espíritu nuevo. Aunque no sabría decir más, esto es bastante para que comprendan que Nuestro Señor, una vez más, preparaba mi alma para darme a conocer su santísima voluntad. Salí tranquila y en seguida deposité mi carta, esperando el día en que pudiera yo hablar con el R.P. Pablo, pues comprendí que sólo él podría señalarme el camino, como director que era de mi alma. Del día de mi Confirmación hay poco que decir. Lo exterior duró a lo sumo quince minutos. En cuanto a lo interior, no sé, tal vez dura hasta la fecha, pues muchas veces he sentido en mi alma el mismo fuego, las mismas luces que sentí ese día tan hermoso y tan lleno de recuerdos de cielo. Mi tía María Luisa fue mi madrina y estuvo en Puebla con mi tío y mis primas. Asistieron a mi Confirmación mis papás y hermanos, mi tía Lupe Noriega y mi prima Cristina; Emma Ziegler que era entonces Presidenta de Juventud, Trini Hirschman, alguna de las muchachas Gallegos y no recuerdo quiénes más. Al terminar, fui con mamá y mi tía Luisa a saludar al Excmo. Sr. Vera y le di un ramo de flores que llevaba. El R.P. Pablo me escribió una carta muy hermosa felicitándome y dando gracias a Dios por mi confirmación, “gracia que será el principio [56] de otras muchas”... En ese mismo mes hizo la Primera Comunión una primita mía, Lupita Ruiz y Suárez, y nos invitaron a la ceremonia, (Junio 23, fiesta del S. Corazón de Jesús). Yo tenía muchos deseos de ir, pues además de que la quiero mucho, quería aprovechar la venida a México para hablar con el R. P. Pablo y ver si él me podía descifrar todas las incógnitas del día de mi retiro y confirmación. No dije nada, pero mamá se entusiasmó y papá también, y salimos para México el día 22 de junio, mamá, Fernandito, Mari Lola y yo. En seguida que llegué le hablé por teléfono al R.P. Pablo y quedamos citados para el día siguiente por la mañana en su despacho. Le supliqué a Lupita que pidiera mucho por mi intención en los momentos de su Primera Comunión. A las once, contando con el permiso de mamá, me fui a ver al R.P. Pablo que en seguida me hizo pasar y empezó por felicitarme por mi Confirmación, por mi retiro, y me pidió explicaciones sobre lo que le había escrito desde el Oasis. Se las di en cuanto pude, pues repito, había en todo muchas incógnitas, que gracias a Dios, el R.P. me fue aclarando hasta comprender la nueva Obra a la que Dios me llamaba. Recuerdo que al estar hablando, sentía yo en mi alma algo muy difícil de explicar y que era mezcla de dolor y de alegría, de una gran confusión, de grandes anhelos, de intenso gusto, de profunda admiración, de gran confianza. Muchas cosas me estaban aún ocultas, pero en todo creía, todo lo veía realizable, me sentía capaz de todo y no 37
me llamaba la atención el que yo hubiera sido escogida por Dios para una Obra tan grande que aun sintiéndola dentro de mí, no la conocía toda entera. Ya deben suponer cómo salí de ahí y qué sentiría y qué pensaría. Pero estos pensamientos pronto desaparecieron ante una idea dominante: “Es Dios quien todo lo hará, cómo, cuando y donde El guste. Yo soy un vil instrumento que debo callar y obedecer. FIAT! (CFR: Conferencia de Nuestra Madre, pág.61-TOMO IV: “sobre la historia de nuestra fundación”.- Relato detallado de la entrevista con N. Padre el 23 de JUNIO de 1933.- Por error, en ese libro dice “julio” en vez de JUNIO). [57] Desde entonces opté por no decir a mamá ni a nadie nada de mi alma. Procuraba ocultar las cartas que recibía del P. Pablo; hacía todo lo que se me pedía con sencillez y como cualquier persona, sin dar a notar nada de lo que había pasado y seguiría pasando con motivo de la nueva Obra, es decir los planes que sobre ella iba haciendo. El 14 de julio recibí una carta del R.P. Pablo felicitándome por mi santo y llamándome por vez primera “MADRE ESPIRITUAL DE MUCHAS ALMAS”. Inútil es decirles todo lo que yo sentía dentro de mí y cómo las cartas del R. Padre eran una nueva luz, una gran ayuda, un nuevo aliento para mi alma, que poco a poco se iba sintiendo más unida a Dios y comprendiendo más claramente las dulzuras del amor a la Cruz, de la devoción a la Eucaristía, de la doctrina tan hermosa y sublime de Santa Teresita del Niño Jesús sobre el abandono y confianza al Padre Celestial. Acerca de Santa Teresita quiero decirles que siempre le tuve gran devoción, desde la famosa guerra Europea, cuando todavía era Soeur Thérése de l‟Enfant Jesús, pues hizo entonces muchos milagros y todo el mundo en Francia la invocaba. A mí me enseñaron también a amarla. Esta devoción fue creciendo con el tiempo, pues fue ilustrándose más y más y robusteciéndose con grandes gracias que ella hizo a mi alma y a muchas almas, atendiendo a mis peticiones. Y seguía como siempre trabajando activamente en Juventud; tenía aún la dirección del Instituto, un Círculo de jóvenes obreras y empleadas los domingos por la tarde en la Parroquia de la Cruz; en general tenía todo el día ocupado en obras de Acción Católica. En todo esto no me olvidaba de lo que Dios quería de mí; me esforzaba por hacer todas las cosas para que pronto se realizara la Obra que poco a poco iba perfilándose y marcándose más y más en mi alma. Comprendía mejor las hermosuras del apostolado entre las almas; amaba las almas y me sentía feliz entre ellas. [58] En agosto de ese mismo año, el día 6, recibí carta del R. Padre, fechada el 5, en la que por vez primera me daba el hermoso nombre de CONSUELO DEL DIVINO PADRE. Realmente eso quiero ser, y en seguida le escribí al R.P. agradeciendo este nombre que llenaba todos mis deseos y suplicándole me ofreciera diariamente así: como un consuelo. Hacía poco que el P. Pablo me había hablado de un alma que él conocía desde hacía muchos años y que meses antes había cambiado algo por circunstancias diver38
sas que a él lo hacían sufrir mucho. Me dijo que si seguía por esos caminos, él la dejaría, ya no le haría caso, pues ya le había dicho mucho y a él no le gustaba la desobediencia. Yo sentí mucha tristeza por esa alma y me prometí pedir mucho por ella. Desde entonces siempre que iba el Padre a Puebla le preguntaba yo por esa alma. No conocía su nombre ni más detalles de su vida; pero sentía profunda pena por ella y más cuando un día me dijo el Padre que le había escrito ella una carta muy extraña, que él había roto, y que aunque ella le pedía contestación, él no pensaba dársela ni pensaba volverla a ver. Esto me lo dijo el Padre sumamente contrariado y yo comprendí que cumpliría su amenaza, cosa que me llenó de angustia y me hizo suplicarle tuviera paciencia y no abandonara a esa alma, pues yo creía que volvería, y le prometí pedir mucho por ella. Al mes siguiente el R. Padre me dijo que esa alma ya estaba acercándose, pero que todavía le faltaba dar el paso definitivo. Por fin me dio su nombre: Ana María Treviño Zapata. Me explicó algo de su casa y me instó para que siguiera pidiendo mucho por ella. El mes de diciembre de 1933, el Padre me escribió dándome la feliz nueva de que ya Ana María Treviño estaba acercándose más y más.
1934 (59) Yo tuve que ir a México en Enero de 1934 y entonces el P. Pablo me llevó a presentar el día 15 a Ana María, quien ya estaba en mi corazón desde hacía tiempo y que comprendí sería una ayuda mía en todo. Aún no se había dado completamente, pero ya estaba cediendo y muy pronto tuvo una explicación con el [59] R. Padre. Al fin dejó todo lo que le impedía acercarse a su vocación y ya pude contar con ella, escribiéndole una carta, que, según me dijo el P. Pablo en una suya del 15 de febrero, le había hecho mucha impresión y que esperaba en Dios ya se podría contar con Ana María para todo. Durante ese tiempo yo seguía trabajando con mucho entusiasmo en Juventud. Se había ido Monseñor a Roma en febrero de 1934 y con esto habíamos quedado todas un poco desorientadas, pero pronto volvería, se le esperaba en junio. Todas lo esperábamos con ansias y más yo que deseaba hablarle de la Obra, o mejor dicho que esperaba su venida para que el P. Pablo le hablara de la Obra. En marzo organizamos las del Apostolado de la Cruz unos ejercicios que hubiéramos querido fueran de encierro; pero que no se pudieron organizar así por la persecución religiosa, y entonces se arregló que fueran en la Iglesia del Hospitalito. Nos los iba a dar el R.P. Pablo y había yo invitado a Anita Treviño a que fuera, para lo cual le ofrecí la casa esperándola con ansias. Cuando fue el R.P. Pablo ese mes a las distribuciones de las dos asociaciones, me dijo que iban a ir a ésa al día siguiente domingo, unas muchachas que eran de una asociación del R.P. Moisés Lira, M.Sp.S., en día de campo, y que entre ellas había tres jóvenes que eran dirigidas suyas y a quienes quería presentarme; que se había citado con el P. Moisés en el Paseo Viejo, pues ahí iban a comer y que podía yo ir para pre39
sentármelas. Así lo hice y entonces me fueron presentadas Josefina Canchola, Guadalupe Fuentes y Guadalupe Rodríguez. En marzo se celebraron los ejercicios. El R.P. llegó con Anita Treviño el Viernes de Dolores. Yo ya tenía arreglada una pieza en la parte baja de la casa. Había puesto dos camas y estaba todo tan pobrecito, que me gustó darle el nombre de celdita. Hicimos nuestros ejercicios, los cuales fueron de mucho provecho, pues en ellos nos habló el [60] R. Padre de la vocación, de la fidelidad a la vocación y del amor al Padre, uniéndonos a la Sagrada Víctima. Antes de terminar estos ejercicios, me pidió hiciera una consagración a la Santísima Trinidad, que debía leer el último día de retiro a la hora de la Consagración. La hice y se la dí para que la aprobara. El Padre la aprobó y es la siguiente: “Oh Trinidad Beatísima! Con profunda reverencia me postro ante Ti y conmigo todas tus almas escogidas, tus pequeñas Misioneras Eucarísticas de la Trinidad, para darte gracias por la Obra que desde toda la eternidad dispusiste para nuestras almas, creándonos de la nada para Ti, infundiéndonos tu amor y rescatándonos con la Sangre preciosa que Jesús derramó en la Cruz por nosotros. “Quiero presentarme ante tu santísima presencia y ofrecerte todo mi ser y el de mis hijas, las que me has dado y seguirás dándome. Tuyas somos, tuyas queremos ser; sólo un deseo tenemos, darte gloria hasta el fin de los siglos, cumplir tu santísima Voluntad y ganar millares de almas que perennemente entonen cánticos de amor, de acción de gracias y de alabanza a Ti, oh Padre Eterno que nos creaste; a Ti, oh Espíritu Divino que nos conservas en el amor al Padre; a Ti, oh dulce Jesús, oh Salvador nuestro que en la Cruz nos restauraste a la vida de la gracia, volviéndonos al seno de nuestro Padre Celestial. “Inmaculada Virgen, sé nuestro modelo, Tú que fuiste la escogida entre todos por la Trinidad para ser la Madre de Dios, haz que pronunciemos con tu mismo acento las palabras de entrega total que pronunciaste ante el Ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí tu palabra.” “Henos aquí, oh Trinidad Santísima, queremos, al terminar el Año Santo en que se conmemora el XIX centenario de la Redención, consagrarnos y hacer una solemne promesa de fidelidad absoluta al amor que nos has demostrado, escogiéndonos y dándonos la misión de seguir las huellas ensangrentadas del Hijo, para dar consuelo al Padre y llevarle almas que lo consuelen. “En Ti confiamos, esperamos en Ti y te amamos sobre todas las cosas”! [61] -oDespués de nuestros ejercicios que fueron llenos de gracias, todavía se quedó en la casa unos días Ana María Treviño, en los que pudimos conocernos más y estrechar los lazos que desde entonces nos han unido, de amistad sincera, considerándonos como hermanas muy queridas en Cristo. Después de mis ejercicios en los que recibí tantas luces para mi alma y para la Obra, y de la Semana Santa que fue también de muchas gracias pues en esos días de profundo recogimiento y de íntima unión con Dios y con María, conocí con más claridad 40
las hermosuras de nuestra vocación y la grandeza de la Obra de Misioneras Eucarísticas de la Trinidad, empecé un diario en el que iba escribiendo todo cuanto iba conociendo y comprendiendo en tales días de silencio y meditación. Entonces comprendí la gran misión de las Misioneras y su hermoso fin. Ideé el hábito y precisé otros muchos detalles que ya vosotras conocéis, puesto que llevamos ocho meses de vivirlos. Notad, amadas hijas, la obra de Dios en las almas; las escoge desde siempre, las pone en el medio propicio, espera pacientemente la hora señalada, llama a la puerta; si el alma responde, Jesús entra y se apodera de ella para llevarla por donde El quiere. Pero ya véis cómo no una sola vez llama, sino mil veces, espera y hace que todas las circunstancias de la vida de esa alma la lleven por fin al sitio que El le ha destinado; para dárselo a conocer, escoge siempre el silencio, el recogimiento, la unión con El por el desprendimiento de todo. Entonces El habla. ¡Ah queridas hijas! ¡Si siempre supiéramos permanecer a los pies de Jesús, silenciosas, escuchando!... Os decía que después de estos días tan llenos de Dios, procuré vivir de todo lo que en ellos había pensado. Nuestro Señor que siempre es oportuno, me facilitó la ida a México y nos fuimos Ana María Treviño y yo. Allí pude dar a conocer al R. Padre Pablo todo lo que había pensado de la Obra y recibí sus luces [62] y sus consejos. Fui a la Villa y renové la consagración de la Obra que por vez primera había hecho el 12 de diciembre de 1933. A los pocos días volví a Puebla; seguí como siempre dedicándome a trabajar en Juventud, especialmente en el Instituto. Por disposiciones necesarias para el mayor bien de las clases del Instituto, disposiciones providenciales, hubo que cambiar la sala reservada para la dirección a otra pieza en el fondo de la casa. Esto fue para mí muy provechoso, pues podía estar perfectamente aislada y así guardar el recogimiento tan necesario para pensar y meditar en todo lo de la Obra. Luché mucho, apenas podía creer que pudiera en esta época fundarse una Obra nueva y mucho menos que yo fuera una de las escogidas para fundarla. Hubiera preferido ser religiosa en alguna otra Orden ya fundada; temía y me llenaba de angustia al pensar en la gravísima responsabilidad de una fundación. Ni qué deciros que, gracias a la obediencia a mi Padre y a la absoluta confianza que siempre le tuve, todas mis luchas se desvanecían y por fin sentí la confirmación de lo que yo había pensado cuando recibí por carta, el 3 de mayo de 1934, el hermoso escrito que ya conocéis, pues os lo he leído muchas veces, y que quiero sin embargo copiar. Dice así: “Amada hija en Cristo: “Escribo a los pies de Jesús Sacramentado, oculto en su Sagrario. Quiero decirle una palabra más para su alma, ya que Dios ha querido confiarla a mis cuidados. “Muchas veces, especialmente al hacer mi oración, he pensado en la Obra que el 41
Espíritu Santo le ha inspirado para la gloria divina. “Creo que ya es tiempo de que usted sepa de una manera categórica mi modo de pensar a ese respecto. “Creo pues, que en general, la Obra es de Dios. Digo en general, porque respecto a detalles, me parece que El deja cierta libertad para obrar. Parecería a primera vista, que dada la multiplicidad de Obras, una más sería inútil o poco oportuna; pero por lo que usted sabe y hemos hablado, creo que será de grande [63] utilidad para las almas y de mucha gloria para Dios. “Quiero pues alentarla a seguir su camino, sin detenerse por las dificultades que pueda encontrar. Haga mucha oración para que siempre conozca la voluntad divina. Lo que usted quiere para Dios, independientemente de todo, es algo tan razonable y tan debido, que nadie podría objetarlo razonablemente. “El fin general de la glorificación de la Trinidad con un colorido particular hacia la Primera Divina Persona imitando a Jesús en ello; “la forma de llevarlo a cabo no sólo en la parte espiritual sino en la estructura misma de la Obra, que vendrá a marcar un nuevo derrotero en la vida religiosa remediando graves necesidades actuales; “el solucionar prácticamente la forma de vivir la vida mixta con predominio de la contemplación; “el utilizar a todos los miembros que tengan el mismo espíritu aunque con tendencias diversas respecto a sus actividades; “el llevar a todas las ramas de ese árbol la savia vivificante de una vida Eucarística, supuesto que la Eucaristía aparecerá como el centro de todas las casas, a cualesquiera actividades que se dediquen; “el poder obsequiar los deseos del Papa relacionados con la Acción Católica en las comunidades religiosas, y obsequiarle en la forma más atractiva: ORACIÓN INTENSA, ACCIÓN MODERADA Y SACRIFICIO HEROICO; “ésas y otras muchas consideraciones que podría hacer y que de hecho haré cuando sea necesario, me convencen de que todo es de Dios y de que la Obra no sólo es laudable sino que se debe acoger con entusiasmo. “La tentación que a veces le ha venido de desaparecer, de vivir oculta, etc., debe usted rechazarla ante la manifestación clara de la divina voluntad. “Dios lo podría hacer todo sin usted, pero si Él quiere su cooperación en todas formas, ¿podría us[64]ted negársela? Sé que no le falta voluntad, sino que teme a los hombres. Rechace ese temor, pues Dios está sobre todos y nunca le faltará. Él lo hará todo, usted cosechará. “Que para eso le pida a usted sus sacrificios, es algo debido y que a usted le debe complacer. Sabe usted que va a sufrir pero que no va a ser derrotada. “El nos promete la victoria; pero no nos dice que sin combatir. Además usted lo que va a hacer es manifestar a Dios su buena voluntad y su OBEDIENCIA; lo demás Él lo resolverá. 42
“Vuelva pues a estrechar contra su corazón la Cruz que el Señor le presenta, y que su divisa sea la de aquel niño que usted admira, Guy de Fontgalland: SÍ A TODOS LOS QUERERES DIVINOS. “Hay, le diré para terminar, en la Obra, algo que es sublime, y es su color eminentemente SACERDOTAL. Puede decirse que ella estará formada EXCLUSIVAMENTE por almas sacerdotales. Esa forma en que se proponen honrar al Sacerdocio Eterno de Cristo, es sublime. Esa forma exquisita de practicar la caridad sacerdotal, debe regocijar al cielo y a la tierra. “Bastaría que en un puntito cualquiera de éstos se desarrollara la Obra, para tener las bendiciones del cielo y de la tierra. “Una cosa me parece INDISPENSABLE: LA SELECCIÓN ESCRUPULOSA de las almas que han de formar la Obra. Deben ser almas de grandes deseos; muy puras o muy purificadas; deben ser almas muy caritativas; deben escoger personas muy educadas o educarlas con esmero. NADA DE VULGARIDADES (AL MENOS EN DESEO). “Y ¿dónde encontrar esas almas? “Eso le toca a Dios, El las conoce, El las predestinó eternamente, El las irá reuniendo cuando sea necesario. Cristo las compró con su Sangre preciosísima; María con sus lágrimas y sus dolores íntimos; el Espíritu Santo las santificará para gloria del Padre, y El, viendo en ellas la Sangre de su Hijo, el amor de su Espíritu y los frutos fecundantes del dolor de María, las MIRARÁ COMPLACIDO Y SIEMPRE [65] SERÁN PARA EL SUS HIJITAS PREDILECTAS. Y esto no por ellas, sino por lo que costaron, por lo que representan, por su buena voluntad. “Será por tanto un ejército de almas pequeñitas, de buena voluntad, que se ofrecen para reparar las ingratitudes y ser la prolongación de Jesús en su amor al Padre, en su celo sacerdotal, en su pasión por las almas. “Mas ¿quién podrá decir lo que serán esas almas, lo que Dios quiere de ellas? “¡Que calle nuestra voz, para que en un silencio amoroso y solemne, comience a escaparse con dirección al cielo la plegaria de esas almas! “¡Comience usted, hable, que Dios quiere escucharla! Diga todo lo que su amor le inspire, lo que su gratitud le exija. Ame con el Espíritu Santo, ame con María, ame con el Corazón Sacerdotal de Jesucristo, y su plegaria llegará hasta el Trono de su Padre Celestial para consolarlo, para que perdone al mundo, para que nos mande la era de los santos y especialmente la de los SACERDOTES SANTOS. “Y ahora, como representante de Dios, como Padre de su alma, quiero bendecirla con una bendición especialísima que alcance a usted y a todas las almas que el Señor le dé hasta el fin de los tiempos. Esa bendición la saco del Corazón de Dios, de lo más íntimo de su Ser. Esa bendición será ante todo de Dios, pero también mía: “Las bendigo de todo corazón, amadas hijas, porque van a darle gloria a Dios, porque van a salvar muchas almas, porque van a comprar muchas vocaciones de sacerdotes santos. “Las bendigo porque en ustedes sentiré que se perpetúa mi anhelo inmenso de 43
darle gloria a Dios. “Las bendigo porque ustedes son hijas que nacieron en el dolor y como frutos de la OBEDIENCIA SACRIFICADA. “Las bendigo porque me ayudarán eternamente a darle gracias a Dios por mi vocación sacerdotal. [66] “Las bendigo porque ustedes realizarán ensueños de amor que yo abrigaba para mi Padre Celestial, para el Verbo Encarnado, para el Espíritu Santo y para María. “Y como miembro que soy de una Congregación que tiene por patrimonio la Pureza, quiero darles en herencia la Pureza, y para ello las bendigo con la bendición del Espíritu Santo. “Que el Espíritu Santo, fuente de toda pureza, os la comunique por medio de la Cruz y guarde vuestros cuerpos y vuestras almas puras y sin mancha. En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.” -oEsta bendición, que traía fecha 27 de abril, la recibí hasta el 3 de Mayo, aniversario de mi Bautismo y fiesta del Apostolado de la Cruz. Ese día precisamente había tenido yo grandes luchas y grandes dudas; temía no saber realizar la Obra. ¡Ya comprenderéis el estado en que me quedaría después de estas hermosas frases de consuelo y aliento y de confirmación a mi vocación! Cesaron las dudas, cesaron las luchas y ya no pensé sino en hacer lo que se me ordenaba: decir SI a todos los quereres divinos. Por varias circunstancias permitidas por Dios, después de varias entrevistas con la Srita. Aurora de la Lama que entonces era Presidenta de Juventud, el R.P. Pablo, en una de esas entrevistas le dio a conocer la Obra, por la que se interesó mucho y ofreció ayudarnos. Ya sabéis que mucho hemos deseado para la Obra esta hermosa alma; Dios sabe por qué no ha sido esto, pero sí creo que ella ha pedido muchas veces por nosotras y es una buena amiga. El 8 de Junio de 1934, llegó Monseñor Márquez de Europa; aunque yo ya tenía pensado ir a esperarlo hasta Veracruz, no pude hacerlo y solo fui con dos amigas hasta Apizaco. Ya comprenderéis las diversas impresiones que [67] sentí al ver nuevamente entre nosotros a tan buen Padre y también al pensar que su venida estaba ligada tan íntimamente a la Obra, pues ya habíamos acordado el R.P. Pablo y yo, que a su llegada, el P. Pablo le hablaría de la Obra, cosa que no pudo ser, pues como recordaréis, por disposición de sus Superiores, el P. Pablo tuvo que suspender sus idas a Puebla, y al darme la noticia de esa disposición, me daba el encargo de ser yo quien hablara de la Obra con el Señor Márquez, en cuanto lo creyera conveniente, cosa que hice a la siguiente semana de su llegada, el domingo 17 de Junio de 1934, en la mañana. Fui a casa de Monseñor, y ahí, después de mucho sufrir, pues tenía miedo y al mismo tiempo vergüenza de entrar en un terreno que tocaba tan directamente lo más 44
íntimo de mi alma. Por otra parte, no sabía cómo empezar, estaba casi segura de que Monseñor Márquez se iba a burlar de mí, no me iba a tomar en serio. Sin embargo le hablé y le dejé escritos en una hoja de libreta, los tres puntos de la Obra. A Monseñor le causó mucha extrañeza todo lo que yo le decía; no se esperaba semejante cosa; pero me oyó con interés, me hizo algunas preguntas sobre mis relaciones de dirección espiritual con el R.P. Pablo, sobre fechas, principio de la idea, etc. Se quedó con lo que le di escrito y me prometió pensar detenidamente y luego resolverme qué convenía hacer. En el mes de julio se resolvió Monseñor a ir a México para algunos asuntos; ya me había ofrecido hablar con el P. Pablo de la Obra y de nuestras conversaciones, pues aparte de la que tuve en su casa, tuve otra en el Instituto, en la que ya le pude hablar con más libertad y mayor amplitud. Monseñor estuvo con el P. Pablo cerca de dos horas y según el mismo Padre me dijo, habían hablado extensamente de la Obra en proyecto, así como de las idas a Puebla que se habían suspendido. Para el día de mi santo me escribió el Padre [68] una carta muy hermosa felicitándome, y me mandó por conducto de papá, una estatuita de Santa Teresita del Niño Jesús y un Santo Cristo de madera que era regalo de Ana María Treviño y de las otras tres jóvenes de quienes ya he hablado y con las que ya estaba en comunicación, considerando a todas como vocaciones de la Obra. Bien sabéis que han perseverado y que tenemos el consuelo de sentirlas con nosotras, todas muy unidas, en el Divino Corazón. Entonces, por razones de la persecución, teníamos en la casa el Santísimo, pues vivían con nosotras, aunque en los bajos de la casa, las Madres de la Cruz. Esto fue una nueva delicadeza de Jesús; comprendí que El quería estar conmigo en los momentos tan difíciles en que se iba a tratar de la Obra y en que me había quitado la ayuda de mi director, pues si bien seguía escribiéndome, era imposible tratar todo por carta, y más, asuntos tan importantes. Ya comprenderéis lo feliz que estaría yo con la permanencia de Jesús y veréis una vez más cómo El ha sido quien todo lo ha hecho en la Obra. A fines de julio se fue el Sr. Márquez, que era Obispo electo, a hacer sus ejercicios en México, pues iba a ser consagrado el 12 de agosto. Por una nueva disposición providencial, fue a hacer estos ejercicios en Coyoacán, en la misma casa en que estaba entonces el P. Pablo. Esto facilitó las cosas, ya que el Padre pudo hablar nuevamente con Monseñor Márquez y recibir muchos consuelos en estas entrevistas que naturalmente iban encaminadas a la realización de la Obra. Así me lo hizo comprender una carta del Padre Pablo en la que además me hablaba de una joven italiana: Rinda Curzzio, que él había conocido en Roma, muy apostólica, y que él creía llamada por Dios para ayudarnos en alguna forma en la Obra, en lo futuro. Me daba su dirección y desde entonces entré en comunicación con esta simpáti45
ca y hermosa alma que esperamos sea de las nuestras o al menos una poderosa ayuda cuando el Señor lo disponga. Al terminar sus ejercicios el Excmo. Sr. Márquez, lo fue a saludar Anita Treviño (agosto 7 de 1934). Por consejo de Monseñor, el R.P. Pablo, que ya había pensado y deseaba mucho poder hablar con el [69] M.R.P. Félix de Jesús Rougier, Superior General de los Misioneros del Espíritu Santo, logró tener una entrevista en la que se aclararon muchas cosas, y en la que por primera vez le dio a conocer la Obra y le habló de mí (7 de agosto de 1934 en la mañana), ofreciéndole presentarme con él lo más pronto y presentarle un escrito sobre la Obra, en el que pudiera ver sus fines y medios. El R.P. Pablo me escribió encargándome hiciera el escrito y avisándome que irían a la consagración de Monseñor Márquez, Ana María y Josefina, como en efecto fueron. Unos días después llegó también Lupe Fuentes y estando todavía ella, que había ido a pasar diez días de vacaciones, llegó con unas tías y su hermana Lourdes, Lupita Rodríguez. Pasamos días muy felices hablando de nuestros proyectos, de nuestros deseos, de nuestras ilusiones, que creíamos pronto cristalizarían. Como estaba anunciada la ida a Puebla, para la consagración de Monseñor Márquez, del M.R.P. Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S., le pedí autorización al P. Pablo para hablar con él y tratarle lo de la Obra, autorización que me fue concedida, pero Dios había dispuesto las cosas de otro modo, pues el M.R.Padre no fue y se aplazó mi entrevista con él. Me resolví a ir a México, contando con la autorización del P. Pablo, pero no sabía cómo pedir el permiso en casa y justificar mi viaje ante las de Juventud. Fui pues a ver a Monseñor Márquez, quien aprobó mi ida, pues él también quería que el P. Félix conociera lo de la Obra. Al indicarle yo que no sabía cómo pedirle el permiso a mamá, puesto que ella no estaba enterada de la Obra y no me atrevía a decírselo todavía, (aunque sí lo haría, me costara lo que me costara, si Monseñor así lo creía conveniente), Monseñor me dijo que debía esperar, pues no sólo debía hacerse lo que más costara, sino lo que fuera además de mayor provecho, y que él creía que por ahora convenía seguir ocultando todo. El temía se disgustaran en casa y entonces yo no tendría ya libertad para nada. [70] Monseñor entonces me dijo: “Usted va a ir a México porque yo la voy a mandar; va usted a ver a Sofía del Valle para preguntarle qué debemos hacer en caso de que sea descubierto el Instituto, etc. etc. Y le va usted a suplicar a su mamá que guarde reserva sobre este viaje y el asunto, pues no conviene alarmar”. Yo comprendí que esto era sólo un pretexto, no había necesidad de tal consulta ni de tal viaje. Esta delicadeza de Monseñor me conmovió mucho; comprendí que me quería ayudar. El me dijo entonces que en el camino fuera leyendo un libro que me prestó y que eran las Constituciones y Reglamentos de una Comunidad religiosa; y me dijo que lo leyera con toda atención y pensara bien las ventajas, pues si lo que traía entre manos no se realizaba, tal vez podría gustarme esa otra Congregación.
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En cuanto llegué al medio día a la casa, le dije a mamá lo que me había dicho Monseñor. Ella aceptó mi viaje y me dijo que en la noche pidiera el permiso por teléfono a papá que estaba en México y que en la casa dijera que iba a México a pasar el santo de mi tía Luisa que era el 25 de agosto. Me fui pues el 24 en la tarde, llevando ya hecho el escrito que redacté, con el fin de presentárselo al M.R.P. Félix. Me acompañó María Guadalupe Fuentes. Al llegar, nos estaban esperando Ana María, Josefina Canchola, uno de mis hermanos y una hermana de Lupe. Fuimos a dejar a Lupe a su casa y después nos fuimos a la casa. El R.P. Pablo me dijo que ya estaba arreglada la entrevista con el M.R.P. Félix para el día siguiente a las nueve de la mañana y que como él quería presentarme, que ya le había avisado esto al M.R. Padre. Así que él mismo me llevaría. Le dí el escrito para que lo leyera y si lo aprobaba llevárselo al P. Félix. Ya os imaginaréis lo feliz que estaría y al mismo tiempo asustada. No tenía temor a otra cosa sino a no saber ser instrumento apto. Comprendía que Dios lo iba a hacer todo, pero valiéndose de ésta su sierva. Además tenía vergüen[71]za de hablar con el M.R. Padre; comprendía que íbamos a tener que entrar en detalles que atañían a mi alma y nunca me ha gustado abrir esta puerta. Aunque dormí muy bien, ya muy de mañana estaba yo despierta y me fui en seguida a la Iglesia de San Rafael. Quería, en este acto de tanta trascendencia, estar muy unida a la Divina Voluntad. Así pues, hice una breve consagración y después de oír la Santa Misa, comulgar y hacer mi adoración, volví a la casa para estar dispuesta a la hora señalada en que debía venir el P. Pablo por mí. Al llegar él, me entregó el escrito y me hizo corregir algunos acentos y comas que faltaban, y luego me dijo que podía entregárselo al M.R.P. Félix y que estuviera tranquila, pues sólo quería la gloria de Dios; que además él había puesto el escrito sobre el altar en que acababa de celebrar, encomendando esta entrevista de tanta importancia. Cuando llegamos, salió un joven moreno, bajito, de sonrisa muy amable, quien nos dijo que el M.R.P. estaba ocupado con unas religiosas, pero que ya nos esperaba, que tuviéramos la bondad de esperar un momentito. El P. Pablo le preguntó que si podíamos pasar a la Capilla, a lo que accedió desde luego. “Este joven -me dijo el Padre- es el Hermano Agustín, enfermero de nuestro Padre, y siempre está con él”. Pasamos a la Capilla que estaba acondicionada en un corredor encristalado de la casa en que por entonces estaba el M.R.P. Félix, escondido a causa de la persecución. Al poco rato nos avisaron que podíamos pasar; entramos a una gran sala de cor47
te antiguo, época Porfiriana, en la que estaba el M.R. Padre esperándonos en pie; al vernos llegar se adelantó. El P. Pablo le besó la mano y le dijo: “Nuestro Padre, aquí está Enriqueta, de quien ya le he hablado”. Yo me adelanté y pronuncié mi nombre, aunque en voz tan baja, que casi ni yo misma me oí. La verdad era que me imponía la gravedad del lu[72]gar, de las circunstancias y sobre todo la persona de ese gran santo. El R.P. Pablo me tomó del brazo y suavemente me llevó hacia delante diciéndome: “No tema, hable fuerte porque Nuestro Padre no oye bien”. Nos sentamos y el P. Pablo se despidió arrodillándose y pidiendo la bendición al M.R. Padre. Después se despidió de mí y dijo: “Ya me voy, ahí la dejo, hable todo lo que quiera, yo me voy a Coyoacán”. Estuve casi una hora con el M.R.P. Félix, hablándole de toda mi vida, de mi vocación, de la Obra. El me oía con toda atención, haciéndome preguntas, diciéndome frases de aliento. Le gustó mucho la Obra que dijo daría MUCHA GLORIA A DIOS, y a la que llamó “LA GRAN OBRA”. Me ofreció hacer las Constituciones cuando fuera necesario; me animó mucho y me dijo que no me apartara de Dios nunca. Me dijo: “Muy unida a Dios y al Padre Pablo su director”. Después me dijo que me esperara pues quería mandarle a Fernandito un retrato de la Apostólica para que viera todos los niños y se animara más. Volvió al poco rato con el retrato y una hoja de la Obra de Oración y Caridad, en la que escribió unas palabritas para mí. Me despedí y él me bendijo poniéndome una mano en la cabeza y otra en el hombro, con la que me daba palmaditas y me decía: “Enriqueta, hija mía, mi hija, mucha oración, mucha oración”. En cuanto salí, le hablé por teléfono al R.P. Pablo a Coyoacán. Quería pedirle me recibiera; necesitaba contarle todo. Fui a verlo y le referí lo de la entrevista. Estaba con él Ana María, quien en seguida me abrazó felicitándome, así como el Padre Pablo. Ya estaba dado otro gran paso en la Obra, y teníamos la opinión favorable de un Santo y la promesa de su ayuda. El P. Pablo estaba muy contento, pues decía que para él no había mayor felicidad que ver que sus Superiores aprobaban una cosa, ya que veía en esa aprobación la aprobación de Dios. [73] Fuimos a dar gracias a la Capilla. Recuerdo muy bien que el Sagrario tenía un conopeo rojo y el P. Pablo, señalándomelo, me dijo: “MIRE, ASÍ DEBEN SER USTEDES, COMO LLAMAS QUE ARDAN JUNTO AL SAGRARIO”. De ahí me vino la idea de que nuestro hábito fuera rojo.
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Me despedí, pues era el santo de mi tía Luisa con quien estaba yo y teníamos que ir a comer fuera de la casa. Como yo me iba a ir hasta el sábado, quedamos citadas para el domingo, en casa de Anita, a fin de contarles a todas lo de la entrevista y leerles el escrito que yo le había entregado al M.R. Padre Félix y que decía así:
Algunos puntos sobre la Obra de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. (74) -El por qué de su nombre.- (74) “Siendo esta Congregación de Religiosas que practiquen la vida mixta, nada más propio me parece que llamarlas MISIONERAS. “En efecto, este nombre encierra el espíritu de apostolado, tanto en el campo de la vida activa, como contemplativa, pues si misionar quiere decir: „llevar una misión‟, aquí en el nombre de Misionera tendrán todo el apoyo en sus trabajos, puesto que uno de sus fines: „Rendir un culto constante interior y exterior de adoración, acción de gracias, reparación e imploración a cada una de las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad‟, será su misión, o sea lo que lleven del altar, de la Eucaristía a las almas; de las almas al altar. Serán pues, Misioneras. “EUCARÍSTICAS, porque su vida eucarística, señalada ya, puede decirse, en el punto anterior, puesto que ese CULTO lo rendirán sobre todo en su unión íntima y perfecta con Jesús Hostia, no sólo en la recepción diaria de su Cuerpo, sino en su inmolación total hecha en sus adoraciones ante el Santísimo Sacramento. La Eucaristía será el centro de vida en todas sus casas. “Y muy natural es que rindiendo culto a las Tres Divinas Personas, sean MISIONERAS EUCARÍSTICAS [74] DE LA TRINIDAD. “Su espíritu: ORACIÓN INTENSA, ACCIÓN MODERADA, SACRIFICIO HEROICO. “Siendo almas sacerdotales, deben alimentarse en la oración, de la savia de la Iglesia, para dar de lo que sobreabunde a las almas. Por eso su acción debe ser moderada, a fin de que lo principal en su vida sea la oración. “SUS FINES: Primero y principal: Rendir un culto constante, interior y exterior, de adoración, acción de gracias, reparación e imploración a cada una de las Divinas Personas de la Santísima Trinidad, en unión con la Víctima de nuestros altares, muy especialmente en favor de los Sacerdotes y por los fines que la Iglesia les señale por medio de sus Pontífices. “Segundo: El ejercicio del Apostolado en la forma más necesaria al bien de la Iglesia, especialmente en la formación de las Dirigentes de la Acción Católica, conservando en el ejercicio de este apostolado el espíritu del Instituto: Oración intensa, Acción moderada, Sacrificio heroico. “Tercero: El fomento de las Obras sacerdotales, especialmente de aquéllas que piden por los sacerdotes difuntos.
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Algunas explicaciones sobre estos tres puntos. (75) “PRIMERO: LO LLAMO PRINCIPAL, porque los otros dos están tomados, puede decirse, de este primero. “Cuando digo: „culto interior y exterior‟ me refiero a los dos aspectos de la vida mixta, o sea la contemplación y la acción. “Siendo su vida eminentemente Eucarística, es natural que sus intenciones sean las mismas que las del Sacerdote en el altar, o sea la adoración, la acción de gracias, la reparación y la imploración, puesto que en esto se encierra el culto que se debe a Dios y que no es otro que el que le rindió Jesucristo aquí en la tierra. “Digo que muy especialmente por los sacerdotes, porque en manera alguna este culto será exclusivo por ellos, sino sólo especial, ya que siendo ellos la vanguardia de las almas, es preciso que sean dig[75]nos y que ya que ellos recibirán la primera mirada de Dios, que esta mirada caiga sobre ellos como sobre un espejo, a fin de que por ellos se refleje a todas las almas. “Al decir: „Por los fines que la Iglesia les señale por medio de sus Pontífices‟, he pensado que siendo varias las necesidades de la Iglesia y siempre diversas, puesto que van con los tiempos, es necesaria la absoluta sumisión a los Sumos Pontífices, a fin de que su apostolado se acomode a esas necesidades y se cumpla con mayor eficacia y provecho. “SEGUNDO: Me parece que la Acción Católica es el campo más apropiado para desarrollar parte de sus actividades, pues siendo una necesidad de todos los tiempos, pero estando recomendada especialmente por el actual Pontífice, ahí el primer paso en la obediencia. “Si señalé especialmente en la formación de Dirigentes, es porque salta a la vista que las falanges todas de la Acción Católica se moverán como sus jefes lo quieran y para que este movimiento sean en todo según los fines de la Acción Católica, estos jefes deben estar perfectamente formados, cosa muy difícil, casi imposible sin una cooperación eficaz, puesto que quienes pueden formarlos, los Obispos y los Sacerdotes, apenas se bastan para la administración de los Sacramentos y la predicación del Evangelio. “Conociendo sin embargo prácticamente el terreno de la Acción Católica, hago la advertencia: „CONSERVANDO EN ESTE APOSTOLADO EL ESPÍRITU PROPIO DEL INSTITUTO,‟ pues temo que una demasiada actividad cause detrimento a la vida interior, a la vida contemplativa. “TERCERO: la mirada de Dios está siempre sobre sus sacerdotes y las gracias que derrama sobre las almas son consecuencia de esta mirada; de ahí la necesidad de la santidad del sacerdote, a fin de que las gracias para las almas sean mayores y más abundantes. “La misión del sacerdote no termina sino con la de Jesucristo, hasta el fin de los tiempos; [76] mientras haya una sola alma por salvar; por eso no sólo alcanzan gracias los Sacerdotes que están en la tierra sino los que gozan de la visión beatífica. Es necesario rogar no sólo por los Sacerdotes que están en vida, sino también y muy especial50
mente por los difuntos, para que ellos sean nuestros intercesores y alcancen gracias para las almas. Algunas ideas para la práctica de todo lo dicho. (77) “Se deduce que para esta misión deben escogerse almas muy puras o muy purificadas; estará formada, puede decirse exclusivamente por almas sacerdotales de grandes deseos, muy amantes del altar, de vida interior muy intensa. Almas que practiquen en grado heroico la caridad, almas exquisitamente delicadas, educadas con esmero. “Es preciso evitar toda vulgaridad, todo aquello que en lo más mínimo hiera los sentimientos más delicados de Jesús. El modelo será siempre Cristo en su vida privada y pública, Cristo que se dio todo entero por la salvación de las almas, Cristo que se ofrece Víctima ante el Padre y le presenta todas sus Obras. Sobre la vida activa de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. (77) “PRIMERO.- Ofrecimiento de todos sus actos por la santificación de los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales y por los sacerdotes difuntos. “SEGUNDO: Facilitar a las Dirigentes de la Acción Católica la vida de formación, principalmente religiosa, organizando retiros, ejercicios espirituales, conferencias, círculos de estudio, etc. todo aquello que es necesario para formar a un perfecto miembro de Acción Católica. “Tendrán Academias nocturnas con el fin de dar a las clases trabajadoras, la formación necesaria, según los Estatutos de la Acción Católica, es decir formación religiosa, moral, cultural y social. Formarán además, por medio de socios cooperadores, una biblioteca de lecturas dirigidas, con libros de Religión y Acción Católica. [77] “En sus misiones y en todas sus obras de apostolado, su mira será dar a conocer la Obra de Acción Católica. “TERCERO: Buscarán cooperadores que con sus oraciones y limosnas ayuden a la fundación de Misas perpetuas por los Sacerdotes difuntos, auxilios especiales a los Sacerdotes enfermos, V.gr. medicinas, alimentos, etc. Ayuda especial a los Seminarios con oraciones y limosnas para las vocaciones sacerdotales y arreglo de todo lo relativo al culto en sus Oratorios y Capillas. “Cuando cuente la Obra con suficientes miembros, fundará Colegios para niñas hasta terminar su instrucción y para niños hasta los doce años; en unos y en otros su mira será fomentar el espíritu apostólico sacerdotal. “En las niñas dándoles instrucción esmerada religiosa y litúrgica, a fin de que conozcan todas las principales ceremonias del culto y comprendan su significado, haciéndolas comprender la altísima dignidad del sacerdote y la necesidad de rogar por su santificación. “Tendrán a su cargo por lo menos algunas el Obrador en el que se renovarán y arreglarán los ornamentos y ropa de las Iglesias y Oratorios. “En los niños, dándoles también una formación muy especial litúrgica, a fin de que sepan ayudar al sacerdote en todas las ceremonias litúrgicas en las que les sea 51
permitido tomar parte, V.gr. la Santa Misa, etc., haciéndoles también que cooperen con sus oraciones y limosnas al fomento de vocaciones sacerdotales, enseñándoles el Canto Litúrgico, a fin de que sean ellos quienes formen los coros y orfeones para las Iglesias.” -o-o-o-o-oAl día siguiente o a los dos días, yo salí nuevamente para Puebla, volviendo a mi vida de siempre como Directora del Instituto. Hice al Señor Márquez un relato de lo sucedido, quien lo oyó con mucho interés y me puso algunas objeciones y se mostró un poco en contra de la [78] Obra; yo creo temía fuera todo una ilusión y una idea nueva irrealizable. Mamá, prudentemente, no preguntó nada. Entonces empecé a sentirme muy mal; lo achacaba todo a las impresiones y al mucho trabajo y preocupaciones del Instituto que cada día estaba más floreciente y por lo tanto requería más vigilancia y más cuidado. Por fin, el cinco de septiembre de ese año, 1934, caí en cama bastante mal, y un doctor que fue consultado, ya que nuestro médico estaba radicado en México, diagnosticó principio de ictericia. Esta enfermedad fue en aumento y como no mejorara, se me ocurrió hacer una novena de preparación para la fiesta de Santa Teresita, y dando a conocer mi idea al P. Augusto Leyva, Profesor de Filosofía del Instituto, y quejándome con él de la falta de Comunión, me ofreció traérmela durante los nueve días. Casi todo el día lo pasaba en cama; durante ese tiempo meditaba mucho en mi vocación, en la Obra, en Dios, y pensaba que tal vez no me aliviaría nunca y que esta enfermedad era una señal de que Dios no quería que la Obra se hiciera. Con esta idea le pedí a Santa Teresita que si la Obra era de Dios, me alcanzara el alivio. Durante la novena, papá, inquieto, consultó a nuestro antiguo médico, quien mandó se me cambiara el método y las medicinas; empecé a mejorar a tal punto, que pude levantarme más tiempo y aun salir un poco de la pieza. Mientras tanto, habían pasado las Asambleas y yo que ya tenía permiso para ir a México a la Asamblea General, tuve que desistir, pues estaba en cama. El Instituto se había quedado encomendado a Guadalupe Rivero Caso, mi antigua y buena amiga, quien hacía todo lo posible por quitarme aun la menor preocupación. El 3 de octubre, fiesta de Santa Teresita, nos avisaron que el Colegio Teresiano estaba siendo cateado. Mamá se fue en seguida y volvió alarmada. Tenían orden las Madres de desocupar en 48 horas y las alumnas se oponían y se preparaban, ayudadas de sus familiares y amigos, a resistir a la fuerza armada. [79] Hubo tiros y golpes; yo no podía salir, pero presenciaba todo desde la azotea de la casa, pues el Colegio estaba a espaldas. Por fin salieron las Madres, después de luchar por cuantos medios era posible, y ya os imaginaréis la pena que esto sería para mí que había vivido años tan felices al calor de mis buenas Maestras. 52
Al día siguiente recibí una carta del R.P. Pablo que venía a acallar todo lo que pensaba yo interiormente, esto es, lo difícil, peligroso y poco oportuno que era la realización de la Obra, debido a la persecución y demás circunstancias en contra. Como comprendo que os gustará leer una carta tan hermosa y que fue para mí tan consoladora, quiero copiarla para que veáis cómo el buen Dios está siempre pendiente de sus almas y les va dando lo que éstas van necesitando y por los conductos que El escoge, casi siempre el Director. La carta venía con fecha 3, fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús y decía así: “Muy amada hija en Jesús: “Quiero darle por escrito las impresiones que tuve en la Segunda Asamblea General de la J.C.F.M. “La idea saliente que me acompañó en esos días, fue la de que sus planes respecto al porvenir de tan grandiosa Obra, están perfectamente encuadrados en el plan sapientísimo que la Iglesia va señalando a la Acción Católica. “Las almas se nos escapaban y la Iglesia, que es Madre, no podía resignarse a perderlas. Para eso hace un llamamiento a sus Sacerdotes y a las almas que sienten cariño por las virtudes sacerdotales. Hace un llamamiento a los seglares para que, unidos al Sacerdocio, ya que toda salvación debe obrarse por el Sacerdocio, asocien sus actividades hacia el fin supremo de la gloria de Dios y la salvación de las almas. “Pero es evidente que las grandes Obras no se hacen sólo con buena voluntad, se requiere preparación, constancia y sobre todo santidad. De [80] ahí que la Acción Católica comience por preparar a sus socios, por irlos formando en ciencia y virtud, ya que su misión de apóstoles les exige ambas cosas para llevar la luz y el amor a otras almas. Y si esto es necesario en general, ya podemos asegurar que lo es sobre todo para aquellas almas escogidas que deben ser las Dirigentes en la Acción Católica. “Con razón el Papa ha dicho que debe darse la preferencia a la formación de Dirigentes: „Nos agradó, dice en su carta al Cardenal Patriarca de Lisboa, - el propósito de querer comenzar tal empresa con la preparación de buenos elementos dirigentes, pues es una verdad confirmada por la experiencia cotidiana, que la suerte de las instituciones depende generalmente de la habilidad de los jefes‟. “Ahora bien, ¿quiénes podrán perfeccionar esa obra? ¿Cómo podrá llevarse a la mayor parte de las personas capacitadas para ello? “Es innegable que mucho se ha conseguido y podrá seguirse consiguiendo con los métodos empleados hasta el presente. Pero no cabe duda que sería de desearse algo más, especialmente en lo que ve a la parte espiritual. “Por eso me parece MUY OPORTUNO EL PROYECTO QUE USTED TIENE DE ESTABLECER UNA OBRA QUE SE ENCARGUE DE FORMAR ESAS DIRIGENTES, de colaborar así con la Acción Católica, obsequiando los deseos del Papa, quien ha manifestado en varias ocasiones que veía con gusto que las Congregaciones Religiosas tomaran parte, cada cual a su modo, en la Acción Católica. “También me han parecido muy oportuno para realizar esa difícil y necesaria 53
empresa, especialmente el procurar que las jóvenes de más esperanzas y mejor dotadas, pasen un tiempo más o menos largo en internados que habrán de dirigir religiosas especializadas en todo lo relativo a la Acción Católica y que podrán por lo mismo comunicar siempre virtud y entusiasmo a esas jóvenes, esperanza de la Acción Católica. “Si falta ciencia a las Dirigentes, no podrán desarrollar un trabajo eficiente; pero si teniendo esa ciencia, les falta virtud, entonces serán igualmente inútiles y aun peligrosas, porque todos sabe[81]mos hasta dónde puede llevar la soberbia a personas que no tienen la virtud suficiente para ponerse por encima de sus miserias. “Siendo el lema de la J.C.F.M. „Apostolado, Eucaristía y Heroísmo‟, no bastará formar en general apóstoles; habrá que infundir a esas Dirigentes un color marcadamente Eucarístico, para que después lo transmitan a sus grupos. “Y ¿qué medio mejor para ello que colocar a esas almas en un ambiente de recogimiento y silencio, donde se les facilite la práctica de la comunión diaria, donde encontrarán siempre que puedan el calor de Jesús Sacramentado y el hermoso ejemplo de las almas eucarísticas encargadas de su formación que de día y de noche irán a buscar en sus adoraciones luz y amor para comunicárselos en abundancia? “¿Por qué si la misión de estas almas (las Dirigentes) se acerca tanto a la sacerdotal, y si en la formación del sacerdote se gastan largos años en lugares especiales, no se les podría exigir este Internado a personas que en muchos casos tendrán que suplir al sacerdote porque no lo haya o por el exceso de trabajos exclusivos de su ministerio? Sobre todo si se trata de especializar en ciencia y virtud, es preciso llevar a esas almas a un lugar donde encuentren ambiente favorable. “También para el tercer punto del lema: „HEROISMO‟, se necesita una formación especial. ¿Quién va a advertir esos pequeños detalles que sólo se conocen en la vida práctica y en el trato íntimo de las almas? Se necesita una mirada caritativa y un corazón de madre para que eso se obtenga, y en las casas de formación de las Dirigentes encontrarán corazones de madre y guías hábiles que les enseñen con sus propios ejemplos la doctrina de la Cruz. “Y para nosotros, amada hija, que sabemos que uno de los grandes ideales de esa Obra es proyectar en el inmenso organismo de la Acción Católica la vida espiritual en conformidad a la hermosa doctrina de las Obras de la Cruz, Obras que tienen como alma al Espíritu Santo y como medios de apostolado [82] el sacrificio amoroso, no será posible augurar con fundamento un futuro glorioso para la Obra de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad? “Terminada la formación de las futuras Dirigentes, podrán regresar a sus centros llevando los elementos que subyugan a las almas: virtud y ciencia. Su ejemplo mismo será una predicación, y por lo tanto es imposible prever el alcance de su apostolado. “Y esto considerando sólo un aspecto de la Obra que usted trae entre manos. ¿Qué decir pues, del conjunto? “COMO SACERDOTE, COMO MISIONERO DEL ESPÍRITU SANTO Y COMO PADRE DE SU ALMA, NO PUEDO MENOS DE ALENTARLA, como lo ha hecho ya con grande consuelo para usted, nuestro amadísimo Padre Fundador Félix de Jesús, a que siga adelante con su empresa, y hago votos al cielo para que MANDE SOBRE LA 54
OBRA DE USTED A ESE ESPÍRITU DIVINO QUE LA J.C.F.M. HA ESCOGIDO COMO PROTECTOR, a fin de que sus Casas sean verdaderos Cenáculos donde se llenen del Espíritu Santo las futuras Dirigentes de la Acción Católica; donde se impregnen de amor a la Eucaristía y donde aprendan que las grandes victorias las tendrán siempre al lado de la Santísima Virgen. “Ahí con Ella, después de haber aprendido la ciencia de la pureza y del dolor, volarán por todo el mundo a la conquista de las almas, para que pronto Cristo reine en todas ellas y no haya sino un solo redil y un solo Pastor. “Termino bendiciéndola y pidiendo al Espíritu Divino por medio de María, que le dé todas las luces y gracias que necesita para llevar adelante su Obra y hacerse muy santa”. “Afmo. Padre en Cristo. P.M. Guzmán, M.Sp.S.” (firmado) -oYa comprenderéis amadas hijas, el entusiasmo que renacería en mi alma al leer esta carta en la que sin saberlo, el R.Padre aclaraba todas mis dudas y me alentaba a seguir adelante. El día nueve de octubre se pudo arreglar mi ida a México, con el fin de consultar algún doctor. [83] Estuve casi un mes, durante el cual procuré hablar con el P. Pablo de todo lo relativo a la Obra. Yo le había mandado un diseño del hábito y el dibujo de nuestro escudo. Hablamos de estas cosas y como yo le suplicara que escribiera algo sobre el escudo y la relación que tendría con la Acción Católica, y también sobre nuestras relaciones con la Jerarquía y con la misma Acción Católica, me escribió algo que me entregó al regresarme a Puebla y que aquí os copio: 14 de Octubre de 1934. “En el escudo está expresada, a mi modo de ver, la forma más completa del lema de la J.C.F.M. “Apostolado, Eucaristía, Heroísmo”. “La blanca paloma que simboliza al Espíritu Santo y que fue y será siempre el alma de la Iglesia y de todo apostolado, que como el de la Acción Católica quiera cooperar al apostolado jerárquico, ESTÁ CON SUS ALAS ABIERTAS, como indicando la protección que ejercerá sobre las Misioneras que quieren irradiar luz y amor. Y SE DIFUNDE EN RAYOS QUE ILUMINAN Y CALIENTAN ESAS ALMAS, haciéndoles fácil la ascensión por la Cruz a la Eucaristía, engendradora de todos los heroísmos. “APARECE SOBRE LA CRUZ, indicando la forma más eficaz de apostolado desde la muerte de Cristo en la Cruz, es decir el APOSTOLADO DE LA CRUZ, DEL SUFRIMIENTO... “Sobre la Cruz aparece la Hostia como símbolo de la Eucaristía y para indicar que estas almas, debiendo ser Eucarísticas, deben vivir crucificadas, ya que como Cristo, quieren ofrecerse desde la Cruz COMO HOSTIAS A LA GLORIA DEL PADRE Y 55
POR EL BIEN DE LAS ALMAS. “La corona de espinas que en triple círculo enlaza la Cruz, es el emblema de los tres votos con que estas almas escogidas han querido ligarse a la Cruz, atraídas por el Espíritu Santo, para ser las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad y llevar a las almas el fuego divino del amor que [84] las prepare para poder confiarles la dirección de otras almas”. -oEl 24 de Octubre: “La verdadera cooperación con la Jerarquía Eclesiástica, debe ser SACERDOTAL, bajo cualquier aspecto que se la considere. “Por eso las Misioneras trabajarán en el seno de la Iglesia siendo en ella como el corazón que ame y haga amar, y los brazos que estén siempre dispuestos a defenderla y trabajar por ella. “Y siendo un corazón sacerdotal formado por almas sacerdotales, deben honrar el Sacerdocio de Cristo, especialmente en aquéllos que lo recibieron en participación real. “Su misión en el altar, al pie del Sagrario y en las almas, será sacerdotal, amando y agradeciendo el Sacerdocio e inmolándose por todas sus necesidades. “Serán ante todo almas sacerdotales. Ese espíritu darán a las Dirigentes; ese perfume derramarán en torno suyo, y así serán de veras las hijas muy amadas del Padre Celestial, quien siempre y en todo, busca la imagen de su Hijo divino, el Sacerdote Eterno, Cristo Jesús. “Participarán en el apostolado sacerdotal que es ante todo apostolado Eucarístico, porque se desarrolla principalmente en los altares; participarán en el apostolado sacerdotal que es apostolado de dolor y que, por esto, debe desarrollarse y consumarse en la Cruz, como el de Jesús Sacerdote. “Por eso mismo llevan sobre su pecho el escudo que les recuerde su apostolado Eucarístico y sacrificado. “La razón de ser de estas Misioneras nunca dejará de existir, pues aun en el supuesto de que las necesidades del mundo hubieran sido remediadas totalmente, todavía tendrían mucho que hacer, ya que, cerrándose al mundo, se abrirían estas almas al lado del cielo como hostias de alabanza y de acción de gracias a las infinitas bondades del Señor, comenzando desde la tierra ese canto de los bienaventurados, quienes no teniendo ya que reparar ni implorar cuando [85] los tiempos hayan terminado, sólo se ocuparán eternamente de alabar y dar gracias al Dios tres veces santo.” -oDurante el tiempo que estuve curándome, fui dos o tres veces a ver al M.R.P. Félix de Jesús Rougier, que me había recibido con mucha bondad siempre y que me hacía muchas sugestiones sobre la Obra, “LA GRAN OBRA” como él la llamaba. Me ofreció escribirle al Excmo. Sr. Márquez, hablándole de la Obra, y así lo hizo, dándome la carta que yo llevé a Puebla y que entregué al Sr. Márquez. El la leyó delan56
te de mí y luego me dijo: “Aprenda usted, aprenda usted a ser humilde! Eso sí es humildad, figúrese que me llama „amado Padre‟, ¿qué le parece?” Del resto de la carta no dijo nada; no quería animarme y siempre que estaba muy animada, procuraba desanimarme. Temía que todo fueran locas ilusiones que pronto pasarían; de todos modos seguía siendo el mismo Padre, que se preocupaba por mí y por mis cosas. Recuerdo que en una entrevista con el mismo Excmo. Sr. Márquez, me preguntó qué nombre íbamos a llevar, y al decirle yo que “Misioneras Eucarísticas de la Trinidad”, el repitió mucho este nombre y pareció estar disgustado, diciendo que era muy largo, que no necesitábamos nombre y no sé cuántas cosas más. Parece que esto lo comunicó al M.R. Padre Félix, pues supe que él también quería que se cambiara el nombre. Comprenderéis lo que esto me afligiría! El nombre estaba ligado al lema y también al escudo y al hábito, y todo esto simbolizaba el fin de la Obra, como os habéis podido dar cuenta en los dos escritos del 14 y 24 de octubre y como ya lo habéis visto en lo que llevamos de vida religiosa. Además ya estábamos consagradas como Misioneras Eucarísticas de la Trinidad en marzo de 1934, y por primera vez en la Navidad de 1933, en que [86] hice, en el Oasis de Puebla, durante la Misa de media noche, la consagración que ahora os copio, que quisiera lleváramos profundamente grabada, y que fue escrita por el P. Pablo. Dice así: “Oh mi dulce Jesús, mi adorable Verbo Encarnado, yo te saludo con toda la ternura de mi alma en el día de tu nacimiento! “Quiero adorarte con María. Quiero ofrecerte con Ella un corazón maternal donde encuentres cariño inmenso. “Permíteme, oh Jesús, ofrecerte este día millares de corazones puros y seráficos que el amor y la fecundación de tu Padre me han regalado para Ti. “Quiero, oh Jesús, que sean almas de la Trinidad, que vivan en continua adoración y que luego se vuelvan a las almas para internarlas en el seno de Dios. Que ante todo sean para Dios, como Tú lo fuiste para tu Padre. Que defiendan los derechos de Dios y sean al mismo tiempo celosísimas de la santificación y salvación de las almas. “Que su atmósfera sea Dios! Que su Madre y Protectora sea María! Que su amor sea el amor del Espíritu Santo! Que su grito de combate sea: DIOS Y LAS ALMAS, y que siempre y en todo el mundo sean las MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE LA TRINIDAD! ASÍ SEA!” -o¿Ya veis, amadas hijas, cómo no se podía permitir que nos fuera cambiado el nombre? En la imposibilidad de discutir y argüir con personas de tanto respeto, fui a postrarme a los pies de la Dolorosa que se venera en la Catedral de Puebla y que está en el altar del Perdón, y le supliqué defendiera nuestro nombre si ese era el que nos convenía y era del agrado de Jesús, prometiéndole un traje nuevo si al aprobarnos en Roma, aprobaban ese nombre.
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¡Ved cómo ha sido buena defensora y cómo nuestro hermoso nombre ha sido respetado y esperamos lo siga siendo, si es la Voluntad de Dios! Seguí un poco mejor y, aunque todavía no podía ocuparme del Instituto, sí desde la casa seguía su [87] marcha y preparé los exámenes finales y los premios, a los que pude asistir, reconociendo una vez más, los cuidados de Dios para mi alma, pues durante la enfermedad y debido a la persecución, nos pidieron la casa en donde teníamos el Instituto y hubo que salir y guardar los muebles en bodegas y hacer la distribución de premios en un salón alquilado. Nuestro Señor quiso evitarme esta gran pena y nuevamente se valió de mis queridas amigas y hermanas, ya que ellas fueron quienes quitaron la casa, y ahogando su gran pena en una exquisita caridad, me ocultaron lo más penoso y sólo me comunicaban lo necesario, y aun esto, envuelto en la alegría para que yo no sufriera tanto. ¡Cómo he agradecido estos admirables ejemplos que han sido para mi alma precioso tesoro! Entonces sí comprendí a fondo unas palabras que grabé hondamente en mi alma y que quisiera las grabaran todas mis Misioneras. “SUFRAMOS INTENSAMENTE, PERO HAGAMOS A LOS DEMÁS INTENSAMENTE FELICES!” En noviembre de ese año volvió a ir a Puebla el R.P. Pablo y esto fue para mi alma un gran consuelo; hablamos de la Obra y de las vocaciones nuevas y antiguas: Anita, Lupe Fuentes, Lupita Rodríguez, Josefina Canchota, Cuca García Castro y las de Puebla, Sofía González, Angelita Pando y Meche Gallegos, así como Alicia Lama. Teníamos grandes ilusiones para el futuro, ilusiones basadas en la grandeza de la Obra, su necesidad, y principalmente en la Providencia de Dios que se manifestaba constantemente, favorable en todas las circunstancias y en todos los pasos que se daban para el desarrollo de la Obra. El R.P. Pablo nos quería formadas en un espíritu de gran fe y gran confianza en Dios y en un absoluto desprendimiento de todo para hacer siempre la Voluntad de Dios. Monseñor Márquez deseaba saber la opinión del R.P. Edmundo Iturbide, Vicario General de los Misioneros del Espíritu Santo, sobre la Obra, y con [88] tal motivo yo esperaba con ansias poder tener con él una entrevista, pues ya conocía la Obra por el R.P. Pablo que le había hablado de ella; pero no había dado su opinión. Estaba próximo a ir a Puebla y yo pensaba hablarle, no quería dejar pasar el tiempo, temía por mi culpa retardar la hora de Dios. En esos días en que esperaba la visita del R.P. Iturbide, recibí una buena carta del M.R.P. Félix, en la que me pedía le enviara una lista de los principales libros que yo había leído con el fin de conocer más mi alma. En la lista me pedía: libros de espiritualidad y vidas de santos y santas. Libros de Historia en general o Historia Patria. Libros de Literatura (novelas principales); hice un recuento de los libros leídos y envié la lista, no sin cierta vergüenza: eran muchas más las novelas leídas que otra clase de libros. Os hago notar esto, porque creo que ese sistema os puede servir de mucho para 58
conocer mejor las almas que Dios os dé y para apreciar mejor la obra de la gracia en ellas. Además quiero que os convenzáis de que Dios hace del lodo lo que El quiere. Llegó por fin la Navidad y recibí la buena nueva de que vendrían a pasarla a Puebla Anita, Josefina, Lupe Fuentes y Lupita Rodríguez. Estaban entonces en la casa las Madres de la Cruz, pues la persecución las había obligado a dejar su casa y les habíamos ofrecido unos pobres cuartos en los bajos de la casa. Tenían en su Capilla el Santísimo reservado; así pues tendríamos Misa de media noche. Mamá no sabía nada de la Obra y sólo conocía a Anita y había oído hablar algo de las otras futuras Misioneras. ¡Ay de mis apuros para avisar la llegada de todas y arreglarles hospedaje! Le avisé como mejor pude y con pena inmensa me vi precisada a arreglar hospedaje en una casa de huéspedes; no había lugar en la casa, pues las Madres tenían toda la parte baja. Esto me hizo sufrir mucho y mi alma voló a siglos atrás, en que una Virgen buscaba hospedaje y le fue negado; ahora también, unas vírgenes, mis hijas, [89] llegaban y tendrían que pasar fuera de la casa de su madre esta primera navidad que con tanta ilusión esperábamos para pasar juntas. Conseguí sin embargo que la Misa la oyéramos todas juntas en la casa, y así fue. ¡Cuántos recuerdos de ese día! Jesús llegaba y nos traía mil regalos celestiales, una gran alegría, un sincero afecto que nos unía fuertemente unas a otras y mil promesas a cuál más risueñas para el porvenir. Por vez primera se reunían cinco Misioneras a los pies de Jesús. ¡Qué felicidad! Estoy segura de que el recuerdo de esa noche nos acompañará siempre y que todas las Navidades harán revivir en nuestras almas los dulces sentimientos de gratitud, de paz, de amor, que en esos momentos embargaban nuestras almas. ¡Qué bueno es Dios, hijas, qué bueno es Dios! Seamos siempre sus fieles amantes! El R.P. Pablo me escribió una buena carta de felicitación. Quería estar unido a la pequeñita grey, quería con nosotras mecer la cunita del Jesús que ofrecía sus lindas sonrisas a ese grupito de Misioneras, las cuales esperaban valientes la hora de dejarlo todo y darse todas al Amado que las llamaba. El M.R.P. Félix también me escribió felicitándome y deseando para 1935 la realización de todos mis deseos. Por entonces se estaba arreglando la ida a la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu Santo, de Fernandito mi hermano. El M.R.P. Félix me había dicho en una ocasión, que Fernandito sería un santo misionero y que después ayudaría a la Obra. Todos en casa deseaban se fuera. El R.P. Iturbide había prometido venir a recogerlo; yo esperaba su venida para hablarle de la Obra, tenía muchas esperanzas en que él nos ayudaría y por otra parte el Excmo. Sr. 59
Márquez esperaba su opinión; temía la realización de la Obra, pues creía era cosa de ilusión o de entusiasmo pasajero. Aprovechando la estancia en Puebla de las de México, quisimos sacar un retrato y así lo hicimos, [90] por supuesto sin que mamá se enterara. ¡Era el primer retrato de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad! ¡Qué ilusión!
1935 (91) Terminó el año 1934 y al empezar 1935 se decidió la ida a México de Fernandito. En vista de que el R.P. Iturbide no venía, se resolvieron mis papás a ir a dejarlo. Se fueron pues con él y lo dejaron en la Escuela Apostólica. Mientras tanto se organizó el nuevo curso del Instituto y en vista de que yo no podía seguir atendiéndolo por mi estado de salud, nombraron a Lupe Rivero, antigua y querida compañera y hermana de Juventud, para que me ayudara, atendiendo ella las clases de la mañana y yo las de la tarde. Para entonces había yo tenido la pena de ver que dos vocaciones dieron la vuelta, como el joven del Evangelio. Se trataba de Mercedes Gallegos y de Lolita León. Esto fue para mí una gran pena, y en la imposibilidad de evitar estas deserciones tan penosas, le pedía al buen Dios que enviara nuevas vocaciones y que éstas se robustecieran con las gracias que habían dejado abandonadas estas dos queridas almas. Dios es el único que posee por completo el secreto de las almas; a nosotros nos toca trabajar, orar y callar. En febrero de 1935 tuve una larga entrevista con el Excmo. Sr. Márquez. Insistió en su actitud contraria a la Obra; refutó todos sus puntos y confieso que yo me sentía triste, triste, triste. Duele mucho sentir a un Padre enemigo de nosotros. Sin embargo yo comprendía que su actitud interior era diferente de la exterior, pero me sentía desconcertada. Escribí íntegra la entrevista y se la mandé al R.P. Pablo. Recibí entonces una carta de él en la que me animaba a seguir adelante. Interpretaba la conducta del Excmo. Señor Márquez como muy favorable a la Obra. Yo me esforzaba por creerlo así. Monseñor Márquez quería que consultáramos otras opiniones, esperaba ver nuevamente al M.R.P. Félix y también al R.P. Iturbide. Pasaron los días y por fin, en abril de ese año 1935, el Excmo. Sr. Márquez me hizo ir a ver al Excmo. [91] Sr. Luis M. Altamirano y Bulnes para hablarle de la Obra y de mi alma. En esos días no estaba el Sr. Altamirano en Puebla, pero lo esperaban pronto; ya se me avisaría cuando viniera para ir a verlo. Se arreglaron en México unos ejercicios en el mes de marzo. Me invitó el P. Pablo y me indicó podía también convidar a otras personas. Pedí permiso que me fue concedido y entonces invité a Alicia Lama, Angelita Pando y Sofía González. Arreglamos el viaje y nos fuimos todas excepto Angelita que no pudo. Ya nos tenían preparado hospedaje en casa de Anita Treviño. Llegamos con ella y ahí estába60
mos en los ratos que no había pláticas de ejercicios, pues éstas eran en San Felipe y se dirigían especialmente a las Celadoras y Socias del Apostolado de la Cruz. Pasamos unos días felices, que terminaron con una noche de Adoración al Santísimo, ya que se nos concedió tenerlo en casa, y con la consagración a María Santísima como esclavas suyas. En ese viaje conocí a Monis, joven muy amante de la Santísima Virgen, con vocación religiosa, y que estaba en comunicación desde hacía algún tiempo con Anita Treviño. Comprendí que era una vocación para la Obra; ella se dio generosamente y decidida a romper con todo para ser Misionera Eucarística de la Trinidad. Aprovechando mi estancia en México y como Alicia deseara mucho conocer al M.R.P. Félix, le supliqué nos recibiera. Habiéndolo concedido, fuimos a verlo a Coyoacán en una casa que nos dijeron era de la Señora Armida. Estuvimos un buen rato, y en el curso de la conversación Alicia le pidió al M.R. Padre me diera una bendición para aliviarme, pues seguía mal. Al despedirnos, insistió Alicia y entonces el R. Padre se dispuso a darme la bendición. Yo le supliqué que al dármela pidiera por la salud necesaria solamente para llevar a cabo la Obra. Hago notar que por entonces me alivié totalmente. [92] Después de nuestros santos ejercicios, que fueron días llenos de gracias y en los que, como en todo, mi alma se unía cada vez más a la Obra, regresamos a Puebla muy deseosas de hacer cuanto estuviera en nuestras manos para que la Obra se realizara lo más pronto posible y tal como Dios lo quería. Llegó por fin el Excmo. Sr. Altamirano a Puebla y quiso Monseñor Márquez que lo fuera yo a ver. Así lo hice; le hablé detenidamente de la Obra y de mi alma; me oyó con mucha paciencia y se entusiasmó bastante, prometiéndome su ayuda y alentándome a seguir adelante. Yo le referí todo al Excmo. Sr. Márquez, quien pareció sorprendido. Esperaba oposición, así es que me dijo que era bueno volver a ver al Excmo. Sr. Altamirano; ya me avisaría cuándo. Prometí hacerlo y no temía porque el Sr. Altamirano había comprendido mi alma y estaba segura seguiría bien dispuesto. En el mes de mayo tuve otra entrevista con el Sr. Altamirano. Aunque al principio estuvo algo duro, en seguida cambió y nuevamente me alentó y me ofreció ayudar. Le gustó mucho la Obra. El R.P. Pablo ya no había vuelto a Puebla, pero sus cartas eran para mi alma un consuelo y me daban siempre aquello que iba necesitando: fortaleza, entusiasmo, decisión, perseverancia, etc. No me abandonaba nunca. En esos días supe por Anita, de una nueva vocación: María Dolores Chávez. Había hecho con nosotros los santos ejercicios y había entrado en comunicación con Anita. Me escribió y yo le contesté, iniciando así una correspondencia que poco a poco fue haciéndose más íntima, y por fin quedó admitida en el grupo. De ella no os puedo decir nada, la conocéis y esto basta. Creo será siempre una de las fuertes columnas de 61
la Obra. En esos días llegó de paso a Jalapa, Monis. Estuvo muy poco tiempo pero quiso ser presentada a Monseñor Márquez, tenía deseos de hablarle de la Obra y de convencerlo a que ayudara. Monseñor se quedó algo sorprendido de Monis; no esperaba que esa alma fuera tan valiente y decidida, pareció muy bien impresionado y desde entonces con frecuencia me pre[93]guntaba por ella. Hacía tiempo que el P. Pablo había dejado de ir a visitar los dos centros; sin embargo tenía yo permiso de él para escribirle y le escribía con regularidad cada ocho días. Siempre recibía contestación a mis cartas; el buen Jesús no quería dejarme sola y permitía que a pesar de todo recibiera aliento y consuelo por conducto de tan buen Padre. El 13 de mayo de ese mismo año 1935, fue a Puebla el R.P. Edmundo Iturbide. A pesar de mis grandes deseos de hablarle de la Obra, no fue posible; iba por pocas horas y su tiempo lo dedicó a dar la junta del Apostolado de la Cruz y a arreglar con mis papás la vuelta a la Apostólica de Fernandito mi hermano, que hacía un mes estaba con nosotros por motivos de salud. El 30 de mayo volvió el R.P. Edmundo a Puebla. Venía por Fernandito. Antes de irse, logré hablar con él en la casa, aunque brevemente y por primera vez sobre la Obra. El ya sabía pero no había hablado con el P. Pablo. Sin embargo deseaba hacerlo y después hablaría nuevamente conmigo. Por de pronto, le gustaba la Obra, me felicitaba y me alentaba a seguir adelante siempre, por el camino de la obediencia a los Superiores. Así no había nada qué temer. Se acercaba la gran fiesta de Pentecostés; quisimos prepararnos con mucho esmero, y de acuerdo todas, hicimos una novena de preparación. Yo tenía permiso del P. Pablo y del Sr. Márquez, para pasar la víspera en retiro, en compañía de Alicia, Angelita y Sofía. Sólo faltaba el lugar. De esto se encargó el buen Padre Augusto Leyva, un joven y celoso sacerdote profesor del Instituto, que siempre se había interesado por mi alma y a quien ya había hablado de la Obra. Nos arregló para pasar el día, el Colegio de las Madres Ursulinas. Nuevamente iba yo a ver aquel Colegio en el que estuve un año y del que salí para ir al Teresiano. En ese retiro pedimos muy especialmente por la pronta realización de la Obra, por nuestro di[94]rector, por todas nuestras hermanas y por las almas sacerdotales. Le volvimos a encomendar a la Santísima Virgen que cuidara y defendiera nuestro nombre de Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Con motivo de la fiesta de la Santísima Trinidad, fui a México y llegué de sorpresa. Pasamos el día juntas; estuvo el P. Pablo a visitarnos por la tarde. Hacía tiempo le había yo suplicado me hiciera algunas oraciones para la mañana y la noche, en las que se encerrara el espíritu de la Obra y que pudieran ser las oficiales, llegado el tiempo de nuestra vida en comunidad. Pasó más de un año y no fue sino hasta ese viaje en que recibí sorprendida un cuadernito, arreglado con esmero y en el que estaban escritas las oraciones tan hermosas que ya conocéis y que desde ese día hemos rezado. 62
A mi regreso de México fui a visitar al Excmo. Sr. Márquez y a llevarle una estampita firmada por todas. Hablamos largamente de la Obra, de las vocaciones, y como yo le hiciera comprender lo impaciente que estaba por la pronta realización de la Obra, él me tranquilizó y me dijo que había consultado sobre este asunto a un santo y sabio teólogo, profesor suyo que residía en Roma y que le había mandado un pequeño escrito sobre la Obra, pero que aún no tenía contestación. Me dijo que le pidiera a Dios no se hubiera extraviado la carta. Al salir de casa del Excmo. Sr., me fui a ver a la Santísima Virgen del Recuerdo que se venera en el Templo de San Cristóbal y le supliqué tomara en sus manos este asunto y nos trajera pronto contestación de Roma. Se acercaba el 29 de Junio, santo del P. Pablo. Pensamos unirnos todas para felicitarlo y darle un obsequio. Viendo qué podría ser, no encontramos nada más de su gusto que la Santa Cruz del Apostolado. El, que es un apóstol verdadero de la Santa Cruz, vería en este obsequio el deseo de darle lo que más ama, lo que es la preocupación principal de su vida: el deseo de hacer amar más y más la Santa Cruz. [95] Le mandé hacer una pequeña Cruz de madera que pensaba yo misma llevarle. Muy a mi pesar no pude ir a México para ese día y entonces se me ocurrió hacer un hábito y sacar un retrato. Esto, además de ser una sorpresa, quedaría como un recuerdo de la Obra, ya que me retrataría con el hábito de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Escogí como cómplice a mi buena hija Sofía. Ella misma se encargó de hacer un hábito de tela corriente y de acompañarme al fotógrafo. En casa no supieron nada, no convenía. Mandé pues el retrato algo temerosa; era la primera vez que hacía algo sin consultar, pero quería que fuera sorpresa y comprendía que esto les iba a gustar. Como mandé a México el hábito, el día 29 se lo pudo poner Monis y presentarse ante el P. Pablo y las Hermanas que ahí estaban reunidas. ¡Ah! amadas hijas, qué hermosas son las alegrías pasadas en compañía de Jesús, unidos todos con los lazos de la caridad! Después de varios días recibí una carta del Padre en la que me comunicaba que salía para el norte en jira, a fin de visitar los centros establecidos. Me daba una dirección en la que recogería sus cartas. Su viaje duraría un mes. Me contaba asimismo que ya había hablado con el R.P. Edmundo Iturbide sobre la Obra y que él le había ofrecido ayudarle, que se había interesado bastante. Esto era una buena noticia; el R. P. Pablo siempre deseaba hacer todo con la aprobación y consentimiento de los Superiores. Como en su viaje el P. Pablo tenía que pasar por Morelia, le supliqué entregara una estampita a Lolita García, hermosa alma que estaba en comunicación conmigo desde hacía algún tiempo. Deseaba ser Misionera Eucarística de la Trinidad y se había ofrecido víctima por la Obra. Además me mandaba mensualmente una pequeña cantidad para una alcancía que habíamos formado con el fin de mandar celebrar Misas por 63
los Sacerdotes difuntos, dar una pequeña limosna al Seminario y el sobrante men[96]sual guardarlo para una Custodia que queríamos hacer con la forma de nuestro escudo. Este sobrante lo guardaba yo y más tarde tomé un título en un Banco Capitalizador de ahorros, guardando ocho pesos mensuales. El 19 de Julio me habló Monseñor Márquez por teléfono y me dijo que lo fuera a ver en la tarde. Fui a su casa, y después de breve conversación, me dijo que ya le habían contestado de Roma. Al preguntarle si yo podía saber lo que le habían contestado, me respondió negativamente con un movimiento de cabeza, y entonces le dije: “¿Puedo siquiera deducir?” Afirmó con la cabeza y me preguntó qué deducía. Yo le dije: “Que vamos bien, porque si no, Su Excelencia inmediatamente me ordenaría dejarlo todo”... Monseñor me dijo que no me hiciera ilusiones, que él quería que hablara con el R.P. Iturbide y que después él hablaría con el Excmo. Sr. Vera, pues no haría nada sin el consentimiento de este Excmo. Señor. Tenía yo que salir en esos días a Zacapoaxtla con algunas de Juventud para visitar ese Grupo. Así se lo dije a Monseñor, quien me indicó que a mi regreso fuera a México si es que el R.P. Iturbide no venía a Puebla. En vista de que el P. Iturbide no pudo ir a Puebla, le supliqué a Anita Treviño me arreglara una cita con él y así lo hizo, yendo yo a México y presentándome a él en la casa que entonces ocupaban en la calle de Rosas Moreno. Al día siguiente llegaba el P. Pablo de su jira a los Centros. Yo había pensado esperarlo y esa misma tarde volverme a Puebla. Hablamos largamente de la Obra. Antes de empezar a hablar, le entregué al R.P. Iturbide una tarjeta cerrada que me había dado el Excmo. Sr. Márquez para él. Se concretó al principio a oírme, después me interrogó sobre la dirección del P. Pablo, sobre la Obra en general, sobre mis planes para el futuro, sobre los pasos que ya se habían dado. Me dio algunos consejos y luego me leyó unos párrafos de la vida de Santa Teresita sobre la Caridad, el abandono a la Voluntad de Dios, la sencillez, etc. [97] Me despedí y le rogué no dejara de pedir por mí. El me ofreció hacerlo y luego me dio su bendición. Ese mismo día recibí una tarjeta firmada por el R.P. Iturbide, en la que me decía: “Muy estimada en Cristo: La saludo atentamente, deseándole todo bien. Desearía hablar algunos minutos con usted antes de que vuelva a Puebla. ¿Pudiera usted venir como entre 12 y 1 p.m.? Hoy la he encomendado mucho a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen en el Santo Sacrificio de la Misa. Afmo. en J.C.” Hablé esa misma noche con el R. Padre por teléfono para suplicarle me recibiera antes, pues yo tenía que salir a Puebla a las 2 de la tarde y calculaba no me alcanzaría el tiempo. Además quería ver al P. Pablo que llegaba de su jira el 11 por la mañana. Me hizo el favor el P. Iturbide y cambió la hora. Al día siguiente fui a la hora con64
venida y entonces el R.P. Edmundo me habló de la Obra y de otra Obra parecida que me dijo había en formación. Me leyó un extracto de dicha Obra, que me gustó bastante y que él al leerme me iba explicando punto por punto. Me insinuó que sería bueno estuviera en contacto con las personas que tenían esa Obra y que también ellas estuvieran en comunicación con nosotros. Me preguntó qué opinaba. Yo me puse en pie, pues ya era hora de la llegada del P. Pablo y quería ir a la estación. Ya de pie le dije que era una Obra muy hermosa y que le pedía a Dios se realizara, suplicándole pidiera él también se realizara y pronto la de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Me despedí y luego fui a la estación, acompañada de Anita y todo el grupito. Llegó el P. Pablo. A pesar de la hora, casi las doce, venía en ayunas; no había celebrado y ya sabéis que él no deja su Misa por nada. Se fue a la casa del R.P., lo acompañamos y luego me detuvo el M.R.P. Félix a oír la Misa del P. Pablo. El M.R.P. Félix le ayudaba, ¡imaginaos el cuadro y sacaréis la conclusión! Era un altar [98] del cielo, en el que se sentía lo que ahí debe sentirse: la plenitud del amor! Al terminar la Santa Misa, el M.R.P. Félix me detuvo y me hizo sentar; me acompañó, diciendo: “Vamos a esperar al P. Pablo a que acabe de dar gracias y desayunar; mientras tanto, cuénteme cómo le fue en la entrevista con el R.P. Edmundo”. Yo le conté todo y él hizo el comentario: “SON DOS OBRAS PARALELAS, NUNCA DEBEN UNIRSE; UNA BUSCA LA FORMACIÓN INTELECTUAL A LA LUZ DE LA FE. ESTA OTRA (refiriéndose a la de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad), ES OTRA COSA MÁS ELEVADA; LE DARÁ TAMBIÉN MUCHA GLORIA A DIOS; ES UNA MAGNA OBRA QUE DARÁ GLORIA A DIOS HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS En cuanto llegó el R.P. Pablo, el M.R. Padre se levantó y dijo: “Quédense aquí, deben tener mucho qué decirse, voy a cerrar y así nadie los molestará”. Se despidió y entonces el Padre Pablo me contó algo de su viaje. Había visto a Lolita García en Morelia; habían hablado de la Obra y al ver que iba adelante, ella le había ofrecido la casa que habitaba y que era de su propiedad. En Zacatecas se había encontrado cuatro almas que parecían vocaciones; tenían el espíritu y, sin él decirles nada, (lo tenía prohibido), ellas independientemente le habían sugerido algo sobre la Obra. Me ofrecí a escribirles para estudiarlas. Ellas me iban a mandar mensualmente algo para la alcancía de los Sacerdotes y la Custodia. Como veis, el buen Dios iba abriendo camino, nos acercaba almas y suscitaba bienhechores. Dimos gracias por esto y nuevamente me comprometí a hacer la voluntad de Dios. Sentía en mi alma una gran confianza en mi vocación, mayor comprensión de la Obra y la seguridad de que todo lo bueno me vendría por la obediencia a mi Director. A mi regreso a Puebla, fui a ver a Monseñor Márquez y le conté todo lo de la entrevista con el R.P. Iturbide. Monseñor me propuso dejar mis proyectos y unirme a la Obra del P. Edmundo. Después, viendo que yo no consentía, y seguramente aprobando las razones que le daba, me propuso irme con las Misioneras Mercedarias de Berriz; él [99] arregla65
ría todo. Ya supondréis que me negué; no se trataba de esto o aquello. Se trataba de hacer la voluntad de Dios. Monseñor me dijo que iba a ir a México y que hablaría con el M.R.P. Félix y con el R.P. Iturbide. Entretanto debía esperar y estar dispuesta a hacer la voluntad de Dios. Esos eran mis únicos y vivos deseos. Ese mes fue a Puebla el P. Pablo a visitar los Centros. Aprovechando ese viaje tan deseado y que parecía ser de los últimos, si no es que el último por entonces, quiso el P. ir al Santuario de San Miguel del Milagro, en el Estado de Tlaxcala, a hora y media de Puebla. Nos contó que él se había ordenado el 29 de septiembre, día de San Miguel y que siempre le había tenido especial devoción al Santo Arcángel. A mí me dijo que quería ponerme bajo su custodia especial, ya que sería uno de los Santos Patronos de la Obra. Fuimos con mamá; ahí celebró el Padre la Santa Misa; pasamos la mañana y volvimos a comer. El P. salía esa misma tarde para México. No sé deciros la impresión que sentí al estar ahí, arrodillada bajo el manto del Santo Arcángel. Le supliqué cuidara a todas las almas de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad como almas consagradas, a quienes nadie podía tocar. Ofrecí ser fiel a mi vocación y en ella hacer todo aquello que fuera para la mayor gloria de Dios. Al regreso del viaje le supliqué al R. Padre le hablara a mamá de la Obra y le pidiera su consentimiento para mi vocación. Ya no era prudente seguir callando; era justo que mamá supiera el por qué de tantas cosas que parecían misteriosas. Encomendamos la entrevista a San Miguel. Le habló el Padre y mamá quedó ganada por entero. No se opondría a nada, ni papá tampoco, antes ayudarían a que se cumpliera la Voluntad de Dios. Mamá me besó y me bendijo; yo lloraba de gratitud. El buen Dios que conocía mi pobre alma, no quería imponerme el heroico sacrificio destinado a las almas grandes, de hacer la Voluntad de [100] Dios pasando sobre la de los padres. DEO GRATIAS! En cuanto se fue el Padre, yo le dije a mamá que me permitiera ir a ver al Excmo. Sr. Márquez para comunicarle la buena nueva. Fui a verlo y se sorprendió con lo que le dije. No esperaba esto, pero me felicitó y me dijo: “Dele gracias a Nuestro Señor porque le ha dado unos padres muy santos”. Con motivo de la Asamblea General de la J.C.F.M. venían de México para asistir a ella, la Presidenta General Aurora de la Lama y la Delegada de las Secciones Preparatorias, Guadalupe García Arroyo. Esta última era sobrina de Lolita García la de Morelia, pero yo no lo supe hasta mucho después. Las dos se hospedaron en la casa. Aurora se interesó por la Obra, le leí algo de ella. Espontáneamente se ofreció para hablar de nosotros con el Excmo. Sr. Márquez. Así lo hizo, defendiendo nuestra causa. Monseñor le dijo que le gustaba la Obra pero que era preferible poner obstáculos para mayor seguridad en el futuro. En septiembre tuve la noticia de la muerte de Lolita García. Murió santamente el día 22. Lupe García Arroyo, que providencialmente estaba en Morelia por la Acción Ca66
tólica, estuvo con ella y presenció su muerte. Supo que se había ofrecido víctima por la Obra. Esto fue una revelación. No sabía nada sobre ella. Desde entonces quedó de amiga. El Excmo. Sr. Martínez, Arzobispo de Morelia, dio orden de que todos los papeles confidenciales de Lolita fueran entregados a su Director, el R.P. Pablo Guzmán. Esta era la primera Misionera que llegaba a la Patria Celestial. Fue gran consuelo para todos el saber que había muerto santamente y con el pensamiento en la Obra que tanto amaba y que conocería en toda su plenitud allá en el cielo. ¡Descanse en paz! Monseñor Márquez fue a México y habló largamente de la Obra con el M.R.P. Félix. A mí no me dijo que habían hablado; se había propuesto no animarme. A mis papás que habían ido a verlo y le habían tratado el asunto, les dijo que no quería demostrarme interés porque quería probarme, pues nunca se perdonaría si me llevaba a un fracaso por falta de prudencia. Esto era tranquilizador. [101] Por esos días llegaron a México, procedentes de Roma, los RR.PP. Uribe y Oñate, Misioneros del Espíritu Santo. Esto era algo muy necesario para la Obra. Tanto el Padre Pablo como yo, deseábamos hablar de ella al P. Oñate. Venía sólo por poco tiempo y queríamos contar con su apoyo en caso necesario. El P. Pablo le refirió todo y también el M.R.P. Félix. Le gustó la Obra y prometió ayudar y hasta buscar en Roma vocaciones. En ese mismo mes llegó a Puebla, con el fin de medicinarse, Juanita Morales; era la Presidenta del Apostolado de la Cruz de la Parroquia de San Miguel. El P. Pablo me mandó visita con ella; desde entonces nos comprendimos. Varias veces nos vimos y la invité a los exámenes del Instituto. Salió a relucir lo de la vocación; ella deseaba ser religiosa, su director lo aprobaba pero no sabía dónde. Yo le hablé algo de la Obra; se entusiasmó, por lo que prometí seguirla enterando y le aconsejé pensara si le gustaría ser de las nuestras. Así sucedió, era vocación para nosotras completamente ganada. El buen Jesús la había acercado. Con motivo de la Asamblea Diocesana de J.C.F.M. fueron a Puebla Anita, Cuca y otra de las del grupito de México; estuvieron unos días que fueron de gran provecho para nuestras almas, pues cambiamos impresiones sobre la Obra, haciendo planes para el futuro. Se llegaba el mes de diciembre y como la Obra siguiera detenida en manos del Excmo. Sr. Márquez, quise hacer una novena a la Inmaculada y suplicarle fuera Ella quien moviera el asunto. La respuesta no se hizo esperar: el 30 de noviembre me habló el Excmo. Sr. Márquez para decirme que ya estaba todo en manos del Excmo. Sr. Vera y que por lo tanto no sería remoto que me mandara llamar para hablarme sobre el asunto; que estuviera preparada. Por creerlo así conveniente, el M.R.P. Félix le prohibió al R.P. Pablo ir a Puebla, y como no iría ningún otro Misionero, las Obras quedaban de momento sin dirección; sin embargo yo seguía reci[102]biendo la dirección del P. Pablo por escrito, con permiso de sus Superiores. Ese mes de diciembre iría por última vez. 67
Se llegó el fin de año y como había renunciado al cargo de Directora del Instituto, entregué el puesto, cosa que me fue muy dolorosa; amaba esta obra que ví nacer y en la que recibí muchas gracias de Dios. Ahí aprendí a sufrir y a gozar. El buen Dios quería ir preparándome para el futuro, futuro que exigía un continuo desprendimiento y una constante inmolación, futuro amoroso puesto que doloroso. El día 8 de diciembre en la noche me habló por teléfono el Excmo. Sr. Márquez y me dijo que ya había contestado el Excmo. Sr. Vera y que lo había hecho por escrito. Como yo le preguntase lo que decía, él calló y luego me dijo: “Si gusta, puede venir mañana a mi oficina y le enseñaré la respuesta”. Al día siguiente fui a sus oficinas y ahí Monseñor Márquez me entregó una hoja de papel escrita a mano, que yo no quise leer y le supliqué me diera para leerla despacio. Accedió y entonces me fui a Catedral para leer delante del Santísimo el siguiente escrito del Sr. Vera: “OBSERVACIONES A LOS PUNTOS” “1.- Acerca del nombre.- Por el solo hecho de practicar la vida mixta, no me parece que sea lo más propio llamarlas Misioneras, pues entonces así habrían de llamarse todas las Congregaciones que practican la vida mixta. – Este nombre más bien conviene a las Congregaciones que ejercitan el apostolado entre infieles como los Misioneros. “2.- La Sagrada Eucaristía es el centro de vida de las Adoratrices Sacramentarias, de las Adoratrices Perpetuas, de las Esclavas del Corazón de Jesús y de otras muchas Congregaciones. “3.- Acerca de los fines que son muy excelentes, existen también numerosas Congregaciones con fines idénticos; sólo encuentro algo nuevo en lo referente a la formación de las Dirigentes de Acción Católica y a pedir por los sacerdotes difuntos. [103] “4.- Acerca de la formación de las Dirigentes, puede decirse que con mayor amplitud de miras, lo están haciendo las Reparadoras con sus retiros, ejercicios, etc.; las Catequistas de María Santísima de Guadalupe, fundadas por el Excmo. Sr. Delegado Apostólico, las Damas Catequísticas y las Hijas del Corazón de María. Pues todas ellas propenden a formar cristianas verdaderas y prácticas, en toda la extensión de la palabra, que es lo más indispensable para formar un Dirigente de Acción Católica. “5.- Pedir por los Sacerdotes difuntos, lo hacen todas las Asociaciones de Sufragios por las Almas del Purgatorio; y no creo que sea necesario fundar una Congregación para ese fin. “6.- Espíritu del Instituto. - Oración intensa, acción moderada y sacrificio heroico; es de todas las Órdenes y Congregaciones de vida mixta, y aun de algunas contemplativas, como las Carmelitas Descalzas, las Pasionistas, las Hermanas del Divino Salvador, las Adoratrices Sacramentarias, Hermanas de la Cruz, etc. “En resumen: Aunque los puntos son excelentes, no veo en ellos ninguna originalidad o novedad que acredite la conveniencia de fundar una nueva Congregación religiosa. No se puede decir que responden a una nueva necesidad, pues todo lo que proponen o proyectan, está efectuándose laudablemente por Congregaciones ya apro68
badas por la Santa Sede, extendidas en muchas casas y con la experiencia de los años. “Convendría esperar mejores tiempos para que vuelvan a Puebla las Reparadoras o vengan otras similares. – Que estas señoritas sigan trabajando en la Acción Católica TOTO CORDE ET OPERE. – Para fundar Congregación necesitarían ante todo un excelente Director, y fuera de V.S. abrumado de ocupaciones, no encuentro en Puebla alguno a propósito.- Este es mi humilde parecer salvo meliori”. -oEsto era una negativa rotunda. No sabía yo qué hacer. Por otra parte, comprendía que era preciso aclarar algunos puntos; me parecía no se había [104] comprendido el fondo del asunto, pero quise permanecer tranquila. Había prometido obediencia ciega. Comuniqué en seguida la noticia al R.P. Pablo, que me alentó y me ofreció sus oraciones; Dios no permitiría que se dejara de cumplir su voluntad; había que pedirle luces y que moviera las voluntades. En esos días se celebraba un curso para Dirigentes de J.C.F.M., yo tenía un tema. El día que me tocó hablar, al salir yo, el Excmo. Sr. Márquez que ahí estaba, me detuvo y me preguntó qué pensaba hacer después de lo que opinaba el Excmo. Sr. Vera. Yo le dije que pensaba seguir adelante aunque siempre bajo la obediencia, que estaba pensando y no veía qué hacer, pero que tenía ganas de hablar personalmente con el Sr. Vera. Me aprobó la idea y me aconsejó fuera cuanto antes; así lo hice. El 19 fui a ver al Excmo. Señor. Después de saludarlo, le dije que iba a darle las gracias por haberse ocupado en estudiar el escrito que Monseñor Márquez le había entregado, referente a la Obra de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad; que ya había yo sabido su contestación y que estaba dispuesta a obedecer. El Excmo. Sr. me interrumpió y me dijo que no quería quedaran así las cosas; que todo se tenía que hacer con prudencia y después de pensarlo bien. Que por tanto, él deseaba volviéramos a hablar, pues no pensaba de una plumada deshacer algo que tal vez era de Dios, que me suplicaba volviera otra vez y me citó para otro día. Esto ya era otra cosa, se veía que por lo menos no daría un NO rotundo. Fui a ver al Excmo. Sr. Vera el día indicado y entonces me dio a entender que estaba resuelto a que la Obra se hiciera, pero antes de dar ningún paso, necesitaba las Constituciones. Si las tenía, debía llevárselas y si no, hacerlas. Le insinué que el M.R.P. Félix ya me había ofrecido hacerlas y que si le parecía, podía yo aprovechar su ofrecimiento. Le pareció bien. Ese año fueron a pasar la Navidad Ana María, Josefina, Lupita Rodríguez, Lupe Fuentes y Lolita Chávez. Además, como le tocara al P. Pablo ir a las juntas de los Centros, estuvo para ese día. Ya no había secretos y mamá no permitió que se fue[105]ran a otra parte. Ade69
más ya las Hermanas de la Cruz no estaban en la casa, y por lo tanto todas se hospedaron allí. A pesar de que papá estaba bastante delicado de salud, mamá se esforzó por que estuviéramos contentas. La Misa se celebró en una casa religiosa y asistimos todas; era nuestra primera reunión casi plenaria. Estábamos felices y le pedíamos al Divino Niño que hiciera que pronto nos reuniéramos ya todas en la nueva Obra. El 24 nos fuimos a San Miguel del Milagro; una por una nos fuimos poniendo bajo el manto del glorioso Arcángel y ahí le pedíamos gracias para la Obra y para todos los que tendrían que intervenir en ella. Fuimos en dos coches: Ana María, Josefina, Lupita Rodríguez, Lupe Fuentes, Lola Chávez, Alicia, Angelita, Sofía y Carmelita González. El R.P. Pablo celebró ahí la Santa Misa y todas comulgamos.
1936 (106) Se acabó el año 1935 y yo insistí con el Excmo. Sr. Vera para ver si se podían ya hacer las Constituciones. Recuerdo que fui con Anita y Lupita Rodríguez que se habían quedado. Antes pasamos a la Iglesia de la Santísima y ante la Sagrada Eucaristía, ofrecimos cumplir la voluntad de Dios que veríamos en las órdenes de nuestros superiores. Esperamos al Excmo. Señor en el patio de su casa; al bajar él, yo me acerqué y Ana María y Lupita se retiraron un poco. Le pedí a Monseñor me dijera si autorizaba mi viaje a México con el fin de hacer las Constituciones bajo la dirección y ayuda del M.R. Padre Félix que me la había ofrecido. Aceptó y entonces le pregunté si podía consultar con mi Director; él me dijo que no sólo con él, sino con cuantos sacerdotes quisiera, pues convenía hacer las cosas bien. Me arrodillé y le pedí su bendición, diciéndole que al día siguiente saldría para México. Así fue. En cuanto llegué, me apresuré a ver al M.R. Padre Félix, quien se enteró de todo y me ofreció franca ayuda. Desde luego me dio algunas normas y después me mandó unas Constituciones que me podrían orientar en cuanto a la forma, pues el [106] fondo sería aquello que era el espíritu propio de la Obra. Estuve casi un mes, dedicándome cuanto podía, a escribir las Constituciones. Conforme iba escribiendo, Anita me las iba pasando en limpio y por fin, ya terminadas, las entregué al M.R.P. Félix, guardando una copia. Estando en México, nos pareció prudente y oportuno hacer un viaje a Zacatecas, a fin de conocer a las vocaciones que había allá y ver si se contaba con ellas. De acuerdo con el P. Pablo, les pedí permiso a mis papás que aceptaron. En casa de mis tíos dije que iba en una comisión de Acción Católica. Salimos Ana María y yo en tren nocturno. Era nuestra primera misión. Ya os imaginaréis cómo íbamos, algo miedosas. No habíamos viajado solas tan lejos. Además, llevábamos en las manos los intereses de Dios, temíamos no saber ser sus apóstoles. El R.P. Pablo no sólo se había preocupado de la parte espiritual del viaje, para la que nos preparó con sus oraciones, consejos y bendiciones, sino que, como buen Pa70
dre y celoso sacerdote, nos había recomendado por carta y así llegaríamos a lugar seguro y encontraríamos desde luego el calor de almas hermanas; íbamos a llegar a casa del Sr. Dn. Antonio Cabral. Al llegar a la estación, estaban las Cabral esperándonos. En seguida nos reconocimos; eran 3 jóvenes muy fogosas y alegres, sumamente delicadas y finas. Se desvivían por darnos gusto. Ese mismo día conocimos a la Srita. Delisalde, otra de las vocaciones, una joven muy serena y de mucho empuje; venía a escondidas, pues en su casa no le permitían nada que oliera a vida religiosa, preferían se casara. Por fin conocimos a Consuelo Márquez, que en seguida dejó desbordar su corazón y entre abrazos y exclamaciones, demostraba la gran alegría que sentía de vernos y conocernos. Hablamos desde luego de la Obra con la mamá de las Cabral. Nos alentó y esa misma noche, 11 de febrero de 1936, hablé con el Sr. Cabral, quien oyó interesado y pareció bien dispuesto. Al día siguiente hablamos con la Sra. Delisalde; [107] ella también nos felicitó y prometió ayudar. No se oponía a la vocación de Sofía, pero su esposo y la familia no aceptaban esto. Era lucha diaria y seguramente nunca le darían permiso. Consuelo no tenía problema, dejaría a sus hermanas y desde luego podía venirse; ardía en deseos de dejar el mundo. La tranquilizamos y le prometimos llamarla pronto. Estuvimos ocho días en los que recibimos gracias especiales. Había almas muy grandes que suspiraban por la gloria de Dios. Fuimos a Fresnillo y ahí dimos conferencias sobre Acción Católica. Volvimos a México muy entusiasmadas, contábamos con 5 vocaciones seguras, así lo creímos, y esto nos hacía sentir ansias por la pronta realización de la Obra. El 23 de febrero regresé a Puebla, dejando las Constituciones en manos del M.R. Padre Félix de Jesús Rougier. A mi llegada fui a ver al Excmo. Sr. Márquez, le referí detalladamente mi viaje. Pareció contento. En cuanto a la Obra, me pareció algo más animado, me dijo que ya en México se sabía, que el Padre Rafael Dávila Vilchis le había hablado de nosotros. Este Padre era profesor de Cultura Femenina y Asistente interino de J.C.F.M. En esos días fue a Puebla el R.P. Iturbide y le hablé nuevamente, aunque con brevedad. Le supliqué hiciera por que el M.R. Padre Félix nos terminara las Constituciones, pues sabía yo que estaba ocupado escribiendo la vida de la R.M. de Matel fundadora del Verbo Encarnado. En Marzo se organizaron unos ejercicios espirituales en México, en la Iglesia de la Enseñanza. Pedí permiso y fui en compañía de Sofía y Carmelita González. Nos hospedamos en casa de Ana María. Esta nueva gracia me hizo comprender una vez más la hermosura de la Obra y la grandeza de mi vocación. Renovamos nuestra consagración como esclavas de María, que habíamos hecho el 25 de marzo de 1935. Todas deseábamos reunirnos pronto; así lo pedimos muy es71
pecialmente. [108] En abril el R.P. Pablo me escribió una carta que recibí el día 12, en la que adjuntaba un Trisagio y un Viacrucis especial para nosotras; llevaba todo el color, era lo que faltaba a las oraciones. Se lo habíamos pedido mucho y por fin cumplía nuestros deseos. Venía además, dentro de la carta, un pequeño sobrecito que decía “M. Consuelo del Divino Padre” “Esperanzas que espero se conviertan en realidades”. Dentro del sobre venía una hoja escrita por él y que decía así: OBEDIENCIA. - ¡DIOS Y LAS ALMAS! Muy amada hija en Cristo: “El Corazón de Cristo Rey ha querido confiar a su celo la conquista espiritual del Japón. Puede usted disponer de cuantos medios tenga para cumplir su grande misión. Ponemos a sus órdenes un grupo selecto de Misioneras, deseosas de regar con su sangre esa tierra amada. “He aquí los nombres de las que formarán el primer grupo Misionero en el Japón: “María del Sagrado Corazón; María Consuelo del Sagrado Corazón; María Dolores de la Eucaristía; María Inés del Corazón Eucarístico; María Dolores de la Cruz y María Josefina del Sagrado Corazón. “Puede usted comunicarlo a las mencionadas, a fin de que con oraciones y sacrificios comiencen desde ahora su delicada misión y apresuren así la conquista de ese gran pueblo que fue tan admirado y querido de San Francisco Javier. “Se servirá usted disponer que al desembarcar en tierras japonesas, a la mayor brevedad posible, se plante una gran CRUZ DEL APOSTOLADO y que así se haga en todas sus casas. “Y para edificación de sus hermanas, tendrán cuidado de consignar los hechos más importantes de sus misiones, en una pequeña publicación que se llamará: „UNIFICANDO EL REDIL‟. De esa publicación íntima pueden tomar después lo necesario para la Revista ilustrada que se llamará: „NUEVOS ADORADORES DEL PADRE‟. [109] “Que la Reina de las Misiones bendiga desde ahora sus trabajos para que pronto se cumplan los deseos divinos de que haya un solo redil y un solo pastor. “Para ustedes y para millares de Misioneras que trabajarán en las casas del Padre, quiero dejar la más grande de mis bendiciones. “Desde mi retiro de Mixcoac, D. F., el lunes primero, 6 de Abril de 1936. “Afmo. Padre en Cristo P.M.G. M.Sp.S.” -o-oYa comprenderéis la impresión que esto me hizo y más por venir encabezado con la santa palabra: OBEDIENCIA. Leí varias veces el escrito y comprendí que de momento podíamos empezar con oraciones. Así lo escribí a las interesadas, suplicándoles empezaran la campaña de 72
oraciones y sacrificios el 3 de Mayo. El 12 fui nuevamente a ver al Excmo. Sr. Vera que se interesó por la Obra. Le informé de los Ejercicios y de los últimos pasos dados; me animó a seguir adelante con paciencia y entusiasmo. A fines de abril fue a México Monseñor Vera a dar ejercicios a la Comunidad en la que era Capellán el R.P. Pablo. Esto fue una nueva delicadeza de Nuestro Señor, puesto que, yendo todos los días el Sr. Vera, el R.P. Pablo pudo hablar con él largamente de la Obra y darse cuenta que estaba bien dispuesto y que le gustaba dicha Obra. Llegó a decir que su primera decisión había sido negativa, en vista de los pocos datos que tenía, etc. En ese viaje el Excmo. Sr. Vera también habló con el M.R.P. Félix y según supimos, quedó muy bien impresionado. El P. Pablo estaba yendo a Guadalajara, con el fin de atender los Centros del Apostolado y de la Familia del Espíritu Santo. Por su conducto un señor nos mandó un buen donativo de mil pesos para cuando empezara la Obra. ¡Esto era algo inesperado! Ved amadas hijas, cómo la Providencia Divina [110] iba moviendo los corazones, inclinando las voluntades y dándonos nuevamente, poco a poco, todo lo que nos era necesario para la realización de la Obra. Tenemos experiencia del pasado;-¡vivamos con una gran confianza! Dios no nos faltará mientras nosotras, permaneciendo fieles a nuestra vocación, hagamos todo por El y las almas. En el mes de Junio de 1936 se celebró la Asamblea Nacional de Acción Católica. Me nombraron Delegada y tuve que ir. Este viaje era para mí de mucho atractivo, pues además de proporcionarme la oportunidad de ver al P. Pablo y hablar con él de mi alma y de la Obra, me daba ocasión de ver a todo el grupito de México; y también por ser una Asamblea Plenaria, sería de mucho interés para la Obra, en lo que atañía al futuro. Con motivo del santo del P. Pablo y aprovechando que estábamos todas reunidas, mandaron hacer unos hábitos de tela corriente y como sorpresa nos presentaron en casa de Anita unos cuadros animados sobre la Obra y la Cruz del Apostolado, sobre la Obra y la Acción Católica. Fue algo muy sencillo, pero que me hizo mucha impresión, al ver cómo Nuestro Señor había dado a comprender tan a fondo a estas queridas futuras Misioneras, lo que esperaba de ellas en orden a su misión de glorificadoras de la Trinidad. A mi regreso de ese viaje fui a ver a Monseñor Márquez. Hablamos sobre la Asamblea y después sobre la Obra. Ya era otra su actitud; me felicitó por todo y me dijo que quería la Obra para Puebla, pero que creía era conveniente se empezara en México, pues había más ambiente y se podía guardar mejor el incógnito que tanto convenía al principio. Me alentó mucho y pareció bien dispuesto. El buen Dios seguía trabajando en las almas ya que también supe por el P. Pablo, que el M.R.P. Félix trabajaba en nuestras Constituciones. 73
En ese mes de julio teníamos en casa a las Madres Salesianas con unas internas. Su Colegio les había sido quitado por el gobierno y estaban sin casa. Mamá les brindó gustosa hospedaje. Con motivo de mi santo, el 15 de Julio, fueron a verme para felicitarme, Ana María, Lupita Rodríguez [111] y Lupita Fuentes. De acuerdo con las Madres Salesianas y las internas, organizaron una bonita fiesta, en la que desde luego se respiraba el amor a la Cruz, el amor a la Acción Católica. Nos divertimos mucho y felices, hacíamos grandes proyectos para el futuro. Desde luego, el deseo mejor fue que el próximo año lo pasáramos ya reunidas en nuestra primera casa. Ese día supe por papá que estaba en México, que ya había encontrado casa en esa y que nos iríamos a vivir. Este asunto del cambio a México se había venido discutiendo mucho desde tiempo atrás. Yo nunca había querido opinar, pues temía dar una opinión que fuera para mí favorable y desfavorable para los demás. Desde luego deseaba mi estancia en México; ahí quedaría más cerca del P. Pablo que tanto había hecho por mi alma y que tanto amaba la Obra, así como del M.R.P. Félix y de todas mis buenas hijas de México. Por otra parte, se me hacía muy duro dejar Puebla, en donde había recibido tantas gracias de Nuestro Señor y en donde había vivido rodeada de tantas almas buenas. Además pensaba en mis hijas de Puebla. Todo esto me hacía no desear nada y dejarlo a Dios, pues comprendía que todo lo que me rodeaba, ya no solo iba encaminado al bien de mi alma, sino a la realización de la Obra. Por fin, vistas todas las razones, se resolvió nuestra ida a México. Se adelantó mamá y yo me quedé a quitar la casa; y no fue sino hasta el 28 de agosto que llegué a México. Habíamos tenido la gran pena de que nos escribieran de Zacatecas dos de las vocaciones y nos dijeran que las consideráramos separadas de la Obra. También Cuca García Castro había escrito en los mismos términos. En cambio nuestro Señor había recogido las gracias destinadas a estas vocaciones y las había añadido a las de la propia vocación de dos almas muy queridas que oyeron la voz del Maestro allá en [112] la risueña Guadalajara. Ya las conocéis: Adelita y Lupe Orozco. De mi llegada a México poco puedo deciros; muchas lo recordaréis. Estaban en la casa esperándome el P. Pablo y todas las del querido grupito de México. ¡Qué impresión! Ya no más distancias, ya no más separaciones; ahora ya respirábamos todas el mismo aire Eucarístico de San Felipe, nuestra Iglesia preferida. Ya sentiríamos el mismo calorcito maternal de María Santísima de Guadalupe en su Santuario. Ya sentiríamos todas los mismos cuidados y desvelos paternales de nuestro buen Padre Pablo. El había sostenido nuestras almas y él nos había unido unas a otras con la caridad de Cristo. ¡Qué felices nos sentíamos ahora que ya todas juntas rodeábamos su 74
amada y respetada figura de Padre y de santo! ¡Ahora que veíamos cómo su mirada dulce, pura y penetrante, se iba posando en cada una, como diciéndonos con su voz de siempre, con sus acentos de siempre: “Amadas hijas, pureza, unión con Dios, confianza... la Obra se hará porque es de Dios”! ¡Ah buen Dios, que comprendes la flaqueza humana y que por eso le anticipas estos ratos de cielo, bendito seas! ¡Y que nuestra vida entera sea una continua acción de gracias por las horas de Tabor y por las horas de Getsemaní! En los primeros días de septiembre, un día que fui a ver al P. Pablo y que le hablé de la Obra, haciéndole sentir las ansias que tenía de su pronta realización, él me dijo que creía que realmente ya no había motivos para retrasar la fundación, siquiera fuera en forma de casa de estudios, pues urgía aprovechar el tiempo y temíamos, tanto él como yo, que si se pasaban más días, hubiera nuevas dificultades. El entonces me dijo: “Yo creo que ya deben reunirse, el día 25 de diciembre en nombre de Dios”. Yo reía, pues a pesar de desearlo mucho, no creía que en dos meses se pudieran hacer tantas cosas. El Padre calló y después me dijo que iba a hablar de esto con el M.R.P. Félix. Esta conversación me dejó muy preocupada, y temiendo una resolución atrevida y comprometedora, fui a ver nuevamente al P. Pablo y le dije que yo creía que no [113] íbamos a poder empezar el 25 de Diciembre. El me interrumpió: “No, yo creo que deben empezar el 20 de Noviembre, porque es muy justo que, siendo ese día el aniversario de la Revolución que tantos males ha traído a nuestra pobre Patria, y un día en que tanto se ofende a Nuestro Señor, se le ofrezcan ustedes como para desagraviarlo y consolarlo. Además es el día del Santo de nuestro Padre y yo quisiera que ya que se ha interesado tanto por la Obra, le diéramos de cuelga la fundación”. ¡Júzguese cuál sería mi estupor al oír esto! Yo que temía no se pudiera hacer la fundación en Diciembre por la premura del tiempo, ahora no sería en Diciembre sino un mes antes. Me quedé espantada; así se lo dije al Padre, quien pacientemente me hizo ver que realmente se podía. Lo primero que hice fue decírselo a mis papás. No lo querían creer hasta que el mismo Padre se los dijo. Por supuesto no se empezaría sin el permiso del Excmo. Sr. Vera y del M.R.P. Félix. El P. Pablo le habló y quedó de acuerdo. Entonces, aprovechando la Asamblea General de J.C.F.M., a la que vino un solo día Monseñor Márquez, le conté mis proyectos que aprobó y me aconsejó fuera a Puebla a ver al Excmo. Sr. Pedro Vera. Le prometí hacerlo a mi regreso de Guadalajara, pues habíamos acordado ir Ana María y yo con el fin de ver las vocaciones y saber si se contaba con ellas. Nos fuimos el 9 de Octubre y por un ligero descarrilamiento llegamos con 12 horas de retraso. A pesar de esto y de la hora avanzada, 10 de la noche, nos esperaban en la estación las Orozco. Al día siguiente hablamos con ellas. Desde luego se mostraron decididas a todo, y como sus papás no estaban en Guadalajara, sino en el Rancho, hablamos con su 75
hermano mayor, el licenciado, que siendo sumamente inteligente y católico, desde luego comprendió la Obra y dio el permiso a reserva de esperar a sus papás que esa noche llegarían. Al día siguiente fuimos a verlos y desde luego comprendieron todo y dieron el permiso, comprometiéndose a llevar a México a las dos Orozco para el [114] 20 de Noviembre. Los últimos arreglos los haríamos por carta. Al otro día y previo permiso pedido por teléfono, salimos para Zacatecas. Llegamos por sorpresa. Ya os imaginaréis las escenas que hubo. Desde luego, nos pudimos dar cuenta de que el ambiente había cambiado y más tarde nos aclaró la situación el P. Antonio Quintanar, confesor de todas las muchachas. No se vendrían las Cabral ni Sofía Delisalde. En cuanto a Consuelo, estaba bien decidida. Sin embargo, hablamos con todas y ya sin duda alguna salimos esa misma noche para México. Consuelo se vendría para el 20 de noviembre. Llegamos a México el 24 de Octubre y nos encontramos con la novedad de que el R.P. Pablo había sido nombrado Ecónomo de la nueva casa que los Misioneros iban a fundar en San Luis Potosí. Saldría esa misma noche! Nuestro Señor siempre pone el sello de su Cruz en todo lo que da a sus escogidos. Esta era una nueva prueba, grande prueba. ¡Tantos años de espera, tantos sufrimientos, para que, llegado el momento de la realización de todos los ideales y del cumplimiento de la voluntad divina, la obediencia nos separara del buen Padre que tanto nos amaba y tanto se sacrificaba por nosotros! ¡Sólo había que decir FIAT! Pero mientras nosotras viajábamos y recogíamos a las llamadas y elegidas, no se perdía el tiempo. Ya todas tenían permiso en sus casas y pronto empezarían los preparativos. No había tiempo qué perder; era necesario buscar casa y amueblarla. El P. Pablo volvió a los pocos días, y cuando él regresó, ya había yo ido a Puebla y había hablado con el Excmo. Sr. Vera, que, de acuerdo en todo, aprobó se empezara el 20 de noviembre y me dio su bendición. Hablé también nuevamente con el Excmo. Sr. Márquez que me bendijo y me autorizó a que les dijera todo lo de la Obra a algunas de mis más íntimas amigas de Juventud. Así lo hice. Se despejaba por fin para ellas la incógnita de mi vida; todas me felicitaron y me ofrecieron sus oraciones, deseándome toda clase de felicidades. [115] Durante los pocos días que faltaban para el 20, el R.P. Pablo nos seguía formando y dándonos todo lo que su gran alma recibió de Dios. Quería hacer de todas, almas grandes y generosas que no se detuvieran ante ningún obstáculo, siempre deseosas de la gloria de Dios y el bien de las almas. Había que buscar casa y como en esos días el R.P. José Guadalupe Treviño quisiera cambiarse junto con los Padres que con él vivían, el P. Pablo nos propuso tomar la casa que ellos dejarían en la calle del Havre. Había que verla y fui con mamá. Nos pareció conveniente y quedamos con el R.P. Treviño en que nos entregaría la casa el 15 de noviembre. Mientras tanto, podíamos mandar lo que gustáramos, él guardaría 76
todo en el patio de la casa. Contábamos con una buena ayuda de $500.00 y un ajuar de sala que nos había regalado la Sra. Carmen Peñaloza de Del Río, una buena amiga que ya conocéis y que siempre simpatizó con la Obra y nos ayudó en todo lo que pudo. Tuvimos una reunión de todas en la casa y ahí acordamos lo que había que hacer, encargándoles a Lolita Chávez y Josefina Canchola, la compra de todo el menaje de la casa. Cada quien llevaría su ropa personal y la ropa necesaria para el uso de la casa, como sábanas, servilletas, etc. Asimismo los muebles que pudiera conseguir; y la que quisiera daría algo en efectivo para comprar camas y colchones. No hubo dificultad en nada; todas deseábamos la Obra y todo nos parecía poco para su realización. Desde luego se contaba con las familias de todas, que ciegamente secundaban nuestros planes y proyectos. El P. Pablo, con permiso de sus Superiores, no quiso irse sin dejarnos bajo la sombra de la amada Cruz del Apostolado; había mandado hacer una hermosa Cruz en el Noviciado de los Misioneros del Espíritu Santo y antes de irse quería bendecirla. El R.P. Treviño permitió que la bendición fuera en la Capilla de la casa del Havre, entonces ha[116]bitada por ellos y en la que después nosotros estaríamos. Fuimos todos el día 12 en la mañana a las 7. El P. Pablo bendijo la Santa Cruz. En seguida le recé en nombre de todas, la siguiente consagración: “Oh Trinidad Santísima, profundamente agradecidas por vuestros innumerables favores y deseosas de corresponder en algo, queremos consagrarnos como apóstoles de la Cruz y del Espíritu Santo, y prometemos extender su devoción en todas partes. “Particularmente nos esforzaremos en la extensión del Apostolado de la Cruz, enamorando a las almas del sacrificio amoroso, como un medio de consolar al Corazón Divino de Jesús y atraer sobre la tierra el reinado del Espíritu Santo. “Y en nombre de las innumerables almas que nos han de seguir hasta el fin del mundo, decimos con todo nuestro amor: Corazón Divino clavado en la Cruz por salvarnos, recibe los sufrimientos de este día que en unión tuya vamos a padecer y suple con tus virtudes cuanto nos falta a nosotros y a todas las almas del Apostolado de la Cruz, para agradar al Padre, consolarte a Ti y alcanzar el reinado del Espíritu Santo a quien tanto amamos. ASÍ SEA”. -oDespués pasamos una a una a besar la Santa Cruz. El P. Pablo celebró la Santa Misa, en la que todas comulgamos. Terminada la Misa nos despedimos del R.P. Treviño, quien amablemente nos invitó a visitar la casa que iba a ser nuestra, con el fin de que pudiéramos ir preparando lo necesario para su mejor disposición y acondicionamiento. En seguida nos despedimos; todas teníamos nuestras ocupaciones, pero nos citamos para la tarde en que sería la despedida del Padre Pablo en la casa. Se fue por fin, quedándonos tristes, es cierto, pero al mismo tiempo alegres al 77
ver que Jesús nos amaba y estaba en medio de nosotras, puesto que nos regalaba su Cruz! Además era para nosotras un gran consuelo el saber que en todo se hacía la voluntad divina y que esta voluntad traía el sello de la obediencia sacrificada que tanto tanto nos había enseñado a amar [117] nuestro Padre. El, por su parte, marchaba contento, con la alegría de los que van a donde la obediencia los lleva y tranquilo, puesto que nos dejaba a la sombra bendita de la Santa Cruz del Apostolado y a los pies del altar, a donde esperaba vernos siempre y algún día volvernos a encontrar si es que regresaba. Seguimos arreglando todo lo relativo a la fundación y, haciendo uso del ofrecimiento bondadoso del R.P. Treviño, íbamos mandando a la casa del Havre muebles, trastos, paquetes, etc. Se llegó el día 15 y como nos diéramos cuenta de que la casa seguía ocupada y no se vieran trazas de mudanza, fui yo a ver al R.P. Treviño a su despacho el día 17 en la tarde, y me dijo entonces que él creía que no nos podría dejar la casa, debido a que no se iba a cambiar de momento, pues la casa de Mixcoac que ya tenía vista, no se la querían dar en las condiciones que él deseaba, y que aunque ya tenía la luz instalada y había hecho algunos gastos, no la tomaría; por lo tanto no se saldría de la casa del Havre por entonces. ¡Ya os imaginaréis lo que sentí ante esta noticia! ¡Faltaban sólo tres días para la fundación y no teníamos casa! Procuré tranquilizar al R. Padre que estaba sumamente mortificado y me fui a la casa a darle a mamá la triste nueva. ¿Qué hacer? Urgía resolverse a algo, pero desde luego la fundación se haría ese día. Avisé a todas que ya no siguieran mandando cosas y que nos ayudaran a buscar casa. Esa misma tarde me fui con mamá a ver a las Madres de la Cruz para despedirme de ellas. Durante la visita, naturalmente les contamos lo del contratiempo que habíamos tenido; ellas entonces nos dijeron que estaba vacía la casa que ellas mismas acababan de dejar en la Avenida Chapultepec # 197. Al día siguiente fui con Anita Treviño a buscar casa; tomamos un coche y con el periódico del día en la mano, fuimos a ver todas las casas que ahí venían anunciadas, sin encontrar ninguna que [118] nos conviniera, hasta que esa misma tarde se decidió Anita a ir a ver la casa de la Avenida Chapultepec. Le pareció bien desde luego, pero era de mayor renta que la que podíamos pagar. Volvimos al día siguiente a buscar más casas. Esta vez también nos acompañaba Consuelo Márquez que ya se había venido de Zacatecas, para empezar con todas el día 20. Ella se había traído una joven sirvienta que venía recomendada por el P. Quintanar y quería ser una futura hermana Coadjutora: María Domínguez. El 18 en la tarde por fin, conseguimos tener el contrato firmado de la casa en la Av. Chapultepec # 197. Como ya era muy tarde, no pudimos ir sino hasta el 19 en la mañana para arreglarla y amueblarla. En vista de lo atrasado que estaba todo, decidimos quedarnos en la casa todas 78
desde esa misma noche. Me fui temprano con Juanita Morales para esperar los muebles de todas y para ir limpiando. Poco a poco fueron llegando las camas y colchones que habíamos comprado con el dinero que nos dió Carmelita Peñaloza; las petacas con la ropa, libros, etc., de cada una y, por fin, en un camión un ajuar de sala, uno de comedor, uno de recámara y grandes canastos con ropa, etc., todo de Lupita Fuentes, quien había tenido la pena de perder a su mamá el día 3 de ese mismo mes. Siendo sólo ella y dos hermanas solteras, las que vivían también solas, tuvieron que quitar la casa a fin de cambiarse a unas piezas que les rentaba una amiga. Entonces se repartieron las cosas de su casa y Lupita trajo todos esos muebles que fueron de gran utilidad y que hasta la fecha ya veis cómo nos han servido. Quise hablaros de esto para que veáis cómo la Providencia Divina nos daba cuanto en esos momentos nos podía hacer falta y también os lo digo para que no olvidéis que la gratitud nos pide encomendemos en nuestras oraciones a la mamá de nuestra querida Hermana, ya que fueron suyas todas las cosas que os dije y que ahora usamos nosotras. Todas estábamos afanosísimas arreglando la casa, sumamente sucia, destartalada y sin agua en el piso alto, pues habían entrado los ladrones y se habían llevado todos los muebles del baño, desconectando las tuberías. Llegaron a ayudarnos las tías de Lupita [119] Rodríguez y esto era vernos subir y bajar escaleras, cargando colchones, camas, petacas, libros; en fin, mil cosas necesarias. Anita y Consuelo mientras tanto andaban en la calle consiguiendo velas, hostias, vino, flores, imágenes, ornamentos, manteles, etc., todo lo necesario para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Lolita Chávez, Josefina y Lupe Fuentes, habían tenido que trabajar y no vendrían a ayudarnos sino hasta la tarde. La víspera se había recibido aviso de las González de Puebla, en el que nos decían que iban a salir para ésta el 19. Así pues, al medio día llegarían en el tren y yo iba a esperarlas a la estación. Pero no pude por estar a esa hora sumamente ocupada en los arreglos de la casa. Llegaron solas y en un coche se fueron a la casa de mis papás; después ya se vinieron a la Ave. Chapultepec. Podréis imaginar el gusto tan grande que sentiría al verlas en nuestra casa y sentirlas nuestras. En seguida se pusieron a ayudarnos a pesar de que venían muy mal pues se habían mareado en el camino. Llegaron con Lupita Fuentes que traía flores para la Capilla. Les dejé repartido el trabajo y como eran las tres de la tarde, me fui con Lupita Fuentes, quien desde que había muerto su mamá estaba en casa de mis papás. Llegamos a comer y a pesar de lo tarde, todos nos estaban esperando. Había varias cartas de Puebla en donde me felicitaban. Esto salvó un poco la situación, pues me puse a leerlas en voz alta y así comimos sin haber tiempo a escenas ni comentarios. En seguida nos despedimos de todos. Mis hermanos se quedaron llorando. Papá 79
me bendijo y se fue poco después. Mamá me bendijo también y luego nos ayudó a acabar de recoger todo lo que faltaba de llevarnos y nos acomodó en un coche para irnos nuevamente a la casa de Chapultepec. Cuando llegamos, ya habían empezado a acomodar cosas y ya todas habían regresado de sus comi[120]siones, excepto Ana María y Consuelo Márquez, que andaban en un coche avisando a todas las personas del cambio de casa. Fueron también a avisarle al M.R.P. Félix de Jesús Rougier, que la Misa sería a las 7 a.m. y le dieron la dirección nueva, pues el creía que íbamos a comenzar en la casa del Havre. Por fin llegó el altar. Lo habíamos mandado hacer de madera tallada y en forma de cómoda, con un cajón en la parte alta para guardar los ornamentos, y en la parte baja unas puertas con divisiones interiores a fin de poder guardar todo lo de la Misa. Para sostener el Sagrario habíamos comprado una repisa también de madera, que estaba sostenida por una cabecita de ángel. El Sagrario sería una cajita dorada y forrada de raso que mamá me había obsequiado el día de mi Confirmación. Había que tomar algunas disposiciones y la primera de todas, organizar el trabajo, repartirlo entre la pequeña comunidad. Así lo hice, dando a unas el encargo de hacer la cena, a otras el arreglo de los dormitorios, a otras el comedor, recibidor, etc. Y por fin nos quedamos para arreglar la Capilla, Ana María, Josefina y una servidora. Como no teníamos nada para la Santa Misa, el R.P. José Guadalupe Treviño nos prestó todo lo del altar, nos mandó vino y hostias y además uno de los Hermanos trajo una botella de aceite para el Santísimo y nos vino a armar la Cruz del Apostolado que, para podérnosla traer, habíamos tenido que desarmar. Todas muy afanosas en nuestro respectivo oficio, corriendo de un lado para otro, improvisando cosas. Así, en la Capilla un “store” que nos prestó Monis, nos sirvió de dosel y para colgarlo empleamos el carrizo de un plumero que cuidadosamente limpiamos y escondimos con la misma tela. Como no teníamos copón, dispusimos para guardar las Sagradas Formas una polverita de oro y esmalte azul que me había regalado una tía poco tiempo antes, y que yo había guardado sin usar. Para cubrir la cajita dorada que hacía veces de Sagrario, pusimos como conopeo un pañuelito de lino y encaje legítimo que llevó mamá el día de su boda. No teníamos tapete y nos prestaron uno. No había [121] más que unas cuantas sillas que llevábamos de la Capilla al comedor y del comedor al recibidor y así sucesivamente. Algo tarde y un poco cansadas, recibimos el aviso de las cocineras a fin de reunirnos a cenar. Era nuestro primer acto de comunidad. Ya os imaginaréis la alegría de todas al vernos por primera vez partiendo juntas el mismo pan. Esto eran comentarios y felicitaciones y sobre todo acciones de gracias al Buen Dios que nos había escogido y nos había reunido en vida tan feliz y llena de paz. Nuestra modesta cena terminó pronto, pues había que seguir arreglando todo hasta terminar. Así, volvimos a nuestros respectivos puestos. Eran cerca de las dos de la mañana cuando terminamos de arreglar todo. Había flores en las mesitas, repisas y columnas; tapetitos en los muebles, cuadros; en fin, la 80
casa estaba hasta elegante, así nos parecía a nosotros. A esa hora nos acostamos las supervivientes, y digo esto porque ya faltaba una de nosotras: Juanita no había soportado tanto trabajo y aunque ella se esforzaba por seguir trabajando, bien comprendimos que le era imposible, y así la metimos a la cama. Al día siguiente, muy de mañanita, antes de las cinco, nos levantamos a fin de arreglar todo lo de la fiesta. La Misa iba ser a las ocho; poco antes empezaron a llegar los invitados, siendo los primeros en llegar mis papás. Al poco rato llegó el M.R.P. Félix que venía acompañado del Hermano Agustín Lira. En seguida salí a recibirlo, felicitándolo por su santo y ofreciéndole su cuelga: LA OBRA. Le supliqué dijera a Nuestro Señor muchas cosas de amor de nuestra parte y lo dejé para que se revistiera. Casi no cabíamos en la capillita, pues éramos, aparte de las diez que formábamos la nueva Congregación, Elisa García Venegas una amiga de la Obra, Carmelita Peñaloza de Del Río, amiga y bienhechora; Monis y su tía; Dora, una joven que amaba la Obra [122] y que esperábamos sería una vocación; Lolita Cacho, otra presunta vocación, Secretaria de Juventud en la Parroquia de San Miguel de Tacubaya; las dos hermanas solteras de Lupita Fuentes; los papás de Anita Treviño; la mamá de Lupita Rodríguez y sus hermanos Julio y Lourdes; la mamá de Josefina Canchola, Salvador su hermano y Jovita, una señora amiga de ellos; una tía de Consuelo Márquez y un primo; la tía de Juanita Morales y una de sus primas; Eugenia Olivera, Presidenta del Comité Central de J.C.F.M. y mis papás. El M.R.P. Félix nos dirigió unas breves palabras, haciendo referencia al acto de la fundación, felicitando a nuestros padres que tan generosamente nos habían cedido a fin de dedicarnos sólo y para siempre, a la gloria de Dios y el bien de las almas. Después, dirigiéndose a nosotras, nos exhortó a ser fieles y perseverantes, a no retroceder ante las cruces que necesariamente nos tendrían que venir. Nos recomendó mucha unión con Dios, mucho silencio, mucha caridad y mucho amor al sacrificio. (Cfr.: “Palabras del M.R.P. Félix el día de la fundación” AÑO 1946 RECUERDOS DE LA APROBACIÓN DE LAS MESST, aniversario 20 de noviembre; colección libros de Nuestro Padre Pablo). Terminada la Santa Misa le suplicamos nos acompañara a desayunar, pero sonriendo amablemente rehusó, era santo del Padre Edmundo y tenía que irse a desayunar con él. El Hermano Agustín también protestó, no era justo que, teniendo su casa y sus hijos, pasara su santo lejos de ellos. Ya bastante habían hecho con cedérnoslo para la Misa. No hubo más remedio que despedirnos de él y para reconciliarnos con el Hermano Agustín que aparentaba mucho enojo, le regalamos un gran pastel. ¡Ah! buen Hermano Agustín, nuestro sincero amigo y simpatizador de la Obra! El M.R.P. Félix llevaba para cada una de nosotras una estampita de Santa Teresita del Niño Jesús con la fecha de la fundación, escrita por él y con su firma, a la que antecedían las palabras: “Afectísimo Padre”. En seguida todos, después de los abrazos y las felicitaciones consabidas, pasaron a desayunar; obliga[123]mos a Eugenia Olivera a presidir la mesa. Seguramente se 81
hubieran quedado todo el día, pero no había tiempo que perder, urgía irse. A las 10 de la mañana el tráfico quedaba suspendido pues era día de la Revolución y había un gran desfile. Así pues, todos apresuradamente se despidieron, excepto mamá que nos preguntó a quemarropa: “¿Y la comida? ¿Ya tiene algo que comer?”... Nadie había pensado en eso, así que nos soltamos a reír y entonces mamá, como hada benéfica se ofreció para salir a comprarnos carne, huevo y pan. Estábamos encantadas con nuestra Capilla, con nuestro Sagrario, con nuestro Jesús. No hubiéramos querido salir de ahí, pero era preciso atender a otras cosas. Por cierto, y como dato curioso, vimos que la cajita que hacía de Sagrario, no había querido cerrarse y quedaba, pese a los esfuerzos del M.R. Padre por cerrarla, un poco entreabierta. Es que Jesús no cabía adentro, necesitaba salirse para estar más cerca de nosotras, ¡qué alegría! Durante el día estuvieron llegando visitas, hubo que atender a todas y hacer los comentarios consiguientes. En los ratos libres, corriendito a la Capilla! Por fin terminó el día y en la noche, después de cenar, nos reunimos en la sala de la casa, pues quise antes de terminar ese memorable día, hacer un horario y así poder seguir un pequeño reglamento de vida, siquiera de una manera provisional. Quedó fijada la hora de levantarse: cinco menos cuarto; la hora de comer 1 p.m.; la hora de cenar 7 p.m.; las horas de adoración y el reparto de cargos y oficios. Quedó la adoración cubierta desde las 7 de la mañana hasta las 12 de la noche y teníamos todas dos horas y media diarias de adoración, más la Santa Misa, las Oraciones de la mañana, de la noche; el rezo del Santo Rosario todos los días, el Vía crucis dos veces por semana y el Trisagio el domingo. El resto del tiempo, por el momento, lo emplearíamos en acabar de arreglar la casa y ordenar [124] nuestra nueva vida. Se nombraron cargos: Ana María quedó como Secretaria, Consuelo Márquez como Ecónoma, Juanita Morales y Carmen González en la cocina y portería, ayudándoles por las tardes Lolita Chávez a quien se nombró enfermera y que pronto se estrenó en su oficio, pues tuvo que darnos medicina general para la bilis. Todas la teníamos derramada con tantas impresiones. Esto fue curioso: preparó una taza con té y sulfato y por turno, con la misma cuchara, nos fue dando cucharadas hasta terminar la terrible medicina que nos hacía hacer gestos... A Sofía González la nombramos ropera. Seguían trabajando y nos daban sus sueldos, Lolita Chávez en una farmacia de 8 a 2 de la tarde, Lupita Fuentes y Josefina Canchola en la Compañía de Tranvías, de 7 a 2 y Lupita Rodríguez, sólo por unos meses, hasta diciembre, en una oficina de compra y venta de casas y terrenos, con su hermano Julio, unas veces en la mañana, otras en la tarde, pero pocas horas. El día de nuestra fundación habíamos hecho que presidiera la mesa la Srita. Presidenta del Comité Central, nuestra buena y querida amiga Eugenia Olivera, quien aceptó, y al despedirse nos dijo que la primera ayuda que la J.C.F.M. nos pedía era que diariamente rezáramos y suplicáramos a Nuestro Señor que las cuarenta y cuatro mil y 82
pico de socias de la J.C.F.M. no lo ofendieran por ese día y que esa misma súplica la hiciéramos diariamente. Para cumplir con esta petición, resolvimos decir todos los días después de la primera oración a la Santísima Trinidad, estas palabras que encierran una súplica: “INTENCIÓN DE LA J.C.F.M.” En la tarde del 20 volvió a vernos Monis que venía muy contenta, pues en su casa, su tía que hace las veces de madre y su hermana, le permitían venir a vernos y a hacer diariamente su adoración. Venía cargando una gran bolsa de pan y nos dijo; “Desde ahora voy a ser su panadero de las noches, así es que díganme cuánto les tengo que traer todos los días”. ¡Alma grande y generosa, el buen Dios te pague todo lo que has hecho por tus hermanitas Misioneras! Esa misma noche antes de acostarnos, nos reunimos todas en la sala y por primera vez hablamos de vida religiosa solas, pues siempre que lo habíamos hecho era [125] con nuestro Padre y él nos daba luces y consejos. Ahora la obediencia nos tenía separadas de él, pero lo sentíamos muy cerca, sabíamos que él seguramente en esos mismos momentos estaba pensando en nosotras y pedía al buen Dios nos bendijera. Esto nos llenaba de consuelo. Nuestro Padre, antes de salir, me había entregado una hoja escrita por él, en la que nos daba consejos valiosísimos. Esta hoja que guardé con cuidado, ahora la llevaba conmigo y con su lectura dimos principio a nuestra reunión. Decía así: “Muy amadas hijas en Cristo: ¡Confesemos al Señor porque es bueno, porque su misericordia es infinita! ¿Cuándo ha desoído Dios el clamor de las almas que le aman y que buscan su gloria? “Nuestras constantes oraciones llegaron al cielo, y hoy vemos realizado un deseo largamente acariciado. “Comenzáis vuestra vida común. Esa vida que os introducirá en el campo de la Iglesia como una nueva falange de almas dispuestas a sacrificarlo todo por la gloria de Dios. Dios y la Iglesia esperan mucho de vosotras. Millares de almas están pendientes de vuestra perfección para acercarse a Dios. “La vida común encierra grandes consuelos; pero a condición de que todas se esfuercen por ser amables y caritativas. “La alegría espiritual es la herencia de las Comunidades; pero siempre que se conserve en ellas el fervor. “Y precisamente, amadas hijas, para que conservéis vuestro fervor, quiero daros unos consejos prácticos: “En primer lugar os recomiendo EL SILENCIO. Recordad que el Espíritu Santo se comunica siempre en el silencio del alma, y el silencio exterior ayuda mucho al interior. Fuera de las horas de recreo hablar solamente lo necesario y con las menos palabras que se pueda. “En segundo lugar os recomiendo LA CARIDAD; pero una caridad exquisita, que venga a recordar [126] a los primeros cristianos. No criticar de nada ni de nadie. Ser 83
muy serviciales y estar dispuestas a sacrificaros por el bien de las almas. “Y todo esto lo conseguiréis siendo ALMAS DE ORACIÓN, muy unidas con Dios, muy amantes del Sagrario. Si frecuentáis el trato con Dios, necesariamente tendréis que ser caritativas, pues Dios es Caridad, es Amor. “En tercer lugar os recomiendo EL ESPÍRITU DE SACRIFICIO. Recordad que sois esposas de Jesús Crucificado, que vuestro apostolado debe ser de sacrificio, de cruz, como el de Cristo. El dolor amoroso atizará más y más el amor divino en vuestras almas. “En cuarto lugar os recomiendo LA SENCILLEZ. Sed siempre como de cristal con aquéllos que deben gobernaros. Y siendo imposible deciros todo lo que pienso, quiero que todo lo resumáis en una sola cosa: “SED ALMAS PURAS”. Que la pureza de Dios irradie desde vuestras almas. Que vuestra descendencia espiritual sea muy pura. “En vuestras pláticas y en los escritos, hemos tratado mucho de la Obra. Ahora sólo quiero señalaros esos puntos. “Que la gracia del Espíritu Santo ilumine vuestras almas, a fin de que sepan dar su medida, llegar a la perfección que El quiera y salvar innumerables almas. “Os consagro una vez más a la Trinidad Santísima y al Corazón Inmaculado de María. Que Ellos os guarden y os conserven en su gracia y en su amor. “Por mi parte os bendigo una vez más y os ofrezco un recuerdo diario en el altar. “Rogad también vosotras por mí y por todos los sacerdotes para que seamos santos y glorifiquemos a Dios. “Que el Espíritu Santo, fuente de toda pureza, os la comunique por medio de la Cruz y guarde vuestros cuerpos y vuestras almas puros y sin mancha; y que la bendición del Dios Omnipotente, del Padre y del Hijo y del mismo Espíritu Santo, descienda sobre vosotras y permanezca para siempre. AMÉN. - Afectísimo Padre en Cristo. Pablo María Guzmán, M.Sp.S. Nov. 20 de 1936.” [127] -o-o-oAl terminar la lectura casi todas estábamos llorosas. ¡Cómo amaba nuestro Padre la Obra y cómo deseaba que la amáramos y en ella nos santificáramos por la obediencia, la caridad, el silencio, la oración! Después de comentar brevemente las frases de nuestro Padre que eran para nuestras almas un gran faro luminoso, pasé a repartir algunos pequeños oficios, como reglamentaria, sacristana, y expliqué que viviendo ya todas juntas y deseando la perfección en la vida religiosa, debíamos olvidarnos de todo trato humano y ser unas con otras muy respetuosas. Por lo pronto suprimiríamos el tuteo y nos hablaríamos de “usted”. Guardaríamos la mayor compostura y silencio posibles. Procuraríamos no hacer nada por propia voluntad, es decir, buscaríamos en todo la obediencia y principalmente debíamos proponernos ser muy generosas y no negarle a Jesús nada de lo que El nos pidiera. Por último, después de aclarar todas las dudas que cada una fue exponiendo sobre la oración, el empleo de los tiempos libres y otros detalles de la vida práctica, me 84
puse a las órdenes de todas. No quería ser superiora, quería ser para ellas una Madre, una amiga, una hermana. (Cfr. Palabras de Nuestra Madre en la primera Reunión, la noche del 20 de Nov. de 1936: TOMO I N.M., pág. 2) Ana María, en nombre de todas, tomó la palabra y dijo que deseaban constituirse en hijas mías y que me pedían les permitiera llamarme con el nombre de “Madre”. No quise acceder hasta consultar con nuestro Padre; pero ellas insistían cada vez más y para evitar siguiera la cosa adelante, alegremente se terminó la sesión, no sin antes ver que todas me rodearon y cayeron de rodillas pidiéndome la bendición que yo, profundamente emocionada, tuve que darles, haciéndoles una pequeña cruz en la frente, y luego, dándonos un beso en la frente, nos despedimos. Fui en seguida a la Capilla a darle gracias a [128] Dios por todo y luego a pedirle a la Santísima Virgen de Guadalupe, -de la que teníamos una gran imagen en marco tallado que había llevado Lolita Chávez,- que no nos abandonara y que, como se lo habíamos ido a pedir el domingo anterior al día de nuestra fundación (15 de noviembre de 1936), nos diera siempre casa, vestido y sustento para poder trabajar sin preocupaciones por el bien de las almas y la gloria de Dios. Le pedí nos hiciera muy amantes de su Divino Hijo y no permitiera que lo ofendiéramos, sino al contrario, que siempre lo consoláramos. No teníamos Misa, pero el R.P. Treviño mandaba todos los días al Padre Evaristo a que nos diera la Comunión. Nos habían dado quince pesos para unas intenciones de Misas, pero no se podían celebrar porque no teníamos ninguna ropa de altar. Mamá me había regalado dos juegos de cama; como eran de lino y con encajes y bordados primorosos, los había yo dejado a las Madres de la Cruz en Puebla para que nos hicieran un alba y unos manteles de cada juego. Pero debido a la precipitación con que dimos principio a nuestra vida de comunidad, no pudieron ellas acabarlos. Por eso no teníamos nada para la Santa Misa, ni casi nada para la Capilla. Recuerdo que un día que no pudo ir el P. Evaristo a darnos la Comunión, fue el R.P. Treviño; él ignoraba que no teníamos nada, llegó sin traer sotana ni roquete ni estola y cuando pidió todo esto se le tuvo que negar. Entonces se fue a la casa que ocupaban todavía en el Havre y que quedaba muy cerca, y se trajo todo lo necesario. Esto nos mortificó mucho, pues el Padre tuvo que molestarse; entonces les dije a todas que pidiéramos a Ntro. Señor nos socorriera y que le prometía que el primer dinero que nos regalaran, sería todo para la Capilla. No se hizo esperar la respuesta; a los pocos días, como era domingo, vinieron a visitar a Juanita Morales su tía y unas primas, y cuando se fueron, me dijo Juanita entregándome unos billetes: “Madre, dice mi tía que una señora le dio esto para nosotras”. Contamos el dinero y eran cien pesos. [129] Al día siguiente me fui con Ana María a ver al R.P. Treviño para pedirle los datos necesarios a fin de hacer un ornamento. Nos mandó con las Madres de la Cruz, quienes nos dieron los dibujos, patrones y demás. Así es que en seguida, en nombre de Dios, compramos terciopelo blanco, terciopelo rojo y seda color oro, y manos a la obra: 85
a hacer un ornamento estilo bizantino. Compramos también lino y cortamos un amito que se llevaron a la oficina Lupita Fuentes y Josefina Canchola para hacerlo. También cortamos unos purificadores y unos corporales y ahí estábamos todo el día reunidas en una pieza que daba a la calle, cosiendo con afán, deseosas de estrenar el día de Navidad. Pero lo que nos urgía era tener diariamente la Santa Misa o al menos con frecuencia. En los recreos todo se nos volvía pensar y repensar cómo hacer para lograr esto que tanto deseábamos. Por fin, un día Lupita Rodríguez me propuso ir con Ana María a ver a una tía suya que se llamaba Lolita Rodríguez y que había tenido oratorio en su casa durante la persecución. Tal vez ella tendría todavía cosas de Capilla y podría prestárnoslas o regalarlas. Fueron a verla y volvieron cargadas de cosas: ornamentos, manteles, cáliz, Misal y hasta una hermosa imagen de la Inmaculada que misteriosamente ocultaron hasta el día 8 de Diciembre, en que nos dieron la sorpresa. También fue Ana María a ver a una señora de Coyoacán, la Sra. Iriarte, que tenía a su cargo una Iglesia y que con mucho gusto nos prestó algunas cosas. Esta señora nos recomendó con la Sra. Icaza quien nos dio $50.00. Con esto compramos algunas cosas más para la Capilla. Consuelo Márquez, que se había traído algo de dinero, quiso también que se empleara en la compra de un cáliz que nos costó $47.00 y al que le mandamos grabar en la base, de un lado, nuestro lema: DIOS Y LAS ALMAS. Y del otro el lema de nuestro Padre: SCIO CUI CREDIDI. [130] Todos los sábados en la noche nos reuníamos para hablar de la Obra y corregirnos mutuamente lo que hubiera en faltas, así como para, entre todas, tomar las resoluciones que creyéramos convenientes para el adelanto nuestro y en general, para todo lo que fuera necesario. Estábamos encantadas, pero no nos sentíamos completas, nos faltaban dos Hermanas, las Orozco, que no habían podido llegar para el día de la fundación. ¿Cuándo llegarían? Esta era la pregunta que sin cesar nos hacíamos; todos los días le pedíamos a Dios nos las trajera. El tiempo pasaba con rapidez. Vivíamos felices y sentíamos muy cerca de nosotros a Jesús; nos complacíamos en decirle que éramos su Betania. El por su parte, nos llenaba de delicadezas, abriéndonos paso, acercándonos almas que nos ayudaran; por ejemplo un tío de Lupita Rodríguez le mandó cheque de $100.00. Otras personas nos daban donativos varios, y a fin de poder tener Misa diaria y Capellán, había pensado Ana María ir a ver algunas personas para suplicarles nos tomaran intenciones mensuales de Misas. Poco a poco el mes se iba llenando y para las Misas que se nos iban pidiendo, veíamos a los Padres Misioneros del Espíritu Santo. Un día fui a ver al M.R.P. Félix de Jesús Rougier, para contarle todo lo que se iba haciendo. Me dijo que quería enterarme de que nuestro Padre no podía seguir dirigien86
do a todas, pues no convenía; que solamente recibiríamos su dirección Ana María y yo por entonces, que ya más adelante se vería. Esta determinación me dio muchísima pena, comprendí el golpe tan terrible que iba a ser para esas almas dejarlas sin la dirección que tanto bien les había hecho. Sin embargo tenía confianza en que esto se solucionaría. Por lo pronto yo guardaría silencio, no me tocaba a mí hablar sino callar. Por primera vez nos confesamos en Comunidad, es decir, en la vida religiosa. ¡Qué impresión! Fue el R.P. Joaquín Paredes, M.Sp.S. el designado para venir a confesarnos y también a bendecirnos la casa. No sabíamos quién vendría en lo sucesivo; deseábamos siguiera este Padre pues se había mostrado [131] muy bien dispuesto para la Obra, y nos sentíamos tan solas y temerosas, que veíamos en él un apoyo y un consuelo. Los días que no teníamos Misa en casa, nos dividíamos en dos grupos y nos íbamos a Misa a la Iglesia de la Sagrada Familia que nos quedaba muy cerca. Un consuelo grande nos mandó Nuestro Señor con dos cartas que recibimos, una del Excmo. Sr. Vera y otra del Excmo. Sr. Márquez. La carta del Sr. Vera decía así: “Estimada hija en Jesucristo: - La gracia y paz de Dios moren siempre en su alma. He recibido su grata del 16 y la felicito por la gracia que le ha concedido el Excmo. Sr. Ruiz. Ya le escribí hace tres o cuatro días, recomendándole la Obra para que con toda caridad y amor la acoja y proteja. “Espero que lograrán todas las gracias necesarias en medio de las pruebas y tribulaciones que les han de venir. Mucho agradezco las oraciones que hacen por mí y le prometo bendecirlas desde Zacapoaxtla el día 20. “Envío mis saludos y bendiciones a su familia y compañeras y me es muy grato repetirme su afectísimo Padre y S.S. Pedro Vera”. La del Sr. Márquez, puesta el 20 en San Martín Atexcal, decía así: “Muy estimada Rica: Las he tenido muy presentes el día de hoy y he pedido mucho por todas. Por eso les envío mis recuerdos y bendiciones desde estos cerros, campo quizá de un apostolado futuro para las nuevas almas sacerdotales, adoradoras de la Eucaristía e hijas de la Trinidad. - No escribo largo porque no puedo. No me olviden en sus oraciones. - De ustedes afmo. Padre que de todo corazón las bendice. - J. Ignacio Arz. tit. de Bosf.” Una visita importante que tuvimos en la semana de la fundación, fue la de la Vicaria de las RR.MM. del Verbo Encarnado, la M. Hermenegilda Ar[132]mendáiz, quien nos trajo unas reliquias de su fundadora la M. Juana de Matel y una fotografía en un marco. Esto se debió a que nosotros le habíamos encomendado a la Ven. Madre de Matel que nos alcanzara la gracia de poder empezar la fundación el 20 de noviembre, ofreciéndole si se nos concedía, publicar la gracia en el boletín mensual “Pentecostés”, como en efecto lo hicimos. Ya habíamos organizado nuestra vida y habíamos empezado nuestras clases, dándoles yo Acción Católica unos días y otros Historia Sagrada. 87
Sólo teníamos una hora diaria de clase, pues había otras muchas cosas que hacer, si se tiene en cuenta que nosotros lo hacíamos todo, es decir: lavar, planchar, cocinar, arreglar la casa, coser, etc. etc. Nos daba mucho gusto tener todo el tiempo ocupado; se nos hacía poco todo lo que trabajábamos por la Obra de la que cada día nos sentíamos más enamoradas. Le escribí al Excmo. Sr. Vera dándole parte de todo lo que habíamos hecho y además diciéndole que la carta que decía haberle escrito al Excmo. Sr. Ruiz, no le había llegado. Entonces él, bondadosamente me contestó la siguiente carta fechada en Puebla el 4 de diciembre de 1936. “Estimada hija en Jesucristo: - La gracia y paz de Dios moren siempre en su alma. - Al regresar de la visita de San Andrés Chalchicomula, encontré su grata del 27 del pasado, a la que contesto. “Mucho me complace el beneficio que Dios les ha dispensado de comenzar la Obra por la que tanto anhelaba su alma y de que el mismo Señor y Dueño nuestro esté morando con ustedes bajo el mismo techo. “Espero que procurarán tenerlo siempre contento, haciendo en todo Su Santísima Voluntad, no sólo por el cumplimiento de sus Santos Mandamientos, sino por la aceptación de cualquier disposición del superior eclesiástico. “Mucho me extraña que no haya recibido mi carta el Excmo. Sr. Ruiz y para evitar otro extravío, me permito adjuntarle una que, cuando pueda, tendrá la dignación de entregarle. “Muy bien me parece el plan de vida que lle[133]van y las prácticas de piedad que hacen. Dios bendiga todos sus pensamientos, palabras y acciones, que todo ceda a su mayor gloria y al bien de sus almas. Las bendice su afectísimo Padre y S.S. Pedro Vera”. Esta carta fue para nosotros un gran consuelo, pues veíamos la buena voluntad del Sr. Arzobispo para la Obra, y en esto una manifestación más de las bendiciones de Dios. El día 8, fiesta de la Inmaculada, tuvimos Misa que nos fue a celebrar el R.P. José Quezada, M.Sp.S. y nos dio una hermosa plática sobre la Santísima Virgen. Pusimos a un lado del altar, sobre una mesita, la imagen de la Inmaculada que habían prestado las tías de Lupita Rodríguez y le pusimos flores azules y blancas. Juanita Morales propuso le escribiéramos cada quien en un papelito una alabanza y le pidiéramos una virtud. Así lo hicimos y luego depositamos estos homenajes a los pies de María, dentro de una pequeña ánfora de cristal azul. El 9 de Diciembre fueron los premios de Cultura Femenina en el salón de Cabildos de Catedral. Asistí a ellos y con eso terminé la ayuda que desde octubre venía dándole a Juanita Arguinzóniz, Directora de Cultura. Seguíamos buscando Capellán, pues ya casi teníamos todas las intenciones del mes cubiertas y por eso fuimos a ver al M.R.P. Félix para preguntarle si podía ir algún Misionero; pero nos dijo que no podía, pues todos estaban ya comprometidos. Seguimos buscando y fuimos con el Excmo. Sr. Ruiz, el cual nos prometió ayudarnos a bus88
car entre los padres que iban a la Mitra. Se llegó por fin la Navidad, primera que íbamos a pasar reunidas. Para ese día queríamos estrenar nuestro Sagrario, regalo de Monis, pero no lo pudieron acabar de forrar las Madres de la Cruz y se aplazó el estreno. Ahora sí ya estábamos felices, pues las dos Orozco de Guadalajara, Adelita y Lupita, llegaron el [134] día 20 en la mañana; fui con Lupita Fuentes y Lupita Rodríguez a esperarlas a la estación y en cuanto llegamos a la casa pasamos a la Capilla a rezar el Trisagio; era domingo, justamente las 10 de la mañana. ¡Cómo nos gustaron estas dos Hermanas y qué impresión de felicidad sentimos al verlas, tan jóvenes, tan sencillas, tan alegres! Esa misma tarde quisimos ir todas a ponernos bajo la mirada de María Santísima de Guadalupe en el Tepeyac. Le hablamos a una joven amiga nuestra de la Parroquia de Tacubaya, María Perales, para que se viniera a pasar la tarde con Nuestro Señor y a cuidar la casa; en dos coches nos fuimos todas a visitar a nuestra amada Madre. Podía decirse que era nuestra primera visita para Ella, pues hasta ese día estuvimos completas las doce primeras Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Nos acompañó también Carmelita Peñaloza de Del Río, nuestra buena amiga que nunca nos olvidaba y que en todas las oportunidades venía a pasarse ratos con nosotras. Para la Navidad hicimos mucha fiesta; desde luego compramos adornos de Navidad para la Capilla que arreglamos de blanco y plata y con unas estrellas y cordones de escarcha plata y rojo. En una esquina de la Capilla formamos con unos pinos el Belem y ahí acostamos al Niño Dios, uno grandecito que era de Ana María y que se veía monísimo. Aprendimos villancicos y cantamos esa noche. Vino el R.P. Jesús Oria, M.Sp.S. a celebrar la Santa Misa a media noche. Nos dio una hermosa plática, nos dio la Bendición con el Santísimo y luego al terminar la Misa fuimos todas a adorar al Niño. En seguida, a la una, bajamos al comedor, pues nos habían anunciado que el Niño Jesús dejaría regalos. En efecto, la primera sorpresa fue el comedor que estaba muy adornado con festones de papel de color, campanitas, y en el centro de la mesa que estaba llena de golosinas, (regalo de los papás y amigos de todas), un arbolito de Navidad. En un lado del comedor habían puesto a San José y la Virgen, dos esculturas de madera antigua que nos prestó Monis y un Niñito Dios que compraron. [135] Ahí cantamos y luego nos fuimos a la sala en la que ya había un piano, el de la casa que yo pedí y el cual generosamente me dieron. Nos pusimos a ver los regalos: a unas, telas. A otras pañuelos, a las Orozco sus Misales y a mí, desde la víspera, un atril y un Misalito para la Capilla. Así terminamos un año que fue de tantas y tan diversas impresiones para nuestras almas.
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1937 (135) El día 1º de Enero de 1937, tuvimos todo el día el Santísimo expuesto y toda la noche del 31 de Diciembre. A media noche hicimos una Hora Santa y cantamos el Te Deum. Ese día fue el primero, desde que se hizo la fundación, que tuvimos adoración ante el Santísimo expuesto. Estábamos felices. La casa que ocupábamos era sumamente cara y muy malsana, pues constantemente se tapaba el desagüe y se llenaban los sótanos de agua sucia que daba mucha humedad y muy mal olor. Por lo cual todos los papás se pusieron a buscarnos casa. Por fin un día me avisaron mis papás que en Tacubaya había una casa vacía. Fui a verla con Josefina Canchota y Lupita Fuentes y no nos gustó, era muy oscura y húmeda. Veníamos muy desconsoladas, cuando vimos en una casa muy bonita un letrero que decía: SE RENTA. Entramos, la vimos y nos encantó; estaba sumamente limpia, muy alegre, llena de luz y de sol, y aunque era chica, calculamos que cabríamos muy bien. En seguida, en unos cuantos días, arreglamos contratos, etc. y el 19 de Enero nos cambiamos a ella. Lo que más gusto nos dio fue el saber que a cuatro calles de distancia estaba la casa en que vivía el R.P. Félix, EL REVERENDO PADRE, como siempre lo llamábamos, y que era todo nuestro consuelo, pues a pesar de sus enfermedades y sus ocupaciones siempre se acordaba de nosotras y siempre nos visitaba o escribía alentándonos. Dos días antes de cambiarnos de casa, fue a [136] visitarnos por primera vez el Excmo. Sr. Dn. Maximino Ruiz y Flores, Arzobispo Interino de México, quien con tanta caridad nos había aceptado en la Arquidiócesis y con tanta bondad nos había ayudado en todas nuestras necesidades. Fue para nosotros esta visita un gran consuelo, pues con la presencia de este santo y amable Padre, veíamos y sentíamos la bendición de Dios. Una vez que estuvimos instaladas, fuimos a darle parte al Reverendo Padre, quien al día siguiente nos fue a visitar y él mismo quiso bendecir la casa, un día después de la mudanza, o sea el 20 de Enero de 1937. (La dirección era: Ave. Tamaulipas Tacubaya). Volvió otras veces a darnos unas pláticas, una sobre la oración de María y otra sobre la Virgen de Guadalupe. El 25 de ese mes fue la bendición de nuestro primer Sagrario que pocos días antes nos habían entregado las Madres de la Cruz, ya forrado. Era de madera de cedro en forma de capillita, con una pequeña cúpula tallada y que terminaba en una esferita y una cruz. En la puerta llevaba tallado nuestro escudo. El M.R. Padre celebró la Santa Misa y en seguida bendijo el Sagrario, dándonos una sencilla pero conmovedora plática.
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Nosotras, debajo del forro de la base del Sagrario habíamos metido un cartoncillo con las firmas de todas y lo siguiente que yo escribí también en nombre de todas: “DESCANSA, JESÚS, EN NUESTRAS ALMAS Y RECRÉATE EN NUESTRAS VOCACIONES QUE HEMOS PUESTO BAJO LA URNA TRANSPARENTE DE LAS PURÍSIMAS MANOS DE MARÍA NUESTRA MADRE. TUS HIJAS, ESCLAVAS DE MARÍA Y MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE LA TRINIDAD”. Una de las cosas que nos impresionó mucho fue el ver que esa misma noche, ya tarde, casi a las nueve, tocaron a la puerta unos jóvenes que venían cargando enorme bulto; al pronto no distinguimos, pero en seguida con la luz, vimos que era una gran cómoda que nos mandaba obsequiar el M.R. Padre y la traían cargando cuatro Hermanos Coadjutores MM.Sp.S., entre ellos el Hermano Agustín. El nos aclaró que dicha cómoda nos la regalaba el R. Padre para que tuviéramos en qué guardar las cosas de la Capilla. Entre todas ayudamos [137] a los Hermanos a ponerla en lugar conveniente. Recuerdo también que en esos días vino a visitarnos por primera vez el R.P. Manuel Hernández, M.Sp.S., que estaba como Superior en San Luis Potosí. Celebró la Santa Misa y nos dio una hermosa plática sobre la observancia al reglamento, en lo que consiste la santidad de la vida religiosa. Elogió mucho a nuestro Padre y nos dijo que, puesto que éramos sus hijas, debíamos ser como él, muy observantes en nuestro reglamento, pues él era siempre el primero en la capilla, el primero en los recreos, el primero en llegar a todos los actos de comunidad. A principios de febrero recibimos la visita del Excmo. Sr. Márquez. Estuvo siete minutos solamente y nos dijo que no venía a visitarnos, sino nada más a conocer la casa. Era la primera vez que lo veíamos después de la fundación, así es que fue un gran acontecimiento. El día 2 de febrero tuvimos una Hora Santa. Nos había ofrecido venir a darla el Rvdo. Padre pero no pudo y nos escribió una amable cartita disculpándose y mandando en su lugar al R.P. Joaquín Paredes. El día 10 de febrero, acabábamos de rezar el Rosario cuando llegó el Excmo. Sr. Don Pedro Vera y Zuria, quien había venido a la peregrinación de Puebla a la Villa. Nos dio mucho gusto y en seguida nos reunimos todas en la sala. El nos empezó a hablar; nos dijo que no debíamos sentirnos desorientadas, pues nuestra situación estaba perfectamente definida desde el momento en que ya teníamos un programa de vida. Nos dijo que no nos apartáramos de nuestros fines, que todo lo que hiciéramos fuera con la intención de realizar esos fines. Que otras cosas de reglamento como la hora de levantarse, la hora de comer, etc., no eran sino detalles que podíamos muy bien cambiar cuantas veces fuera necesario, sin que por eso se cambiara el fin que era lo que DE NINGUNA MANERA DEBÍAMOS PERMITIR QUE SE CAMBIARA. [138] Que respecto a esto último, nos aconsejaba encarecidamente, NO ANDUVÍERAMOS CONSULTANDO AQUÍ Y ALLÁ, PIDIENDO PARECER A UN PADRE Y A OTRO Y A OTRO MÁS, porque nos exponíamos a no saber qué hacer y nos sucedería como a cierta persona que quería fundar y consultó a tantos sobre la forma de la toca, 91
que tuvo que hacer cien tocas, pues cada persona que consultaba, le daba distinta opinión. Que para eso teníamos nuestros superiores legítimos: aquí en la casa, la que haga de superiora porque es la que tiene la autoridad de parte de Dios, y luego nuestro Superior Eclesiástico. Dijo que otra cosa que nos aconsejaba era que practicáramos de corazón una renuncia total de nuestra persona y de nuestras cosas: que nada era propio y que por lo tanto para todo debíamos pedir permiso: para comprar algo, para dar y prestar, para salir, para cambiar de vestido, hasta para pensar... pero no un permiso así nada más como para correrle caravana a nuestra Madre, sino haciendo interiormente actos de humildad y de renunciamiento completo, viendo en la Superiora a Dios. El otro consejo que nos dio fue que viviéramos siempre unidas a la voluntad divina; dijo que esto y lo anterior se completaban, pues Dios hablaría a nuestras almas por medio de nuestros superiores. En seguida nos bendijo y nos encargó fuéramos fieles a nuestra santa y hermosa vocación. Después habló brevemente conmigo, prometiéndome ocuparse de nosotros y luego, en cuanto hubiera Arzobispo de México, recomendarnos con él y ver entre los dos qué se hacía ante la Santa Sede. Con motivo de haber ido a ver a las Madres de la Cruz para pedirles los dibujos y modelos del ornamento que estábamos haciendo, nos ofrecieron enseñarnos a planchar y grabar manteles de altar, cosa que aceptamos, y así iban todas las mañanas Josefina Canchola y Adela Orozco a tomar las lecciones, que terminaron a fines de febrero, sirviéndonos mucho esas enseñanzas. Seguíamos tranquilas viviendo nuestro reglamento y esforzándonos por hacer cada día las cosas con más perfección. Teníamos todo el día ocupado en adora[139]ciones, clases, costuras, etc., y a fin de practicarlo todo, íbamos cambiando de oficio por semana, de dos en dos. Unas veces en la cocina, otras en el lavadero; todas íbamos pasando por todo y en las noches, durante el recreo, esto era reírse de las aventuras que nos pasaban. Vino a interrumpir esta paz y esta alegría la muerte de la Sra. Concepción Cabrera Vda. de Armida, que aunque no todas la conocíamos personalmente, sí la conocíamos mucho por sus escritos y por lo que de ella nos contaba nuestro Padre que la quería muchísimo. Fue una gran pena para nosotros y más si se tiene en cuenta que debido a la ausencia de nuestro Padre y a alguna mala interpretación, no se nos avisó, y así creímos prudente no asistir a su entierro, aunque yo en nombre de todas le di el pésame al M.R. Padre Félix y a nuestro Padre, para quien consideramos era una dura prueba. En esos días supimos por el R.P. Manuel Hernández, la noticia de que había sido electo Arzobispo de México el Excmo. Sr. Dr. Dn. Luis María Martínez. Esto nos dio mucho gusto, pues aparte de ser este Excelentísimo Señor un hombre de gran virtud, de mucha ciencia y prudencia, cosas tan necesarias para el difícil cargo de Metropolitano, amaba profundamente las Obras de la Cruz y nuestro Padre lo conocía muy bien por ser de Morelia. Lo había tratado muy de cerca y ya le había hablado de la Obra. Así es que consideramos este nombramiento como un nuevo benefi92
cio de Dios para nosotras y después de darle gracias, le pedíamos todos los días que preparara el corazón del Excmo. Señor a fin de que cuando fuéramos a hablarle y presentarle la Obra, nos acogiera bien. Aunque ya teníamos cubiertas todas las intenciones de Misas para un mes, aún no habíamos podido conseguir Capellán y mientras tanto estaba yendo a celebrar diariamente la Santa Misa un Religioso de San Basilio, del rito griego, sumamente bueno; celebraba en su propio rito, pero con mucha un[140]ción. Este Padre iba mandado por el Excmo. Sr. Ruiz mientras conseguíamos Capellán. Se llamaba el Padre Chami. En esos primeros días de marzo de 1937 recibimos la visita de la Sra. Juana Pitman de Labarthe, Presidenta Diocesana de la Unión Femenina Católica Mexicana. La llevó a presentar nuestra buena amiga Carmelita Peñaloza. Estuvo casi dos horas de visita, quiso conocer a todas y se interesó muchísimo por la Obra, sobre todo cuando le explicamos lo de nuestros Internados para Dirigentes de Acción Católica. Nos prometió pedir por todas nuestras intenciones, nos animó mucho y desde ese día fue una buena amiga nuestra. Se acercaba la Semana Santa y entonces fuimos a ver al R.P. Félix para suplicarle nos mandara un Misionero, pues ya el Excmo. Sr. Ruiz nos había dado permiso de tener los Oficios, para los cuales habíamos conseguido entre nuestros parientes y amigos, ayuda tanto en dinero como en flores y velas, así como todo lo necesario para el altar, aunque esto sólo prestado. El M.R. Padre nos mandó decir que de acuerdo con el R. P. Edmundo, nos iba a mandar al R. P. Jesús Oria, quien hacía algunos meses era nuestro Confesor. En la Pascua nos había prometido también el M.R. Padre que vendría de San Luis nuestro Padre para darnos ejercicios, cosa que esperábamos con ansias; pero Dios Nuestro Señor permitió tuviéramos la gran pena de que no viniera. Todo lo teníamos arreglado: las cuatro hermanas que trabajaban habían pedido permiso para dejar de ir a sus trabajos en esos días. Se llegó el día en que debía venir nuestro Padre y no fue así; esperamos otro día más y nada. Entonces fui a ver al R. Padre, quien me dijo que por ahora el P. Pablo no vendría; deseando yo que de todos modos aprovecháramos esos días, le supliqué nos mandara un Misionero que nos diera retiro de un día; así lo hizo el R.P. Jesús Oria. Para los otros días vimos al Padre Rafael Dávila Vilchis, quien con mucha caridad nos fue a dar conferencias sobre el apostolado en la Acción Católica. Nos encantaron [141] y nos sirvieron mucho estas conferencias. Por fin nos avisó nuestro Padre que ya tenía permiso para venir a darnos los ejercicios y que llegaría el 20 ó 21 de abril. ¡Con qué ansias lo esperábamos! Cada timbrazo nos parecía él, y nada... Por último, el día del Patrocinio de San José, en la mañana, estábamos terminando de hacer la meditación; yo estaba leyéndola, cuando se oyó el golpe de una portezuela de coche y al fin ¡el timbre de la puerta! Todas brincamos. Hubiéramos querido bajar a recibirlo; sin embargo, reflexionamos rápidamente. No nos tocaba hacerlo, no éramos porteras. Así pues, seguimos 93
nuestra meditación y hasta que él nos mandó llamar bajamos. Venía acompañado de mamá. ¡Qué alegría tan grande! Después de los saludos, bienvenidas, etc., subió a la Capilla y celebró la Santa Misa, quedándose a desayunar. Nos faltaba tiempo para hacer comentarios y para contarle todos los episodios de nuestra vida de cinco meses de Comunidad. Hicimos nuestros ejercicios, los cuales fueron una gracia especial para nuestras almas. A ellos nos acompañaron Carmelita Peñaloza y Monis, y al terminar nos sacamos una fotografía de todas. Nuestro Padre se volvió a San Luis; seguimos nuestra vida, ahora iluminada con las nuevas luces de estos ejercicios. Encontramos al fin Capellán, pero desgraciadamente sólo pudo ir ocho días y después, por consejo del P. Dávila Vilchis, fuimos a invitar al P. Moisés Ugalde, quien con anuencia del Excmo. Sr. Ruiz, aceptó y empezó a ir desde el mes de mayo de 1937, diariamente a las siete de la mañana. En el mes de abril había llegado a México para tomar posesión de su cargo, el Excmo. Sr. Martínez. Esperamos a que estuviera un poco más desocupado de visitas y, de acuerdo con el Excmo. Sr. Ruiz que previamente había arreglado la cita, fuimos el 10 de mayo a verlo. El Excmo. Sr. Ruiz nos acompañó y nos presen[142]tó con el Excmo. Sr. Martínez diciéndole: “Las señoritas de la Obra de Puebla de la que ya hablé a Vuestra Excelencia”. Dicho lo cual, se retiró dejándonos solas con el Excmo. Sr. Martínez, quien con mucha amabilidad nos hizo sentar y nos oyó todo lo que le referimos de la Obra, mostrándose muy bien dispuesto. Nos dijo que le daba mucho gusto estuviéramos en México y que todo lo que pudiera hacer por nosotras, lo haría. Nos bendijo y envió para cada una su bendición. De todas estas cosas hacía yo un resumen y escribía al Sr. Arzobispo Vera, contándole todo, y también a nuestro Padre. Por primera vez nos tocó celebrar nuestras grandes fiestas de Pentecostés y de la Santísima Trinidad. Gracias a la generosidad de una señora joven de Jalapa, amiga de Monis y a quien ella le escribió y le habló de nosotros, pudimos comprar dos ornamentos de poco precio, uno blanco y otro rojo. El rojo lo estrenamos el día de Pentecostés y pusimos también dosel para fondo del altar, color rojo, que habíamos estrenado el Jueves Santo. Tuvimos todo el día el Santísimo expuesto y por la tarde hubo sermón y bendición. Poco después recibimos de San Luis Potosí un regalo que nos mandó nuestro Padre. Era el retrato de la mamá del R.P. Iturbide, que murió en olor de santidad y a quien nuestro Padre quería mucho y le había encomendado varias veces la Obra, por lo cual la considerábamos como una buena amiga del cielo.
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Venía el retrato con hermosa dedicatoria del R.P. Edmundo Iturbide que decía así: “Accediendo a su deseo, con gusto dedico esta foto de mi buena Madre Marie Celine, a las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Si ella tiene algún poder de intercesión delante de Dios, yo le pido que lo haga valer en favor de las mismas. Edmundo Iturbide R. M.Sp.S. México, D.F., 12 de Mayo de 1937”. Nos dio mucho gusto y nos llamó la atención, pues el R.P. Iturbide se había mostrado bastante adverso a la Obra y nunca nos había ido a visitar. Le encomen[143]damos a la Sra. Iturbide que reconciliara con nosotros al Padre Edmundo, y en seguida, considerándola nuestra amiga y protectora, mandamos poner un bonito marco a su retrato, colocándolo en el recibidor. Para la fiesta de la Santísima Trinidad fuimos a convidar al R.P. Edmundo Iturbide que acababa de llegar de San Luis Potosí. Aceptó con mucho gusto y entonces mandamos celebrar en acción de gracias una Misa a la Sra. Iturbide. Mientras se llegaba la fiesta, nos preparábamos en todos sentidos y nos propusimos principalmente hacer un triduo de amor y desagravio a la Santísima Trinidad. Estábamos en él, cuando en la noche del 20 de mayo, día en que cumplíamos seis meses de vida, vino el M.R.P. Félix y nos llamó a todas al recibidor. Después de hablarnos de cosas espirituales nos dijo: “Ahora vamos a jugar, yo les voy a enseñar un juego muy bonito que consiste en ver qué es lo que la mayoría de votos triunfa, de lo que les voy a preguntar. Así veremos cuál es el espíritu de ustedes”. Muy regocijadas nos sentamos en rueda, alrededor del R. Padre, después de haberle cubierto las piernas con una manta gruesa para que no se le enfriaran los pies. Empezó a preguntarnos una por una las siguientes cosas: ¿Cuál advocación de la Santísima Virgen preferíamos porque viéramos que convenía más al espíritu de la Obra y de nuestra vocación? Ganó la SOLEDAD DE MARÍA. ¿Qué petición del Padre nuestro? Ganó FIAT VOLUNTAS TUA. ¿Cuál de las siete palabras de Jesús en la Cruz? Empataron dos: “ECCE MATER TUA” y “SITIO”. ¿Cuál de los tres votos? Ganó por unanimidad el de OBEDIENCIA. ¿Qué árbol o planta? Ganó la VIÑA ¿Qué fruta? LA UVA. ¿Qué día de la semana? Empataron el DOMINGO y el JUEVES. ¿Qué mes del año? Por unanimidad DICIEMBRE. ¿Qué Evangelista? SAN JUAN. [144] ¿Qué virtud? LA HUMILDAD. ¿Qué pájaro? LA PALOMA. ¿Qué flor? LA ROSA. En este juego se nos pasó la velada muy felices, pues a cada pregunta eran comentarios y a cada respuesta aclaraciones. Nos sentíamos muy a gusto, como se sienten las nietecitas junto de un abuelito 95
consentidor y cariñoso. Pero todo tiene fin, y así pasó este día. Se despidió el R. Padre dejándonos alegres y en paz. Se llegó el día de la Santísima Trinidad, nuestra gran fiesta, la primera que íbamos a pasar reunidas después de la fundación. Todo se nos hacía poco para celebrarla; teníamos muchas ganas de estrenar un dosel color oro, pero no contábamos con el dinero necesario para comprarlo y ya habíamos desistido. Entonces el sábado, víspera de la fiesta, en la mañana, estaba yo en mi adoración cuando llegó Josefina Canchola y me llamó fuera de la Capilla. Salí y me dio $50.00 diciéndome: “Tenga, Madre, para el dosel”. “Pero Josefina, ¿qué ha hecho, de dónde ha sacado este dinero?” “No se apure, lo pedí prestado a una muchacha de la oficina, después lo pagamos”... Yo me puse seria y me negué a aceptarlo, pero ella no desistió, y tanto dijo y tantas razones me dió, que cogí el dinero y le prometí salir a comprar la tela, aunque en lo interior muy afligida pensando cómo haría para pagar. Confiaba sin embargo, en que Nuestro Señor no nos faltaría; tenía Josefina tanta confianza y tanta fe, que ya no dudé y me fui con Lupita Rodríguez a buscar la tela del color que todas querían. Después de mucho ir y venir, la encontramos en una plaza y compramos 27 metros que nos costaron en todo $37.75. ¡Había que ver la alegría de la comunidad al ir desdoblando la tela! En seguida, manos a la obra, unas a cortar, otras a coser, otras a planchar; a las 11 de la noche pudimos gozarnos contemplando nuestra Capilla hermosísima, que parecía un sol, toda de amarillo oro. Yo estaba también feliz de ver todo tan bonito, [145] pero interiormente pensando cómo haríamos para pagar esa deuda. La respuesta no se hizo esperar; al día siguiente vino la Srita. Teresita Arizpe, tía de Lupita Rodríguez, a visitarnos. Al ver el adorno de la capilla quedó encantada; entonces yo le expliqué cómo nos habíamos hecho de ese dosel, y al despedirse ella me dijo: “No se apure por lo que le costó el dosel, yo le voy a dar todo lo que debe”. ¡Bendito sea Dios que así mueve a generosidad a las almas! La víspera en la noche, cuando estábamos en lo más atareado de la faena, llegó el Hermano Agustín Lira con un gran pastel blanco, decorado con florecitas rosa y nome-olvides azul, que nos mandaba el Reverendo Padre como regalo. Venía además una cartita que todas leímos con afán y que decía así: (Al principio con letra grande a dos tintas, roja y azul: “LA SANTÍSIMA TRINIDAD”. “Srita. Enriqueta Rodríguez Noriega. Sábado 22 de mayo de 1937. – Mi querida hija en Nuestro Señor: La saludo muy afectuosamente y le envío un humilde regalito para su gran fiesta de mañana. Es también MI GRAN FIESTA (digo personalmente, porque la oficial es Pentecostés). María y las Divinas Personas... y cada Divina Persona en María... DIOS, DIOS, DIOS!. . MARÍA, MARÍA, MARÍA...! ES TODA NUESTRA RELIGIÓN...! “Espero tener el gran gusto de ir a saludarlas en el día de mañana. Su afectísimo Padre que la bendice a usted y a cada una de sus hijas. F. de Jesús M.S.S.” El día 23 muy de mañana, como de costumbre, entramos a la Capilla y nos con96
sagramos a la Santísima Trinidad. A las 7 llegó el R.P. Iturbide, quien celebró, y antes de la Comunión nos dio una hermosa plática sobre la Santísima Trinidad y nuestro lema: DIOS Y LAS ALMAS, que acababa de ver grabado en el Cáliz. Se quedó a desayunar el R. Padre y después que terminó, pasamos todas al recibidor y estuvimos encantadas hablando de Dios, de la Obra, [146] etc., etc. Nos sentíamos felices viendo que el buen Dios había movido en nuestro favor esta voluntad. Por la tarde vino el Excmo. Sr. Ruiz. Fueron a buscarlo a Catedral, Julio y Lourdes Rodríguez, los hermanos de Lupita. Nos habló de la Santísima Trinidad, nos dio la bendición con el Santísimo y se quedó un rato a platicar amablemente con todas hasta cerca de las siete de la noche. Poco después llegó el Hermano Agustín Lira con una carta del R. Padre. Decía así: 23/5/37 Srita. Enriqueta Rodríguez N. “Mi querida hija en nuestro Señor: “Le escribo de mi cama estos renglones para suplicarle me dispense si no voy a verlas como le prometí y tanto lo deseaba. Pero me siento mal. Asistí al Canta-Misa hoy, a las 12.30 en la Basílica del Tepeyac y volvimos a las 3.30 y me acosté. Tal vez sería ahora poco prudente levantarme. A ver cuándo le pago esta visita. ¡Se la debo! Su afmo. Padre que la bendice y a cada una. F. de Jesús”. Contesté en seguida esta carta y le mandé al R.P. un retrato de la Capilla. Para la fiesta del Sagrado Corazón nos preparamos haciendo todas la Hora Santa de 11 a 12 de la noche todos los jueves del mes de junio y el día del Sagrado Corazón tuvimos el Santísimo expuesto desde temprano. Por la tarde vino un Misionero a darnos plática. También a principios del mes el R.P. Félix a darnos una plática sobre la devoción al Corazón Divino, como preparación para la fiesta. De todo lo que pasaba seguía yo informando al Excmo. Sr. Vera; en una de sus cartas él me dijo que en julio vendría a México a ver al Sr. Arzobispo para una junta que iban a tener y que entonces le hablaría de nosotras. Por eso, con permiso de nuestro Padre, decidí ir a Puebla a verlo para decirle en el estado en que estábamos y así pudiera ir bien informado. Le hablé por teléfono y me citó para ese mismo mes de junio. Me acompañó Consuelo Márquez. En cuanto llegamos nos fuimos a la Iglesia de [147] la Santísima a encomendarnos ante Jesús expuesto en la Sagrada Custodia y después a Catedral a ponernos bajo el amparo de la Santísima Virgen. Por fin al Arzobispado en donde ya me estaba esperando el Excmo. Sr. Vera, que amablemente nos invitó a comer y mientras se llegaba la hora, nos hizo le platicáramos todo lo que creyéramos era útil para su entrevista con el Excmo. Sr. Martínez. Desde luego me dijo que ya habían hablado él y Monseñor Márquez y que habían quedado de acuerdo en que ellos no podrían presentar a Roma la Obra, pues 97
Monseñor Márquez le hizo ver que los cánones no autorizan que un Obispo presente una Obra en la que los fundadores no son sus diocesanos, y en la que los principios han sido en otra Diócesis, y que como ese era nuestro caso, que viera al Excmo. Sr. Martínez para que él, si quería, la presentara y si no, ya no habría nada qué hacer, él lo sentía mucho pero su poder era nada más para su Diócesis. El Excmo. Sr. Vera se mostró muy amable y bien dispuesto; él y sus hermanas nos agasajaron mucho a la hora de la comida y después pasamos al oratorio a rezar una visita al Santísimo. Luego nos regaló dos libros y sacando del cajón de su escritorio un rollito de dinero, me dijo: “Mire hija, esto me lo dieron en unas Confirmaciones, téngalo como una ayudita para sus gastos, ahí verá cuánto hay”. Había $12.70. En Puebla tres de nuestras probables vocaciones se habían desanimado; así me pude dar cuenta en mi viaje. Ya no contaríamos con Angelita Pando, con Alicia Lama ni con Mercedes Gallegos. Seguramente otras almas recibirían esta vocación, ¿cuáles serían?... Nuestro Padre desde San Luis nos había dicho que una Srita. María Delgado, les había hablado a varias jóvenes de nuestra Obra y algunas estaban muy entusiasmadas; tres sobre todo: María Luisa Bárcena, Teresita Perea y Margarita Murillo. Estaba además en San Luis esperando terminar sus estudios para venirse con nosotros, una joven de Ori[148]zaba, María Franco. Desde entonces pedíamos con ahínco por estas cuatro almas que eran ya hermanas nuestras. En los primeros días de julio de 1937, vino a vernos la Srita. Inés Godínez que hacía poco nos había presentado Teresita Arizpe, tía de Lupita Rodríguez y nos trajo para la Capilla una Custodia, cuatro amitos, quince purificadores, diez corporales, seis parva-palias, cinco palias, tres mantelitos, un paño de hombros y algunas otras cosas. Nos quedamos con lo que creímos nos hacía falta de momento y el resto se lo dimos, parte al Padre Ugalde para la Parroquia de Tlacoquemeca y parte se la mandamos al Sr. Cura Augusto Leyva para su Parroquia de San Andrés Chalchicomula. Se llegaba ya el 27 de julio, fecha en que se celebraría la junta de Obispos y en que vendría el Excmo. Sr. Vera a hablar con el Excmo. Sr. Martínez de la Obra. El R. Padre Félix nos había estado visitando y nos había animado mucho. Siempre nos prometía ayuda y en todo lo que podía nos la daba, con sus consejos, con sus frases de aliento, etc. Un día que lo fuimos a ver, al platicarle de todos nuestros deseos, de toda nuestra vida, recuerdo que él me puso una mano en el hombro y me dijo cerrando los ojos y sonriendo; “Hija, mi hija Enriqueta, ustedes las Misioneras deben ser así: (extendió el brazo derecho y lo levantó hacia arriba) y luego explicó: “CON LOS OJOS CERRADOS PARA LAS COSAS DE LA TIERRA Y ABIERTOS AL CIELO, ADELANTE Y ARRIBA, SIEMPRE MÁS ADELANTE Y MAS ARRIBA”! Otro día, precisamente el 16 de julio, fue en la tarde a visitarnos y nos dijo que quería hablarnos de Martha y María. Así lo hizo, comparando estas dos almas con las dos clases de vida religiosa, la activa y la contemplativa; pero dijo que la más perfecta era la nuestra, o sea la mixta, que era la de Jesús.
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Nos dijo que esa mañana al estar haciendo su meditación, le había venido el pensamiento de nosotros y que eso era una distracción, pero que la había dejado venir y que al pensar en nuestra vocación, en nuestros deseos, en todo lo que nuestro Señor había [149] hecho con nosotros, no había podido menos de decir: “ÉSTAS CORREN DE LA CUENTA DE JESÚS, NO TIENEN POR QUÉ TEMER, TODO SE HARÁ”... El P. Rafael Dávila Vilchis también nos ayudaba mucho; muy seguido nos venía a ver y con interés seguía todos nuestros pasos, alentándonos y aconsejándonos. El día 22 fuimos a ver al Excmo. Sr. Martínez para preparar la entrevista del 27. Le llevamos en una hoja de papel, escrito en máquina, un resumen de todo lo que se había hecho en la Obra desde la fundación. Monseñor se mostró amable y bien dispuesto y nos dijo, entre otras cosas, que él no tenía inconveniente en presentar la Obra a Roma. Monseñor Márquez fue a celebrar en nuestra Capilla los días 27 y 28; se mostró también muy dispuesto a ayudarnos; habló conmigo ya sin bromas ni ironías y me explicó algunas cosas de las que habían pasado respecto a la Obra. Poco antes recibimos una carta del Excmo. Sr. Vera en donde nos decía que ya había hablado con el Sr. Martínez y que estaba de acuerdo en acoger la Obra y en tramitar todas las cosas para la presentación a Roma. Fuimos el día 3 de agosto Ana María y yo a ver al Excmo. Sr. Martínez y le llevamos esta carta del Sr. Vera; entonces nos prometió dar sus órdenes para empezar a trabajar nuestro asunto. También nos ofreció ir el 20 a visitarnos. El 9 de agosto en la tarde recibimos un citatorio del Arzobispado, firmado por el Sr. Mariano Comesías, en el que me suplicaba, de parte del Sr. Arzobispo, que me presentara a tratar un asunto que me interesaba. En previsión de lo que pudiéramos necesitar en cuestión de datos, llevamos algunos escritos, como breve reseña de la Obra y copias de los horarios. Nos presentamos Ana María y yo el 10 de agosto en la Sagrada Mitra ante el R.P. Mariano Comesías, Vicario de Religiosas, quien amablemente nos hizo sentar y nos preguntó quiénes éramos, qué pretendíamos, quién era la Superiora, de qué nos sosteníamos, etc. etc. [150] Le entregamos los escritos que llevábamos; los leyó detenidamente y se los entregó a otro sacerdote que era su secretario y después supimos se llamaba el Padre Alfaro, quien dijo iba a archivarlos en el libro verde. Me preguntó cuántos años tenía, desde cuándo había pensado en la Obra, si había pretendido ser religiosa, qué sacerdotes conocía de México y quiénes conocían las Obra. Si tenía decidido empeño en que la Obra se realizara; por qué quería yo la Obra o qué me había movido a pensar en ella. Si me había educado con religiosas y con quiénes; si había estado antes en alguna comunidad. Después me dijo que él había conocido a mi abuelo materno y me habló mucho de él y de unas misiones que le había ido a dar a tres de sus haciendas. Luego nos dijo que le daría cuenta al Excmo. Señor de nosotras y le diría que ya 99
estábamos registradas como una nueva Obra de México. El P. Alfaro nos enseñó una lista de Comunidades Religiosas y nos dijo: “Aquí estáis vosotras; de todas éstas, no todas seguirán, hay muchas que no tienen hechura y se tendrán que suprimir”... El R. Padre Comesías interrumpió y dijo: “Sí, hija, sí, pero la tuya es otra más, ésa no se suprimirá, me ha gustado; por lo poco que he visto, lleva buen camino; ya verás, ya verás, esto lo haremos. Por allá te iremos a ver, pues hay que informarse bien. Vamos a ir a hacerles una visita para hablar con todas y con cada una en particular, pero esas son formalidades; no hagas caso, lo principal es que la Obra se hará”. Se informó de nuestra dirección y de la manera de ir a la casa y nos dijo irían pronto. Efectivamente, el 14 de agosto en la tarde fue, pero no se detuvo nada, pues nos dijo que sólo había ido a reconocer la casa, aprovechando el coche de una persona amiga; que pronto volvería con el P. Alfaro a hacer la visita en regla. En esos días, el 12 de agosto, cayó enferma de tifoidea Lupita Rodríguez. Yo ya conocía bien esa enfermedad pues en la casa algunos de mis hermanos la habían tenido, así es que sabía lo larga y molesta que era. Estábamos verdaderamente afligidas y yo desde el principio pensé que no se aliviaría, pues era un ángel [151] y los ángeles son para el cielo, aunque el buen Dios nos los deja un poco aquí en la tierra para consuelo de nuestras almas. Pero más adelante hablaré sobre esta hermosa azucena que por tan poco tiempo perfumó nuestro amado Instituto. Antes conviene hablar de otras cosas, para seguir el orden cronológico. Teníamos un problema grave encima: el de las Hermanas que trabajaban. A todas las que nos quedábamos, nos daba una gran pena verlas irse todos los días, casi sin oír Misa, a las 7 de la mañana, para volver cerca de las tres de la tarde, cuando ya habíamos comido todas y ya había pasado el recreo principal. Medio comían las tres, (pues Lupita Rodríguez hacía ya unos meses que no iba a trabajar) y luego aprisa a las clases, en seguida a la adoración, a cenar, y rendidas, sin ganas de nada, al recreo y a la cama para seguir con lo mismo al día siguiente y así todos los días. Esto no podía continuar; se lo escribí a nuestro Padre, quien me contestó que había que ver si ya era posible empezar alguna de nuestras obras de apostolado, V.gr. el Internado para Dirigentes o el Colegio para niños, todo esto, contando con que pronto se vendrían de San Luis tres vocaciones de que ya hablé y que eran almas decididas, muy amantes de la Obra, tanto que sólo esperaban terminar su carrera de Profesoras Normalistas para venirse con nosotros. Empezamos a documentarnos para hacer el plan o programa de funcionamiento del Internado para Dirigentes de Acción Católica. Para eso todas nos dedicamos a estudiar mucho y nos preparamos especialmente con la oración. Nos propusimos ofrecer todos los días nuestros actos por esta intención. El día 14 de agosto en la tarde, vinieron a vernos el R.P. Comesías y el P. Alfaro. Me preguntaron cuál era el fin de la Obra; lugar de fundación; reglamento; actividades presentes y futuras; medios de subsistencia; mi nombre, edad, etc. etc.
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Después quisieron ver a cada una de nosotras, excepto a Lupita Rodríguez que seguía bastante [152] grave. Luego a todas reunidas nos hablaron sobre la vida religiosa, nos dieron su bendición y quisieron pasar a ver toda la casa. En la Capilla se detuvieron especialmente, viendo todo, examinando todo con detenimiento. Al terminar la visita nos felicitaron, pues todo les había gustado mucho, de manera especial la Capilla y nos dijeron que procuráramos tener las Constituciones por si el Excmo. Sr. Martínez quería verlas. El día 25 de agosto era para nosotros una fecha de muchos recuerdos; hacía tres años que yo por primera vez había conocido al R. P. Félix de J. Rougier, y le había hablado de la Obra. No podíamos dejar pasar esta fecha sin hacer algo en su honor, y como Lupita estaba un poco mejor, quisimos que en ese día viniera a celebrar la Santa Misa el R.P. Iturbide. Así fue. Nos habló muy hermoso sobre la acción de gracias. Al terminar la Santa Misa pasó a ver a Lupita y la bendijo. Esa noche, estábamos todas cenando, cuando oímos en la puerta del refectorio unos golpecitos. Todas enmudecimos y nos quedamos viéndonos unas a otras. Yo dije: “Adelante” y entonces apareció en la puerta la amable y amada figura del Reverendo Padre que venía despacito y sonriendo, muy complacido de la sorpresa que nos había dado. Nos pusimos en pie y lo rodeamos felices. El nos hizo sentar y nos obligó a seguir cenando. Se sentó en medio y nos preguntó por la enfermita. Después nos dijo que quería hablarnos sobre la devoción al Divino Padre. Así lo hizo, dejando en nuestras almas ese amor a la primera Divina Persona, de que su corazón estaba tan lleno y que sabía tan bien comunicar. Luego nos dijo que había venido porque había recordado lo de hace tres años, y añadió: “RECORDAR ES VIVIR”. Ana María y yo nos habíamos reunido varias veces para hacer el programa del futuro Internado y ya lo teníamos casi listo; sólo esperábamos la llegada de nuestras profesoras para dejarlo terminado. El día 10 de septiembre llegó un telegrama anunciando la venida de una de ellas: Margarita Murillo González. Estaría en México esa misma noche, acompañada [153] de sus papás, pero no se vendría sino hasta el 14 de septiembre, pues querían disfrutar de ella otros días. El 11 en la tarde vinieron a dejarla sus padres. Conocimos a esta querida Hermana que ha sido tan fiel a la Obra y por la que nuestra amada enfermita ofrecía diariamente algunos sacrificios. Por eso, en cuanto llegó, la pasamos a que la viera y ¡qué gusto tan grande para ella! Con verdadero júbilo exclamaba: “¡Bendito sea Dios, bendito sea Dios!” Ya sólo faltaban de venirse Teresita Perea y María Franco, quienes esperaban la primera oportunidad para hacerlo, pues las dos también ya se habían recibido. Lupita estaba muy interesada en su venida. Todos los días, en medio de su gravedad, preguntaba: “Y las de San Luis, ¿cuándo vienen las de San Luis?” Y al decirle que todavía no podían venir: “Entonces hay que seguir ofreciendo cositas por ellas, 101
¿verdad?”... El 15 de septiembre quisimos festejar los Dolores de María y aprovechando una mejoría de la enfermita que tan preocupadas nos tenía, invitamos al R.P. Manuel Hernández, M.Sp.S. para que viniera a predicar en la tarde. Ensayamos un Stabat Mater de Tartini, a tres voces, que nos prestó el R.P. Padilla y que él mismo, acompañado del P. Benedicto Plascencia nos vino a estudiar varias veces. Lo cantamos el día 15 al terminar la plática, a la que asistimos todas, hasta Lupita a quien acomodamos en un sillón, en el pasillo que comunicaba a la Capilla. Todas le pedimos a la Santísima Virgen que nos trajera a nuestro Padre. ¡Nos hacía tanta falta! Estábamos apurándonos mucho en nuestros estudios y en el cumplimiento de nuestro reglamento, pues queríamos que cuando viniera nuestro Padre nos encontrara hechas unas verdaderas religiosas. Teníamos esperanzas de que esto sería pronto, porque se iban a celebrar el 24 de septiembre las bodas de oro sacerdotales del M.R.P. Félix y creía[154]mos que vendría para ese día. Así se lo estábamos pidiendo a la Santísima Virgen, seguras de que nos escucharía. Estábamos llenas de alboroto y gusto, más si se tiene en cuenta que Lupita seguía mejor. Pero otros eran los planes de Dios. Repentinamente, el 18 de septiembre por la mañana, al ir yo a saludar a Lupita, me di cuenta que tenía calentura y se quejaba mucho de dolor de garganta. Se la examinamos y vimos nuevamente las terribles placas infecciosas que tenía por la tifoidea. Sin embargo, creíamos que sería sólo alguna enfermedad de la garganta, y así empezamos a curarla; pero viendo que seguía peor y con síntomas alarmantes, llamamos al doctor, quien dijo que era una recaída con características de mayor gravedad que la misma enfermedad, pues parecía querérsele complicar con peritonitis. En seguida pidió él otra opinión y llamamos al Dr. Aveleyra, quien diagnosticó lo mismo, pero creía que se aliviaría. Se le empezó a medicinar y sin embargo no mejoraba nada. Estábamos verdaderamente consternadas y más al ver que su mamá y sus hermanos lloraban sin consuelo. No sabíamos qué hacer. Nos fuimos a la Capilla y allí tuve la idea de mandarle avisar al M.R. Padre Félix, que en la otra enfermedad había venido a darle la bendición y le había mandado agua de la Virgen, enviando todos los días al Hermano Agustín a preguntar por ella, hasta que supo que ya se había levantado. No sabía yo a quién mandar; todas estábamos tan afligidas y además teníamos otras tres enfermas! Entonces pensé escribir una carta con la imaginación y mandársela al P. Félix con el Ángel de la Guarda. Me sentí consolada y no volví a acordarme de esto, pues nos hallábamos desoladas, esperando de un momento a otro que Lupita muriera, estaba gravísima. En la tarde, como a las 6:30, llegó el Hermano Agustín y me dijo: “Dice nuestro Padre que la manda saludar, que recibió su cartita, que siente mucho que la enfermita se haya vuelto a poner grave; que él no puede venir hoy pero que va a mandar al P. Edmundo y que no se aflija, que la va a encomendar mucho para que se alivie si es la 102
voluntad de Dios”. [155] Yo entonces, como estaba preocupada, sólo decía” “¡Qué bueno! Está bien, muchas gracias!”... Pero súbitamente me vino a la memoria el recado que me ocurrió mandar con el Ángel, y le dije al Hermano Agustín: “Perdone Hermano, ¿quién llevó la cartita que dice usted recibió el M.R. Padre?”... “No sé, dijo el Hermano, yo no vi a nadie y eso que no salí de la casa”. “Pues entonces fue el Ángel de la Guarda”; y le referí todo lo que había pasado. El Hermano reía y se ponía rojo rojo y exclamaba: “¡Ay Dios, ay Dios!”... Y en seguida se fue. Al poco rato vino nuevamente, acompañando al R.P. Edmundo Iturbide que traía el encargo de visitar a la enfermita. Los pasamos a la pieza en donde estaba, y entonces, al ver su gravedad, el R.P. Iturbide dijo que le iba a administrar la Extrema-Unción, cosa que empezó a hacer rodeado de todas nosotras; acudimos con velas encendidas en las manos. Lupita dejó de quejarse y empezó a ver con ojos alegres toda la ceremonia y se quedó viendo fijamente al R.P. Edmundo, quien le dijo: “Hija, ¿quién soy?” Ella sonrió y dijo: “El Padre Iturbide”. Y luego, volviéndose al Hermano Agustín, le dijo: “Hermano, pídale a Dios que sepa yo sufrir en silencio y que sea humilde”. El R.P. Edmundo le preguntó: “¿Quiere aliviarse?” Y ella contestó con una sonrisa triste: “Lo que Dios quiera”. Esto fue el 20 de septiembre a las nueve de la noche. El R.P. Edmundo nos dijo antes de irse, que para el 24 iba a venir el R.P. Pablo. Una vez más el buen Dios nos enviaba sus consuelos en medio de tantas amarguras. En seguida le dimos la noticia a la enfermita, que se alegró mucho y desde entonces no hacía sino preguntar cuánto tiempo faltaba para que viniera nuestro Padre. Se llegó el 22, día en que iba a salir nuestro Padre para México. En esa fecha Lupita me pidió permiso para ofrecerse como víctima por la Obra, por [156] los sacerdotes y por la Acción Católica. Yo acepté con gusto esta idea, pues comprendí que esa almita tan pura debía ser muy grata a Jesús. Sin embargo le dije que esperara la venida de nuestro Padre y le pidiera a él el permiso, que comprendí sería dado, aun cuando nos sangrara el alma de ver sufrir esa hija tan amada. El 22 en la tarde, después de comer, estábamos con la enfermita Ana María, Lupita Orozco y una servidora, cuando vimos que dejaba de quejarse y su cara transformada veía al cielo con insistencia y sin pestañear, movía los labios y decía: “Os amo, sí os amo con todo el corazón”. Y luego volviéndose a mí me señalaba con el dedo el cielo y me enseñaba tres dedos de su mano. Todas callamos y seguíamos con recogimiento y con profundo interés esa escena muda que terminó en suspiros y en aspiraciones como ésta: “¡Oh mi Dios, soy vuestra, toda vuestra! Sí... sí... sí Amada mía, Madre mía, Dios mío, Rey mío!...” Y luego, como volviendo en sí, me preguntó: “Madrecita, ¿cuándo viene nuestro Padre?” Yo le dije: “Mañana si Dios quiere”. Y ella volvió a preguntarme: “¿Me da permiso de verlo?” “Sí -le dije- todo el tiempo que quiera y que él pueda venir”.
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Después me dijo: “Yo no quisiera que se volviera a ir; aquí nos hace mucha falta, sobre todo a usted para que ya no sufra”. Yo le dije: “Ya ve, hija, que él no se gobierna solo, tiene que hacer lo que sus Superiores le ordenen”. “Bueno, -dijo- pero si es una cosa buena, ¿cómo no se la van a permitir? Vamos a decirles a sus Superiores que lo dejen; el R. Padre nos quiere mucho y nos dará gusto; el P. Iturbide es mi amigo; el otro día vino. Yo le puedo decir y también al P. Tomás; deme permiso...” Yo la tranquilicé y le dije: “Recuerde lo que habíamos acordado: NO PEDIR, NO REHUSAR; así pues, es mejor callar y ya Dios nos dará lo que necesitemos, ¿no le parece? “Sí, dijo, sí Madrecita, no pedir... no rehusar...” Y siguió murmurando suavemente estas palabras. Al día siguiente 23, llegó nuestro Padre, viniendo a saludarnos cerca de las diez de la mañana. ¡Qué [157] cuadro tan distinto se presentó a sus ojos! Es cierto que estábamos felices por su llegada, pero sentíamos el alma llena de tristeza al ver cómo sufría nuestra querida Lupita. Sin embargo no cesábamos de darle gracias a Dios por haberle conservado la vida a fin de que pudiera ver a nuestro Padre. Todas creíamos que moriría ese día o el 24; estaba gravísima. En seguida que saludamos a nuestro Padre, pasó a la Capilla; después al cuarto de Lupita, quien le tendió los brazos y reía diciendo: “¡Padre, Padre, qué gusto, qué gusto!” Nuestro Padre se la quedó viendo, profundamente impresionado; hacía casi seis meses que no la veía y no se la imaginaba tan destruida; le tomó la mano y decía: “Ya verá cómo se va a aliviar, ya verá cómo se va a aliviar!.. Lupita, que no perdía la noción de las cosas, dijo amablemente: “Siéntese, Padre, ahí está una silla”. Nuestro Padre se sentó y empezó a preguntarle qué le dolía, etc. Yo, después de dejar instalado a nuestro Padre, pedí permiso para retirarme, pues comprendí que Lupita deseaba hablar con él. Entonces ella me dijo: “Madrecita, ¿le decimos a nuestro Padre lo de ayer?” (Se refería al permiso que quería para ofrecerse como víctima). Yo asentí con la cabeza y me salí, advirtiendo que estaría en la Capilla, la cual quedaba dividida de la pieza por un pequeño pasillo, a fin de estar pendiente por si algo se les ofrecía. Al poco rato me llamaron; Lupita se había quedado con los ojos cerrados y nuestro Padre temía estuviera mal. Yo la llamé y abrió los ojos, en los que vi nuevamente el destello de cielo que habíamos contemplado la víspera. Entonces me arrodillé junto a su cama y le hice seña a nuestro Padre de que se sentara y me puse un dedo en los labios. Callamos los dos y entonces Lupita se puso una mano sobre el pecho y se quedó extática, viendo el techo sin moverse. Después de un rato suspiró [158] y se volvió a ver a Nuestro Padre sonriéndole y luego a mí y también sonrió y señaló para arriba. Nuestro Padre le preguntó: “¿Qué ve, hija?” Y ella contestó: “El cielo”. Nuestro Padre le dijo: “Y ¿qué cosa es el cielo?” Y Lupita contestó: “Yo creo que es el amor perfecto”. 104
Callamos nuevamente y entonces ella, volviéndose a mí me dijo: “Madrecita, cántame”. Empecé a cantar: “Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria”. Nuestro Padre no pudo más. Se inclinó sobre la cama y se puso a llorar y más llorar, y me decía de vez en cuando: “Perdone, no puedo, no puedo”... Lupita no se fijaba en nada; su cara estaba iluminada toda; sonreía y no dejaba de ver para arriba. Por fin, nuestro Padre se puso en pie y me dijo: “No puedo más, quisiera decirle algo, pero no puedo, ya ve usted, no puedo, ahí se la dejo”... Y cubriéndose la cara con un pañuelo, salió de la pieza y yo me quedé gozando de la hermosura de esta almita tan pura, tan generosa, que acababa de ofrecerse víctima y que seguramente habría sido aceptada, como lo demostraron los hechos, pues ya fueron vanos todos nuestros cuidados. Cada día iba de mal en peor. Pero no adelantemos los hechos. El 24 yo no quise ir a la Misa de la celebración de bodas de oro. Temía que ese día sucediera algo. Casi todas se fueron y llegaron angustiadas, temiendo encontrarse con alguna triste nueva. Pero aún no se había llegado la hora; nuestro Señor todavía quería dejaros esta azucena para que acabara de abrir y perfumara nuestra casa. Nuestro Padre volvió a irse a San Luis Potosí, despidiéndose de Lupita ya para siempre en esta vida, pues él bien comprendió que ya no la vería. Había habido una novedad durante esos días: la llegada de otra de las Hermanas que estaban en San Luis y que acababa de recibirse: María Franco, que, como dije, era de Orizaba y nuestro Padre la conocía desde varios años atrás y la había ayudado siempre en sus estudios, los cuales hizo en Orizaba, en México y finalmente en San Luis. Venía sumamente agotada y así, no pudo quedarse [159] sino unos días, pues aprovechando que la mandaban llamar porque una tía suya estaba muy grave, se fue a Orizaba con el fin de medicinarse y descansar, ya que tenía un principio de anemia. No hay que decir la pena que esto nos dio, y pedíamos se pasara pronto el tiempo y volviera esta querida vocación. Otra novedad fue la venida de Monterrey, de una futura Misionera, dirigida de nuestro Padre, y que hacía algún tiempo estaba en contacto con nosotros: María Elosúa, Maquita, como cariñosamente la llamaban todos. Esta joven era un apóstol en la Acción Católica; alma grande, inteligente y de mucha vida interior. Nos hacía pensar a todas en una futura Maestra de Novicias. Muy alegre y sencilla y dada enteramente a la Obra; nos edificaba constantemente. Venía por motivos de salud, pues el clima y el paludismo la habían agotado mucho. La acomodamos en un dormitorio con todas, y diariamente seguía los actos de Comunidad. Por las mañanas se iba a Chapultepec con Juanita y Margarita Murillo, para tomar aire puro y descansar. El día 9 de octubre era el señalado por el Excmo. Sr. Martínez para venir a visitarnos. Nos había prometido venir a celebrar la Santa Misa a las 7:30. 105
El P. Ugalde, nuestro Capellán revisó cien veces todas las cosas para que no faltara nada. Adornamos la Capilla de rojo y pusimos en el centro del altar la Cruz del Apostolado. Llegó el Excmo. Sr. a las 8 pues no encontraba la casa. En seguida pasó a la Capilla, acompañado del P. Ugalde y empezó a revestirse; mientras tanto revisaba minuciosamente todo, paseando la vista por techo, paredes, suelo, imágenes, altar, etc. Terminada la Misa en la que todas comulgamos, excepto Lupita a quien el P. Ugalde había llevado antes la Comunión, el Excmo. Sr. salió. Yo lo seguí, acompañada de Ana María y lo invité a desayunar, cosa que aceptó. Lo pasamos a la salita. Al bajar la escalera, [160] pues la Capilla estaba en el piso alto, rió complacido y me dijo: “Bonita casa, casi elegante: la felicito”. Me quedé con él mientras desayunaba, sirviéndole Lolita Chávez, y en seguida empecé a hablarle de la Obra y de la vida que llevábamos. Le dije que ya el mes entrante cumplíamos un año de fundación y que quisiéramos ver si se daba un paso más adelante, por ejemplo: apertura de Noviciado, principio de alguna de nuestras obras de apostolado. Monseñor se quedó callado y luego me dijo: “Noviciado todavía no, pero les voy a dar una aprobación “ad experimentum”, para que ya empiecen a desarrollar sus actividades y empiecen a vivir su Obra tal como es, a fin de ver en la práctica si es factible y útil”. Yo le dije a Monseñor que de hecho ya la vivíamos pues teníamos nuestro reglamento que le expliqué, y nos estábamos preparando para nuestras obras de apostolado con retiros, clases, conferencias, etc. Monseñor aprobó todo y me dijo que iba a dar la orden de que se nos diera la aprobación, pues sólo así se podría desenvolver la Obra. Le pregunté si entonces podríamos poner ya nuestro Internado para Dirigentes de Acción Católica, y le expliqué brevemente en qué consistiría y por qué lo deseábamos. El Excmo. Sr. dijo: “No sólo pueden, sino DEBEN ponerlo, para así juzgar; para esto se pondrán en contacto con los Padres del Secretariado Social Mexicano. ¿No conocen alguno?” Yo le dije que conocía al Padre Dávila. “Está muy bueno, véanlo a él para que dirija todo lo relativo a Acción Católica, él es el indicado.” Yo entonces le dije: “Monseñor ¿cómo me presento? Pues aunque el P. Dávila ya hace años me conoce y simpatiza con la Obra y es quien me ha aconsejado siempre en muchas cosas relativas a la Obra, yo quisiera tener algún documento con qué presentarme”. “Ah, sí, sí, dijo Monseñor, naturalmente, se les dará a ustedes una orden y se avisará a los Padres del Secretariado que tienen ahora San Pedrito, y ahí mismo están sus oficinas.” “En cuanto a las Constituciones, añadió, recójalas y entréguelas en la Mitra, pues se necesitan lo más pronto posible, a reserva de que corrijan y revi[161]sen, si usted gusta, y aun puede consultársele al R.P. Rougier, ya que él le ofreció ayudarle en esto; 106
después veremos qué tal suerte tienen, pues dos obras acaban de recibir como primer documento de Roma, el permiso para profesión perpetua de sus fundadoras, fíjese qué suerte. Es cierto que ya tenían tiempo de esperar, a ver si ustedes tienen tanta o más suerte”. Después le hablé de la cuestión económica, de las tres Hermanas que aún trabajaban, y me dijo que realmente urgía dejaran de trabajar para que pudieran ayudar aquí y formarse mejor, pues era difícil equilibrar su vida si la llevaban doble y tan distinta. Ya eran las 10 y Monseñor al darse cuenta, se puso rápidamente de pie, pues tenía que irse. Lo pasamos a ver la casa y al ver el jardincito dijo que se le figuraba el de la casa de Santa Teresa en Ávila y que tenía exactamente la misma forma. Antes de salir lo saludaron todas y se las fui presentando una a una y a todas saludaba amablemente. También presenté a Maquita y le hablé de nuestra enfermita para la que dejó una bendición. Al irse y darle su sombrero, le dije que qué nos dejaba en prenda para que supiéramos que volvía, y me dijo que su palabra, y después riendo, se corrigió y dijo: “Mejor les dejaré lo que Jesús dejaba: la paz”. Todas nos quedamos felices. Por un momento olvidamos la amargura que teníamos con nuestra enfermita y empezamos a aplaudir y abrazarnos y felicitarnos unas a otras; pero pronto voló nuestro pensamiento hasta San Luis. ¿Y nuestro Padre? Había que escribirle pronto. Pero no, una carta no bastaba, era necesario hablarle por teléfono, y ya sin pensarlo más, corrimos al teléfono y pedimos la comunicación para hablar con él y desahogar la alegría que sentíamos y que era muy justo que él participara. En seguida fui al cuarto de la enfermita y le conté todo. ¡Se puso tan alegre! Me decía vivamente: “¡Qué bueno, Madrecita, qué bueno! ¿Ya se lo dijo a nuestro Padre?” [162] Al medio día le hablamos por teléfono al Padre Dávila y le platiqué toda la entrevista. Le dio mucho gusto y me felicitó; me dijo: “Ahora, a trabajar y prontito, no espere, muévase y cuéntele todo esto al Padre Pablo y escríbale al Sr. Vera y al Sr. Márquez”. Le prometí ir a verlo en cuanto tuviera la orden escrita para ver en qué forma empezábamos a trabajar. Al día siguiente le contamos todo al P. Ugalde que era nuestro gran aliado y que se puso muy contento. Nos felicitó y nos prometió hacer todo lo posible por que se nos dieran esos documentos cuanto antes; para él era fácil pues estaba en la Mitra. Mientras tanto empecé, con ayuda de Ana María, a redondear nuestro programa para la apertura y funcionamiento de nuestro primer Internado de Dirigentes; no pudimos hacer mucho, pues Lupita seguía gravísima y no quería que me separara de ella; aunque su mamá no quería desprenderse de su lado, ella sólo deseaba y pedía nuestros cuidados y atenciones. En esos días me dio una gripa fuertísima y tuve que guardar cama, dejando a mi querida enfermita bastante grave. Temíamos muriera el día 12, pues ella era muy amante de la Santísima Virgen.
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Ese día 12, en la Comunión que me llevaron a la cama, ofrecí a Dios esta alma tan querida, en la que teníamos tantas ilusiones para el futuro de la Obra. Le pedí a Dios la recibiera como las primicias. Era cerca de medio día, cuando me avisaron que ahí estaba Monis, que quería saludarme. Como ella tenía franca entrada a todas partes, dije que la pasaran y ¡cuál no sería mi sorpresa al ver que no venía sola! la acompañaba una jovencita, prima suya, que me veía asombrada, con mirada amable y curiosa. Se llamaba Evangelina Carrasco Narro. Me impresionó mucho verla y sentí deseos de que fuera de las nuestras. Le pregunté en el curso de la conversación si ella no deseaba ser religiosa y afirmó sonriendo y viendo a Monis, como pidiéndole la sacara del apuro. Monis me explicó que quería ser Carmelita pero que su papá no se lo permitía. Yo le dije que le íbamos a pedir a Dios se arreglara su entrada si así convenía y si no, se le arreglara en alguna otra parte. [163] Al día siguiente pude levantarme y en seguida fui al cuarto de la enfermita. Me quedé espantada al ver el cambio que había tenido en dos días. Tenía rostro cadavérico, parecía estaba ya muerta. Me detuve en la puerta viéndola desde lejos; no podía creer lo que veía. Ella abrió los ojos y al verme, alzó sus brazos y gritó con intensa alegría. “Madrecita, Madrecita!” Corrí hacia ella y la abracé; ella me dijo: “Estoy muy mala, pero ya estoy mejor. ¿Y usted?” “Ya estoy bien y vengo a ocupar mi puesto para atenderla y contarle de una visita que tuve ayer”. Y le conté la visita que Monis me había llevado. Ella oía en silencio y después me dijo: “Madre, ¿le gusta a usted?” “Sí, le dije, sí me gusta”. “Ya verá, dijo, será de las nuestras”. El día 14 vino a vernos el R.P. Tomás Fallon; cuando llegó, estaban en junta dos médicos homeópatas, el Dr. Cortina Gutiérrez y el Dr. Porraga. Los familiares de Lupita los habían llevado con esperanzas de una reacción. Desgraciadamente eso no sería; los días de vida de esa florecita estaban ya por terminar. El R.P. Tomás, una vez que salieron los médicos de la pieza de la enfermita, quiso pasar a verla; se arrodilló junto a su cama, se la quedó viendo asombrado de los estragos que había hecho la enfermedad. Movía la cabeza, se le llenaron los ojos de lágrimas y muy suavecito, con ademán de madre, puso su mano sobre la frente de Lupita, quien abrió penosamente los ojos y se lo quedó viendo. El Padre le preguntó: “¿Quién soy? ¿Me conoce?” “Sí, sí, -dijo ella- es el buen Padre Tomás”. El Padre acomodó las almohadas, las sábanas; pasó su mano debajo de la cabeza de la enfermita y con la otra mano tomó su manita extenuada, pero que cogía con fuerza un Crucifijo. El P. Tomás le decía: “Pobre hija, pobrecita, ¡cuánto sufre! Pero todo con amor. Pronto verá a Jesús y entonces le dirá: Soy yo Inés, la pequeña hostia de Jesús...” “Hija, -añadió- ¿ama mucho a Jesús, verdad?” Ella sonrió penosamente y en un [164] suspiro amoroso dijo: “¡Oh sí, con todo el corazón!” El R.P. Tomás salió profundamente conmovido; se quedó un rato acompañán108
dome y consolándome, pues yo estaba tristísima; me dolía en el alma verla sufrir tanto. El Padre me tranquilizó, me dijo que estaba muy bien preparada y que propiamente ya no estaba aquí en la tierra, pues se veía que su alma ya estaba sólo en Dios. El día 15 amaneció gravísima, tanto que acabando de comulgar me salí de la Capilla, pues temía muriera de un momento a otro. Ella también comulgó con el fervor de siempre, y cuando le ofrecimos agua para poder pasar la Hostia, rehusó, pues ya la había pasado. Pero luego dijo con su vocecita tan dulce: “Pero si quieren la tomo”. Acababa de terminar la Misa cuando llegó el R.P. Miguel Uribe. Venía a hacernos una visita y a celebrar. Yo no salí a atenderlo pues consideré que Lupita estaba ya en agonía; así se lo hice saber y le rogué la encomendara en la Santa Misa y viniera a verla en cuanto terminara. Desde las 7 me había quedado de rodillas junto a su cama y la tenía sostenida en mi brazo izquierdo que pasé bajo su espalda. Su respiración entrecortada dejaba escapar frases cortas como ésta: “Soy Inés... tu hostia, tuya, tuya, Amor mío... Rey mío... Reina mía... Jesús, Jesús, Jesús... Por los sacerdotes... Sí, sí, sí... por ellas, por las niñas y la Acción Católica... Rey mío... Dios mío...” Terminada la Santa Misa vinieron todas las Hermanas a la pieza y también el R.P. Uribe, quien al ver a Lupita, pidió agua bendita y estola y empezó a encomendar el alma. Lupita seguía todas las oraciones y contestaba a todo. Así estuvimos hasta las nueve. A esa hora ella se incorporó y dijo: “Ya, ya no, por favor ya no; Madrecita, por favor ya no.” Yo entonces callé y la tranquilicé, la acomodé en sus almohadas y le puse alcohol en la frente. Ella sonreía y decía: “Gracias, gracias, ya pasó, ya, ya”. Se fueron saliendo una a una, advirtiendo que [165] ella las había bendecido y les había dicho: “Gracias por todo”. Y luego les hizo una señal de despedida con la mano. Yo no me desprendí de ella para nada. Tenía unos dolores, agudísimos en todo el cuerpo; abundantes vómitos, y desde hacía tres días se había ido poniendo morada, por la falta de circulación; solamente la cara la tenía de color natural. Sus familiares estaban consternados; querían traer a cuanto médico les recomendaban y darle todas las medicinas que les decían eran buenas. Lupita todo aceptaba y a todo se sometía. Ese mismo día en la tarde, como a las tres, me decía varias veces seguidas: “Madre, Madrecita, Madrecita”... Yo entonces me acerqué a ella y en un momento que nos dejaron solas me dijo: “¿Me la pone en mi caja?” “¿Qué, hija, qué quiere que le ponga?” “La Cruz del Apostolado”... “Sí, hija, sí se la pongo”. “Gracias, Madre, gracias y ¿no me dejará salir?” “No, de aquí no saldrá”, le dije. “Bueno, dijo ella, de aquí al Panteón ¿verdad?” “Sí, se lo prometo”. “Madre, tantos años de estar juntos Él y yo y ahora...? No me deje mucho tiempo en el Purgatorio...” “No, hija, ya verá, entre sus Hermanas y yo la sacaremos y luego, ahí está nuestro Padre, él no la dejará. Se lo prometo, no la dejaremos”.
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Todo lo decía con gran esfuerzo, entre quejidos y con voz entrecortada. La hice callar y como tenía su cama muy desarreglada y a ella misma no la habíamos podido cambiar por lo mal que estaba desde la víspera, me dijo: “Madre, quiero estar limpia, no podrán cambiarme?” “Sí, le dije, con mucho gusto, no lo habíamos hecho por no molestarla, pero en cuanto se sienta más fuerte lo haremos.” “Ahora ya estoy mejor... pero que nadie me toque... sólo usted, Madrecita buena... ya no la haré sufrir más, perdóneme”... Y me hizo una cruz en la frente y luego se puso roja y dijo: “La estoy bendiciendo, qué tonta soy!”. Me puse a sacar ropa de un cajón del ropero [166] para cambiarla y al oír el ruido vino su tía Teresita Arizpe que estaba en la pieza contigua. Al entrar ella dijo Lupita: “Tú también Tere, ayúdale a nuestra Madre, pobrecita”. La cambiamos con mucho esfuerzo, casi tardamos una hora, pues temíamos molestarla. Cuando terminamos dijo: “Ahora sí, ahora sí ya”... Cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Yo no pude contenerme y me escondí atrás de su cama a llorar lo más silenciosamente posible. Ella sin moverse decía: “No lloren, soy feliz, no lloren”. Pasé todo el día junto a ella y en la tarde vino el R.P. Joaquín Paredes, M.Sp.S. que era el Maestro de Novicios, a verla. Se sentó junto a su cama y ella tenía mucho gusto y decía: “Qué bueno que vino, qué bueno, Dios se lo pague”. Luego le dijo: “Padre, dame tu mano”. (Frecuentemente tuteaba a todos, pues hablaba como si fuera una niña pequeñita). El Padre se desorientó con la pregunta y no le dio la mano. Entonces Lupita movió la cabeza y dijo: “Perdona, no hagas caso, tal vez pedí una cosa inconveniente; no me la des, no me la des”. Luego se lo quedó viendo con mucha fijeza y le dijo: “Padre, tienes que ser muy santo, muy santo, porque estás formando sacerdotes, y los sacerdotes tienen que ser santos. Yo voy a pedir por ti para que sepas formar sacerdotes santos.” El Padre le dijo que se lo agradecía y que él también iba a pedir por ella. En seguida Lupita entró en una especie de inconsciencia y empezó a murmurar en voz baja pero muy clara frases de amor a Dios y a María. Fijó los ojos en el cielo, suspiró y extendió los brazos en forma de cruz, diciendo: “Así, Jesús mío, así”. El Padre le dijo: “Ya me voy. ¿Quiere mucho a su Jesús?” “Sí, dijo ella, con todo... todo el corazón, pero no Lo encuentro”. Se volvió hacia mí y me dijo: “Madrecita, ¿dónde está? ¿dónde está? Se me ha perdido...” Yo entonces le dije: “Vaya a los brazos de María y verá cómo allí Lo encuentra”. El Padre Joaquín le dijo: “¿Quiere a su Jesús? [167] ¿Quiere comulgar? Ahora se Lo traeré”. Ella suspiró y feliz decía: “Sí, sí, que venga Jesús, que venga”. Entonces el R.P. fue a la Capilla y le trajo la Sagrada Comunión que ella recibió con gran alegría y con mucho fervor, en medio de suspiros y murmullos de amor. El R.P. nos dio el número de su teléfono y nos dijo que estaba a nuestras órde110
nes a cualquier hora de la noche y del día, pues él comprendía que Lupita no viviría ya sino contadas horas. En el final de la tarde se puso muy inquieta, no tenía reposo, todo le dolía, principalmente los pies. Nos quedamos solas Gemma del Corazón de María (Ma. Guadalupe Fuentes) y yo; casi la teníamos cargada, pues le molestaba mucho la cama; daba compasión verla. Cerca de las nueve ella me cogió la cabeza con una mano y me dijo: “Madrecita, vete a acostar, a ti te hace mucho daño desvelarte, dame tu bendición y vete, por favor, ya me voy a dormir y no puedo si sé que tú estás aquí”. Yo entonces la acomodé lo mejor que pude, ayudada de Gemma, quien me dijo se quedaría además de la Hermana enfermera. Bendije a la enfermita y le dije: “Me voy a acostar un rato, pero prométame que si me necesita me mandará llamar”. “Sí, -dijo ella, cuando la necesite...” Me acosté y una vez más ofrecí esta vida que por momentos se escapaba. A las tres de la mañana fueron a mi pieza a llamar. Era María Dolores de la Cruz (Lolita Chávez). Me dijo: “Madre, no se asuste, Lupita está bien, pero hace como una hora que no cesa de llamarla a usted; yo no quería venir a molestarla, pero la mamá de Lupita dice que vaya usted por caridad.” (Se habían quedado la mamá, Julio y Lourdes, éstos dos abajo en el recibidor). Yo ya estaba terminando de arreglarme y en [168] seguida mandé que les avisara a todas, pues la hora se acercaba. Cuando llegué a la pieza, Lupita penosamente decía: “Madre, Madrecita, que venga nuestra Madre”... Me acerqué a ella y le dije: “Aquí estoy y ya no me iré”. “Gracias, gracias, qué bueno que veniste”... En seguida le mojé los labios con un poco de agua, le puse agua bendita en la frente y me acerqué a su oído y le dije: “Hija, hija mía, el buen Dios la quiere allá arriba con El, dígale que acepta usted.” - “Sí, sí, sí” dijo ella en voz baja. - “Cuando llegue usted allá, presente todos nuestros corazones llenos de amor a Dios”. - “Sí, Madrecita, sí”. - “Le recomiendo la vocación de Fernandito mi hermano”. - “Sí, dijo ella y también la de Lourdes mi hermana”. - “No olvide que nos va a mandar vocaciones”. - “Sí, Madrecita, muchas”... - “Pídale a Dios que sepamos ser fieles y generosas”. - “Sí Madrecita”.
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- “Adios, hija, vaya en paz y no nos olvide”. Le besé la frente y ella también a mí y se me quedó mirando mucho y me dijo en voz baja: “Pobrecita Madrecita, perdónanos”... Y como ya estaban casi todas en la pieza, me callé y le hice una cruz en la frente. Ella empezó a quejarse y se le oía ya el estertor; volvía los ojos de un lado a otro. Nos pusimos a rezar la Letanía; hice prender el Cirio Pascual y todas con velas en las manos, rezábamos sin cesar y yo rociaba agua bendita. Teníamos miedo, pues Lupita empezó a hacer contorsiones horribles y empezó a gritar y veía con terror a su alrededor. Entonces llegó el R.P. Joaquín Paredes a quien Ana María había llamado por teléfono; eran las cuatro de la mañana; el Padre hizo una gran señal de la Cruz y dijo en voz fuerte: “¡Lupita, véame, soy yo el Padre Joaquín que viene a acompañarla; diga conmigo: [169] DULCE CORAZÓN DE MARÍA, SED LA SALVACIÓN MÍA! Luego volviéndose a nosotros nos dijo: “Traigan una imagen de la Santísima Virgen, si es posible a colores”. Trajeron en seguida una pequeña escultura de nuestra Señora del Sagrado Corazón que Monis nos había llevado prestada. Yo la tomé entre mis manos y la puse sobre la cama; hice que Lupita la tocara. Ella al verla, sollozó y dijo: “Madre mía, Reina mía!” ... Y entró en gran paz. El Padre le dijo: “¿Quiere recibir a Nuestro Señor?” Ella dijo “SI” y luego repuso: “Pero anoche comulgué”. “No le hace, dijo el Padre, se lo voy a traer”. El Padre me preguntó: “¿Puede pasar?” Yo asentí, pero su mamá dijo: “No, no puede, déjenla ya, ya es inútil”. Su hermano Julio acababa de entrar y dijo: “Sí, Padre, tráigale la Sagrada Comunión, será un gran consuelo, le podemos dar un poquito de agua para que pase la Hostia”. El Padre fue a la Capilla seguido de todas las Hermanas con vela en mano, y trajo el copón. Levantó en alto la Hostia y dijo: “Lupita, vea a su Jesús y entréguese toda a Él”. Lupita obedeció y abrió con ansias la boca, sacando con dificultad la lengua. El Padre le dio una pequeña parte de la Hostia, ella la recibió y cerró los labios. El Padre dijo: “¿Ya la pasó?” Ella no contestó; entonces yo me acerqué a su oído y en voz baja le pregunté: “Hija, ¿Ya pasó la Hostia?” Contestó con esfuerzo: “Sí”. Todos callamos por breves momentos, pues ella parecía transformada. En seguida empezó a abrir la boca, no podía casi respirar; movía las manos y el Padre empezó a encomendar su alma. Acababa de terminar las preces cuando se oyeron en la Parroquia los lentos toque del ANGELUS; eran las cinco de la mañana. (Octubre 16 de 1937). [170]
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El Padre empezó a rezarlo y en el momento de decir: “ECCE ANCILLA DOMINI”... Lupita inclinó de un golpe la cabeza y extendió los brazos poniendo las manos hacia arriba. Yo le cerré la boca y le besé la frente diciéndole en el oído: “Hija, lleva este beso de todas las Misioneras a la Trinidad Augusta”. Empecé a rezar en voz alta el Magnificat que todas contestaron y el Padre hizo sobre el cadáver la señal de la Cruz y se salió seguido de la mamá de Lupita y de sus dos hermanos. Nos quedamos solas, yo me sentía sin fuerzas; sin embargo reaccioné, alguien me dijo: “Hay que amortajarla”. Yo repuse: “No, le pondremos nuestro hábito, es Misionera”. Esto lo dije porque la víspera ella había hecho sus tres votos delante de mí y con permiso del R.P. Joaquín Paredes. Buscamos un hábito de tela corriente que teníamos como muestra. Lo plancharon y se lo pusimos entre la enfermera, Teresita Arizpe, tía de Lupita y yo. Antes de ponerle la toca le corté un poco de cabello que guardamos cuidadosamente, y en un pañuelo limpio recogí una gran lágrima que tenía en el ojo izquierdo. Su mamá pidió el crucifijo que ella tenía fuertemente cogido y del que nunca se separó durante todos los días de su corta vida religiosa. Yo le quité una pulserita y una medalla que usaba desde que se había recibido como esclava de María, y se la entregué a Lourdes su hermana. Arreglamos la pieza y pusimos un altar para celebrar la Santa Misa. Llevamos nuestra hermosa y grande Cruz del Apostolado que pusimos atrás de la cama y yo le colgué a ella del cuello una pequeña cruz de aluminio. Por Providencia de Dios, ese día, sin esperarlo, tuvimos tres Misas, todas por ella y celebradas en la misma pieza en que estaba. A las nueve llegó la caja que mandaron traer sus familiares; estaba ahí el R.P. Jesús Oria y él mismo nos ayudó a pasarla y acomodó todo. Teníamos una pequeña Cruz del Apostolado, de ma[171]dera, que nos había llevado prestada el P. Agustín Espinosa (Vicario de la Parroquia de San Miguel de Tacubaya). La pusimos dentro de la caja, atrás de la cabeza de Lupita, tal como ella lo había pedido. Empezaron a llegar sacerdotes y personas amigas. Contamos cerca de veinte sacerdotes y casi todos se acercaban a tocar al cadáver sus medallas, rosarios, etc. Una señora llevó un puño de medallas nuevas y las tocó; otra un manojo de violetas; otras nos pedían pedazos de tela de su hábito. Llegaron comisiones de la Acción Católica, amigas, familiares. En fin, la casa estaba llena de gente y todos proclamaban la bondad de esta querida almita que ahora ya feliz estaría unida a su Rey. Ese día en la tarde empezaba el Capítulo de los Misioneros del Espíritu Santo. El 113
M.R. Padre Félix me escribió una carta disculpándose por no venir, pues no podía hacerlo debido al Capítulo. Al día siguiente serían las elecciones del nuevo Consejo. El R.P. Jesús Oria acompañó el cadáver hasta el Panteón Español. Fueron algunas de las Hermanas, su mamá, sus hermanos y tíos y muchas otras personas. Yo me quedé en la Capilla de donde ella había salido, pues, cosa curiosa, su hora de adoración era siempre de 9 a 10 y durante toda su enfermedad ella procuró hacerla, aun cuando fuera en su cama incorporada. A veces, rendida por el esfuerzo me preguntaba: “Madre, ¿ya es hora?” Y yo la engañaba diciéndole que sí, pues comprendía que ya no soportaba más. Pues bien, el día del entierro, a la hora que creímos que ya iban a llegar los de la Agencia Mortuoria, suplicamos al Padre Oria y a otros señores que ahí estaban, que sacaran la caja para esperar en el hall de abajo; pero era tan pequeño el pasillo, que tuvieron que meter la caja hasta la Capilla para ya de ahí sacarla. Cansados, la dejaron en el suelo para darle después la vuelta y salir [172] por la otra puerta. Yo entonces supliqué la dejaran allí unos momentos, mientras rezábamos el último Rosario; se quedó una hora justa y todas nosotras también en adoración. Así, esta almita tan eucarística, por última vez aquí en la tierra, estuvo ante su Sagrario su hora de adoración. Nuestro Padre le había puesto el nombre de Inés del Corazón Eucarístico porque cuando la conoció fue en una fiesta en que ella representaba a Santa Bibiana. Tenía 18 años de edad. Era alta, delgada, de color pálido, aunque a veces ligeramente sonrosado; pelo negro, muy brillante y algo rizado. Frente ancha, algo abombada, ojos negros, pequeños, de mirada inteligente, pensativa y dulce. Nariz recta y pequeña, boca regular, de labios finos y rojos. Siempre amable y risueña, siempre disculpándose y tomando sobre sí todas las culpas; siempre olvidada de sí y pendiente de los demás. Muy dócil, dispuesta a darles gusto a todos. De carácter siempre igual en todo y para todos; muy sacrificada, sin pedir nunca nada, sin quejarse nunca, esforzándose por ayudar en todo a todas. Muy ingenua y sencilla, muy pura y llena de caridad, humilde, digna, valiente, con una gran fuerza de voluntad que continuamente tenía que ejercitar, debido a su educación, (fue sumamente mimada), y a su carácter algo tímido. Era apasionada del estudio y constantemente, en las pocas clases que teníamos, decía: “Hay que estudiar, hay que saber de todo, porque si no, ¿cómo vamos a ser buenas Misioneras?” Tenía ansias de misionar y sed de almas. Su ilusión era ir al Japón. Sin embargo, ya estando muy grave, un día que le pregunté: “¿Prefiere morir, o vivir para ir al Japón?” Ella sonriendo tristemente, dijo: “Me da lo mismo, Madre, ya le dije a Nuestro Señor que si necesita misioneras en la tierra, que me deje, pero que si las necesita en el cielo, que me lleve”.
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Su virtud preferida era la pureza; pero también le encantaba la dulzura; al recoger sus cuadernos de clases, me encontré con una bonita composición, [173] escrita en borrador, a lápiz, que guardé como reliquia y recuerdo, y que por ser tan delicada, copio en seguida. Dice así: LA DULZURA “La dulzura en el campo de las almas es el poderoso medio de atracción. “Si examinamos la vida de Jesús, vemos que toda ella está impregnada de dulzura; en sus perdones, como en su trato y aun en sus justas indignaciones. Fijémonos cuando arrojó a los mercaderes del Templo. “El ha venido a destruir la ley del rigor. La humanidad se siente herida, busca el consuelo; si descargáis golpes sobre ella, sucumbirá, mas si con bálsamo dulce la curáis, la podréis levantar hasta el Corazón de un Padre, en donde se saciará de dulzuras; la llevaréis hasta Dios. “No con golpes, sino con dulzura, os ganaréis el corazón del niño”, dijo alguien. “Pero entendamos bien: la dulzura no es el amor débil que consiente la falta. Es el amor fuerte, hondamente dulce, donde las faltas se arrojan y encuentran el remedio, la luz y la fuerza. “El apóstol debe envolverse en la dulzura para acercarse a las almas y para que éstas se acerquen a él; no cerremos con la aspereza el camino de muchas almas sedientas de luz, sedientas de Dios: el Dios de amor debe llegar a ellas por medio de nuestra dulzura”. -oRecibimos muchas cartas de pésame y entre ellas la de una de sus maestras, la R.M. María Cristina Navarro, Pasionista; venía dirigida a mí y decía así: “Mi muy estimada señorita: El buen Dios sea con usted. Enterada por la Rvda. Madre del fallecimiento de nuestra muy querida y buena Lupita, me apresuro a enviarle por medio de estas pobres [174] líneas mi más sincera condolencia. “No sabe, mi buena señorita, cuánto la he sentido. Mucho he valorado el dolor que usted habrá sentido también con la muerte de esta hermosa e inocente criatura; pero una cosa debe consolarnos grandemente, que por la misericordia de Dios podemos poner nuestra mirada muy alto, avivar nuestra fe y decir: no, no la perdimos para siempre; en el cielo la volveremos a ver. “Era una niña muy buena, un alma toda de Dios, pura, transparente como hermoso cristal, que supo, a imitación de nuestra querida Santa Teresita, llenar muy pronto su corta vida con hermosas virtudes; me cupo la dicha de conocer, aunque de lejos, su hermosa alma. ¡No era para la tierra! Por eso el buen Dios se apresuró a trasplantarla a ese hermoso jardín llamado cielo. “¡Dichosa ella una y mil veces! Le confieso que de todo corazón me he visto obligada no a pedir por su eterno descanso, no, sino a encomendarme de todo corazón a su valimiento delante de Dios. Segura estoy que goza ya de la vista de Dios. Me he atrevido a hacerle una petición: que me alcance de Dios el amor que ella le tuvo. 115
“Le ruego haga extensiva mi condolencia a todas sus buenas y fervorosas hijas, en especial a mis queridas muchachitas Lupe Fuentes y Josefina Canchola; que recuerden siempre la bondad, la dulzura de esa querida y llorada compañerita; que ella, como primicia de esa grande y hermosa Congregación, tiene que conseguirles del buen Dios todas las gracias que necesiten para en todo ser fieles a su voluntad. Que no las olvido. “Le repito, mi estimada señorita, mucho siento tan grande pérdida. Reciba un cariñoso abrazo junto con el aprecio más sincero de su afectísima S.S. en Cristo y María Dolorosa”. María Cristina Navarro. OCTUBRE 19 de 1937. -oEsa noche del entierro, rendidas por el trabajo y la pena, se dio el toque para acostarnos más temprano. [175] Acababa de acostarme, cuando sonó el timbre de la calle con los tres timbrazos propios de los Misioneros. Creí que era el M.R. Padre Félix, pues no había ido por haber empezado ese día el Capítulo y haber sido esa tarde las elecciones. Era el R.P. Iturbide que venía de parte del M.R. Padre Félix a darnos el pésame y a comunicarnos que nuestro Padre había sido nombrado Ecónomo General y que ya lo habían mandado llamar para continuar el Capítulo; creían que llegaría al día siguiente. En seguida que se fue el R. Padre, a quien atendió Ana María, ella misma subió a darme la noticia. Tanto yo como mis compañeras de cuarto dijimos: “Es Lupita quien nos lo trajo”! Y felices dimos gracias a Dios por este gran regalo. Al día siguiente, en efecto, llegó nuestro Padre que pudo desde luego venir a vernos, porque el Capítulo se había suspendido en espera de otros padres que tenían que llegar. Nos reunimos en el comedor, al que nos gustaba llamar Cenáculo, pues estaba muy bien decorado y era la pieza más grande de la casa; además estaba todo tapizado de rojo. Ahí le contamos de la muerte de Lupita y él entonces nos leyó un escrito que hizo sobre esta primera hija suya desaparecida. Decía así: NOCHE DEL 16 AL 17 DE OCTUBRE DE 1937. A MIS AMADAS HIJAS LAS MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE LA TRINIDAD. Muy amadas hijas en Cristo: “Llegó por fin la hora esperada ¿por qué no decirlo? con ansia, en la que un capullito de rosa del jardín de la Trinidad, sería cortado para el cielo. “Y al llegar esta hora que trajo al mismo tiempo alegría inenarrable a mi alma, quiero hablaros un poco de esa hija mía y hermanita vues[176]tra que en pocos años recorrió su camino. “LA ESCOGIDA. - Conocí a Lupita en el Colegio de las Madres Pasionistas de Tacubaya, en la representación del “MARTIRIO DE SANTA BIBIANA”, en la que ella 116
era la protagonista. “Posesionada de su papel, me recordaba a cada momento aquellas virgencitas romanas que dieron su vida como prenda de su amor a Cristo. Por eso más tarde quise ponerle el nombre de Inés, trasunto de pureza y de fuego en el amor. “Hubo un momento, en el cuadro final del drama a que me refiero, en que nuestra Inés apareció en la gloria del martirio, y fue tal la impresión de pureza y de amor que dejó en mi alma, que me hizo entrar en oración muy íntima, en la que le pedí a Dios Nuestro Señor que tomara para El esa alma y que la hiciera toda suya. “Dios nuestro Señor oyó mi oración y no sólo quiso escogerla para El, sino que también me la dio como un consuelo y un calmante de la inmensa sed de pureza que depositó en mi corazón sacerdotal. “Pasó algún tiempo todavía sin que nos tratáramos, pero nuestro Señor fue obrando de tal manera en su alma, que, no pudiendo resistir al impulso divino, manifestó a su Director espiritual sus deseos de abrirme su alma y ponerse bajo mi dirección. “Dados los antecedentes, no vacilé ni un momento en recibirla con grande cariño en Dios, y desde entonces, en forma sencilla y con pocas palabras, fui forjando esa alma y recibiendo siempre el buen ejemplo de su perfecta obediencia y de su gran sencillez. “Siempre deseó consagrarse a Dios en la vida religiosa, como un medio de realizar su ideal de amor a Dios y de apostolado por las almas. “Y Jesús, que la había escogido desde la eternidad, le reservaba un papel que ni ella ni yo sospechábamos por entonces... Por ese mismo tiempo Dios tocaba a otras almas, dejando en ellas la semilla de la vocación religiosa misionera; pero al tocarlas, les hacía ver nuevos horizontes de amor y apostolado; les hacía sentir el Divino Maestro, el fuego que consumió su Corazón a su paso por la tierra: “LA GLORIA DEL PADRE Y EL BIEN [177] DE LAS ALMAS”. No encontraban en los Institutos religiosos conocidos lo que su corazón ambicionaba; como que Dios estaba depositando en ellas algo tan propio, que era nada menos que una nueva vocación, el ideal que había de ser el lema de una nueva familia religiosa: DIOS Y LAS ALMAS. “A ella llegaron poco a poco las noticias de esa Obra y de esas almas. Y así como San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, sin haberse conocido antes, al encontrarse en Roma, corrió uno al otro para estrecharse en fuerte abrazo, así nuestra Inés reconoció en esa Obra lo que ella ambicionaba y cuando se encontró con la que Dios le destinaba para Madre, se perdió en sus brazos porque supo sepultarse desde entonces en ese corazón que la distinguió con su ternura, reconociendo en ella a su genuina hija Misionera Eucarística de la Trinidad! “Unió desde entonces su oración a la de aquellas almas y puso todo su entusiasmo y su corazón al servicio de la Obra. “Mientras se llegaba la hora de cristalizar sus ideales, Jesús labraba esa alma grande y ella se dejaba hacer con la sencillez de un niño y el valor de un soldado, ya fogueado en mil combates. 117
“Su vida fue sencilla; pero precisamente en eso encierra su grandeza. Sencilla como la vida de Jesús que era su modelo; se limitaba a decir: SI a todos los quereres del Señor. “Con sencillez, no ciertamente exenta de dolor, dejó el mundo. Con sencillez echó sobre su cuello el yugo suave pero eminentemente sacrificador de la obediencia. Con sencillez recibió la Cruz de su enfermedad para cumplir con su ofrecimiento de víctima, hecho también en la sencillez del corazón, para que Dios dispusiera de ella según su voluntad, pidiendo en cambio la realización de la Obra si ésta era de Dios, o su supresión en caso contrario. “No fue la única en esto. Otras también lo hicieron y a cada víctima aceptada, correspondía un nuevo paso hacia adelante en la realización de la Obra. Pero a ella la había reservado Jesús para [178] ofrecerla a su Divino Padre en la hora decisiva en que la autoridad Eclesiástica, en nombre de Dios, pronunciara su fallo. “Hasta su lecho de agonizante llegaban como repiques de gloria las voces regocijadas de sus Hermanas que el 9 de octubre, después de haber recibido la tan deseada visita del Excmo. Sr. Arzobispo de México, oyeron de sus labios la voz de Dios que aprobaba la Obra y las autorizaba a comenzar su apostolado. “Seguramente que si alguna alegría fue grande y pura, fue la suya, porque saboreaba en ella las delicias de la Cruz, porque era una victoria ganada con su propia muerte y que una delicadeza de Jesús quiso hacerle ver acá en la tierra. “A los 8 días de la visita del Excmo. Sr. Martínez, sábado y fiesta de la Pureza de María, aquella alma tan pura nos dejaba para ser en adelante abogada poderosa en el cielo, donde será dueña del Corazón de Cristo, del Esposo de las Vírgenes. “Como lema de su vida religiosa escogió las palabras de Santa Inés: “NULLUM PRAETER EUM AMATOREM ADMITTAM”. “No admitiré ningún amante fuera de Él”; y lo cumplió porque toda su vida y su corazón fueron para El... “Y con aquella santa osadía del amor, sabrá pedir al único Amado de su alma, al que amó como dijo antes de morir: “con el corazón entero”, sabrá pedirle, digo, todo lo que ambicionaba realizar en la tierra: la gloria del Padre, la salvación de las almas, el triunfo de la Acción Católica en una comprensión plena del Sacerdocio de Cristo y del Sacerdocio místico de las almas. El triunfo de las Obras de la Cruz, de las cuales se siente su Obra como pequeñita y cariñosa hija. “Llevar el Apostolado de la Cruz a todas partes, deseo seguramente que la hizo pedir como compañera de su tumba a la Cruz bendita del Apostolado. “¡Oh amadas hijas! Cuando yo contemplo ese cuadro y esa alma, mi corazón se dilata y entreveo un futuro glorioso para la Iglesia, no sólo en México, sino en todo el mundo. “Legión creada para ayudar a la Acción Católica, [179] inyectando en ella el espíritu de las Obras de la Cruz, para formar paciente y amorosamente a las futuras Dirigentes de la Acción Católica, para cultivar el espíritu apostólico-sacerdotal en cuantas almas toquen; modelando corazones de niños puros que sean santos sacerdotes... contribuirá grandemente vuestra Obra, así lo esperamos, a la recristianización del mundo y 118
a la conquista del otro mundo que permanece pagano! “Como sabéis, amadas hijas, vuestra Obra quiere también invadir ese mundo pagano para conquistarlo, según los lineamientos de la Acción Católica. “Y de todo ese mundo han escogido como primicias de apostolado, al Japón, esa tierra que recibió la sangre de nuestro primer Mártir San Felipe de Jesús; esa nación que está llamada a grandes cosas, sobre todo cuando haya añadido a sus virtudes naturales el inestimable tesoro de la fe en Dios. “Desde que se concibió la idea de conquistar el Japón para Dios, se nombró un grupo que ya comenzara a pedir por esa Misión; entre ellas se contaba nuestra Inés... “También desde el cielo será Misionera del Japón y allí de manera especial cumplirá su promesa de mandar a la tierra después de su muerte, “una lluvia de vocaciones”. “Tendréis pues, como fruto de esta víctima, muchas hermanitas japonesas, que al unísono de vuestros corazones y con toda la fuerza de su amor, lanzarán su grito de combate: ¡DIOS Y LAS ALMAS! “Pero como sabéis, amadas hijas, la obediencia me separó de vosotras unos cuantos días antes de la fundación y desde entonces ya no pude seguir de cerca los pasos más preciosos [180] de nuestra amada víctima... Pero los seguísteis vosotras y sobre todo los siguió vuestra Madre, tan solícita de todas y cada una de sus hijas. A ella y a vosotras dejo ahora la pluma para que completen estos datos en su parte más íntima. “Yo sólo sé deciros que vuestra Hermana INÉS DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO ERA UN ÁNGEL POR SU PUREZA, UN APÓSTOL POR SU CELO, Y COMO LO HABÉIS COMPROBADO, UNA MÁRTIR POR SU SACRIFICIO! “Celebrábamos hoy la conclusión de la Semana de Estudios de Acción Católica, Semana que fue precedida por una Jornada Sacerdotal también de Acción Católica, después de haber obtenido muy consoladores resultados. “En casi todos los temas, en las discusiones, se pedía, sin conocerla, vuestra Obra. “En estos días y hoy en especial, al contemplar el grande triunfo de la Acción Católica, pensaba en nuestra pequeña víctima y me sentía feliz al ofrecerla por algo tan grande y que será la salvación del mundo. “Allí tenéis puesto el ejemplo. Dios nuestro Señor quiso grabar en vuestros ojos esa visión de pureza y de celo por la gloria de Dios, para que sigáis su camino. Jóvenes o ancianas, ¡estad listas para seguir a Jesús a donde quiera que os llame, y dadle siempre el consuelo de glorificar plenamente a su Padre Celestial”...! -o-o-o-oNuestro Padre terminó su lectura y nosotras callamos profundamente emocionadas. En seguida le contamos todos los detalles del entierro y demás.
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Luego él nos preguntó lo que habíamos pensado hacer con respecto al futuro, pues pronto nos darían ya el documento oficial con la aprobación “AD EXPERIMENTUM”, y teníamos que poner en práctica todos los fines de la Obra. [181] FIN.
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ÍNDICE NOTA: el número dentro del paréntesis, corresponde a la página del libro original impreso; el número en el extremo derecho, corresponde a la página del libro capturado en la computadora. ANALES (1) ................................................................................................................................ 2 1906 – 1917 (1) ............................................................................................................ 2 1918 - 1924 (5) ............................................................................................................. 5 1925 (18) .................................................................................................................... 12 1926 - 1929 (22) ......................................................................................................... 15 1930 – 1932 (29) ........................................................................................................ 20 1933 (52) .................................................................................................................... 34 1934 (59) .................................................................................................................... 39 ALGUNOS PUNTOS SOBRE LA OBRA DE LAS MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE LA TRINIDAD. (74)............................................................................................................. 49 -El por qué de su nombre.- (74).............................................................................. 49 Algunas explicaciones sobre estos tres puntos. (75) .............................................. 50 Algunas ideas para la práctica de todo lo dicho. (77) ............................................. 51 Sobre la vida activa de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. (77) ................. 51 1935 (91) .................................................................................................................... 60 1936 (106) .................................................................................................................. 70 1937 (135) .................................................................................................................. 90 ÍNDICE .................................................................................................................................... 121
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