Nudo Gordiano #14

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Hernando Orozco Losada Una convicción me despertó. Comenzaría una nueva vida en esta ciudad y estaba preparado para ser libre, para volar. Soltaría el caparazón que me lastraba y me hacía sentir cada día como una larva que repta en su caverna llena de desechos, con miedo de quedar atrapada al estrecharse la salida. Haría lo que no era capaz si seguía con temor a la metamorfosis que vivía. Desde ese renacimiento, el reloj parecía detenerse mientras mis deseos se convertían en hechos, al elegir la vida que quería, al desplegar mis alas, al realizar mis sueños. Harto de mi familia, dije a mi mujer y a mis hijos que me iba para siempre, y que los olvidaría, no preguntaron nada y aceptaron la petición de nunca buscarme. Me fui complacido de romper esa telaraña pegajosa y abandonar esos capullos que me parasitaban, que exprimían mi vitalidad, que sepultaban mis anhelos bajo sus sedas. Pasé mi carta de renuncia en la oficina, me ofrecieron el aumento que quisiera para quedarme, y no acepté. Mis garras no seguirían ocultas por la estupidez de mi jefe y las impertinencias de los compañeros, ya no tendría que soportar los deseos y quejas de los clientes, ni la miseria del sueldo. Olvidaría esa vieja profesión que no me satisfacía, y me dedicaría a la aventura. En un restaurante, mis fauces devoraron manjares que siempre miraba desde la vitrina, y pagué la cuenta de aquellos amigos que no merecían ser extrañados. En un centro comercial compré todo lo que se me antojó, al salir se lo regalé a los mendigos, se reunieron alrededor para alabarme y escapé de ellos. En una explosión creativa, escribí la novela que me haría inmortal, se la envié a un editor y firmé bajo un pseudónimo. El amor en busca de pasiones me llevó a encontrar en una calle la mujer que siempre había deseado en silencio. Mis palabras fluyeron en caricias, y la seducción nos fusionó, pero para no ser atrapado por su encanto, me fui y la olvidé. El odio me puso frente a frente con mi peor enemigo, peleamos, pero los golpes no aplacaron mi impulso asesino. Un sicario pasó, y al escuchar mis maldiciones lo ejecutó sin pedir nada a cambio más que mi aprobación, y antes de irse, me regaló su pistola como recuerdo. Su rostro me pareció familiar y sentí satisfacción cuando disparaba sin piedad. En el cine exhibían mi predilecta, Matrix, estaban en la escena en que Morfeo le da a escoger a Neo entre la pastilla azul y la roja, entre los espejismos y la realidad. Supe que era el momento de actuar, entré en la pantalla y me paré frente a Morfeo, tomé la pastilla roja y salí de la proyección, Morfeo sacó otra y continuó. El público me miró perplejo. 20


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