En su casa de paredes blancas, mi abuela hacĂa dulce de frutas.
Nadie en la familia habĂa aprendido a prepararlo como ella. Los vecinos le regalaban durante el aĂąo frascos panzones, con la esperanza de que, en el verano, la abuela les devolviera alguno cargadito de dulce.
Mis hermanos y yo le ayudábamos a cortar la pulpa en pedacitos, a limpiar los racimos, a poner en cazuelas las montañas de fruta. El abuelo cargaba en la olla cada una de esas montañas, desenvolvía una ramita de canela y hacía una hilera con los tazones de azúcar.
Aunque la fruta fuese agridulce, como las ciruelas o los tomates, o aun tan รกcida como las naranjas silvestres, ella encontraba el punto justo para que fuera, en la boca, un regalo de dulzor.
El abuelo, que sabía todos sus secretos, decía que los dulces salían perfectos porque ella los endulzaba con palabras.
La abuela reĂa y, con una larga cuchara de madera, movĂa la pasta, haciendo dibujos redondos. Debajo de la olla una estrella de fuego giraba lentamente. El aroma del dulce revoloteaba como una mariposa invisible.
Pero un verano, una tormenta envolvi贸 todo y destroz贸 uno a uno los 谩rboles del pueblo. Las calles quedaron cubiertas de peras y manzanas, ciruelas y duraznos, desprendidos antes de madurar.