Rafael Félix Mora Ramirez 1. La palabra “filosofía” Siempre que una persona no letrada, víctima de la curiosidad, se entera que fulanito de tal estudia filosofía, las preguntas inmediatas que le invaden se cargan de una exigencia tan grande que terminan brotando de modo inmediato. Así, nuestro recién informado de que está ante alguien que va rumbo a convertirse en filósofo, con todo derecho, interroga: “¿A qué se dedican los filósofos?, ¿qué es lo que tú estudias específicamente?, ¿por qué decidiste ser filósofo?, ¿cuál es tu opinión como filósofo de tal o cual tema?, ¿dónde trabaja un filósofo?” Seguramente, cualquiera que sea estudiante de filosofía, que se haya topado con un estudiante de dicha carrera, o con un filósofo ya licenciado, acreditado y legitimado por su casa de estudios, se ha puesto a examinar este cuestionario tratando de darle respuestas definitivas (o, al menos, satisfactorias) motivado únicamente por completar su conocimiento mínimo de cultura general. Y, probablemente, lo que se habrá sostenido es lo más corriente: que la palabra filosofía proviene del griego philos (amor) y sophia (sabiduría), por lo tanto, la dichosa palabra filosofía significaría: el amor al saber. Incluso, dando un salto más atrevido, se podría llegar a defender que la filosofía sería: 1) la necesidad de saber y conocer de todo un poco, 2) la búsqueda de la sabiduría por la sabiduría misma, 3) y la incesante persecución de la verdad definitiva. Estos tres puntos, de alguna forma, están contenidos en la idea de filosofía como amor al saber. En consecuencia, para la persona que llegue a esta conclusión, la imagen de la filosofía se convierte en una especie de incesante investigación sobre cualquier saber, sea el que sea. Asimismo, los filósofos se entenderían como seres exclusivamente interesados en dedicarle demasiado tiempo a las lecturas, búsquedas bibliográficas, o investigaciones acerca de tópicos interesantes (aunque poco cotidianos). Principalmente, el desprendimiento y el desinterés económicos, serían los rasgos más notorios de su accionar porque ello exigiría que toda su actividad intelectual no necesite pedir nada a cambio (a no ser que sea el conocimiento mismo). Finalmente, se concibe al filósofo como alguien distraído de lo más común pero concentrado en cosas profundas, porque en todo lo que piensa intenta encontrar la verdad de las cosas, el fundamento de todo y la raíz de los problemas. 34